Escrito en el 2018 / Publicado en el 2020
Sociedad de Ayuda para el Digimon en Infortunio
Por ChieroCurissu
II
—Toshi-kun, no estoy segura de que esto sea buena idea… —juzgó Osen, cuando la situación había escapado de sus manos, de las de Taiki, de las de los Numemon (que literalmente no tenían) y del mismo Toshiro Yagami, auto proclamado jefe de SADI.
—¡Por favor, Toshi, no hagas esto! ¡Es peor que dejarte usar corbatas! —reclamó Nyaromon.
—Ni hablar, esta es la solución mientras traemos al señor Hida —aseguró el hijo de Hikari, con una sonrisa de satisfacción.
El diez añero se había encaramado a la tumba —vacía pero simbólica— de los Numemon y había hecho que su primo Taiki lo encadenara a ésta.
—¿De verdad debo poner el candando, primo? —preguntó dubitativo Taiki Yagami, a quien todavía le gruñía el estómago porque seguía sin desayunar.
—Sí, Taik, y que Koromon se trague la llave.
—¡Pero primo!, esos señores constructores parecen no tener compasión…
—Así es, Toshi-kun, esto no es como en las películas occidentales donde los niños detienen la tala de un árbol atándose a éste, la situación es distinta —comentó la nena de Koushiro.
—Todo saldrá bien, debo aprender a ser sacrificado como lo era mi mamá de pequeña —fue el argumento de Toshiro, mientras Motimon cerraba el candado y Koromon, con singular emoción, se tragaba la llave.
Hacía frío en esa zona del Digimundo y el cielo estaba parcialmente oscuro, como si restos de la oscuridad emanada por los Dark Masters siguieran dañando ese ecosistema. Osen tosía por intervalos, Taiki la había obligado a tomarse la medicina del asma y le había abrochado todos los botones del abrigo, a pesar de que la pelirroja protestó que se asfixiaba.
Colina abajo de la tumba —hecha con rocas de toda la escala de grises disponible en el Mundo Digital— la protesta de la tropa de Numemon había escalado de peligrosidad nula a zafarrancho. Incluso, éstos habían hecho barricadas y otras especies de digimon, como Gekkomon y Chuumon, se habían unido a la causa.
—¡Malditos humanos! ¡Respeten el territorio de los Numemon! —gritaron al unísono las ranitas digitales —, si nuestro señor estuviera despierto vendría a ayudar.
—Tendríamos que llamar a la princesa Mimi para que lo despierte, pero dicen que ya es adulta y no tiene tiempo de cantar...
—Sí, pero oí que tiene un hijo que también canta bonito… —agregó otro Gekkomon.
—¡No! Ni hablar, ¡me sé esa historia! —los detuvo Taiki, segundo a bordo en la organización de SADI —. Su señor, el sapote-digital-malo-gigante, sólo causó problemas a mi papá, a mi tío Joe y a los demás niños elegidos; si quieren apoyar a los Numemon, únanse a la protesta pacífica.
—De pacífica no tiene nada —se quejó Osen, esquivando los lanzamientos de popó.
Además de sus carteles —con faltas de ortografía y consignas como: "No al desalojo", "Viva la mierda", "Respeto para la tumba de los Numemon" y "Renuncia Trump"— los digimon verdosos habían empezado a arrojar estiércol a los constructores, quienes amenazaban con arroyar a los digitales con su maquinaria pesada, o ya de plano al menos arrestarlos por disturbios en la vía pública.
—¡Liberen a esos niños, malditos digimon! —les gritó, con un megáfono, el jefe de la obra —¡Tenemos permisos para desalojar la zona!, repito, ¡suelten a los niños humanos!
—¡No nos han tomado como rehenes, estamos aquí ejerciendo nuestro derecho de libre albedrío y expresión! —gritó el encadenado hijo de Hikari, con sus mejillas encendidas y su determinación hecha fuego —. ¡Lucharemos para defender el territorio sagrado de los Numemon! ¡Si quieren destruir esta tumba, tendrán que destruirme con ella!
—Osen, ¿de verdad aquí es territorio sagrado? —preguntó Motimon.
—¡Claro que no, Toshiro ya perdió el sentido de la realidad! —chilló la preocupada Nyaromon, tratando de hacer que Koromon vomitara la llave para sacar a su protegido de ahí.
