Capítulo 4: Un cumpleaños feliz

Hermione levantó el colchón de John con una mano mientras arrastraba la otra por debajo y sobre el somier. No había nada. Resopló y sacó la mano, y dejó caer el colchón con un fuerte golpe. Mirando a su alrededor, se sentó con las piernas cruzadas en el suelo, contemplando sus opciones.

Siempre había destacado en investigación, incluso de niña. Había sido una habilidad muy útil en Hogwarts, y había salvado vidas durante la guerra y en todas las misiones posteriores. Su padre siempre había dicho que se podía encontrar una solución a cada problema con tiempo, dedicación y paciencia; y hasta hoy, había tenido razón. Aparentemente, descubrir un basilisco era más fácil que comprarle un regalo de cumpleaños a John Watson.

La verdad era que no había tenido en cuenta el hecho de tener que comprar un regalo. Aunque sabía la fecha de nacimiento de John, no se suponía que lo hiciera. Pero entonces la Sra. Hudson lo mencionó tomando té una tarde, pensando en voz alta sobre qué podría comprarle, y ahora Hermione se sentía obligada a hacer lo mismo.

Al principio, pensó que iba a ser fácil. Después de todo, había vivido con John por algún tiempo, incluso tuvieron dos profundas y sentidas conversaciones en menos de una semana. Hermione sabía todas las cosas que eran demasiado ordinarias para ponerlas por escrito: John tomaba café sin azúcar y con un chorrito de leche, prefería pagar en efectivo, y nunca llevaba un paraguas consigo. Hermione había descartado desde el principio regalos estereotípicos como corbatas, bufandas y gemelos. Una botella de Ogden que le compraría a Sirius era un estímulo que John no necesitaba, y un libro parecía demasiado impersonal - y John no había tocado un libro desde que ella se había mudado.

Se había quedado sin ideas, pero no sin recursos. Por eso esa mañana cuando John se había marchado a trabajar y con la Sra. Hudson fuera visitando a una amiga, Hermione había corrido arriba a la habitación de John, decidida a encontrar algunas pistas. Volviendo al presente, Hermione miró a los estantes que colgaban sobre el escritorio. Un total de diez libros, cuatro clásicos, cinco relacionados con la medicina, uno de autoayuda. Se puso de pie y los abrió con cuidado, buscando algo escondido entre las páginas. Cerró el último con un sonido de derrota. Malditos veteranos del ejército. No había nada personal en la habitación: la ropa era funcional y nada lujosa, no había baratijas, los blocs de notas estaban vacíos. John incluso había dejado el horrible cuadro de los pájaros que Hermione estaba segura que venía con la habitación, y eso era más revelador de cómo veía el espacio que cualquier otra cosa. Las únicas pertenencias personales que destacaban eran la pistola en el cajón de la ropa interior, y la muleta escondida detrás de la cama.

Hermione oyó a alguien abriendo la puerta principal, seguido por el ruido de las llaves y el crujido de los pies. Bajó de puntillas las escaleras y dio los últimos pasos para llegar a la silla delante de su portátil antes de que John pudiera subir. Gracias a Circe él era un hombre de hábitos, y siempre se paraba en el vestíbulo abriendo cualquier correo que hubiera recibido. Hermione estaba escribiendo sin sentidos en un documento vacío cuando John entró en la habitación, trayendo consigo el olor de especias calientes y hierbas.

—Espero que tengas hambre —, dijo John. Empezó a sacar cajas de la bolsa de plástico y a ponerlas en la mesa de la cocina. —Hay un nuevo lugar hindú cerca de la consulta y pensé que sería bueno comer algo no recalentado por una vez.

—Eres una joya, John, me estaba muriendo de hambre.

—¿Te has olvidado de comer otra vez?

Ella lo miró y se encogió de hombros, desechando su expresión de incredulidad mientras le daba un mordisco a una samosa crujiente. —Mi proyecto de investigación está resultando más difícil de lo esperado.

