Junio del 2012: Hola, han pasado un par de meses desde que actualicé este fic. Me disculpo por la tardanza, pero finalmente aquí está la nueva entrega de la última parte de la trilogía de mis fics futuristas.
Espero sigan gustando de mi fic… por el momento sólo puedo adelantar que este capítulo me ha quedado muy largo porque había muchas cosas qué contar. Hay acción, drama y romance en estas líneas… ojalá todavía tengan la paciencia de leerme, porque sus comentarios me renuevan y me hacen querer seguir trabajando en este pequeño proyecto de diversión.
Tomen nota: este capi contiene una ligera escena lime, así que están advertidos. La narración es por medio de "P.O.V." o narradores en primera persona. Cabe señalar que algunos de los eventos ocurrieron en tiempos similares, cercanos o iguales.
Si quieren saber más sobre los planes de los Demon Lords, sobre el reencuentro de los trillizos de Tai y sobre la creación del Emblema Apócrifo, los dejo con la lectura.
Gracias y saludos.
CC.
'Este capítulo lo dedico a todos aquellos autores que me hacen soñar con sus historias e inspiran a las mías'
O
Apócrifo
O
8.5
P.O.V. Yamato Ishida.
Me equivoqué.
Taiki Yagami no era igual a su padre.
Era 10 veces más terco e irracional que el idiota de Tai.
Vi que el chico se dejaba caer al vacío como si la muerte fuera cosa de todos los días. Como si un quinto piso no significara destrucción o como si realmente no le importara lo que dejaba detrás de él.
A ese cabrón no le importaban las lágrimas de mi princesa.
Era tan irracional que seguramente no pensaba en la opresión en el pecho que noté en Akane Fujiyama cuando lo vio saltar.
La gravedad no se desafía en la Tierra, hijo de Tai.
El Digimundo no se pierde ni se gana cuando dejas de respirar, mocoso de mierda.
Me moví lo más rápido que pude hacia la pared destruida, por donde el adolescente con tendencias suicidas se había dejado caer. Al fondo, los gritos angustiados de mi niñita me llenaron de impotencia, mientras Lucemon Falldown Mode injuriaba al muchacho y soltaba abruptamente a la mujer morena y a mi rubia hija.
El digital desapareció. Mayumi tomó una bocanada de aire y tuvo la intención de correr hacia donde yo estaba, pero la detuve con una orden.
"¡No te muevas de ahí!", le imperé con voz desaforada. Mis pulmones parecían haberse reventado de la angustia.
Si mi May se asomaba y sus orbes azules se encontraban con la figura desaliñada y sangrienta de su primer amor en el asfalto, ¿acaso podría superarlo?, ¿acaso yo podría perdonármelo?, ¿acaso valdrían los viajes a la luna si no había podido salvar al hijo de mi mejor amigo?
Me aventuré a asomarme.
Quedé silente.
Le ordené al corazón que se detuviera unos instantes... no quería que una taquicardia me nublara el pensamiento si veía muerto al hijo de Yagami.
Miré hacia abajo con mucha atención para grabar esa imagen de destrucción en mis entrañas.
Pero me equivoqué, Taichi.
Taiki sí es como tú.
Tiene la misma personalidad dispar tuya. Tiene parte del alma lastimada y serios problemas psiquiátricos. Sin embargo, es un aventurero sin ley. Es la oveja negra de tu rebaño, aunque también es el ingenio hecho Yagami.
No había ningún cadáver en el pavimento.
Vi al muchacho colgado de su patineta en una de las ventanas de pisos inferiores. Había hecho aparecer un manubrio en su patín y había estirado lo más posible su brazo, para salvarse.
En varias ocasiones había oído a mi hija hablar -con ironía, claro está- de los saltos acrobáticos que hacía Taiki con patinetas y bicicletas. Probablemente había realizado alguna pirueta sobrehumana, pero a mí me gustaba más la versión de que había estrellado la patineta contra el edificio hasta encontrar un hueco que le permitió salvarse.
"Mierda", murmuré.
Mi hija ya no pudo más con la obediencia, cuando menos pensé ella estaba a mi lado con el rostro aterrado, pero firmeza en su actitud y voz.
"¡Eres un completo idiota, Taik!", le chilló con furia, "¡Vuelves a saltar como perfecto estúpido y jamás dejaré que me pongas un dedo encima!".
Alcancé a ver que Taiki jadeaba, volteaba hacia mi hija. Por la cabeza ya le corría un caminito hecho de sangre.
"¡Tú eres la musa que me inspira a hacer estas estupideces!", se atrevió a replicar el muy vándalo.
Pensé que con esas frases mediocres no se podía ganar a mi niñita, pero con decepción noté que la fina boca de May desprendía una sonrisa desconcertante.
"Que no te atrape ¿Entiendes, Yagami?", le dijo.
Y fue como si sus palabras invocaran al digimon maligno, que se apareció flotando en el aire, con su rostro de pocos amigos y muchos enemigos.
"Eres el tercio del Apócrifo más interesante, Unión", le oí declamar, cual poeta, "pero aquí acaba tu sub-heroísmo humano".
Alzó uno de sus brazos, como si quisiera entonar una de sus maldiciones.
Taiki se rió. Había logrado sostenerse a una altura aproximada de cuatro metros.
"Mega Nova", canturreó Lucemon FM.
En ese instante el chico se soltó y esta vez sí lo vimos azotar en el suelo.
Se levantó de inmediato, con la entereza sin sentido que da la juventud.
Se echó a correr cojeando y tras unos pasos materializó una bicicleta.
Se puso a pedalear como si estuviera endemoniado. Vi que May intentaba seguirle, pero yo agarré a mi hija de su camiseta gris.
"Aquí te quedas", mandé.
"¡No!, ¡lo voy a ayudar!", se entercó.
Ese gen estoico no sólo era Ishida. La terquedad también era parte del repertorio de ADN de Sora.
"Seré yo quien irá a buscarlo, tú te quedas y ayudas a Fujiyama".
Sin saber si me obedecería o no me eché a correr como si también tuviera 15 años.
De reojo vi que Mayumi se quedaba en shock, al tiempo en el que el rey demonio se carcajeaba por los intentos infantiles que hacía su víctima de huir. Akane Fujiyama estaba tirada en el pasillo del hospital, lamentándose...
Qué maldita pesadilla.
Fin del P.O.V. Yamato Ishida.
O
P.O.V. Yuriko Hida.
Me gustó oír a mi papá discutir con los agentes de tránsito.
A pesar de que se desempeñaba como juez en el Poder Judicial de Japón, Iori Hida siempre había sido un excelente abogado, uno que yo admiraba a pesar de la distancia que ahora me separaba de él.
Mientras arreglaba los papeles del seguro del coche chocado de los Ichijouji y debatía con una decena de oficiales -que a su vez lidiaban con el tráfico- yo me recargué en el malecón de Odaiba y me dediqué a mirar el océano y los suburbios de Tokio que se extendían al otro lado de la bahía.
En ocasiones, me acariciaba el vientre y recordaba la cara de congoja de la señora Ichijouji al ver destruida la autonave que conducía su hijo Zetaro.
Esa preocupación, esas arrugas forzadas, esa angustia sin par, ¿serían parte de mí cuando naciera mi niño?
¿Cuán grande podía ser el amor de una madre por su hijo?...
Cada vez se me hacía más difícil recordar a Hiromi Hida. Lo único que tenía en la mente con mucha claridad era lo blanca que se veía la tez de mi madre cuando estaba en coma y yacía en la cama del hospital que se convirtió en su tumba.
Recordaba sus mimos, claro. Su voz me parecía un eco lejano y grácil, pero su figura y lo que me provocaba un abrazo de ella, se me había olvidado.
Me sacudí la cabellera que se estaba llenando de brisa marina, de la gabardina saqué el par de zapatitos que me había regalado Kurumi para mi bebé y me llené de emoción.
Ya quería vérselos puestos al niño para que mi amiga le tomara fotos y le besara con entusiasmo.
Ahora que veía con más claridad mi futuro, me entretenía dibujando a mi hijo en mi mente... pensaba en lo mucho que deseaba que se pareciera a Toshiro, aunque a la vez también quería que tuviera un toque de mi padre.
"Pero papá me odiará cuando se entere", susurré con nostalgia.
El espíritu de mi padre era como el mío y sabía perfectamente lo decepcionado que estaría cuando supiera que estaba embarazada.
No lo llegaría a comprender, él jamás entendería por qué empecé a intimidar con Toshi...
Flash Back
"Toshi... ¿de verdad no te harás la prueba del DNA?", preguntó Yuriko a su novio.
Estaban en el dojo Hida. La chica llevaba puesto su traje de kendo, aunque se había quitado la máscara después de la sesión de entrenamiento.
Toshiro Takaishi-Yagami vestía su uniforme del colegio, tenía los ojos irritados y estaba pálido.
"No", aseguró, "No quiero".
"¿No quieres saber si Takeru-san es tu padre biológico?", insistió la chica.
"No estoy seguro de querer saberlo", dijo Toshi, "Además, tampoco mi madre y Takeru lo quieren saber, de ser así, ¿no habrían hecho la prueba de paternidad antes, cuando yo era un bebé?... esa historia de que se sentían culpables por la muerte de mi supuesto padre y la mamá de Sei es sólo un pretexto... nadie quiere saber la verdad, entonces yo tampoco".
La chica le acarició la melena castaña a su compañero.
"No me gusta que sufras", susurró.
"No sé si esté sufriendo... en realidad no importa porque sigo queriendo igual a mamá y he visto a Takeru como mi padre desde que se casó con mi madre", excusó, recargándose en el hombro de su novia, quien expedía un sudor exquisito y dulce.
"Claro que importa si sufres... yo quiero que tú seas feliz", dijo ella, solícita y calmada.
Delineó con sus dedos el perfil de Toshiro: su nariz recta, sus labios delgados, sus cejas medianamente gruesas, su frente amplia.
El chico la imitó de inmediato, comenzó a hacerle cariños en las mejillas y a besarle con suavidad la oreja.
Las sensaciones de dulzura se iban desvaneciendo caricia tras caricia. Yuriko supo que estaban cruzando el límite cuando de su boca se escapó un gemido que desconoció como propio.
Cuando se dio cuenta, ya no tenía la cabeza de Toshi en su hombro, sino el cuerpo entero del muchacho la había tumbado en la suela del dojo y la exploraba.
Las manos de Toshi estaban en sus senos; su traje de kendo estaba desecho y el sostén con el que cubría sus pechos estaba desacomodado, de modo que su seno derecho quedaba en contacto con los dedos de su novio.
La mirada del chico estaba irreconocible, totalmente compenetrada en Yuriko. Parecía que los parpadeos de Toshi marcaban el ritmo de las respiraciones abruptas de Yuri.
"Toshi...", pudo hablar la muchacha.
"Yuri-chan, te quiero", afirmó Toshiro, entrelazando sus labios en los de su novia con avidez, con la lengua suelta y la pasión reventada.
Yuriko Hida sintió que un vértigo se le desprendía del corazón y cuando sintió la entrepierna empalmada de su novio, el terror se apoderó de ella y lo hizo a un lado con un empujón brusco, que dejó a Toshiro sin aire y a la chica desconcertada.
"¡Lo siento!", gritó Yuriko. Tras su disculpa hubo silencio, sólo podía escucharse cómo Toshiro acompasaba su respiración para tranquilizarse.
Los dos eran unos novios muy poco cariñosos a pesar de que llevaban una relación que ya sumaba tres años.
Toshiro era el que solía hacer la caricias, pero nunca se había mostrado especialmente afectivo. Yuriko no se lo reprochaba, era ella misma quien cerraba las puertas a pesar de lo mucho que lo quería.
"No tienes qué disculparte, fui yo quien te tocó más de la cuenta", gruñó Toshiro al incorporarse, "pero en realidad no quiero que me malinterpretes...".
Él estaba de espaldas. Yuri podía observar los hombros encogidos de su pareja.
"¿No quieres que te malinterprete?".
"Yo te quiero, Yuri", confirmó él, "¿Acaso no es normal que quiera tocarte más de la cuenta?... cuando digo que no quiero que me malintepretes es que no deseo que pienses que comencé a acariciarte de ese modo porque estoy afectado por mi situación familiar... yo no deseo hacerte mía por consuelo, sino porque te quiero... y he querido hacerlo desde hace tiempo".
"Lo sé,Toshi, es sólo que...".
"Me iré a casa, es algo incómodo tener esta plática", sinceró Toshiro, "Supongo que esa clase de cosas relacionadas con la intimidad sólo suceden y no se conversan con anticipación... quizás debería preguntarle a Sei qué hace en este tipo de situaciones".
El chico metió la mano a su bolsillo y sacó un paquete de cigarrillos. De manera elegante encendió uno con un encendedor, pero un manotazo de Yuri hizo que el tabaco saliera volando.
"¡Hey!", se quejó Toshiro, mirando hacia su novia.
"No fumes en mi presencia", ordenó la chica.
Yuriko estaba desarreglada, con el traje revuelto y todavía parte de sus pechos expuestos.
Eran redondos y pequeños, de punta rosada y piel tibia.
"Estás bellísima, prométeme que no dejarás que otro chico te vea así", dijo el hijo de Kari mientras le acomodaba el sostén a su novia y trataba de fajarle el traje de kendo.
"Toshi...", murmuró ella, con su rostro sonrojado, "Yo... también quiero que me hagas tuya".
"¿Eh?", se inquietó él.
"¡Yo no quería empujarte, de verdad!, es la costumbre", se disculpó.
Toshiro se rascó la cabeza, era verdad que su novia siempre lo alejaba con esos empujones profesionales cuando sus caricias pasaban el límite de la decencia impuesta por el suegro Hida.
"Honestamente no entiendo".
"Tengamos sexo", propuso Yuriko, bajando su mirada esmeralda hacia el suelo, "Papá está de viaje otra vez, quédate en mi cuarto hoy".
"Es decir que no me dejas tocarte en el dojo pero no te importa que tengamos relaciones en tu habitación, ¿cuál es la diferencia?", cuestionó él con torpeza.
Yuriko Hida resopló.
"Por supuesto que no quiero hacerlo en el dojo de mi padre, alguien podría vernos ¿Lo entiendes?, Toshi, a veces dices cosas que parece que no dirías tú".
"Son mis genes Yagami", admitió avergonzado.
"Además yo tengo qué darme un baño", consideró Yuri.
"Ya nos bañaremos después", fue el comentario de Toshi, quien le tomó la mano y la arrastró con ansiedad hacia la habitación, "sólo tenemos qué preocuparnos por los preservativos y yo tengo uno".
"¿Ehhh?".
Toshiro se cubrió el rostro con su otra mano para ocultar su sonrojo.
"Lo lamento, tengo en mente hacer esto contigo desde hace tiempo y pues... Sei me dio el condón… ".
Yuriko ya no dijo nada, sólo sonrió con debilidad.
No hubo que llegar a su cuarto para comenzar a sentir las caricias de Toshiro. La despojó de su horrible vestuario de entrenamiento en el pasillo y, por intervalos, la recargó en la pared para besarla largamente y tocarle con suavidad los pechos y la cadera.
Ella, totalmente confundida por el momento, sólo acataba a responder los besos con inquietud y a soltar exclamaciones deformadas que se convertían en gemidos sin luz.
En la habitación los dos se recostaron en la cama y se revolvieron junto con las sábanas mientras Toshiro se quitaba la ropa y al mismo tiempo la besaba a ella, para no descuidarla.
"Eres lo más hermoso que he visto jamás", decía él con un tono de voz que derretía a Yuriko.
Por su parte, la chica iba conociendo más de aquel pálido cuerpo que había dejado atrás la infancia.
Toshiro era 10 centímetros más alto que ella, 260 días mayor, la voz se le había engrosado y las piernas parecían dos pilares fuertes que la apresaban.
Tenía los músculos marcados a pesar de que era esbelto, ya que aunque no era un experto de artes marciales, su novio era un campeón de tenis de mesa, disciplina que lo tenía en buena forma.
"¿Estás segura de que quieres hacerlo, Yuri-chan?", preguntó Toshi, a punto de perder la cordura.
Se le oía la respiración cortada, apresurada y ronca, como si no supiera lidiar con la excitación. Le temblaban las manos mientras desfundaba el condón para colocárselo según las indicaciones de su medio hermano Seiyuro.
