Despedida
Este no es cuento. Esta no es una historia de amor.
Siéntense y oigan, esta vieja, triste y a su vez extraña historia.
Un ser inocente y un cruel destino. Si, algo así creo que es una manera digna de empezarlo.
Déjenme que les cuente sobre él. Sobre este chico.
El ser que destruyo este bosque.
Érase una vez, en un reino de prosperidad llamado Liemich, en los límites de una zona boscosa la existencia de una solitaria cabaña. En ese pequeño hogar convivían tres personas, una pareja de adultos y un adorable niño, este niño se llamaba Noah, al cual los pocos conocidos nombraban cariñosamente como: caperucita roja. La razón de este apodo era que el siempre vestía una llamativa caperuza roja con la cual estaba encariñado por ser regalo de su padre a su corta edad de cinco años.
En realidad, fue un simple capricho por parte del hombre. A pesar de que él sabía que su hijo era un varón, su padre no pudo evitar comprarlo al imaginarse a su niño vestido en ella, y tal como pensó tampoco hubo problema cuando se la puso debido a la engañosa apariencia que poseía el pequeño.
Los dones que otorgaban los dioses podrían variar en cada ser que venía a este mundo: una inteligencia superior a cualquier ser vivo, fuerza capaz de derrumbar miles de soldados, un liderazgo que podría dominar batallones enteros y múltiples capacidades que podrían formar a un humano formidable. Pues, en el caso de este chico, fue uno y solo un don lo que lo caracterizaba al punto de desbordarlo.
La belleza.
Una piel blanca como jade, cabellos hilados por oro puro, labios delgados del color de los cerezos. Su rostro era tan fino como bien de los dioses y lo acompañaban un par de ojos bañados en el color de un cielo despejado. Brillantes y llenos de vida. Todo su ser era una pintura de un arcángel de los cielos.
Su encanto era tan grande que incluso si se pudiera comparar cualquiera diría, aunque secretamente, que era capaz de sobrepasar hasta a las tan aclamadas bellezas nobles del reino. Claro, cosa que no ocurrió debido a que él vivía en una zona muy muy alejada de toda sociedad, como una pared invisible, parecía ilusoriamente que fueran los únicos humanos en el pequeño trecho de tierra en el que convivían.
Su infancia corrió serenamente al lado de los dos seres que más amaba y el eco suave de los animales salvajes. Sus distracciones solo eran cocinar, limpiar, leer libros viejos de hojas amarillentas que traía su padre del pueblo o paseos regulares que daban no muy lejos de su hogar.
«No entres al bosque, Noah. Por nada en el mundo, nadie debe verte, —La mirada de esa persona era severa, pero levemente amable, tenía una calidez casi imperceptible. — ese lugar es demasiado peligroso e inseguro para ti.» Le advertía su padre siempre que notaba su brillante mirada observando el más allá donde los robles crecían sin límites, como si solo el hecho de observarlo fuera una cosa inconcebible. En momentos así no replicaba, obedientemente retraía la mirada y asentía, porque sabía que era por su bien. Su padre siempre sería su protector más preciado.
Ojala en verdad estas hubieran sido la totalidad de sus intenciones, si bien eran palabras sinceras para el niño, estas ocultaban una carga enorme que él mismo se habría prometido llevar hasta el fin de sus días.
Los años pasaron totalmente perezosos en ese tranquilo lugar y el pequeño niño creció hasta volverse finalmente en un enérgico adolescente de quince años. Con el correr del tiempo, la hermosura aniñada de aquella joven criatura se pulía y maduraba, dándole un aura agraciada y cautivadora. Lastimosamente, su cuerpo no había llegado a la plenitud de un completo desarrollo, dándole una belleza exquisitamente andrógina.
Sin embargo, el problema que persistía durante el tiempo que paso no derivo en su refinada madurez. Sino de su progenitora. Ahora que Noah parecía estar en la flor de su juventud, la mujer parecía cada vez más alterada y al punto de enloquecer.
El odio la consumía desde que dio a luz al niño a quien ella reconocía como el protagonista de la caída de su vida al estado bajo y solitario en el que se encontraba ahora. Su voz frágil, sus ojos sinceros, su tacto dulce, cada vez que le hablaba y la reconfortaba con esa apariencia hecha por los cielos sentía como un dolor quemaba su estómago como si este fuera a desgarrarse. Lo había repudiado desde bebé, pero a medida que crecía, empeoró más y más, la ira acrecentaba de una manera tan errática que escupía sangre agría y caía enferma regularmente.
