El despacho estaba en silencio cuando entró. Observó a su alrededor, todo tan impecable y elegante como siempre. Apenas se notaban algunos cambios de cuando ese lugar era ocupado por Lucius Malfoy. Su ahijado le había dado un toque más moderno que le daba un aspecto menos lúgubre, pero aún así lograba recordarle sus tantas reuniones ahí… Un movimiento al fondo del escritorio lo sacó de sus cavilaciones.
—No me digas que mi madre te hizo venir.
—Los dos sabemos que a esa mujer no se le puede decir que no.
—¿Se puede saber qué quiere que hagas?
—Tiene la idea, equivocada, por cierto, de que yo puedo hacerte cambiar de opinión.
—Que ingenua es mi madre, ¿no te parece, Severus?
El hombre tomó asiento frente a Draco, pensando en que Narcisa tenía razón: el chico lucía bastante decaído, aunque se esforzaba en disimular. Si algo había heredado de su padre era ese tonto orgullo de pretender que los Malfoy no necesitan la ayuda de nadie. Le era tan familiar el sentimiento… él mismo pasó años haciendo lo mismo, pero con la guerra había aprendido que cargar su dolor sin que nadie supiera de su realidad no había servido de nada.
—Mira, Draco, yo no soy nadie para decirte si lo que estás haciendo es lo correcto —suspiró—, pero con toda sinceridad te digo que llevo años arrepentido por no darme la oportunidad de ser feliz.
—Severus, ¿tú con sentimentalismos?
Draco conocía demasiado bien a su padrino y sabía el sacrificio que había echo por Lily. Cuando salió la verdad a la luz y se supo que todo lo había hecho en nombre del amor que le tenía a ella fue como si fuera una persona diferente. Al menos para los demás, porque con él siempre había sido diferente, sin ser cariñoso, pero sabía que podía contar con él, incluso le evitó tener que matar al profesor Dumbledore.
Severus se puso de pie, dejando un frasco en la mesa, y sin decir una sola palabra salió del lugar.
El rubio, al ver el objeto, supo inmediatamente que eran recuerdos. Se preguntó qué pretendía con eso su padrino, estaba tan molesto por el hecho de que su madre hubiera buscado a Severus… ¿No podían dejarlo tranquilo en su miseria? No entendían que por las noches, cuando lograba conciliar el sueño, las pesadillas eran insoportables; las caras y los gritos de las personas que habían torturado frente a él; los ataques a los muggles que Voldemort le había obligado a liderar; la cara del profesor suplicando que no lo matará… pero, sobre todo, lo que no lo dejaba vivir en paz era la cara de Hermione al ser torturada frente a él en su propia mansión y cómo no había hecho nada para detener a Bella.
Salió del despacho hacia el jardín en busca de su madre. Estaba furioso. ¿Cómo se atrevía a llamar a Snape? Pero cuando llegó se sorprendió al ver que Narcisa no estaba sola. Ahí, frente a él, estaba Hermione.
Las mujeres se pusieron de pie al verlo llegar. Cuando el silencio se hizo incómodo, Narcisa se disculpó diciendo que iría por más té.
—Hola, Draco —dijo seriamente la castaña.
El chico estaba inmóvil, si alguien se hubiera acercado lo suficiente podría haber escuchado su corazón latir muy fuerte. Sus manos le sudaban y no cabía en sí del asombro.
—Hermione, ¿qué haces aquí?
—Vine a hablar con tu madre para cancelar lo que ya se había contratado para la boda —contestó con tristeza.
Sus palabras lo descolocaron. Una nueva ola de nostalgia atravesó su rostro. Se sentía tan culpable… Hermione nunca fue partidaria de una boda grande, pero estaba muy al pendiente de los preparativos con Narcisa y lo hacía con mucha ilusión, otro detalle que le causaba sufrimiento.
Se quedaron en silencio mirándose, cada uno pensando qué decir pero ninguno hablando en voz alta.
Hermione tenía una mezcla de sentimientos reflejados en el rostro; tristeza, rabia, dolor y amor. En su interior se estaba librando una batalla… su corazón pedía que corriera a abrazarlo pero su cerebro quería respuestas.
—¿Por qué, Draco?
El chico no contestó nada. No sabía cómo explicarle que la amaba tanto que no podía arrastrarla a una vida de señalamientos, de críticas y burlas por ser la esposa de un mortífago.
Hermione se llenó de furia. ¿Por qué ni siquiera tenía el valor de decirle que ya no la quería? Siempre le había gustado que le dijeran las cosas de frente.
—¿No vas a decir nada? —volvió a preguntar.
Al no recibir respuesta, tomó su bolso y abrigo y comenzó a caminar hacia la casa, pero cuando estaba a punto de entrar, lo escuchó hablar.
—Lo siento.
Ella se quedó quieta un momento, esperando que dijera algo más, pero como no lo hizo, siguió su camino en busca de Narcisa para despedirse.
