A pesar de todas las batallas de las que ella salió victoriosa; de los gritos entre ceños fruncidos y rabias no predichas con su hermano, de sus tormentosos pensamientos dirigidos a una sola figura posada, con el aura de víbora venenosa, a un lado de su hermano...
A pesar de aquello y aquello, a pesar de esto y lo otro... Amalia jamás pudo imaginarse en aquella situación.
Mas poco podía pensar en las ironías de sus extrañas circunstancias cuando su mente divagaba; como el león que aprecia peligroso e impredecible el objetivo de su atención en el centro de su panorama, a la víctima siendo ajena de su peligro: de aquellos imperceptibles colmillos que acallaban sus gemidos sobre sus hinchados labios, de las uñas que se apresaban en las sábanas de su cómplice...
O de sus ojos.
Chocolates opacados de pasión contrarrestaban en el reflejo de su sorpresivo espejo con sus plácidos, mas siempre avivados, orbes de caramelo. Y aquello le causó una sorpresa besada por la lujuria y la expectación.
¿Cuál era el límite de aquellos ajenos orbes de cacao, que le miraban con la inocencia sonriente de su malditamente irresistible esencia?
Sus dedos, atraviados en el pensamiento de aquella pureza, atravesaron el más allá de sus recuerdos. Y, lentamente, se movían al compás de aquellas respiraciones agitadas que sonaban demasiado melódicas como para ser comunes en batallas o euforias de peleas.
Su diestra, carente de paciencia, acariciaba con parsimonia agónica la expuesta piel de su cintura, al tiempo que su mano libre tomaba en puño de gemidos la fina tela de su sábana.
Su mente, corazón y tembloroso cuerpo buscaban más realidad. Buscaban las manos de Yugo sobre su cuerpo, mas siendo compasivo, permitió cerrar sus ojos para abrir paso a los recuerdos en los que sus escalofríos se reavivaban cuando las manos de su amado recorrían su cuerpo con preocupación o cariño.
Profanó su nombre al aire. Una, dos, tres y tantas veces como sentía una desconocida sensación en la boca del estómago. Y todavía no había apenas comenzado; ella tenía demasiados suspiros resguardados bajo el nombre de Yugo. Y no iba a salir de su habitación sin gritar desvergonzadamente el nombre de su amado como el más rememorado recuerdo de él.
Como la primera vez que callaría, con una sonrisa tras su taza de café, en las reuniones con sus amigos a la hora de nombrar momentos vividos en conjunto.
Un especial momento le arrancó, despiadadamente, los gemidos que mordían anhelantes su almohada. Y su mente, tan cruel como su cuerpo y deseos, permaneció impune en aquella imagen que sentía quemar en excitante fuego, su cuerpo.
No encontraba el interés en recordar el día, o a los dos yopukas que avanzaban sin descanso; o en el pobre Ruel que amenazaba con la muerte dando un paso más.
Tambaleante era cualquier esencia de ese recuerdo, como un vaho blanco que difuminaba cualquier figura.
Excepto la de Yugo.
— Mhm...
A pesar de su distancia, ella discernía con completa atención las pequeñas gotas de sudor que hacían resplandecer su acaramelada piel.
Sus pasos, lentos y firmes, daban forma a unas piernas fortalecidas, musculosas; sus ropas se ceñían a su cuerpo, tonificado... Y Amalia admitió su agradecida inconsciencia por asomarse más. Porque ella quería más.
"Y, dios, su rostro.", ronroneó.
Apaciguadamente, sus dedos toqueteaban la tela de su ropa interior, mientras su otra mano liberaba a la manta, mas sin perder tiempo, era llamada furtivamente a la húmeda piel de sus pechos.
Su labio inferior fue apresado con fuerza, y sus ojos, entibiados, se sumían al deseo de continuar recordando. Más, más arriba, donde ella probó alguna vez de su cálida piel.
Y entonces, Amalia elevó su rostro. Y un suspiro de arremolinados sentimientos dieron lugar a la sensación de shock.
Quería tumbar a Ruel a un lado, ponserse en pie y llegar a pasos ligeros junto a Yugo. Porque ella quería más, más de cerca. Más...
Su mandíbula, tan definida como el camino de las gotas fluyendo por su barbilla, ofrecían un rostro más adulto, de ojos vivaces y maduros. Ella pudo ver la clavícula remarcarse con su delgada musculatura, y cuando ladeó su cabeza, un perfil de increíble atractivo llamaban a sus suspiros anhelantes.
Quería sumir sus manos en aquel alborotado cabello. Quería enredarlo entre sus dedos y tirar suavemente de él, besando así el camino libre de su mentón hasta sus labios. Ella quería ser rodeada por sus manos, sentir la protección de su pecho aliándose con su nariz, buscando el aroma fresco de Yugo.
Quería mirarle a los ojos y engatusar sus labios. Quería vivir en su corazón. Quería enamorarle tanto como la locura de su amor la consumía en el placer que al éxtasis le iba a llevar una y otra vez.
Ella le amaba. Y sabía que su corazón se encontraba acurrucado entre las cayosas y siempre acogedoras manos de su amado.
— ¡Mhmh, Yugo!
Escalofríos mortíferos de placer inauguraban el primero de tantos momentos íntimos, en los que ella, su cuerpo y su mente, divagaban en silenciosos suspiros tras aquellas cuatro paredes.
Amalia observó una vez más su reflejo en el espejo ladino a su cama.
Estaba hecha un desastre. Y ella mostró la sonrisa más satisfecha y arropada de mejillas rojas y calientes que nunca sintió con tanta sinceridad por aquella razón.
Era un desastre de sentimientos repletos de amor por Yugo. Y entre aquel desorden, ella observó la lucidez de un deseo pospuesto a sus propios deseos.
Lo ayudaría a encontrar la razón de su escaso crecimiento. Y no se iban a ir de aquella misión sin una clara solución exitosa.
La taza de café fue plantada en sus labios, bebiendo con la sonrisa brillando en la travesura de sus orbes.
— ¿Y os acordáis de...?
— ¡Flopin, deja a tu hermana en paz!
— ¡Y cuando nos encontramos a ese idiota, le hicimos "paw, paw" y salió volando...!
Entre el acostumbrado alboroto, unos ojos se dirigían, curiosos y perspicaces, sobre los suyos.
Amalia conectó sus chocolates con los cacao. Y su ladina sonrisa no mostró más que un deseo acallado en los recuerdos de su mente.
Yugo, frunciendo levemente el ceño, intuyó alguna sensación en aquella sonrisa rojiza, mas no advirtió su significado más allá de una alegría apreciada.
Le devolvió la sonrisa, y Amalia pudo hacer a un lado aquel recuerdo para dejar paso a una sonrisa dental, tan llena de sentimientos sinceros que Yugo identificó como felicidad.
A pesar de los escasos minutos llenos de gritos y jaleo, Amalia jamás abandonó la mirada de Yugo, y Yugo nunca desvió su vista lejos de aquella amada sonrisa, regozijándose en el pequeño pensamiento de que, tal vez, era dedicada a él.