Osen Izumi cruzó miradas con Taiki Yagami. Ambos encogieron las cejas, preocupados por las nuevas decisiones de su hermano postizo. Generalmente, Toshiro era un niño pacífico y muy maduro para su edad, que evitaba meterse en problemas y siempre sacaba de líos a los demás. Era verdad que solía tener ocurrencias cada determinado tiempo, pero esta última —que involucraba su sacrificio y la destrucción del hogar por el bien numemonezco— era un hecho sin precedentes.
Estaban a punto de cuestionar a su líder, cuando a Osen le vibró el brazalete digital, que tenía redes sociales incluidas. Eran mensajes de otros miembros de SADI, o mejor dicho, eran mails de sus otros amigos.
—¿Hay noticias del paradero del señor Hida?, ¿cuál es el reporte, O-chan? —preguntó Toshi, mientras la protesta seguía creciendo y a cada momento se unían más digimon para defender el territorio digital.
—Este es el reporte —la niña Izumi tomó aire y prosiguió: —. Yuriko Hida-san se encuentra en un torneo de Kendo en Yokohama, su madre la ha llevado a la competición y ha ganado una medalla de oro…
—¡Qué súper! —opinó Taik; Toshiro pestañeó con añoranza, pues a todos los chicos del grupo les encantaba ir a los torneos de artes marciales de su amiga Hida.
—Yuri-san dice que su padre está en el Congreso del Digimundo, cuya ubicación es en un hotel del barrio de Ginza.
—Justo como nuestros papás… —recordó Toshi.
—Los agentes Takaishi e Ishida están de visita con su bisabuela, en el campo…
—¿Todavía no se muere la bisabuela Ishida?
—¡Taik!, recuerda que Japón tiene la mayor esperanza de vida en el mundo —instruyó Toshi —¡En fin!, ¿algo más?
—El agente Motomiya está en un torneo de soccer… en realidad, casi todos están ocupados hoy, pero harán lo posible por conseguirse una computadora para venir, les he mandado las coordenadas para que puedan trasladarse si encuentran un portal abierto a este mundo…
—El problema es que tenemos que conseguir al tío Iori, primo, pero no podemos contactarlo, no contesta por el celular y para el colmo está en el mismo lugar que nuestros papás, ¿y si mejor le decimos todo a los adultos?
—No, nosotros lo podemos resolver solamente con el señor Hida, Taik —consideró Toshiro —. El plan es este, yo me quedaré lidiando las protestas junto a los digimon y O-chan y tú se infiltrarán al hotel y contactarán solamente al tío Iori, ¿queda claro?
—¡No vamos a dejarte solo, primo!
—No estoy solo, Nyaromon y los Numemon estarán conmigo —argumentó con optimismo —. Esto será memorable, algún día la historia hablará de este suceso.
—¡Pero Toshi-kun, lo normal es que tú seas el prudente! —chilló Osen.
—¡Es tiempo de un cambio social, O-chan!, ¡trae al tío Cody!, seguramente algunos de los chicos vendrán a ayudarme.
—Mi Toshi ha perdido la razón y el sentido del peligro —lloró su Nyaromon, sin consuelo.
Taiki apretó la quijada al ver la determinación de su primo dos años mayor. Sin pensársela más, tomó la mano de su hermanita postiza pelirroja y ambos se echaron a correr por el sendero opuesto de donde se llevaba a cabo la "sucia" manifestación en pro de los derechos de los digitales; Motimon, Koromon y un quinteto de Numemon desorientados, los siguieron sin soltar sus carteles.
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Iori Hida no había dormido nada las últimas 24 horas. Su esposa e hija habían salido a un torneo de kendo en Yokohama desde el sábado en la mañana y habían decidido alquilar un ryokan cercano en lugar de regresar a Odaiba.
«Es para que tu hija se pueda concentrar mejor en la competencia, cariño», había argumentado su mujer, «sé que te gustaría ir a apoyarla porque eres su sensei, pero no puedes faltar al Congreso de los Digimon, le debemos mucho a Armadillomon y a los demás".