El doctor del pueblo no pudo hallarle una cura clara, puesto a que todo el origen de la enfermedad era mental y en eso, él no tenía ningún remedio. Solo podía darles calmantes cada cierto tiempo para que no se alterase más de lo normal y recomendarle al padre que el niño no tuviera mucho contacto con ella, por lo menos, hasta que se tomara su medicina.
Era difícil. El hombre trabajaba de día y volvía al anochecer, aún si quisiera quedarse a cuidarlos no podría dedicarles todo su tiempo. Su única solución fue darle medicina a la mujer cada mañana y dejar al pequeño Noah "cuidar" de ella hasta su regreso.
Al principio, el problema se pudo sobrellevar lentamente con pequeños "accidentes", sin embargo, las cosas al final terminaron por subir de nivel al punto que dejarlos solos ya suponía un peligro. Algunos días, cuando la medicina mañanera era tirada en secreto por la madre, ella aprovechó la niñez de Noah, solía tomarle de las manitas y encerrarlo en el sótano para dejarlo sin comer durante horas o abandonarlo en medio del bosque con la esperanza de perderlo. Era una rutina enfermiza que soportó unos cuantos años hasta que comprendió la personalidad de su mamá y ya no pudo engañarlo más.
A sus ojos, ella representaba todo lo contrario a su padre, un hombre justo que lo cuidaba y protegía como podía.
Si lo abandonaba, lo recogería. Si no había comido, traería comida. Si estaba herido, lo curaría y si quería amor, se lo daría. La primera vez que Noah fue dejado lloro como nunca, pero ahora no, porque cada vez que se sintiera solo su padre estaba junto a él y siempre iría por él.
Confiaba en eso. Confiaba en él.
Lastimosamente, las tragedias nunca pararían de llegar para Noah. Este fue un trago amargo que tuvo que aprender a sobrellevar con los años.
Fue un día misteriosamente soleado y cálido, mientras su padre se dirigía al pueblo a trabajar por la mañana en su rutina usual como leñador. Él había prometido volver antes del anochecer a casa para probar la nueva receta de guiso de res que había aprendido de uno de los tantos libros que le encantaban.
Estaba tan feliz que el hecho de que su mamá le despreciara la comida y le lanzara el plato hirviendo poco importo, para su pesar, ya estaba acostumbrado.
Su cabeza estaba llena de felicidad y una sonrisa boba se le escapaba con solo imaginar la llegada de su familiar más preciado, comer juntos acompañados de la chimenea crepitante y oírlo decir lo mucho que le gustaba su cocina con esa sonrisa imperceptible.
De la emoción misma espero sentado junto a la ventana como un cachorro esperando por su dueño. Sabía que recién empezaba el atardecer, mas la emoción lo volvió impaciente. Sus dedos tanteaban un libro de herbología mientras echaba miraditas distraídas en el único camino hasta su hogar y un reloj de pared.
El cielo comenzaba a oscurecer dando anuncio que el sol ya estaba por esconderse. El cuco en el reloj salió por quinta vez. No aparecía.
Al principio el temor no vino a él. Podría simplemente haberse atrasado en sus deberes. Siguió esperando hasta que el sol cayó en picada y el cielo se tiño de un negro azabache; los nervios empezaron a florecer. Se quedó pegado a la ventana expectante de la sombra familiar de su padre.
Paso un tiempo hasta que la luna silenciosa pudo reflejar unas sombras moverse alrededor de la entrada trayendo la emoción de vuelta al rostro de Noah, pero su expresión se distorsionó cuando se percató de que se trataba de dos hombres que conocía, no su padre. Estos mismos se acercaron, tocaron su portón de madera a grandes golpes y su madre que pasaba por allí los atendió.
Desde una esquina curioseo la conversación de los adultos, el primer hombre que reconoció era un anciano de barba larga y perfil aguileño, era el jefe de los leñadores del pueblo. A su lado estaba un señor más flaco y nervioso, tenía un rubio cobrizo y su piel natural morena parecía anormalmente pálida como el de un muerto, este era uno de los colegas más cercanos de su padre.
Sus ojos se posaron en él notando como su cuerpo temblaba como si la cálida noche fuera ajena a su cuerpo. Su expresión era aterradora, tenía los ojos desencajados e inyectados de sangre, parecía incapaz de articular alguna palabra. Eso peso en su mente y Noah comenzó a asustarse también.
