Marzo del 2012: Hola a todos, les traigo un nuevo capítulo de Apócrifo. Esta parte, la cuarta del cap. 8, tiene como fin narrar más de las aventuras de los hijos de los elegidos, quienes se enfrentan a los Demon Lords. En esta ocasión, la narración es en primera persona y son varios los personajes que nos dan su punto de vista en este episodio (Taiki, Soji, Hidemi y Zetaro).
Los invito a leer mi cuarta actualización del año. Este fic va fluyendo y eso me pone feliz… espero que esta enredosa trama les esté gustando a pesar de que yo tienda a complicar las cosas… si tardan en suceder algunos de los más esperados acontecimientos es porque estoy manejando a decenas de personajes y quiero que todos tengan una pequeña participación.
¿Qué les espera en este capi?, bueno, por fin sabrán qué le pasó a la madre de los trillizos después de que la visitó Lucemon FM; también sabremos más sobre Taiki, sobre Soji después de ser capturado y seguiremos de cerca de la simpática y demente familia Ichijouji. Sabremos más de Hide, Min, Tulo y Osen también.
Antes de que comiencen la lectura quiero darles las gracias por seguir mi trilogía de la Fusión Prohibida. Este fic ya va avanzado y quizá no le reste demasiado (va a un 60 por ciento, creo, aunque soy cambiante).
De verdad, ¡Gracias por seguir leyendo!, espero con mucha expectación sus comentarios. Recuerden que su retroalimentación me nutre de ganas para finiquitar este fic futurista que a veces me quita el sueño.
Saludos.
CC.
O
A p Ó c r I f O
8.4
P.O.V. Taiki Yagami
Algo no andaba bien, y no me refería a las miradas indescifrables que me lanzaba el padre de May ni a su forma de conducir una autonave ordinaria como si se tratara de una nave espacial.
Lo que andaba mal tampoco era ni el silencio que había dentro del automóvil, ni el vértigo que me causaba ver a Mayumi, ni mis ganas de abrazarla todo el tiempo.
Lo que estaba mal era el ambiente... no sé si se olía, se veía o se intuía... simplemente lo sentía.
Yo no era de la clase de chicos que tienen presentimientos como mi primo Toshiro.
Pero lo sabía. Había algo podrido cerca de mí.
Las calles cercanas al hospital tenían poco tráfico... y si algo había aprendido después de acudir a los hospitales cuando se ponía mal mi hermana postiza Osen, era que en las unidades médicas siempre había acumulación de coches, nunca había lugar para estacionamiento y los enfermos además jamás se tomaban vacaciones.
Hacía frío a pesar de que había salido el sol, no parecíamos estar a principios de mayo. Esa sensación de saber que algo anda mal me puso hasta cierto punto de malhumor.
Yo no era un hombre de presentimientos, de verdad que no. Era verdad que siempre seguía mis instintos, pero los instintos nunca me había provocado dolor en el pecho.
Cuando el señor Ishida aparcó la camioneta, noté que fruncía el ceño al mirar el hospital. Tal vez él también lo sentía...
"No es normal que en el hospital no haya nadie en la entrada", May fue la primera en hablar y bajarse del auto.
"Me recuerda a la zona citadina que visitaron una vez Tai y Koushiro para conseguir una medicina para Hikari", comentó Yamato.
Le había respondido a su hija y no había reparado en mí. Noté que todavía estaba molesto por el incidente del baño.
Me causaba gracia que el mejor amigo de mi padre se pusiera celoso por mi culpa. Él estaba en lo correcto, porque yo quería meterle mano a su hija… sin embargo, ¿era algo tan malo querer a su hija como la quería yo?
Para ponerle los nervios de punta y olvidarme de mi presentimiento, bajé de la autonave y le agarré la mano a mi amiga rubia. Con eso tuve para respirar un poco menos ansioso.
"Taik, suéltame", ordenó May.
"¿Es porque tu padre nos mira?", cuestioné, queriendo ponerla nerviosa.
"No, es porque traes la mano sudada y detesto eso", renegó, haciéndome a un lado con brusquedad y tallando su palma en su pants oscuro.
De reojo vi que la sonrisa de Yamato-san crecía, y para subrayarme que él todavía era el número uno en el corazón de su hija, también la cogió de la mano.
May bufó de inconformidad, pero no rechazó a su padre, lo que me puso de todavía peor humor.
'¿Era que las manos no le sudaban a tu papá, May?', quise ser irónico, aunque me quedé callado.
Era como si el papá de mi mejor amiga estuviera diciéndome: '¡Ni tus sueños será tuya, me prefiere porque soy su padre!'.
Conquistar a Mayumi iba a ser muy problemático, más con un prospecto a suegro así, pero no era como si eso que me quitara el sueño.
Mayumi era una chica rebelde y libre. Yo me esforzaría por intimidar con ella, por hacer que me quisiera, ese era el mayor reto de mi vida... en definitiva, chicas como ella no eran de las que caían en las redes de patanes como yo... había que llegarles por otra vía: la amistad.
Aunque, en realidad, yo la quería. Por más que ella no quisiera pensar en eso, ¡la quería desde que éramos niños!
Sacudí la cabeza. Me concentré en Akane Fujiyama.
A pesar de que sólo habían dormido como cliente y prestadora de servicios, ¿querría mi madre a mi padre al menos un poco, como ella juraba? ¿su amor por papá sería comparable con el que yo sentía por Mayumi?, seguro que no.
May me era sagrada y perfecta.
No hice caso de cómo el señor Ishida se pavoneaba por llevar a su hija de la mano hacia el hospital.
Caminábamos por un jardín donde estaba la entrada principal de la clínica donde trabajaba el papá de Doguen.
Vi las vías de las ambulancias-tren que pasaban por las Urgencias, pero todo parecía desierto.
Las cosas empezaron a empeorar cuando, al adentrarnos a la clínica, vimos a las enfermeras y a algunos visitantes desmayados, lucían hasta cierto punto encogidos, con las caras chupadas, daba la impresión de que les habían absorbido la energía.
Yamato-san de inmediato fue a revisar si los trabajadores estaban vivos, pero no nos dijo nada a Mayumi ni a mí mientras revisaba.
Las piernas comenzaron a temblarme cuando mi mejor amiga y yo comenzamos a ver que la niebla se balanceaba por los pasillos del hospital como si fuera un visitante incómodo.
La nube -que sabía que era de datos digitales- venía justo de donde estaba internada mi mamá.
"¡Akane!", grité, asustado.
Recordé las confesiones de mi mamá el día pasado.
¿Y si los monstruos digitales malignos la buscaban a ella para dar con mi hermano menor, a quien habían tratado de hacerle un ritual demoníaco algo cuando era bebé?
"¡MAMÁ!", exclamé.
No. Definitivamente No iba a perderla, no otra vez.
"¡No permitiré que te lleven, mamá!", grité y me lancé a correr por ese pasillo.
"¡Espérate, Taiki!", exigió Yamato Ishida, alejándose de la montaña de cuerpos que el enemigo había amontonado justo al costado de la entrada.
Ya no me importaba saber si estaban vivos o desmayados, sólo me importaba mi mamá. ¿Y todavía el señor Ishida me pedía esperar?
"¡Voy contigo, Taik!", se apresuró a perseguirme Mayumi, ante los gritos de reclamo de su padre, quien también nos siguió.
Algo andaba mal... definitivamente lo sabía.
No sé si por instinto o presentimiento, pero sabía que estaba a punto de vivir un parteaguas en mi vida.
Y ahí, en el espumoso humo digital, oí el tosido de May y sentí que me daba la mano. Me daba su amor, a su manera, en esos momentos ya tampoco importaba ninguna mano sudada.
FIN de P.O.V. Taiki Yagami.
O
P.O.V. Soji Miyagi
Me despertó la caída.
Sentí que me crujían los huesos, la tierra húmeda se impregnó en mi ropa, en mi piel, en mis vendas y en mi herida.
Estaba muy agotado y no abrí los ojos, sólo estuve pendiente de que también lo dejaran a él.
Oí otro golpe seco y supe que también habían aventado al pequeño Izumi a la celda. El viaje por ese vórtice había desvanecido al pelirrojito, lo que me había facilitado el pesar.
Si el niño estaba desmayado y su carita desesperada no se echaba a llorar, yo podía estar un poco más tranquilo a pesar de que había aceptado ir con ese demonio.
"¡¿Cómo, Barbamon! ¿ese humano flacucho es el Apócrifo?", escuché la queja de una voz femenina.
Estaban cerrando la celda. Era un lugar oscuro, lo sabía aunque tenía los ojos cerrados.
"Es el depósito, pero sólo tiene una tercera parte del emblema con él, hay que crear las otras partes", entonó Barbitas.
"Para eso han traído a esos dos niños, ¿por qué no me han dejado entonces traer al humano del Destino?".
"Lilithmon, Ichijouji Ken y el Destino rompieron tu espejo...", regañó Barbamon.
"Lo estoy reparando con datos", ella respondió.
"Si traes al Destino sin estar corrompido, el emblema Apócrifo no se creará, porque el niño del Destino no lo querría así".
¿De qué diablos hablaban esas horrendas criaturas?... ¿qué cosa podía ser el emblema Apócrifo que según ellos residía en mí?
"¿No pasaría lo mismo con el Milagro?", consideró la llamada Lilithmon.
"No. La Niña de los Milagros tiene sangre del Emblema de la Luz, que es una cresta que fácilmente puede ser invadida por la oscuridad", respondió Barbitas.
Seguí haciéndome el desmayado.
"Cuando todo termine, le pediré a Lucemon FM que me deje traer al humanito de la Bondad, le quiero de esclavo", las voces se alejaban.
"¿A un Kaiser fracasado?", se burló el otro, "La lujuria pudre...".
"¿Y la Avaricia no?".
Los dos rieron.
"¿Ha hecho bien la pintura el humano?", fue la voz de Barbamon, pero ya no alcancé a oír nada más.
Me concentré en conseguir fuerzas para levantarme.
A mí realmente no me importaba morir, la vida no era algo que tuviera demasiado valor.
Me impulsaba el querer un noviazgo con Osen Izumi, pero quizás, en estas circunstancias, era imposible... lo único que yo podía hacer por esa niña era sacar a su hermanito de ahí.
Abrí los ojos con trabajo y, como esperaba, me encontré sumido en un lugar de total oscuridad.
Era una caverna o eso me pareció. Era una cueva que habían adaptado como calabozo.
El suelo era rocoso, no había ventanas y el aire, lleno de una esencia que no comprendía, me estaba provocando malestar.
Aún así tenía que admitirlo, no tenía tanto miedo y sentía algo extraño en mi pecho, como si de alguna manera, algo me atara a esa celda.
A tientas empecé a buscar a Tulo. Según había percibido, lo habían arrojado a mi izquierda, pero no lo veía y la verdad es que no estaba muy seguro de querer gritarle.