Se sentaron a la mesa, disfrutando de la comida y charlando. Hermione, sin embargo, casi podía oír cómo los motores dentro del cerebro de John giraban. Con el último bocado de pollo korma, John se levantó para empezar a prepararles un té a ambos.

—Así que... la Sra. Hudson te dijo que mi cumpleaños es este mes —. Dijo John, entregándole una taza.

Así que es eso, pensó Hermione.

—Sí lo hizo... Creo que porque quería reclutarme para hacer tu tarta hasta que se dio cuenta de lo poco que sé de repostería.

John se rió y bajó la mirada a su taza.

—He estado pensando, y tal vez mi cumpleaños es tan buena fecha como cualquiera para reunirme con algunos viejos amigos que no he visto desde... Bueno, no los he visto en un tiempo.

Hermione no esperaba eso. —Eso suena genial, ¿quiénes son esos viejos amigos que estás pensando en invitar?

—Oh bueno... Probablemente Greg y Molly.

Hermione, la agente del servicio secreto, sabía perfectamente quiénes eran el Detective Inspector Lestrade y la Doctora Hooper. Sin embargo, Hermione, la escritora, tuvo que fingir lo contrario.

—No puedo decir que los nombres me suenen.

—Puede que los conozcas como Lestrade y Molly Hooper, de, ya sabes... el blog.

Hermione murmuró en el borde de su taza. —¿Planeas hacerlo aquí?

—Sí —. Aclaró su garganta y dio una palmadita en el sofá, mirando a su alrededor. —Es hora de hacer nuevos recuerdos felices, creo.

Hermione asintió con la cabeza y tomó el periódico, pensando en cómo lo iba a escribir en el informe que entregaba a Mycroft cada semana. John estaba empezando a seguir adelante. Por mucho que le disgustara, tal vez sus días en esta casa estaban contados.

Después de fracasar miserablemente por su cuenta en la tarea de encontrar un regalo, Hermione decidió pedir ayuda a Mary. Acordaron encontrarse ese sábado cerca del mercado de Portobello, y comenzar desde allí. Después de hacer una lista de varias ideas y descartarlas todas, se detuvieron en un café. Mary había sacado su teléfono para leer el blog de John, buscando inspiración.

—¿Algo que nos hayamos pasado por alto las primeras mil veces que hemos leído 'La rubia con manchas'? —Preguntó Hermione.

Mary hizo un gesto muy obsceno con la mano y continuó bajando en la página. Después de unos minutos, suspiró y dejó el teléfono.

—Nada —, dijo Mary. —Es más bien un estudio sobre Sherlock Holmes. Es todo sobre lo que John escribe.

Hermione se entusiasmó con eso. Miró a la mujer enfrente de ella, que parecía desconcertada. —¿Qué?

—Mary, eres un genio. Ven. —Hermione terminó su café y se puso de pie, arrastrando a Mary afuera y comenzando a esquivar a la gente en su camino hacia la calle.

—Sabes que me encanta un buen cumplido, pero ¿por qué exactamente?

—A John le encanta escribir. No es Dickens, pero está bien —, Mary puso los ojos en blanco, con una pequeña sonrisa en la boca. —No ha escrito nada desde que Sherlock murió. No hay bolígrafos, los cuadernos están vacíos, en su portátil no hay notas o documentos. Así que mi regalo es el pequeño empujón que necesita para volver a escribir. Estoy pensando en un cuaderno antiguo y una pluma estilográfica, creo que hay una tienda cerca...

—¡Hey! ¡Hermione!

Ambas mujeres se volvieron hacia la voz. Mike Stamford de pie fuera de un pequeño pub con una pinta en una mano. Hermione, que aún sostenía el brazo de Mary, fue hacia él.

—¡Mike! Qué casualidad encontrarte aquí.

—Lo mismo digo —. Le extendió la mano a Mary, presentándose. Tomó un sorbo de su cerveza antes de preguntar. —Estabas hablando del regalo de John, ¿verdad?

Ambas mujeres se miraron y Mike se rió.

—No te preocupes, no le voy a decir nada. Pero yo dejaría de hablar de ello, John está en el baño, y estará al volver.

