Harry Potter: Una lectura distinta, Vol. 2
Por edwinguerrave
Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008
El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.
La Cámara de los Secretos
CAPÍTULO 3 La Madriguera
George dejó el pergamino en el atril, y éste apenas se movió a su derecha, donde Fred, sonriendo, lo tomó.
—Bienvenidos a "La Madriguera".
Aplausos y risas se escucharon al momento que Fred, emocionado, mencionó el nombre de la casa familiar de los Weasley, alboroto que provocaron los más jóvenes y que duró unos buenos cinco o seis minutos.
—¡Ron! —exclamó Harry, encaramándose a la ventana y abriéndola para poder hablar con él a través de la reja—. Ron, ¿cómo has logrado...? ¿Qué...?
Harry se quedó boquiabierto al darse cuenta de lo que veía. Ron sacaba la cabeza por la ventanilla trasera de un viejo coche de color azul turquesa que estaba detenido ¡ni más ni menos que en el aire! Sonriendo a Harry desde los asientos delanteros, estaban Fred y George, los hermanos gemelos de Ron, que eran mayores que él.
Los gemelos chocaron sus manos, haciendo reír a muchos en la sala y provocando, como varias veces, que JS y Freddie se levantaran a hacer como si los adoraran.
—¿Todo bien, Harry?
—¿Qué ha pasado? —preguntó Ron—. ¿Por qué no has contestado a mis cartas? Te he pedido unas doce veces que vinieras a mi casa a pasar unos días, y luego mi padre vino un día diciendo que te habían enviado un apercibimiento oficial por utilizar la magia delante de los muggles.
—Bueno, ya sabemos que fue por Dobby —rectificó Ron—, pero igual estaba preocupado.
—No fui yo. Pero ¿cómo se enteró?
—Trabaja en el Ministerio —contestó Ron—. Sabes que no podemos hacer ningún conjuro fuera del colegio.
—A menos que seas hijo de muggles —comentó Hermione—, por lo que te autorizan una semana, para que muestres a tus padres los avances que has logrado.
—Y no puedes hacerlo —recordó Naira— delante de cualquiera.
—¡Tiene gracia que tú me lo digas! —repuso Harry, echando un vistazo al coche flotante.
—¡Esto no cuenta! —explicó Ron—. Sólo lo hemos cogido prestado. Es de mi padre, nosotros no lo hemos encantado. Pero hacer magia delante de esos muggles con los que vives...
—No he sido yo, ya te lo he dicho..., pero es demasiado largo para explicarlo ahora. Mira, puedes decir en Hogwarts que los Dursley me tienen encerrado y que no podré volver al colegio, y está claro que no puedo utilizar la magia para escapar de aquí, porque el ministro pensaría que es la segunda vez que utilizo conjuros en tres días, de forma que...
—Deja de decir tonterías —dijo Ron—. Hemos venido para llevarte a casa con nosotros.
Se oyeron nuevos aplausos en la Sala.
—Pero tampoco vosotros podéis utilizar la magia para sacarme...
—Papá —interrumpió Lilu, viendo a Harry con fingida decepción—, ¿con quienes está el tío Ron? Con los tíos gemelos, ¿verdad?
Nuevas risas se escucharon, y Harry, abrazando a su hija, le hizo señas a Fred para que siguiera leyendo.
—No la necesitamos —repuso Ron, señalando con la cabeza hacia los asientos delanteros y sonriendo—. Recuerda a quién he traído conmigo.
—Lo que decía —insistió Lilu.
—Ata esto a la reja —dijo Fred, arrojándole un cabo de cuerda.
—Si los Dursley se despiertan, me matan —comentó Harry, atando la soga a uno de los barrotes. Fred aceleró el coche.
—No te preocupes —dijo Fred— y apártate.
Harry se retiró al fondo de la habitación, donde estaba Hedwig, que parecía haber comprendido que la situación era delicada y se mantenía inmóvil y en silencio. El coche aceleró más y más, y de pronto, con un sonoro crujido, la reja se desprendió limpiamente de la ventana mientras el coche salía volando hacia el cielo. Harry corrió a la ventana y vio que la reja había quedado colgando a sólo un metro del suelo. Entonces Ron fue recogiendo la cuerda hasta que tuvo la reja dentro del coche. Harry escuchó preocupado, pero no oyó ningún sonido que proviniera del dormitorio de los Dursley.
Aunque estaban contentos porque Harry saldría de esa tortuosa situación para viajar a La Madriguera, igual había tensión en el ambiente.
Después de que Ron dejara la reja en el asiento trasero, a su lado, Fred dio marcha atrás para acercarse tanto como pudo a la ventana de Harry.
—Entra —dijo Ron.
—Pero todas mis cosas de Hogwarts... Mi varita mágica, mi escoba...
—¿Dónde están?
—Guardadas bajo llave en la alacena de debajo de las escaleras. Y yo no puedo salir de la habitación.
—¡Rayos! —exclamó James. Harry sonrió, al igual que Ron y los gemelos.
—No te preocupes —dijo George desde el asiento del acompañante—. Quítate de ahí, Harry.
Fred y George entraron en la habitación de Harry trepando con cuidado por la ventana. «Hay que reconocer que lo hacen muy bien», pensó Harry cuando George se sacó del bolsillo una horquilla del pelo para forzar la cerradura.
—Muchos magos creen que es una pérdida de tiempo aprender estos trucos muggles —observó Fred—, pero nosotros opinamos que vale la pena adquirir estas habilidades, aunque sean un poco lentas.
—Y vaya que sí nos ayudaron ese día —ratificó George. Tonks sonreía con la descripción de lo que hacían los gemelos.
Se oyó un ligero «clic» y la puerta se abrió.
