Capítulo 2: La efímera felicidad
Nubes oscuras y amenazantes se cernían sobre los edificios ese sábado mientras el taxi entraba en Baker Street. A pesar de ello, Hermione vio que las ventanas y las cortinas del 221 estaban abiertas, y cuando salió a la acera, de ellas salía el sonido de una radio con música rock de los 90. El conductor apenas había abierto el maletero para sacar las maletas cuando la Sra. Hudson apareció tarareando en el umbral, con un delantal floreado y guantes de goma de color rosa brillante. Con ella llegó un fuerte olor a limpiador de alfombras y lejía.
—¡Buenas tardes, querida! Estábamos ordenando un poco — la Sra. Hudson le sonrió.
—Buenas tardes, Sra. Hudson—. Hermione dejó una maleta a su lado. —No deberíais haberlo hecho. Podría haber ayudado.
—Tonterías—. Martha se giró hacia el pasillo y gritó. —¡John! ¡Hermione está aquí!
Mientras Hermione descargaba las últimas de sus escasas pertenencias, John apareció en lo alto de las escaleras y bajó trotando.
—Buenas tardes — John miró las cajas etiquetadas en la acera. Sus cejas se levantaron cómicamente —. ¿Es eso todo lo que tienes? ¿Libros?
Hermione señaló las dos grandes maletas que había en la puerta. —¡También tengo ropa! Y hay un par de cajas con zapatos.
John sacudió su cabeza, sonriendo. —Vamos a meter todo esto dentro e instalarte —.Sin esperar una respuesta, John tomó la maleta más grande y desapareció escaleras arriba. Hermione comenzó a trasladar las cajas al pasillo, teniendo cuidado de mantenerlas separadas de las que ya estaban apiladas junto a las escaleras. La Sra. Hudson las miró.
—Íbamos a llevarlas al sótano. Nadie lo usa. —La Sra. Hudson limpió la caja superior con un paño. —Hemos estado guardando cosas durante días. Periódicos, documentos...
Hermione se adelantó, pero antes de que pudiera alcanzar a la Sra. Hudson, esta ya se había ido a la cocina, sofocando un sollozo. Instantes después, la tetera burbujeando ahogó cualquier sonido.
—¿Dónde está la Sra. Hudson? —John preguntó al regresar para continuar llevando cosas arriba.
—Haciendo té. —Hermione respondió. Tomó una caja y siguió a John hacia el piso superior. Sin el desorden, el salón parecía más grande, menos oscuro y sombrío. Había espacios vacíos en la estantería, las mesas estaban despejadas. Y una alfombra roja que había pasado desapercibida durante su visita anterior cubría el suelo. El aire olía limpio, y se podía respirar sin inhalar polvo. John o la Sra. Hudson habían elegido algunas suculentas de color verde intenso. Sin embargo, para su diversión, el cráneo, los agujeros de bala, y la cara sonriente amarilla todavía estaban allí.
John interrumpió sus pensamientos. —Me imaginé que necesitarías espacio en la mesa y en las estanterías.
—Es muy amable de tu parte, John. Gracias.
Hermione comenzó a vaciar las cajas mientras John hacía el último viaje abajo. Libro tras libro, los puso sobre la mesa, listos para ser ordenados por tema y autor. Como siempre que estaba con sus libros, su atención se desvaneció, y no se dio cuenta de que John dejaba la última caja con una gran etiqueta de "cocina" en el suelo. Él dudó por un momento, sin saber dónde ir o cómo moverse alrededor de alguien nuevo. Finalmente, John carraspeó, y Hermione levantó la vista del libro que tenía en la mano.
—Te busqué en Internet anoche.
Hermione se rió y dejó caer el libro en una de las pilas. —¿Algo interesante?
—"La magia y los mitos durante la Inglaterra normanda" aparecieron a menudo.
—Oh, eso. —Anthea, eres un genio. La mano derecha de Mycroft se había encargado de construir un historial online para Hermione Black. Eso incluía un perfil de facebook sin usar, algunos resúmenes de conferencias que nunca ocurrieron, y algunos libros publicados por ella. Se lo habían jugado todo a que John no tuviera la suficiente curiosidad como para querer leerlos. —Es una tesis aburrida que hice hace años, para una editorial especializada. No es para el público en general.
—También vi "La influencia rúnica en el lenguaje moderno: Futhorc como un ejemplo." Un profesor en Cambridge lo consideró "revelador".
—No es por dispararme en el pie, pero es un libro seco de leer. —Y no existe.