—¿Quién está al volver? —Como si hubiese sido convocado, John apareció por la puerta con su propia pinta, mirando su teléfono, para luego mirar a su compañero y a las dos mujeres que estaban a su lado. —Hola —. Abrazó a Hermione y luego miró hacia Mary. —Lo siento, no puedo decir que nos hayamos conocido. John Watson.

—Sí, aún no me han concedido el honor de visitar Baker Street —. Extendió su mano y miró de soslayo Hermione, quien a su vez se sonrojó. —Soy Mary, Mary Morstan. Un placer conocer al famoso John Watson por fin.

—Así que tú eres Mary. Hermione habla mucho de ti —. Hermione lanzó una mirada a Mike, que parecía estar pensando lo mismo que ella. Los ojos de John estaban fijos en Mary, y necesitó el sonido del cristal chocando con la madera antes de ser consciente de la gente que les rodeaba. —¿Por qué no os tomáis algo con nosotros?

—Gracias, John, pero todavía tenemos algunas cosas que hacer, ¿verdad, Mary?

—Bueno, seguro que podemos... —Mary se volvió hacia Hermione mientras esta le daba un pequeño codazo. —No, sí, tienes razón.

Hermione no pudo disimular su sonrisa cuando vio las miradas persistentes entre Mary y John mientras se despedían. Durante el resto de la tarde, Mary estuvo inusualmente callada, pero prestando especial atención a la elección del regalo de John. Hermione no pudo evitar reírse internamente cuando esa noche, de manera muy casual, John comentó que cualquiera de sus amigos era bienvenido a su cumpleaños. Más tarde en su cama, después de prometerle a John que le haría saber a Mary la invitación extendida, pensó en las ironías de la vida. O más concretamente, en cómo John parecía tener un tipo. Mycroft se lo iba a pasar en grande cuando supiera que el bueno del Dr. Watson quería reemplazar a un sociópata por un ex-asesina.

El 31 de marzo de ese año fue uno de los sábados más calurosos que Londres había visto en las últimas décadas. La luz del sol se filtraba a través de las finas cortinas, golpeando en la cara al único ocupante de la cama. Hermione se giró, tratando de dormir un poco más. La noche anterior se había quedado despierta hasta bien entrada la madrugada, todo porque su mejor amiga había insistido en modelarle todo su armario a través de una llamada de Skype mal transmitida. Cerca de las dos de la mañana Hermione detuvo el debate de Mary sobre si usar zapatos o zapatillas, diciéndole que a John no le importaría. Estaba a punto de dormirse de nuevo cuando el ruido de una aspiradora encendiéndose la despertó. Confundida por un momento, Hermione se dejó caer de espaldas sobre el colchón gimiendo, con la cabeza martilleado al ritmo de "Hallowed Be Thy Name. Se levantó y abrió la puerta, encontrando a la Sra. Hudson bailando en la sala.

—Buenos días querida, oh, te ves horrible—. El ruido infernal se calmó, y la mujer fue hacia la tetera. —Te prepararé una taza de té.

—Gracias, Sra. Hudson —. Hermione se dejó caer en una de las sillas, acunando su cabeza en sus manos. Era demasiado pronto para ser sarcástico. —¿Cómo es que tiene tanta energía a las... 9 de la mañana en fin de semana? Yo estoy hecha polvo.

—Eso es porque no estás durmiendo bien. Te daré uno de mis calmantes herbales, te relajarán.

Estaba a punto de preguntar qué tipo de calmantes tomaba cuando oyeron la voz de John viviendo de las escaleras.

—¡Tengo todo lo de la lista de la compra! —La madera de los escalones crujió bajo el peso de John. A juzgar por el ruido, Hermione calculó probablemente unas tres o cuatro bolsas llenas, tal vez del Tesco Express de la calle Melcombe. John entró en la habitación unos segundos después, llevando cuatro bolsas llenas, que dejó en el suelo. —Todo menos los sombreros de fiesta. No puedo creer que pensara que iba a comprarlos.

—¡Pero es un cumpleaños, John!

—¡Cumplo 38 años, no 5!