—Bueno, nosotros bajaremos a buscar tus cosas. Recoge todo lo que necesites de tu habitación y ve dándoselo a Ron por la ventana —susurró George.
—Lo primero debería ser Hedwig —comentó Charlie, secundado por Hagrid y Nadia.
—Tened cuidado con el último escalón, porque cruje —les susurró Harry mientras los gemelos se internaban en la oscuridad. Harry fue cogiendo sus cosas de la habitación y se las pasaba a Ron a través de la ventana. Luego ayudó a Fred y a George a subir el baúl por las escaleras. Oyó toser al tío Vernon.
Una vez en el rellano, llevaron el baúl a través de la habitación de Harry hasta la ventana abierta. Fred pasó al coche para ayudar a Ron a subir el baúl, mientras Harry y George lo empujaban desde la habitación. Centímetro a centímetro, el baúl fue deslizándose por la ventana.
Tío Vernon volvió a toser.
—Ojalá se ahogara en su tos —gruñó Sirius, a lo que Dudley abrió los ojos asombrado.
—Un poco más —dijo jadeando Fred, que desde el coche tiraba del baúl—, empujad con fuerza...
Harry y George empujaron con los hombros, y el baúl terminó de pasar de la ventana al asiento trasero del coche.
—Estupendo, vámonos —dijo George en voz baja.
Pero al subir al alféizar de la ventana, Harry oyó un potente chillido detrás de él, seguido por la atronadora voz de tío Vernon.
—¡Hedwig! —gritaron varios en la sala, especialmente los más jóvenes. Hagrid se azotó un golpe en la frente con la palma de la mano, mientras Ginny negaba sonriendo.
—¡ESA MALDITA LECHUZA!
—¡Me olvidaba de Hedwig!
—No nos dimos cuenta —gritó Frankie, haciendo reír a varios.
Harry cruzó a toda velocidad la habitación al tiempo que se encendía la luz del rellano. Cogió la jaula de Hedwig, volvió velozmente a la ventana, y se la pasó a Ron. Harry estaba subiendo al alféizar cuando tío Vernon aporreó la puerta, y ésta se abrió de par en par.
—¡Apúrate, Harry! —exclamó Lily, apretando la mano de su hijo, el cual sonreía ante la actitud de su mamá.
Durante una fracción de segundo, tío Vernon se quedó inmóvil en la puerta; luego soltó un mugido como el de un toro furioso y, abalanzándose sobre Harry, lo agarró por un tobillo.
Ron, Fred y George lo asieron a su vez por los brazos, y tiraban de él todo lo que podían.
—¡Petunia! —bramó tío Vernon—. ¡Se escapa! ¡SE ESCAPA!
—¡Déjalo que se vaya, morsa con bigotes! —rugió James.
Pero los Weasley tiraron con más fuerza, y el tío Vernon tuvo que soltar la pierna de Harry. Tan pronto como éste se encontró dentro del coche y hubo cerrado la puerta con un portazo, gritó Ron:
—¡Fred, aprieta el acelerador!
Y el coche salió disparado en dirección a la luna. Harry no podía creérselo: estaba libre. Bajó la ventanilla y, con el aire azotándole los cabellos, volvió la vista para ver alejarse los tejados de Privet Drive. Tío Vernon, tía Petunia y Dudley estaban asomados a la ventana de Harry, alucinados.
—¡Hasta el próximo verano! —gritó Harry.
—¡Síiii! —aplaudieron en la Sala, y hasta Snape, intentando mantener su rostro impasible, no pudo evitar un particular brillo en los ojos cuando vio a Lily abrazar a Harry.
Los Weasley se rieron a carcajadas, y Harry se recostó en el asiento, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Suelta a Hedwig —dijo a Ron— y que nos siga volando. Lleva un montón de tiempo sin poder estirar las alas.
—Realmente, Ron, fue una gran idea —le comentó Hermione, dándole un beso en la mejilla.
George le pasó la horquilla a Ron y, en un instante, Hedwig salía alborozada por la ventanilla y se quedaba planeando al lado del coche, como un fantasma.
Harry suspiró fuertemente al recordar a su amada lechuza.
—Entonces, Harry, ¿por qué...? —preguntó Ron impaciente—. ¿Qué es lo que ha ocurrido?
Harry les explicó lo de Dobby, la advertencia que le había hecho y el desastre del pudín de violetas. Cuando terminó, hubo un silencio prolongado.
—Muy sospechoso —dijo finalmente Fred.
—Me huele mal —corroboró George—. ¿Así que ni siquiera te dijo quién estaba detrás de todo?
—Todavía pienso lo mismo —se interrumpió Fred—, a pesar de que ya conocemos la mayor parte de lo que pasó.
—Creo que no podía —dijo Harry—, ya os he dicho que cada vez que estaba a punto de irse de la lengua, empezaba a darse golpes contra la pared —Vio que Fred y George se miraban—. ¿Creéis que me estaba mintiendo? —preguntó Harry.
—Bueno —repuso Fred—, tengamos en cuenta que los elfos domésticos tienen mucho poder mágico, pero normalmente no lo pueden utilizar sin el permiso de sus amos. Me da la impresión de que enviaron al viejo Dobby para impedirte que regresaras a Hogwarts. Una especie de broma. ¿Hay alguien en el colegio que tenga algo contra ti?
—Él fue por su cuenta —murmuró Draco, pero Harry, al verlo, le hizo señas que no comentara nada.
—Sí —respondieron Ron y Harry al unísono.
—Draco Malfoy —dijo Harry—. Me odia.
—En aquel momento —ratificó Harry—, ya en estos tiempos, si bien no es una amistad floreciente, al menos hay respeto, ¿cierto?