— ¿D-De que estas hablando? —Capto la voz de su madre. Su tono era chillón y asustado, sus uñas estaban clavadas en el marco de la puerta como si temiera desfallecer. — Por favor, s-sea claro…
— Empezamos a sospechar porque él es un trabajador responsable y hoy me pidió salir temprano, así que envíe a este hombre de aquí a buscarlo porque a él no le gusta pasarse sus horarios, pero… —El jefe de los leñadores tomo un pañuelo arrugado de su bolsillo y se limpió el sudor que caía excesivamente de su frente. — para ese entonces él ya estaba muerto. No pudimos traer su cuerpo, los soldados a los que notificamos dicen que es un asesinato. Lo lamentamos mucho, señora.
Al mencionar eso, el conocido de su padre se petrificó y pudo notar las náuseas en él como si el recuerdo lo mareara. Escuchando atentamente lo que decían. Sus rodillas flaquearon y chocaron contra la madera del suelo.
Se sintió aturdido. ¿Quizás era una mentira? Realmente no pudo razonar ni recordar lo que paso después, ni cuando vio a su madre soltar un grito desgarrador y desmayarse.
Al amanecer siguiente, su madre madrugó sin decirle nada y se fue de la casa. Ella no volvió hasta dos días después con un par de hombres desconocidos que traían un ataúd de madera tallada. Lo apoyaron suavemente en la entrada y siguieron a su madre a una zona no tan alejada de su hogar donde les ordeno que debían cavar una fosa.
Ella se quedó con ellos para vigilar su trabajo y Noah aprovecho esa oportunidad para escabullirse de casa. Camino hasta la entrada principal comprobando que no hubiera nadie y cuidadosamente destapo el ataúd. Ellos no tenían dinero para tal lujo, probablemente esto fuera cosa de los ex colegas de su padre como modo de despedida.
Cuando sus dedos liberaron el contenido un ligero aroma a putrefacción atacó su nariz. Su expresión se agrio un poco e ignorando el hedor miro dentro. Notó a su padre allí, tan tranquilo como si estuviera durmiendo. Los rulos desordenados habían sido peinados en una coleta, vestía su ropa limpia de leñador e incluso la barba característica había sido afeitada.
Se había esperado una cosa peor al recordar las expresiones de los hombres de la otra noche y al notar la cara casi moribunda de su madre al llegar, pero estaba bien. Hurgo su ropa por un rato buscando señales. Su padre estaba bien. Sus manos, su rostro, su cuerpo entero se veía en buen estado.
Sus dedos al final tantearon su nariz permaneciendo un buen rato mientras su cuerpo temblaba.
«Sin embargo, ¿porque si te ves tan bien no estas respirando?» Quizás fuera por la misma impresión del día inicial o el temor de pérdida que no pudo sentir nada. Había pasado los días en que estuvo solo en un silencio extraño como si nada hubiera pasado. Ahora, con su padre sin decirle nada en sus manos. Su corazón se rompió frente a esa serena expresión.
Por primera vez en esos estresantes días pudo llorar a gusto. Lloro y grito, todo lo que pudo hasta que su garganta se secó de dolor. Cuando acabo, se limpió la cara con las mangas de su camisa, fue a su patio y tomó muchas flores del jardín, llenando el ataúd de coloridos pétalos. No quería que su padre se fuera de una manera tan triste. Por último, coloco un memorial entre las manos de su padre. Se quedó mirándolas un largo rato deseando que le acariciara la cabeza como siempre.
Finalmente, cuando pudo despegarse de esa idea, cerro lentamente el ataúd. Su corazón aún se resistía a aceptar esa realidad. Cuando acabo solo se recostó sobre él como cuando hacía de pequeño, esperando con paciencia la llegada de la despedida definitiva.
Después de un pequeño funeral nocturno donde se encontraban solo su mamá y él, todo termino. Paso medio año de investigación después de aquello. No hubo pistas, ni armas, el asesino no dejo huellas ni testigos, lo único que había dejado aquella persona fue el cuerpo de un eterno dormido, una pila recién cortada de leña y un manojo de libros nuevos que le había rogado que le consiguiera a pesar de sus rotundos no.
