Agosto del 2012: Hola a todos. Les traigo la nueva actualización de este fic.

Primero que nada quiero darles las gracias por seguir esta historia tan accidentada, pero a la vez intensa (espero). Quiero expresar que estoy contenta de que a pesar de mis tardanzas y mis fallas ustedes siguen leyendo Apócrifo.

En este capítulo dejo un momento los narradores en primera persona para poder avanzar un poquito más en la trama general. Sabremos cómo fue el reencuentro de los trillizos Taiki y Soji, conoceremos más sobre lo que pasa en el Museo Digimon con los Ichijouji y gran parte del equipo comenzará a reunirse.

Este es un capi menos oscuro y con más acción, además de una pequeña dosis de humor.

Y bueno, lo que me gusta de haber publicado este 1 de agosto, es que podría decirse que es el aniversario más emblemático de la serie. ¡Enhorabuena a todos los fans de digi!

'Este fic está dedicado a todos los amantes de las historias futuristas y a todas aquellas personas que me animan con sus reviews'.

Y ahora… los dejo con la lectura.

CC.

O

Apócrifo

Por CieloCriss

O

9.1

O

"¡Balas doble impacto!", gritó Beelzemon Blast Mode, destruyendo las escaleras de la residencia Kido.

"¡Deja a esos pobres muchachos! ¡Le hablaré a mi maridito y te dará su merecido con su Zudomon!", exclamó Jun con torpeza, lanzando el cuchillo de cocina contra el digimon.

"¡Señora Kido, tiene qué huir!", ordenó Seiyuro.

"¡Los Motomiya nunca huimos!", chilló enloquecida la señora de la casa, lo que provocó la risa del digimon demonio.

"Pues no, ¡pero los Kido escapan cuando es necesario! ¡y ahora usted también es una Kido!", resopló Seiyuro desde la planta alta. Hidemi apretó la camisa del rubio Takaishi.

"No pelees con ella, Sei", rogó la morena.

"¡Váyase de aquí antes de que la maten y Doguen no me perdone por ello!", ordenó el rubio Takaishi.

Beelzemon sacó el cuchillo que Jun había insertado en la llanta de su moto.

"Ha ponchado a mi Behemoth", renegó, volteando hacia la esposa de Joe, "ningún humano debería atreverse a ponchar a mi Behemoth, mucho menos uno tan insignificante y sin poder".

"¡Diantres!", se quejó Seiyuro, "¿dónde demonios está el Llorón cuando se le necesita?, debe ser el único capaz de hacer entrar en razón a su madre".

"¡Tenemos que salvarla!", increpó la trilliza de Tai, jaloneando la ropa de su caballero con desesperación.

"No te agobies, preciosa dama Hidemi, yo lo arreglaré", el joven arropó con sus brazos a la chica, olió su cabello marrón y le besó la frente, "no tengas miedo".

"¿Cómo lo haremos?", preguntó ella en medio de un sonrojo por el abrazo.

"¡Lo tengo!", recordó Sei tronando su pulgar contra su índice.

El Rey Demonio Beelzemon se acercó con arrogancia hacia Jun Kido, quien de la nada sacó de su mandil un sartén para cocinar.

"Ve al cuarto del Llorón… el doctor Kido dejó ahí un kit de curación con algunos bisturís", le susurró Takaishi, "vamos a atacar más a su querida moto y así ganaremos la atención del Digimon hacia nosotros".

Hai!", obedeció de inmediato Hide, soltando a Seiyuro y corriendo hacia la habitación de Doguen.

Beelzemon hizo resonar el motor de su Behemoth y sonrió con sorna.

"Qué problemático son los elegidos", se quejó, "qué problemático que Lucemon se crea el jefe de esta operación tan tonta… y qué problemático que la Esperanza aleje de mí a la Libertad".

Seiyuro sonrió.

"¡Pardiez! ¡Enfréntame a mí, monstruo!".

"Soy Beelzemon Blast Mode", declaró con orgullo, "y con gusto escarbaré la tumba de todos los humanos problemáticos".

"Pura palabrería…", desafió Sei.

El muchacho usó toda la fuerza que pudo en mantenerse de pie, le costaba trabajo por su reciente intervención quirúrgica. Por tiempos miraba el sitio por donde había corrido Hidemi. El cuerpo de la señora Kido estaba temblando mientras con sus manos apenas podía sostener la cazuela con la que pensaba defenderse.

El Demon Lord escupió justo a un lado de Jun, quien dio un paso atrás, aterrorizada.

"¡Sólo márchese de aquí, Jun-san!", repitió Seiyuro.

Esta vez, a la hermana de Daisuke no se lo tuvieron que repetir. Comenzó a caminar en reversa sin perder detalle de nada.

"Disparo…", comenzó a decir Beelzemon, quien tras bajar de moto preparaba uno de sus ataques.

"¡Déjala en paz! ¡Tu oponente soy yo!", interrumpió Seiyuro, y sin pensarlo mucho se aventó de la planta alta hacia el digimon, con la intención de caerle encima.

Beelzemon hizo una mueca de placer. En un instante, cambió el blanco de su arma de Jun a Sei.

"¡Disparo rompecorazones!", lanzó su poder el digimon.

"Ay no ¡eres un abusivo! ¡Joe lo acaba de operar!", chilló Jun, dejando caer el sartén al suelo.

"¡No te atrevas a tocar su corazón!", exclamó entonces Hidemi Yagami, quien por fin había regresado a la batalla.

Se le salieron las lágrimas al igual que la razón, su cuerpo brilló con la intensidad de su emblema, y lanzó como proyectiles los bisturís de Joe Kido hacia el monstruo digital.

Al mismo tiempo, Seiyuro sonrió y su cuerpo resplandeció como el color de la esperanza.

"Mi heroína…", dijo justo cuando el proyectil se le impactó en el pecho.

La bala del digimon rebotó, como si el cuerpo herido del rubio fuera el escudo más poderoso del mundo.

"¡Sí! ¡Eso es! ¡Eres lo máximo, Seiyuro-sama!", se animó Hidemi.

La chica dio también un salto a la planta baja y se las arregló para caer parada, aunque le temblaron los tobillos.

"¡Jun-san, la mejor manera de ayudarnos es que se vaya a pedir ayuda!", mandó la trilliza, inclinándose hacia Sei, a quien le temblaba el vientre y respiraba con agitación.

"¡Tienen razón muchachos, perdónenme!", la señora Kido dio media vuelta, pero Beelzemon abrió fuego contra la pared provocando un derrumbe que le impidió huir.

Kyyyaaaa!", berreó.

"¡Escóndase!", optó por decir Hidemi, volteando hacia Seiyuro. "¿Estás bien, Sei-sama?".

El rubio levantó la cabeza con arrogancia.

"Claro… si de mi vientre sale oscuridad y sigo vivo, es un hecho que una balita no me hará gran daño", se burló.

"¿Cómo te atreves a ser tan problemático, humano de la Esperanza? no me importa que Lucemon y Barbamon tengan un plan para ustedes, ¡te destruiré por haber subestimado mis poderes!".

Y como si fuera un digimon, Seiyuro Takaishi se incorporó. Le centellearon los ojos azules, los cuales se fusionaron con el resplandor verde que lo protegía.

"Eres increíble", dijo Hidemi.

"Los emblemas son los que son fenomenales… tú también brillas, Hide-chan", dulcificó su tono de voz, "y los cuchillitos del doctor dieron en el blanco, jeje".

El hijo de Takeru señaló con desdén los neumáticos arruinados de Behemoth, lo que hizo que Beelzemon lanzara un bufido de ira y comenzara a disparar como demente por toda la casa.

"¡Jamás perdonaré lo que le hicieron a Behemoth!".

Sei notó que el monstruo no pensaba matarlos, porque las balas iban dirigidas hacia el techo. El digimon sólo quería intimidarlos… quería causar miedo para cumplir una misión.

"¿Qué pretendes hacer? ¿Qué es lo que buscan?", preguntó casi al ras del piso.

Tenía a Hidemi protegida con la luz de su emblema.

"¿Qué si qué pretendo hacer?, ¿acaso tiene que ser algo? ¿Tiene qué haber una razón para hacer las cosas?, no me confundas con otros digimons oscuros, ¡yo hago lo que se me da la gana sin que tenga que haber una razón! ¡y hoy me da la gana llevarme al tercio del Apócrifo para darlo a alguien que le dará un buen uso!", profirió.

"¿A qué te refieres con el tercio del Apócrifo?".

"¡A la Libertad!", respondió con risa Beelzemon, aumentando el ritmo de sus disparos.

"¡Como si te lo fuera a permitir!", rugió Seiyuro con su complejo de caballero medieval.

Jun estaba escondida tras uno de los pilares de escombros que había creado el monstruo. Con consternación, la mujer agarró su móvil y comenzó a marcar a su esposo, a su hijo y a su hermano. Le temblaban las manos y parecía que no obtenía respuesta del celudigital, ya que cada vez se intensificaban más sus lloros.

"Sei…", pidió Hidemi, "tenemos que escapar".

Seiyuro no respondió, sin importarle las balas, encaró al Demon Lord.

"¡Sei, él es un digimon poderoso y sin nuestros camaradas no podremos vencerlo!", Hide se aferró a la espalda del rubio, "tenemos que irnos antes de que nos lastime o nos lleve".

"¡Lo sé pero no me da la gana!, si escapamos nos alcanzará ¿entiendes?, ¡aún con la moto ponchada nos atrapará!, por lo que entiendo te llevará con él y eso no lo puedo permitir", consideró Esperanza, "No… lo que hay que hacer… es atacarlo".

"Ya me cansaron", interrumpió Beelzemon, "¡Disparo rápido!".

Takaishi se tiró al suelo y empujó a Yagami con él.

"Pardiez… si tan sólo Tokomon estuviera aquí", se quejó.

Hidemi recordó que en sus ropas guardaba bocetos de Zetaro Ichijouji. En esos momentos, sus trazos de papel eran lo más cercano que tenían de sus digimon camaradas.

"Ojalá los dibujos de Zetaro-kun fueran reales", añoró la castaña.

Los labios de Seiyuro se estiraron hacia los lados. Dirigió su mano al bolsillo de Hidemi y agarró la libreta del Elegido de la Bondad.

"Podemos intentarlo… podemos hacerlos realidad usando estos dibujos, nuestros emblemas y la fe", susurró Sei.

"Lo hemos hecho antes, en el 2028, pero teníamos el aro mágico de Gatomon", recordó Hide.

"Esta vez con la fe bastará".

O

La oscuridad estaba dominando el cielo. Satoru Ichijouji lo notó y frunció el entrecejo.

Estaba en el Museo Digimon, justo en la parte al aire libre de las instalaciones, donde su erigía la construcción de la réplica de la Mansión de Devimon.

Por lo que sabía el niño de 7 años, antes de ser un museo, en ese terreno -que estaba en medio de la Isla de Odaiba- había un parque de diversiones.

"Aquí era Digimonlandia, pero después de que las bases de datos se echaron a perder en el 2027 y los humanos olvidaron sus memorias sobre digimons en el 2028, esto se convirtió en una feria abandonada llena de espíritus errantes", solía decir su hermana Kurumi cuando quería asustarlo.

Pero Satoru no creía en fantasmas ni en ninguna de esas tonterías. Él era el niño más inteligente de su clase y, sumado a eso, era el hijo del detective más famoso de Japón.

Desde hacía varias horas estaba fuera de la casa de Devimon por órdenes de sus papás. Sabía qué dentro del inmueble estaban partes quemadas de un avión porque se había abierto un portal dimensional que había logrado transportar a los padres de su mejor amigo, al señor Yagami y a los amigos de sus hermanos.

Estaba enojado porque nadie salía de la mansión a darle informes y, por primera vez en su vida, no había desobedecido porque tenía que cuidar de la pelirroja Izumi, quien había perdido su curiosidad.

"Siempre tengo que cuidar a Tuls, y tu hermanito es horriblemente desobediente, Osen-sama, él nunca me hace caso y me mete en problemas porque no sabe pensar... y ahora te tengo que cuidar a ti", refunfuñó Satoru, "Aunque la verdad es que me muero por romper el Código de Ética", confesó el chico a la esbelta y ausente pelirroja, quien lo seguía a todos lados cargando con ella un librito cuya portada se veía hecha en casa.

"Código de ética de los Ichijouji: es tu deber como hijo obedecer las órdenes de tus padres sin cuestionar o replicar", entonó la muchacha.

"¡Es que se hace de noche!", excusó Satoru, "Mi reloj dice que son las seis de la tarde, pero está mucho más oscuro... además, aunque mamá y papá me hayan pedido cuidarte, ¿no deberías cuidarme tú, Osen-sama?".

"Cuidarme tú...", repitió ella, su vocecita sonó como un eco perdido en el bosque.

"Eres muy inteligente, te aprendiste todas las leyes de la familia en dos horas... ¡ahora ya te puedes casar con mi hermano Zet!... o conmigo, pero yo no pienso en esas cosas y no me has besado, si lo haces serás una pederasta, lo leí en el diccionario...", hubo un silencio entre los personajes.