Como había rocas picudas por todos lados, temía que el niño se hubiera abierto la cabeza.
Era verdad que sus sangrados no eran interminables como los míos, pero mi deber era cuidar de ese bebé...
Recordé el rostro enfurruñado de Ben-kun cambiando los meados de su hermano con resignación pero también con fidelidad y cariño.
Sencillamente tenía que cuidar a Tulo Izumi por agradecimiento a Benjamín y por amor a Osen... y ¿por qué no?, esa pequeña alimaña humana me simpatizaba.
Cuando ya me estaba acostumbrando a la penumbra un haz de luz me cegó.
Fue un brillo multicolor que yo jamás en la vida había visto antes.
No había forma de que la luz pudiera refractarse en ese hoyo negro. Me cubrí los ojos, pensando en que podía tratarse de otro ataque surrealista de esos monstruos, pero no pasó nada.
Un llanto muy solemne, pero a la vez dulce, me hizo abrir los ojos de nuevo.
La cueva estaba repleta de luz, pero todo el resplandor salía de una niña.
La pequeñita estaba arrastrando a Tulo a un lugar menos húmedo, donde no caían goteras.
Al parecer, el pequeño Izumi se veía bien. Tenía un poco de sangre en la frente, pero la herida se debía a su enfrentamiento con Lucemon.
La niña lo jalaba con empeño y dedicación, como si fueran grandes amigos. Me puse de pie y caminé hacia la niña.
Era muy bonita. Rubia, ojos rojizos, figura esbelta y cabello rizado. Calculaba que a lo mucho tendría 6 o 7 años... de hecho, se veía casi de la edad de Tulo-chan.
"Hola...", le dije.
La pequeña se quitó su suéter y lo puso de almohada para Tulo, luego corrió adonde yo estaba.
"Primo Soji... ¿Eres tú?", susurró. De su boquita salía la voz más misteriosa que había oído jamás.
No retrocedí, ni nada. Simplemente no podía contradecir a una criatura tan hermosa que parecía saber mucho más que yo de la vida misma.
"Sí, soy yo".
Le quise preguntar por qué brillaba de manera tan nítida, pero no pude. La pequeña me abrazó y su llanto se intensificó.
"¿Tú crees que si los sueños son muy feos se volverán bonitos si nos esforzamos?", me preguntó.
No entendía por qué una niña de esa edad hacía esa clase de preguntas mientras estaba encerrada de una celda.
Para una niña rubia y diminuta, ¿qué quería decir un sueño bonito? ¿se refería a un sueño feliz?
"No lo sé", respondí, "Depende como cada quien quiera creer".
"Primo Soji, entonces habrá que creer ¿verdad?", y ella, brillante como un hada sonrió y me provocó un sonrojo.
"¿En qué hay que creer, lindura?".
La nena se llevó el dedo a su boquita, como si analizara... luego se puso de puntitas y alcanzó a poner la palma de su manita en mi pecho.
"En el corazón", dijo.
Me quedé impresionado y debo admitir que conmovido. Por un instante, quise ponerme a su nivel, restregarle las mejillas pálidas y abrazarla por ser tan adorable y misteriosa al mismo tiempo.
"¡MIN-CHAN!", gritó entonces la pulga Izumi.
La niña se olvidó por completo de mí, se volvió enseguida y respondió.
"¡Tulo-chan!", le respondió ella con un tono aniñado y corrió hacia el pequeño.
Me parecieron la versión de preescolar de Romeo y Julieta, sobre todo por el abrazo prolongado que le dio el pelirrojo a la rubia, aunque mi idea de un romance infantil se desvaneció cuando el nene rompió en llanto.
"¡Esos digimons malos tienen tu sombrero y no lo pude salvar y aparte me trajeron y te atraparon y si Sato-senpai lo sabe, dirá que soy muy cobarde!", lloriqueó el chicuelo.
"Ya ya, no llores, Tulo-chan", dijo ella acariciando el cabello rojizo de él.
"¡Yo quiero ser un superhéroe para salvarte, Min!", decía el hermanito de la Muñeca.
"Hai, lo eres ya".
"¿De verdad?", preguntó él, ilusionado.
"Hai hai", animó la rubia.
Y Tulo apretó más a su amiguita.
"... Pero Min, ¡es que hace rato me hice pis!, ¿también puedo salvarte si me hice pis?", se separó e indagó angustiado.
"Claro... ¡ya que cumplas seis no te pasará!", trató de animar.
"Es culpa de los monstruos feos...", Tulo desvió la mirada y reparó en mí, "¡Soji, hola!".
El enano parecía haberse olvidado de su hermano rostizado, de su hermana herida y de sus padres. Corrió hacia mí trayendo detrás a la niña.
No les dije nada. ¿Qué podía hacer para que ellos pudieran salir de ese lugar si no sabía nada del Digimundo?
"Ella es Minagawa Takaishi", informó orgulloso.
"Ya nos conocemos", dije, sonriendo a Minagawa, quien se quedó mirando mi herida del abdomen.
"¡Es hija de Hikari!", Tulo hablaba muy entusiasmado; "Hikari es tu tía, Soji, porque tía Hikari es hermana de tu papito".
Recordé a la hermosa mujer que había conocido por medio de la imagen del de Yagami celular. A decir verdad, esta rubita sí que tenía rasgos de esa señora.
"Mi prima Minagawa, ¿eh?", la niña asintió con elegancia, totalmente tranquila si la comparaba con el remolino Izumi, quien ya iba de un lado a otro, recorriendo la cueva.
"¡Es una Bati-cueva, yupi!", gritaba el pelirrojito.
Minagawa era la primer pariente que parecía agradarme por completo.
Ella me ofreció la mano, luego ella calmó a su amiguito Tulo ofreciéndole su otra palma.
"Hay que buscar que el sueño se haga bonito", nos pidió a los dos, mientras su luz se iba desvaneciendo poco a poco y nos volvíamos a quedar absortos en ese manto eterno llamado oscuridad.
Fin del P.O.V. Soji Miyagi.
O
P.O.V. Zetaro Ichijouji.
"¿¡Por qué diablos no llega la ambulancia?", gritó mi hermana mayor con histeria.
"Es que hay tráfico", fue la respuesta de mi hermanito.
"¡Uy, pero qué descubrimiento!", se burló Kurumi, "¡Claro que hay tráfico!, no seas bobo, Sato, pero el tranvía ambulancia no tiene carga vehicular y de todos modos no llega auxilio.
"Es que con el choque de mi hermano se averió una de las vías, lo dice el twitter-revolution", avisó el pequeño.
"¿Por qué tienes cuenta de twitter, hijito?", regañó mi madre, "para abrirlas debes tener más de 12 años".
"¡Es que mamá, yo tengo la mente de un niño de 12 años! ¡Sigo las enseñanzas de Kotaro-senpai y soy tan listo como él!".
Las mujeres de mi hogar lo miraron y refunfuñaron.
Papá me tenía trepado en su espalda, podía caminar, pero él se había entercado en que lo dejara cargarme.
"Lo he hecho por mis subordinados, ¿me vas a prohibir hacerlo por mi propio hijo?", me había chantajeado.
Dejarse abrazar por tus padres y hermanos era algo que debía hacera hora que me sentía renovado. Pero, a decir verdad, no era que yo hubiera dejado de ser una persona imperfecta.
La Pureza de mi hermana me había nutrido de Bondad y el Destino de Satoru me había devuelto la confianza, pero no era que yo hubiera vuelto a ser un chico amoroso, como lo era antes de ser invadido por la semilla de la oscuridad.
¿Entenderían eso mis padres y mis hermanos? ¿Comprenderían mis verdaderos sentimientos? ¿Entenderían todos mis errores del pasado, los del presente y los del futuro?
Ahora podía sonreír con libertad y las culpas se había diluido, porque hasta yo entendía que eran producto de situaciones circunstanciales.
La voz ya no se oía, estaba seguro de que por el momento yo no me había fusionado con la maldad.
No. Yo era el elegido de la Bondad y de ahora en adelante, me esforzaría por defenderla, por ser digno de mi emblema.
Los ojos comenzaron a arderme, mi madre sacó un pañuelo de su bolsa y de manera temblorosa me limpió el caminito de sangre que de la frente me había corrido al lagrimal.
Estaba comenzando a sentir molestias en el cuerpo, probablemente porque al chocar con la autonave me había estrellado en el vidrio frontal. Tal vez me había lastimado la columna, el cuello o algo, pero lo más seguro era que se tratara una lesión muy superficial.
O tal vez mi debilidad y mis molestias se debían a los ataques de Lilithmon y a su contaminación.
Yo no recordaba mucho de mi encuentro con ella. Sabía que me había manipulado y me había llevado a un lugar donde había pintado algo...
No recordaba el sitio ni la pintura. No recordaba muchas cosas.
Sólo había que mirar mis dedos para saber que había pintado hacía muy poco tiempo.
Era raro... olí mis dedos, pero no olían a pinturas acuarelas, acrílicas ni a óleo.
Era como si los colores con los que me había hechizado Lilithmon fueran de otro mundo.
"¿En qué piensas, mi Zetty?, ¿se te ha metido sangre en los ojitos?", preguntó mamá, al lado de papá, quien me cargaba como si todavía fuera un niño.
Mis hermanos, atrás de nosotros, seguían peleándose por la tardanza de la ambulancia y los primeros auxilios.
"No pasa nada, mamá", le mentí, "Sólo que siento mucho haberte desobedecido cuando estábamos afuera de la casa de Hida-san... no debí haber tomado el auto sin permiso, no debí chocar, debí pedirte ayuda".
"Olvida eso, Zetty, lo importante es que estás mejor", dijo ella, "aunque no te voy a mentir que me preocupa un poco que mis hijos sean tan malos conductores".
Su última broma me causó algo de gracia y sonreí. Ella se sonrojó al ver mi sonrisa.
"¡Ay, te ves monísimo!", chilló emocionada mi mamá, "¿Verdad, Ken-chan?".
Mi padre coincidió moviendo su cabeza. Sólo pude ver su cabello negro azulado zangoloteándose con la leve brisa de aquella tarde.
Después de tantos años, papá había aprendido a decir que sus hijos eran 'monísimos' por todo.
Cuando Kurumi se alistaba para una fiesta, se ponía rojo y le secreteaba a mamá que se veía 'monísima'. Por esa misma razón, enviaba de guardaespaldas al hijo del señor Motomiya, porque quería impedir que mi hermana terminara en los brazos de algún malandro.
... Kurumi solía enrollarse con puros hombres que no la merecían.
Cuando Satoru -en sus miles de intentos por demostrar su inteligencia- soltaba su inocencia sin darse cuenta, también papá insistía en cuán monísimo era...