Conseguir libros era difícil en un país donde el pueblo solo concertaba aprender las bases de matemáticas básicas, leer y escribir de la escuela pública para manejar su vida diaria. No eran la nobleza, de por sí tener ya más de tres libros que no fueran cuentos para niños era un milagro. Él le consiguió ocho de ellos. Él era un mentiroso, incluso con su severidad sabía que lo amaba y si podía consentirlo lo haría. Solo que esta vez hubiera preferido mil veces su vida que esos libros.
Después de un mes más de investigación archivaron el caso como uno no resuelto.
Una mañana, la madre de caperucita que andaba por el pueblo a hacer las compras semanales para su cabaña fue atraída por el estruendoso cotilleo de sus amigas. Fue una sorpresa. Las mujeres mayores hablaban de su marido, específicamente sobre la madre de su esposo, una mujer que nunca llego a conocer, pero si sabía de ella por su gran fama en el pueblo y el reino.
No era de menos tampoco, si esa mujer no era otra que la famosa diseñadora imperial de la reina de Liemich, Erina Simert, incluso entre tantos talentos, ella era su favorita. Los diseños creativos que hizo en vestidos cuando se mostraron por primera vez llamo la atención de muchas damas nobles, marcando modas por temporadas, elevando su fama al punto que la misma princesa heredera de ese entonces la tomo para sí misma.
Al parecer la noticia de los periódicos decía que la anciana había caído enferma hace poco y estaba tomando un descanso de su oficio.
Aunque era una nota interesante, claro que eso no era lo que atrajo su atención, sino la siguiente frase: «Según los rumores se dice que vive en la parte más densa del bosque, casi en el interior de la zona prohibida, ¿a que no te da miedo? ¡No hay duda que es una mujer excéntrica!»
Solo esa oración fue suficiente. No hizo preguntas ni confirmo los hechos. Su rostro enfermizo, como si de un hechizo tratara se puso mucho más brillante y tomó un color semi rosáceo cuando una sonrisa se le escapo. Una idea pico persistente en su cabeza.
En definitiva, alguien había oído su grito de auxilio después de años.
Al llegar a su casa en una carrera fugaz se puso manos a la obra con suma emoción, la idea que tuvo se repetía en su mente muchas veces como tentándola a que se apurara. En un canasto de paja coloco muchas cosas: fruta, vino, queso y una tarta de manzana recién horneada. Cuando todo estuvo listo, tomó aire, aliso su vestido y empezó a llamar a caperucita con un dulzor desconocido.
— ¡Noah! ¿Dónde estás? —Grito la mujer casi en éxtasis desde la cocina. Abrió una de las ventanas y miro hacia afuera, conocía la rutina de su hijo, a esas horas probablemente estuviera dando un paseo afuera. — ¿Noah?
— ¡Por aquí! —Tal cual como lo imagino, el joven al que llamaba estaba allí. Sentado bajo la sombra de un árbol leyendo un grueso libro rojo.
El chico se levantó de su lugar y se acercó a ella desde la ventana. Noah llevaba una camisa blanca con mangas sueltas y unos pantaloncillos cortos oscuros. Sus bonitos mechones dorados relucieron con los cálidos rayos solares dándole un aire majestuoso.
La mujer casi se atraganta con su propia sangre y se mordió la lengua en un ataque de celos. Tenía que contenerse ahora. Ya estaba por deshacerse de él.
— ¿Pasa algo? —Preguntó el rubio con una sonrisa curiosa y aferrando sus manos al marco de la ventana.
— Si… —La mujer se dio ánimos para calmarse y cuando estuvo preparada dio rienda a su actuación. Soltó un sonoro suspiro triste y miro al chico como quien le hubiera pegado. — A decir verdad hoy fui al pueblo y me entere de algo terrible, ¿sabes?
— ¿Enserio?
— Um, ¡Tu abuela ha enfermado! Dicen que es tan grave que ha tenido que dejar de trabajar. Estoy muy preocupada por ella, ahora que tu padre no está aquí, no hay quien la cuide y por ello le hice este cesto de comida para que se mejore sin querer... ¡Ah, pero tengo que hacer el almuerzo!
Su rostro se mostró sorprendido, como si no hubiera pensado en ello. Sus hombros cayeron tristemente y unas lágrimas asomaron por sus ojos.