—Cierto, Potter —contestó Draco, mientras Christina, atenta a la conversación, veía a su padre y medio hermano.
—¿Draco Malfoy? —dijo George, volviéndose—. ¿No es el hijo de Lucius Malfoy?
—Supongo que sí, porque no es un apellido muy común —contestó Harry—. ¿Por qué lo preguntas?
—He oído a mi padre hablar mucho de él —dijo George—. Fue un destacado partidario de Quien-tú-sabes.
—Y cuando desapareció Quien-tú-sabes —dijo Fred, estirando el cuello para hablar con Harry—, Lucius Malfoy regresó negándolo todo. Mentiras... Mi padre piensa que él pertenecía al círculo más próximo a Quien-tú-sabes.
—La historia te dio la razón, hijo —afirmó Arthur, mientras Draco evitaba mirar al grupo.
Harry ya había oído estos rumores sobre la familia de Malfoy, y no le habían sorprendido en absoluto. En comparación con Malfoy, Dudley Dursley era un muchacho bondadoso, amable y sensible.
—Gracias por la comparación, primo —comentó Dudley, haciendo sonreír a sus hijas.
—No sé si los Malfoy poseerán un elfo —dijo Harry.
—Bueno, sea quien sea, tiene que tratarse de una familia de magos de larga tradición, y tienen que ser ricos —observó Fred.
—Sí, mamá siempre está diciendo que querría tener un elfo doméstico que le planchase la ropa —dijo George—. Pero lo único que tenemos es un espíritu asqueroso y malvado en el ático, y el jardín lleno de gnomos. Los elfos domésticos están en grandes casas solariegas y en castillos y lugares así, y no en casas como la nuestra.
—Bueno —sonrió Molly—, tengo que darle gracias a Harry, que me presta a Kreacher cuando me toca atenderlos a todos, ya no tengo la agilidad de antes.
—Molly —le dijo Arthur al oído—, sigues tan ágil como siempre.
Los dos se sonrojaron, pero Fred no hizo intención de burlarse, sino que siguió leyendo.
Harry estaba callado. A juzgar por el hecho de que Draco Malfoy tenía normalmente lo mejor de lo mejor, su familia debía de estar forrada de oro mágico. Podía imaginárselo dándose aires en una gran mansión. También parecía encajar con el tipo de cosas que Malfoy podría hacer, el enviar a un criado para que impidiera que Harry volviese a Hogwarts. ¿Había sido un estúpido al dar crédito a Dobby?
—De cualquier manera, estoy muy contento de que hayamos podido rescatarte —dijo Ron—. Me estaba preocupando que no respondieras a mis cartas. Al principio le echaba la culpa a Errol...
—¿Quién es Errol?
—Nuestra lechuza macho. Pero está viejo. No sería la primera vez que le da un colapso al hacer una entrega. Así que intenté pedirle a Percy que me prestara a Hermes...
—¿Quién?
—La lechuza que nuestros padres compraron a Percy cuando lo nombraron prefecto —dijo Fred desde el asiento delantero.
—Verdad que se la mencionaste cuando dijiste que a ti te habían dejado a Scabbers —comentó Rose, mirando a ver a su papá—, cuando hablaron por primera vez en el tren. Pero no le dijiste que se llamaba así.
—Pero Percy no me la quiso dejar —añadió Ron—. Dijo que la necesitaba él.
—Este verano, Percy se está comportando de forma muy rara —dijo George, frunciendo el entrecejo—. Ha estado enviando montones de cartas y pasando muchísimo tiempo encerrado en su habitación... No puede uno estar todo el día sacando brillo a la insignia de prefecto. Te estás desviando hacia el oeste, Fred —añadió, señalando un indicador en el salpicadero. Fred giró el volante.
Algunos silbidos, por parte de los gemelos y Lee, se escucharon, haciendo sonrojar a Percy y fruncir el ceño a Audrey, Molls y Lucy.
—¿Vuestro padre sabe que os habéis llevado el coche? —preguntó Harry, adivinando la respuesta.
—Si sabes la respuesta —sonrió Hermione—, ¿para qué preguntas?
—Esto..., no —contestó Ron—, esta noche tenía que trabajar. Espero que podamos dejarlo en el garaje sin que nuestra madre se dé cuenta de que nos lo hemos llevado.
—Para que la abuela no se dé cuenta de algo raro en la casa —comentó Louis, mirando con cariño a Molly—, tendría que estar ciega, o que pase oculto en una capa de invisibilidad.
—Y sin embargo —complementó Dom—, seguro se da cuenta.
—¿Qué hace vuestro padre en el Ministerio de Magia?
—Trabaja en el departamento más aburrido —contestó Ron—: el Departamento Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles.
Arthur vio a su hijo con seriedad, pero Ron sólo alzó los hombros en señal de rendición.
—¿El qué?
—Se trata de cosas que han sido fabricadas por los muggles pero que alguien las encanta, y que terminan de nuevo en una casa o una tienda muggle. Por ejemplo, el año pasado murió una bruja vieja, y vendieron su juego de té a un anticuario. Una mujer muggle lo compró, se lo llevó a su casa e intentó servir el té a sus amigos. Fue una pesadilla. Nuestro padre tuvo que trabajar horas extras durante varias semanas.
—¿Qué ocurrió?
—Pues que la tetera se volvió loca y arrojó un chorro de té hirviendo por toda la sala, y un hombre terminó en el hospital con las tenacillas para coger los terrones de azúcar aferradas a la nariz. Nuestro padre estaba desesperado, en el departamento solamente están él y un viejo brujo llamado Perkins, y tuvieron que hacer encantamientos para borrarles la memoria y otros trucos para que no se acordaran de nada.