—Tal vez podrías probar con la ficción la próxima vez. Yo lo leería.
Más tarde, Hermione había puesto la última taza en el armario de la cocina y había dejado su manta en el sofá. Todo lo que quedaba eran las maletas y dos cajas: el baño y el dormitorio. Cuando Hermione empezó a arrastrar una de las maletas al dormitorio, John se levantó del sofá, diciendo que iba a comprar la cena. Hermione supuso que, a pesar de la buena voluntad que había demostrado todo el día, a John le costaría acostumbrarse a verla entrar y salir del dormitorio.
Acercó el resto de las cosas al dormitorio y abrió la puerta.
La escena la dejó sin palabras.
No se había tocado nada. Parecía la fotografía de un momento, como si la habitación estuviera esperando a su dueño. La bata tirada sobre la cama sin hacer. El armario desordenado, y un par de zapatos abandonados en el lado de la habitación. La ventana se había abierto recientemente, probablemente ese mismo día, porque la habitación todavía tenía el olor a humedad de haber estado cerrada durante mucho tiempo. El único lugar limpio era la cómoda junto a la puerta, donde la Sra. Hudson había dejado sábanas nuevas. Ella se quedó allí, mirando las pertenencias de un hombre muerto, por unos minutos, tratando de entender por qué estaban allí. Por qué nadie, ni Mycroft ni sus padres, las habían reclamado.
John volverá en una hora, pensó. Mejor que me ponga a trabajar.
Después de meter todas sus cosas, Hermione decidió ocuparse de la cama primero. Cuando quitó las sábanas viejas y empezó a hacer la cama de nuevo, pudo ver la diferencia de calidad. Las que la Sra. Hudson le había dado estaban lejos de ser baratas pero no eran nada comparadas con el algodón egipcio de las sábanas de Sherlock. Entonces, vació una de sus maletas en la cama y la dejó abierta en el suelo. Puso la ropa de cama en ella y luego comenzó con la ropa. Traje caro tras traje caro, Hermione limpió el armario y continuó con los cajones cerca de la cama: desde camisetas con las exorbitantes etiquetas de precio todavía puestas hasta corbatas perfectamente dobladas, pañuelos, calcetines. Cuando estaba vaciando el cajón de la ropa interior, un par de boxers negros se quedaron atascados al final del cajón. Tiró de ellos, los alcanzó con la mano e intentó liberarlos. En su esfuerzo, sus dedos encontraron un hueco entre el extremo del cajón y el fondo.
—¿Qué?
Hermione sacó el cajón y lo examinó. El agujero era más grande que para ser un problema de fabricación, y la altura desde el interior parecía ser claramente diferente del exterior. Miró alrededor de la habitación y vio un abrecartas en el escritorio, que usó para levantar el panel de madera. Debajo encontró unas veinte fotos, fechadas y bien conservadas. Algunas eran antiguas, como una del Sr. y la Sra. Holmes frente a una casa de campo, o una en la que Mycroft sostenía a un Sherlock recién nacido. Otras eran nuevas, con John y la Sra. Hudson. Hermione pensó en Mycroft. Ella lo conocía, y probablemente tenía un conjunto de fotos similares, y como su hermano, probablemente las mantenía ocultas. ¿Qué tiene que pasarle a alguien para que piense que algo tan simple como una foto es una debilidad?
El ruido de la apertura de la puerta principal la asustó. Su corazón latía con fuerza en su pecho como si hubiera estado haciendo algo prohibido al ver esas fotos que Sherlock evidentemente quería mantener en secreto. Hermione puso las fotos y el falso fondo en su lugar y salió corriendo de la habitación antes de que John llegara a la cocina, sintiendo que iba a compartir habitación con un fantasma.
Hermione se estableció en una rutina fácil en los últimos días de enero. Habiendo sido liberada de todo tipo de tareas inmediatas con el MI-7 hasta nuevo aviso por Mycroft, pasaba sus días leyendo y tomando el té con la Sra. Hudson, y sus noches documentando el día de John. Que por el momento era "en casa" o "fue al terapeuta" o "tuvimos una conversación" o "todavía no tiene trabajo". La Sra. Hudson estaba siendo indulgente con el duelo de John, y él probablemente tenía algunos ahorros, pero Hermione dudaba que un ex-médico del ejército tuviera mucho de lo que tirar.