Además de la preocupación de no tener en casa a las mujeres de su vida y de estar triste por faltar al torneo de su hija —a pesar de haberla entrenado él mismo—, los pesares de Iori no se limitaban a eso. Por ejemplo, su Armadillomon había quemado la cena y la parrilla de la cocina sin querer, los gritos de sus vecinos le habían ocasionado insomnio y, para el colmo, había tenido problemas en su trabajo, por lo que le dolía la cabeza.
Al parecer, el juzgado donde laboraba le había encargado revisar varios litigios sobre casos que involucraban pleitos jurídicos entre humanos y digimons, todos ellos relacionados a la falta de claridad sobre el uso de suelo en terrenos del Digimundo. Durante todo el fin de semana —y mientras su hijita Yuriko enfrentaba a competidores de kendo de toda la región de Kanto— él había tenido que pasarla mediando entre las empresas humanas y grupos de digimons inconformes.
«¡No pueden hacer edificios en la aldea de los Yokomon!», había defendido un Centauromon, «a los Yokomon no les gusta, no necesitamos vivir acorde a los humanos».
«Hay evidencia científica que indica que el nivel de vida de los Yokomon mejorará con la pertinente construcción de una torre de edificios y la incorporación de servicios básicos», había opinado uno de los empresarios, poniendo una pila de papeles sobre la mesa.
«¡Es ilegal que vengan a construir al Digimundo!», había dicho, en otro de los casos, un Digitatamon, «¡esos restaurantes de comida rápida de los humanos quieren destruir mi negocio y cobrar en yenes, no en dólares!».
«El Mundo Digital carece de suficientes clínicas para brindar servicios médicos, ¿cómo pueden negarse a la construcción de un hospital en la Ciudad del Inicio?», había comentado el ministerio de salud japonés.
«¡Los digimon no necesitamos hospitales, necesitamos libertad!, además, si nos sentimos mal buscaremos a Kido-sensei», insistieron un grupo muy unido de varios Ogremon y Leomon, que eran fanáticos de Jou Kido.
A Iori Hida le zumbaba la cabeza aquella mañana del domingo. Pero a pesar de estar abrumado por el trabajo, se puso su traje favorito, lo combinó con una corbata de franjas guindas—que le había regalado su mejor amiga Miyako— y finalmente, partió al barrio de Ginza para acudir a la cumbre digital del 2025.
—¿Seguro que no quieres que prepare el desayuno, Iori?
—Armadillomon, quemaste la parrilla de la cocina ¿Recuerdas?, compraremos algo en las máquinas expendedoras.
—Es verdad, perdón, Iori.
El abogado compró unas aspirinas y se las bebió combinadas con una bebida energética. Sabía que no era la mejor mezcla, pero su deseo era que se le quitara la jaqueca. Su digimon le recordó que a su esposa no le gustaba que tomara bebidas con taurina, Iori se disculpó, sin embargo, no dejó de hidratarse con ese líquido azul añil.
Cuando llegó al hotel, inmediatamente fue a firmar su asistencia y se reunió con algunos de sus amigos del Digimundo, con quienes iba a presidir una conferencia.
—Uy, traes pésima cara —le dijo Daisuke Motomiya, que lucía tan fresco como una lechuga.
—Déjalo, no lo molestes —defendió la señora Ichijouji, sobando su barriga inflada por su tercer embarazo —. Lo que pasa es que Cody está inquieto porque su hija está en la olimpiada regional de Kendo y ganó oro, me lo dijo su mujer.
—¿Y eso qué?, mi Kyo está jugando fútbol en un torneo, no ha ganado, aunque…
—¡Ja!, eso cualquiera, Daisuke, son actividades normales en donde destacan los niños, pero dime, ¿ganó tu hijo una medalla de oro a nivel nacional por patear la pelota?, ¿eeeeeeh?, porque si a esas vamos, mi hijo Zetty ganó segundo lugar en un concurso de dibujo del colegio y mi hija Kurumi casi triunfó en la feria de ciencias de Odaiba.
—Miyako, tranquila —rogó Ken —. No te exaltes, le hace mal al bebé.
—Ay, Ken, es que quiero que mis hijos ganen una medalla de oro a nivel nacional como la hija de Iori, sniff —berreó Miyako.
—Recuerda, lo importante es que los niños tengan salud… —quiso considerar Ken.