—Realmente fueron tres semanas terribles —recordó Arthur, mientras sus hijos sonreían.
—Pero vuestro padre..., este coche...
Fred se rió.
—Sí, le vuelve loco todo lo que tiene que ver con los muggles, tenemos el cobertizo lleno de chismes muggles. Los coge, los hechiza y los vuelve a poner en su sitio. Si viniera a inspeccionar a casa, tendría que arrestarse a sí mismo. A nuestra madre la saca de quicio.
Molly y Arthur cruzaron miradas entre divertidas y de disculpas, y cuando se dieron un leve beso en los labios, todos los Weasley aplaudieron, haciéndolos sonrojar nuevamente.
—Ahí está la carretera principal —dijo George, mirando hacia abajo a través del parabrisas—. Llegaremos dentro de diez minutos... Menos mal, porque se está haciendo de día.
—¿Tan largo fue el viaje, tío? —preguntó Molls.
—No —respondió Ron—, sino que entre una cosa y otra se nos hizo de mañana.
Un tenue resplandor sonrosado aparecía en el horizonte, al este. Fred dejó que el coche fuera perdiendo altura, y Harry vio a la escasa luz del amanecer el mosaico que formaban los campos y los grupos de árboles.
—Vivimos un poco apartados del pueblo —explicó George—. En Ottery Saint Catchpole.
El coche volador descendía más y más. Entre los árboles destellaba ya el borde de un sol rojo y brillante.
—¡Aterrizamos! —exclamó Fred cuando, con una ligera sacudida, tomaron contacto con el suelo. Aterrizaron junto a un garaje en ruinas en un pequeño corral, y Harry vio por vez primera la casa de Ron.
Parecía como si en otro tiempo hubiera sido una gran pocilga de piedra, pero aquí y allá habían ido añadiendo tantas habitaciones que ahora la casa tenía varios pisos de altura y estaba tan torcida que parecía sostenerse en pie por arte de magia, y Harry sospechó que así era probablemente.
—¿Y todavía lo dudas? —preguntó Ginny, sonriendo, mientras los más jóvenes aplaudían con la descripción de la casa familiar.
Cuatro o cinco chimeneas coronaban el tejado. Cerca de la entrada, clavado en el suelo, había un letrero torcido que decía «La Madriguera». En torno a la puerta principal había un revoltijo de botas de goma y un caldero muy oxidado. Varias gallinas gordas de color marrón picoteaban a sus anchas por el corral.
—No es gran cosa.
—Es una maravilla —repuso Harry, contento, acordándose de Privet Drive. Salieron del coche.
Otra vez se dejaron escuchar aplausos de parte de los más jóvenes, pero éstos se fueron apagando al ver las sonrisas culpables de los gemelos, Ron y Harry.
—Ahora tenemos que subir las escaleras sin hacer el menor ruido —advirtió Fred—, y esperar a que mamá nos llame para el desayuno. Entonces tú, Ron, bajarás las escaleras dando saltos y diciendo: «¡Mamá, mira quién ha llegado esta noche!» Ella se pondrá muy contenta, y nadie tendrá que saber que hemos cogido el coche.
—Momento, Fred —interrumpió Harry, para luego levantarse y aclarar con solemnidad—: Hago constar públicamente que no tuve nada que ver con ese plan, ni su concepción ni su ejecución —algunas risas se escucharon—. Aclarado el punto, puedes seguir, Fred.
Pero tuvo que esperar unos minutos, mientras las risas se controlaban.
—Bien —dijo Ron—. Vamos, Harry, yo duermo en el...
De repente, Ron se puso de un color verdoso muy feo y clavó los ojos en la casa. Los otros tres se dieron la vuelta.
La señora Weasley iba por el corral espantando a las gallinas, y para tratarse de una mujer pequeña, rolliza y de rostro bondadoso, era sorprendente lo que podía parecerse a un tigre de enormes colmillos.
—Discúlpeme, Molly —se sonrojó Harry, mientras Ginny lo veía resoplando—, quien habla ahí es mi pensamiento de doce años.
—Lo sé, hijo, tranquilo —sonrió Molly, con ternura en su mirada.
Ginny, sin embargo, no estaba tan contenta:
—Creo que te lo dije —le susurró a Harry al oído—, que si volvías a pensar que mi mamá es rolliza te ibas a ir a dormir al sofá, ¿cierto?
—Sí —le respondió también en susurros—, y que si me lo merecía, que al menos pudiera dormir en el sofá contigo.
Ginny negó, sonrió y le hizo señas a Fred para que siguiera.
—¡Ah! —musitó Fred.
—¡Dios mío! —exclamó George.
—Así, señoras y señores —dijo Freddie, intentando no reírse de su padre y tío—, es como uno se siente cuando la abuela Molly lo descubre en alguna broma.
Muchos de los más jóvenes asintieron, y Molly asintió con orgullo.
La señora Weasley se paró delante de ellos, con las manos en las caderas, y paseó la mirada de uno a otro. Llevaba un delantal estampado de cuyo bolsillo sobresalía una varita mágica.
—Así que... —dijo.
—Buenos días, mamá —saludó George, poniendo lo que él consideraba que era una voz alegre y encantadora.
—Que realmente era la voz de un muchacho aterrorizado —comentó Molly, mientras Fred, Ron y Harry asentían, pues era la misma sensación que habían tenido ese día.
—¿Tenéis idea de lo preocupada que he estado? —preguntó la señora Weasley en un tono aterrador.
—Perdona, mamá, pero es que, mira, teníamos que…
Aunque los tres hijos de la señora Weasley eran más altos que su madre, se amilanaron cuando descargó su ira sobre ellos.