Sin embargo, había aspectos positivos que le hacían pensar que John estaba en el camino de la recuperación. Estar de acuerdo en alquilar la habitación fue el primero, y desde que ella se mudó, su comportamiento había cambiado, y su tensión se había disipado gradualmente. Tuvieron algunos encontronazos al principio, como cuando Hermione se sentó en el sofá de cuero negro frente al fuego, y John se fue corriendo a su habitación. O cuando ella se había sentado en el lugar donde solía estar el microscopio, y John había pasado los días siguientes tratando de ocultar sus ojos llorosos. Hoy en día, John casi desviaba la mirada cuando ella abría la puerta de su habitación, y había empezado a reírse. Hermione contaba eso como un progreso.
La mayor ventaja de Baker Street era Regent's park. Hermione corría a diario por las zonas verdes, que eran tan diferentes del pequeño parque al que solía ir antes. Ese día, a través de sus auriculares, llegó el sonido de una llamada entrante. Se detuvo cerca del lago, sin aliento, y presionó el botón para responder.
—¿Hola?
—Hola a ti también, querida. —Dijo una voz profunda al otro lado. El rostro de Hermione se iluminó con una sonrisa.
—Mira quién ha decidido llamar. Llevas semanas desaparecido, Sirius.
El hombre soltó una risa que sonaba como un ladrido. —Acaso la dama protesta demasiado.
—No utilices Shakespeare conmigo, Sirius. ¿Cómo estás?
—Estoy bien, cachorro. ¿Y tú? He tenido que saber por Mycroft que te has mudado.
—Sí, lo he hecho. Probablemente el mejor trabajo que he hecho para Mycroft hasta ahora. —Se acercó a la salida del parque, frente a Clarence terrace. Tomó la calle Baker sólo para ver a John entrando en el número 221. —¿Sabes algo de él?
—No. Pero pronto volverá de su cumbre de los Illuminati. Aunque no te llamo por eso.
—Es de mala educación dejar a una mujer impaciente.
—He hecho mucho de eso últimamente. —La insinuación era evidente en su voz, y Hermione se rió, divertida. Y un poco asqueada.
—Demasiada información, Sirius.
—A lo que iba, ¿estás libre mañana por la noche? Quiero invitar a mi chica favorita a una cena agradable y ridículamente cara. Y entonces podrás contarme todo sobre este John Watson.
—Sí, mañana suena genial.
—Perfecto. Tengo que irme, carino. Te quiero.
—Yo también te quiero.
Esa misma tarde, sus planes para un buen baño y té se fueron al traste cuando John le informó que, llamando a través de su teléfono en la encimera, había un tal 'Mike'. Con el albornoz puesto y el pelo en una toalla, entró en a la cocina y encendió la tetera antes de descolgar, sonriendo.
—Hola, Mike. ¿Ya estás de vuelta?
—¿No puedes ir a otro sitio? —La voz de Mycroft sonaba cansada y molesta. Precisamente el tipo de Mycroft que le gustaba cuando estaba aburrida, y cómo le gustaba escucharlo retorcerse. —Sabes que odio ese nombre. —Ella vertió el agua caliente en dos tazas, aguantándose la risa.
—Ya lo sé. Espera, estaba haciendo un poco de té para John y para mí.
—Por el amor de Dios, Hermione. —En su mente, podía imaginar su mirada exasperada, con los dedos sobre los ojos cerrados.
—Te he hablado de John, ¿no? ¿Mi nuevo compañero de piso? —Le dio a John su taza de té y cubrió el teléfono con su mano.
—Iré a hablar a mi habitación para que puedas continuar leyendo, John.
—Está bien si quieres quedarte. —Respondió John.
—No te preocupes. Te veré más tarde. —Continuó hablando mientras caminaba hacia su habitación y cerraba la puerta. —¿Qué decías, Mike?
—¿Podrías comportarte como una persona adulta?
—No eres nada divertido, Mike. —dijo con especial énfasis en su nombre. Mycroft suspiró de forma exagerada. Era una reina del drama a veces, y la idea la hacía reír. —Oh, vamos, Mycroft. Esto es lo más emocionante que he hecho en dos semanas.
—Asumo que todo ha estado tranquilo entonces.
—Como un cementerio. —Dejó la taza en la cómoda y se tiró a la cama. —Iba a pasar por tu casa en cuanto supiera que habías vuelto. Para darte el informe. Y para preguntar sobre la situación financiera de John. Me dijiste que Anthea estaba en ello.
—Lo está, tendré más información en un par de días. —Se detuvo momentáneamente. Iba a cambiar el tema. —He hablado con Sirius. —Su voz era casual, pero había algo de pesadez en ella, el tono que siempre usaba para hablar de negocios. —No quiero imponer, pero hay un par de cosas que los tres deberíamos discutir, así que me uniré a vosotros para la cena de mañana.