Esa conducta, nutrida y alentada por mi madre, era desesperante pero a la vez tierna en el Jefe de departamento de Investigación de la Policía.
Suspiré, me permití recargarme en el hombro de mi padre, mientras él enrollaba sus brazos para sostenerme en la espalda.
"No podemos seguir esperando a los paramédicos, yo mismo revisaré a Zetaro con el equipo de emergencia de la policía que guardo en el brazalete", explicó mi padre, mientras yo cerraba los ojos y me dejaba llevar por el confort que me daba su figura paterna.
"El museo Digimon está tan cerca, vamos allá, usaremos las instalaciones de la casa de Devimon, de cualquier manera es para nuestro refugio", sugirió mamá.
"Supongo que deberíamos empezar a reunirnos, no dudo que otros de nuestros amigos estén sufriendo episodios de guerra similares a los que hemos vivido", expresó mi detective favorito, "pero, por alguna razón, siempre que planteas que nos refugiaremos en la réplica de la casa de Devimon del Museo, no me da buena espina".
"Eres un tonto, Ken, ¡ya estás como Daisuke!", regañó mamá.
"Es más allá de que sea una réplica de la casa de ese digimon, lo que sucede es que me parece demasiada coincidencia haberme encontrado a Lilithmon en esta zona", detalló Ichijouji.
"¿Y qué hacemos entonces, cariño?".
"Por el momento no tenemos más opciones que llevarlo ahí... la calle está desierta, no hay forma de pedir ayuda... además, el taxi que las trajo se retiró y Cody, aunque está cerca, está haciéndose cargo de lo de la autonave chocada, ¿cierto?"
"Sí...".
Papá volteó hacia mis hermanos. Yo los vi de reojo. Kurumi estaba estirando, de forma abusiva, los cachetes de Satoru, quien trataba de quitársela de encima sin "usar la violencia".
"¿Habrá alguna manera de que ustedes dos dejen de hacer ese tipo de cosas?", regañó con suavidad mi padre, "Les he hecho un manual con las indicaciones de cómo deben comportarse. Kurumi, eres una señorita y no debes pelear con un niño que es 10 años menor que tú".
"¡Ya sé!", chilló mi hermana, "¿¡Tú crees que me quiero rebajar a pelear con él?".
"Y tú, Satoru, no debatas a tu hermana. Respétala y obedécela. El 90 por ciento de las veces ella tendrá la razón sobre ti, porque es mayor y es mujer".
"¡Es que papá!"
"Es que nada, recuerda que además estás castigado", entonó mi progenitor.
A decir verdad, mi padre disfrutaba enormemente regañar a sus hijos. A veces, notaba un extraño goce en su gesto y le brillaban los ojos de la emoción... era como si le entusiasmara que mis hermanos fueran tan divertidos. Por supuesto, hasta un buen hombre como él tenía sus límites y era un hecho que a veces lo desesperábamos demasiado.
Los coqueteos de mi hermana.
Los histerismos de mi madre.
Las locuras de mi hermanito.
Y mis entroncados sentimientos.
Él tenía que lidiar con todo eso, por eso era normal que se desesperara un poco o por lo menos hasta el punto de redactar un manual de ética para que nos supiéramos comportar.
"Ken-chan, te estás desviando", reprendió mi madre. Ella seguía de puntitas limpiándome con el pañuelo cada una de las heridas visibles.
De sobra sabía que era el consentido de mamá, influía que era el único que había heredado el color de su cabello y el carácter de mi papá... aunque, al mismo tiempo, podía asegurar que nos amaba por igual a los tres... era sólo que era yo quien menos le abría mi corazón... entonces, ella más lo quería explorar.
"Es verdad", le dijo papá a mamá. Luego se enderezó, me sujetó con más fuerza; yo me escondí más en su regazo, "Chicos, en vista de que no viene la ambulancia llevaremos a Zet al museo Digimon y ahí lo revisaré con el equipo de primeros auxilios que tengo ene l brazalete".
"¿Quieres que me quede aquí para avisar cuando llegue la ayuda?", preguntó Kurumi.
"No. Está prohibido que se separen de nosotros. Esos monstruos atacan cuando alguien está solo", ordenó papá.
"Pero no es como que a mí me vayan a querer hacer algo... mi emblema es simple", comentó Kurumi, "el enemigo no quiere hacerse de la Pureza".
"Hija, ningún emblema es simple", regañó mamá, "la purificación que llevas dentro de ti es un don que no puede valuarse, así que haz caso de papá".
"Me parece bien ir al Museo Digimon", aportó Satoru, "veré qué más han construido para presumirle a Tulo y a Min".
Nos pusimos en marcha. Íbamos los cinco, pero sólo podía oírse el paso de cuatro personas. Yo seguía siendo cargado por papá, quien no había emitido siquiera un sólo quejido por mi peso.
En ese ambiente de calma, justo cuando sentí a mi familia unida por primera vez en años, sentí el revoltijo más incierto de mi vida cuando la vi aparecer...
Aunque al principio yo llevaba los ojos cerrados, los entreabría a menudo para ver el cielo, el cabello azul de mi padre o la entrada principal del Museo Digimon, quería memorizar el sitio donde papá y Sato me habían rescatado de las garras de Lilithmon y de mi oscuridad.
Pero en lugar de ver evocar a esa Lady Digimon, de enormes pechos humanos y garras de monstruo, vi a la niña de todos mis sueños.
Al principio pensé que era una ilusión.
Sabía que Osen Izumi estaba en un avión que viajaba desde Los Ángeles hasta Tokio.
Por eso, cuando su silueta se fue dibujando con el crepúsculo y sus cabellos rojos se me figuraron un sol, pensé que se trataba de mi imaginación.
Además, los ojos de Osen se veía perdidos y extraños. Su blusa estaba mal fajada a su falda, con varios botones desabrochados, como si alguien hubiera forcejeado con ella.
El leve nacimiento de sus pechos oculto en un sostén de niña que quedaba a la vista, la enagua rota, los zapatos sucios, su cabello -en ese momento rebelde- flotando con las ráfagas de viento, sus brazos delgados y sus manos derramando gotitas de sangre.
Era una visión bella y triste.
"¡Izumi Osen-sama!", gritó Satoru.
"¡Osen-chan!", dijeron al mismo tiempo mi mamá y hermana.
Era imposible.
Mi familia no podía entrar tan fácilmente en mi imaginación.
La voz de papá terminó de alertarme que ella no era una evocación de mi espíritu, sino una figurita real.
"No puede ser que la hija de Koushiro esté aquí, debería estar en un avión", susurró.
Abrí los ojos asustado.
¿Osen estaba aquí?
Mis hermanos corrieron hacia ella.
"¡Alto, puede ser una trampa!", advirtió papá.
Kurumi y Satoru quedaron paralizados por la orden de papá.
"Ella debería estar en el avión", recordó Kurumi.
"¡Dios mío!", chilló mamá.
Osen había salido de la puerta principal del Museo Digimon con esa pinta de herida que lastimó mi corazón.
'Chiquita, O-chan, ¿qué te han hecho?... Óleo quiere protegerte...No, Óleo no. ¡Es Zetaro quien quiere hacerlo!', pensé a toda velocidad muy dentro de mí.
No nos notó.
Sus movimientos eran robóticos, austeros. No frunció las cejas con incomodidad cuando por fin me vio. No vino a saludar cuando su mirada notó a mi familia entera.
Era como si no fuera ella.
"¡No es Osen!", avisó Kurumi, "ella es autista cybernética, pero siempre saluda, ¡y no la perdonaría si me ignorara!".
"¿Es que acaso hay un digimon que pueda mutar en humano? ¿Algo así como un camaleón?", preguntó Sato.
"No se acerquen", insistió mi padre
"¿Qué hacemos, Ken? ¿tendríamos que capturarla? ¿le hablamos a Koushiro al avión?, le mandaré un mensaje al celular", dijo rápidamente mamá.
"Bájame, papá", pedí.
"No es tu amiga", aseguró él.
Osen se estaba alejando. Se veía tan perdida, como si nada del mundo le atrajera realmente. Parecía un zombie... ¿una muñeca?... quizás sí, quizás parecía una de las muñecas de mi hermana, aunque no había nada que me incomodaran más que las muñecas de Kurumi.
Pero ahora mismo la niña de mis sueños se veía como un títere hermoso. ERA ELLA.
No era un digimon transformado. No era una semilla de la oscuridad ambulante. No era un robot. No era una impostora. ERA ELLA.
"Sí que lo es... ¿escuchas lo rápido que late mi corazón ahora mismo, papá?", le pregunté. Mi pecho estaba pegado a su espalda mientras me transportaba.
Él se quedó quieto, pareció concentrarse en ese sonido.
"Es verdad, hijo, se te ha acelerado".
"A mí me gusta Osen Izumi, si no fuera ella, ¿crees que se me hubiera trastornado tanto el corazón?", repliqué.
Mi madre soltó un chillido de emoción.
"¡Qué romántico!", soltó al tiempo en que mi papá me bajaba al suelo firme y pavimentado de la Ciudad.
Sin importarme el dolor de mis articulaciones, las heridas causadas por la digimon y las probables pero leves lesiones del choque, me lancé trotando hacia ella.
Mis hermanos me siguieron.
Osen nos vio, no se asustó, pero siguió caminando como si no existiéramos.
A cada paso se aceleraba más mi corazón.
¡Hacía tanto que no la veía tan cerca!... casi nunca asistía a las reuniones de los elegidos por el internado, y cuando lo hacía, la pasaba arrumbado en un rincón dibujando.
A todos los chicos les tenía mucho cariño desde la Fusión Prohibida, pero casi no platicaba mucho con ninguno... menos con ella. Después de nuestro primer beso, nuestra relación se había esfumado por mi culpa.
Correr hacia la chica que me gustaba desde el preescolar me tenía muy nervioso y emocionado.
Llegué hasta ella y la sostuve de los hombros.
"¡Ah!, ¡yo!... ¡Este! ¡Perdón!, ¡Hola!", exclamé con torpeza.
Ella ni pestañeó.
Me miró largamente, pero sus ojitos no decían nada.
"No le grites, Zetty, cada palabra se la has dicho gritando", me regañó Kurumi, quien me la arrebató. "Osen-chan, ¿por qué no saludaste? ¿qué ha pasado?".
Satoru no le dijo nada a ella, aunque yo sabía que a Osen la admiraba, ya que era una chica prodigio con un 'coeficiente intelectual' más alto que el de él por un punto.
"¿Por qué se le ve el sostén y trae los botones de la blusa desabrochada? ¿Por qué le corre sangre de las manos? ¿Un digimon la atacó y quiso aparearse como Lilithmon quería hacer con mi hermano Zet?", preguntó con su inocencia descarada, que rayaba en la perversión.