—¿Compraste los adornos?

John miró a la Sra. Hudson, y se pellizcó la nariz, cerrando los ojos. —Sí.

—Maravilloso —. Martha apretó sus manos frente a ella. —Voy a bajar a buscar el plumero. Oh, estoy tan contenta de que vayamos a tener invitados. No te olvides de guardar la comida.

John dio un suspiro exasperado y Hermione se levantó, abrazándolo.

—Feliz cumpleaños John —. Ella le miró fijamente a los ojos. —¿Cómo te sientes?

—Bien.

—¿Quieres un poco de ginebra en tu té?

—Oh, Dios, sí.

Después de un par de tés alcohólicos, una discusión entre John y la Sra. Hudson sobre la limpieza de la barandilla y un casi accidente colgando los adornos del 'Feliz Cumpleaños', Hermione decidió que se merecía una ducha caliente antes de vestirse. John ya había vaciado el baño y había ido a cambiarse, y la Sra. Hudson probablemente estaba haciendo lo mismo. Estaba terminando de maquillarse cuando una larga llamada al timbre seguida de una corta resonó dentro del 221B. Saliendo de su habitación, Hermione bajó y vio a Mary, vestida con sus mejores pantalones y una camisa de vestir con mariposas de colores, hablando con la Sra. Hudson. Se detuvo a mitad de las escaleras y miró a Mary con una sonrisa burlona.

—Oh, cállate —. Dijo Mary.

—No he dicho nada, Mary. Sube, John estará encantado de verte.

John ya estaba al lado de la cocina, con las manos detrás de él mientras se balanceaba suavemente en los dedos de los pies, vestido con un par de vaqueros -nuevos, como Hermione notó- y una camisa de cuadros azul oscuro. Sonrió educadamente a Mary, que le entregó el exquisito bourbon que había comprado para la ocasión. Hicieron una pequeña charla, a la que pronto se unieron la Sra. Hudson y Mike, que había llegado unos minutos después que Mary. A media tarde, el timbre volvió a sonar, y John llevó a los dos invitados restantes arriba. Hermione, que se había instalado en el sillón de cuero negro, examinó de cerca a la pareja que acababa de llegar. Lestrade cambió su mirada del lugar donde estaba al resto de la gente, mientras que la salpicadura de color que era Molly Hooper tenía una tímida sonrisa en su rostro, sus manos dobladas defensivamente ante su sección media. Hermione sintió la mano de Mary en su codo, haciendo un gesto para que se levantara. Adivinó que, para todos los que conocían a Sherlock, tener a alguien en sus lugares habituales seguía siendo confuso. John aclaró su garganta y abrió uno de sus brazos, haciendo una señal a Hermione.

—Greg, Molly, esta es Hermione, oh y Mary, una amiga —. Mary se levantó y se colocó al lado de Hermione. —Mary, Hermione, estos son Greg y Molly.

—Hola, encantada de conoceros, John me ha hablado mucho de vosotros dos —. Saludó a Hermione. Greg y Molly, en el perfecto ejemplo de cortesía británica, no mencionaron que John no les había hablado en los meses anteriores a la invitación. Greg miró a su alrededor, como si no supiera qué decir. Molly, por otro lado, comentó sobre el estado del piso.

—Creo que nunca he visto esta habitación tan limpia. Podría hacer una autopsia en esa mesa.

Hermione y Mary miran atónitas a la pequeña mujer mientras los demás se ríen, y Greg comentó que había echado de menos el humor de Molly.

La fiesta continuó con comida y risas, pero Hermione no perdió de vista a John. A medida que pasaban las horas, sus ojos se oscurecían, y sus intervenciones se limitaron a responder preguntas. Alrededor de la medianoche, Molly hizo un gesto con la cabeza a la puerta, y uno por uno, se fueron hasta que sólo quedaban Hermione y John, cada uno en un sillón.

Hermione se levantó y sacó un paquete envuelto en papel de envolver azul oscuro de uno de los cajones de la estantería.

—Para ti —, dijo Hermione, tendiéndoselo a John.