Hermione frunció el ceño. Normalmente, Sirius y Mycroft en la misma habitación no significaba nada bueno, y normalmente significaba magia.
—Mycroft, ¿qué pasa?
—Me temo que es demasiado delicado para hablar por teléfono. Hasta mañana.
La noche siguiente se puso unos vaqueros clásicos con un jersey de cachemira burdeos y tacones negros. Estaba terminando de maquillarse cuando John llegó a casa del supermercado. Dejó las bolsas sobre la mesa y miró la puerta abierta del baño.
—Estás fantástica.
Hermione lo miró en el espejo y le dio una sonrisa.
—Gracias, John. Voy a cenar con mi padre, y tiene la estúpida costumbre de llevarme a los sitios más raros donde estoy demasiado o poco vestida, así que pensé que este era un buen punto medio. —Cogió una cinta de pelo negro del primer cajón y fue a su habitación para coger su gabardina y su bolso, retorciéndose el pelo en un moño desordenado. —No llegaré tarde, y prometo no despertarte.
—No te preocupes. —Hermione también sabía que no dormía de todos modos. La apariencia de John había mejorado, pero las bolsas bajo sus ojos y el dolor y la tristeza en ellos seguían ahí. En días como éste, entendía mejor a Sherlock: había muy pocas cosas en este mundo que odiara más que a un John Watson infeliz.
Le deseó buenas noches, bajó a esperar su taxi.
El taxi la dejó frente al restaurante Zuma. Bajó y se acercó al maître, preguntando por una reserva de nombre de 'Black'. Él la señaló en silencio hacia un estrecho pasillo. Cuando abrió la puerta de la habitación privada, vio a dos hombres, cada uno a un lado de la mesa, cada uno con su propio estilo, ambos exudando poder a su manera. Sirius llevaba un par de pantalones ajustados y una camisa blanca, y estaba reclinado en su silla tomando un vaso de bourbon, su chaqueta de traje desechada en algún lugar. Mycroft, con su traje de tres piezas y su postura impecable, olía a una copa de vino tinto. Cuando Sirio la vio, se levantó y la apretó contra él, en su típico abrazo de oso.
Ella inspiró el aroma familiar que había aprendido a amar en todos esos años y le besó en la mejilla.
—Juro que cada vez que te veo estás más y más guapa, Hermione.
—Sólo buscas cumplidos. Pero está bien: tú también estás muy guapo. —Se dirigió hacia donde Mycroft estaba sentado y le besó la mejilla, algo que sólo se atrevía cuando estaban solos. Se abstuvo de decirle que él también estaba muy atractivo.
—Me alegra ver que tu sentido del estilo ha permanecido intacto después de vivir con el Dr. Watson.
Hermione fue al otro lado de la mesa mientras se quitaba el abrigo y pedía vino. Se sentó y les sonrió, mientras el camarero servía el vino blanco de Mycroft en un vaso de cristal.
—Para tu información, John es el perfecto caballero. Y la Sra. Hudson es encantadora. Siempre tiene una taza de té caliente para mí por las tardes. Pero dudo que estemos aquí para hablar de John, así que empecemos. —Se remangó el jersey y miró a los hombres. La reacción de sus interlocutores fue casi inmediata. Sirius se irguió en su silla, mientras Mycroft dejaba su vaso sobre la mesa y adoptaba su postura de negocios, piernas cruzadas, brazos en los reposabrazos de la silla. Nadie habló.
—Nunca has sido fan de la cháchara, querida. —Murmuró Sirius.
—¿Se trata de ellos? De la invitación. —Se volvió hacia Sirius. Pero en lugar de él, fue Mycroft quien respondió.
—En cierto modo. —Tomó su maletín de donde descansaba contra su silla, y sacó una carpeta. —Esto me estaba esperando en mi escritorio cuando llegué ayer.
Hermione sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. Mycroft le dio la carpeta a Sirius, y Sirius la puso delante de ella. En la tapa, en letras rojas, estaba su verdadero apellido, Granger.
—Puede que no sepas nada de esto —, comenzó Sirius. —Pero las cosas no han ido bien en el mundo mágico. La gente se está inquietando por lo poco que han cambiado las cosas. Así que Kingsley ha estado tratando de hacer todo lo posible para mantenerlos satisfechos. Tú eres el último cartucho que tienen.
—Pero no me tienen. —Rebatió Hermione.