"¡Deja de decir insensateces, Sato! ¡Maldita sea la hora en la que te dio por obsesionarte con la reproducción humana! ¡que sepas que los digimon no tienen sexo ni tienen hijos! ¡Los digimon nacen de huevos y bases de datos!", regañó mi hermana, abrochando como loca los botones de la blusa de Osen, luego me miró y me dijo: "y tú no andes mirándola".
Pero a mí no me importaba demasiado ahora mismo verle el escote de la blusa.
Me preocupaba y me dolía que no nos respondiera, me carcomía su vacío y que no nos reconociera.
Mis padres nos alcanzaron.
Ella los miró SIN curiosidad.
La solté y noté que mis manos temblaban. Mis ojos también se estremecían, pero yo no quería llorar.
'¿Qué te hicieron, Osen? ¿Por qué no miras con curiosidad?... ni siquiera toses, ¿qué te hicieron?'.
"Pobre niña, está en estado de shock", apuntó mamá, dándole un abrazo a la hija de su amigo Koushiro y acariciándole el cabello.
Papá lo que hizo fue tomarle las manos, para explorarle las heridas por las que goteaba sangre.
Qué tonto había sido yo, ¿por qué no había hecho eso? Estaba lastimada de ahí, los dedos los tenía rojo carmín, sin embargo, no se me había ocurrido revisarla.
Mamá le pasó el pañuelo por las manos; la sangre no dejó de fluir.
Ella de nuevo nos vio, luego se agachó al suelo y en el cemento comenzó a escribir.
"La ignorancia me carcome", "la ignorancia me carcome" "la ignorancia me carcome", escribía con unos kanjis perfectos.
"...Osen-sama escribe con sangre...", se asustó Satoru.
"Osen-sama escribe con sangre" "Osen-sama escribe con sangre" "Osen-sama escribe con sangre", empezó a redactar ella.
Mis padres, Kurumi y yo estábamos horrorizados, era Sato, quien gracias a su infancia, no parecía entender la gravedad de la situación.
"¿Y no se desangrará?, porque leí que los humanos tenemos muy poquitos litros de sangre", cuestionó.
"y no se desangrará... y no se desangrará... y no se desangr..".
"¡YA BASTA, Osen!", la separé del suelo y la abracé, "Eso te lastima".
"Me lastima...", repitió.
"Sí, te lastimas y nos lastimas a los demás".
Mamá volvió a limpiarle la mano, pero las heridas eran persistentes. Eran pequeñitas, pero no cesaban de sangrar.
"En la enfermería del museo hay banditas y...".
"La niña ha salido del museo, Miyako, no hay manera de que te deje entrar por banditas", dijo papá en su tono de detective.
"¿Quieres decir que la atacaron ahí?", preguntó Kurumi, quien ayudaba a mamá con las heridas de Osen.
"Debe de haber un portal del Digimundo", sonrió Satoru, "¡Yo voy con papá a investigar porque somos un equipo indestructible!".
"Sato-chan, ni se te ocurra", le dijo la mamá, sujetándolo de la ropa. "Ken, ¿y si hablamos a la policía".
Ken rió con sorna.
"Miya, YO soy un policía", dijo ofendido.
"Sí, lo sé, ¡pero que haya más policías! ¡un ejército de policías para que nos protejan a los civiles!".
"No quiero meter al gobierno en esta situación. El problema es entre los digimons y nosotros", refutó papá.
"Todo sería más sencillo si Hawkmon estuviera aquí", soltó mi madre.
"Esa es la clave, hacer que Wormmon y los demás aparezcan, pero por el momento, sólo tenemos a los emblemas, y como padre y policía que soy, iré a investigar", avisó.
"¡Es que papá, yo quiero ir!", insistió Sato.
"Entiende que iré solo", mandó mi padre y mi hermanito se puso como soldadito.
"Ten cuidado, papá", dijo Kurumi.
"Ken, no te perdonaré si te pasa algo", agregó mamá.
Yo no dije nada, sólo miré que papá se adentraba al museo Digimon que construían los elegidos y que regenteaba mi madre por ser la única sin trabajo fijo.
Los cuatro suspiramos, pero Osen no, ella no dijo ni hizo nada.
Seguía en mis brazos, los dos de pie, y de vez en cuando ella suspiraba entre sus respiraciones.
Mamá inmediatamente nos ordenó que nos sentáramos en la banca. Le pidió a mis hermanos que insistieran en las llamadas a los servicios de emergencia mientras seguía tratando de curar mi herida de la frente, que ya no sangraba, y las lesiones de las manos de la pelirroja.
Satoru caminaba de un lado a otro viendo redes sociales y haciendo poses de detective mientras de soslayo miraba el edificio donde había entrado su héroe.
No había nadie alrededor. Era como si a las personas se las hubiera comido la tierra.
"Osen-chan, ¿me recuerdas? Soy Miyako Ichijouji, amiga de tu padre..." dijo mamá.
"Amiga de mi padre", decía mi niña bonita.
Hablaba relajada, su voz sonaba a la de siempre, pero parecía no estar consciente de nada.
"No es que nos desconozca", opinaba Kurumi, "porque de ser así nos tendría desconfianza con lo inquisidora que es, es más bien como si... ¡Arggg!, sonará feo lo que voy a decir, Zet, pero es como si a Osen le hubieran hecho algo que la dejo retardada".
Me molesté, por supuesto. Pero... no pude refutar. Osen estaba ausente y no parecía pensar en nada.
"Luce como si no tuviera interés en saber dónde está y quienes somos", aporté, sin soltar su mano.
Ella miraba el horizonte.
"¿Se hizo tonta porque le robaron su IQ?", preguntó Satoru, por primera vez alterado.
Seguro que no le gustaba la idea de que hubiera digimons robando cerebros por el vecindario.
"¡No le faltes al respeto!", regañé de manera tardía, cuando capté que mi hermanito de 7 años le había dicho tonta a la niña de mis sueños, que tenía 14.
"¡BINGO!", gritó mi madre, poniéndose de pie.
Le vi el rostro iluminado y presto, como si hubiera encontrado respuesta a la incógnita más difícil.
"¿Qué pasó, mamá?", preguntó Kurumi, posando sus manos por su pequeña circunferencia.
Mi hermana tenía curvas muy notables, unas caderas formidables y una cintura de abeja, como decía mi mamá. Sus pechos eran grandes y por eso tanto papá como yo detestábamos que se pusiera bikini en la playa.
En realidad, nos molestaba que tuviera esa figura tan atractiva por los muchachos de su facultad, con los que siempre andaba tonteando.
"No me tocó vivir una situación así, pero según describe Takeru en el primer tomo de Digimon Adventure, hay un digimon capaz de quitarle a las personas sus pensamientos de la curiosidad", explicó mi mamá.
"En una ocasión, ese digimon... no recuerdo ahora su nombre, pero ese digimon manipuló a Koushiro y logró quitarle los pensamientos de la curiosidad... el único que sabe cómo actuó Izzy sin curiosidad fue Tentomon, quien fue quien nos narró que su compañero humano se portó muy extraño sin su mayor cualidad", narró rápidamente.
Kurumi arrebató la libretita de apuntes de Satoru, diseñó una ecuación matemática bastante complicada y le cedió el papel a Osen.
Yo la solté un poco, ella volvió a hincarse en el suelo y acercó sus dedos heridos al papel.
"Resuélvela con este lápiz", mandó mi hermana.
O-chan miró largamente el grafito.
"Resuélvela con este lápiz", repitió la pelirroja.
Ella se agachó y sus manos comenzaron a resolver la ecuación con rapidez, dejando a mi hermana con la boca abierta.
Revisamos el resultado con la calculadora varias veces y todo estaba perfectamente hecho.
"Entonces no es tonta", dijo Sato.
"¡Claro que no!", le grité yo, sin dejar de mirar. "simplemente le han robado una de sus cualidades más importantes...".
"¡Basta ya, chicos!", mamá ya no nos curaba, sino intentaba llamar por teléfono a Mimi Tachikawa y no podía comunicarse.
También estaba intentando hablarle a Daisuke-san y a otros de sus amigos.
"Qué feo, Osen-sama es como un androide que hace todo lo que le mandas", me peleó mi hermanito.
"¿No oíste a mamá, Sato?, hay que guardar silencio", tenía muchas ganas de llorar.
Si realmente a Osen le habían robado su curiosidad y sus conocimientos, sabía a la perfección cuán infeliz podía llegar a ser ella.
Sabía que esa no eran su única cualidad, pero ahora mismo estaba cegada por la ignorancia.
Y ella lo había escrito minutos atrás: la ignorancia la estaba carcomiendo.
"Osen-sama, ¡Besa a mi hermano Zet en la boca!", gritó de repente Satoru, arrebatando la libretita a mi hermana para tomar notas de sus 'experimentos'.
"¡SATORU!", gritamos mamá, Kurumi y yo.
"¡Dios...! ¿en qué nos equivocamos con este niño?", chilló mi madre.
"Si sigues así serás un maldito pervertido cuando tengas la edad de Zetaro", rugió Kurumi, "¿pero qué diablos estás pensando?".
"Quería ver si me obedecía... si pudo hacer una ecuación de nivel licenciatura, besar es fácil ¿qué no?".
Lo último que supe, antes de volver a probar los labios de Osen, fue que mi hermana le dio un coscorrón a Sato.
Luego quedé suspendido en su pequeña boca que se deslizó suavemente por mis labios unos instantes.
Ella lo hizo con naturalidad, con la misma indiferencia que había mostrado al resolver el problema matemático. Aún así yo estaba muy colorado y mis emociones revoloteaban y se reproducían sin cesar en mi vientre.
Fue hermoso al mismo tiempo que doloroso... sus ojos sin vida no estaban ni felices ni tristes, ¿cómo saber lo que sentía? ¿Cómo saber lo que pensaba?
¿Cómo podía declararle mis sentimientos, confesarle mis pecados y rogarle perdones?... le estaban chupando el alma, eso fue lo que concluí.
"¡Y tú no te sientas feliz por un beso sinsentido!", reprendió Kurumi.
La miré brevemente y luego me sonrojé más al ver que mi mamá había tomado fotos de ese encuentro insospechado y turbio.
Los segundos se tornaron incómodos. Sin embargo, yo no le solté la mano a Osen Izumi en ningún momento, al contrario, la volteé a ver y le dije:
"No sé qué haré, pero lucharé para devolverte tus pensamientos curiosos", prometí, como un enamorado más del montón.
"... pensamientos", fue lo que dijo Osen.
El teléfono de mamá reaccionó por fin y, con torpeza, ella contestó.
Se alejó un poco y de lejos observé que se alteraba y echaba gritos, aunque ni mis hermanos ni yo sabíamos lo que estaba pasando.
"Pobre Osen-chan... tan lista que es y tan hueca que la han dejado", suspiró Kurumi, frunciendo el ceño mientras veía que tecleaba como loca en su móvil.