John la miró y luego el regalo, que cogió con ambas manos. Lo dio vuelta un par de veces hasta que encontró la cinta que lo cerraba y lo rompió. Dentro estaba el cuaderno que Hermione había comprado, con un dibujo en la cubierta muy parecido al papel que cubre las paredes alrededor de ellos. La estilográfica era negra con acentos plateados, y estaba enganchada a la goma que cerraba el cuaderno.

—Apuesto a que pensaste que me había olvidado —. Hermione se arrodilló a su lado. —Creo que tu terapeuta tiene razón en lo que respecta a la escritura. Pero creo que tal vez tienes que hacerlo en tus propios términos, en un formato diferente. Así que pensé que tal vez un método anticuado no traería tantos recuerdos como tu blog. Y bueno, aunque la idea es mia, Mary ha elegido los dos. Me hizo entrar en por lo menos diez tiendas para encontrar la pluma perfecta.

La miró fijamente, sólo para tomar el bolígrafo entre sus dedos, evaluando el peso. Ella se acercó y le dio un beso en la mejilla.

—Feliz cumpleanos, John Watson.

A la mañana siguiente, Hermione vio el cuaderno en la mesa de café, abierto en la primera página, con el bolígrafo en el medio. En la parte superior de la página, con una letra plana, casi ilegible, decía 'Un nuevo comienzo'.

El café Regents, cerca del canal Regents, era el escondite perfecto para las tardes de tormenta de mediados de abril en Londres. No era inusual ver el pequeño lugar lleno de gente trabajando en sus portátiles, escribiendo o simplemente hablando, resguardados de los elementos. Hermione había escogido una mesa en la parte de atrás y miraba fijamente el papel que tenía delante. El primer borrador del discurso había sido una larga cadena de palabras llenas de odio, de reproches y palabrotas que tendrían el efecto contrario a lo que el Ministerio quería. El verdadero discurso no estaba siendo tan sencillo. Había hecho varias veces los movimientos de coger el bolígrafo, apoyarlo contra la página y volverla a dejar. Hermione dejó caer el boli sobre la página, y se reclinó en su asiento cerrando los ojos. Con menos de dos semanas de plazo, el bloqueo que sufría era un síntoma del verdadero problema: el miedo. Nunca había sido parte de sus planes para volver a estar cerca del Ministerio. Mycroft se había asegurado de que las misiones que implicaran un contacto cercano con un mago fueran asumidas por otro agente. La magia no tenía cabida en la vida de Hermione Granger, excepto cuando tenía que usarla en el trabajo. No quería tener nada que ver con el mundo de la magia, ni con su política o sus viejos amigos. En ese momento el rostro de Sirius apareció en su cabeza. Era muy egoísta por su parte obligar a Sirius a esconder la mitad de su vida porque ella se lo pidió. Hermione supuso que ya no importaba. Después de todo, toda la verdad iba a salir a la luz en unos pocos días.

En los días siguientes se hizo evidente que cuanto más largo era su discurso, más corta era su paciencia. Había marcado el segundo de mayo en rojo en el calendario de la cocina y prácticamente apuñalaba la página cada vez que tachaba un nuevo día. Tanto la señora Hudson como John pensaban que Hermione iba a ir a una presentación a la que no quería asistir y dar un discurso que no quería dar. Lo cual no era mentira. Ambos habían intentado ser lo más pacientes posible, pero después de que Hermione hubiese tenido una pelea con el microondas y con la tetera en dos horas, decidieron darle espacio. Si Hermione hubiera estado en mejor estado mental, habría considerado lo insufrible que debía ser para que dos personas que habían vivido con Sherlock se alejaran de ella. El día que escribió la última palabra del discurso, cerró su portátil, llamó a Mary y bebió y bailó para ahogar las penas. Y a la mañana siguiente, mientras un taxi la llevaba de vuelta a Baker Street después de despertarse en una casa cualquiera con un tipo cualquiera, se preguntó por qué su antigua vida todavía tenía tanto impacto en su presente.