—¡Las camas vacías! ¡Ni una nota! El coche no estaba..., podíais haber tenido un accidente... Creía que me volvía loca, pero no os importa, ¿verdad?... Nunca, en toda mi vida... Ya veréis cuando llegue a casa vuestro padre, un disgusto como éste nunca me lo dieron Bill, ni Charlie, ni Percy...
—Percy, el prefecto perfecto —murmuró Fred.
—Mala respuesta —comentó Neville, a lo que Fred respondió:
—No creas que no me lo hizo saber… Sí, aquí está —y tomando aire, hizo una muy fiel imitación de su madre:
—¡PUES PODRÍAS SEGUIR SU EJEMPLO! —gritó la señora Weasley, dándole golpecitos en el pecho con el dedo—. Podríais haberos matado o podría haberos visto alguien, y vuestro padre haberse quedado sin trabajo por vuestra culpa...
Las risas regresaron por unos minutos. Hasta Molly no pudo evitar reír, para después, levantarse y abrazar a su hijo. Cuando se separaron, ambos lloraban, aunque con amplias sonrisas en sus rostros.
Les pareció que la reprimenda duraba horas. La señora Weasley enronqueció de tanto gritar y luego se plantó delante de Harry, que retrocedió asustado.
—Me alegro de verte, Harry, cielo —dijo—. Pasa a desayunar.
—Típico —sonrió Ron—, mamá pierde la voz regañándonos a todos, pero a Harry le habla con la voz más suave que tiene.
—Y dudo que vaya a cambiar —le replicó Charlie, mientras sonreía.
La señora Weasley se encaminó hacia la casa y Harry la siguió, después de dirigir una mirada azorada a Ron, que le respondió animándolo con un gesto de la cabeza.
La cocina era pequeña y todo en ella estaba bastante apretujado. En el medio había una mesa de madera que se veía muy restregada, con sillas alrededor. Harry se sentó tímidamente, mirando a todas partes. Era la primera vez que estaba en la casa de un mago.
El reloj de la pared de enfrente sólo tenía una manecilla y carecía de números. En el borde de la esfera había escritas cosas tales como «Hora del té», «Hora de dar de comer a las gallinas» y «Te estás retrasando». Sobre la repisa de la chimenea había unos libros en montones de tres, libros que tenían títulos como La elaboración de queso mediante la magia, El encantamiento en la repostería o Por arte de magia: cómo preparar un banquete en un minuto. Y, a menos que Harry hubiera escuchado mal, la vieja radio que había al lado del fregadero acababa de anunciar que a continuación emitirían el programa «La hora de las brujas, con la popular cantante hechicera Celestina Warbeck».
—No, Harry —intervino Fleur, mientras Bill y Molly la veían— es lo más seguro… Ya me acostumbré a escucharla.
La señora Weasley preparaba el desayuno sin poner demasiada atención en lo que hacía, y en el rato que tardó en freír las salchichas echó unas cuantas miradas de desaprobación a sus hijos. De vez en cuando murmuraba: «cómo se os pudo ocurrir» o «nunca lo hubiera creído».
—Tú no tienes la culpa, cielo —aseguró a Harry, echándole en el plato ocho o nueve salchichas—. Arthur y yo también hemos estado muy preocupados por ti. Anoche mismo estuvimos comentando que si Ron seguía sin tener noticias tuyas el viernes, iríamos a buscarte para traerte aquí. Pero —dijo mientras le servía tres huevos fritos— cualquiera podría haberos visto atravesar medio país volando en ese coche e infringiendo la ley…
—Hijo —Lily volteó a ver a Harry sorprendida—, comías bastante, ¿verdad?
—Tenía que ayudarlo —dijo Molly, sonriendo tiernamente al ver a su yerno—, estaba tan flaco, se notaba que no estaba alimentándose bien.
—Yo creo que competía con Ron a ver quién comía más —comentó Hermione.
—No, imposible —reconoció Harry, levantando las manos—, creo que nadie come más que Ron.
—Canuto, por lo que he visto estos días —intervino James.
—Sin embargo, abuelo —dijo Lilu—, de nosotros quien más come es Al.
El aludido miró a su hermana con molestia, aunque después la abrazó con cariño.
Entonces, como si fuera lo más natural, dio un golpecito con la varita mágica en el montón de platos sucios del fregadero, y éstos comenzaron a lavarse solos, produciendo un suave tintineo.
—¡Estaba nublado, mamá! —dijo Fred.
—¡No hables mientras comes! —le interrumpió la señora Weasley.
—¡Lo estaban matando de hambre, mamá! —dijo George.
—¡Cállate tú también! —atajó la señora Weasley, pero cuando se puso a cortar unas rebanadas de pan para Harry y a untarlas con mantequilla, la expresión se le enterneció.
Fred se interrumpió al adelantarse en la lectura, sonrió mientras veía a Ginny, y retomó la narración:
En aquel momento apareció en la cocina una personita bajita y pelirroja, que llevaba puesto un largo camisón y que, dando un grito, se volvió corriendo.
Varios voltearon a ver a Ginny, quien se había sonrojado. Harry la abrazó, atrayéndola haca su pecho.
—Es Ginny —dijo Ron a Harry en voz baja—, mi hermana. Se ha pasado el verano hablando de ti.
—Sí, debe de estar esperando que le firmes un autógrafo, Harry —dijo Fred con una sonrisa, pero se dio cuenta de que su madre lo miraba y hundió la vista en el plato sin decir ni una palabra más. No volvieron a hablar hasta que hubieron terminado todo lo que tenían en el plato, lo que les llevó poquísimo tiempo.