"Pederasta...", dijo finalmente Osen, como si la palabra le sonara desconocida.

"¿Nunca tendrás tu curiosidad de regreso, Osen-sama?, me gustan las esposas listas, pero sin curiosidad me cansan".

"Curiosidad...", ella replicó.

Sato volvió a fruncir el ceño. De no ser porque le habían encargado cuidarla, ya la habría abandonado.

Alababa el manual de comportamiento de su familia, idolatraba a su padre y a su profesión, pero tenía problemas para seguir las reglas.

Satoru Ichijouji se excusaba a menudo con su fuerte deseo de conocimiento.

"Si no tuviera el IQ tan alto, seguramente haría más caso de las normas, ¡es que quiero saber todo, papá!, por eso entré y hackeé tu computadora", le decía a menudo al pobre Ken, quien sufría de mini infartos cada tercer día por las ocurrencias de su hijo.

Satoru era capaz de hacer cualquier cosa con tal de saciar su conocimiento, ese era su destino, según afirmaba con manipulación.

Pero ahora mismo, incluso con todas sus ansias de entrar a la réplica de la Mansión de Devimon, no se atrevía a desobedecer.

Tenía miedo, y no por él ni por su sed de conocimiento. Lo que le aterraba era lo que había alcanzado a divisar dentro del la casa.

En el recibidor había visto parte del ala de un avión, de esa ala salía humo morado y justo debajo de esa pieza de la aeronave, estaba la mochilita con la que su mejor amigo Tulo Izumi iba al preescolar todos los días.

Sus padres había encontrado desmayados a los señores Izumi y al señor Yagami, pero no había rastro de su pequeño amigo pelirrojo.

No quería admitirlo en voz alta, pero tenía miedo de que su amigo estuviera seriamente herido, o muerto.

Tulo Izumi no era como él, no era tan fuerte e inteligente, ¡incluso todavía se hacía pis en los pantalones cuando algo le daba miedo!...

Sacudió la cabeza para despejarse esa idea. No le hacía gracia pensar en situaciones desafortunadas cuando de alguna manera lo perjudicaban.

Trató de concentrarse en la hermana de Tulo. Los dos eran pelirrojos y tenían ojos de carbón.

"Osen-sama, deberías decirme lo que pasó en el avión, no sirves de mucho si no tienes curiosidad, ¡mi hermano Zet no querrá casarse contigo!", amenazó cuando su estado de aburrimiento y preocupación pasó a niveles superiores.

"Casarse conmigo...", replicó la de cabello rojo.

Las manos de Osen seguían teniendo dedos con sangre, a pesar de que Miyako Inoue había intentado curarla.

Satoru negó, caminó de nueva cuenta alrededor de la casa y luego se acercó a hurtadillas a la mansión.

"Ya no aguanto más", susurró a su acompañante, "vamos a echar un vistazo".

Entró de puntitas a la mansión del museo. Vio que sus padres y hermanos habían retirado el ala de avión que había en el recibidor, en donde estaba pintado un mural del ángel digital Lucemon.

También habían recogido la mochila de Tulo.

Sato caminó hacia el comedor, vio que habían recorrido los muebles a las esquinas y en el centro de la habitación habían colocado todas las humeantes piezas del vehículo aéreo.

Parecía una montaña de chatarra que expedía niebla violácea.

El hijo menor de los Ichijouji respiró hondo y profundo, notó que ningún miembro de su familia estaba ahí, tampoco se veían los heridos del avionazo digital.

Dio media vuelta y se topó con la enorme cocina de la residencia. sobre la mesa del antecomedor había bultos, los cuales habían sido cubiertos por sábanas.

Por un momento, el chico quiso retroceder. Deseó con todas sus fuerzas que Osen lo regañara y lo obligara a retroceder.

"¿No acabo de enseñarte el código de mi familia? ¿No deberías detenerme?", pero la muchacha no le contestó, sólo lo seguía por su carencia de juicio.

Era como un androide que solamente funcionaba con base a órdenes.

De la figura estilizada de la joven solamente quedaba una ráfaga de su genio, de su carácter, de su esencia.

Al sentirse ignorado, Satoru Ichijouji mordió sus labios y de nuevo puso toda su atención en los bultos que había en la mesa de la cocina.

Parecía que bajo esas sábanas había cuerpos inertes. Según recordaba el hijo de Ken, en las series americanas de policías siempre cubrían a los cadáveres con telas.

"Tulo... ¡Min se va a poner triste si te moriste!", dijo en voz alta.

"Si te moriste…", arremedó Osen.

"¡Ni hablar! ¡Eso está mal! ¡Debes preocuparte por tu hermano!", regañó Sato, y le sacó la lengua a la pelirroja con sorna.

Izumi también le imitó. Sacó la lengua de sus delgados labios, lo que hizo gruñir al niño sieteañero.

Corrió hasta la cocina, jaló una silla y se subió a ella. Con la mano temblorosa acercó sus deditos a los bultos, agarró suavemente la sábana y la jaló con histeria.

En efecto, bajo la cubierta de tela, había cadáveres.

Hombres con uniforme estaban enfilados en la mesa, como soldados caídos en una guerra. Se les veía completos, aunque tenía el cabello y las extremidades carbonizadas. El cuerpo de una mujer, la azafata, estaba en otra mesa.

De ellos salía una sustancia entre líquida y gaseosa que se veía de color lila.

"¿Por qué nos has desobedecido?", Satoru sintió que le tomaban la mano y lo alejaban de ahí.

Él se abrazó a su hermana y escondió su rostro en el cuerpo de ella. De reojo, vio que su hermano Zet volvía a cubrir los cuerpos con las fundas.

"Están muertos, ¡están muertos, Kurumi-neesan!", se escandalizó el pequeño.

"Lo sé… y no debiste verlo… Cuando mamá y papá te ordenen algo tienes que obedecer", regañó Ichijouji mayor.

"¡Es que neechan! ¡Osen quería venir a ver a Tulo! ¿Verdad que está bien? ¿Verdad, neechan?", le preguntó a Kurumi.

Satoru no se había puesto a llorar pero por el tono de su voz se notaba que estaba a punto de hacerlo.

"No lo sabemos", respondió Zetaro.

El niño abandonó los brazos de su consanguínea. Se puso frente a Zet.

"¿Por qué?".

"¡Lo mejor será esperar a que te expliquen papá y mamá!", ordenó Kurumi.

Zetaro negó.

"No, él necesita la respuesta ahora", decidió.

Se acercó a su hermanito y se hincó para quedar al mismo nivel que él.

"¿Se murió?", preguntó Sato con los ojos brillantes.

"No lo creo, Sato, Tulo debe estar bien, seguramente lo protegieron todos ¿no crees?, es sólo que no estaba entre las ruinas del avión... no estaban ni él ni el hijo perdido de Taichi", explicó Zetaro con voz dulce.

"En-entonces hay qué buscarlo, yo lo quiero buscar, ¡es que si no lo encuentro Minagawa me reñirá y me acusará de no cuidarlo bien!", se excusó Satoru, derramando ternura.

Zet le acarició el cabello lacio y oscuro.

"Mamá y papá trasladaron a los heridos a las habitaciones, en cuanto despierten, seguramente nos darán el paradero de tu amigo", agregó.

"Si Osen recordara un poco y tuviera algo de su curiosidad, a lo mejor también podría ayudarnos", consideró Kurumi.

Satoru se volvió hacia la pelirrojita.

La chica de ojos negros estaba viendo fijamente la mesa donde habían puesto los restos humanos.

Veía la escena sin interés, sin fuerza... como si le molestara tener los ojos abiertos.

"Ella está perdida", se quejó Satoru, recuperando su tono de voz normal.

"Tal vez necesita reposar un poco", creyó Zetaro.

Se acercó a la chica de sus sueños y la tomó de la muñeca.

"Vamos a llevarla a la habitación donde pusimos a Benjamín", dijo Kurumi.

Los tres hermanos y la pelirroja subieron las escaleras de la mansión. A pesar de que era una construcción nueva, los escalones de madera crujían y daban sensación de inestabilidad.

Satoru caminaba junto a su hermana mayor, pero no la tomaba de la mano ni de la ropa.

Quería hacerlo, quería aferrarse a Kurumi, pero quería aparentar ser fuerte, no le hacía gracia comportarse como bebé, ni siquiera cuando estaba con sus hermanos.

Era verdad que estaba asustado, porque nunca había visto a nadie muerto.

El rostro pálido y sin vida de la azafata no se le podía quitar de la cabeza... tampoco se le podía olvidar la mirada sin vida de Osen, ni los rostros de tristeza y resignación que mostraban sus hermanos.

La verdad era que quería irse a casa, quería que mamá le preparara un té o un chocomilk, ¡o tan siquiera que le comprara un ramune (*) en el supermercado de la abuelita!

Deseaba irse a la cama para que lo arropara su padre y lo regañara por alguna de sus imprudencias.

Quería forzar la creación de nuevas reglas del Código de Ética... quería leer a escondidas el diario secreto de su hermana mayor y espiar los dibujos que hacía su hermano.

En la planta superior, Satoru y sus hermanos se toparon con Miyako. Su madre llevaba la cara sucia y los ojos rojos.

"¡Sato!", chilló en cuanto lo vio, corrió hacia él y lo abrazó, "¿Has entrado a la casa sin permiso?".

"Es que ya estaba cansado de estar afuera", se quejó el niño.

"Pero tú, no has visto nada feo... ¿verdad?".

Kurumi y Zetaro quisieron tomar la palabra, pero fue el menor quien respondió.

"No... pero ya no me quiero quedar afuera, ya le enseñé a Osen todo el Código de Ética y me quedé sin enseñanzas", mintió con inseguridad.

"Está bien, quédate con mamá y tus hermanos", ella se llevó al pequeño a sus brazos, "vamos al cuarto, papá quiere hablarnos a todos".

Los hijos le asintieron a la madre.

La habitación de los heridos, como la tipificó Satoru en su mente, olía igual que la enfermería de la primaria donde le ponían las vacunas de moda.

Sobresalía un hedor a alcohol. Rápidamente, el chico visualizó varios botiquines de primeros auxilios abiertos.

Luego vio que las camas de los dormitorios estaban ocupadas por los amigos de sus padres y Benjamín, el cual lucía terrible.

La piel del muchacho estaba llena de hollín y los cabellos los tenía erizados como melena de león.

Se le habían quemado las cejas y las pestañas y la ropa también olía a humo.

Era casi un hecho que el muchacho había sufrido una descarga eléctrica, eso pensó Satoru inmediatamente.

Los señores Izumi también lucían llenos de ceniza. Tenían los ojos abiertos y no pestañaban. Sato pensó que estaban muertos también, pero por suerte luego notó que el pecho se les expandía de vez en cuando, lo que indicaba que había respiración.

Yolei sentó a Satoru en una cama vacía. Y, enseguida, Zet y Osen lo imitaron.

Kurumi tomó agua de una botella y se puso a limpiar la cara de Ben. También hizo aparecer de su brazalete digital un cepillo.

"Benji es muy presumido, no sería agradable para él despertar y encontrarse tan descuidado", comentó la chica cuando Zetaro se le quedó mirando.

Los cinco Ichijouji acompasaron sus almas y respiraron al mismo tiempo.

Ken se acercó a sus hijos después de terminar de examinar el pulso de Koushiro. Se sentó frente a ellos y Miyako fue hasta donde Kurumi, para ayudarla a limpiar a Ben.

"Los tres han sido muy valientes", les dijo a sus hijos, "Osen-chan también ha sido valiente", agregó el policía después de ver a la pelirroja.

"¡No es cierto!", gruñó Satoru, "a ella no le importa que todos estén heridos, ni siquiera se siente triste por los señores que se murieron".

"¿¡Los has visto?", se preocupó Miyako.

"¡Es que mamá, pensé que era Tulo el que se había muerto!", esta vez rodaron un par de lágrimas de los ojos azules de Sato.

"Basta, silencio... luego me encargaré de hablar con Satoru", sentenció Ken.

Su mujer se mordió los labios, Satoru se secó las lágrimas con el brazo e hizo el mayor esfuerzo posible para permanecer sereno.

"En este edificio se abrió un portal dimensional... aún hay restos del portal. Si me preguntan a mí, creo que Osen lo abrió", explicó el detective.

"Ella no tiene voluntad propia, ¿insinúas que alguien le ordenó que abriera el portal?", preguntó Kurumi.

"Es muy posible", respondió Ken, "A mí me parece que mientras se realizaba el viaje en avión de nuestros amigos apareció un enemigo que los atacó... es muy posible que se hayan llevado al hijo de Taichi al Digimundo".

"¿Te refieres al hermano perdido de los mellizos?", preguntó Zetaro.

"Sí... las heridas de Tai y los demás no son por haber sufrido un avionazo... ellos parecen estar en trance, todos menos Benjamín, quien probablemente se electrocutó... es justamente el chico quien está peor...".

"Pero ¿Y Tulo? ¿Por qué no está Tulo, papá?, tú con tu súper inteligencia del mejor detective del mundo lo debes de saber", exigió el pequeño.

