Narcisa había intentado averiguar qué estaba pasando pero su hijo no le daba respuestas, así que tomó la decisión de hablar con la otra persona que podía contarle lo que pasó. La citó en el callejón Diagon, en un lugar muy discreto para tomar el té. Mientras la estaba esperando se preguntó si había sido una buena idea, ya que no le gustaba inmiscuirse en los asuntos de su hijo… pero verlo en la situación tan precaria que se encontraba le dio la respuesta: sí, era necesario.
Hermione entró al lugar en busca de la persona con la que se había citado. Se le acercó una chica muy amable que la condujo hasta la mesa en la que ya la esperaban.
—Señora Malfoy, buenas tardes —saludó cortésmente.
—Narcisa, por favor, ya te he dicho que no me hables de usted.
—Lo lamento Narcisa —contestó avergonzada.
—Siéntate por favor, ¿cómo estás? —preguntó tomándola de la mano.
A Hermione le sorprendió un poco el gesto, pero no sé sintió incomoda en ningún momento, al contrario, le pareció de lo más sincero.
—Bien, gracias, con mucho trabajo.
Narcisa la miró con tristeza. Ella sabía perfectamente que no estaba bien, si su hijo estaba sufriendo ella tendría que estar en las mismas condiciones, solo que se esforzaba en disimular.
—Querida, ambas sabemos que no es así —contestó con mucha seguridad la mujer—. Si me atreví a buscarte es porque me imagino que esto debe ser muy doloroso para ti.
Hermione dudó por un momento si debía abrir su corazón y ser sincera con ella, a fin de cuentas era la madre de Draco, pero algo en sus ojos la hizo sentirse con la confianza suficiente para contarle su versión.
Habló de cómo presintió que algo estaba pasando con Draco, intentó averiguar qué, pero él se rehusaba a hablar con ella, y cuando creyó que las cosas mejorarían, la decisión de él la desarmó por completo.
Narcisa escuchó con mucha atención todo lo que la chica le contó y sintió todo el dolor que estaba padeciendo.
Cuando la castaña hizo una larga pausa ella se atrevió a hablar.
—Querida lo siento tanto, sé que debe haber sido un golpe muy duro, sobre todo que sucediera a solo meses de la boda.
Hermione asintió tristemente.
—Sabes, aún no logro entender por qué dejó de amarme.
La elegante mujer soltó una carcajada que descolocó a la chica.
—Hermione, por Merlín. ¿Realmente crees que mi hijo ya no te ama? —le preguntó—. No me lo tomes a mal querida, ¿pero no se supone que eres la bruja más inteligente de tu generación?
No sabía si sentirse halagada u ofendida.
—Al principio pensé que solo era un mal día y que necesitaba estar solo, pero no regresó, y al pasar las semanas llegué a esa conclusión, solo podía alejarse por que dejó de amarme.
La rubia sonrió con una mezcla de tristeza y comprensión, si había alguien que conocía a su hijo era ella y sabía perfectamente que él estaba completamente enamorado de esa chica
—Hermione déjame contarte una cosa, cuando Draco era pequeño lo único que quería era complacer a su padre, desgraciadamente Lucius tomó decisiones equivocadas y yo no fui capaz de enfrentarme a él y decirle que no era correcto lo que estaba haciendo. Eso llevó a mi hijo a hacer cosas terribles que lo marcaron para siempre, y es un peso que nunca voy a poder perdonarme, pero cuando llegaste tú y correspondiste su amor, mi hijo cambió y yo me di cuenta de que renació. Se le estaba dando otra oportunidad. Pero Draco no se ha perdonado, no se siente merecedor de ti, no quiere arrastrarte a lo que él considera una mala vida, una donde sabe que te van a señalar por elegir estar con un mortífago. Y si tuvieran hijos él no podría soportar que los vieran mal por ser portadores del apellido Malfoy. Pero créeme querida, mi hijo te ama más que nada en esta vida.
Hermione escuchó atentamente a la hermosa dama y por un momento una llama de esperanza se albergó en su corazón.
—Narcisa, yo lo amo, pero no puedo y no quiero obligarlo a estar conmigo.
—Lo sé, si te pedí vernos no es para decirte que le ruegues a mi hijo, créeme los hombres a veces necesitan perdernos para valorarnos, solo quería saber si seguías amándolo.
La chica sonrió y asintió.
La conversación siguió por un rato más en lo que bebieron su té, después se despidieron con un abrazo cálido y cada una tomó un rumbo diferente.
La castaña se apareció en su departamento y la rubia decidió que haría una visita antes de volver a su mansión.
Llamó a la puerta y un minuto después apareció frente a ella el padrino de su hijo.
—¿A qué debo el honor, Narcisa? —preguntó el hombre.
—Severus, ¿puedo pasar?
Avanzaron a la sala de la casa y tomaron asiento uno frente al otro.
—Draco no está bien —dijo la mujer.
—Y qué te hace pensar que eso me interesa —contestó con desgana el profesor.
—Severus, por favor, conmigo no tienes que fingir, te conozco perfectamente y sé cuánto aprecias a mi hijo.
Severus suspiró y, resignado, respondió:
—¿Qué está pasando?
—Draco abandonó a Hermione —respondió.