Yuri se rió. Su novio le despertaba ternura. Al mismo tiempo, su cuerpo parecía un témpano derritiéndose. La punta de sus pechos se había puesto dura y el sudor se había intensificado en todo su cuerpo.
Entre sus muslos la atosigaba un golpe de calor que le quemaba. Nunca antes se había sentido tan expectante, nunca antes se había sentido tan feliz.
"Hai... date prisa", apuró.
Toshi era un muchacho apuesto que pocas veces mostraba inseguridad, como en esos momentos. Esa figura temblorosa nada tenía que ver con el presidente del consejo estudiantil de la preparatoria, ni con el hijo prodigio y místico del matrimonio de los Takaishi.
Yuri no supo por qué, pero de un impulso se sentó y se acercó a su novio, quien seguía con su labor de frenar el paso de su esperma a través de una capa de látex.
"¿Te ayudo?", preguntó Yuriko.
Toshiro dio un salto de susto, sus manos aplastaron con brusquedad el preservativo y entornó sus ojos rubíes hacia su novia.
"¡Claro que no Yuri!", exclamó.
"¿Por qué no?, tú me has visto los senos y los has tocado, ¿qué tiene de malo que te ayude a ponértelo?".
El hijo de Kari ya no contestó, miró hacia el preservativo y descubrió que lo había roto.
"Uh...", luego miró decepcionado a su chica y a la erección que trataba inútilmente de esconder bajo las sábanas de la cama de Yuriko.
"Lo lamento, lo he roto... he echado a perder nuestra primera vez", dijo con un tono inmaduro que encandiló a Yuri.
Era como si por primera vez su Toshi estuviera haciendo un puchero.
"Está bien... puedes hacerlo sin el preservativo... justo acaba de pasar mi periodo y es imposible que quede embarazada", explicó Yuri.
"¿De verdad?", preguntó él.
"Hai hai", Yuri se sentó en las piernas de Toshi, quien se aferró a ella y suspiró de gozo.
"Seré gentil", fue lo último que le escuchó decir la chica, mientras la recostaba e intensificaba sus caricias.
Los cuerpos se tocaban cada vez más. Las manos de él en la pelvis de ella. Los dedos delineando la cara interna de los muslos. Y la intromisión brusca de él, que le sacó a ella un grito inexorable y varias lágrimas.
"Yuri-chan... Te quiero", logró decir él.
Yuriko no dijo nada, pero nunca antes sintió tanto con un par de palabras.
Fin delFlashBack
"Yo también te quiero, Toshi-kun", recordé y me aferré a ese recuerdo en el fondo de mi corazón.
Papá jamás lo comprendería, jamás entendería que Toshiro y sus caricias habían sido el pequeño refugio en el que había encontrado la felicidad que se había llevado la partida abrupta e injusta de mi madre.
Mis encuentros sexuales con Toshi habían sido exiguos, de pocas palabras, pero intensos. De esas escenas se había formado otro corazón y finalmente comprendía lo orgullosa que estaba.
Quizás mi papá no lo entendería, sin embargo, yo no necesitaba de su aprobación por el momento, me bastaba con mi propia aceptación y el apoyo de Toshiro.
Estaba soleado, pero había comenzado a correr viento. Me dieron escalofríos al darme cuenta de que comenzaba a formarse niebla en el paisaje... parecía que algunos gajos de nubes se convertían en enredaderas y hacían laberintos en el cielo.
Vi la neblina en varios puntos de Odaiba y noté que el océano se teñía de un gris oscuro que provocaba melancolía.
Supe que algo iba a pasar, pero un retortijón en el vientre me hizo cerrar los ojos y abrazarme la cintura en silencio.
Era el cólico más grande que había sentido jamás. Me horroricé al pensar en que había algo mal con el bebé, pero el dolor era tan intenso que no me pude mover por un tiempo.
"¿Tienes mal de tripa, oneesan?", me preguntaron.
Abrí los ojos y vi con decepción que se trataba de Kaede, la hija de la nueva esposa de mi padre.
"No me digas oneesan", dije con rostro de pocos amigos, "¿Qué haces aquí?".
Ella me sonrió. Me sentí mal con Kaede-chan, ella no tenía la culpa de mis rencores, pero no me salía hablarle con amabilidad.
"Papá llamó a mamá, le dijo que empaquetara las cosas y que de aquí nos íbamos a ir a un refugio con los elegidos, nos vinimos en el carro de mamá, quien está con papá", explicó la niña, señalando a Noriko-san.
La mujer estaba junto a mi padre, el cual parecía seguir ocupado con los agentes de vialidad.
No me hizo gracia que la señora estuviera acomodada en uno de los brazos de mi padre, me sentí fatal por eso.
Mi padre y yo nos estábamos engañando mutuamente.
En sus viajes seguramente dormía con esa mujer. En cada congreso seguramente se la llevaba con él, la desnudaba y la hacía suya... y cada vez, mientras más tocaba ese cuerpo nuevo, sus manos se olvidaban de mi mamá.
Él no podía culparme. Yo no podía culparlo tampoco.
Mientras el cuerpo de mi mamá se esfumaba en el cementerio -porque nos habíamos negado a cremarla-, yo descubría la felicidad con mi novio y conocía el sexo a través de esos ojos rojizos de Toshiro Yagami y su misterioso cariño para conmigo.
Sacudí la cabeza.
"Oneesan... si no puedo decirte así, ¿cómo debo decirte?", preguntó con inocencia Kaede, interrumpiendo mis pensamientos.
El cólico se estaba diluyendo un poco. Vi que la niebla seguía extendiéndose, pero traté de no darle importancia. Seguramente estaba siendo demasiado paranoica.
Kaede era delgada, de cabello y ojos oscuros. Aunque era bajita, no tenía pinta de parecerse a Osen Izumi ni a ninguna niña que yo conociera.
"Lo siento, no quiero ser brusca contigo; no tienes la culpa de nada", dije, "puedes decirme Yuriko-san, y por favor, ¿puedo rogarte que me dejes sola?".
Ella asintió frenéticamente y me sonrió. Se puso a brincotear de un lado para el otro y se alejó unos cuantos metros de mí.
Yo me senté en la bardita del malecón y empecé a sobarme la pancita.
"Todo está bien, bebé, tú eres mi fortaleza, yo seré la tuya", le dije al pequeño corazoncito que revoloteaba en mis entrañas, "todo... ahhhh... está bien, corazoncito...".
Vi que en mi falda aparecía un circulito carmesí que se había trasminado de mis bragas.
Grité horrorizada, llamando la atención de mi padre, mientras otro retortijón me invadía el vientre.
"¿Yuri?", exclamó papá, corriendo hacia mí.
Pude ver que Noriko se despedía de los tránsitos; tanto ella como Kaede también habían quedado asustadas por mi gemido.
"Hija, ¿qué tienes?", preguntó mi papá, yo no lo pude ver con claridad.
"¡Nada… Papá... estoy bien", chillé agarrándome la panza, mientras mi papá veía mi falda con sangre y mis piernas temblorosas.
"Cariño... ¿qué es esta niebla?", interrumpió la señora Noriko.
"¡Un monstruo!", chilló Kaede, apuntando el mar de la bahía.
Papá y yo miramos el océano neblinoso. En las profundidades escuchamos el grito de un dragón, que desgraciadamente armonizó con mi dolor en el vientre.
Ese monstruo había venido por él... ese Dragomon quería robarse a mi bebé, ¡lo sabía!
"¡Es Dragomon! ¡Llama a Toshi, papá! ¡Toshi sálvanos!", grité horrorizada.
Me puse de pie con esfuerzo. En mi mente le rogué a mi pequeño bebé que resistiera... quizás esa oscuridad de la niebla y esos datos malignos querían hacerme perderlo, ¡pero no iba a permitirlo! ¡No me lo iban a quitar como me habían arrebatado a mi madre!
"Yuri, no te preocupes, papá está aquí, papá te protegerá, tranquila", fue lo que dijo mi padre. "¡Noriko, huye de aquí con Kaede-chan! ¡Esta es mi lucha!".
Ellas no se movieron, estaban muy asustadas.
"No te abandonaré", fue lo que dijo la señora, pero a mí me pareció una irresponsabilidad que no quisiera poner a salvo a su hija.
Yo pondría a salvo a mi bebé. Toshi y yo lo lograríamos. Mi papá ahora tenía a otras dos personas a quien proteger... mi papá no sabía por qué mi falda tenía sangre.
Esa gotita no iba a crecer. Tenía que seguir teniendo el corazoncito latiendo dentro de mí.
Materialicé mi espada de kendo de mi brazalete digital, papá me miró incrédulo.
"¡Te he dicho que retrocedas, Yuriko!", ordenó Iori Hida.
"¡Ahora tienes a tu nueva hija y esposa para proteger, yo nos pondré a salvo y Toshi... Toshi vendrá y me ayudará!", blandí la espada hacia enfrente, en posición de ataque.
Papá me escuchó desconcertado. No podía creer mi actitud. Lo noté dolido pero no me importó... después de todo, yo también estaba dolida con él.
El Dragomon llegó con calma hasta nosotros como la vez anterior, pero ahora, a su lado, comenzó a dibujarse la silueta de otro encapuchado.
"Aquí yace el que nacerá para ser mi heredero, es una luz tan fuerte que se convertirá en la oscuridad más nítida", rugió el Dragomon a la silueta, que se convirtió en un encapuchado que mi papá reconoció inmediatamente por la cara de terror que puso.
"¡Es Daemon!", gimoteó Noriko-san, sorprendiéndose y llevándose las manos a la cabeza.
Había escuchado que esa mujer sabía de los digimon, pero me inquietó que supiera sobre ese clase de villanos de alto rango.
"Maldición, es el sujeto que quería llevarse a Ichijouji en el 2002", dijo temeroso mi padre, tomando mi mano y haciéndome bajar la espada, "tenemos que huir... ¡Noriko, hay que irnos de aquí!".
Di un paso hacia atrás, pero el Daemon desapareció y volvió a hacerse visible justo atrás de nosotros.
Papá se puso frente a mí.
"No sé que hace un digimon como tú aquí, pero si quieres hacerle daño a mi hija, no te lo permitiré", papá habló con una calma de abogado que le envidié.
Su valentía me inflaba el pecho. En el fondo yo sabía que él tenía miedo, que por dentro llamaba presuroso a su digimon sin éxito alguno.
Estaba aterrada y los retortijones seguían ahogando mi vientre.
"¿Tu hija? ¿Te refieres al recipiente?", bramó Daemon sonriente. "Un hombre que deja de ser un elegido de digimentals debería quedarse callado... ya no hay poderes que residan en ti, ex elegido, ya no hay ni sabiduría ni sinceridad en tu alma".
Iori Hida no flaqueó a pesar de esas palabras tan terribles que le habían dicho.
Mi padre, a pesar de su rectitud exagerada, era sabio y sincero, era la justicia hecha persona.
"¡No te atrevas a insultar a papá!", lo amenacé; sin importarme nada alcé la espada y traté de atacar al Daemon, pero papá me detuvo de la ropa y me jaló hacia él.
"No te arriesgues", mandó, arrebatándome la espada, "Soy tu padre, eso nunca lo olvides. Es deber de los padres proteger a sus hijos... cuando tengas a alguien a quien proteger, entonces lo entenderás".
Me quedé helada y toqué mi pancita.
Era verdad, tenía que proteger a mi bebé.
El Dragomon rugió desde los mares, Kaede se puso a llorar ruidosamente y Noriko-san llegó hasta donde yo estaba y me tomó de la mano.
"Tu papá se hará cargo, vámonos de aquí, linda", me dijo con la voz temblándole.
"¡Preocúpese por su hija, señora!".
"Ahora tú también eres mi hija, Yuri-chan", lo dijo con sinceridad y yo me sentí mal por dedicarle tantos malos pensamientos.
Papá corrió hacia el Daemon, pero éste lo golpeó enseguida, dejándolo inconsciente.
"¡Papá!", grité al ver que la espada de madera había quedado destrozada.
"¡Papito Cody, no te mueras!", berreó de repente Kaede, echándose a correr a mi padre desmayado.
"No, ¡espera niña!", exigí a la chiquilla, pero ella no hizo caso, corrió hacia mi padre, se echó a llorar sobre su cuerpo y el Daemon alzó la mano.
"Basura...", dijo Daemon, refiriéndose a la pequeña Kaede.
En instantes, vi que Noriko llegaba hasta su hija y se ponía delante de ella y de papá.
"Por favor, no les hagas daño, ¡no hagas más daño!", rogó cerrando los ojos y temblando de los pies a la cabeza.
Sentí, por primera vez, simpatía hacia ella. Quise moverme para ayudar, pero me dolía mucho el vientre, y otra gotita de sangre acababa de salir de mí y se había difuminado en el suelo.
Dragomon tampoco me quitaba la vista de encima. Si Toshi no llegaba yo estaba perdida, ¿pero cómo iba a venir si no había podido avisarle?... además... por lo que había visto, había niebla no sólo en esta parte de Odaiba, sino en varias localidades del distrito.
Fuera de las risas de Dragomon y Daemon, y nuestras exclamaciones de terror, la Ciudad estaba en completo silencio. Ya no se oía el azotar de las olas entre las rocas, ni las patrullas, y el tráfico parecía haber desaparecido.
¿Dónde estaban las demás personas?, ¿por qué no nos ayudaban?, ¡nos iban a matar! ¡Iban a desaparecer a mi bebé!
Noriko no se quitaba del frente mientras que Daemon la analizaba y se quitaba la túnica, que dejaba ver a un monstruo escalofriante.
"Eres una copia de la verdadera semilla de la oscuridad", dijo.
Yo abrí más los ojos.
"Eres escoria... aún más débil que el káiser, que al menos fue la semilla original".
¿Copia de la Semilla de la oscuridad? ¿Eso era Noriko-san?
"¡Fulgor del Caos!", bramó entonces Daemon.
Del cuerpo de ese digimon salió un torbellino de viento oscuro que se estampó contra Noriko, papá y la pequeña Kaede.
"¡Nooooo, déjales!", rogué yo, sujetándome el vientre.
Y fue entonces cuando mi bebé brilló a través de mi piel con una luz hipnotizadora que atravesó mi cuerpo y atacó el poder de Daemon, lo que me dejó muy asombrada.
Daemon sonrió.
"Haremos otro emblema Apócrifo con ese poder", aseguró.
"Y me darás a mi heredero", le siguió Dragomon.
"Claro, dragón de las tinieblas".
"¡NOOO!", lloré.
Miré hacia mi papá, la señora Noriko también había caído inconsciente y Kaede estaba estupefacta moviendo a su madre mientras gimoteaba.
"¡Kaede-chan, vete de aquí!", le rogué.
Esa pobre chica no tenía por qué ser una mártir de este horrible ataque.
Tenía que ser lo suficientemente fuerte como para proteger a mi bebé, quien no sólo era mi luz, sino mi fuerza... la verdadera resistencia de mi alma.
La niña, sin embargo, no respondía.
"¡HERMANITA, VETE DE AQUÍ!", opté por decirle.
Y con eso bastó para que ella alzara el cuello y me dedicara una mirada soñadora.
"Me dijiste hermanita", comentó en trance.
"Así es", afirmé, "ahora, quiero que te vayas, ¿ok?, busca ayuda, llévate el móvil de papá y busca ayuda".
"¡Somos hermanas!, las hermanas no se abandonan".
Maldije mi falta de tacto con los niños. Ella corrió hacia mí y me abrazó. Yo gemí de dolor porque me aplastó el vientre.
"Ah...", solté.
"Tu pancita brilla... ¿por qué?", me cuestionó la chica, que yo sabía que tenía entre 9 y 10 años.
"Porque tiene un bebé adentro", admití descorazonada, mientras Kaede se llevaba la mano a la boca.
"¿Y los monstruos se lo quieren llevar?", indagó.
"Hai..."
Kaede se aferró a mi vestido, de un impulso besó mi vientre.
"Te voy a defender", dijo con ternura.
"No... vete de aquí, Kaede-chan".
Daemon se acercó más a mí. Soltaba unas risas rotas que me robaban la esperanza.
Sei... Kyo... ¿dónde estaban esos paladines justicieros que iban a proteger a mi bebé?... Toshi, ¿dónde estaba tu luz para iluminarnos?... ¿Por qué querían a mi pequeño, quien era mi esperanza en este mundo que me comía?".
