Disclaimer: todo lo relacionado con el mundo de Harry Potter le pertenece a J. K. Rowling
Cosa de genes
Hogwarts. Aula de Transformaciones. Noviembre de 1977
Minerva iba caminando por los pasillos del castillo, esquivando a los alumnos que se dirigían a sus próximas clases; ella misma también se estaba dirigiendo a su aula. Le tocaba Transformaciones con los de séptimo año; leones y águilas. Una clase tranquila y sin complicaciones, eso si no contaba con aquel cuarteto de muchachos, con la ahora incorporación de dos muchachas, para sorpresa pero no tanto de la bruja. Era cuestión de tiempo para que cierta pelirroja que tenía como alumna al final entendiera sus sentimientos, y que cierto pelinegro fuera capturado entre las redes de una rubia leona.
Minerva sacudió la cabeza, como si quisiera espantar a sus propios pensamientos; la inminente guerra la sumía en aquel estado, en los recuerdos y pensamientos sobre sus alumnos. ¿Qué les depararía el futuro dentro de un año o menos? Eran sus leones, al final del día.
Todavía le quedaban unos minutos para que comenzara la clase; aún así aceleró el ritmo de su caminata, el repiqueteo de sus tacones mezclándose con las voces de las conversaciones de los estudiantes que se encontraban en el patio o en el pasillo.
Sus alumnos ya estaban entrando al aula cuando ella llegó a la puerta, pero había dos personas que se habían detenido frente a ésta, muy juntos y con los brazos enlazados en el otro. Los reconoció rápidamente.
—Señor Potter. Señorita Evans—los llamó, causando el sobresalto en los dos jóvenes, quienes se separaron rápidamente, con las mejillas sonrosadas de Lily y los anteojos levemente inclinados de James—. No estoy en contra de las demostraciones de afecto, pero tengo una clase que comenzar.
—No seas aguafiestas, Minnie—replicó James sonriendo ladeadamente, pero rápidamente cambio la sonrisa por una mueca ante el golpe que le había proporcionado su novia en el estómago—. ¡Lily!
La pelirroja le echó una mirada reprobatoria, aún sonrojada. —Ya nos sentamos, Profesora.
Tirando de la mano de James, Lily entró al aula, seguida por el muchacho y Minerva, y los dos jóvenes se sentaron en sus respectivos lugares al lado de McKinnon y Black.
Hogwarts. Aula de Transformaciones. Abril de 1997
Desde hacia ya varios años que Minerva recorría aquellos pasillos una y otra vez, día tras día, acompañada por las voces de sus alumnos, escuchando las alegrías y penas, las esperanzas y los corazones rotos. Y el estallido de otra guerra, en la cual tenía miedo por todos aquellos jóvenes, temiendo del lado en el que se pondrán si tienen que ir al frente.
Los años le pesaban. La situación era completamente distinta a la anterior, a pesar de que era la misma persona contra la que estaban luchando; lo podía sentir en el aire, sentir la tensión, el miedo, las rivalidades entre los propios estudiantes.
Suspiró. Quería que acabase la guerra, pero no quería pensar cómo iba a terminar; suficientes muertes ya se había llevado esta guerra sin antes haber empezado.
Esquivó a un grupo de tercer año que iban hablando entre sí sin prestar atención al camino (ojalá ella pudiera hacer lo mismo), y dobló hacia la derecha, entrando en el patio. El frío se estaba yendo de a poco, y los estudiantes lo aprovechaban. Vio a los alumnos de sexto año que se dirigían hacia el aula de Transformaciones, leones y águilas.
Y al verlos no pudo evitar pensar quiénes iban a ser aquellos que se vieran obligados a pelear por sus propias vidas y la de sus familiar. La guerra era brutal.
Con otro suspiro, terminó de cruzar el patio, topándose con una escena bastante familiar cuando se detuvo en la puerta de su aula.
Una cabellera pelirroja se encontraba inclinada contra un muchacho de cabellera indomable, quien la tomaba de la cintura, con los labios unidos.
Minerva no pudo evitar la imperceptible sonrisa que le adornó el rostro; hacía ya unos cuantos años se había encontrado con una escena muy similar, con la diferencia que ellos dos no estaban bloqueando la entrada al aula.
—Señor Potter, la clase está por comenzar—le recordó la profesora mientras que se acercaba a la puerta; la pareja se separó, claramente sorprendidos de ser atrapados—. Y recuerdo que usted tendría que estar en clase de Encantamientos, ¿verdad, señorita Weasley?
Y entró al aula, dejando a Harry y Ginny solos en el pasillo; se acomodó en su escritorio, aún con unos minutos antes de arrancar la clase.
Harry entró unos segundo después, con el cabello más desarreglado de lo que ya lo tenía y con una sonrisa despreocupada y enamorada que nunca la bruja había visto en el rostro de su alumno y que le recordaba demasiado a otro pelinegro con anteojos, y se dirigió hacia donde Granger y Weasley se encontraban, guardándole un lugar. Por cosas del destino, el trío ocupaba los mismos lugares que los padres de Harry y sus amigos habían ocupado en su momento.
Parece que hay cosas que vienen en los genes y que son más fuertes.