Hermione se miró en el espejo de cuerpo entero, admirando el hermoso vestido sin tirantes de Alexander McQueen que llevaba. Era un simple vestido negro que llegaba hasta el suelo, con un delicado adorno en oro alrededor de la cintura. Su maquillaje, con ojos ahumados y labios rojos mate, encajaba perfectamente con su desordenado peinado y sus uñas negras. Su mirada se dirigió a su brazo izquierdo, donde la horrible cicatriz quedaba a la vista. Trazó las palabras con su dedo. Viviendo en el mundo muggle, era más fácil cubrirlo con un hechizo de glamour que tener que explicar qué era y por qué estaba allí. Esta noche, sin embargo, no era Hermione Black, sino Hermione Granger. Y Hermione Granger había sido torturada. La palabra "sangresucia" tallada en su piel era solo una de las muchas cicatrices que la guerra le había dejado.

—¡Hermione, el coche ya está aquí!

Se miró por última vez y cogió su pequeño bolso y su abrigo. Abajo estaba Sirius, esperando, la viva imagen de caballero inglés con su traje de corbata blanca. Había decidido hacer una declaración de no llevar túnicas y optar por la alternativa muggle. Ella pensó que no podía quererlo más que ahora.

—Estás impresionante, querida.

—Gracias. Te estás muy elegante. ¿Vas a traer a alguien a casa esta noche?

—Merlín, espero que no. Si lo hago, consigueme un psiquiatra.

Hermione hizo una mueca parecida a una sonrisa. La actitud jovial de su compañero no ayudaba a calmar sus nervios. Si fuera creyente, habría rezado a todos y cada uno de los Dioses por un atasco. Pero desde el piso en Covent Garden a Whitehall, sólo podía esperar 15 minutos de viaje. Salir de la seguridad del asiento de atrás y enfrentarse a la entrada de visitantes del Ministerio despertó en ella viejos sentimientos, y los recuerdos empezaron a llenarla con cada metro que la cabina descendía. Para cuando llegaron al Atrio, Sirius tuvo que secarle una sola lágrima que le resbalaba por la mejilla. Nada había cambiado desde su última visita al Ministerio, y su memoria muscular la llevó a la derecha, donde estaba el enorme salón de baile. Podía oír las voces del otro lado, y la cantidad de magia saturaba sus sentidos debido a la falta de exposición. Se paró frente a las puertas de madera, respirando tan tranquilamente como su cuerpo le permitía, y tomó el brazo de Sirius.

—¿Qué les has dicho?

—La verdad —, respondió él, ajustando su pajarita. —Que me mantuve en contacto contigo, que trabajo contigo y que estás bajo mi protección.

—¿Y cómo se lo tomaron?

—No hay nada de lo que tengas que preocuparte.

Una voz mágicamente elevada dentro de la habitación pidió atención.

—El señor Sirius Orion Black y la señorita Hermione Jean Granger.

La multitud aplaudió y Hermione enterró sus uñas en el bíceps de Sirius. Él puso una mano sobre sus dedos.

—Cabeza erguida, querida. El espectáculo debe continuar.

Tuvo un momento de debilidad justo antes de que se abrieran las puertas. Si se escapaba, Mycroft podría esconderla en Nepal o algo así. Podría ir a Hawaii, cambiarse el nombre a Lilo y comenzar una nueva vida como instructora de buceo. Sí. Ese era un buen plan. Pero Sirius ya estaba dando un paso adelante, y sus piernas le seguían. Se forzó a sí misma a mantener la cabeza recta, sin hacer contacto visual y confiando en que Sirius la guiaría entre las mesas redondas que se habían colocado alrededor de la habitación. Hermione se sintió abrumada por la cantidad de gente en la sala, mirándola fijamente. El Ministerio había invitado a todos los que tenían algún tipo de poder en el mundo mágico. Era su gran momento: el regreso de la hija pródiga, el tercer vértice del trío dorado. Los latidos de su corazón contra sus costillas eran tan fuertes que pensó que todo el mundo a menos de un metro de distancia podía oírlo, pero era ahogado por el susurro generalizado a su alrededor, sobre ella, su vestido y su manicura. Sobre su cicatriz.