"Sato-kun, hay cosas que simplemente no se pueden saber aunque yo sea un detective... me temo que lo que nos queda es esperar a que ellos mejoren para que nos cuenten lo que sucedió".

"¡Hemos llamado a los servicios de urgencia mil veces y no nos responden!, yo no sé qué tienen el señor Yagami y los Izumi, pero los doctores deben poder hacer más que nosotros", se quejó Kurumi.

"Ken... díselos", dijo de repente Miyako.

"¿Decirnos qué?", volvió a cuestionar la hija mayor.

Zetaro, como si hubiera adivinado, bajó su mirada celeste hacia el suelo y sujetó con más fuerza la mano de Osen.

Satoru parpadeó sus ojitos revoltosos varias veces.

"No sé cómo sucedió, pero estoy casi seguro de que hemos sido absorbidos por el Mar de la Oscuridad", avisó el ex elegido de la Bondad.

"¿Qué? ¡¿Cómo ha sido eso?", gritó Kurumi, "¡En ningún momento he visto el Mar! ¡Y yo también he estado en ese mundo oscuro!... es verdad que hay una neblina sobre nosotros, pero es normal ¿no?, ¡es porque hace rato había una Lilithmon y se abrió un portal del Digimundo!, pero de eso a que esté en el Mar de la Oscuridad hay una gran brecha...".

"No, papá tiene razón", dijo de pronto Zetaro, viéndose las manos, "creo que he sido yo quien tiene la culpa".

Todos miraron al mediano de la familia, quien seguía viéndose las manos con detenimiento.

"Zetty, estoy cansada de repetirte que tú no tienes la culpa de nada", regañó Miyako.

El adolescente negó e interrumpió con brusquedad.

"Cuando Lilithmon me secuestró me hizo pintar cosas... no recuerdo exactamente qué... pero pudo ser un portal... tengo la sensación de que fui yo quien nos metió a este lugar de tinieblas, quizás por eso no podemos comunicarnos con nadie... tal vez estamos perdidos, lo siento".

"No tiene caso lamentarse por eso", consideró Ken.

"Ya lo sé... nunca sirve de nada lamentarse", susurró con tristeza Zet, "pero eso no quita que me enerve haber sido otra vez instrumento de esos monstruos".

"Si estamos en el Mundo Oscuro, ¿dónde están los demás elegidos? ¿Se quedaron en la Tierra?", preguntó Kurumi.

"Probablemente cayeron en este mundo también", opinó Miyako.

"Es que no entiendo, ¿cómo es que estamos en el Mundo de la Oscuridad y sigue existiendo Odaiba?", cuestionó Sato.

"Es porque no nos ha absorbido por completo, estamos entre las dos dimensiones, incluso, es posible que la aeromoza y los pilotos no estén muertos y sólo se nos muestren así en esta dimensión", consideró Ken, "y por eso lo mejor es que actuemos lo antes posible".

"¿Qué vamos a hacer?", preguntó la muchacha.

Ken se puso de pie, le movió a su brazalete digital y materializó su antigua terminal D3.

"¡Es nuestra vieja terminal del 2002!", exclamó su esposa.

"Miya, manda mails a todos nuestros amigos, explícales la situación y pide que se reúnan aquí, en el museo", mandó.

"¿Y si justamente el enemigo quiere que nos reunamos aquí para abrir otro portal, Ken?", cuestionó su esposa.

"No tenemos otra opción, tenemos heridos que no podemos trasladar sin ayuda de los demás", se defendió el detective.

"Tienes razón, pero si yo envío los correos, ¿qué harás tú?".

"Iré a hacer una expedición para buscar a Daisuke y los demás, al menos tengo que ir al hospital donde está la madre de los trillizos, se lo debo a Taichi, que está indispuesto", mencionó.

Miyako se cubrió los ojos con las manos.

"Ay, Ken... esto no me gusta nada".

"Necesito que te quedes con los chicos y cuides de nuestros amigos, ¿podrás hacerlo por mí?", preguntó aligerando su tono de voz.

Su mujer asintió con resignación.

"Lo haré, pero prométeme que volverás".

El ex Káiser le sonrió.

"No me atrevería a abandonar a mi familia", dijo con sinceridad.

"Mamá, no te pongas tensa,¡papá y yo volveremos sanos y salvos!", interrumpió Satoru, dando un salto de la cama hacia donde estaba su padre.

"Sato-kun...", comenzó a decir Ken.

"Ya sé, no voy con papá, ¡pero tenía qué intentarlo!", dijo el pequeño.

"Estoy de acuerdo con que Sato no vaya, es muy peligroso, pero creo que yo podría serte de utilidad, padre", habló Zetaro en voz bajita, "después de todo fui yo quien probablemente provocó esto y...".

"¡Ya, silencio, Zetty!, me tiene harta de tu actitud, ¿no acababas de renovarte con los emblemas después del ataque de Lilithmon?, creo que lo mejor es que no vayas con papá, iré yo, ¡soy la mayor!", ordenó Kurumi.

Había sonado medio temblorosa, porque no solía proponerse para cosas peligrosas.

"Claro que no, neechan, ¡mejor voy yo, corro más rápido que tú!", peleó Satoru.

"No corres más rápido que yo", se defendió la chica, "Finjo que corro más rápido que tú para que no me molestes, pero es ilógico que corras más rápido que yo, o sea, tengo 18 y tú sólo tienes siete; no eres tan atlético como crees, Sato-kun".

"¡Eres mala, neechan!", renegó el pequeño.

"¡Compórtense de una buena vez!", se exasperó Miyako, "¿No entienden que estamos en peligro? ¿Por qué siempre tienen qué pelear por tonterías?".

"No son tonterías, mamá", chilló Kurumi, mientras cepillaba como loca el cabello electrizado del Benji Tachikawa desmayado. "Se trata de decidir quién va a acompañar a papá, es un hecho que no puede ir solo, aunque sea un súper policía no deja de ser humano, ¿o me lo negarás, papá?".

Ken sonrió de manera nerviosa ante su hija. ¿Desde cuando la muchacha tomaba el control de las conversaciones y se peleaba con sus hermanos para protegerlo a él?... sin duda, cuando pasaban la adolescencia, los hijos daban cambios sorprendentes.

"Por eso es mejor que vaya con papá, no quiero que sufras peligros, Kurumi", insistió Zet.

"¡Y ya te dije que estoy harta de que siempre seas el que corre peligro en casa!", exclamó la hermana, "Satoru no va porque es un loco de 7 años que cree que lo puede todo; tú no vas porque siempre te poseen los digimons malignos y te da por sentirte culpable de todo, yo soy mayor de edad y voy con mi padre".

"¿Aunque seas una delicada mujer?", le dio por preguntar a Satoru.

"¡Aunque sea una delicada mujer!", respondió Kurumi, "y más te vale leer bien nuestro código de ética, que en la norma seis se habla de la igualdad de géneros y castigos ¿te enteras?".

"Wooow, parece que mi hermana sí leyó bien el manual", comentó Sato a su padre, quien sólo se secó el sudor de la frente, no parecía hacerle gracia la conversación, aunque finalmente dijo:

"Zetaro y Satoru se quedarán para ayudar a su madre y cuidar de Osen y los heridos", decidió, lo que hizo que Kurumi pegara un gritito triunfal que desanimó a los varones de su familia.

"¿Eso significa que iré contigo?", cuestionó.

"Sí... me ha dado gusto que quieras acompañarme", afirmó Ken.

"No sé si sea buena idea", manifestó Miyako, "no quiero que también nuestra hija corra peligro".

"Todos corremos peligro, mamá", dijo la chica de cabello oscuro, "sólo déjame intentar ser de utilidad a la familia".

"Yo la cuidaré, ya lo sabes, me preocupan más los que se quedan, así que ayuden a su madre, hijos".

"… ayuden a su madre, hijos", repitió Osen Izumi, todavía ausente de todo.

Su vista de ónix, sin embargo, llevaba rato observando cómo Kurumi desenredaba la cabellera castaña de su hermanastro Ben.

"¡Bingo!; Benji ha vuelto a quedar peinado, sólo falta que le limpies la cara, Zet", Kurumi guardó el peine en su bolsillo.

"¿Yo?", se inconformó el de cabello lila.

"Claro, te toca cuidar de tu amigo".

La Ichijouji se puso su abrigo y corrió hacia su padre. Ken pudo notar que su hija todavía temblaba, a pesar de que se escuchaba firme.

Su Kurumi no tenía idea de lo hermosa y valiente que podía ser.

"Te pareces mucho a tu madre... sólo espero que en situaciones de riesgo no te pongas eufórica como ella", le dijo.

"¡Te oí, Ken!", renegó a lo lejos Yolei, quien estaba revisando a su amiga Mimi, la cual había comenzado a lanzar quejidos.

"Ash, descuida papá, yo, ante todo, tengo estilo, jamás haría un escándalo por pequeñeces", aseguró la mujercita.

O

Ni loca, papá!", gruñó Kurumi cuando su padre le acomodó entre sus curvas corporales un horripilante chaleco antibalas.

Padre e hija Ichijouji estaban justo en la salida del Museo Digimon, pero Ken se había negado a seguir la expedición por la Ciudad Oscura sin que su hija se pusiera el kit de policía que guardaba en su brazalete digital.

"¿No estás haciendo un escándalo?, me prometiste ser buena chica y eso incluye obedecerme en todo", explicó Ken tras suspirar.

"Este chaleco pesa al menos la mitad de mí; ¿te das cuenta que con él puesto hasta Satoru me va a ganar en correr?".

"¿Y te das cuenta de que si no te lo pongo tu vida puede correr peligro?", retobó el padre.

Ash!, me veo horrible y me siento pesada, qué asco", se quejó, "no es como si los Digimon quisieran matarme ¿te enteras?, ni que fuera Zet".

"Para mí, mis tres hijos valen igual y sus emblemas son igual de importantes", dijo el papá, mientras sacaba su pistola, "me alegra que hayas venido tú la que ha venido, eres a la única a la que le puedo confiar una pistola sin temer un accidente".

"¡¿Qué?, ¿me vas a dar una pistola?", preguntó la anteojuda.

"Si nos ataca un digimon oscuro, apúntale a los ojos, siempre es un punto débil para los seres vivos".

"O sea, ¡no!".

"Si no tiene ojos, apunta la cabeza, o a las piernas... siempre es bueno que pierdan en el equilibrio".

"¡Qué locura!", se quejó la chica, "¿Quieres que tu hija dispare un arma y mate digimons como si fuera un videojuego?".

"Si es necesario, sí", confirmó el detective.

"¿Y no puedo simplemente usar el emblema y su poder y así…".

"No. Lo que quieren esos amos oscuros es tu emblema, así que evita hacerlo brillar hasta que sea estrictamente necesario", estableció Ken con una calma que hirió a Kurumi.

"Lo siento, pero yo no voy a dispararle a nadie", dijo la chica.

"Haré lo posible para evitar que jales el gatillo, estaré para protegerte, sólo tomamos precauciones, linda", el padre besó la frente de su primogénita.

Kurumi se relajó un poco.

"Extraño a mi digimon... él no me dejaría jalar gatillos de pistolas o láseres", gimoteó, "él me protegería, así como Wormmon te protegería a ti, ¿verdad?".

"Sí", respondió Ichijouji. "Esta vez nos aseguraremos de protegerlos también a ellos para que regresen a nuestro lado".

"¿Y si no vuelven nunca? ¿qué vamos a hacer si no vuelven nunca, papá?".

"Vamos a seguir creyendo en ellos", concluyó la conversación Ken, y para dar punto y final, colocó en la cabeza de su chica un casco de policía.

"¡Ah no! ¡El casco no! ¡está horrible! ¡ush!", se quejó.

Ken solamente pudo reír. Suspiró con profundidad y recordó el día en que le enseñó a su hija a andar en patines.

En aquella ocasión estaba tan preocupado por Kurumi que su Wormmon y él habían puesto kilos de protección en la chiquilla para evitar que se lastimara si llegaba a caerse.

Le había puesto unas rodilleras rosadas, le había protegido los codos, los tobillos y la cabeza. La había obligado a ponerse una chamarra enorme, y su digimon le había dicho sonriendo: "No te apures, Ken, si la niña se cae rebotará como pelota".

Ahora, por el contrario, había sentido que mal protegía a Kurumi contra una guerra inexorable que se acercaba cada día más y se tragaba a todos.

"Vamos, tendremos que robar un auto para llegar al hospital".

"¿Que qué? ¿Robar? ¿tú? ¿yo? ¿Nosotros?".

Ken comenzó a correr y de reojo vio que su damita lo seguía con torpeza.

Si salían de este problema, se aseguraría de que Miyako le sirviera doble ración de comida a Kurumi, quien aunque era alta, carecía de un cuerpo fuerte.

Se veía delgada y pequeña vestida como un policía; Ken gruñó por dentro al darse cuenta de lo incapaz que era de proteger a su familia bajo esas circunstancias.