—Ahora sí. —Dijo Mycroft, señalando la carpeta. —Parece que han aprendido un par de cosas.
Hermione abrió la carpeta. En la primera página, había una foto mágica de ella. Estaba borrosa, como si hubiera sido tomada de un video de seguridad, pero estaba claro que la persona de la imagen era ella. —En una de tus misiones, hace un par de meses, se te autorizó a usar magia. También tenías que borrar la memoria de los que encontrases en tu camino, como es el protocolo. Y contrario a lo que es normal en ti, olvidaste uno. —Mycroft inclinó su cabeza. Con manos temblorosas, Hermione pasó la página para enfrentarse cara a cara con una fotografía de un adolescente. —Luca Ricci. Fue el más cercano a la explosión, apenas tenía pulso cuando lo encontraste, y cometiste un error de novato y pensaste que estaba muerto.
—Mycroft, habría estado muerto si la ambulancia hubiera llegado un minuto después. —Interrumpió Sirius, que entonces se puso al lado de Hermione con una mano protectora en su hombro.
—Pero no lo hizo, por lo tanto fue un error. —Él respondió con enfado. —Esto es serio. No sólo tienen pruebas de que Hermione reveló la magia a un muggle, sino que también están presentando cargos por agresión, maltrato muggle y mugglefobia.
—Soy una hija de muggles, ¿cómo atacaría a alguien por ser muggle?
—No les importa la verosimilitud, sólo quieren que sepas que pueden meterte en la cárcel de por vida, Hermione. —Mycroft levantó la voz y Hermione casi retrocede en su asiento.
—¿Sabemos... cómo consiguieron esto? —Interrogó Hermione, mirando a Sirius. Él sacudió la cabeza.
—Intenté hacer algunas averiguaciones. El tipo fue llevado al hospital en estado crítico, y se recuperó milagrosamente. Habló con los carabinieri sobre una mujer con acento inglés, eso fue a la Interpol, y de ahí al P.M.I. Alguien debió decírselo al Jefe de Aurores. —Sirius evitó decir su nombre, pero Hermione estaba muy consciente de quién era el Jefe de Aurores. Sirius puso en la mano de ella su propio whisky, que ella ahogó sin pensarlo. El líquido le quemó la garganta al bajar, y tuvo que respirar profundamente para mantenerlo en el estómago. Entonces reunió su coraje y miró a Mycroft, lista para ver la decepción en su cara.
—A menos que realmente quieran verme tras las rejas, asumo que quieren algo a cambio.
—Quieren lo que siempre les has negado, con intereses. —Mycroft tomó un sorbo de su vino. —Quieren que lleves un bonito vestido, que vayas a la celebración del 2 de mayo, y que des un discurso sobre lo bueno que es el Gobierno, y lo mucho que les apoyas.
Hermione sintió que su vergüenza dejó su cuerpo para ser sustituido por la rabia. Se quedó mirando a ambos hombres. —Estáis bromeando.
—Ojalá lo estuviéramos, para poder salvarte de esta tortura, querida, pero no lo estamos. Sirius pasó su mano sobre su espalda en un gesto reconfortante, pero Hermione se deshizo de él y se puso de pie. La magia que se arremolinaba en sus venas movida por el alcohol, y su ira comenzó a arder en las puntas de sus dedos, esperando una liberación.
—No puedo creer que me estén chantajeando. ¿De quién fue la idea?
—Kingsley no me lo dijo. Lo gracioso es que no saben que tú y yo estamos en contacto. Así que vino a pedirme consejo. Le dije que no era ni la mitad de político que cree ser si tiene que caer tan bajo para que la gente lo apoye. Lo ha hecho de todas maneras. Tal vez estoy perdiendo mi toque.
—Los políticos lo hacen todo el tiempo, Sirius. Sólo que esta vez, ha sido dirigido a nosotros. —Mycroft dejó su asiento y fue directo a Hermione. En una rara muestra de afecto, Mycroft le tomó la mano y le habló mirándola a los ojos. —No es plato de buen gusto, pero a menos que tengamos algo mejor sobre ellos, vas a tener que cumplir, Hermione. Y prefiero que estés incómoda por una noche, que tenerte en una fortaleza en medio del mar.
Hermione asintió con un nudo en la garganta. Sintió a Sirio a su espalda, y Mycroft soltó su mano para volver a la cabecera de la mesa, mientras Sirio besaba la sien de Hermione, murmurando palabras reconfortantes. Diciendo que todo iba a estar bien, y ella quería con todo su corazón creerle.