—Estoy que reviento —dijo Fred, bostezando y dejando finalmente el cuchillo y el tenedor—. Creo que me iré a la cama y…
—No lo creoooo… —canturrearon varios de los más jóvenes, especialmente las chicas: Dom, Molls, Lilu, Lucy y Alisu, lo que provocó risas en la Sala.
—De eso nada —interrumpió la señora Weasley—. Si te has pasado toda la noche por ahí, ha sido culpa tuya. Así que ahora vete a desgnomizar el jardín, que los gnomos se están volviendo a desmadrar.
—Pero, mamá...
—Y vosotros dos, id con él —dijo ella, mirando a Ron y Fred—. Tú sí puedes irte a la cama, cielo —dijo a Harry—. Tú no les pediste que te llevaran volando en ese maldito coche.
—Típico castigo de la abuela Molly —admitió Teddy, siendo secundado por todos los más jóvenes que estaban relacionados a los Weasley—, trabajo en la casa.
Pero Harry, que no tenía nada de sueño, dijo con presteza:
—Ayudaré a Ron, nunca he presenciado una desgnomización.
—Eres muy amable, cielo, pero es un trabajo aburrido —dijo la señora Weasley—. Pero veamos lo que Lockhart dice sobre el particular.
Con la mención de Lockhart, varios de los mayores y del grupo de Harry gruñeron y resoplaron.
Y cogió un pesado volumen de la repisa de la chimenea. George se quejó.
—Mamá, ya sabemos desgnomizar un jardín.
Harry echó una mirada a la cubierta del libro de la señora Weasley. Llevaba escritas en letras doradas de fantasía las palabras «Gilderoy Lockhart: Guía de las plagas en el hogar». Ocupaba casi toda la portada una fotografía de un mago muy guapo de pelo rubio ondulado y ojos azules y vivarachos.
—¡Hey! —recordó James—, Lily, ¿ese no fue el tonto de Ravenclaw que intentó sonsacarte un beso en mi cara y mi presencia?
—Creo que sí, me parece la descripción.
—Sí —Sirius se rió mientras recordaba—, le hicimos una broma que fue memorable.
—¡Claro! —reconoció Remus, sonriendo—, le desaparecimos la ropa y tuvo que correr en calzoncillos por todo el castillo, con la piel que parecía un tigre, todo rayado.
McGonagall escondió su rostro en sus manos, para evitar que la vieran reír, mientras que Dumbledore recuperaba el brillo pícaro en sus ojos.
Como todas las fotografías en el mundo de la magia, ésta también se movía: el mago, que Harry supuso que era Gilderoy Lockhart, guiñó un ojo a todos con descaro. La señora Weasley le sonrió abiertamente.
—Es muy bueno —dijo ella—, conoce al dedillo todas las plagas del hogar, es un libro estupendo...
—A mamá le gusta —dijo Fred, en voz baja pero bastante audible.
—No digas tonterías, Fred —dijo la señora Weasley, ruborizándose—. Muy bien, si crees que sabes más que Lockhart, ponte ya a ello; pero ¡ay de ti si queda un solo gnomo en el jardín cuando yo salga!
—Bueno —reconoció, sonrojada—, creo que desde hace mucho no lo veo de la misma forma.
Entre quejas y bostezos, los Weasley salieron arrastrando los pies, seguidos por Harry. El jardín era grande y a Harry le pareció que era exactamente como tenía que ser un jardín. A los Dursley no les habría gustado; estaba lleno de maleza y el césped necesitaba un recorte, pero había árboles de tronco nudoso junto a los muros, y en los arriates, plantas exuberantes que Harry no había visto nunca, y un gran estanque de agua verde lleno de ranas.
—Los muggles también tienen gnomos en sus jardines, ¿sabes?' —dijo Harry a Ron mientras atravesaban el césped.
—Sí, ya he visto esas cosas que ellos piensan que son gnomos —dijo Ron, inclinándose sobre una mata de peonías—. Como una especie de papás Noel gorditos con cañas de pescar...
Se oyó el ruido de un forcejeo, la peonía se sacudió y Ron se levantó, diciendo en tono grave:
—Esto es un gnomo.
—¡Suéltame! ¡Suéltame! —chillaba el gnomo.
Desde luego, no se parecía a papá Noel: era pequeño y de piel curtida, con una cabeza grande y huesuda, parecida a una patata. Ron lo sujetó con el brazo estirado, mientras el gnomo le daba patadas con sus fuertes piececitos. Ron lo cogió por los tobillos y lo puso cabeza abajo.
—Esto es lo que tienes que hacer —explicó. Levantó al gnomo en lo alto («¡suéltame!», decía éste) y comenzó a voltearlo como si fuera un lazo. Viendo el espanto en el rostro de Harry, Ron añadió—: No les duele. Pero los tienes que dejar muy mareados para que no puedan volver a encontrar su madriguera.
Entonces soltó al gnomo y éste salió volando por el aire y cayó en el campo que había al otro lado del seto, a unos siete metros, con un ruido sordo.
—¡Qué pena, papá! —exclamó Hugo—, los que yo he lanzado han pasado de un tocón que está casi en los límites del bosquecillo
—¡Da pena! —dijo Fred—. ¿Qué te apuestas a que lanzo el mío más allá de aquel tocón?
—¡Exacto! —volvió a comentar Hugo—, y Rosie los llega más lejos todavía.
La aludida sonrió, sonrojándose.
Harry aprendió enseguida que no había que sentir compasión por los gnomos y decidió lanzar al otro lado del seto al primer gnomo que capturase, pero éste, percibiendo su indecisión, le hundió sus afiladísimos dientes en un dedo, y le costó mucho trabajo sacudírselo...
—Caramba, Harry..., eso habrán sido casi veinte metros...
Pronto el aire se llenó de gnomos volando.