Daemon dirigió su mano hacia mí, de un empujón hizo a un lado a Kaede, quien chilló mi nombre y comenzó a forcejear.
Yo quedé acorralada en la barda del malecón, entre Daemon y Dragomon.
Me incliné, me abracé, para proteger mi vientre.
Daemon me alzó. Con su garra más grande sujetó mis brazos.
Acercó su garra más pequeña a mi vientre.
"Por favor, no...", le rogué. Mientras más se acercaba ese demonio a mí, más me dolía por dentro.
Su dedo tocó mi panza, que se puso dura como una roca.
Él aplastó con fuerza, como si me quisiera penetrar la piel.
"¡Ahhhh, para, por favor!", exigí.
"Increíble... el brillo del emblema de esta criatura es enorme", mencionó con desprecio.
"Es el verdadero hijo que he esperado por tanto tiempo", aportó el desviado de Dragomon.
"Una luz así jamás podrá volverse un nuevo Apócrifo", gruñó entonces Daemon, "Hay que apagar esta luz para que no nos amenace, ¿no estás de acuerdo, elegida de la Equidad?".
"¡Jamás... ja-más... no ...lo... permitir-é...!", pude decir, y sentí la presencia de mi bebé caliente y brillante dentro de mí.
Un haz de luz rosada me cayó del cielo y se extendió por todo mi cuerpo.
Mi vientre duro seguía doliendo, mi propio emblema resplandecía junto con...
"¡El Emblema de la Luz también está revoloteando dentro de este recipiente!", gruñó Daemón, aventándome al suelo.
"No lastimes a mi heredero", renegó Dragomon, cerrando los ojos por la cantidad de luminiscencia que salía de mi cuerpo.
Era como si dentro de mí no sólo estuvieran mi emblema y el corazón de mi bebé... también, en mis entrañas, la luz de Toshiro brillaba para protegerme.
¿Era porque habíamos hecho el amor y de ello se había formado un bebé excepcional?
Tenía que decírselo... si salía viva de ello, tenía que asegurarle a Toshiro cuánto lo amaba.
Daemon blasfemó.
"Escúchenme bien... Equidad y Luz... destruiré a esa amenaza que vive en ese recipiente... lo haré mil pedazos... desplumaré esa luz en el tiempo", renegó el digital antes de evaporarse.
Fin del P.O.V. Yuriko Hida
O
P.O.V. Yamato Ishida
Salí del hospital como ráfaga.
Odaiba estaba tan sola como los muertos que ya eran cenizas en el cementerio. Usé la cabeza lo mejor que pude, pulsé una clave en mi brazalete digital y pude materializar mi motocicleta.
Había sido una adquisición reciente que me hacía sentir incómodo, pero que me encantaba presumir y compartir con mi esposa. Desde que habíamos comprado el vehículo, nos íbamos de paseo por los caminos pueblerinos de Japón cuando teníamos tiempo libre y encontrábamos quien cuidara a los chicos.
Mis paseos con Sora eran para rememorar una luna de miel añeja. Esta vez, la motocicleta -que era un secreto para el resto de la humanidad- tenía como misión evitar una tragedia.
Mientras buscaba a Taiki, pensé en Gabumon... deseé con todas mis fuerzas que esas dos llantas fueran las patas metálicas de mi MetalGarurumon, pero por más que recordé a mi amigo, las cosas no cambiaron.
Deambulé por las cercanías. Quise conectar mi cerebro con el de Tai.
Me dije: Tai, si tanto te pareces a tu hijo... ¿a dónde irías tú si estuvieras buscando un refugio? ¿A dónde?...
Ese lugar nunca vino a mi mente.
Mi corazón y mente estaban tan nublados como la urbe de esa tarde.
Por inercia llegué al parque, el cual estaba solitario. Parecía como si la gente se hubiera desdibujado o quizás, casi podía jurarlo, estábamos entre dos dimensiones: nuestro mundo y el Mar Oscuro.
Por una casualidad que agradecí a mi karma, encontré la bicicleta del chico Yagami totalmente destrozada. Eché carrera hacia donde la neblina estaba más intensa y hacia donde me latía con más fuerza el pecho.
Me detuve de improviso y me agaché. Cerca del lago, el muchacho estaba sentado entre la hierba. Su respiración era como la de un caballo que se había reventado de tanto correr.
"Tío Matt...", me llamó con endemoniada ternura.
Me incliné a la altura del 'tigrillo'. Él se sostenía el brazo. Roto. Se le había dislocado el codo por haber quedado colgado del edificio.
En su segunda caída había caído con las piernas y noté lleno de ira que las rodillas le temblaban.
¿En dónde demonios estaban los digimons para ayudarnos?, gorjeé por dentro, pero no dije nada en voz alta.
"Ya no puedo esconderme más", confirmó mis sospechas el golpeado muchacho.
Había hecho lo imposible para un crío de su edad. Suspiré y negué. Le cedí mi espalda, para que se trepara.
"Ese cabrón de Lucemon me llevará con él", desechó mi oferta.
"¿No irás a rendirte ahora, verdad?", pregunté.
Soltó una risa absurda.
"Si usted fuera May, quizás se me ocurriría alguna nueva idea con tal de verme muy cool ante ella ¿sabe?".
Era un mocoso impertinente.
Lo trepé a mis brazos. Sus huesos eran pesados y su maraña de pelos me picaron la barbilla.
"Tío Matt... está bien que me secuestren, porque allá donde me llevan quizás pueda encontrarme con Koromon, entonces haremos mil pedazos a todas esas mierdas de digimons que le quitan el honor a los que sí valen la pena", me explicó.
No le repliqué. No estaba dispuesto a seguir discutiendo tonterías con ese joven.
Corría un viento fuerte que costaba respirar. Así como sucedía en el Mar Oscuro, parecía que para el organismo era mucho más difícil aspirar el oxígeno.
Lucemon FM volvió a aparecerse justo cuando iba de vuelta a mi motocicleta con Taiki a cuestas. Cuando lo vi recargado en mi moto, me dieron ganas de arder en furia y agarrarlo a golpes.
Sin embargo contuve mi ira, porque era el adulto ahí. Llevábamos todas las de perder, lo sabía, pero mi deber era permanecer impasible y sereno.
"Ex elegido de la Amistad, ¿quieres intercambiar a esa Unión desgastada por tu automotor desaliñado y frágil?".
Rechiné los labios.
"¿No te da miedo pensar, Ishida Yamato, que mientras estuviste buscando a la Unión aproveché para raptarme a la nueva dueña Amistad?", volvió a decir con aires de superioridad.
De nuevo no respondí.
Debía haber una salida entre tanta niebla. Era mi deber encontrarla. Si algo había aprendido de mis aventuras en la niñez y en la adolescencia era que siempre existía una manera de triunfar.
No importaba cuanta podredumbre me ofreciera el ambiente... yo sabía que tenía que existir una salida. Se lo debía a Taichi y a su liderazgo natural.
"Deja que me lleve de una buena vez, tío", susurró Taiki.
"No te preocupes, Ishida, tu hija no me interesa", se rió el demonio digital, "ya tuve suficiente cuando mis aliados acabaron con los representantes de amor".
Sora... Kotaro...
Pensé en ellos al instante. Imaginé a mi caballerito herido y a la mujer de mi vida escudándolo.
Mis nervios estaban por flaquear.
"Daemon, ¿lo recuerdas, Ishida?... a ese digimon lo he mandado a que lastime a tu mujer y a tu hijo, el elegido del Amor", se rió, "al niño le han penetrado el estómago con un 'Puño Martillo'... seguramente está muerto".
Cargar a Taiki se me hizo más pesado.
La mente me traicionó, imaginé a mi hijo siendo atacado. Era un hecho que estaban jugando con mi mente, pero no podía darme el lujo de caer en ese juego.
Por más dolor que me causara esa posibilidad, ¿qué diablos esperaba ese miserable? ¿que le cediera al hijo de Taichi Yagami?
Un ser así, cuya fuente de poder era la avaricia y la cizaña, no tenía idea de lo que era la Amistad, la verdadera Amistad.
La amistad que NO había perdido por más que Lucemon dijera que sí.
Ningún sentimiento se perdía o se cedía. Aunque, claro, no era necesario expresárselo a esa escoria.
"Nada de lo que me digas evitará que te dé al chico y lo sabes", gruñí. "Así como dices que lastimaste a mi familia, desintégrame antes de llevarte a Taiki. Las palabras que salen de tu boca son bazofia y pudren el aire, así que será la última vez que me dirija a ti".
Lucemon Falldown Mode encogió los hombros con indiferencia.
Apuntó hacia la moto.
"¡Mega Nova!", entonó; de su ser salió una bola de energía al mero estilo de los animes que veían mis hijos y desintegró el vehículo con el que paseaba a mi Sora cada vez que queríamos escaparnos del mundo laboral.
"Escucha, Taiki-kun", murmuré al mocoso, que cada vez estaba menos consciente y respiraba con dificultad.
"Estamos jodidos ¿verdad?", preguntó.
"Sí", admití.
"Estoy cansado...", siguió diciendo.
Admiraba a ese jodido mocoso. Su frases irónicas no eran finas como las de Mayumi, pero me causaban gracia.
"Cállate y ponte a pensar", ordené mientras veía que Lucemon se deleitaba derritiendo y haciendo pedazos mi moto.
El muy imbécil se regocijaba de su poder. No sé si pensaba en que estábamos aterrados por su fuerza de Rey Demonio digital o si sólo jugaba con su comida, como los felinos.
"Eso no acostumbramos a hacer los Yagami como papá, sólo los Yagami como tía Hikari...", dijo y cerró los ojos. Su cabeza se dejó caer en mis brazos hasta perder el conocimiento.
Me mordí los labios y lo dejé en la hierba.
Al final los Ishida como yo tampoco pensábamos tanto como los que eran como Takeru.
Y si lanzarme hacia un enemigo digital de nivel superior era la única opción, tampoco me limitaría mi condición de humano cuarentón.
Lucemon Falldown Mode saboreó el momento. Mitad diablo, mitad ángel, sus dos lados resplandecieron de gozo cuando vio que me preparaba para defender al chico con mis puños.
Con su lengua de lagartija se humedeció los labios retorcidos.
"Así me gusta", sonrió con sorna. "¿Estás listo para morir como tu hijito, Ishida?".
Gruñí. Odiaba esa cizaña…
Sora, Mayumi, Kotaro y mi digimon eran mi vida.
'Gabumon, si tan sólo estuvieras aquí', le reclamé, 'la única forma de que te perdone es que te vuelva a ver, amigo, y en esa ocasión acabemos con esta dinastía de oscuridad'.
Lucemon Falldown Mode hizo brillar la mitad de su cuerpo que representaba un demonio, sus alas de murciélago se estremecieron.
"¡Golpe Semi Demonio!", gritó.
Ojalá alguien se pusiera mis zapatos ahora mismo y compartiera mi impotencia, pensé.
Y aunque sabía que nada iba a pasar, grité en honor al monstruo digital que dominaba mis afectos:
"¡Aliento de Lobo Metálico!".
Una extraña música de piano comenzó a escucharse tras mi frase en esa niebla silenciosa.
El Demon Lord me alcanzó con su ataque. Como si fuéramos iguales nos retamos.
La música estaba empezando a oír envolvía mis sentidos y me anulaba el dolor. Era un jazz sin ton ni son, pero totalmente entonado y rítmico.
El golpe del Digimon me entumió la mitad del cuerpo. De mi palma empuñado apenas alcanzó a salir una ráfaga de luz azul, pero nunca supe si fue una manifestación de mi imaginación o de una realidad milagrosa.
Tampoco supe si lo golpeé.
O
El mundo se me apagó, pero no perdí la cabeza ni un instante.
Los ojos se me iluminaron y con torpeza pude ver a los lejos a un niño rubio tocando un piano de cola gris.
Vi esas manitas pálidas moverse con arrogancia por el teclado durante unos segundos, luego dejó de tocar, alzó la cabeza y me miró con unos ojos de lobito que me conquistaron.
Miraba de la misma forma que yo, aunque su mirada era plateada.
El chiquillo se levantó y caminó hasta donde estaba.
Yo seguía con la mitad del ser entumido. Tras una breve ojeada, descubrí que se me pudría el lado derecho del cuerpo, se me descarapelaba la piel y el cuero se hacía negro.
"Me ha alcanzado el ataque", renegué, sin prestar la atención del chiquillo de mi extraña visión al mero estilo de mi cuñada mística.
"Aunque el árbol torcido crezca y sus raíces se encalambren en el lodo, se enderezarán las ramas si les pones zapatos", expresó el mocoso. Noté que estábamos en un bosque del Digimundo.
Había hecho una analogía sin sentido que no cabía en su boquita minúscula. Ese bebé no entendía de lógica, ni siquiera tenía en claro lo que era un refrán.
Era el consejo más insensato que me habían dado jamás. El niño lo había dicho con tal seriedad que me impactó un poco.
Seguramente ni siquiera los viajes mentales de los adictos provocaban visiones tan extrañas, eso fue lo que reflexioné.
"Tengo que despertar, se van a llevar al hijo de Tai", me dije.
"Se lo llevarán. Pero aunque el río suene no siempre lleva peces", volvió a 'aconsejar' el crío que ahora estaba frente a mí y jugueteaba con sus manitas pálidas en el viento.
Los dedos tocaban partituras en el aire. ¿De ahí venía la música?, ¿de ese pequeño rubio tan parecido a mí?
"Agarra la flor", me recomendó.
Al que quise agarrar fue a él.
Pero en cuanto intenté tocarlo se me esfumó.
O
Pestañeé y nuevamente estuve delante de Lucemon, quien acababa de dañarme la mitad del cuerpo.
Estaba paralizado y mis miembros -incluso mi ropa- se ennegrecían.
"Terminaré contigo, ex Amistad", avisó el demonio digital.
Esta vez sus alas de ángel fueron las que centellearon.
"¡Golpe Semi Ángel!", exclamó.
Lo vi venir a toda velocidad. Lo último que pude hacer fue ver a Taiki desmayado y permanecer en pie, porque así como sentía la Amistad en mí, también podía enorgullecerme de tener algo del valor de Taichi adentro.
Me vino el golpe y mi cuerpo salió volando.
No cerré los ojos.
Ahora sentí entumidos mis dos hemisferios.
En medio de la neblina espesa, una florecita blanca parecía volar como una mariposa perdida.
'Agarra la flor', había aconsejado el niñito que tocaba música en el viento.
Así lo hice con el último estirón, apuñé la florecita blanca entre mis manos.
No supe porqué, pero aunque alcancé a percibir que Lucemon se llevaba a Taiki yo no perdí la esperanza de mi alma.
Y, por extraño que parezca, mi fuerzas físicas se reestablecieron, como si esa pequeña flor fuera tan mágica como el Digimundo que extrañaba tanto: el de mi infancia.
Fin del P.O.V. Yamato Ishida.
O
P.O.V. Yuriko Hida.
El resplandor fue tan grande que cuando volví en mí ya no estaba ni siquiera Dragomon.
A mi costado, en la avenida, los carros circulaban aprisa, como si nunca hubiera existido un embotellamiento de autonaves.
"Fue... ¿un sueño?", fue lo primero que dije, pero los cólicos seguían y al sentarme vi a papá y a la señora Noriko desmayados en la banqueta, mientras la pequeña Kaede lloraba desconsolada y gritaba ayuda a cualquier ser viviente que caminaba por ahí.
Nadie parecía querer ayudar. Yo me levanté y con horror vi que lo que goteaba de mí ya no era una gotita, sino varias.
Kaede me abrazó.
"Tengo miedo", me dijo.
"¿Has llamado a la ambulancia?", pregunté.
Ella negó.
"Es que no sé adónde llamar, ¿verdad que no se van a morir ni mi mamá, ni papá Cody ni tu bebé?", se escandalizó.
No le respondí.
Me toqué el vientre, ya estaba menos duro. Me puse a llorar como tonta y de manera temblorosa saqué mi celudigital.
El frenón brusco de una autonave me sacó otro grito histérico. Los otros carros también tuvieron que bajar la velocidad, cambiarse de carril y hacer sonar sus cláxones con locura.
La enorme autonave no cedió, se estacionó con torpeza en el pavimento.
Mis lágrimas me hacían ver borroso, pero pude detectar que se trataba de una camioneta del restaurante Motomiya, lo que me hizo relajarme un poco.