Seguramente estaba chismeando a Kyosuke-san lo que estaba aconteciendo. O quizás, como ya se había hecho mejor amiga de Yuriko, le estaba avisando lo que había pasado conmigo y con Osen.
Mamá regresó alterada hacia donde estábamos.
"¡Era el idiota de Daisuke!", gritoneó.
"Mamá, ¿le dices idiota a Motomiya-san?", preguntó Satoru, "¡Pero es que me has prohibido a mí que le diga inepto a Tulo-chan!".
"Soy tu madre y puedo decir majaderías, pero tú no", regañó brevemente, luego nos miró a Kurumi y a mí.
"¡Dinos lo que pasó!", pidió mi hermana.
"En el supermercado, los Motomiya, Kari y Sora sufrieron un ataque de un rey demonio Digimon!", avisó, "parece que lastimaron a Kyo y a Kotty, y se han raptado a Minagawa Takaishi".
Esa noticia no nos hizo gracia. Vi que Kurumi -quien siempre fingía odiar a Kyosuke- palidecía, mientras a Satoru se le remojaban los ojos.
Mamá se cubrió la boca al notar que había gritado el rapto de una de las mejores amigas de su hijo menor.
"¿Los digimon se han llevado a Mina?", preguntó alarmado Satoru Ichijouji, perdiendo sus frases fantoches y sus descaros infantiles.
Su tono de voz se oía herido.
"Lo siento, hijito... no debí decirlo de esa manera", ella lo abrazó.
Mi hermanito se dejó abrazar.
"¡Pero no te preocupes, Sato, que pronto la salvaremos!", animó Miyako.
Sato no asintió ni negó, quedó distraído cuando vimos que papá salía del Museo Digimon lleno de hollín y golpeado.
"¡¿Qué ha pasado, Ken?", gimió mamá, echándose a Satoru en brazos y corriendo hacia su marido.
"¡Papá!", gritó Kurumi.
Caminé hacia mi progenitor sin soltar a Osen, quien me siguió de manera dócil, como si la unión de nuestras manos fuera de lo más natural del mundo.
"Necesito ayuda adentro".
"¡Ken, habló Daisuke, me ha dicho que los han atacado y...", papá interrumpió a mamá.
"Después hablaremos de eso", dijo.
"¿¡Cómo que después?, ¡Daisuke es tu mejor amigo y le atacaron, además se han llevado a la hijita de Hikari!", refutó mi madre.
"Kurumi, ve al puesto de enfermería del museo, trae todos los botiquines de primeros auxilios que encuentres", mandó.
"¿Qué pasa adentro del museo?", indagó mi hermana.
"Cuando los tengas te vas directo a la mansión de Devimon, ¿has entendido?".
"Entiendo...", susurró Kurumi, pero no avanzó de inmediato, "¿pero qué ha pasado, papá?, no nos tengas en ascuas".
"La verdad yo tampoco entiendo lo que ha pasado...", admitió el Jefe Ichijouji, "pero Tai, Koushiro, Mimi y Benjamín-kun están heridos en la mansión".
"¿Cómo?", chilló Mamá, "¡no es posible! ¡ellos deberían estar en el avión".
Mi madre se echó a correr con Sato en brazos, papá la detuvo.
"Serénate, Miyako... estás asustando a nuestro pequeño", aconsejó.
"Yo no me asusto con nada, de hecho estaba pensando en que a lo mejor son ovnis que vienen de otra dimensión paralela...".
"¡Sato, silencio!", regañó mi padre.
"Perdón", dijo a su vez, por costumbre, mi hermano.
"Iré enseguida", reaccionó por fin mi hermana mayor y yo me mordí los labios.
"Mi hermana no debería ir sola, Osen y yo la acompañaremos", anuncié.
"Osen se quedará conmigo, necesito que nos explique lo que pasó, tú irás con tu hermana".
Quise decirle a papá que la niña de mis sueños estaba invadida de ignorancia y vivía en su propio mundo ahora... quise gritarle que en esos momentos no quería soltarle la mano a Izumi.
Aún así me mordí los labios y no lo hice.
Liberé mi mano de la de ella, que me miró sin verme y me fui tras mi hermana.
Tanto ella, como yo, conocíamos a la perfección el museo Digimon del que estaba encargada nuestra madre.
Kurumi había ayudado a desarrollar un programa de audio para la visita guiada y yo hacía ilustraciones de los digimons cuando me lo pedían.
Por alguna razón podía recordarlos a todos ellos, a los digimon.
Cerraba los ojos y los podía delinear con mucha claridad... era un don, lo sabía; pero también era una habilidad que había usado de manera inadecuada.
En la enfermería, todavía inhabilitada, cogimos gasas, banditas, alcohol, medicamentos, yodo y guardamos todo lo que pudimos en las bases de datos de primeros auxilios de nuestro brazalete digital, luego cargamos los insumos en bolsas y corrimos hacia la mansión de Devimon.
"Voy a volverme loca", fue lo único que me dijo Kurumi durante todo el recorrido, yo no supe qué responderle al principio.
La veía incómoda y nerviosa, pero bastante coherente para ser ella. De verdad, si Kyosuke Motomiya la estuviera viendo ahora mismo, se sentiría muy orgulloso de estar enamorado de ella.
"¿Me vuelvo loco contigo, neechan?", pregunté, jadeante. Era más veloz que mi hermana, pero estaba lastimado y mis pasos eran hasta cierto punto lentos.
"Ni se te ocurra, Zetty", demandó sin su tono de picardía de siempre, lo que me dejó un poco triste.
En definitiva, no había elegido el mejor de los días para purificarme y darme una segunda oportunidad.
'¿Es que todo esto es parte de tu plan, voz de la Fusión Prohibida?', grité dentro de mí, pero no escuché la respuesta.
Ahora sólo me oía a mí mismo.
El Museo Digimon aún no se había inaugurado oficialmente. Incluso, atracciones como la Ciudad de los Juguetes, la Casa de la Mujer Araña y la misma Mansión de Devimon estaban todavía en construcción.
Lo sabía porque por internet mi madre me pedía continuamente que le enviara bocetos de cómo me imaginaba los vitrales de la residencia del demonio digimon al que se había enfrentado la primera generación de niños elegidos.
Motomiya-san y mamá querían contratarme para hacer la pintura de un Lucemon que estaba a la entrada de la casa, lo que me había puesto los pelos de punta.
Nos detuvimos a unos pasos de la Mansión, que estaba en las hectáreas al aire libre que tenía el parque. Paramos en seco porque notamos que de la casa-réplica salía un humo color violáceo.
"¿Es la niebla digital?, nuestros padres y Sato están ahí", se asustó mi hermana.
"No", le respondí, porque no se sentía que fuera la clásica neblina del código binario que había aparecido junto con Lilithmon, "no sé cómo explicarlo, pero la sensación es diferente".
Ella no cuestionó más.
"Va-vamos a ver", me dijo.
Nos acercamos con más cautela, escondiéndonos en la infraestructura que ya estaba instalada. Cuando tuvimos el panorama de cerca, notamos que nuestro hermanito menor estaba fuera de la casa y traía de la mano a Osen.
Eso me revitalizó. Ellos dos estaban al salvo, así que mi hermana y yo tomamos fuerzas y corrimos hasta nuestro Satoru, quien al vernos se puso eufórico.
"¡Es que ha pasado algo extravagante a más no poder!", anunció haciéndose el interesante, "¡yo tenía razón, adentro se abrió un portal interdimensional del Digimundo!".
"¿De qué hablas, Sato?", regañó Kurumi, "Explícate bien".
"Que se abrió un portal y aparecieron por ahí los papás de Tulo, el señor Yagami, Benjamín-san, Osen-sama y seguramente Tulo y el hijo del señor Yagami, pero adentro hay piezas de un avión destruido y es difícil hallarlos", agregó.
Osen no parecía especialmente interesada por el portal ni por lo que estaba ocurriendo.
"Impresionante", solté.
"¡No sólo es impresionante! ¡Es extravantísimo!, por si fuera poco, parece que los adultos están desmayados y hay partes del avión calcinadas y sale un humo morado, pero papá no me dejó entrar, me dijo que mi deber era quedarme afuera con Osen-sama, quien sigue sin reaccionar... mamá me dijo que ayudara a la hermana de Tuls, así que le he dado libros para que vuelva a ser una digna representante del señor Izumi".
"Regla número uno del código de ética del detective Ken Ichijouji: 'Respetar el mandato de los padres. Sin importar lo que tu mente sugiera, ten en cuenta los consejos y sugerencias de tus padres, ya que en la mayoría de los casos tienen la razón'".
"¿Qué le has dado a leer a Osen?", rezongué.
"Nuestro Manual, ¿a que es súper cool?, a ella parece gustarle y yo no encuentro mejor manera de apoyarle", dijo orgulloso Satoru y tuve unas enormes ganas de asestarle un coscorrón entre sus cabellos.
"Regla número dos del código de ética de los Ichijouji; bajo ningún concepto es válido entrar al cuarto especial de papá. No importa cuántas ganas tengas de observar los objetos de papá, nunca debes entrar a su despacho".
"Qué horrible eres Sato", consideró Kurumi, "¡Ella, en primera, no es una Ichijouji!".
"Ella va a casarse con mi hermano Zet porque ya se dieron un beso en la boca y eso es un compromiso, así tendré sobrinos súper inteligentes", aseguró el chicuelo, "pero por el momento eso no importa, ¡vayan a ayudar a papá!, mamá casi se desmayó cuando vio a Mimi-san herida".
"¿Heridos? ¿ellos están heridos?", exclamé.
"Sí... pero seguramente papá resolverá eso y encontrará a Tulo-chan y al nuevo hijo del señor Yagami entre los restos del avión, mamá me aseguró que toooodooos estarían bien, y aunque las posibilidades lógicas no lo sugieren, yo le creo a mamá".
"¡Hubieras empezado por los heridos y luego por los demás!", le gritó Kurumi, lanzándose a la residencia conmigo a sus espaldas.
"Cuida mucho a Osen-chan, Sato, mamá y papá hicieron bien en dejarte a cargo de ella".
Satoru Ichijouji asintió, mientras Osen leía, sin entonación, la quinta regla de nuestro manual de ética de los Ichijouji.
Fin del P.O. V. Zetaro Ichijouji
O
P.O.V. Hidemi Yagami
Era una tonta.
Era la tonta más grande de Odaiba.
Era la tonta más grande de Japón... ¡qué va!, de todo el Mundo, incluido el Digimundo.
Había besado a Seiyuro-sama y él se había dado cuenta, ¡me había visto totalmente confundido!
Seguramente estaba pensando en que me aproveché de él... y eso no era mentira, ¡me había aprovechado de él!
¡Waaaaaa, me llené de nervios! ¡De angustia!
'Qué horrible eres, Hidemi, ¡te aprovechaste de él!, ni siquiera has sido capaz de confesarle tus sentimientos y aún así te aprovechaste de él!'