Estaba en una encrucijada: no podía encerrar a su mujer y a sus hijos en una burbuja de cristal, sino que tenía que trabajar con ellos para poder superar la dura prueba a la que se enfrentaban.

La dimensión en la que se encontraba parecía estar entre la Tierra y el Mar Oscuro.

Aún podían moverse por Odaiba, aún se veían personas deambulando, aunque no parecían darse cuenta de los tonos grisáceos que había adquirido el paisaje.

Si les llamabas, Ken sabía que no le contestarían, ya que esas personas estaban lejos, en otra dimensión... lo que veían ahora eran simples espectros.

"Papá, ¿tú crees que los demás elegidos nos puedan ver y estén en el mismo lugar que nosotros?", pujó trabajosamente Kurumi.

"Sí... ellos seguramente son un blanco de las Tinieblas, como nosotros", dedujo el detective.

"Ash... con lo que odio todo esto", aportó ella, deteniéndose tras Ken y colocando su mano en su diminuta cintura.

El jefe Ichijouji se había parado frente a un auto BMW negro con placas JP1345. Era un modelo deportivo que permitía alcanzar velocidades prodigiosas.

"¿De verdad vas a robar un carro?".

"¿Tienes una mejor idea para llegar al Hospital General de Odaiba?", preguntó.

"¿Y si vamos en el metro?", preguntó.

"La estación más próxima está a 15 minutos de aquí, no nos podemos permitir perder tanto tiempo... me aseguraré de regresar el coche y pagar lo que haga falta, no te preocupes", expresó.

Kurumi resopló y se agachó junto a su padre, el cual veía la cerradura de la autonave.

Con una habilidad que dejó boquiabierto al papá, la chica sacó herramientas de su brazalete digital y abrió en un dos por tres el vehículo.

"¿Y esas mañas, Kurumi?", preguntó Ken.

"¡Por favor!, no es un secreto que soy un As en la mecánica, no sólo tienes un hijo genio", presumió ella.

"Pensé que lo habías dejado, me refiero a lo de la mecánica", excusó Ken.

"Sólo cuando me conviene", la joven entrecerró el ojo con coquetería.

El detective palideció... no le agradó la idea de imaginar a su hija haciéndole ese gesto a un hombre que no fuera él.

"Ay, papá, ¿por qué te me quedas mirando? ¿Me has visto un barro o algo así?, ¡porque de ser así me pagarás la cita al cosmetólogo!".

"¿Al cosme-qué?", Ken sacudió la cabeza, "¡Da lo mismo, no perdamos el tiempo hablando de estas cosas!".

Cuando menos pensó, Ichijouji vio que su hija ya estaba arriba del carro, en el asiento del conductor.

"No vas a conducir", mencionó en tono grave, "Tu hermano acaba de estrellar la autonave de tu madre, ¿ahora tú quieres chocar un auto que acabamos de robar?".

"¡Eres ridículo papá!, no voy a chocar, además, tú manejas como abuelo, así que lo mejor es que yo vaya al volante", Ken se deprimió poco al darse cuenta del poco respeto que le tenía su hija.

¿Pasaría lo mismo con Zetaro? ¿Y con Satoru, quien lo idolatraba?... eso de hacerse viejo no le gustaba en lo más mínimo.

"Acuérdate que desde que tienes el carnet de conducir has chocado en cuatro ocasiones", recordó el papá.

"¡No choqué, me chocaron!", se quejó la joven.

"Los postes de luz no puede chocarte, Kurumi".

"Ash, papá, ¡sólo déjame ser útil!", berreó la anteojos.

Ken suspiró y se dio por vencido.

Se sentó en el asiento del copiloto con algo de temor.

"Ponte el cinturón de seguridad", pidió a su hija.

"¡Estaba a punto de hacerlo!", renegó la chica.

Se conectó el cinturón, se quitó el casco y lo insertó en la cabeza de su padre.

"Me estorba el casco".

"Nada de eso, póntelo", Ken devolvió el casco y Kurumi se lo puso con rostro antipático.

Así, con ese yelmo, su hija le recordaba a Miyako cuando iba al Digimundo.

"¡Bingo! Vamos a hacer revolucionar este precioso motor, ¡Ahí vamos! ¡Sujétate con fuerza, papá!".

"Espera Kurumi, hay que marcar la ruta en el GPS de la autonave", mandó.

"¡No necesito de esos aparatejos, sé llegar al hospital!", chilló con pasión la muchacha.

Ken se rascó el cráneo. En definitiva, su hija sí se ponía eufórica como su mujer cuando de protagonismo y aventuras se trataba.

Aceleró cual demente antes de poner el cambio. La autonave se elevó ligeramente y rechinó.

Luego, con la palanca de cambios de velocidad, Kurumi metió primera, sacó el clutch y volvió a acelerar como si su vida dependiera de ello.

"¡Espera Kurumi!,¡antes tienes qué ver los espejos retrovisores!".

"¡No hay tiempo, hay que salvar al mundo!", gritó Kurumi, poseída por el poder que le daba el volante.

El BMW salió disparado hacia la calle.

Ken Ichijouji ahogó su grito como valiente que era. Cerró los ojos y lo siguiente que sintió fue un impacto y la bolsa de aire aplastando todo su cuerpo.

Por impulso, estiró la mano para proteger a su hija, a quien sí le había alcanzado tiempo para gritar.

O

Cuando el detective abrió los ojos lo primero que hizo fue buscar a Kurumi.

La muchacha estaba consciente y lloriqueaba, pero la bolsa de aire lo aplastaba con tanta fuerza que apenas podía respirar y no podía ver bien a su niña.

"Linda, ¿estás bien?".

"¡Soy un desastre!, perdón papi, ha sido todo tan tonto", sollozó, "ni siquiera supe quién me chocó".

"Hija, no te chocaron, chocaste", los llantos de Kurumi se intensificaron ante la sinceridad de su progenitor.

"¡No me estás ayudando papá!".

Si hubiera podido, Ken se hubiera dado un manotazo en la frente. Quizá había sido mala idea traer a su hija a la misión.

"¿Kurumi, eres tú?", oyó Ken que le decían a su primogénita.

La voz le sonó conocida, ¿no era acaso la voz de Kyosuke Motomiya?

"¿Tú también estás ahí, Ichijouji?", preguntó Daisuke.

"Sí, soy yo", sinceró Ken, abochornado.

"Descuiden, los sacaremos de ahí", agregó otra voz calmada que reconoció como la de Cody Hida.

Minutos después, Ken tuvo de nuevo a la vista el cielo grisáceo del Mundo Oscuro.

Sus amigos habían reventado las bolsas de aire y los habían sacado del vehículo, al cual le había quedado destruida la defensa.

"Estuvimos a punto de chocar contra ustedes", explicó Daisuke, señalando su enorme camioneta de Restaurantes Motomiya, "fue rarísimo ver a un Mercedes arrancar en dirección contraria, directo hacia nosotros".

"No era un Mercedes Benz, era un BMW", corrigió Kurumi. Joe Kido la estaba revisando, pero al parecer no le había pasado nada con el impacto.

"Como sea, el caso es que le sacamos la vuelta, pero al ver que el Mercedes se impactó contra el poste, pues decidimos detenernos, ¡quien iba a pensar que era Ichijouji y su hija en un auto robado!".

"¡Señor Motomiya, ya le dije que era un BMW!", terqueó la mujercita, mientras de reojo miraba que Kyo la observaba con preocupación.

"¿Segura que estás bien?", le preguntó el joven.

"¡Tú no me dirijas la palabra!", gritoneó la de largo y lacio cabello azul.

El hijo de Daisuke dio un paso hacia atrás, apenado.

"Tomamos prestado el auto para ir a buscarlos a ustedes y a la madre de los trillizos, mi familia está refugiada en el Museo Digimon, mi hijo Zet fue atacado por una Lilithmon, un portal se abrió y Tai y los Izumi aparecieron en la Casa réplica de Devimon, están heridos y no han recuperado el conocimiento, salvo Osen-chan, pero la chica tampoco tiene buena pinta...", dijo rápidamente Ken a modo de explicación.

De la camioneta de los Motomiya habían salido gran parte de sus amigos. Daba la sensación que el vehículo había tenido la función de lata de sardinas.

Además de Makoto, la esposa de Daisuke, Sora, Kotaro, Kyosuke, Yuriko, una niña que no conocía, Cody y su nueva esposa habían salido de la enorme autonave.

Atrás de la camioneta estaba el auto de Joe, el cual había transportado a Hikari, Takeru y Toshiro.

"Qué fuerte, Ichijouji, ¿pasó todo eso?", preguntó Davis.

"¿Mi hermano, Koushiro y Mimi están bien?", agregó Hikari. La mujer tenía la cara y los ojos irritados.

"¿Y los niños? ¿y el hijo de Tai?", interrogó Sora.

"El hijo de Tai no apareció, el portal no lo transportó ni a él ni al pequeño de los Izumi", informó Ken.

"¿Qué, a Tulo-chan tampoco?", se asustó Kotty, "No sólo se han llevado a mi prima Min, también se llevaron a Tulo-chan... ¿Será que los malos también secuestraron al hermano de Taiki y a Tulo?".

"¿Secuestraron a Minagawa?, Oh, Dios, Satoru enloquecerá cuando lo sepa", consideró Kurumi.

"Lo hizo un Daemon que nos atacó", se apresuró a decir Kotaro.

"Además también nos tocó que un Dragomon acosara a Yuriko", anexó Iori.

"¿También a ti Yuri?", se histerizó Kurumi, sobre todo al recordar que su amiga estaba embarazada.

Cuando notó que había sangre en la falda de Yuriko, soltó un gritito infantil, lleno de desasosiego.

"Estoy bien", se adelantó a decir la hija de Hida, su novio Toshiro soltó un suspiro y le tomó la mano con fuerza.

Tanto Ken como Kurumi notaron que el castaño estaba callado y tembloroso.

"¿¡Dices que Tai y los demás están heridos?", preguntó Joe después de que puso una bandita en la frente de la hija de Ken, "tengo que ir a revisarlos de inmediato, Yuriko-chan también debe acostarse un rato".

Cody arrugó su rostro al oír eso, miró hacia su hija, pero ésta le desvió la mirada, como si le guardara un gran secreto.

"Yo... tengo que buscar a Yamato", dijo Sora, "Quedamos que mientras Hikari y yo íbamos al supermercado él iría a recoger a Akane Fujiyama al Hospital, se llevó a Taiki y a May con él".

"En casa de los Kido están Seiyuro y los demás", agregó Takeru.

"¡Ay, todo esto es una locura!", consideró Kurumi.

"Jou, lo mejor será que tú vayas a la Mansión de Devimon cuanto antes", apuró Hikari, "Yo... creo que no podré soporta esta situación si mi hermano también está mal".

"Ahora mismo, Kari", dijo Joe, "sólo me gustaría que alguien fuera a mi casa por mi mujer y mi hijo".

"Yo los traeré", propuso Takeru.

"Ichijouji y yo iremos por Yamato al hospital", aportó Daisuke.

"Yo iré con ustedes", dijo con firmeza Sora.

"No hace falta", comenzó a decir Dai, pero la esposa de Ishida puso un rostro de pocos amigos.

"He dicho que YO VOY, es mi marido y mi hija de quien estamos hablando".

"... tienes razón, Sora", dijo Ken, "Daisuke, tú acompaña a Takeru, yo iré al hospital y buscaré a Ishida junto con Sora".

Daisuke asintió.

"A mí también me gustaría ayudar", comentó Cody, "Iré contigo, Takeru".

"¿Estás seguro?, apenas te estás reponiendo del ataque de Daemon", mencionó su amigo de evolución DNA.

"Estoy bien, es necesario que todos ayudemos", Cody le dirigió la mirada a Noriko, "Querida, ¿estarás bien?".

"Sí, estaremos muy bien", respondió ella con diligencia.

"Yo me quedaré, me quedan pocas flores de la armonía, pero estoy segura de que con ellas puedo ayudar a mi hermano y los demás", dijo Hikari.

"¿Flores de qué?", preguntó Kurumi, pero nadie le respondió.

"Estoy seguro que sí, mi Kari", animó Takeru, "yo iré por nuestro Sei, y cuando me reúna contigo, encontraremos la manera de recuperar a nuestra hija, lo importante es no perder la esperanza".

"Tienes toda la razón", concedió ella.

"Yo quisiera ir con alguno de los equipos", se atrevió a decir el hijo de Daisuke, "Me gustaría ver si mi camarada Sei está a salvo o ayudar a la madre de Taiki y Hidemi".

"Prefiero que te quedes en el museo, Kyo", dijo Daisuke, "si hay algún ataque sé que lucharás con valentía".

"¡Así lo haré, papá!", se ilusionó el muchacho.

"Ush", se quejó Kurumi al ver el gesto de Motomiya, "qué patético eres, Kyo... en fin, yo iré con mi papá".

"Lo siento, linda, pero ahora no es necesario que vayas conmigo, mejor quédate a ayudar a tu madre".

"¡Sólo me chocaron, papá, no es el fin del mundo!".

Ken se cubrió el rostro, avergonzado.