Vi que el auto se abría y de él bajaba, en primer plano, Kyosuke Motomiya, su madre y las señoras Ishida y Takaishi, quien traía los ojos llorosos.
Del otro lado salieron el señor Daisuke y el pequeño Kotty, quien de inmediato se puso pálido.
"¡Cody!", gritó el señor Motomiya al ver a mi papá desmayado en el suelo.
"¡No es posible!" exclamó Kyo, mirándome con horror, debió ver mi falda manchada de sangre y mi rostro de pánico.
"¿Los han atacado, Yuri-chan? ¿Están bien?", preguntó mi suegra con la voz temblándole.
Asentí a la primera pregunta, pero negué a la segunda. ¿Cómo podíamos estar bien después de ese ataque tan surrealista?
Me quedé envuelta en una sensación de tormento mientras los vi venir corriendo.
Recordé el sangrado... el ataque, el dolor en el vientre y lo primero que hice fue salir corriendo de ellos.
"¡Por favor ayuden a mi papá!", les rogué, y comencé a huir...
El sangrado... mi vientre duro... mi pequeña fortaleza y su coranzoncito en riesgo... quería protegerlo, pero la mamá de mi novio estaba ahí. Tenía que buscar un hospital por mi cuenta.
"¡Yuriko-chan! ¿A dónde vas?", oí la voz preocupada de Sora-san. Su voz maternal me hizo querer regresar para abrazarme a ella.
¿Y si me arropaba en los brazos maternales de esa hermosa señora que me había ayudado tanto?
No podía ser tan egoísta, yo ya había tenido una madre y el Digimundo me la había quitado... si yo quería una madre nueva, el destino podía querer quitármela otra vez.
"¡Yuri está lastimada!", se histerizó Kotaro Ishida, yendo tras de mí como si supiera de mi embarazado.
"¡Estás mal, regresa, Yuri!", me gritó Kyo, también poniéndose a correr tras de mí. "¡Yo la traeré, ustedes curen a los Hida!".
Kaede también vaciló y también me siguió.
Dejé de caminar porque un retortijón aún mayor me dejó imposibilitada para moverme.
Otra vez me hice bolita y abracé mis piernas.
"¡Yuriko!", Kyo se hincó a mi lado, yo escondí la cabeza para no verlo de frente.
Noté que jadeaba.
Se me hizo raro que Kyo jadeara por correr tan poquito.
"Te hace mal correr", agregó el moreno Motomiya.
"Sólo llévame a un hospital, Kyo".
"Estás sangrando, Yuri-chan", lloró Kotty Ishida, tomando mis manos y acariciando mis cabellos, "Le hace mal a mi sobrinito".
Como sospeché, el pequeñuelo lo sabía.
¿Le habría dicho su madre?... no... Sora Ishida era muy prudente.
"Me lo ha dicho mi primo Toshi y yo también quiero protegerlo", entonó el caballerito.
Kyo me obligó a alzar la cara, para que lo viera de frente.
Lo vi herido. Giré hacia Kotaro y también lo noté débil y lleno de raspones. Su camiseta estaba rota, y en el abdomen pude notar que el pelirrojito Ishida tenía un gran moretón.
"Están lesionados también...".
"Estamos bien, tranquila, ven, deja que te cuide", Kyo me alzó e hizo que me recargara en él.
"¡Déjame, estás herido!".
"Me han curado unas simpáticas florecitas del Digimundo", dijo Kyo.
"¿Qué dices?", cuestioné.
"Nos atacó un rey demonio del Digimundo llamado Daemon", informó el pequeño Kotty, soltando lágrimas, "Ese digimon malvado se llevó a mi prima Min y no pudimos salvarla".
"¿Min-chan?, ¡oh, Dios!, ¡aquí ha venido a atacarme también un Daemon!".
"¿Se ha llevado a alguien?", preguntó Kyo.
Negué.
Kaede llegó corriendo hacia nosotros.
"¡Se quería llevar a mi hermana y a su bebé!", chilló mi hermanastra.
Kotaro volteó hacia la niña y ésta gimió dando un brinco hacia atrás.
"¿Tú?", se disgustó el pelirrojito.
"¡Ishida Kotaro-kun!", la voz que dejó salir Kaede parecía más aguda y emocionada de lo ordinario.
Se le enrojecieron las mejillas, comenzó a agitarse y reverenció como loquita a Kotaro, quien sólo se rascó el cráneo y se puso rojo.
"Yo... yo... yo te admiro mucho Ishida-kun... ¡Por favor, piensa en la carta que te di! ¡Ah! ¡Parece que conoces a mi nueva hermana mayor Yuriko, por favor cuídala!", gimoteó con torpeza la niña, y con sus fuertes pero delgadas piernas se fue corriendo hacia donde estaban su madre Noriko y Cody Hida, quienes estaban siendo auxiliados por Daisuke.
"¿Conoces a mi hermanastra, Kotaro-kun?", tuve tiempo de preguntar, antes de volver a enfocarme en mi situación.
"Parece que va en mi escuela... me ha dado una carta de amor, pero siempre que me ve, suelta unas cuantas palabras y va se va corriendo", dijo con tranquilidad el Elegido del Amor.
"¡Eres un rompecorazones, 'Taro!", felicitó Motomiya.
Me aferré a Kyo y pegué otro grito.
La señora Ishida llegó hasta nosotros y la siguió Hikari-san.
"Kari, ¿qué pasó con la curación de Cody y Noriko?", preguntó Sora.
"Le di flores a Daisuke para que se las administre", avisó Hikari-san, caminando hacia donde Kyo me cargaba.
Todos nos pusimos tiesos cuando la señora Yagami llegó hasta donde yo estaba. Todos sabían sobre mi embarazo, a excepción de Hikari-san, mi padre y me suponía que los señores Motomiya.
Yo era muy tímida con mi suegra. Me inspiraba amor su presencia, sin embargo, siempre me había intimidado mucho. Quizá era porque de alguna manera le había robado a su hijo, quizá entre ella y yo se alzaba una muralla de inquietud.
"Ya veo..." pudo decir Sora-san, mientras su hijo Kotaro se abrazaba a su madre y le decía con voz baja que yo estaba mal.
Todos se veían heridos, desgastados... ellos venían de una batalla en la que habían perdido a Minagawa, en donde el enemigo se había salido con la suya.
"Hikari-san...", pude decirle a mi suegra, "lamento mucho que se hayan llevado a Minagawa-chan".
Ella me asintió. Su sonrisa tímida me iluminó.
Vi que se quitaba su abrigo y lo ponía en el suelo.
"Recuesta a Yuri aquí, Kyo".
"Ehhh... yo estoy bien", reclamé.
"No digas eso, las flores de la armonía te ayudarán a curar tus heridas", dijo.
Kyo terminó obedeciéndola a ella.
Me acostó en la banqueta y Kari se sentó a mi lado.
"A mí nadie me hirió", le aclaré.
La madre de mi novio me dedicó una mirada triste.
"Estás sangrando", hizo la observación.
Ese recordatorio me hizo volver a lagrimar.
¿Ibas a salirte de mí, mi pequeña fuerza?
Hikari observó mis piernas, hizo -seguramente- un dibujo mental del camino de las gotitas de sangre.
Lo sabía... ella había captado que el sangrado venía de mi entrepierna.
Ella iba a odiarme... iba a darse cuenta de que había dormido con su hijo... se daría cuenta de que Toshi era mío.
Ay, Dios...
Con dulzura me acarició el cabello, como si de verdad fuera a convertirme en su hija por amar a su primogénito.
Sacó de su regazo una florecita blanca que nunca había visto.
La acercó a mí.
No.
Yo no quería que ella me regalara una flor, así que manoteé con suavidad sus dedos y la florecita salió volando.
"¡Waaaa, ninguna flor puede desperdiciarse!" gritaron al unísono Kyo y Kotty.
Los dos persiguieron a la flor que se había ido a viajar con el viento.
"¡Yuriko-chan, ¿Qué haces?", me regañó Sora-san.
Yo me incorporé y miré a Hikari-san con tristeza. Permitir que esa mujer llena de luz me diera su cariño estaba mal, yo la había traicionado al atrapar a su hijo con mi embarazo, yo la iba a convertir a abuela.
"No quiero que me cure", expresé, "Hikari-san luego se arrepentiría de hacerlo".
Quise ponerme de pie; no pude hacerlo, sólo me senté. Pegué un berrido impropio de mí, ¿por qué me sentía tan mal?
"Tengo que llevarte al hospital", dijo alarmada Sora, quien sabía de mi estado.
"Tranquila... ven Yuri, recuéstate", volvió a insistir Hikari.
La miré y noté que no había rencor en su propuesta. La señora Takaishi era un ser humano demasiado bueno, demasiado especial... Toshiro se parecía a ella.
"Hikari-san", la llamé con rudeza y desesperación, sin saber cómo reaccionar, "¡déjeme en paz! ¡usted no lo sabe, pero va a detestarme!".
"¿Cómo dices eso, Yuri-chan?", interrogó muy nostálgica.
"Estoy..." me paré a pesar de las indicaciones. Kari-san y Sora-san me imitaron, parecían listas para detenerme. "Estoy embarazada".
Vi que los ojos de Hikari Yagami relampaguearon como si los hubiera invadido un cometa.
"Le he echado a perder la vida a su hijo", lloré, porque no importaba lo lindo que fuera Toshiro, ¡yo lo había atado!...
"Oh...", dijo.
"¡Lo lamento mucho pero amo a mi bebé y a su hijo, Hikari-san!", dije con firmeza, "no quería quitárselo... pero... ahhhh".
"Dios mío, ¡y estás sangrando!", me gritoneó.
Con una fuerza que no le conocía me obligó a recostarme. Sora Takenouchi le ayudó.
"Por favor", me ordenó, "No huyas más, Yuriko-chan".
La señora Ishida se puso de pie.
"Las dejaré solas... iré a ver si Kotaro y Kyo encontraron la flor. También quiero ver si los Hida ya despertaron", avisó antes de marcharse.
Yo cerré los ojos.
A veces me traicionaban las lágrimas y se me salían de los ojos.
"¿Me dejarás curarte?", indagó. Yo asentí con torpeza.
La señora Takaishi desnudó mi vientre y acomodó una pequeña florecita ahí.
Esa pequeña plantita muerta me hizo cosquillas y me relajó inmediatamente.
"No tengas miedo, al menos calmaremos el sangrado", me dijo, y otra vez me acarició el cabello, a pesar de las cosas malas que le había dicho yo.
No supe cuánto tiempo pasó. Pero los dolores en el vientre disminuyeron. También me invadió una sensación de paz.
"¿Qué son esas flores?", le pregunté.
"Son flores de la armonía... me las han dado en un sueño", mencionó con misteriosa voz, "quizás ya sé quien me las dio".
Cuando abrí los ojos me centelló con su sonrisa, yo se la devolví con algo de temor.
"Yuriko, ¿te sientes mejor?".
"Sí, señora".
"Mi hijo... Toshiro... ¿te ha respondido como un caballero?", preguntó.
"Toshi-kun siempre es un caballero... soy yo la que no soy una dama, aunque lo aparente", admití.
Ella negó. Me besó la frente y yo no pude mas que recordar de nueva cuenta a mi mamá muerta.
"Dime... ¿quién te ha atacado?".
"Dragomon y Daemon... querían al bebé", sinceré aterrorizada.
Hikari me abrazó.
"¿Cómo los venciste?".
"Mi vientre... brilló", expliqué, "El corazoncito que late ahí es luminoso y aunque no estuvo físicamente aquí, sentí que Toshiro me dio su emblema".
Hikari asintió cuando concluí la historia. Ella retiró de mi vientre la florecita y me la enseñó.
Ya no era blanca, se había vuelto negra.
"La oscuridad quería llevárselo, pero la luz ha vencido", susurró, y ella me besó la frente.
Sentí un espasmo de felicidad cuando hizo eso.
"¿No me odia, señora Takaishi?", pregunté.
"No", me respondió, "Nunca odio a la luz y jamás podría detestar a la persona que mi hijo eligió para compartir una vida. Ese vientre iluminado me da respuestas, tus ojos me dan seguridad, pero me avergüenza un poco que Toshiro no sea un caballero en todo el sentido de la palabra".
"Ha sido culpa mía, yo fui la que...".
"Si fuera un caballero, ¿tendrías tantos miedos y tantas lágrimas en tu mirada esmeralda?", ella cuestionó con sabiduría, "Recuerdo a tu madre Hiromi... la última vez que hablé con ella estaba feliz porque Toshiro y tú tuvieron una cita...", rememoró Hikari.
"Mi mamá...".
"Me dio mucha felicidad cuando tú y mi hijo comenzaron un noviazgo... pensé que a Hiromi le gustaría… ¿pero tú eres feliz? ".
Negué.
"Es que tengo tanto miedo... ¡pero no es culpa de Toshi! ¡Yo se lo oculté!, le he ocultado tantas cosas".
"Pienso igual que Hiromi Hida, Yuriko-chan, creo que Toshiro y tú hacen una linda pareja".
"Arigatoo".
"No ha sido adecuado lo que han hecho ¿no es así?, tienes miedo porque no estás preparada para tener un hijo, ni tu alma ni tu cuerpo han madurado, ¿estás consciente de que eso puede repercutir en un bebé?".
"Yo... perdóneme... perdónenos Hikari-san", gemí.
"Las lágrimas hieren aún más a los úteros que pueden brillar", dijo ella, "cuando esperaba a Toshiro mi vientre brillaba como el tuyo... todas esas lágrimas hirieron a mi hijo, así que trata de no llorar, por favor".
Me limpié los ojos.
"Yuriko-chan, aunque quizás tu cuerpo y tu alma no están preparados para la maternidad, estoy segura de que el amor de tu corazón será tan enorme, que suplirá las ausencias rápidamente, sólo tienes que creerlo y luchar por él".
"¿Por qué es tan buena conmigo?".
Kari sonrió.
"Fui tu maestra en preescolar. Nunca jamás tuve una alumna tan dulce y buena como tú. Eres la hija de un gran amigo, tienes sus ojos de justicia, tienes el amor de mi hijo y eres la elegida de la Equidad, hay muchas razones para quererte".
"Gracias...".
"No seré blanda con la situación, mucho menos con Toshiro, pero eso no significa que no los apoye", dijo.
Asentí varias veces.
"Además... creo que ya conozco al bebé que llevas dentro de ti".
"¿Tuvo una visión de mi bebé?", preguntó.
Ella encogió los hombros.
"Tal vez... sólo quiero que tengas claro que aunque tu bebé tendrá solamente una abuela en este mundo, yo lo amaré por Hiromi con todo mi corazón, se lo debo, después de tod fue ella la que te dio a luz".
Sus palabras me conmovieron y la abracé.
Quise gritarle a Toshi que estaba feliz, porque sabía que su madre nos apoyaba.
"Yuri-chan... ahora comprendo por qué Toshi lucía tan diferente estos días", se animó un poco Hikari.
"Yo... he sido mala con Toshi... hace un par de días se lo dije".
"Comprendo".
"¡Pero él ha sido bueno y me ha apoyado!, por favor, no sea dura con él", le rogué a mi suegra.
Hikari suspiró, no me dijo nada sobre Toshiro.
"Cody no lo sabe, ¿verdad?".
Le negué.
"Por favor, no se lo vaya a decir hasta que lo discuta con Toshi", dije.
"Claro, no me concierne", ella resopló.
"Takeru-san ya lo sabe... Toshiro-kun ya se lo dijo", agregué.
Hikari Takaishi no alteró su faz. Sólo dijo:
"Me alegra que por fin se hayan vuelto padre e hijo esos dos".
Vio con preocupación mi falda.
"Creo que debemos llevarte con Joe", dijo.
"Hay una ginecóloga... y...".
"No. Te tiene qué revisar Jyou aunque no sea ginecobstetra, tenemos qué reunirnos en el Museo Digimon porque ha habido varios ataques... no podemos exponerte más... además, Jyou sabe lidiar con embarazos especiales, él me ayudó mucho cuando esperaba a Toshi y a Min".
Mi suegra me tomó de la mano.
Tenía la palma más suave que la de Toshiro, pero a la vez más lejana.
Fin del P.O.V. Yuriko Hida.
O
P.O.V. Doguen Kido.
Estaba muy molesto.
Intentaba calmarme, pero no podía.
No era que me molestara tener mi casa invadida de tantas personas, al contrario, era hasta cierto punto agradable que mi madre estuviera distraída con las visitas y me dejara algo de espacio para respirar.