Encima de todo, mi primo Toshi seguramente lo había visto.
No pude enterrarme bajo la tierra de la vergüenza, sólo pude bajar las escalinatas de la residencia Kido con presteza.
Ya en la planta baja no supe qué hacer, ni a dónde huir... era un hecho que no podía escapar como loca de ahí.
Me topé con Doguen, que había dejado de jugar a su consola y me miraba muy extrañado, como si fuera una rareza.
"¿Pero qué tienes, Hidemi-san? ¿por qué bajaste las escaleras corriendo?, eso es peligroso", me dijo.
"¡Yo... lo... siento!", jadeé.
"¿Pasó algo? ¿Se puso mal Seiyuro?, mi papá está durmiendo una siesta, pero puedo despertarlo", expuso preocupado.
"¡No!... no pasó nada", dije.
"No es verdad, subiste muy contenta y ahora bajas como demente", planteó correctamente, "y estás llorando, ¿te dijo algo Seiyuro, verdad?".
"No es culpa de él, ¡es que lo besé!", le confesé, aunque en realidad yo nunca le hacía ese tipo de confesiones a Doguen Kido.
Él pareció indignarse.
"Ese tipo de comportamiento irrespetuoso sólo puede venir de Seiyuro, aunque esté enfermo iré a decirle que debe de respetar a las mujeres, estoy cansado de su promiscuidad en la escuela", denunció molesto, y yo le negué.
"¡No no!, yo lo besé, él no hizo nada", admití, "no debería decir esto, perdón Doguen-senpai, perdón".
"¿Por qué a todas las mujeres les gustan los rubios burlones y vividores como él?", bufó, tomándome del brazo, "ya cálmate ¿sí?, vamos a que mi madre te dé un té... y no trates de echarte la culpa, el besador compulsivo es él… el muy golfo estuvo saliendo con la hija de mi tío Shuu y le rompió el corazón".
Le negué a Doguen, pero me di cuenta de que no iba a lograr convencerlo de nada. Él y Sei no llevaban una buena relación. Toshiro me había dicho que desde que eran pequeños, mi caballero Takaishi era un bromista pesado con Doguen, de hecho, todavía se burlaba de él y le llamaba "Llorón".
Me dejé arrastrar por él porque pensé que beber un té me iba a hacer bien, necesitaba estar calmada.
Ya tendría tiempo para disculparme con Seiyuro-sama, por ahora tenía que serenarme y concentrarme en la llegada de papá y Soji.
Si iba a tener estrés, se lo dedicaría a mi hermano... era lo menos que podía hacer por él.
Mi tío Takeru ya no estaba dormido. Noté que el sillón donde yacía estaba vacío y la manta con la que lo había cubierto Toshi estaba perfectamente doblada.
Caminamos hasta la cocina, donde la señora Kido había servido galletas y un chocolate caliente a mi tío escritor, quien de inmediato me miró y me sonrió de manera amistosa.
¿Por qué Takeru-san se parecía tanto a Seiyuro-sama?
"Madre, haz un té que tranquilice a Hidemi", ordenó el anteojudo, cruzando los brazos.
"¡Claro que sí, solecito!, estoy preparando kushiage para el almuerzo, quizás pidamos sushi al puesto de Davis, porque tendremos muchas bocas qué alimentar, ¡qué ilusión las visitas!", Jun Motomiya, que se me hacía parecidísima al tío Daisuke, vivía en su propio mundo.
A ella no parecía incomodarle la amenaza de los monstruos digitales de las tinieblas, ni parecía perturbada por tanta gente invadiendo su casa. Tenía qué admitirlo, que aunque me daba un poco de miedo su sonrisa, ella tenía una gran alma.
"Hide-chan ¿estás bien, bonita?", preguntó mi tío escritor.
"Sí, tío", respondí.
"Me ha dicho mi Kari que Tai pronto llegará con Soji, ¿estás muy nerviosa?", le asentí de manera mediocre.
Él se levantó, caminó hasta mí, y me besó la frente.
"Todo irá bien, preciosa", me animó con dulzura, "Tú también te ves molesto, Doguen-kun, ¿estás bien?".
"Pregúntele al golfo de su hijo", fue la respuesta seca de Doguen, que me entregó la taza de té que acababa de servir su mamá.
Takeru Takaishi sonrió.
"Se lo preguntaré y le pediré que sea más cortés contigo", aseguró.
Los cuatro nos sentamos a compartir el té, minutos después, Toshiro apareció en el comedor con el rostro renovado.
Llevaba en sus manos a un pequeño digimon que me pareció encantador y me hizo ir hacia mi primo para tocarlo.
"Es un Calumon, el digi que encontraron mis primos Ishida", me informó Toshi.
"Ven, Calumon", le rogué, y la bolita blanca, que no tenía una patita pero en cambio su sonrisa valía por mil pasos, aleteó hacia mí, haciendo crecer sus orejitas, que por tiempos parecían de elefante.
"Calú, Calú", fue su respuesta... debía estar hablando un dialecto o algo así.
Lo acaricié como si se tratara de un perrito. Me pregunté si mi BlackWargreymon luciría tierno en sus primeras etapas, pero no tenía caso preguntarme esas cosas.
"Calumon, de acuerdo con la bibliografía que han podido rescatar Koushiro y Ken, es la clave de la digievolución", nos informó Takeru.
Doguen se reacomodó los lentes.
"¿Si estudiamos a este digimon podremos traer a nuestros compañeros?", preguntó.
"Eso estaría estupendo", agregó Toshiro, "de ser así, entonces tendríamos una estrategia para acabar con los digimons oscuros que han estado apareciendo".
"¡Aaayyyyyy!", interrumpió Jun-san.
"¿Pasa algo, Jun?", preguntó alarmado el esposo de mi tía Hikari.
"¿Por qué gritas así, mami?", reprendió su único hijo.
"¡La lavadora! ¡Había olvidado que puse a lavar tu ropa interior, Solecito!", sinceró la señora.
Toshiro lanzó una risita burlona que parecía heredada de Sei, yo carraspeé y seguí sobando al bebé Digimon.
"¡Mamá, no me avergüences!", se indignó, mientras Jun se quitaba el mandil de cocina y salía volando de ahí.
Doguen miró con rencor a Toshiro.
"¡Y tú no me mires así, que no me tienes nada contento!", le gritó al castaño, "ni que tu madre no lavara tus calzoncillos".
"Los lavo yo", se defendió Toshi.
"Eso es verdad", reconoció Takeru.
"¡Al menos yo NO me los QUITO para hacer cosas IMPURAS!", se exaltó Doguen.
Tío Takeru y yo abrimos la mandíbula y mi primo se quedó muy serio. Era un hecho que Doguen-senpai sabía que Yuri-chan estaba embarazada.
"Ha sido un golpe bajo", pudo decir Toshi, "¿Quién te lo ha dicho?".
"¡Ella!", bufó Kido, "¡y nunca te perdonaré por haberle hecho eso a mi mejor amiga!".
"Pues no me avergüenzo de tener un bebé con mi novia", dijo con una claridad asombrosa, seguramente la charla con su hermano rubio le había hecho bien, "pero me apenará que tú no me perdones y por lo mismo te prives de apoyar a Yuri, como amigo que eres de ella".
Eso dejó sin palabras a Doguen, quien ofuscado se sentó en una de las sillas y resopló, cual si hubiera perdido una guerra.
"Esos estuvo fuerte", dijo tío Tk, tratando de aligerar el ambiente, "¿has podido hablar sobre el bebé con Sei, Toshi?".
"Sí, papá... también lo saben los Ishida, Hidemi, Taik y todos aquellos que fueron avisados por Yuri", respondió él con tono melancólico.
"Kyosuke y los Ichijouji se enteraron también", aportó Doguen, con tono más amable.
"Qué cosas", dije yo, "Lo saben muchas personas, pero falta mi tía Kari ¿no?".
"Eso es lo de menos", urgió Doguen, "¡Falta el señor Hida!, tienes qué hacerlo bien, Toshiro, porque el señor Hida no será comprensivo como todos los demás".
"Lo sé", susurró él, desanimado.
Se sentó al lado de Doguen y éste, como buen chico que era, le sirvió té.
"Todos en esta habitación necesitamos calmarnos", y su voz sonó como una sentencia, así que le obedecimos, nos sentamos y para no decir nada más sorbimos el té en silencio.
Fin del P.O.V. Hidemi Yagami.
O
P.O.V. Soji Miyagi.
La magia me estaba cansando.
Cuando vi que mi nueva primita se estaba desvaneciendo y dejaba de brillar, quise soltarle la mano para ponerla a descansar en la algún rincón de esa cueva inmunda.
Ella negó en cuanto adivinó mi plan.
"Primo Soji, no me sueltes, por favor", me rogó, girando su cabeza hacia Izumi, "Tú tampoco, Tulo-chan".
Noté que las manitas regordetas del pequeño apretaban las pálidas manos de Minagawa como si eso dependiera su vida. Yo no pude imitar al niño.
Me preocupó ver disminuida la energía de la rubia, me escandalizó sentir que el brillo de ella ahora se sentía dentro de mi piel, como si me hubiera transmitido el resplandor.
Parecía que su presencia fuera milagrosa. Su luz, de alguna manera, daba calma a los demás.
La niña se me figuraba como una pequeña diosa que se sacrificaba, pero yo no estaba de acuerdo con que hubiera seres celestiales tan pequeños.
Cayó de rodillas, seguida de Tulo, quien se dejó caer al suelo de manera ruidosa.
"Min-chan... ¿vamos a soñar otra vez?", preguntó con naturalidad el hermanito de Ben y Osen.
"Sí, cierra los ojitos", aconsejó ella con tono maternal.
¿Vamos a soñar otra vez? ¿Cierra los ojitos?... no entendía lo que estaba pasando y me molestó que un chiquillo de 5 años lo intuyera mejor que yo.
Los párpados comenzaron a hacerse pesados. Sentí que cargaba todo mi peso en los ojos, que ardían. Me hinqué junto con los pequeños.
Aunque el cuerpo de Minagawa ya no brillaba, sus ojos rojos resplandecían, lucían volcánicos. Los orbes ónix de Izumi tenían una luminosidad morada.
¿Mis ojos también estarían iluminados?
No pude precisarlo, caí al suelo y dejé de saber de mí. Al final, los párpados se me durmieron unos instantes, pero cuando desperté, yo ya no estaba en un calabozo.
Desperté de pie, con Min y Tulo a mis costados. Los dos pequeños sonreían.
Estábamos parados en un prado con una vegetación exuberante que nunca en mi vida había visto.
Una suave brisa me rozaba las mejillas y me provocaba un escalofrío.
Sin embargo, esa maravillosa naturaleza era lo menos importante en esa escena surrealista.