"No te chocaron, chocaste", corrigió.

Kotaro suspiró desconsolado y se abrazó a su madre.

"Tengo miedo de que te pase algo, mami", admitió con ternura, "¿no puedo ir contigo?, estoy preocupado por mi hermana y mi papá".

"Kotty, mamá estará bien", aseguró Sora, "recuerda que eres un excelente enfermero, así que serás de mucha utilidad si te quedas con tío Jyou y le ayudas a cuidar de los heridos".

"Lo sé, pero... ¿prometes que estarás bien?".

La pelirroja Takenouchi se inclinó y besó la frente de su hijo menor.

"Estaré muy bien, mamá es fuerte".

"Lo sé, ¡eres valiente y ágil!, no sólo los libros de tío Takeru lo dicen, también lo dice mi corazón", entonó el niño de primaria.

Kaede Hida soltó un resoplido de enamorada.

"Ishida-kun es tan romántico", soltó de manera boba, mientras Noriko le cubría la boca y los elegidos le dirigían miradas desconcertadas. A nadie parecía hacerle especial gracia que el tierno y pequeño Kotty tuviera tras de él a una niña.

Sin embargo, Kotaro volteó a ver a su enamorada y le sonrió con soltura, lo que provocó que Sora palideciera todavía más.

"Hay que darnos un plazo", dijo Toshiro, cambiando de tema. Su voz sonaba muy queda. Su rostro estaba sudoroso, "Independientemente de si encuentran o no a Sei y a los demás, por favor vuelvan antes de medianoche al refugio... no sé si lo han notado, pero... ya no estamos en nuestro mundo…".

"Papá dice que nos ha tragado el Mar de la Oscuridad", comentó Kurumi.

"Yo también lo siento así", murmuró Hikari, "Nuestra Ciudad se está desvaneciendo, el aire huele a sal, los colores desaparecen y la sensación de desolación aumenta... tenemos que ser fuertes y darnos prisa".

Todos asintieron casi al mismo tiempo.

"¡No todo está perdido!", aseguró Daisuke, "mientras estemos juntos y confiemos en nosotros podremos lograr grandes cambios".

"Estoy seguro de que si nos esforzamos también podremos recuperar a nuestros camaradas digitales", agregó Kyosuke.

"También lo creo", siguió Kotaro.

Antes de partir y con un rostro que rayaba en la resignación, Ken dejó sobre la autonave (robada y chocada) su tarjetita de presentación.

O

Zetaro metió el trapo al agua hasta impregnarlo, luego lo sacó y lo exprimió con todas sus fuerzas.

Mientras respiraba con agitación, colocó el paño en la frente de su amigo Ben.

El chico Tachikawa tenía fiebre, o al menos eso le había dicho su madre minutos atrás.

"¿También tienen fiebre la señora Mimi y los demás?", había preguntado el mediano; su madre había negado.

"No. Lo de ellos es diferente... a mí me da la impresión de que un Digimon les lanzó un hechizo".

"¿Los habrá atacado la Lilithmon que secuestró a mi hermano?", había interrumpido Satoru, quien se entretenía quitando los zapatos de los heridos.

"No lo sé... no tengo una base de datos sobre esos Digimons, generalmente Izzy era quien nos proporcionaba esa información".

"Mamá, tú eres buena en informática, ¿por qué no tratas de revisar el brazalete digital de Izumi-san?", había propuesto Zetaro.

"¡Cierto, Zetty! Tienes razón", Miyako había ido hasta donde Koushiro estaba acostado, con sus ojos negros muy abiertos pero perdidos.

Con todo el cuidado posible, le había quitado el brazalete a su amigo.

"Iré a revisarlo, por favor sigan cuidado de ellos".

"¡Voy contigo mamá!", había optado por decir Satoru.

Su madre había negado de nueva cuenta.

"Sé que sabes mucho, Sato, pero prefiero que le ayudes a Zetty, ¿no ves que son muchos heridos?".

"¡Es que mamá, me aburro!".

"¡Sólo obedece!", le había chillado Miyako, antes de cerrar la puerta de la enorme habitación con fuerza.

"Odio la menopausia de mamá", gruñó el pequeñín con malicia.

"Llámalo premenopausia o ella se enojará más", consideró Zet, ajeno a la ira de Satoru.

Desde entonces los dos hermanos intentaban cuidar a los enfermos, sin embargo, no había mucho que pudieran hacer.

Los dos eran torpes.

Zetaro ponía demasiado empeño en pequeñeces, mientras que su hermanito lo hacía todo por encimita, como si estuviera hastiado de la vida.

Osen Izumi los acompañaba. Su presencia era como la de una sombra. Estaba silente y sentada sin moverse demasiado.

De reojo, Zet veía que lo único que sacudía la pelirroja eran sus dedos, que seguían colorados por haber derramado sangre.

"Hermano, iré a ver si mamá ya descubrió el secreto del portal dimensional", avisó Satoru tras bostezar.

"Está bien Sato, pero si ella está ocupada y se enoja otra vez, asegúrate de venir a hacerme compañía ¿sí?".

"¡Es que Zet, yo soy un súper hacker inteligentísimo! ¿Por qué mamá no quiere que le ayude?", indagó indignado.

"Porque tienes siete años y por más cosas que sepas nunca será suficiente, es como con las cuestiones de la reproducción humana que ignoras, Sato, hay cosas que sólo comprendes hasta que eres mayor", mencionó el hermano.

"¡Claro que no! ¡Seré la excepción a la regla y resolveré todo!", dijo el pequeño con altanería.

Zetaro resopló y no dijo nada más. Su hermanito a veces era insoportable.

Cuando salió del cuarto, Zetaro volvió a mojar el trapo que se había entibiado en la frente de Ben.

"Ben... espero que te pongas bien, ¿qué haría yo sin tu sarcasmo?", dijo Zet en voz alta, "aunque claro... tú y yo ya casi no nos hablamos".

"Ya casi no nos hablamos...", arremedó Osen.

"Sé que no me lo dices a mí, pero es cierto, tú y yo tampoco hablamos, Osen-chan", confesó abatido Zetaro.

El muchacho caminó hacia la pelirroja y se sentó junto a ella. Con ternura le tomó la mano.

"Me siento mal por eso, ¿y si no volvemos a hablar como antes nunca más?, eso es lo que he estado pensando desde que me reencontré contigo... ahora que no tienes tus pensamientos curiosos siento que te perdí".

Osen no le dirigió la mirada, nada en su rostro de porcelana pareció emitir algún cambio.

"No tiene que ser así ¿sabes?, has perdido tu curiosidad, pero tu alma sigue igual de vívida, sigues haciendo latir con fuerza mi corazón", le besó la mano y se recostó en su hombro.

"Yo te he mentido, Osen... sé que no vale la pena decírtelo en este estado, pero me gustas mucho ¡me gustas tanto como cuando éramos pequeños!... aquella vez, cuando te besé en el Trailmon, tras las Memorias Borradas, fui muy feliz, ¡fue fantástico!, pero a la vez sentí que la oscuridad me apretaba si me acercaba a ti, por eso me alejé, no quería hacerte daño... no he podido soportarlo ¿sabes?, por eso me creé una falsa identidad en el Internet, quería estar cerca de ti y enamorarte... no funcionó, ya lo sé... tú prefieres al chico Óleo del Internet y por más que ese chico sea yo, no es la misma ¿verdad?", Zet finalizó su monólogo con un suspiro.

En ese instante, el Ichijouji sintió una humedad en su mano.

Era una lágrima.

Y no era suya.

Cuando se separó de Osen le alzó la barbilla y pudo observar que de los ojos azabaches de la niña de sus sueños estaban saliendo lágrimas.

"O-chan... tú ¿me has escuchado?", preguntó asombrado.

La niña no le respondió.

"Estás llorando, ¿es por mi culpa? ¿De verdad me has entendido?", insistió.

Satoru abrió la puerta de la habitación con un movimiento brusco.

"Mamá me ha ordenado que regrese contigo, no sé por qué dijo que soy molesto, ¡yo sólo quería ayudar!".

Zetaro se separó inmediatamente de Osen, con su mano palmeó su pecho: su ritmo cardiaco estaba descontrolado. ¿Por qué tenía que interrumpirle su hermanito justo ahora?

"Las puertas se tocan, Sato".

"No, las puertas se abren", desafió el niño, el malhumor se le resbalaba de sus ojitos azules.

Satoru Ichijouji frunció el ceño al notar que Osen Izumi lloraba.

"¿Aún estando zombi la has hecho llorar, hermano?", criticó.

"Creo que sí...", respondió éste.

"Si te portas como un cabrón no querrá casarse contigo, yo te he ayudado, le dije que te besara, le enseñé el código, pero a las novias no se les hace llorar o al menos eso dice mamá, ¡aunque estoy encolerizado con mamá ahora mismo, así que está bien que la desobedezcas!".

"Tienes razón, soy un cabrón", confesó Zetaro, como si se estuviera rindiendo de una guerra sin final.

"No es tan malo, al final los cabrones son mejores que los asesinos y los ladrones, lo leí en uno de los documentos de papá, así que si te encierran en la cárcel no te darán una condena tan fea".

"Ay, Sato...".

Satoru corrió hacia Osen y la cogió de la ropa.

"Si mi hermano ya no te gusta te puedes casar conmigo aunque seas zombi, Osen-sama", le dijo.

Zetaro se rió.

"No sabes de esas cosas, ¿ahora me quieres quitar al amor de mi vida?".

"El amor es cosa de niñas, yo busco mejorar más la inteligencia de la familia", entonó Sato, pero se silenció porque los ojos de Osen no paraban de llorar, "Waaa, ¡sigue llorando!".

Zetaro se acercó de manera temblorosa y le secó las lágrimas a la chica.

"Perdóname... si ha sido por lo que te confié, de verdad perdóname", le rogó con la voz tambaleante, "Me duele mucho que llores".

"No te duele a ti, niichan, porque no estás llorando tú, la que llora es ella", razonó Satoru.

Como respuesta, Zet le sonrió a su hermano.

"¿Puedes ir a revisar a tu tío Taichi?", pidió.

"No, es más interesante una niña que llora que un señor en coma que lanza ronquidos antisonoros", retobó.

"¡Sato-kun!", regañó Zet.

"Hermano, si Osen-sama tuviera su curiosidad, ¿también estaría llorando porque eres un cabrón?".

"Tal vez..."

"Para llorar no necesita de su curiosidad ¿o sí?, tampoco para respirar ni para hablar ni para memorizar manuales o besar o hacer una ecuación complicadísima".

"Creo que no..."

"¿Y por qué no piensa por sí misma?, es patótica".

"Se dice patética y ten por seguro que ella NO ES PATÉTICA", bufó Zetty.

"Yo no quiero una esposa patética, mejor cásate con Zet", el recién nombrado le dio un coscorrón a su hermanito.

"Sato, estás insoportable, ¿por qué no te comportas?", reprochó Zetaro.

"¡Es que ya me cansé de que no me dejen hacer nada! ¡papá no me deja ir con él, mamá no me deja estar en la computadora! ¡Tulo-chan está perdido y tú haces llorar a la hermana zombi de Tuls! ¡Estoy aburrido!", se histerizó el menor.

Ya era de noche. Zetaro pensó que su hermano no había tenido la siesta de la tarde, ni se había tomado su té helado de las cinco. A lo mejor por eso estaba inaguantable.

"Osen-sama, ya me harté, ponte a pensar solita", le ordenó con autoridad a la pelirroja.

"¡Basta, Satoru!".

"Si un digimon malo me roba la curiosidad yo no me pondría tan tonto", aseguró el niño, poniendo sus manos en la cintura al mero estilo de Kurumi, "¡ponte a pensar Osen-sama!".

Las lágrimas de Osen no se detuvieron, Zetaro se enfureció y le jaló la oreja a su hermano.

"Es suficiente, te vas a ir al rincón para que reflexiones lo que dices".

"¡Aquí no hay rincón designado para castigos! ¡Además, tú nunca me has enviado al rincón! ¡Sólo mamá, papá y neechan!".

"Pues ahora estás siendo muy malo y por eso me toca castigarte, siempre hay una primera vez para mandar al rincón al hermanito malportado".

"Pero Zetaro-oniichan, ya voy a ser bueno".

"Ni hablar, lo que necesitas es reflexionar", Zetaro jaló a su hermano hasta una esquina de la habitación. Con su mano libre arrastró una silla tras él. Satoru, por su parte, forcejeaba.

Lo sentó, lo hizo mirar a la ventana y regañó.

"No debes faltarle al respeto a tus mayores", dijo.

"¡Pero es que Zet!", exclamó Sato.

"Es que nada…".

"¡No, es que mira! ¡Osen-sama está haciendo algo!".

El niño apuntó el reflejo del cristal de la ventana, el cual mostraba la figura de Osen acuclillada en el piso.

Con horror, Zetaro vio que a la chica de nuevo le sangraban los dedos y escribía con su líquido rojo.

"Maldición", dijo entre dientes, antes de correr hacia la Elegida del Conocimiento.