Lo que de verdad me tenía muy enojado era la situación en sí. Y con la situación me refiero no solamente a las amenazas de los digimons malignos que querían conquistar el mundo, sino a las inconsistencias de mis amigos.
Me tenía abatido que Yuriko estuviera embarazada y todos estuvieran aplaudiendo ese hecho.
Toshi y Yuri habían sido imprudentes, pero en cuanto alguien más se enteraba de la noticia, casi les felicitaban. Era una verdadera tontería, una irresponsabilidad, ¿cómo iban a mantener a ese pobre inocente? ¿qué clase de vida iban a tener ese par con un niñito en plena adolescencia?
Me sentía decepcionado. Tampoco ayudaba mi carácter, lo sabía... pero de alguna manera estaba herido.
Todos los chicos a mi alrededor estaban creciendo. Hidemi-chan, por ejemplo, se atrevía a besar al mujeriego de Seiyuro con ojos de enamorada. Kurumi se la pasaban en antros y discotecas, ¡y ahora Yuri me salía con que iba a tener un bebé!
¿Qué más podía a pasar? ¿Que Mayumi huyera de su casa con el rebelde sin causa de Taiki? ¿Que Osen tuviera mil novios y se olvidara de sus amadas computadoras?
No era que estuviera mal, pero yo pensaba que había que darle prioridad a los estudios.
Coquetearse, besuquearse, enamorarse... esas eran cosas que no debían pasar antes de tiempo.
Ahora mismo estábamos en una mesa, tomando el té como si nada hubiera pasado.
Takeru Takaishi platicaba a Toshiro sobre su futuro nieto, mientras Hidemi daba aportaciones insensatas sobre que había que comprar ropita azul o verde, si es que el bebé iba a ser un varoncito.
"Me siento renovado... es decir, la angustia persiste, pero... a pesar de los errores me siento muy emocionado, ¿está mal eso, papá Takeru?", preguntó el que creí que era el más decente de mis amigos.
"Ya te lo he dicho, mi Toshiro, un hijo es la razón más justificada para tener una ilusión", sonrió él.
"Yo no soy nadie para opinar", respingué, "pero esas cosas tampoco deberían festejarse. Según estudios médicos que he leído de la biblioteca de mi papá, los hijos de madres adolescentes tienen más posibilidad de nacer con bajo peso, y, de grandes, tienen también más probabilidades de caer en adicciones y en el círculo vicioso de embarazarse a temprana edad".
Toshiro se desinfló ante mi comentario, Hidemi pareció enojarse.
"¡No le digas esas cosas a mi primo, Doguen-senpai!", me reclamó la morena Yagami.
"Es la verdad", refuté.
Le di un sorbo a mi té. El señor Takaishi no aportó nada a la conversación... era un adulto y sabía -en el fondo- que yo tenía razón al decir esas cosas, por eso no decía nada y se quedaba callado ante mis comentarios.
"Calú calú", fue la aportación de Calumon, "tengo miedo, calú".
"¿Por qué, bonito?", preguntó Hidemi, besando al digimon blanco con ternura maternal.
Yo suspiré.
Me agobiaba la presencia de ese pequeño digimon. Nadie parecía estar preguntándose que hacía ese pequeño digital ahí. Nadie estaba analizando los hechos y el por qué el animalito de código binario vagaba como alma en pena en nuestro mundo.
Eso me preocupaba, aunque no podía hacer mucho al respecto, yo no era un ingeniero sabelotodo del Digimundo, ya bastante tenía con ser hijo del doctor curalotodo del Mundo Digimon y Humano.
Joe Kido, mi padre, entró al comedor de nuestra casa con rostro agotado. Estaba bostezando su parar y sus bolsas bajo los párpados no se habían siquiera atenuado.
"Buenas tardes", dijo.
Papá había estado durmiendo parte de la mañana después de aventarse la guardia del hospital.
"Hola, Joe", dijo el escritor al tiempo en que se ponía de pie, "¿te preparo un té?, es que tu mujer fue a lavar los calzoncillos de tu hijo".
"Doguen, prohíbele a tu madre que anuncie que va a lavar tus calzones", rogó papá, poniéndose rojo.
"¡No es como que YO QUIERA que ella haga eso!", renegué y me levanté de la mesa.
Toshiro y Hidemi me lanzaron una mirada de incomprensión. Ellos no tenían idea de lo molesto que estaba.
Sin embargo, si lo pensaba con detenimiento, era totalmente irrazonable que yo estuviera irascible por la situación actual que vivíamos los elegidos.
A mí no debía importarme si Toshiro tenía sexo con Yuriko, quien era mi mejor amiga sólo de nombre. Ya tenía 16 años y tenían que dejarme de importar los aires de superioridad que tenía Seiyuro Takaishi.
No debería de importarme que él coqueteara con Hidemi, que Kurumi saliera a antros y que Mayumi se entusiasmara con el irresponsable de Taik... pero por alguna razón, me incumbía y me llenaba de furia que todos tuvieran esas nuevas experiencias y yo no.
Era un sujeto aburrido, que me quemaba las pocas pestañas que había heredado para pasar el examen de admisión a la universidad.
"¿Pasa algo, hijo?", indagó papá.
"Voy a... ¡voy a impedir que mamá lave mis calzones!", expresé, despertando sonrisas en los presentes.
Pero a mí poco me perturbaba que mi madre lavara o no lavara mi ropa interior en esos momentos. Salí del comedor y troté por el pasillo que conectaba con el patio trasero de mi casa.
Abrí la puerta y salí, luego respiré hondo y profundo varias veces.
'Ánimo, Doguen... entiéndelos, son tus amigos', me dijo la conciencia, la cual nunca parecía tener intenciones de apagarse en mi cuerpo largucho.
Me vi el rostro en una de las ventanas de la casa. Estaba algo traumatizado con mi estatura, y para acabarla de amolar, me estaban saliendo espinillas y tenía la pinta de ser un nerd descorazonado.
Vi que Calumon salía por la ventanita del patio de servicio y se ponía -con torpeza- a revolotear en el aire con sus orejitas infladas.
"Calumon tiene que irse", me dijo.
"¡Espera, vuelve acá!", le ordené.
"Calumon va a ir de paseo", me avisó el digimoncito.
Para mi desgracia, el pequeño animal digital no obedeció mi orden de regresarse.
"¡Te he dicho que vuelvas!", rezongué.
Cuando menos pensé yo estaba fuera de mi casa, persiguiendo a ese monstruito fugitivo.
Fin del P.O.V. Doguen Kido.
O
P.O.V Seiyuro Takaishi.
Desde que sus labios me tocaron he tratado de borrarlos.
Puedo contar los minutos antes y después de una simple caricia...
Fue un toque súbito, que me sacó de las pesadillas y me llenó de una extraña sensación que ahora me causa espasmos en el pecho y me añubla los ojos como si tuviera la miopía del Llorón Kido.
¿Por qué un beso puede ser tan puro? ¿Cómo puede hacerte vibrar tan rápido y cambiarte el mundo? ¿Cómo una boca puede hacerte sentir renovado, como si te hubiera bendecido un ángel?
No era justo. Ahora mismo, la dama Hidemi Yagami acababa de hechizarme. No era un hechizo como algún otro que hubiera sentido por una mujer. No eran solamente ganas de comerme su cuerpo y aspirar de su alma por unos días.
La situación era distinta. Sabía que en los libros -incluso en los de mi héroe Pardaillan- esa sensación se llamaba amor.
Y no estaba seguro de querer enamorarme... porque yo era como el flautista de Hamelin: con palabras, con gestos y con mi mirada encantaba a las damiselas para darles un poco de calor y tomar de ellas sus virtudes.
Al final, les la espalda, y un gélido viento frío se agolpaba en mi garganta. Les cortaba sus sueños y seguía con la siguiente flor.
La idea de hacerle lo mismo a una niña a la que consideraba mi amiga me puso mal... debía de ir a contracorriente.
¿Qué se le podía hacer? ¿Era que yo debía de cambiar mi forma de coquetear con las mujeres?, ¿debía dejar que mis ojos sólo vieran a esa figura e ignorar a las demás?... no podía asegurar que un hombre como yo pudiera entregarme a sólo un par de labios, por más bellos y puros que fueran.
Así que, obedeciendo a mi cerebro, traté inútilmente de borrar el deseo de buscar de nuevo a la dama para robarle otro beso...
Era absurdo... esa sensación no podía crecer más, menos ahora, que recién había salido de la oscuridad y que había firmado la paz después de mi guerra fría con Toshiro.
Aparte, ¿no había sido mi hermanito el que me había rogado que arreglara las cosas con Hidemi-chan?
Aclarar que ese beso iba a ser único y ella y yo seríamos amigos por siempre era la manera más lógica y menos comprometida para ambos.
Bebí toda el agua que pude de la jarra de cristal que la señora Kido había traído para mí.
Junté todas mis fuerzas posibles, toda mi esperanza, para por fin dejar esa odiosa cama y entrar en acción.
Estos días, mientras yo convalecía por el beso de LadyDevimon, la historia había comenzado a moverse. El aire olía a Digimons.
A pesar de que se esparcía la oscuridad y la niebla estaba atacando el corazón de los elegidos, ¿acaso no era momento para volver a luchar por lo que habíamos perdido?
Luchar para esfumar de nuestra existencia la leyenda de la Fusión Prohibida.
Combatir contra los virus que borraron las bases de datos.
Desafiar a los enemigos que nos atacaban las virtudes y nos engrandecían los defectos.
Había que entrar en acción. Ya era hora de dejar la cama, no era un inválido...
Tenía que luchar por mis padres, mis hermanos, mis amigos, mi sobrino... Y ¡Pardiez! ¡También por esos labios tan dulces!
¡Quería esos labios sobre mí nuevamente!, de alguna manera daban fuerza, me daban entendimiento y me accionaban como si fuera un muñeco de acción que se encendía con baterías.
"¡Esa sensación!", exclamé, tocando mi boca y sentándome en la cama aburrida de Doguen, "... es tan perfecta como prohibida".
Me sacudí la cabeza.
"No... no le puedes hacer daño a ella, Seiyuro, a esta chica no le puedes romper el corazón, no puedes ser tan cabrón, ¡te lo prohíbo!", me ordené a mí mismo, y de un último impulso, me puse de pie.
No me sentí débil, sólo un poco entumido. Era una sensación parecida a la que te dejaba una pelea callejera o un pleito de borrachos.
Los miembros estaban encalambrados, sentía escozor en el abdomen, lo cual era natural, porque una masa de oscuridad me había abierto el vientre y a raíz de ello me habían tenido qué coser, cual marioneta.
Me esculqué entre las vendas con esperanza de ver mi cicatriz. Jyou-san me había advertido que no me tocara o me podía dar alguna infección, pero ya estaba hasta la coronilla de obedecer indicaciones médicas.
Para molestia mía, noté que la herida estaba hinchada y rojiza, los hilos en mi piel eran nauseabundos y coágulos de sangre se hacían costra en mi dermis.
"Definitivamente a las chicas no va a gustarles", bufé resignado, aunque mi mente -tan limitada e idiota- sólo pudo recordar la carita preciosa de Hidemi Yagami.
Hice esfuerzo para tratar de rememorar a alguna ex novia, pero no pude recordar a ninguna. Todas ellas parecían haberse convertido en estelas de humo, en estrellas fugaces, en golondrinas viajeras.
Algo no estaba bien conmigo... y la verdad, no era una sensación totalmente placentera en esos momentos.
Todavía llevaba las ropas desgastadas y horrorosas del hospital.
Me deshice de la playera desteñida y olorosa a mi herida. Pegosteé nuevamente las vendas y arrastré los pies al armario del Llorón. Casi no podía mover el talón por estar tan entumido. Refunfuñé.
"Eso no le pasa a los héroes de los libros", me quejé, "Ellos tienen tanta valentía que se les anula el dolor".
Abrí el ropero. Noté con disgusto que la ropa del anteojudo Kido estaba pulcramente ordenada. Tenia en su mayoría camisas blancas e inmaculadas, pantalones de lino de colores que ni mi abuelo usaría y chalecos de lana grises, azules o caquis.
"Llorón... si Kurumi-chan viera esto se deprimiría por días y te llevaría al centro comercial a cambiar de look", resoplé, "con gusto la ayudaría... unos lentes de contacto, un corte de cabello más moderno y una chamarra de cuero negro serían buenos para ti".
Me imaginé a mi amigo con ese atuendo y solté una carcajada falsa. Añadí a mi visión unos pantalones oscuros y apretados y la risa fluyó con más naturalidad al recordar lo delgadas que tenía las piernas Doguen y lo incómodo que se sentiría.
"Concéntrate Sei... concéntrate", y al decir eso voz alta, los labios de Hidemi otra vez invadieron mis pensamientos.
Mi amigo-jirafa se esfumó de mi imaginación y apareció la chica Yagami con el mismo atuendo.
... A ella se le vería genial, con lo buena que estaba. Un pantalón pegado a sus caderas ligeramente frondosas y sus piernas atléticas.
Una entallada blusa sin tirantes, roja como sus labios. La misma chamarra de cuero sobre sus hombros y... y...
"¡Que te concentres cerdo! ¡Ni se te ocurra desnudarla con tu sucia mente! ¡A ella no!", me ordené y esta vez me di un coscorrón.
De nuevo vi la ropa de Doguen y tomé lo primero que alcanzaron mis manos.
Tenía que empezar mi renovación con un vestuario ajeno al del hospital; prefería ser un joven anti-fashion a un enfermo.
Noté que estaba más delgado cuando me encimé la camisa, quizás se debía a tanta oscuridad y a que mi cuerpo había tenido la salud debilitada. Dejé los dos últimos botones sin abrochar, pues me sentía asfixiado.
Intercambié mis pantalones, pero no abroché el botón de la prenda, que se atascaba en mi vendaje y me producía dolencia.
Apenas pude cerrar el cierre. Doguen era demasiado delgado a pesar de que yo había bajado de peso.
La camisa, de inmediato, dejó de ser pura y blanca. Se tiñó de un rojo debilitado que se había trasminado del vendaje de mi vientre. Encogí los hombros y sonreí porque esa pequeña pizca de suciedad era un sello personal que pondría al Llorón molesto.
Ya podría imaginármelo: '¡¿Además de mujeriego y aprovechado eres ladrón de mi ropa? ¡¿Cómo te atreves, Seiyuro?, ¡encima la has ensuciado! ¡Papá!'.
Podía imaginármelo a la perfección, con su ceño fruncido, sus cejas colapsadas y sus pequeños ojos negros irradiando furia.
Me rasqué la cabeza algo decepcionado. Toshiro decía a menudo que habíamos arruinado la infancia de Doguen y que por culpa nuestra, el anteojudo había sido víctima de bullying. Acoso... violencia... sufrimiento. Quizá Toshi tenía razón, tal vez mi diversión había sobrepasado los límites, y por eso Doguen me miraba furibundo y no me perdonaba las bromas y las jugosas burlas que le entretejía.
"Te recompensaré, Llorón… algún día", aseguré.
Sentí un puñado de afecto por ese flacucho-grandulón, que aunque era menor que yo por un año, se había estirado más que un arbolito de navidad en pleno invierno.
Debía medir cerca de 190 centímetros, porque yo pasaba el metro ochenta y ya tenía que verlo hacia arriba.
Al final de cuentas, cuando Doguen madurara, se iba a convertir en un apuesto muchacho, con los sentimientos igual de sinceros y confiables que los del doctor Kido. Se haría fuerte, parte de esa fuerza me la debería a mí.
Sonreí al imaginármelo fortachón, como Kyo. Inteligente, como Toshi. Y guapo, como yo. Porque Doguen tenía esas cualidades, sólo que no las había explotado.
En el futuro del Llorón pensaba cuando escuché que la puerta de entrada de la residencia Kido se estrelló.
Sentí una punzada muy extraña en el pecho y escuché e los lejos la voz de mi hermano Toshi.
"¡Papá-Takeru... el Mar Oscuro... el Mar de la Oscuridad le va a hacer daño a Yuri y a mi bebé!".
La voz de mi hermano del alma venía de la calle, así que me desplacé -esta vez con menos torpeza- rumbo a la ventana, la abrí y vi a Toshiro a punto de salir de la casa; estaba brillando, todo su cuerpo emitía una luz rosada.