Entonces vio un destello de pelo rojo, y pensó que le iba a dar un infarto.

La mesa redonda principal estaba en un lugar de honor, cerca del escenario y suficientemente separada del resto para estar a la vista de todos. Había un espacio vacío mirando a la multitud que Hermione supuso que era el de Kingsley. A la izquierda estaba Harry. Sus labios presionados en una fina línea mientras giraba su anillo de boda. A su izquierda, Ginny con una túnica verde de seda, la viva imagen de la anfitriona perfecta. A la derecha de Kingsley estaba Ron, tan guapo como siempre; y Lavender, que se aseguraba de tomar su mano en la de ella, mientras mostraba el ridículo diamante en su dedo anular. Los otros dos lugares estaban ocupados por Neville y Luna, que llevaba una túnica de color rosa brillante. Algunas cosas no cambian. Eso dejaba dos asientos de espaldas a la sala. Normalmente, Hermione nunca escogería una posición en la que no pudiese ver la posibles salidas, pero esta vez no le importó.

A medida que se acercaban, la mirada de Hermione se cruzó con la de Harry. Esos ojos verdes que no había visto en años le calaron hasta los huesos. Los habría reconocido en cualquier lugar, bajo cualquier circunstancia. Los había visto brillar, los había visto tristes, felices, con lágrimas de rabia y de alegría. Esta mirada sólo la había visto cuando hablaba de Colagusano, o Snape y eso casi la hizo llorar.

—Buenas noches a todos. Señoras, están todas muy guapas esta noche —. Aduló Sirius. Sacó la silla que estaba junto a Luna para ella y le puso la mano en la parte baja de la espalda. Sólo entonces Hermione rompió el contacto visual y se sentó murmurando un saludo. No se intercambiaron más palabras y un camarero, que le resultaba vagamente familiar, le sirvió un poco de vino que tomó como salvavidas. Todas las conversaciones se apagaron cuando el ministro dio la bienvenida a todos a la fiesta. Habló durante lo que pareció una eternidad sobre la unidad, la superación de las adversidades y el perdón. Ni Ron ni Harry se volvieron hacia Kingsley, y Hermione mantuvo la cabeza agachada, mirando a su vaso. El vino se había convertido en bilis en su boca, la hipocresía de todo ello amenazaba con hacerla vomitar. Un aplauso rompió a su alrededor y se giró para ver a Kingsley descender del escenario, parándose a hablar con Draco Malfoy en otra mesa. De repente aparecieron platos y comida en el centro de la mesa y el sonido de cubiertos comenzó a llenar la habitación. Hermione pinchó el chuletón que había aparecido enfrente de ella, sin ganas. Pensar que elfos domésticos habían preparado esta comida le revolvía el estómago.

—Esa es una interesante elección de vestuario, Sirius. Dijo Ginny.

—Sí, bueno, tenía que estar a la altura de esta encantadora dama. Sirius hizo un pequeño volante con sus manos, señalando a Hermione.

—Bueno, creo que las túnicas son mucho más elegantes. Más... mágicas.

—Creo que su vestido es muy bonito, Lavender. Siempre le vendría bien algo de color, pero Hermione probablemente no quiere hadas de Luoping a su alrededor.

Después de la intervención de Luna, la mesa volvió a caer en un tenso silencio. A su lado Sirius había puesto una mano sobre su rodilla.

—Entonces, Hermione, ¿cómo has estado?

Se volvió para mirar a Ginny, confundida. Sirius apretó ligeramente su mano, y Hermione respondió con una voz que no sonaba como la suya.

—¿Bien, y tú?

—Nosotros estamos muy bien, la verdad.— Hermione se estremeció internamente ante tal despliegue de no-individualidad. —Ya hemos producido la nueva generación de alborotadores. ¿Verdad, cariño? —Preguntó Ginny a Harry, tocando su mano. Él no respondió. Ginny parecía esperar algún tipo de interés por sus hijos, pero Hermione decidió ahogar cualquier comentario con vino. —¿Qué hay de ti? Presionó a la Sra. Potter.