—Ya ves que no son muy listos —observó George, cogiendo cinco o seis gnomos a la vez—. En cuanto se enteran de que estamos desgnomizando, salen a curiosear. Ya deberían haber aprendido a quedarse escondidos en su sitio.
Al poco rato vieron que los gnomos que habían aterrizado en el campo, que eran muchos, empezaban a alejarse andando en grupos, con los hombros caídos.
—Volverán —dijo Ron, mientras contemplaban cómo se internaban los gnomos en el seto del otro lado del campo—. Les gusta este sitio... Papá es demasiado blando con ellos, porque piensa que son divertidos...
—Siempre regresan —suspiró Molly, viendo a su esposo sonreír.
En aquel momento se oyó la puerta principal de la casa.
—¡Ya ha llegado! —dijo George—. ¡Papá está en casa!
Y fueron corrieron a su encuentro. El señor Weasley estaba sentado en una silla de la cocina, con las gafas quitadas y los ojos cerrados. Era un hombre delgado, bastante calvo, pero el escaso pelo que le quedaba era tan rojo como el de sus hijos. Llevaba una larga túnica verde polvorienta y estropeada de viajar.
—¡Qué noche! —farfulló, cogiendo la tetera mientras los muchachos se sentaban a su alrededor—. Nueve redadas. ¡Nueve! Y el viejo Mundungus Fletcher intentó hacerme un maleficio cuando le volví la espalda.
Harry gruñó al oír la mención de Mundungus, de quien todavía no había superado varios hechos relacionados a su labor dentro de la Orden.
El señor Weasley tomó un largo sorbo de té y suspiró.
—¿Encontraste algo, papá? —preguntó Fred con interés.
—Sólo unas llaves que merman y una tetera que muerde —respondió el señor Weasley en un bostezo—. Han ocurrido, sin embargo, algunas cosas bastante feas que no afectaban a mi departamento. A Mortlake lo sacaron para interrogarle sobre unos hurones muy raros, pero eso incumbe al Comité de Encantamientos Experimentales, gracias a Dios.
Con la mención de los "hurones muy raros", Harry, Ron y Neville voltearon a ver a Draco, quien frunció el ceño.
—¿Para qué sirve que unas llaves encojan? —preguntó George.
—Para atormentar a los muggles —suspiró el señor Weasley—. Se les vende una llave que merma hasta hacerse diminuta para que no la puedan encontrar nunca cuando la necesitan... Naturalmente, es muy difícil dar con el culpable porque ningún muggle quiere admitir que sus llaves merman; siempre insisten en que las han perdido. ¡Jesús! No sé de lo que serían capaces para negar la existencia de la magia, aunque la tuvieran delante de los ojos... Pero no os creeríais las cosas que a nuestra gente le ha dado por encantar...
—¿COMO COCHES, POR EJEMPLO?
Otra vez la fiera imitación de Fred de su propia madre arrancó risas en muchos en la Sala, y tanto Molly como Arthur se sonrojaron cuando recordaron esa discusión.
La señora Weasley había aparecido blandiendo un atizador como si fuera una espada. El señor Weasley abrió los ojos de golpe y dirigió a su mujer una mirada de culpabilidad.
—¿Co-coches, Molly, cielo?
—Sí, Arthur, coches —dijo la señora Weasley, con los ojos brillándole—. Imagínate que un mago se compra un viejo coche oxidado y le dice a su mujer que quiere llevárselo para ver cómo funciona, cuando en realidad lo está encantando para que vuele.
El señor Weasley parpadeó.
—Bueno, querida, creo que estarás de acuerdo conmigo en que no ha hecho nada en contra de la ley, aunque quizá debería haberle dicho la verdad a su mujer... Verás, existe una laguna jurídica... siempre y cuando él no utilice el coche para volar. El hecho de que el coche pueda volar no constituye en sí...
—¡Señor Weasley, ya se encargó personalmente de que existiera una laguna jurídica cuando usted redactó esa ley! —gritó la señora Weasley—. ¡Sólo para poder seguir jugando con todos esos cachivaches muggles que tienes en el cobertizo! Y, para que lo sepas, ¡Harry ha llegado esta mañana en ese coche en el que tú no volaste!
—¿Harry? —dijo el señor Weasley mirando a su esposa sin comprender—. ¿Qué Harry?
Al darse la vuelta, vio a Harry y se sobresaltó.
—¡Dios mío! ¿Es Harry Potter? Encantado de conocerte. Ron nos ha hablado mucho de ti...
—Buen movimiento, papá —comentó George, sonriendo—, desviar la atención del problema.
Varios rieron mientras Fred intentaba retomar la lectura. Nuevamente hizo la voz de Molly para leer el nuevo reclamo:
—¡Esta noche, tus hijos han ido volando en el coche hasta la casa de Harry y han vuelto! —gritó la señora Weasley—. ¿No tienes nada que comentar al respecto?
—¿Es verdad que hicisteis eso? —preguntó el señor Weasley, nervioso—. ¿Fue bien la cosa? Qui-quiero decir —titubeó, al ver que su esposa echaba chispas por los ojos—, que eso ha estado muy mal, muchachos, pero que muy mal...
—Dejémosles que lo arreglen entre ellos —dijo Ron a Harry en voz baja, al ver que su madre estaba a punto de estallar—. Venga, quiero enseñarte mi habitación.
—Y los muy vivos —comento George— nos dejaron abandonados ahí mientras mama nos reclamaba.
—Yo les dije que estaba preocupado por Harry —aclaró Ron—, a ustedes fueron los que se les ocurrió ir a buscarlo.
—¿Y cómo supieron la dirección de la casa de los tíos? —preguntó Harry, al notar ese detalle.