Se veía sudoroso, mi padre lo tenía sujeto de la ropa.
Los pies de Toshi se movían.
"¿Cómo que su bebé?", preguntó Jyou Kido, que también estaba fuera de la casa.
"¡Yuriko está embarazada!", confesó Toshiro, no parecía importarle dar a conocer su secreto en esos momentos.
Kido se había puesto enfrente de Toshiro para bloquearle el paso. Al parecer, mi consanguíneo quería huir de ahí por uno de sus locos presentimientos.
"¡¿Qué?", se escandalizó el médico.
"¡Papá, la Oscuridad les quiere hacer daño!", gritó Toshi fuera de sí.
Poco quedaba del sereno Toshiro Sugiyama-Yagami que había conocido en el preescolar.
Ahora, el chico que era cinco meses menor que yo se había convertido en hombre antes de tiempo.
En cuanto vi a Hidemi, se me atragantó la respiración y sentí un hueco por dentro. Ella sujetó a mi hermano del brazo.
"Explícanos, primo Toshi", rogó con su voz agridulce.
"No sé... es sólo que... que escucho que me llama una luz... y escucho... que Yuri me necesita, yo... ¡hay cosas que simplemente no puedo explicar, Hi-chan!", se desesperó.
"Tío Takeru, ¡no podemos permitir que Yuri-san y el bebé corran peligro!", se unió Hidemi a Toshiro, quien le sonrió con desesperación a su prima; a mí me dejó helado.
"Lo sé...", dijo papá, sin saber cómo reaccionar.
"¡Si hay un bebé en riesgo es algo que no se discute, voy por las llaves!", agregó el señor Kido.
"¡Les partiremos el trasero a esos digimon oscuros!", grité desde la ventana.
Mi padre me miró con preocupación.
"Tú no vas a ninguna parte, Seiyuro", me ordenó con una cara de adulto dictador que no se le veía bien.
Jyou Kido abrió las rejas del portón de su garage. Jun Kido salió de la casa llevando con ella una canasta llena de calzoncillos blancos de Doguen.
"¿Qué pasa, amor?", preguntó a su marido.
"Es una emergencia, Jun", avisó el médico, "Doguen está en el patio trasero, dile que queda a cargo de Seiyuro y Calumon".
"¿¡Cómo que queda a cargo de mí?", grité indignado.
"¡No hagas imprudencias, Sei!", me mandó papá, trepándose al autonave de Kido.
Toshiro me miró antes de subir.
"Haz caso de lo que dice nuestro padre", también me ordenó y se subió al auto.
"Hide, por favor, quédate aquí, no quiero que corras riesgo, linda", agregó papá, mientras la dama Hidemi asentía algo inconforme.
¿Pensaría Hidemi en nuestro beso de cuento de hadas?
"¡Cuidaré a Hidemi, papá!", avisé, "¡Tú asegúrate de ayudar a Toshiro!".
Papá sacó el pulgar de la ventanilla y ese simple gesto me significó un alivio. El auto salió de la cochera rechinando el motor, dejando a Jun Kido azorada.
"No sabía que Joe sabía hacer eso con nuestro carro", la oí decir con alegría, "no se preocupen ustedes dos, haré un postre especial para que la tensión se vaya, también iré al jardín, para que mi solecito les haga compañía".
Hidemi y yo nos enrojecimos. Lo supe porque la vi chapetearse y sentí que me hervía la sangre de mis propias mejillas.
La madre de Doguen canturreó una canción y se introdujo a su casa, ajena a la situación.
"Hidemi", dije con todo el valor que encontré, "ven, tenemos qué hablar...".
Ella se encogió, le temblaron los hombros.
"Ah... es que... yo... estoy... ocupada", intentó excusarse.
"Por favor", insistí con la voz más dócil que hallé.
Eso bastó para que ella asintiera con ahínco y accediera a mis caprichos.
¿De verdad le gustaba tanto? ¿De verdad me gustaba tanto?
Fin del P.O.V. Seiyuro Takaishi.
O
P.O.V. Takeru Takaishi.
Toshiro se desmayó a mitad del camino.
De tanto que brillaba se convulsionó y un haz de luz impresionante salió de su cuerpo en dirección al malecón de Odaiba.
Cuando eso pasó, Jyou pegó un grito de manicomio, como los que nos regalaba en su infancia. Detuvo la autonave de inmediato, sin importarle nada más.
"Toshi... ¿qué tienes?", le indagué a mi hijo, mientras lo sostenía en brazos y Joe le revisaba el pulso y sus otros signos vitales.
La luz seguía saliendo de él hacia una dirección, parecía como si mi hijo mediano se hubiera convertido en una brújula, o en un faro que nos mostraba el camino que debíamos de seguir.
"Sus signos vitales están bien... su desmayo fue a causa de su emblema", consideró Kido tras bufar, "De verdad, Takeru, tus hijos son muy problemáticos".
"Lo lamento, Jyou", sinceré.
"¿De verdad este chico preñó a la hija de Cody? ¡Tan inocente que se ve! ¿Pues qué edad tiene tu hijo, Takeru? ¿16, 17? ¿Qué van a hacer con esto?, ¡se te ha salido de control!, ¡Si Doguen me saliera con su domingo siete lo desheredaría!", dijo rápidamente y yo ahora fui el que suspiré.
"Te aseguro que no lo desheredarías", comenté y Joe Kido no me lo negó, sólo se rascó el cráneo.
"No, claro que no, ¡pero estaría a punto de hacerlo!", se defendió él y yo me permití sonreír.
"No tengo idea de qué hacer ante esta situación y no creo que regañándolo más lo ayude", dije.
"¡No es como si yo te estuviera sugiriendo que lo regañes!, suficiente trabajo tengo en el hospital y en casa como para que yo me ponga a juzgar las actitudes de tus hijos... ya es suficiente con Jun y sus locuras, ¡y mi hijo es tan aburrido que a veces me gustaría que se portara un poco mal!", lo dijo en tono histérico.
"Eres tan sincero que das miedo", fue mi contestación.
Toshiro frunció el ceño como si fuera a despertar, pero no abrió los ojos, sólo logró articular dos palabras: Yuri... bebé.
Recordé lo alarmado que se había puesto cuando su emblema le había alertado que su novia corría peligro.
"Jyou, sé que te he dado mucho trabajo con mis hijos, ¿pero podemos seguir el haz de luz que sale de Toshiro?, si realmente la hija de Cody está en peligro debemos ayudarla", solicité.
"¿Dices que la luz que sale de tu retoño es el camino que debemos de seguir?", preguntó, "Es una locura".
"No te olvides que Toshi es hijo de Kari", le recordé.
Jyou Kido se mordió los labios, se acomodó la bata del hospital que siempre traía puesta.
"Está bien, sólo no pierdas de vista al chico", me ordenó, aunque no era como que tuviera que decírmelo, porque yo no podía dejar de vigilar a Toshiro.
Cerró las puertas traseras de la camioneta y corrió hacia el asiento delantero y arrancó la autonave de nuevo.
No supe cuanto tiempo condujo mi amigo. Mis ojos veían a mi hijo la mayor parte del tiempo, aunque también, por segundos, miraba con extrañeza el paisaje citadino.
Odaiba estaba cubierta de niebla, como había sucedido durante la invasión de Myotismon.
La diferencia era que los habitantes del distrito no parecían alterados por ese hecho.
Por las calles pobladas nadie parecía alarmado por la situación. El asfalto lucía más oscuro que nunca, los árboles estaban perdiendo su verdor.
"Esto luce como el Mar de la Oscuridad", le dije a Joe.
"¡No sólo luce, mira!", el médico apuntó hacia el océano y descubrí la forma enorme de Dragomon.
"¡Dragomon!", grité alarmado, "¡Es el Digimon que quería que Hikari le diera un heredero!".
"Sí, lo dicen tus libros", Jou me respondió.
"Pero a Toshi y a Yuri ya los amenazó ese digimon, ¿no lo entiendes, Joe?, ¡la chica debe estar ahí!".
Joe Kido aplastó el acelerador, por primera vez lo vi pasarse un semáforo en rojo.
Fin del P.O.V. Takeru Takaishi.
O
P.O.V. Seiyuro Takaishi.
Se me encendió el corazón con sólo pensar que tendría un acercamiento con Hidemi, aunque tuve la lucidez suficiente para planear dejarle en claro que ella debía de buscarse otro chico a quien querer antes de que fuera tarde.
Yo no le convenía.
Nunca había sido completamente fiel en una relación. Me avergonzaría decírselo de frente, porque ella me idealizaba.
Pero era un hecho que yo no era tan buen hombre como mi padre, quien era incapaz de ponerle los cuernos a Hikari.
Mi papá había permanecido soltero por una decena de años y nunca le había descubierto un amorío que no se tradujera en Kari.
A veces le llegué a pedir, aunque era un crío, que se pusiera de novio, pero él sólo me sonreía y me decía que esperaba un milagro antes de cualquier romance en su vida.
Al final, el milagro había sucedido y finalmente el viejo romance de Hikari Yagami y Takeru Takaishi, había florecido el verano de la Fusión Prohibida.
Sin embargo, yo no era como mi padre en ese aspecto.
Desde que me había besado LadyDevimon tenía ansias de robar todos los besos posibles para olvidarme de la oscuridad y de esos colmillos digitales atravesándome los labios.
Ya no me dolía recordar esa escena y finalmente había podido trascender de ella con el paso de los años. Pero el hábito de sembrar cariño y buscar besos era algo que me hacía sentir vivo.
En definitiva, aunque Hidemi se apellidara Yagami y yo me apedillara Takaishi -como la emblemática pareja de mi padre y mi madrastra- no me sentía capaz de repetir esa fórmula de amor.
No importaba qué tan hermosa pudiera ser la sensación de un beso de ensueño...
Agradecí que la casa Kido estuviera silenciosa por la ausencia del doctor y mi padre, quienes estaban tan asustados que no me habían regañado por levantarme de la cama.
Decidí salir de la habitación y tener la conversación con Hidemi en otra parte de la casa. Quizás en el cubo de las escaleras, en el estudio de los Kido o en la sala de televisión de la planta alta.
Ya no quería estar en la habitación de Doguen.
Salí de ella y suspiré. Noté con orgullo que mis piernas ya no sentían tantos calambres. El dolor de la herida persistía, pero era bastante tolerable.
Estas dosis de molestias no tenían punto de comparación a todas aquellas noches que había pasado invadido por la oscuridad. ¡Por dios! ¡hasta había buscado alimentarme de sangre de roedores! ¡incluso me iba a los bares para tomarme todo el alcohol posible, para ver si se me quitaba el dolor!... si yo hubiera seguido así, si la desesperanza le hubiera ganado a mi Esperanza, seguramente mis decisiones habrían ido de mal en peor.
No descarto nada... en aquel estado yo habría sido capaz de todo.
La preciosa dama Hidemi entró a la casa y cerró la puerta con cuidado. La pude ver porque me asomé por las escaleras, aunque no fui lo suficientemente valiente como para bajarlas.
Ella se recargó en la puerta que acababa de cerrar y sacó de su vestido un cuadernito.
Si mal no recordaba era uno de las libretas que Zetaro Ichijouji le mandaba a mi papá cuando éste le pedía dibujos para su inspiración.
Sonreí. Me dieron ganas de ver esos dibujos del buen Zet. El mediano de los Ichijouji se había convertido en un chaval de pocas palabras, pero sus dibujos eran ensayos completos de devoción sobre el Mundo Digimon.
"¿Por qué la hermosa dama Hidemi no viene a ver al caballero Seiyuro, quien la espera con antelación?", pregunté en voz muy alta, para que el mensaje le llegara a ella.
De inmediato volví a asomarme y noté que ella agrandaba sus ojos de chocolate y se guardaba apurada el cuadernito.
"¿Sei-sama, has salido de la habitación?", se preocupó la damita y se acercó adonde estaba.
Con agilidad de gacela se trepó los escalones de dos en dos. Yo estaba en el último escalón, de pie, pero con el rostro algo mediocre.
Me ofusqué al verla tan cerca y me comenzó una taquicardia de película. Tum tum tum tum tum tum tum tum. El corazón comenzó a latirme tan rápido que se me borró el plan que mi subconsciente había ideado para conservar a Hidemi como amiga y no como amante.
'Sólo concéntrate, Sei... esta niña es tu linda dama Hidemi y no le vas a romper el corazón... porque si se lo rompes sufrirá y de paso Taichi y Taiki te matarán'.
"¿En qué piensas, Sei-sama?", me preguntó con dulzura. "¿No sería mejor que...?" se detuvo y se sonrojó tontamente, luego se aclaró la garganta y retomó su cuestión, "¿No sería mejor que reposaras un poco más?".
"Ni loco", fue mi respuesta.
"¡Pero estás recién operado!", se quejó.
"Ah, sí, pero ya estoy bien", fue mi respuesta.
De un impulso la tomé del brazo con algo de fuerza. No supe por qué hice eso, mi cuerpo se movió solo... mis ojos eran los únicos que estaban atentos, pero en la figura de la hermana de Taiki.
Sí que estaba guapa.
Nunca antes me había detenido a observarle las cualidades de fémina que se desbordaban por su ser. Tenía cuerpo de bailarina, por algo practicaba danza moderna desde que se había recuperado del problema de su pierna.
A pesar de que era melliza de un chico más bien de aspecto rudo, ella era delicada y sus ojos tenían unas pestañas rizadas, oscuras y largas.
Su cabello era algo encrespado, pero me gustaba y se veía que ella luchaba contra esa rebeldía de sus genes con mucho ahínco, de modo que el pelo tenía una caída agraciada, como toda ella.
Lo mejor, claro está, era su boca... tal vez porque tenía un color carmín natural muy tentador, muy dulce, muy de Hidemi.
"No... no-o te has... recupera.. recuperado", le temblaba un poco la voz y tartamudeaba.
Estaba incómoda por el beso, ¿era que se arrepentía?
Como cabrón que era, decidí entrar de lleno en el tema.
"No tienes qué incomodarte", sugerí, sin soltarle el brazo que le tenía sujeto, "Sólo nos besamos, fue un momento y ya pasó".
Debí ser sincero y decirle que el momento no había pasado totalmente, ya que mi mente reescribía ese instante cada que me descuidaba.
Ella se soltó con brusquedad y se tapó la cara. Se veía apenada y me dieron ganas de robarle un abrazo.
Pero me contuve, suspiré un poco estresado.
"¡Sé que soy de lo peor!", chilló de pronto, "perdóname Sei-sama, yo... yo... yo no supe, no pensé y... te incomodé y... yo...".
"Seamos claros, Hidemi-chan", comenté, por fuera sonaba algo frío, pero por dentro mi corazón sonó como locomotora, "¿Enserio te gusto?".
Yagami emitió un gemido como si se sintiera humillada, hizo el intento de huir, pero yo de nuevo la sostuve con una fuerza que no supe de donde salió, ya que estaba convaleciente.
"No quiero que salgas corriendo", le pedí, "sólo sé sincera para que yo pueda ser sincero contigo ¿Vale?".
Hide tardó en calmarse, pero con la suma de los segundos levantó la cabeza y me miró con devoción.
Sus mejillas, sus orejas, incluso su nariz, estaban sonrosados. Sus orbes cafés brillaban con inicios de lágrimas, y sus labios estaban compungidos.
No era la primera chica que se ponía así por mí, pero era la primera que me perturbaba, era la primera que yo no merecía.
"Yo..." y tomó una bocanada de aire antes de que le entrara su valor de Yagami y prosiguiera, "yo pienso que no se trata de gustar, Seiyuro-sama... a ti yo te amo".
Y tras decirlo con un inusual entusiasmo, se cubrió la boca.
De nuevo quiso fugarse pero no la dejé.
"No te cubras los labios", le ordené, "me gusta vértelos".
Ella se quitó las manos de la boca, pero comenzó a hiperventilar de los nervios.
"Dices palabras muy bonitas con esa boca, regalas sensaciones hermosas con esos labios", sinceré, "pero no te recomiendo que me sobreestimes, ni que me tengas en un pedestal, yo no soy partido para ti, Hidemi-chan".
"¡Ya sé que nunca te fijarías en mí!", ella soltó, yo me molesté porque ese no era el caso.
Era verdad que no había caído en cuenta de su presencia como mujer, pero estaba seguro de que el recuerdo de sus labios me seguiría hasta la tumba.