Satoru lo siguió con desfachatez, como si su castigo nunca hubiera existido.

"Mira, está escribiendo signos extraños del Digimundo, tal vez es un mensaje súper secreto", consideró el dueño del Destino.

"¿Podrías ayudarme a descifrarlo, hermanito?", preguntó Zet.

"¿De verdad?", preguntó entusiasmado Sato-kun.

"Claro, seguramente eres mejor que yo para esto... yo sólo conozco estos signos si estoy poseído...", confesó el mayor.

"Eh... mejor que no dejes que te posean, yo lo haré, hasta he hackeado la compu de mamá, ¿sabías que no sólo Kurumi tiene un diario secreto?".

"¡Satoru!", regañó Zet.

"Vale, luego te cuento eso", se emocionó el niño.

Sin ninguna gota de remordimiento en su sistema, Satoru tomó con brusquedad el brazo de Osen.

"Oye, con cuidado, la puedes lastimar", dijo Zetaro.

"Si mamá analiza el brazalete digital del señor Izumi, nosotros debemos revisar el de ella, quizá estaba investigando algo top secret cuando le robaron sus pensamientos", opinó el prodigio de 7 años.

"Tiene lógica, ¿cómo es que no pensé en eso antes?".

"Es que hermano, acuérdate que yo soy un genio", presumió el peque, retirando la pulsera de la pelirroja.

Inmediatamente la accionó y frunció los labios al notar que Osen llevaba puesta el brazalete de Ben.

"Este brazalete es propiedad del Gran Ben Tachikawa", se oyó una voz saliendo del aparato, "Si intentas hackear mi clave morirás; si te arrepientes, regresa mi brazalete y púdrete en el infierno".

"¿Habrá que hackear esto?", cuestionó con incomodidad Zetaro a Satoru.

"No es necesario, es pura palabrería que grabó con un programa que inventó Osen-sama para asustar a los rateros de brazaletes digitales… sólo hay que poner como clave la fecha del cumple de Ben, me lo dijo Tulo", confesó con naturalidad Sato, "Ben no tiene diarios secretos, pero tiene un montón de fotos de muchachas en bikini, ¿será que quiere aparearse con ellas?".

"¿Y tú como sabes que tiene esas fotos?", una gotita de sudor recorrió a Zetaro.

"Una vez instruí a Tulo para que investigara las compus de sus hermanos, fue con fines científicos y no pudimos entrar a la de Osen-sama...".

"Eso está mal, Sato, sabes muy bien que la privacidad es importante", dijo Zetaro, se cubrió el rostro abochornado.

"Sí, es incómodo para los adolescentes, no te preocupes, hermano, no le diré a nadie que haces dibujos de Osen-sama en tu computadora", tranquilizó Satoru.

Zetaro estuvo a punto de ahorcarlo pero se contuvo al ver que las manitas de su hermano se movía con agilidad en el teclado.

Esos deditos moviéndose a la velocidad de la luz le recordaban a Osen cuando era más pequeña y pasaba días y noches tecleando abstraída buscando conocimientos.

"Encontré más signos raros, pero no les entiendo, ¿son jeroglíficos digitales o algo así?", interrogó el Elegido del Destino.

"Es un código que diseñó el tío Izzy en el 2027... creo que lo que está escrito aquí es con el lenguaje digital que se borró".

"Ah, por eso no lo conozco", dijo Satoru.

Zet arrebató el teclado a su hermano.

"Quizá recuerde algo... no mucho, Kurumi era la experta en esas cosas, tú eras solamente un bebé".

El mayor tecleó con torpeza, pero logró hacer que en el monitor apareciera una puerta al Digimundo.

"¿Qué es eso?", preguntó Satoru. Tenía las mejillas encendidas de la emoción.

"Podría ser un portal al Digimundo, pero ahora mismo está cerrado... aún así, está en las acciones recientes de este computador...", informó.

"Tal vez de ahí se abrió el portal que trajo a los perdidos del avión ¿no?, ¡somos súper genios, hermano!", se entusiasmó Satoru.

Zet sonrió con levedad. Miró hacia Osen.

"No, ella lo es", apuntó a la muchacha.

Izumi estaba callada y agazapada en el suelo escribiendo símbolos en el suelo mientras sus lágrimas seguían cayendo a su ropa.

Después de escribir unos dos o tres signos, la chica se levantaba, daba algunos pasos sin aparente rumbo, y volvía a hincarse para seguir su trazo.

"Sin su curiosidad parece loca, es de película de terror que escriba con sangre, ¿de verdad no se va a desangrar?".

Como premio a su comentario, Zet volvió a darle otro coscorrón a Satoru.

"Me aseguraré de donarle sangre antes de que eso ocurra... pero… ahora que la miro, me da la impresión de que Osen está pensando en lo que hace".

"¿Pensando por ella misma? ¿o pensando lo que nosotros le dijimos que pensara?", preguntó.

"Shhhh", calló Zet.

Satoru encogió los hombros con indiferencia y de nuevo se puso a teclear en el brazalete digital de Ben.

"Voy a abrir esa puerta al Digimundo", alucinó.

"Nada pierdes con intentarlo", Zet le dio unas palmaditas en la cabeza y se concentró en seguir a Osen.

Se puso a copiar todos los signos que la chica había dibujado. Por suerte, siempre llevaba papel y lápiz consigo.

"¿Qué estás tratando de decirnos, bonita?", le preguntó a Osen.

Para su sorpresa, O-chan le dedicó una mirada muy breve.

"K.. koemi", susurró ella.

"¿Koemi?", cuestionó.

"¿Será que está inventando un nuevo lenguaje?", juzgó Sato.

"Sato-kun, mejor sigue intentando abrir la Puerta y no opines", mandó Zetaro.

"Ahora mismo Osen-sama tiene la clave ¿o será que le llamamos a mamá?, aunque seguramente es papá quien tiene las respuestas".

Osen se paró y resopló, como si hubiera finalizado su trabajo. Lucía anémica. Zet trató de agarrarle las manos para curárselas de nueva cuenta, pero ella lo rechazó.

La pelirroja caminó con debilidad hacia Ben y se le quedó mirando.

"Es tu hermano Ben, siempre se están peleando, pero se quieren mucho, sé que tú lo recuerdas aunque te hayan robado la curiosidad", dijo Zetaro.

El de cabello violeta dejó el papel con los signos sobre la ropa de Benjamín.

De nueva cuenta intentó tomar la mano de Osen, quien esta vez no se rehusó.

Acercó la palma de la niña a la mano de Ben.

"Tienes que ser fuerte por tu familia", aconsejó Ichijouji.

Cuando los dedos de Osen tocaron a Benjamín, las marcas de sangre en el suelo comenzaron a resplandecer con potencia.

"¡Ve eso, Zet!", avisó Satoru, desviando su atención hacia los signos colorados.

Cada uno de los símbolos pareció estallar y, de alguna manera, se unieron.

"¡Es la puerta al Digimundo! ¡O un digimon!", rugió Satoru.

A Zet le recordó el proceso de digievolución de un digimon, pero no dijo nada. Se puso frente a Osen, Ben y su hermanito.

"Espera... no te acerques sin que te lo diga".

Una figurita comenzó a materializarse. En pocos segundos, la silueta tomó forma de un humano pequeño.

Satoru se puso tenso. Quiso gritar el nombre de su madre, pero por el contrario se mordió los labios y abrazó la pierna de su hermano.

Otra luz salió de la computadora y se unió a la silueta.

De esa mezcla salió una niñita que apareció tirada en el suelo, en posición boca abajo.

Tenía como cabello un revoltoso y espeso manto castaño claro que le cubría casi todo el cuerpo. Estaba desnuda y se le veían unas piernas muy blancas.

"¡Es una bruja!", opinó Satoru, "o una digimon maligna como la Lilithmon que quería aparearse contigo, hermano".

"Sato... no tienes qué repetir que Lilithmon quería aparearse conmigo ¿sabes?".

"¿Por qué no?, es lo más emocionante después de todo", consideró Sato.

"No tienes remedio... y no, no es una digimon, es una personita", aseguró Zet.

"¿Una enana?".

"Una niña", corrió el pelilila.

Zet caminó hacia la chiquilla; al mismo tiempo, notó que Osen también se acercaba.

"¿La conoces?", le preguntó a la pelirroja.

"No me conoce, pero me trajo aquí", dijo la recién aparecida, quien brillaba como si fuera un holograma. Tenía una voz potente y encantadora.

La pequeña se incorporó, aunque, al verse desnuda, volvió a tirarse al suelo.

Buaaaaa, ¿por qué no me aparecieron con ropa? ¡Son muy malos! ¡ya no los quiero!", chilló.

"Quiero ver lo que tienen las niñas en lugar de lo que tenemos los niños...", dijo por su parte Sato, sacando su libreta y enfocando su atención a la desnudez de la niña.

"¡Satoru, no!", Zet cubrió la boca y los ojos de su consanguíneo; tomó la funda de una almohada y se la arrojó a la nena.

"Toma, cúbrete con eso", le dijo.

La niña miró a Zet con desprecio.

"Qué insecto eres, ¡esto es una tela muy fea y corriente!, ¡ya me quiero ir de aquí! ¡no me gusta!", los ojitos oscuros de la pequeñita se llenaron de lágrimas.

"El único que puede llamar insecto a mi hermano es Ben", atacó Sato, luego se le iluminó la mirada, "¡ya sé!, te traeré ropa de la mochila de Tulo-chan".

Cual centella, los pies de Satoru se movieron a la velocidad de la luz hasta donde estaba la mochilita de su amiguito; tiempo después regresó muy satisfecho consigo mismo.

"Toma... es ropa de niño; vístete, mi hermano y yo cerraremos los ojos".

La niña se vistió. Era tan pequeñita que incluso la ropa de Tulo le venía grande.

"Está bien, ya terminé", avisó ella.

Cuando Satoru y Zetaro la voltearon a ver, la nena estaba vestida con uno de los overoles de Tulo, uno de color rojo. Bajo éste se había puesto una playera anaranjada que no combinaba mucho con el resto del improvisado atuendo.

Con ternura, la pequeña sujetaba la mano de Osen, quien de nuevo parecía estar en estado autista.

"¿Y ahora sí nos vas a decir quien eres?", preguntó con brusquedad Sato.

"Ya te dije, ella me trajo", informó, "me descubrió y me quiso traer, pero sin la curiosidad no puede hacer gran cosa".

"¿Que Osen te descubrió?, explícanos pequeña".

"Ya veo, como Osen-sama es una programadora, desarrolló a esa niña robot", analizó Sato-kun.

"¡No soy un robot, zopenco!", berreó la niña.

"¿Zopenco?, ¡no me llames así, enana!", se enojó Sato.

"Deja de pelear; es una niña más pequeña que tú, Satoru", regañó Zetaro.

"Pues yo creo que es una digimon maligna", el chicuelo cruzó los brazos, encrespado.

"Sólo he venido a dar un mensaje y a hacerlos despertar del sueño", explicó la niña a Zetaro, "aunque haya venido, todavía no vivo aquí".

"¿Cuál es el mensaje?", preguntó con apremio Satoru, poniendo su atención en su cuaderno de apuntes.

"¿Qué fue primero, el Digimon o el Digihuevo?", entonó la chiquilla, con una risa muy traviesa.

"¿Eh?", se sorprendió Zet.

"¿Qué nació antes, la Tierra o el Digimundo?", agregó la nena, dando un par de saltitos sin soltar la mano de Osen; "¿Quién creó al Digimundo, el humano o Dios?", finalizó.

"He tomado nota de todo, ¿pero no son preguntas retorcidas?",consideró Satoru.

"Se dice preguntas retóricas, y no sé si aplique el término", corrigió Zet.

La piel de la niña comenzó a transparentarse.

"Koemi...", la llamó Osen.

"Lo sé... tengo qué irme", lamentó la niña.

"¿Tu nombre es Koemi?", preguntó Zetaro. La pequeña asintió con frenesí.

"Ya me tengo con ir..." susurró, "Es muy bonito estar aquí, pero ya me tengo que ir".

Sin soltar la mano de Osen, Koemi comenzó a caminar hacia donde estaban los heridos.

Se trepó a la cama donde estaba Mimi y la abrazó con fuerza. La piel de la niña brilló como si fuera una perla.

Poco después, besó la frente de la señora con concentración.

Zet notó con asombro que la chiquilla se parecía a la señora Tachikawa.

Tras finalizar la operación, Koemi saltó hacia la cama de Koushiro y repitió la operación: un abrazo igual de efusivo y un beso tronador.

Cuando pasó a la cama donde reposaba Taichi hizo lo mismo.

"¡Qué cansada estoy!", manifestó; su piel se transparentaba cada vez más, cual fantasma.

"¿Qué hiciste?", preguntó Satoru, quien seguía mirando a Koemi con suspicacia.

"Los desperté de la pesadilla", dijo con orgullo la castaña.

"¿Con un emblema o algo así?", volvió a indagar.

"¡Ya me cansé de que preguntes! ¡Eres un feo!", chilló.