—Porque papá nos había conseguido una copia de la amonestación —aclaró Fred—, y ahí aparecía la dirección.
—Después hicimos un hechizo localizador para que nos guiara a la dirección de tu casa —completó George.
—Es lo que los muggles llaman ahora un "direccionador GPS", o algo así —comentó Daisy—, mis padres lo tienen en sus teléfonos celulares.
Como pocos entendieron lo que la pequeña Dursley había dicho, siguieron atentos a la lectura.
Salieron sigilosamente de la cocina y, siguiendo un estrecho pasadizo, llegaron a una escalera torcida que subía atravesando la casa en zigzag. En el tercer rellano había una puerta entornada. Antes de que se cerrara de un golpe, Harry pudo ver un instante un par de ojos castaños que estaban espiando.
Fred volvió a levantar la vista, sonriendo, mientras fijaba su atención en Ginny, quien, sonrojándose, le hacía señas que siguiera leyendo.
—Ginny —dijo Ron—. No sabes lo raro que es que se muestre así de tímida. Normalmente nunca se esconde.
—Eso es amooooorrr —canturrearon algunos de los más jóvenes, causando risas en muchos. Dil, sobándose la panza, veía a los esposos Potter-Weasley y se los imaginaba a los 12 y 11 años tratando de establecer sus sentimientos.
Subieron dos tramos más de escalera hasta llegar a una puerta con la pintura desconchada y una placa pequeña que decía «Habitación de Ronald».
Cuando Harry entró, con la cabeza casi tocando el techo inclinado, tuvo que cerrar un instante los ojos. Le pareció que entraba en un horno, porque casi todo en la habitación era de color naranja intenso: la colcha, las paredes, incluso el techo. Luego se dio cuenta de que Ron había cubierto prácticamente cada centímetro del viejo papel pintado con pósteres iguales en que se veía a un grupo de siete magos y brujas que llevaban túnicas de color naranja brillante, sostenían escobas en la mano y saludaban con entusiasmo.
—Los Chudley Cannons —reconoció Hugo—, la sorpresa de la Liga de hace dos años al ganar la Copa de Inglaterra a los Tushill Tornados.
—Sí —exclamó Frankie, decepcionado—, esas semifinales fueron un desastre para los apostadores: Los Cannons destrozaron al Puddlemere United, y los Tornados no tuvieron piedad con las Arpías.
—No me lo recuerden —suspiró Ginny, derrotada—, fue el peor mes de mi vida.
—Toda una decepción —reflexionó Roxanne, secundada por la mayoría de las primas Weasley, quienes apoyaban al equipo de sólo-mujeres.
—¿Tu equipo de quidditch favorito? —le preguntó Harry.
—Los Chudley Cannons —confirmó Ron, señalando la colcha naranja, en la que había estampadas dos letras «C» gigantes y una bala de cañón saliendo disparada—. Van novenos en la liga.
Ron tenía los libros de magia del colegio amontonados desordenadamente en un rincón, junto a una pila de cómics que parecían pertenecer todos a la serie Las aventuras de Martin Miggs, el «muggle» loco. Su varita mágica estaba en el alféizar de la ventana, encima de una pecera llena de huevos de rana y al lado de Scabbers, la gorda rata gris de Ron, que dormitaba en la parte donde daba el sol.
Varios gruñeron al oír la referencia al animago traidor.
Harry echó un vistazo por la diminuta ventana, tras pisar involuntariamente una baraja de cartas autobarajables que se hallaba esparcida por el suelo. Abajo, en el campo, podía ver un grupo de gnomos que volvían a entrar de uno en uno, a hurtadillas, en el jardín de los Weasley a través del seto. Luego se volvió hacia Ron, que lo miraba con impaciencia, esperando que Harry emitiera su opinión.
—Es un poco pequeña —se apresuró a decir Ron—, a diferencia de la habitación que tenías en casa de los muggles. Además, justo aquí arriba está el espíritu del ático, que se pasa todo el tiempo golpeando las tuberías y gimiendo...
Pero Harry le dijo con una amplia sonrisa:
—Es la mejor casa que he visto nunca.
Ron se ruborizó hasta las orejas.
Los aplausos se dejaron escuchar, haciendo llorar a Molly, quien se levantó y abrazó a Harry emocionada. Cuando se separaron, le dijo:
—Gracias, Harry.
—No, por favor —replicó Harry, sonriendo—, lo dije y aún lo digo, es la mejor casa que he visto nunca.
—Y después de los arreglos, está mucho mejor —mencionó Arthur, acercándose a Harry para abrazar a su esposa—, gracias a tu enorme corazón.
—Gracias por recibirlo —se apresuró a decir Lily, emocionada, mientras se acercaba con James—, gracias por darle el amor de familia que Petunia no quiso darle.
Las dos madres se abrazaron, provocando que nuevos aplausos se escucharan. Fred dejó el pergamino en el atril, quien desapareció por un instante. Cuando todos se sentaron, el atril se volvió a materializar, esta vez frente al señor Arthur, quien se mostró algo desconcertado al leer el título del capítulo.
Buenas noches desde San Diego, Venezuela! Casi, Caaaaasi, pero no... Según la HLV son las 22:10, así que todavía es domingo, y puedo traerles el nuevo capítulo, la visión de Harry de la casa Weasley, La Madriguera. Gracias a quienes siguen, tienen favorito este relato y hasta lo comentan, como lavida134 (que ya se puso al día, menos mal, y bueno, ya veremos como lo toman), Zero (gracias a ti y a todos por estar pendiente, y sí, cada libro les va a dar un toque de locura), y alejandro1295 (disculpa, casi se me va el tren, araña). Salud y saludos!