"¿De dónde sacas eso?", le pregunté.
"Sé que yo sólo soy una niña poco atractiva y que no te gusto, por eso te pido perdón, y yo... eh...".
"¡Pero si eres preciosa! ¿Es que no sabes lo popular que eres con los chicos? ¿Estás enterada de que Taiki aplaca a todos tus pretendientes y les amenaza si se te acercan?", confesé un poco molesto de que la autoestima de Hidemi estuviera algo baja en esos momentos, "¡Por supuesto que me gustas!, ¿o has visto que yo ande dando flores a todas mis amigas?".
"Estoy confundida, no sé lo que me quieres decir, Seiyuro-sama... iré a buscara a Doguen para ayudarlo a cuidar a Calumon mientras llegan por mí para ir a conocer a mi hermano Soji".
"No quiero que me vuelvas a decir Seiyuro-sama", insté, "te he dicho que no soy ningún héroe, ni tampoco me agrada que una niña pura y bonita como tú vaya a sufrir por mi culpa... tú sabes perfectamente que no soy un caballero con las chicas con las que salgo".
"No te preocupes, sé que no saldrías conmigo, pero no seas tan rígido contigo, para mí tú eres un caballero, para mí eres un príncipe... además, no sabes si me puedes o no hacer sufrir", retobó, haciendo que mi paciencia comenzara a extinguirse.
Ser un príncipe... un caballero... eso me habría gustado ser.
Por el momento, me conformaba con ser un hombre esperanzado y digno de mi padre.
Así como Toshi se había convertido en hombre, yo tenía que imitarle.
"No podía esperar mejores sentimientos de parte de la linda dama Hidemi", me acerqué y le besé la mejilla, "por eso es importante que te alejes de este cazador que estaría encantado de salir contigo, pero que a la vez no quiere convertirte en su presa".
"¡Eh!", ella dio un salto hacia atrás, asustada. Estuvo a punto de resbalarse por las escaleras, así que la jalé con fuerza hacia mi regazo y la sostuve de la cintura.
"Cuidado, no puedes desnucarte antes de que conozcas a tu hermano perdido", bromeé.
"¿De verdad saldrías conmigo?", cuando preguntó eso, su aliento se estrelló en mi cuello y me dio un escalofrío.
"Sí, pero no lo haré. No quiero lastimarte, no estoy seguro de que podré serte fiel", admití.
Mi mano ya estaba en su rostro. Con mis yemas de los dedos le acaricié las mejillas.
Ella estaba tibia y yo estaba helado.
"¿Es que no te das cuenta de que me lastimas más si me rechazas desde el principio?", su pregunta me heló en un instante. Luego me renové como nunca en mi vida.
Sentí que hervía, pero no exactamente de pasión, no sólo deseaba poseer su cuerpo, por ahora me conformaba con sentir el aire de sus palabras en mi cuello.. y sus labios...
"¡Pardiez!", exclamé antes de acercarme con ansias a su boca.
Sostuve su quijada con ambas manos, con un movimiento brusco le mordisqueé el labio inferior, ella gimoteó y eso me permitió adentrarme en su boca con desesperación.
¡Diantres! ¡Este beso era igual de perfecto que el primero!
A ella y a mí se nos doblaron las rodillas ante tantas emociones. Caímos hincados, pero yo no noté ningún signo de dolor... toda mi capacidad de sentir se quemaba en mi boca.
Le lamí el labio superior, e introduje la lengua hasta tocar la de ella. Después retrocedí, me separé abruptamente de Hidemi y los dos comenzamos a buscar aire con desesperación.
"Gomen... ¿tu herida está bien? ¿y esas ropas?", preguntó Hide con preocupación.
"Preciosa, tus besos me dan más salud que cualquier indicación de un Kido".
Me di un golpe en la frente, ¿acaso no tenía planeado aclararle a Hidemi que yo sólo quería ser su amigo?, ¿por qué pardiez le coqueteaba?, ¡y encima de todo la había vuelto a besar!
"¿De verdad, Sei?", ella preguntó con ternura y yo me derretí.
"Diablos, ¡es verdad, lo juro!", sinceré.
Ella agachó la cabeza y se sonrojó. De reojo me lanzaba miradas iluminadas y luego sacudía la cabeza para despejarse la mente.
"Sei... ¿Podrías convertirte en mi Caballero de Pardaillan?" preguntó Hidemi, tomando mi mano.
Yo parpadeé con mediocridad.
¡Esta niña sí sabía por donde llegarme!
¿Qué iba a pasar con esas pequeñas chispas de sensaciones que nos regalábamos? ¿hasta dónde iban a llegar esos besos apasionados y esas miradas dulces? ¿hasta el puño de Taiki? ¿Hasta otro par de piernas abiertas para mí?... no lo sabía... pero quizás Hidemi tenía razón ¿acaso no sería más terrible que nunca hubiera sucedido nada?
Le di otro beso, pero en la frente.
"En los libros del Caballero de Pardaillan, su enamorada se llamaba Luisa de Montmorency", le expliqué.
"¿Y no puedo ser tu Luisa?", preguntó.
"No. En definitiva, no. Luisa muere muy pronto y Pardaillan sufre mucho esa ausencia, creo que nunca lo supera del todo", recordé, "en este caso, lo único que podría anhelar es que seas para siempre la hermosa dama Hidemi que conocí en mi infancia... Yo ya no quiero ser un caballero de Francia, sino sólo un joven que busca convertirse en un buen hombre, ¿no es mejor así?".
"Hai...", ella respondió, y, haciendo gala nuevamente de su ascendencia Yagami, volvió a asaltar mis labios en una acción atrevida.
Esta vez caímos sentados en el piso de madera de la casa Kido.
Y le hubiéramos seguido, de no ser porque nos interrumpió una explosión.
El estruendo hizo que abrazara a Hidemi y me echara al suelo para protegerla.
Los cimientos de la casa se estremecieron, el grito de Jun Motomiya también le hizo coro a la explosión.
"¡Cañones de doble impacto!", esta vez oí claramente una voz dictando ese ataque.
Acto seguido vino otra explosión y sin dejar de abrazar a Hidemi, me arrastré hacia las escaleras y me agaché para ver la planta baja de la residencia de los Kido.
Las paredes se había venido abajo y tras éstas, la sombra de alguien se fue esbozando.
"¿Qué está sucediendo?", murmuró Hidemi, yo no supe qué contestarle.
Enseguida, ese inconcebible contorno recibió la luz y el polvo que se había levantado por la explosión fue disminuyendo.
Se trataba de un digimon, o eso supuse, porque aunque tenía un cuerpo humanizado también poseía una cola de lagarto metalizada, una cabeza en forma de casco y una sonrisa sádica.
Con sus dos manos cargaba unas pistola enormes que bien podían compararse con metralletas y otras armas humanas de alto alcance y poderío.
"Esto no me gusta nada", le dije a Hidemi, "debe ser un digimon oscuro que busca a Calumon".
"¡No podemos permitir que se lo lleve, yo estoy segura que ese digimon es nuestra única esperanza!", añadió Hide.
"Hidemi-chan, baja la voz", le rogué.
Ella asintió con frenesí y se cubrió la boca. De no ser porque estábamos en una situación de riesgo, me habría gustado darle otro beso de lo tierna que se vio.
"¿¡Pero cómo se atreve a destruir mi casa?", el chillido de Jun Motomiya nos alertó.
Vi a la mujer de Jyou Kido salir de la cocina con un mandil y un enorme cuchillo.
El monstruo digital la miró con desprecio, le enseñó los dientes con orgullo y la intención de intimidarla, pero la antigua fanática de mi tío Yamato parecía inmune a las amenazas de ese digimon.
"Pardiez...", renegué en bajito.
"¡Esta es mi casa y de mi maridito y mi solecito y tú la has destruido!", siguió quejándose Jun, "¡tengo contactos en la policía y te arrestarán!".
"Beelzemon digivols a... ¡Beelzemon Blast Mode!", dijo en su defensa el visitante no grato.
Alrededor de él comenzó a esparcirse humo, y después, con horror, Hidemi y yo vimos que había digievolucionado.
Le habían crecido alas y en uno de sus brazos parecía llevar un arma todavía más impresionante que las anteriores.
El digital apuntó a tía Jun.
"¡Ay, pero si es un digimon!", por fin captó Jun-san, "… y uno malo".
"¡La va a matar!", gimió Hidemi.
Silbé, me levanté y ordené a mi princesa.
"¡Escóndete, yo lo resolveré!".
"Claro que no, ¡tú estás herido!", ella me retó y nuestras voces llamaron la atención de Beelzemon, quien giró su desagradable cara hacia nosotros.
"El tercio del Apócrifo que hace falta", se rió el digital oscuro, "la Libertad… aunque no parece que esté cerca la digientelequia".
No tenía idea de lo que quería decir ese monstruo con "tercio de Apócrifo".
Lo que sí me quedó claro es que el emblema de Hidemi era la Libertad, y que yo, con mi Esperanza renovada, iba a proteger a mi damisela así me costara la vida misma.
Fin del P.O.V Seiyuro Takaishi.
O
P.O.V. Toshiro Takaishi-Yagami.
La voz de Yuri me pedía a gritos ayuda.
Pero ahora mismo me encontraba en un lugar muy oscuro, donde no había un sol que me iluminara la razón.
Mi corazón se estaba sumiendo. Sentía que se me estaba abriendo una grieta en el cuerpo y que las entrañas se me salían.
Me dolía mucho, me sentía débil. ¿Dónde estabas, corazón? ¿dónde estabas, luz?
De nada me servía ser el heredero de la Luz de mi madre. Mientras más crecía, el brillo más se opacaba por mis errores.
Admiraba a Hikari por ser capaz de brillar en la adultez, pero yo, su descendiente directo, era un ser mucho más oscuro.
Aunque conocía el intenso resplandor de la Luz, también comprendía la oscuridad que se extendía por la llanura de mis sentimientos.
Cargaba culpas terribles desde la Fusión Prohibida, desde que me habían poseído y había dado muerte al señor Genai.
Me dolía no ser puro, no ser casto, no ser digno siquiera de sentir la luz de mi corazón.
Con estos pecados no tenía derecho a tener a Yuriko ni a un bebé mío dentro de ella.
"No los merezco", me dejé caer al suelo y noté que era de arena, una arena movediza y negra.
Mi mente estaba en el Mar de las Tinieblas.
Había caído en la oscuridad.
No tenía idea de cómo salir de ahí, ¡seguramente no podría salvar a mi novia!
"... y nunca conoceré tu verdadero rostro, pequeño", dije en voz alta, cubriéndome la cabeza con las manos y echándome a llorar.
Pero era un llanto seco, sin lágrimas. Seguramente se me habían secado las lágrimas.
Cerré los ojos.
"¡Quiero fuerza!", me exigí a mí mismo, "¡Tengo que ser fuerte! ¡Ahora no soy yo quien me necesita, ahora vivo por alguien más!".
Sentí un débil jaloneo en mis ropas.
Al principio no hice caso, pero la insistencia de ese toque me hizo abrir los ojos.
Entonces lo vi.
A mi bebé... y esta vez no era tan pequeño.
Llevaba una caperuza amarilla de impermeable, el cual le cubría la mayor parte de la cabeza. Su frentecita estaba adornada por unos desordenados cabellos castaños, del tono de Yuri y del señor Hida.
Y sus ojos, azules como los de Seiyuro y Takeru, me miraban con atención.
"Resiste", su voz me dio felicidad y regocijo, hablaba clarito y sin titubear, su pronunciación era perfecta.
"¿Bebé?", le pregunté.
El pequeño negó, jaló nuevamente mi ropa y con su otra manita me mostró tres dedos, como si tuviera tres años.
No pude soportar más y lo arropé en mis brazos.
En ese momento comenzó a llover en el Mar de la Oscuridad. Era una lluvia llena de luz.
"Quiero salvarte, bebé", le dije, "quiero abrazarte de verdad... porque esto es sólo una visión ¿verdad?, me he desvanecido en los brazos de mi padre en lugar de ir a salvarte a ti y a Yuri-chan".
"Resiste, papi".
Y sus palabras me derritieron y me llenaron de fortaleza. Con el calor de mi hijito, aunque fuera en una visión, podía volverme fuerte y resistente.
"Te salvaré, Shinobu-chan".
Él me sonrió, levantó su cabecita y me mostró una sonrisa tan encantadora como las que me regalaba Minagawa cuando era más pequeña.
"Shinobu..." repetí y me di cuenta que ese era el nombre que iba a elegir para mi hijo.
O
Un movimiento brusco me hizo despertar. Lo primero que vi fueron los ojos de mi padre, los cuales me veían con preocupación.
"Ya no puedo seguir conduciendo con tanto tráfico, estamos atascados", avisó Jyou.
Había sacado de su carro una sirena de emergencias y a pesar de que la había puesto en el techo de su vehículo, la gente no parecía alertada.
Era como si todos ellos estuvieran en otro mundo.
Vi que había mucha neblina alrededor nuestro... eso significaba que estábamos, efectivamente, en un lugar diferente al resto de las personas.
Me incorporé.
"Con cuidado, Toshi", me aconsejó Papá-Takeru.
No me preocupé por responderle, alcé el cuerpo y vi por la ventanilla.
El Dragomon se veía en la bahía y al parecer no estaba tan lejos.
"¡Yuriko! ¡Shinobu-chan!", grité desesperado y noté que mi cuerpo brillaba hacia la dirección donde estaba el digimon oscuro.
"¿Shinobu-chan?", me preguntó papá, pero yo no le respondí.
"¡Tengo que salvarlos!", y me bajé de la autonave y comencé a trotar hacia donde el humo era mucho más impenetrable.
Takeru y Jyou me siguieron. Papá me alcanzó y me tomó del brazo.
"¡Vamos, yo te ayudaré! ¡No olvides que soy tu padre!", me dijo y sentí una extraña emoción en el pecho.
"¡Sí!", dije todavía con la emociónn que me había dejado la segunda visión de mi hijo.
Jyou Kido nos seguía unos metros atrás y parecía alarmado.
"¿Pero cómo vamos a enfrentar a un digimon tan poderoso?", cuestionó.
"Con los emblemas", dijimos mi padre y yo bien sincronizados, como si nos pareciéramos al menos un poquito.
Corrí con todas mis fuerzas, comencé a sentirme débil nuevamente, empecé a sentirme desesperanzado, pero de repente, mientras íbamos hacia el Dragomon, la niebla se despejó un poco y el monstruo digital desapareció.
"¿Qué ha pasado?", preguntó desde atrás el papá de Doguen.
"¡Apresurémonos!", agregó Papá-Takeru, como si estuviera leyéndome el pensamiento.
Vi a lo lejos una camioneta de los restaurantes Motomiya y me relajé un poco.
¡Yuri no había estado sola durante el ataque!, apuré el paso. Podía sentir en mi pecho el latido del corazón de mi novia y de mi bebé en ese lugar… ellos tenían que estar bien.
O
Cuando llegamos al malecón, vi con horror que Iori Hida, mi suegro, estaba tirado en el pavimento junto a su nueva esposa.
Tío Daisuke le estaba colocando unas florecillas como si fueran ofrendas para muertos.
"¡Cody!", gritaron papá y Jyou.
Daisuke y su mujer, la señora Makoto, notaron nuestra presencia con alegría.
"No se preocupen, estarán bien, estas flores son mágicas", se apresuró a decir Daisuke, al notar la cara de funeral que pusimos.
"¡Eso es brujería! ¡Ahorita mismo los revisaré!", dijo Kido y prácticamente hizo a un lado al matrimonio que había traído al mundo a mi mejor amigo Kyosuke.
Justamente vi a Kyo Motomiya y a Kotaro Ishida correr y dar saltos, parecía que querçiam atrapar algo algo en el aire.
"¡Es inútil, esa flor de la armonía se perdió", dijo mi primito menor.
"¡Kyo, Kotty!", les llamé, "¿¡Dónde está Yuriko?".
"¡Primo Toshi!", saludó el pelirrojito con asombro, "¿Por qué estás aquí?".
"Camarada... ¿estás bien?", me preguntó Kyo.
Seguramente mi aspecto me hacía ver desarreglado y demente, noté que ya no estaba brillando, y fue en ese momento que dejé de escuchar el corazón de Yuri y del niño.
"¡Sólo dime donde están!", exigí.
Sora Ishida también apareció frente a mí. Al verme tan exaltado me saludó con ternura.