Lo impactante eran los seres que estaban en ese edén.
Criaturas de todas las formas, colores y voces merodeaban junto a humanos.
Vi a mi Muñeca adorada con un monstruo pequeño y regordete. Me saludó desde lejos, justo al tiempo en que Ben-kun caminó cerca mío con otro bicho verde que parecía una planta viviente.
"¡Piximon!", chilló entonces Tulo Izumi, luego se fue corriendo tras un animal rosa, peludo y con alas.
Min no se movió, se volvió hacia mí y me sonrió mientras se aferraba con dulzura a mi mano morena.
En un árbol vi a mi doble abalanzándose en un liana, llevaba en la cabeza una bola con orejas de conejos.
"¡Qué divertido, Taik", decía esa especie de animalito.
Abajo, una joven rubia y hermosa acariciaba con rostro huraño a una flor silvestre que también tenía vida.
"Tsunomon, te extrañé tanto", le dijo un pelirrojo a otro monstruo redondo, de ojos entrañables, pero con un cuerno filoso en la frente.
Un niño pequeño espiaba, con una lupa, a un bicho verde, que tenía un chupón y en su cabeza llevaba una hoja.
"¿Y haces la fotosíntesis?", le preguntaba con insistencia la planta parlante, que respondía "no sé" con preocupación.
"¿Qué son ellos?", le pregunté a mi primita.
"Son digimons, ¡muchos digimons con sus compañeros humanos!... Primo, ¿verdad que este es un sueño bonito?", fue lo que me respondió.
Un chico con gafas, que tenía una foca a su alrededor, leía apaciblemente en la hierba. A su lado, otro niño con rostro pacífico dibujaba.
Una pareja de novios caminaba de la mano con sus monstruos caminando tras ellos. La mujer tenía la barriga inflada y la mirada de color esmeralda.
Otra chica gritaba a un muchacho fortachón.
"¡Ya te he dicho que no me toques!", exigía la curvilínea fémina.
"¡No te rindas, Kyo!, ¡eres muy guapo!", le decía al fortachón un drangocito azul.
"Dejen en paz a Kurumi", agregó un pájaro parlante y circular, que llevaba una tiara de indígena americano.
A la chica que sabía que era mi hermana, Hidemi, la vi cerca de un lago. Estaba totalmente colorada, en tanto un joven rubio, alto y con pinta de conquistador, le daba un ramo de rosas.
Vi a Yagami a lo lejos, en una barca, donde estaban también los Izumi y otros adultos que no conocía.
A Ishida Yamato-sama le vi en lo alto de un árbol tocando una armónica.
No supe por qué, pero comenzó a dolerme el pecho.
No era un sentimiento incómodo, sino más bien emotivo.
Me gustaba estar ahí.
"Sí... es un sueño bonito", admití a Minagawa.
Justo después de mis palabras, otras figuras comenzaron a delinearse en el paisaje.
Eran las imágenes distorsionadas de niños muy pequeños.
Un canto muy dulce comenzó a oírse en el horizonte, al parecer, la persona que era dueña de esa voz estaba tarareando una canción sin letra.
"Yo también creo que es muy bonito", replicó Min.
Me llamaron la atención esas figuras humanas turbias, que parecían construirse con unas mariposas multicolores.
Lo recordaba. Tras mi primer beso con Osen Izumi, una mariposa como esas se le había aparecido a la pelirroja... ahora, en este sueño, había cientos de esos bichos que lucían como un arco iris.
Una de las figuras humanas tomó forma.
Se trabaja de una niña de rostro chamagoso y mejillas rosadas. Llevaba una bandita en la amplia frente bronceada.
Unos ojos oscuros me sonrieron y el cabello rebelde, a la altura del hombro, comenzó a moverse con el viento.
Tenía una sonrisa molacha y firme. Le faltaban los incisivos inferiores.
Aún en la lejanía, pude verle un lunar en una de sus mejillas… el parpadeo de sus largas pestañas rizadas me conquistó.
Ella y yo nos dedicamos una larga mirada, que terminó con una exclamación ininteligible por parte de la chiquilla, quien corrió hacia mí con los brazos abiertos.
Llevaba puesto un vestido liso, blanco y muy corto. Estaba descalza y llevaba un broche en el cabello que no parecía poder aplacar su melena rebelde.
"¡Hola!", me gritó.
Supe que esa pequeña debía ser otro pariente perdido. Era menuda y bonita, como la trilliza Hidemi, pero también podía notar en ella un poco de torpeza y una inocencia que me hacía respirar aprisa.
No le respondí, y cuando ella llegó hasta mis piernas y las abrazó, tampoco le dije nada.
Estaba temblando. Quise buscar a Min con la mirada, pero noté que ella ya no estaba a mi costado. A lo lejos vi a la rubita sentada en un campo de flores con otra niña…
Sí, era un sueño bonito, pero ya quería despertarme.
¿De qué servía si el sueño era hermoso si la realidad estaba llena de desesperanza?
La niña volteó a verme y volvió a sonreírme. Derramaba demasiada ternura a mi corazón.
Dolía, dolía mucho.
"Qué guapo eres", me dijo, restregando sus cachetes llenos de mugre y sudor en mi pantalón. "Te quiero mucho, ¡mucho mucho mucho!".
Con torpeza le di una palmada en el cabello. Era color marrón oscuro, más que el mío.
"En los sueños todos somos guapos", sonreí.
"¿Cuál sueño?", preguntó la niña y de nuevo escondió su carita en mi cuerpo.
"No lo sé", susurré.
"¡Yo soy Hikaru! ¿Vendrás por mí?", me preguntó.
Lucía expectante cuando emitía su voz traviesa y sus pestañeos insensatos.
"¿Hikaru?...".
"Mira, mira, ¡ve este regalo!", la chiquita se agachó y comenzó a escarbar la tierra.
Sacó un par de gusanos y me los dio. Le negué, pero ante su insistencia, terminé echando los animalejos a mi bolsillo.
Siguió escarbando y luego sacó un huevo de pascua enorme, el cual le hizo gritar con fuerza.
"¿Qué sucede, niña?".
"¡Encontré tu digihuevo que se convertirá en digimon! ¡Te lo guardaré, lo protegeré de todos y ni siquiera se lo prestaré a Tk!".
Mi vista quedó absorta en ese huevo.
Una persona como yo, a la que llamaban Emblema Apócrifo, ¿podía tener uno de esos monstruos llamados Digimon?
La pequeña comenzó a desvanecerse como un remolino. El cálido viento de la pradera se convirtió en la humedad viciada de la cueva donde estaba cautivo.
Una gotera que aterrizó en mi nariz terminó de despertarme de esa extraña pesadilla.
Me dolía la cabeza y la oscuridad de la caverna parecía más densa que nunca. A tientas, encontré al bebé Izumi y a la niña rubia que decía que era mi prima.
Ella ya no brillaba, ya no parecía un ser de otro planeta, sino solamente un frágil criatura humana de edad preescolar.
Los tomé en brazos y los cargué con cuidado hasta una de las paredes, donde me senté y recargué sus cabecitas en mis piernas.
No tenía idea de lo que acababa de pasarme, tal vez ese extraño sueño había sido a causa de tanta sugestión de mi parte.
Por el contrario, quizá aquel momento con la niña morena y el huevo eran reales.
¿Cómo puede distinguirse un sueño de la realidad?
No basta con un pellizco. Y eso lo puedo decir por experiencia.
Fin del P.O.V. Soji Miyagi.
O
P.O.V. Taiki Yagami.
Iban a matar a Akane.
Uno de esos digimons malignos quería hacerlo y eso lo sabía desde el fondo de mi corazón.
No soy idiota... también entendía que se trataba de una trampa, pero lo único que me importaba era poner a salvo a mi madre.
Era lo menos que podía hacer por ella después de haberla tratado de manera tan injusta en el pasado. Era lo menos que podía hacer por papá, ya que si a ella le hacían daño, Taichi Yagami nunca podría oír de la boca de Akane Fujiyama la verdad sobre su relación.
El digimon que había atacado el hospital debía ser peligroso. Mientras corría por los pasillos del hospital, pude ver decenas de personas desvanecidas en los consultorios y salas de espera.
Verles los ojos en blanco me ponía mal, pero mis pies eran egoístas y no se detenían a auxiliar a ninguno de ellos.
De alguna manera sabía que estaban perdidos y que a la única que podía ayudar era a mi mamá.
Atrás de mí podía escuchar los gritos del señor Ishida para que Mayumi y yo nos detuviéramos.
Pero mis piernas no se detenían y la mano de mi mejor amiga no me soltaba.
"¡Demonios Taiki, deténte!", exigió Yamato cuando estuvo suficientemente cerca como para que él pudiera sujetar a su hija de la ropa.
"¡Tienen a mi madre!", lo encaré, "¡No puedo permitirlo!".
"¡Vamos a una trampa, debemos pensar en otro plan!", alertó.
Pero a mí no me importó, con resentimiento solté a Mayumi y aumenté la velocidad hasta la sala de urgencias en donde sabía que estaba mi mamá.
"Papá, tenemos que ir con él", fue lo que oí que dijo May, con una voz muy rara, que hasta sonaba pastosa.
Escuché las pisadas de los dos a mis espaldas, yo me apresuré aún más, porque si los Ishidas se unían contra mí, no podría llegar hasta mi madre.
En cuanto ingresé al área general de urgencias, me topé con la enorme figura de un digimon que tenía alas de ángeles y murciélago.
"Impuntualidad, odio la impuntualidad", dijo con desprecio.
Lo conocía gracias a los dibujos de Zetaro y a las leyendas: era Lucemon Falldown Mode.
Ese demonio era el digital que había encarcelado a mi madre para raptarle a su bebé.
"Como no te apurabas vine por ti, mediocre sub emblema de la Unión", amenazó el demon Lord, alzando el ligero y herido cuerpo de mi madre, a quien le oprimía el pecho.
"¡Déjame… vete.. de aquí, chico!", me exigió Akane.
"¡Suelta a mi madre!", exigí, "¡Como le hagas más daño te mato!".
De manera mediocre me remangué la playera y me lancé hacia el digimon, pero las manos firmes de Yamato Ishida me apresaron de la ropa.
Con fuerza me hizo hacia atrás, su obstinación por defenderme y cuidarme me conmovieron.
En el fondo, Yamato-san sabía que no sólo era el hijo de su amigo, sino alguien importante en la vida de May... yo lo sabía... yo lo quería creer.
"Los representantes del emblema de la Amistad brillando con esplendor, ¡qué conmovedor!", se burló Lucemon Falldown Mode; "es una pena, Ishida Yamato, en el mundo que crearemos, sentimientos como el que proteges no tienen lugar".
Yamato chasqueó los dientes con valentía y aunque me sentí agradecido por su apoyo, hice lo posible por soltarme.