"Pequeña, ¿y no despertarás a Ben?", se atrevió a intervenir Zetaro.

"Mi Benji no está dormido", lamentó Koemi, "Mi Osen tampoco está dormida".

Aún así, se subió a la cama de Ben y lo miró largamente.

Movió la nariz como si fuera un conejito; tocó con curiosidad la piel quemada del Principito.

"Ya me voy", avisó a los presentes.

Koemi vio el papel que Zet había escrito, lo cogió y dobló. Hizo una cuevita con sus dedos y volvió a emitir una luz aperlada de su ser.

"Este es el mensaje", dijo.

Zet tomó el papel, cuando lo desdobló, ya no estaban los símbolos que había escrito, sino un texto en lenguaje digital del 2027.

"Por favor, libérennos", pidió a los hermanos Ichijouji.

"Pero en serio ¿Qué eres? ¿un duende?", se molestó Satoru.

"¡Claro que no, sabandija!, ¿qué no has oído hablar del Señor Genai?", preguntó la pequeña.

"¡Nadie podría ser un elegido sin saber quién es Genai!", renegó el genio.

"Bueno... soy algo así", fue la respuesta.

"Koemi, no te vayas", rogó entonces Osen, su voz por fin estaba cobrando vida; sus ojos habían vuelto a llorar.

"Si de verdad lo deseas, yo estaré siempre contigo", replicó Koemi.

Y mientras sujetaba las manos de Ben y Osen, la niña terminó por desvanecerse, como si nunca hubiera existido.

"¡Espera!", quiso detener Zetaro.

"Ya se ha ido...", dijo con frialdad Satoru, "¿Me prestas el mensaje para descifrarlo?".

Zet negó, aunque en realidad no le prestó atención a su hermano.

"¡Qué va, le voy a decir a mamá!", el de siete años salió disparado de la habitación.

Zet puso atención en el piso, pero ya no estaban los signos de sangre que había marcado Osen, sólo estaban tiradas las ropas de Tulo que se había puesto la visitante.

El pelilila volteó con desesperación hacia la pelirroja. La chica se había sentado en el piso y sollozaba.

Zetaro se hincó a su lado.

"¿Estás bien?".

Izumi alzó la cabeza, mostró un rostro desesperado y lívido.

"No, no estoy bien", respondió por fin la muchacha, que se abrazaba las piernas con sus brazos.

"Tú... me has respondido... ¿Koemi te ha curado? ¿ya tienes los pensamientos de la Curiosidad contigo?", preguntó el elegido de la Bondad.

Osen dijo que no lentamente.

"Me siento... tan vacía... tan lejos de la verdad y sin ganas de pensar", lloró la ojinegra, escondiendo su rostro.

"N-o... no te preocupes, te a-ayudaré y...".

"No... yo... la verdad es que yo ya no quiero hablar contigo nunca más, Óleo".

Zet cayó de pompas al suelo por el impacto de las palabras de su amiga.

"Entonces", dijo con tristeza, "¿estabas oyéndome cuando estabas en ese estado tan extraño?, ¿sabes que soy Óleo?... yo.. lo siento, perdona... es que... te quiero".

Pero con su confesión lo único que consiguió fue que la pelirroja comenzara a hipear porque se le enredaban las lágrimas.

Sin poder evitarlo, a Zetaro también se le remojaron los ojos. Se apretó con fuerza la camisa que llevaba puesta y respiró con desesperación. Sintió que solamente estaba respirando dióxido de carbono.

"Entiendo... sólo... espero que me perdones... yo... no te volveré a hablar si tú no quieres".

Cuando se puso en pie, percibió todo su cuerpo entumido.

¿Por qué dolía tanto el rechazo?, miró de reojo a la niña de sus sueños y se le rompió el corazón.

Ella se veía deshecha, tirada en el suelo como una muñeca rota.

¿Por que no podía abrazarla y darle un beso en la mejilla?

Se talló las lágrimas, no debía de dejarse debilitar por los sentimientos de destrucción... Sin embargo, a pesar de que no estaba escuchando a la voz de la Fusión Prohibida, Zetaro sentía que estaba naufragando en las tinieblas.

"Iré... iré a avisarle a mamá", comunicó en general.

Justo estaba por salir de a habitación, cuando observó que los heridos se estaban incorporando.

Taichi Yagami fue el primero en despertar.

O

Soji sentía que dentro de su cuerpo se forjaba una tormenta. Era como si sus venas y arterias estuvieran exprimiendo gotas de sangre en todos sus órganos.

Al chico le parecía que su piel se tatuaba con hematomas y moretones, pero en el fondo sabía que esas sensaciones no eran reales, sino imaginarias: sólo estaba nervioso por toparse con Taiki Yagami.

Sabía que no tendría un encuentro memorable con su doble.

Era como si frente a él hubieran colocado un espejo y el "Soji" del otro lado del cristal hubiera venido del País de las Maravillas.

Pero aunque ahora aceptaba que existían los cuentos de fantasías, el trillizo menor de Taichi comprendía a la perfección que había una gran diferencia entre el País de la Alicia de Lewis Carroll y el Digimundo de su progenitor.

No tenía idea de lo que iba pasar, salvo que unos monstruos quería hacerle partícipe de un ritual para crear un supuesto emblema maligno.

No sabía que hacía su mellizo ahí, y mucho menos entendía por qué Taiki estaba tan lastimado.

Trató de no acercarse al otro chico, no quería respirar el mismo aire que ese miserable. Porque eso era, ¡un miserable!, no tenía nada de espectacular ahora que había crecido… siempre se lo había imaginado perfecto, pero ahora, ese clon malherido no tenía nada de especial para Soji… era como si de verdad se estuviera viendo a sí mismo.

Cuando conoció a su hermano a los seis años de edad, en aquel parque de Odaiba, lo envidió por ser todo lo que él no era.

Taiki Yagami era físicamente igual a él, aunque no compartían historia, ni sonrisa, ni siquiera tenían la misma mirada.

Le había costado odiar a su doble perfecto, sin embargo, ahora mismo se sentía peor al ver a esa obra de arte en agonía.

No quería hablarle al chico, pero tampoco quería quedarse sin hacer nada.

Si afinaba sus oídos podía oír los quejidos de Taiki. Leves y valientes, hirvientes y exiguos.

Si ponía atención, a pesar de la oscuridad, podía dibujar la figura de su igual. Estaba echado en el piso como costal de patatas, desprendía un potente olor a sudor... no sabía cómo, pero incluso podía ver el brillo de las perlas de transpiración que el chico tenía en la frente.

Encogió el cuerpo.

No quería que Taiki despertara. Al mismo tiempo, lo ponía mal que su hermano siguiera desmayado.

¿Y si tenía alguna hemorragia interna por tanto golpe?

Si llevaba el brazo roto -o al menos dislocado- no era de extrañarse que tuviera otra parte del cuerpo jodida.

"It's doesn't matter if I hate him, he's my brother... and he has fought against the monsters who destroyed my peace", pudo decir, agarrando fuerza de sus propias palabras.

El pequeño Izumi y su presunta primita dormían a su lado. No lo hacían de manera plácida, por el contrario, ambos niños tenían el ceño fruncido, especialmente la rubita.

Después de haber descubierto a su clon, Soji había regresado a donde se encontraban los niños.

Se había aterrorizado al ver a Taiki y había decidido ignorarlo. Sin embargo, los remordimientos y la necesidad de precisar el estado de salud de su trillizo pudieron más que sus temores.

"Damm it...", maldijo mientras movía a Tulo Kosuke Izumi y lo recargaba en Min. Estaba tan cansado que el hermanito de Ben-kun se le hacía pesado.

A gatas y con el mayor silencio que pudo, se acercó –por fin- a Taiki.

Tenía que asegurarse de que estuviera completamente vivo. No sabía por qué, pero a Soji Miyagi no le bastaba con oír la respiración de su par, ni con ver su rostro.

¿Qué tanto latía ese corazón? ¿su frecuencia cardiaca era normal?... pero no era médico y no tenía idea de qué hacer para asegurarse de que Taiki estuviera bien.

¿Dónde estaba el señor Yagami en estos momentos?.

"Instead of saving me, he should have helped his true son", se comentó a sí mismo.

Cogió el brazo sano de su consanguíneo y, sin pensar, le apretó la mano.

Quiso halar con fuerza ese brazo moreno y musculoso. No lo logró por falta de valor.

"Is kind of weird", admitió en inglés, pero luego agregó en japonés, "Al tocar tu mano me sentí extraño...".

"Es... porque somos hermanos", oyó la voz de él.

Se había ensimismado viéndole mano y escuchando a su mente, por eso Soji se había olvidado de estudiar el rostro antiguamente desvanecido de Taiki.

Lo soltó y se hizo hacia atrás. Desvió la mirada... arrugó la frente al detectar que no le gustaba el timbre de voz del reflejo de su espejo.

En cambio, el otro yo no dejaba de verlo. Inclusive, escudriñaba con las cejas a su trillizo.

Miyagi retrocedió, Yagami hizo el intento de cogerlo del brazo para detener a su hermano, pero en esos momentos, al tratar de moverse, lanzó un gritó de dolor tan potente que el menor temió que los niños se despertaran.

"¡MIERDA! ¡ME DUELE!", gimoteó, se abrazó el brazo y se revolcó en la polvorienta caverna.

De reojo Soji vio que Tulo pataleaba por el grito, aunque ni él ni Minagawa recobraron el conocimiento.

"Guarda silencio", ordené, "o los monstruos vendrán".

Para sorpresa de Soji, Taiki obedeció, aunque parcialmente. Se mordió la lengua y se retorció en silencio, luego se sentó, jaló con fuerza el brazo roto, como si intentara acomodárselo.

"Joder... no pasa como en las películas", se encabronó mientras se zangoloteaba el brazo sin cesar y se aguantaba el dolor mordiéndose cachetes, lengua, labios... un hilito de líquido rojo le rodó por las comisuras.

Su clon era como un animal salvaje.

Soji no hizo ni dijo nada. Le costaba trabajo mirarlo y platicar. Además no quería tener contacto con su otro yo... era algo despreciable de su parte, lo sabía, pero no le importaba ser egoísta.

A sus 15 años había aprendido a ver sólo por él: Yagami y su clan no cabían en su vida... ¡no los quería en su vida!

Con un salvajismo que Soji no se esperaba, Taiki rompió parte de su camiseta y se envolvió el brazo roto de manera torpe.

Lo había hecho tan mal, que Soji sintió ganas de corregirle, de llamarle idiota y de ayudarlo, pero no hizo nada.

"¡Ya está!", se alivió el trillizo mayor, "aunque duele igual...".

Se le oía más nervioso y su voz más pausada.

"¿No vas a decirme algo más, Soji?", el cuestionado notó que Taiki también desviaba la cabeza, como si tuviera un irracional ataque de timidez.

"No", respondió Soji.

Se alejó todavía más, hasta toparse con la pared del calabozo. Ahí se sentó y también evitó emitir sonidos.

"¡Pues yo sí que quiero hablar!", gritó Taiki, aunque su queja no iba dirigida a Soji.

El menor vio que su hermano se ponía de pie como torbellino en Kansas, lo vio pisar el suelo con fuerza hasta los barrotes de la celda.

"¡Jodido Lucemon Falldown Mode! ¡Te voy a destruir! ¡Te voy a sacar las tripas y haré carne asada con ellas y luego haré que te coman los numemons! ¡Te dije que YO sería tu emblema Apócrifo! ¡Libera a mi hermano, hijo de puta! ¡Y como te atrevas también a capturar a Hidemi te juro que... que te reviento la boca! ¡o el hocico! ¡o lo que tengas!".

"¿Estás mal de la cabeza?", interrumpió Soji, "¡Guarda silencio!".

"No te metas ¡Ni siquiera sabes lo que está pasando!", contraatacó el trillizo mayor, "¡Deberías estar con papá!... ¡deberías estar en un avión!".

"¡Sólo cállate, no llames la atención de esos digimons".

"Soji, te sacaré de aquí... Koromon tiene qué venir ayudarme, ya no hay pretexto...", aseguró Taiki, "¡ASQUEROSO Y MIERDICA LUCEMON! ¡VEN Y ENFRÉNTAME COBARDE!".

"¡Si no te callas por tu pellejo hazlo por esos niños!", exigió Soji, señalando a Tulo y a Min.

Taiki siguió la señal de su hermano. Al principio no parecía entender lo que quería decir Soji.

"¿Niños?".

Después, Soji pudo observar que la mirada canela de su clon se estremecía al distinguir entre las sombras las delicadas figuras de sus acompañantes.

"¡Minagawa!", chilló en un nuevo nivel de arrebato.

Corrió de inmediato hacia su primita, a quien acogió con su brazo firme.

"¡Y Tulo-chan!", agregó, volteando hacia Soji, "¿No estabas tú con los Izumi?".

Con Minagawa en brazos, Taiki se puso de pie y caminó a hacia Soji.

"¿Les han raptado a todos? ¿También a mi padre y al tío Izzy?... espera... ¿Dónde están Osen? ¿Y Ben no impidió nada?", preguntó con preocupación.