"Todo está bien, Toshiro-kun", me dijo, "ahora ella está hablando con tu mamá".
"El enemigo la atacó, ¡sé que la atacó!", no entendí qué hacía mi madre ahí, sólo supe que quería ver a Yuri, quería abrazarla y tocar su vientre para sentir a Shinobu.
"Tranquilo...", me rogó mi tía, pero yo negué y la solté.
Papá-Takeru saludó a los presentes y en medio del gentío, una niña que reconocí como la hermanastra de Yuri, me apuntó la dirección donde estaba mi novia.
Asentí y de nuevo me eché a correr hacia Yuriko.
Una extraña sensación de paz me arropó cuando vi a Yuriko Hida.
Ella y mi mamá tenían las manos unidas, como si fueran las mejores amigas.
Estaban sentadas en la banqueta y vi con horror que el vestido de Yuri tenía sangre.
"¡Yuri!", exclamé.
Cuando llegué hasta ella me dejé caer de rodillas, la abracé y besé sin importarme que estuviera presente mi mamá, quien soltó un gemido tras verme.
"Toshi-kun...".
"Escuché que me llamabas pero no pude llegar a tiempo... Perdóname Yuri-chan".
Inmediatamente le toqué el vientre.
Shinobu seguía ahí, o al menos eso creía. Su pequeño ser debía estar palpitando en ese abdomen ligeramente abultado.
"No me pidas perdón", dijo mi novia con dulzura, "he sentido tu Luz dentro de mí, ¿me la has mandado?".
"Ha sido él quien me mostró el camino..." comencé a decir, pero el pánico se apoderó de mí cuando recordé que mi madre estaba en medio de nosotros.
Me silencié, miré a mi madre y palidecí como nunca.
"Mamá, gracias por ayudar a mi novia", le dije, y también la abracé como nunca lo hacía.
Ella seguro se había asustado, yo nunca daba muestras de amor de esa forma. Era un hijo reservado y algo frío. Sobre todo, hacía mucho contraste con Seiyuro, quien era el hijo amoroso y relajado.
"Toshi, ¿ha sido tu bebé quien te ha mostrado el camino de luz que debías de darle a Yuriko-chan?".
"Oh...", me desinflé por completo, "... ya lo sabes".
"Lo lamento, se lo he confesado... pensé que iba a perderlo, pero tu madre me ha sanado con unas flores y con su cariño".
Comencé a sudar a montones. Me sentía terriblemente avergonzado.
Mi mamá era la persona que más admiraba en el mundo. Ella había sido mi respaldo y sus consejos nobles me habían enseñado las mejores lecciones.
Hikari me había enseñado a brillar como las estrellas y a ser paciente como los caracoles.
Le tenía respeto, estima y valoraba su opinión mucho más que la de cualquier familiar en mi vida.
Y ahora ella lo sabía: contrario a sus enseñanzas había engendrado a un bebé sin planearlo siquiera.
No era que la hubiera deshonrado por completo, pero en esos momentos así lo sentí.
"Levanta la cabeza, Toshiro", dijo cuando me vio encogido, "Ni Tai ni yo te enseñamos a enfrentar los problemas así".
Me erguí y le sostuve la mirada.
Sus ojos rojizos nunca me parecieron tan pulcros como en esos momentos. Mamá me estaba probando a su manera, me estaba examinando.
Yuriko me tomó el brazo y también sostuvo la mirada de mi madre.
Su compañía me hizo comprender que sin importar lo que viniera en el futuro, ella y yo seríamos familia de ahora en adelante... nuestro bebé, Shinobu, nos estaba esperando.
"Sí mamá, Shinobu-chan me ha mostrado el camino y me ha ayudado a brillar para ayudar a Yuri", fue lo que le dije a mi madre.
Ella asintió. La percibí dolida y ausente.
"Shinobu-chan...", susurró con lejanía, como si recordara a alguien.
"¿Shinobu-chan?", Yuriko me cuestionó y yo me sonrojé.
"Así quiero llamarlo", le confesé. "Es un nombre que habla de fortaleza y resistencia, justo las dos cosas que tú y yo necesitamos más… quería que tú eligieras su nombre, pero he tenido una revelación…".
Yuri asintió con dulzura, aceptando mi decisión.
Mamá dejó caer su mano frágil y hermosa en mi cabellera sudada.
"Luego hablaremos. Asegúrate de ser un caballero", me mandó.
Yuriko se encogió un poco y gimió.
"¿Qué pasa, Yuri-chan?", indagué de inmediato.
"Nada... sólo son... cólicos", ella respondió.
"Tiene que revisarla Jyou", dijo mamá antes de ponerse de pie.
"Papá y tío Jou han venido conmigo", avisé, traté de levantarme y cargar a Yuri, pero la llegada de mi padre me detuvo.
Tras él venía Jyou Kido con un maletín que probablemente había materializado con su brazalete digital.
"Recuesta a Yuriko, Toshiro-kun, vamos a hacerle una revisión rápida", mandó.
"Pero estoy preocupada por mi papá, ¡por favor atiendan a mi papá y a su mujer!", rogó mi novia.
"Ellos están mejorando", avisó Takeru, "Jyou dice que están bien y que no tardan en despertar, al parecer esas flores sí son medicinales".
Mientras ponía la cabeza de Yuri en mis piernas y el doctor Kido comenzaba el chequeo, pude notar que mis padres se abrazaban.
"Ya sabes lo de nuestro Toshi ¿cierto, mi Kari?", mencionó papá-Takeru.
Mi madre asintió y se inundó en los brazos de su esposo. Rompió en llanto segundos después como si fuera una niña pequeña.
"Sí, Takeru... pero se han llevado a nuestra Min".
Y entonces la poca paz que acababa de ganar revoloteó en mi ser y sentí otro nudo de oscuridad en mi mundo.
Fin del P.O.V. Toshiro Takaishi-Yagami.
O
P.O.V. Soji Miyagi.
No tenía idea de cómo iba a proteger al pequeño Izumi y a la preciosa niña de cabellos dorados.
Estaba encerrado en una celda que más bien parecía un calabozo o una cueva llena de muerte.
Hacía poco había tenido un extraño sueño.
Minagawa, quien se decía mi prima, había iluminado toda la caverna y la había convertido en un prado hermoso, lleno de humanos y de esos monstruos llamados digimon.
En ese sueño había conocido a otra niña, una que se llamaba Hikaru y tenía la sonrisa más sincera que había visto.
Probablemente me estaba volviendo loco.
Las cosas no estaban bien. Sabía que esto no era un juego en línea.
Era una realidad surrealista, en donde al parecer todo era posible.
Deseé volver el tiempo atrás unas horas. Quizás, si hubiera sido más amable con Taichi las cosas no se hubieran dificultado tanto.
Tal vez no habría estado del todo mal conocer al chico que era igual que yo y a la otra melliza bonita... todo era mejor que estar enclaustrado y sin poder salvar a dos criaturas inocentes.
Me pregunté por los Izumi y por Yagami, ¿habría cumplico el Barbitas su promesa de mandarlos a Japón por un portal dimensional? ¿Estarían bien Ben-kun y la Muñeca?
Preocuparme por ellos no servía de nada, pero estando encerrado, no podía enfocar mis pensamientos a cosas más positivas.
Tanto Minagawa como Tulo estaban dormidos en mi regazo. El pelirrojito pataleaba a menudo en un inquieto sueño, la niña era más calmada, sólo su respiración se alteraba por tiempos.
Me causaban una ternura indescriptible, como si de repente hubiera nacido en mí el sentimiento de la fraternidad.
Lo único que tenía claro es que a estos niños yo debía protegerlos con lo que pudiera.
Estaba dispuesto a ser un escudo con tal de que no sufrieran daño, con tal de que no se les borraran sus inocentes sonrisas.
Estaba cansado, pero no cerré los ojos en ningún momento. Tenía miedo de dormirme. Cuando se me caían los párpados me mordía los labios o me pellizcaba el sitio donde me habían acuchillado.
Dormirme significaba bajar la guardia... y si yo hacía eso, la vida de los peques corría riesgo.
Los abracé con más fuerza.
"Ben... no... pis...", dijo en sueños Tulo.
"Shhhh, no te despiertes, campeón", le rogué.
La negrura del calabozo ya no me parecía tan intensa porque me había impuesto a la falta de luz. El silencio, en cambio, me seguí pareciendo desgarrador.
"¡Al fin llegaste, Lucemon!", oí de pronto y me arrepentí de haber juzgado con temor al silencio. Era peor oír esas voces.
Abracé más a los niños y me hice bolita.
'Por favor, que no vengan, por favor, todavía no', supliqué.
Pero los Demon Lords cada vez se acercaban más.
Distinguí la voz de Barbamon, al parecer, su acompañante era Lucemon Falldown Mode, el digimon que conocía desde mi infancia y el primero que me había querido raptar en el muelle de Los Ángeles.
"¿Está vivo este humano? ¡incluso te quejaste del estado con el que traje al depósito!, ¡este tercio está aún más deteriorado!", se quejó Barbamon.
"La Unión es la que hace la fuerza, por supuesto que fue mucho más completo raptar esta parte", dijo con sorna Lucemon, "y no he dado la orden de que me levantes la voz, Demonio de la Avaricia".
Oí que Barbamon gruñía y cambiaba de tema mientras sus pasos y los de Lucemon venían hacia la celda.
"Ya comprobé que la Creación y los Milagros pueden ser útiles para crear el Apócrifo, lo dicen las tablas sagradas del mundo de Witchelny; ya tenemos en nuestro poder esos emblemas", dijo.
"Ya lo sabía", dijo con indiferencia Lucemon, quien me pareció que hablaba con tono de líder, "¿Beelzemon no ha vuelto?".
"No. Pero no tardará, le ha tocado el escenario más sencillo a pesar de que en la ubicación de la Libertad está la Digientelequia... aunque no confío en él, el Demon Lord
de la Ira no suele acatar órdenes ni gusta de trabajar en equipo".
Los dos rieron, aunque yo no comprendí por qué.
Cerré los ojos con terror y ellos lo notaron cuando abrieron la cueva.
Aún así no me dirigieron la palabra, daba la impresión de que yo ya no era un ser humano, sino un instrumento.
Vi que llevaban el cuerpo de un chico, al que lanzaron como costal hacia el calabozo.
Cerraron la celda y por fin Lucemon FM se dirigió a mí.
"Apócrifo, ¿te gustan los reencuentros?", me dijo, yo apreté más a los pequeños, "Personalmente, a Barbamon y a mí nos gustan más las despedidas: Aprovéchalas".
Barbamon se rió y los pasos de ambos se esfumaron poco a poco.
Le rogué al silencio que volviera.
Con mucho esfuerzo abrí los ojos y dejé de sujetar a Tulo para tallarme la cara.
'No te duermas, Soji, no te duermas', me dije, 'y no hagas caso de esos monstruos... seguramente podrás escapar de aquí con estos dos niños, y quizás con esa otra persona que han capturado'.
No sabía por qué, pero estaba inquieto.
La respiración del bulto que habían lanzado a la celda era trabajosa.
No me gustaba la figura que apenas alcanzaba a delimitar al otro lado de la celda.
De alguna manera lo intuía... esa figura era parecida a mí.
Luxemon Falldown Mode había dicho que me despidiera... había mencionado un reencuentro...
"¡No!", grité cuando las dudas comenzaron a diluirse.
Con el mayor cuidado posible dejé a los niños y gateé hacia el bulto, que estaba de espaldas.
Sin pensar siquiera lo tomé del brazo, tiré de él y lo puse boca arriba.
Ahogué un grito al verle.
Era tan yo.
¡Era mi otro yo! ¡El que rechazaba y negaba!...
Su despeinada melena, sus cejas fruncidas, todo en él me recordaba a mí. La mano que le estaba sujetando estaba rota; y aunque parecía desmayado, las piernas le temblaban como si hubiera hecho mucho ejercicio.
Una herida le adornaba la frente. Solamente su sangre escasa era diferente a la mía, que nunca paraba de fluir.
Me alejé de él con apremio.
No lo quería conocer, ni le deseaba lo mejor en la vida, pero… pero tampoco me había gustado verlo jodido.
¿El otro yo también tenía que ver con el Emblema Apócrifo? ... según tenía en mi memoria, ese niño igual a mí era mi antítesis, era perfecto, pero ahora, ante mí, sólo tenía a un chico lesionado igual de frágil y fallido que yo.
Si Ben Tachikawa decía que yo era el Clon de Taiki, ¿podría decirse también que él era el Clon de Soji?
Fin del P.O.V. de Soji Miyagi.
O
Continuará en la siguiente entrega… la 9.1
O
Y después de decenas de páginas doy por terminado este capítulo. Espero que les haya gustado al menos un poquito… a mí me ha dejado satisfecha porque pasaron muchas cosas:
1.¡Hubo el primer acercamiento de los trimelitos!, aunque al parecer Hidemi está retrasada, pero si no se salva de ser secuestrada, seguro que se encuentra con sus lesionados hermanos. ¿Qué pasará cuando Taiki despierte? ¿Cómo saludará a su hermano perdido? ¿Y Soji cómo reaccionará?
apena haber escrito que Lucemon FM lastimó y venció a mi querido Yamato, quien es de mis personajes favoritos… sin embargo, el premio de consolación fue la aparición de un pequeño rubio pianista que será muy importante en la historia… ¿Quién es ese crío?... supongo que las personas que han leído mi fic Estrella SAEKO ya lo saben, si no han leído esa historia no importa, en este fic se van a enterar, porque voy a desarrollar más a ese niño rubio y de ojos platinados.
avances en el romance de Hidemi y Seiyuro… quizás no ha sido el romance que algunos deseaban, pero al menos pasó algo. Lo que pasa es que Sei no quiere comprometerse demasiado y no tiene idea de lo intenso que puede llegar a ser el amor. La idea es que en este fic lo aprenda.
más sobre Yuriko y Toshiro, incluso me animé a hacer una escena atrevida entre este par (su primera vez, en la que fueron algo descuidados, ¿de ahí viene el bebé?… espero no haya estado tan mal, pero qué se le va a hacer, yo siempre dije que este fic tendría de todos los géneros.
5.Y Finalmente, después de muchos capítulos, he revelado el nombre que elegí para el bebé de Toshi. Sé que pedí sugerencias y que a través de los reviews me hicieron propuestas mejores que la que finalmente elegí… pero no puedo hacer nada al respecto, mi cerebrito empezó a llamar al niño 'Shinobu' y ahora no puedo despegarle el nombre. Pero bueno, en una página llamada "Behind the names" se menciona que el significado de Shinobu es "resistencia", y creo que esa cualidad es algo que necesitan mucho los padres de ese niño. Además, otro punto a favor es que el nombre suena bien o al menos a mí me gusta. Muchas de las sugerencias que me han dado son nombres que no se desperdiciarán, ¡gracias por sus aportaciones!
6.¡Kari ya sabe que va a ser abuela!... honestamente no supe cómo poner su reacción, así que no sé si quedó bien. Tomo en cuenta que la pobre mujer anda toda angustiada por el secuestro de su hijita, por eso se tomó la noticia de su primogénito con más calma de la que tenía proyecto.
Demon Lord Beelzemon ha comenzado a atacar a Hidemi.
Y las dudas:
¿Lograrán los Demon Lord secuestrar a las tres partes del emblema Apócrifo? ¿Qué tipo de ritual harán para lograr hacer esa cresta? ¿Para qué diablos sirve ese emblema? ¿Algún día reaparecerán los digimon de los elegidos? ¿Tendrá Kari suficientes flores de la armonía para salvar a tantos heridos? ¿Despertarán los heridos del avionazo en el Museo Digimon? ¿Recuperará Osen sus pensamientos de la curiosidad? ¿Se habrá aprendido todo el Código de Ética de los Ichijouji? ¿Se reunirá Hidemi con sus hermanos? ¿Cómo será el encuentro de los trillizos de Tai? ¿Qué pasó con May y Akane Fujiyama? ¿La flor que manoteó Yuri y que se fue volando fue la misma que agarró Yamato para librarse de la muerte según aconsejó el niño de su visión? ¿Está vivo Shin Kido?, etc… etc… tantas dudas y mi cerebrito tan limitado.
Muchas gracias por su apoyo, por su compañía online, por sus review, los cuales adoro.
Espero no decepcionarlos con esta historia.
Un abrazos y saludos,
CieloCriss.