"¡Tío Matt, suéltame!, ¡se trata de mi mamá!".
"¡Tenías que salir tan impulsivo como tu padre!", me regañó, sosteniéndome con fuerza, sin quitarle la mirada al digimon maligno, a quien no le había contestado.
Yamato Ishida sabía que no tenía caso hablar con ese demonio, por eso le ignoraba y se concentraba en detenerme.
A su lado, May estaba silente y pálida. Veía a mi mamá, a quien el monstruo sujetaba de con una de sus manos.
"¡No te atrevas a ignorarme, ex elegido de la Amistad!", reclamó Lucemon a tío Yamato, "¡Llamas de purgatorio!".
Del cuerpo del digital salió un fuego morado que provocó que me dieran náuseas, se me borrara la visión y se me aceleraba el corazón.
Ishida me jaló a su regazo y me protegió como escudo.
Nunca sentí que me quemaran esas llamas, pero las manos de Yamato me soltaron con rapidez.
"¡Mayumi!", gimió el mejor amigo de mi padre, lo que me alteró los nervios y me hizo avivar la mirada.
Vi a mi rubia frente a mí y a su padre, con los brazos extendidos.
Mayumi desprendía un aura azul preciosa que había bloqueado a las llamas. En esos momentos, parecía un ángel.
"Yamato Ishida, no cabe duda que el toque de niño elegido de la Amistad ahora le pertenece a esta hermosa criatura que maneja a la perfección su emblema".
"¡No te atrevas a hacerle daño a mi hija!", exigió Ishida.
Ambos corrimos hacia Mayumi, pero el tiempo fue insuficiente.
Cuando menos pensé, ese digimon no sólo tenía en sus garras a mi madre, sino también a mi May, ¡A mi mejor amiga!
La impotencia comenzó a embargar mis sentimientos. Me dejé caer de rodillas y los ojos se me humedecieron.
Era un cobarde que nunca llegaba a tiempo.
Nunca podía salvar a nadie. Nunca podía parecerme lo suficiente a mi padre...
Por esa razón, ¿por qué habría de tener mi historia un final feliz? ¿por qué siempre herían a quienes más quería proteger?
Estaba seguro... ese día lo iba a perder todo.
Perdería el amor de Mayumi; el primer abrazo de mi madre; la sonrisa verdadera de Hidemi; el corazón pleno de mi padre, y mi reencuentro con Soji.
Pero una era segura entre tantos pronósticos fatídicos: yo sería el único que se sacrificaría, ¡y lo haría para brindar felicidad a mis seres queridos!
"¡Lucemon Falldown Mode! ¡Mi emblema! ¡Te doy mi emblema si las dejas a ellas!", le grité.
"¿De qué demonios hablas, Taiki?", me regañó Yamato, cuya expresión era más desesperada que la mía.
"¡En el mundo que quieres crear no te sirve para nada una mujer como Akane Fujiyama y tampoco necesitas emblemas como la Amistad, ¡tú mismo lo dijiste, ¿no?".
Noté que Lucemon sonreía. Su boca se torcía de manera repugnante.
El hospital olía a gases rarísimos que me tenían mareado.
"¡Pero tú quieres construir un emblema raro y maligno, ¿no es así?, ¡Akane me contó que lo querías hacer con mi hermano menor!, pues bien, te equivocaste, ¡el emblema Apócrifo tiene que hacerse conmigo!...", no tenía idea de lo que estaba diciendo, sólo quería sacrificarme por mi May, por mi madre… quería que estuvieran a salvo.
"¡Cállate Taik!", gritó desafiante mi amiga.
"¡Soy el mayor de los trillizos Yagami! ¡Soy el más fuerte, el más necio y el más idiota!, ¡carajo, yo nací primero y mi cuerpo es más fuerte y poderoso!".
Lucemon Falldown Mode se mojó los labios con la lengua. Vi, de reojo, que tío Yamato intentaba coger un extinguidor para atacar el monstruo.
Le temblaban un poco las manos... podía jurar que el hombre no sabía qué hacer y se maldecía por ser un adulto sin su digimon.
"¿Me estás proponiendo un trueque, Yagami?", me preguntó.
"¡COMO SEA, SÓLO DEJA A AKANE Y A MAYUMI!, haré lo que sea, ¡te doy el emblema!, ¡te besaré los pies!, ¡no dudaré en irme del lado oscuro!", vociferé.
Mis berridos fueron interrumpidos por el puñetazo de Yamato Ishida, quien finalmente perdió la paciencia y me dio mi merecido por ser tan cobarde.
"¡No vuelvas a meterte en mi vida, tío Matt! ¡No eres mi padre!", y aunque no volvió a golpearme, el señor Ishida me miró con ira, agarró el extinguidor y comenzó a atacar a Lucemon con el contenido del mismo.
"¡Salgan de aquí, papá!", exigió May.
Tras un salto, el hombre me tomó en brazos y me arrastró con él.
"¡NO VOY A DEJARLAS! ¡SUÉLTAME! ¡¿ES QUE NO TE IMPORTA QUE TENGA A TU HIJA EN SU PODER?", le reclamé, totalmente fuera de mí y esta vez me le rebelé tanto que terminé devolviéndole el puñetazo.
Le golpeé ese rostro que se parecía tanto al de May. Sentí cuando mis nudillos se estrellaron en su quijada.
De lo que estaba más seguro es que me dolía más a mí que a él.
"NO VOY A ABANDONARLAS, ¡ERES UN COBARDE, TÍO MATT! ¡YO AMO A TU HIJA Y NO VOY A DEJAR QUE UN DIGIMON LA MATE!".
Otro impulso de ira hizo que tío Yamato me tomara de la ropa y me estrellara contra la pared… atrás de nosotros, escuchábamos las risas irónicas de Lucemon Falldown y el arrastre de sus pasos burlones.
Nos habíamos escondido en una habitación aledaña… pero no importaba cuánto huyéramos… ese demonio iba a hallarnos.
"¡Taiki-kun, ¿es que no te das cuenta de que a quien están buscando es a ti?", me retó Ishida-san.
La voz le sonaba tan quebrada... estaba seguro de que Yamato Ishida no podría cantar con ese tono tan dolido y desesperado.
"¡No me importa! ¡Tiene a May! ¡Tiene a Akane! ¡Va a lastimarlas!", y se me salieron las lágrimas.
Y él lo que hizo fue abrazarme, conteniendo mi impotencia.
"Escucha, Taiki, si no te esfuerzas desde ahora, jamás te daré la mano de Mayumi en matrimonio".
Mi corazón volvió a bombear sangre.
"… Sé que eres hijo de Tai y por tanto no eres demasiado listo, pero pon atención... con la fuerza que tiene ese digimon ¿no crees que si quisiera matar a tu madre ya lo habría hecho? ¿Tú crees que si quisiera hacerle una daño especial a Mayumi no la habría lastimado más?".
"¡Quiere a mi hermano, no a mí! ¡Pero estoy dispuesto a sacrificarme por Soji! Yo… yo… ¡Yo no sé qué hacer!", debí oírme mediocre y desesperado.
Yamato ya no me dijo nada. Por mientras, me dejé guiar por el adulto por los pasillos del hospital, que estaban llenos de niebla, de humo lila y residuos del líquido del extinguidor.
Lucemon Falldown Mode nos acorraló a la altura de un laboratorio clínico.
Lanzó bolas de energías como hacían los personajes de Dragon Ball Z, pero tío Yamato se las arregló para evadirlas.
Pensé que tener entrenamiento de astronauta debía ser muy útil para un adulto maduro como él.
"¡Basta de juegos!", se molestó Lucemon Falldown Mode, perforando la pared.
El hoyo dejó ver que estábamos en un quito piso, lo que le sacó a Akane un chillido nítido.
"Usted... el amigo de Yagami, ¡se lo ruego! ¡llévese al chico de aquí!", le rogó Akane a Matt.
Lucemon la apretó con tanta fuerza que ella ya no pudo decir nada. Por el contrario, Mayumi se revolvía con ahínco.
"¡Los detestaré si caen en esta trampa!", nos decía con valentía.
Sentí una leve brisa vespertina que entraba por la pared perforada.
Afuera había un cielo azul, la isla artificial de Odaiba estaba envuelta de un mar verdoso y la rueda de la fortuna resplandecía en el horizonte, como si fuera un anillo de las montañas que se alcanzaban a ver en la lejanía de los suburbios de Tokio.
Supe de inmediato lo que debía hacer.
"¡Hey, siervo demonio o como te llames!", grité y de nuevo me le rebelé al amigo de mi padre y con un pisotón hice que me soltara.
Lucemon me miró interesado.
"¡Atrápame si puedes!", propuse.
Accioné mi brazalete digital e hice aparecer mi patineta.
Sin ningún miedo en los poros de mi piel dediqué una última mirada a Mayumi, quien de inmediato supo lo que haría.
"¡TAIK, NO LO HAGAS!", gimoteó.
Le guiñé un ojo, y salté del quinto piso del edificio para desafiar a la gravedad y a mi destino.
Fin del P.O.V. Taiki Yagami.
O
Y continuará en la siguiente entrega… la 8.5.
Mi intención, como siempre, era juntar a los trillizos Yagami pero la extensión del capítulo no me alcanzó, jaja.
Digamos que ese trío se acerca cada vez más, pero la autora malvada (yo) posterga ese reencuentro surrealista. Aún así, espero que hayan disfrutado este capítulo tanto como yo… quizás no es el más excelso, pero me la pasé en grande redactando algunas escenas: como la interacción de Yamato con Taiki; las ocurrencias extravagantes de Satoru, como poner a estudiar a Osen el manual de los Ichijouji como si fuera un libro de culto; la pequeña participación de Doguen me divirtió, sobre todo cuando le reclama a Toshi que ÉL no se QUITA sus calzones para hacer cosas IMPURAS hahaha; me entretuvo poner a una Osen sin curiosidad ni alma, y su besito inocente con Zet me pareció tierno… y bueno, Soji tuvo una visión a causa de los poderes de Min (sí… esta chiquilla es como Kari a la octava potencia) en donde se encontró a una niña llamada Hikaru (él cree que la nena es una parienta perdida y yo no lo contradigo, tengo un fic llamado "Estrella Saeko" en donde aparece Hikaru Yagami).
Poco a poco van a saber por qué este fic se llama Apócrifo y espero que mis ideas irreales no les decepcionen cuando eso pase.
¿Qué prometo para el próximo episodio?
Independientemente de si Taiki no se mata al lanzarse del quinto piso con una patineta y con un Lucemon detrás de él, lo que prometo es más romance, más acción, más escenas fraternales, más oscuridad, sufrimiento y más avance de la mi trama, la cual trataré de desenredar.
Agradezco a todas las personas que me leen. Especialmente a quienes dejan su comentario.
¡Díganme si les gustó, please!
CieloCriss