— Ahora que hare, ya hice la comida... —Su tono bajo cada vez más a un susurro. Parecía una persona muy lamentable cuando dijo: Mi querido Noah, ¿no te molestaría llevarlo tú? Tu madre es tan torpe que se olvidó por completo de nosotros…
La señora puso una cara suplicante ante el chico, ella sabía de su buen corazón, nunca diría no si la veía de esa manera. El chico miro los ojos de la mujer con detenimiento, la mujer al percatarse también lo miro, pero antes de poder alcanzarlo el chico esquivo la mirada.
— ¿No hay alguna manera de ir juntos? Si voy con mamá la abuela podría ser aún más feliz.
— P-Pero está enferma, Noah, ¡no podemos molestar con tanta gente a tu abuela! —«¡No malogres mis planes!» — Creo que con llevarle la comida estará bien, tiene buenos sirvientes que la trataran muy bien.
— Si… —Noah hizo una expresión complicada, pero finalmente asintió.
— ¿Entonces?
— Está bien, si es lo que deseas lo haré, aunque... —rio nerviosamente— yo no sé cómo llegar. La abuela suele cambiar de casa muchas veces.
— ¡Gracias, no sabes cuan feliz me haces! —Rio triunfante y se contuvo de no extasiarse tanto. — No te preocupes por pequeños detalles. Te dibujare un mapa así no te perderás.
Le dio unas cuantas caricias en la cabeza con confianza mientras le daba una de esas sonrisas fingidas de alegría que tanto había practicado en medio de su camino a casa. Noah siguió mirándola y sonrió dulcemente.
— No gracias a ti, yo también estaba empezando a preocuparme por la abuela, así que no tienes que agradecerme. Estoy seguro de que se pondrá feliz al saber que te preocupas por ella.
— Estoy segura de eso también. —Se atrevió a decir la mujer— Te lo agradezco, ve a la entrada. Dibujaré el mapa para ti y te lo llevo.
Noah asintió nuevamente y la mujer se retiró de la cocina a paso rápido. ¡Es que simplemente no podía contenerlo!
Apenas estuvo fuera de vista del chico, una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro de par a par. Su plan había dado efecto.
Busco un mapa en una de las mesitas del salón y lo sacó extendiéndolo sobre la mesa del comedor. Mirándolo fijamente busco la zona mencionada hasta que por fin lo encontró.
La zona prohibida donde se advirtió a todo el pueblo de no ir. Un bosque donde se dice que la gente que entra allí no vuelve a salir debido a que ese lugar está habitado de lobos, y no unos cualquiera. Ellos tienen la habilidad de ser humanos, son seres salvajes los cuales al encontrar humanos profanando su territorio, desgarran su carne y se lo comen sin compasión alguna.
Un lugar perfecto si quieres morir. Nada mejor que este lugar llamado «Artemis»
La noticia de la abuela de Noah fue una bendición. Con la muerte de su pareja y un niño sin defensa. No había necesidad de abandonar su casa si ya no había nadie quien volviera, ¿no?
Empezó a dibujar con mano ágil todo el trayecto hasta el bosque, su mente retorcida disfrutaba cada trazo que daba, ella lo sabía esta era la única forma, la única forma de deshacerse de ese ser que la belleza le robo.
Nunca más envidiaría ese rostro, nunca más oiría esa engañosa voz angelical, nunca más tendría que soportar a esa bestia, nunca más se lamentaría de nada.
¡Nunca, nunca, NUNCA! ¡NUNCA JAMAS SABRÍA MÁS DE ÉL!
Minutos después, la mujer salió con el croquis en una mano y en la otra llevaba la canasta, que finalmente entrego al chico. El chico los recibió y hecho una ojeada al mapa. La mujer no lo noto, pero Noah cambio una poco de expresión al verlo, no obstante, no dijo nada y se limitó a guardarlo en el bolsillo.
— Muy bien, guíate de esto, no te distraigas y no tomes otros caminos que no sean los que yo dibuje. —Su tono decía que se lo estaba diciendo realmente enserio.
— Lo haré, no te preocupes por mí, ya soy grande y puedo cuidarme solo aunque no lo parezca. —al decir esto el chico sonrío con dulzura hacia su madre provocándole un gruñido reprimido.
— Si lo sé, has crecido mucho. —Ya cansada de la conversación intento cerrarla, ahora, solo quería que todo esto acabara de una vez. Ya iba siendo momento de que ella hiciera lo suyo. — Muy bien entonces, mejor te vas ahora, quiero que llegues a tiempo para el almuerzo de más tarde, haré un pequeño banquete hoy.