Soji desvió la mirada hacia los barrotes. Temía que los gritos de su consanguíneo alertaran a los demonios.

"¡Contéstame!", exigió Taik.

"Deja a esa pobre niña acostada con su amiguito", mandó Miyagi.

"¡Es nuestra prima!".

"Está dormida, lo mejor será que no la perturbes, bastante tiene ella con estar prisionera en este lugar", explicó.

Taiki Yagami gruñó.

Se escuchó como una bestia herida en medio de alguna sabana.

La lluvia de sangre imaginaria se estaba convirtiendo en tifón dentro de Soji. El joven se sentía perturbado, no tenía idea de cómo actuar ante su hermano.

En definitiva, poco quedaba del sonriente niño de 6 años que había conocido en aquel parque. Ahora esa voz crecida sonaba amarga, y el cuerpo lesionado le causaba escalofríos.

Taiki recostó a Min junto con Tulo. Le besó los rizos y apachurró de manera cariñosa los tiesos cabellos rojos del menor de los Izumi.

"Estos dos siempre están en el Digimundo en una edad inapropiada", lamentó, y como si hubiera perdido una batalla, el chaval se sentó al lado de ellos y se cubrió el rostro.

"Sólo dímelo... ¿Dónde está mi papá?".

"Saberlo no cambiará tu situación", consideró Soji.

"¡Por supuesto!" aseguró el consanguíneo, "si él está libre sé que vendrá a rescatarnos, pero si él está cautivo soy yo quien tendrá que ir a buscarle, también tengo qué ayudarte a ti y debo impedir que le hagan daño a nuestra hermana... luego, por mi pellejo, juro que los llevaré a todos con Akane Fujiyama".

"Ah...", fue la respuesta de Soji.

"Es nuestra madre".

"Es tu madre. Yo no acepto lo que está pasando", renegó el menor. Le ardió el estómago, como si adentro se le estuviera formando una úlcera.

Sabía que reñir y contradecir al chico que tenía enfrente no iba a mejorar la situación. Sin embargo, mostrar inconformidad de alguna manera lo reconfortaba.

Los dos se quedaron callos unos instantes. Era un encuentro fallido entre los dos... no había nada ahora mismo dentro de ellos que no se describiera como fatalidad.

"Ben... sálvame... ven...", habló en sueños Tulo Izumi.

Taiki soltó una risa sarcástica.

"Voy a hacer que me quieras, Soji", le dijo de repente a su trillizo, "... un día, en tus sueños, clamarás por mi ayuda justo como Tulo Izumi le llama a su hermano Ben... dirás 'Taiki, sálvame'... entonces yo destruiré todo cuanto esté a mi paso para salvarte".

"Qué decepción, pensé que un doble mío sería un poco más inteligente", soltó con ironía.

"Para nada, soy el más idiota de los hijos de Taichi Yagami".

Hubo otro silencio incómodo. Esta vez, el niño Izumi no dijo nada, sólo se recargó en la rubia Takaishi.

"Sabía que ibas a odiarme... no te culpo, tuve todo lo que tú no", susurró Taik, "pero tu desprecio duele más de lo que imaginé, arde más que mi brazo roto".

"Lo describes mal. No te odio ni te desprecio; simplemente no me interesa que quieras un vínculo afectuoso conmigo, yo no te necesito", manifestó Soji.

"La Unión hace la fuerza, y la hermandad es unión", se entercó Taiki, "no hay nadie en este mundo que prefiera a la soledad si tiene a la mano un vínculo afectuoso como el nuestro, pero allá tú, sólo te pido que no te cobres el rencor con Hidemi o nuestros padres".

"No me esperaba que un loco que saca insultos como si fueran eructos tuviera vocación de mártir para cargarse las culpas ajenas", la respuesta fría de Soji hizo que Taiki le diera la espalda.

"Vale, no hablemos de esto", mencionó dolido.

"No hablemos de nada".

"¡Eso no!, tenemos que organizarnos para largarnos de aquí... estos digimons quieren hacer una especie de ritual oscuro para crear un emblema como el que hicieron cuando nacimos".

"¿Qué dices?".

"No lo sabes, pero cuando Akane Fujiyama estaba embarazada de nosotros fue secuestrada por Lucemon, luego él y su séquito de Demon Lords la encarcelaron y la tuvieron meses encerrada hasta que dio a luz... al parecer ella logró escondernos a Hide y a mí porque nacimos primero, pero estuvieron a punto de matarte a ti", el hijo mayor de Tai habló con rapidez, todavía con la cara escondida entre sus piernas.

"¿Uh?", dijo Soji, sonó inexpresivo, su cuestión no llevaba fuerza ni intención específica.

"¿Cómo que 'uh'?", reclamó el otro.

Taiki saltó, cogió a su trillizo de la ropa y lo miró a los ojos con intensidad.

"¿No entiendes?", agregó, "¡Nuestra madre no es una mujer cualquiera! ¡ella sí nos quería y muestra de eso es que mientras estuvo enclaustrada hizo lo posible por salvarnos a los tres!... las circunstancias y sus mismos traumas le impidieron pensar en un mejor plan que regalarnos, pero...!".

"¿Quieres por favor soltarme?", pidió Soji, "Y si dejas de gritar también me ayudaría a pensar en cómo salir de aquí".

Taiki obedeció y se puso de pie. Palpó la pared de la cueva y comenzó a caminar para estudiar el calabozo en donde estaba.

"Por el momento, por más que digas cosas buenas de esas personas, no me interesan... lo único que quiero es salir de aquí y regresar a Los Ángeles para a retomar mi vida".

"No me gusta que te creas tus mentiras...", dijo Taiki, bajando la voz, como si en esos momentos estuviera analizando algo.

Soji quiso replicar, pero se ahorró la poca saliva espumosa que cubría su paladar.

No era opción gastar sus energías con su doble. Deseó, por unos instantes, que el moreno se volviera a desmayar... el reencuentro le estaba pareciendo insoportable, la lluvia de sangre en su interior ya era un huracán.

"Esta cueva... juraría que es el lugar donde Akane estuvo encerrada cuando estaba gestándonos", el portador de la Unión se hincó, puso la cara en el suelo y se puso a olfatear el lugar como si fuera un sabueso. Soji lo miró con desagrado... en verdad esa persona tan parecida a él le parecía decepcionante.

"No huele a humano, pero bueno, ella estuvo aquí hace mucho", volvió a su posición de humano y siguió palpando la cueva, "estoy casi seguro de que estamos en el Digimundo".

"No importa el lugar que exista afuera de esta celda, sólo importa salir de aquí", opinó el trillizo más pequeño.

"Me desmayé antes de que me capturaran y ya no supe que pasó, pero si estamos en el Digimundo sería excelente", opinó el otro, "tú no lo sabes hermanito, pero aquí hay magia".

"No me llames 'hermanito'".

"A mí no me vas a corregir sobre como llamarte, no seas absurdo", peleó, luego se golpeó la cabeza con su puño, "Demonios... si May estuviera conmigo no hubiera tenido un encuentro tan mediocre contigo; ella siempre sabe cómo hacer para que me porte bien".

"...", Soji no replicó nada audible.

Inesperadamente, Taiki caminó hasta él y se dejó caer frente a su mellizo.

"Te voy a abrazar", avisó.

"Preferiría que no", pidió el otro, tensándose.

"No me importa que no quieras o que me odies, ¡eres mi hermano!, y si no te abrazo ahora puede que nunca llegue a hacerlo".

Con el brazo sano agarró uno de los hombros de Soji y trató de acercarlo a él. El cuerpo de su consanguíneo estaba tieso, parecía ahora mismo una estatua fría y negada de afecto.

"¿Se te hacen muy afeminados los abrazos entre hermanos? ¿O cuál es tu problema?, ¡sólo finge que me abrazas si tanto me odias!", exigió.

"Eres peor que Yagami", fue la respuesta de Soji.

La petición infantil y la cara desesperada de su clon hicieron que Miyagi aflojara un poco los hombros y cediera.

Taiki no desaprovechó la oportunidad, aunque el abrazo que le dedicó fue muy corto y brusco.

No se le daban bien esas muestras de afecto. Ni siquiera se había visto tan meloso cuando había conocido a Hidemi, cinco años atrás.

"Me siento tan jodidamente raro", sinceró.

"¿Primo Taik?", Min llamó a su primo de manera adormilada.

"¡Preciosa, despertaste!", Taiki fue hasta donde estaba la niña y se la echó en brazos sin importarle su fractura.

"Estaba soñando con Hikaru, Soji también estaba ahí", dijo la dueña del Emblema de los Milagros.

"Ah, sí… ¿Con Hikaru dices?, no sé quien será, aunque seguramente alguien importante ¿no?".

"Sí", respondió con alegría la hija de Takeru y Hikari.

"... ¿era un buen sueño?", preguntó Taik.

Min la pensó un rato y luego asintió.

"Todavía está un poco triste y feo, pero si de verdad lo creemos, el sueño se hará bonito", aseguró la nena.

"Sí, tienes razón, en los sueños se puede lograr lo que sea".

"Primo Taik, ¿te gusta tu hermanito?", interrogó Minagawa.

"¡Sí!, mucho más de lo que te imaginas ".

"¡Eso mola!, ¿verdad primo Soji?", cuestionó Takaishi.

Soji no pudo evitar asentir, porque esa pequeña era sencillamente encantadora.

"No te preocupes Min-chan, vamos a salir de aquí y le ganaremos la batalla a los malos, ¡déjaselo todo a tu primo Taiki!".

"Sí… también voy a pedir un milagro dorado", dijo la nena.

Y juntó sus manos, como si fuera un ángel.

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Continúa en el 9.2…

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Gracias por leerme, espero que el capítulo les haya gustado.

A mí me ha divertido escribirlo a pesar de que le sufrí mucho con el cambio de narrador… era necesario fluir un poco más la trama, y cuando me enfoco en los POV me tardo mucho (aunque pronto volverán. Es lo bueno de los fics, se vale cambiar de estructura narrativa).

En este capi pudimos ver un poco de acción con el enfrentamiento de Hide y Sei contra Beelzemon, el cual aunque está molesto, no ha mostrado su verdadera fuerza y sólo está, por así decirlo, jugando con la carnada. Lo que no sabe ese Demon Lord es que los elegidos de la Esperanza y la Libertad tienen un plan B que puede que funcione.

También pude darme el lujo de escribir más sobre la familia Ichijouji, la cual me divierte horrores… especialmente Sato-kun, quien quizás es el niño más precoz del mundo xD. La interacción entre Kurumi y Ken también me divirtió… y bueno, al menos ya se encontraron con Daisuke, Takeru, Joe, Sora, Kari, Cody y los demás, quienes a su vez van a ir a buscar al lindo de Yama.

Tuve que quitar del episodio la participación de Doguen y May porque quedaba muy larga, pero para el próximo capi sabrán más de ellos y del pequeño Calumon y Akane Fujiyama.

Y, pues… ¡Apareció un nuevo personaje!, se llama Koemi y supongo que di pistas de quien puede ser… la chiquilla fue teletransportada por Osen (aunque todavía no sabemos bien cómo), el caso es que ese personaje me ayudó a despertar a Tai y los Izumi, los cuales estaban idos por culpa de un hechizo del Demon Lord Barbitas (como diría el Gran Ben).

Cierro el capítulo con el reencuentro de So-chan con Taik, el cual fue amargo, oscuro, pero a mi juicio entendible.

¿Les ha gustado? Ojalá que sí…

Para la próxima espero POR FIN hacer el encuentro de los trimelos. También sabremos más de los misteriosos niños que están ayudando a los elegidos.

Las preguntas son:

¿Podrán Hidemi y Seiyuro materializar los dibujos de Zetaro como ocurrió durante las Memorias Borradas? ¿Podrá encontrar Doguen al esquivo Calumon? ¿Qué diablos hace ese digimon de Tammers en mi fic? ¿Capturará Beelzemon al tercio del Apócrifo restante? ¿Despertará Benji con la ayuda de las flores de la armonía que tiene Hikari? ¿Lograrán descifrar el mensaje que dejó Koemi? ¿Recuperará Osen la curiosidad? ¿Volverá a hablarle a Zet y lo perdonará por ser Óleo? ¿Lograrán Soji y Taiki olvidar sus diferencias para idear un plan y salir de ahí? ¿Cómo se hará bonito el sueño de Minagawa? ¿Volverá Tulo a hacerse pis? ¿Encontrarán Sora y Ken a Yamato? ¿Qué están haciendo May y Akane? ¿De verdad están en el Mar de la Oscuridad? ¿Qué pasará con el embarazo de Yuri? ¿Cuándo sabrá Iori la verdad? ¿Es mi imaginación o cada vez hay más preguntas y menos respuestas?, jaja, gracias por seguir leyendo.

Nos vemos en la siguiente entrega.

Saludos.

CieloCriss.

(*) Ramune es una bebida muy popular en Japón. Creo es una bebida gaseosa y hay de varios sabores. (Muy rica y tiene un envase muy curioso que incluye una canica).