—¡No! ¡Quiero que ganen!, ¡son tan bonitos que deberían ganar siempre! —gritó Miyako —. Querido tercer bebé que creces en mis entrañas, ¡más te vale ganar en todo y no conformarte como tus hermanos!, ¡sniff, sniff!
—Sácala de aquí, Ichijouji, la inauguración está por comenzar y ya se puso loca como en todos sus embarazos —juzgó Daisuke.
—Por lo visto, Miyako-san está pasando por una etapa difícil —opinó Iori —. Además, mi hija sólo ganó la olimpiada regional, aunque no dudo que triunfe en las nacionales, debe ser la mejor candidata de su edad…
—¡No le eches sal a la herida! —se enojó Ken.
Miyako increpó su llanto, por lo que Ichijouji se fue al lobby del hotel a calmarla, mientras el resto de los elegidos concluían los detalles previos a la inauguración del evento.
El Congreso Internacional de la Tierra y el Digimundo se llevaba a cabo cada año gracias a la colaboración de elegidos y digimons de todo el mundo, quienes gestionaban mejoras en las relaciones entre humanos y digitales mediante mesas de análisis y conferencias. El diplomático Taichi Yagami era el presidente honorífico del congreso, pero en esta ocasión se habían invitado a líderes y jefes de estado del G20, por lo que la seguridad era hasta exagerada.
Afuera del hotel, Iori había visto varios grupos de digimon manifestándose por la igualdad de derechos con los humanos; al mismo tiempo, extremistas del partido Humanista también se habían enfilado en las inmediaciones, por lo que el clima político era tenso.
—Últimamente me preocupan mucho estas manifestaciones —sinceró Iori a su amiga Hikari Yagami, mientras ambos terminaban la inscripción de los invitados de honor y entregaban gafetes.
—Yo no llego a tanto —dijo Hikari —. Debería estar pensando en el bienestar de los digimon y en el congreso, pero me he vuelto una mujer egoísta que sólo piensa en sus problemas personales.
—No entiendo a lo que te refieres, Hikari-san.
—Que en lugar de estar pensando en frenar las disputas entre digimon y humanos, yo no puedo dejar de pensar en que dejé en casa a mi hijo de 10 años a cargo de los más pequeños… —confesó la profesora Yagami.
—Que yo sepa tienes un hijo responsable —quiso apoyar Iori, quien siempre había creído que el hijo de Hikari era tan tranquilo y maduro como su hija Yuriko.
—Es que no le has visto la mirada que trae últimamente —sonrió ella —. Pero bueno, ¡Vamos a dar inicio con el evento!, al parecer ya está todo listo…
Iori tomó asiento en la mesa de honor, a un costado de Taichi, quien parecía molesto. Frente a ellos había un letrero con sus nombres y cargos: "Yagami Taichi, Embajador del Digimundo en la ONU"; "Marillac Catherine, Presidenta del Consejo de Seguridad del Digimundo"; "Takenouchi Haruhiko, Académico"… Iori leyó todos los nombres hasta llegar al suyo: "Hida Iori, abogado especialista en asuntos del Digimundo y juez del poder judicial japonés".
Se sentía alicaído. Todavía no se le quitaba el dolor de cabeza, no obstante, la bebida energética le había acelerado el pulso. A pesar de que quería poner atención, sobre todo en la inauguración, su mente estaba dividida en la dulce imagen de su hija ganando una medalla y su tortuoso trabajo irresoluto sobre litigios en el Digimundo.
—¿Pogqué estás enojado, Yagami? —preguntó la presidenta del Consejo de Seguridad del Digimundo, la elegida francesa Catherine.
—¿Cómo qué por qué, linda?, ¡la seguridad que has instalado es excesiva!, ¡casi no hay digimons en la audiencia!, así nunca seremos una sociedad plural.
—Afuega hay distugbios, Yagami, tiene que seg así.
—Patrañas… —susurró Taichi, y Iori coincidió con su viejo amigo —. Ni siquiera un grupo terrorista sería capaz de atravesar estos filtros de seguridad tan exagerados.
No obstante, justo después de que dijo eso, las luces del recinto se apagaron abruptamente. Lo peor fue un olor a drenaje que se filtró en el salón y, posteriormente, se escucharon risas desencajadas, parecidas a los payasos diabólicos de las películas de terror.
Continuará...
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