— Jejeje~ está bien —Noah rio cantarinamente y se inclinó a modo de despedida. — Ya me voy, cuídate, te aseguro que volveré pronto.
— Sí, nos vemos. —«Aunque estoy segura de lo último no me lo cumplirás.»— Regresa pronto.
El chico asintió y empezó a caminar a paso lento hacia la puerta, su respiración se sentía algo pesada, pero su sonrisa se mantenía imperturbable. Cuando al fin todo parecía acabar, a la vez que su sombra casi desaparecía por la puerta miro hacia atrás con aire triste y se fijó a los ojos de su madre lleno de dolor.
— ¿Qué sucede, Noah?
La mujer ansiosa lo miro. El chico se tomó su tiempo, negó con la cabeza y se acercó a ella. Tomándola cuidadosamente del hombro, una calidez la tomo desprevenida, le había besado la mejilla.
— Adiós madre, enserio cuídate, por favor. Come bien, recuerda tender la ropa mañana y dormir tus horas como se debe siempre. No te sobre esfuerces con el trabajo. Ni hagas movimientos bruscos... yo... —Su voz comenzó a romperse. Sus mangas se fueron por un momento a sus ojos en un movimiento rápido y tomo aire para continuar. Apretó los labios antes de decir: — Mami, te quiero, lo sabes, ¿verdad? Jamás podría odiarte.
Noah le ofreció la mejor de sus sonrisas. Tan adorable y tan llena de dolor al mismo tiempo.
Luego de esto, salió rápidamente mientras cerraba la puerta tras él. Corrió, dejándolo todo atrás, corrió porque quería olvidarse de todo. Porque tenía que hacerlo. Ya no tenía más opciones que ir. Su destino estaba colapsando y su único salvador ya no existía en este mundo.
La mujer por su parte, al ver lo último quedo petrificada, esa no era la primera vez que oía esas palabras de aquel chico, pero lo sintió. Su interior se lo decía. «El chico lo sabe.»
El significado de esas palabras eran su último adiós, sabía que ya no lo quería aquí más, entonces, ¿por qué se fue? ¿Porque le hizo caso? ¿Por qué no quedarse y deshacerse de ella?
¿Por qué? ¿Por qué? ¿POR QUÉ?
¿Amarla? ¡Patrañas! ¡Esas eran meras mentiras dulces! ¡Ella siempre lo trato mal, ¿cómo podría amarla?!
—T-Tú no lo entenderías, lo que he sufrido por tu culpa —susurro mientras elevaba sus manos hacia sus cabellos. — ¡Todo, lo perdí todo por tu maldita culpa! Mi esposo, mi belleza, mi dinero, sé que me odias, lo sé, ¡a mí no me engañas! ¡No me mientas sé que me odias tanto como yo te odio a ti! ¡Yo... yo a ti te odio!
Su pecho se sintió pesado. Trato de apoyarse en algo, pero igual cayó contra el suelo golpeándose con una mesita en el proceso. El raspón provoco un poco de sangre, pero de ella no salió quejido. Seguía ensimismada consigo misma.
— Está bien nunca más nos veremos, —una mueca vacía era ahora su rostro. — ¡Jajaja! Cierto nunca más nos veremos, mi plan funciono a la perfección, ahora yo soy libre, los hombres por fin se fijaran en mí. Nadie me mirara desde abajo yo... yo, tú no eres mi hijo, tu eres hijo de ese demonio... yo... Yo...
Intento pensar en que más quejarse. Su cabeza palpitaba, le dolía. Ya no podía pensar más, si lo hacia el dolor se haría insoportable. Quería silencio. Que todo simplemente ya se esfumará. Cuando estaba por conseguir su paz el último murmuro que la derribo fue un «Te quiero mucho» que resonó en su cabeza como un eco. Ya no podía más. No pudo razonar, ni siquiera percatarse que sus labios se abrieron con fuerza y entonces…
Gritó. Grito tan fuerte y tan duro que podía oírse por todo el lugar.
La mujer de forma inconsciente empezó a jalar sus cabellos y arrancárselos mientras gritaba eufórica, eran todo un conjunto de gritos: desgarradores, desesperados, con ira, con amargura, unos gritos que helaban la sangre.
Aquellos gritos retumbaban en las paredes de la casa y hacia vibrar las ventanas como si una masacre ocurriese adentro, pero de todos ellos había uno que resaltaba y ese era el que marcaba su último adiós.
Después de aquello, a Noah nunca lo volvió a ver.