—Estoy soltera.

Lavender dio un resoplido muy poco femenino. Su bolso se movió cuando el teléfono vibró dentro de él. Al sacarlo, tocó la pantalla para abrir el mensaje entrante: 'Sólo un par de horas. MH'.

—Pensé que las cosas muggle no funcionaban con magia cerca —. Dijo Neville.

—El MI7 tiene un equipo de investigación dedicado exclusivamente a ello.

En ese momento, Kingsley llegó a la mesa y se sentó en la silla frente a ella.

—Es un honor que nos acompañes esta noche, Hermione.

Sabía que Kingsley no lo había hecho para provocarla. Sabía que había demasiado en juego como para perder los estribos por un comentario. Pero aunque sentía que Sirius se tensaba junto a ella, las palabras brotaron de su boca sin poder detenerlas.

—No por propia elección, Ministro.

—Sigue siendo un honor.

—Deberías estar agradecida —. Era la primera vez en diez años que escuchaba la voz de Harry Potter. Y nunca había estado tan teñida de asco como ahora. —Podríamos haberte enviado directamente a Azkaban.

—Harry, eso es información confidencial. Dijo Kingsley.

—En vez de eso, me chantajeaste —. Hermione rebatió. Tristeza y rabia se mezclaban en sus venas creando un cóctel explosivo. —Qué buen trabajo debes estar haciendo si necesitas ser rescatado por un traidora.

—Por favor —. Intervino Sirius. —Intentemos ser adultos por un par de horas.

Harry inhaló profundamente y cerró el puño que tenía sobre la servilleta. En la mesa de al lado, una copa estalló y Hermione no estaba segura de si había sido su culpa o de Harry. Un camarero se acercó a limpiar los cristales, y fue cuando Hermione lo reconoció. Se volvió hacia Kingsley, que estaba cortando a su bistec.

—¿Qué hace Theo Nott como camarero?

—Trabajando.

Hermione se volvió hacia a Sirius. —Le recuerdo, tenía unas notas casi perfectas. Y dinero. Cuando me fui, había donado la mitad de su fortuna y se suponía que iba a empezar como interno en el departamento de cooperación internacional. ¿Qué pasó?

—Cayó bajo el paraguas de la 'Ley de Equidad'.

—¿Y qué es eso?

—Cualquiera con lazos de primer grado con mortífagos tendrá prohibido acceder a cargos públicos para evitar que los tráficos de influencias que se dieron en el pasado—, recitó Harry. —Además de deshacerse de todo su dinero porque no podemos saber su origen.

—Eso es terriblemente injusto.

—Hicimos lo que era necesario para limpiar el Ministerio —, habló Ron por primera vez. Sonaba como todos los seguidores de la extrema derecha que había visto en los medios sociales.

—¿Y cómo es que Malfoy está de camarero? ¿Porque es útil para vosotros?

—Bueno, si tenías tantas objeciones, ¿por qué no dijiste algo? Oh, es cierto —. Harry le dio una sonrisa llena de desdén. —Porque te fuiste.

—Sí Harry, porque me fue muy bien cuando intenté contradecirte la primera vez.

—Por favor, un momento de atención. El acomodador, de pie al lado del atril, esperaba que se hiciera el silencio. —Ahora, la heroína de guerra Hermione Granger ha accedido amablemente a deleitarnos con algunas de sus inspiradoras palabras. Por favor, denle una cálida bienvenida.

—Vamos, heroína —. Susurró Harry mientras aplaudía. —Es hora de dar la cara.

La ira que sentía, arremolinándose en sus venas, enredándose con la magia que le picaba en la punta de los dedos, era todo lo que necesitaba para levantarse y abrirse paso hasta el escenario. Aunque sus rodillas se tambaleaban mientras subía las escaleras, estaba decidida a mostrar al resto del mundo por qué había dirigido casi sola el resultado de la guerra. Se acercó a la tribuna, momentáneamente cegada por las luces blancas y sorda por el ruido del obturador de las cámaras. Tomó aire profundamente, y comenzó.