Harry Potter: Una lectura distinta, vol. 2
Por edwinguerrave
Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008
El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.
La Cámara de los Secretos
CAPÍTULO 5: El sauce boxeador
—Acá terminó el capítulo —indicó Arthur mientras colocaba el pergamino en el atril, el cual se desplazó hasta colocarse delante de la profesora Sprout, quien al ver el título sonrió, vio a Remus, y tomó aire.
—Bien, este capítulo se llama "El Sauce Boxeador"
De inmediato Harry, Ron, Snape y McGonagall se cruzaron miradas entre preocupadas e intrigantes, mientras que el resto, especialmente los más jóvenes, murmuraban entre ellos preguntándose qué tendría que ver el venerable árbol guardián de Hogwarts en el libro. Los contemporáneos de Harry recordaban las historias que habían llegado a escuchar sobre lo ocurrido ese día, pero no comentaron nada, sino que dejaron que la profesora Sprout comenzara a leer.
El final del verano llegó más rápido de lo que Harry habría querido. Estaba deseando volver a Hogwarts, pero por otro lado, el mes que había pasado en La Madriguera había sido el más feliz de su vida. Le resultaba difícil no sentir envidia de Ron cuando pensaba en los Dursley y en la bienvenida que le darían cuando volviera a Privet Drive.
La última noche, la señora Weasley hizo aparecer, por medio de un conjuro, una cena suntuosa que incluía todos los manjares favoritos de Harry y que terminó con un suculento pudín de melaza. Fred y George redondearon la noche con una exhibición de las bengalas del doctor Filibuster, y llenaron la cocina con chispas azules y rojas que rebotaban del techo a las paredes durante al menos media hora. Después de esto, llegó el momento de tomar una última taza de chocolate caliente e ir a la cama.
—Típico banquete de fin de vacaciones en la casa de la abuela Molly —recordó Lucy, sonriendo, mientras Scorp y Rose, tomados de la mano, asentían—. Es tradicional, y el de este año fue muy especial.
—Sí —comentó JS, sonriendo tontamente—, fue el primero en el que las primas florecitas nos acompañaron.
James, Sirius y Remus volvieron a fruncir las cejas, notando la forma en que el mayor de los Potter Weasley miraba a Daisy.
A la mañana siguiente, les llevó mucho rato ponerse en marcha. Se levantaron con el canto del gallo, pero parecía que quedaban muchas cosas por preparar. La señora Weasley, de mal humor, iba de aquí para allá como una exhalación, buscando tan pronto unos calcetines como una pluma. Algunos chocaban en las escaleras, medio vestidos, sosteniendo en la mano un trozo de tostada, y el señor Weasley, al llevar el baúl de Ginny al coche a través del patio, casi se rompe el cuello cuando tropezó con una gallina despistada.
—Eso es normal —comentó Hugo, riéndose—, ahora pasa en cada casa.
—Sí —suspiró Molly, al borde de las lágrimas—, extraño esos días en que los tenía que arrear para que todo estuviera listo.
A Harry no le entraba en la cabeza que ocho personas, seis baúles grandes, dos lechuzas y una rata pudieran caber en un pequeño Ford Anglia.
Claro que no había contado con las prestaciones especiales que le había añadido el señor Weasley.
—No le digas a Molly ni media palabra —susurró a Harry al abrir el maletero y enseñarle cómo lo había ensanchado mágicamente para que pudieran caber los baúles con toda facilidad.
Algunas risas, especialmente de los más jóvenes, se dejaron escuchar.
—No sé por qué me recuerda al Focus de mi papá —soltó Lilu.
—Bueno —matizó Harry—, ese carro es más grande que el Anglia, el maletero es grande.
Otro juego de risas contenidas se escucharon antes que la profesora Sprout siguiera leyendo.
Cuando por fin estuvieron todos en el coche, la señora Weasley echó un vistazo al asiento trasero, en el que Harry, Ron, Fred, George y Percy estaban confortablemente sentados, unos al lado de otros, y dijo:
—Los muggles saben más de lo que parece, ¿verdad? —Ella y Ginny iban en el asiento delantero, que había sido alargado hasta tal punto que parecía un banco del parque—. Quiero decir que desde fuera uno nunca diría que el coche es tan espacioso, ¿verdad?
Más risas se dejaron oir, mientras Molly veía con amorosa suspicacia a su esposo.
El señor Weasley arrancó el coche y salieron del patio. Harry se volvió para echar una última mirada a la casa. Apenas le había dado tiempo a preguntarse cuándo volvería a verla, cuando tuvieron que dar la vuelta, porque a George se le había olvidado su caja de bengalas del doctor Filibuster. Cinco minutos después, el coche tuvo que detenerse en el corral para que Fred pudiera entrar a coger su escoba. Y cuando ya estaban en la autopista, Ginny gritó que se había olvidado su diario y tuvieron que retroceder otra vez. Cuando Ginny subió al coche, después de recoger el diario, llevaban muchísimo retraso y los ánimos estaban alterados.
—Por supuesto —exclamó Ron—, estábamos de un olvidadizo tremendo.
Ante la pregunta silenciosa, Ginny se acercó a Harry y le susurró:
—Ojalá hubiera sido el diario de Tom, pero no, era mi diario personal, que me había regalado Hermione como agenda organizadora.
El señor Weasley miró primero su reloj y luego a su mujer.
—Molly, querida...
—No, Arthur.
—Nadie nos vería. Este botón de aquí es un accionador de invisibilidad que he instalado. Ascenderíamos en el aire, luego volaríamos por encima de las nubes y llegaríamos en diez minutos. Nadie se daría cuenta...
—He dicho que no, Arthur, no a plena luz del día.
Llegaron a Kings Cross a las once menos cuarto.
—Vaya —exclamó James—, con el tiempo justo.
—Realmente —ratificó Sirius, ante el gesto de acuerdo de muchos en la sala.
El señor Weasley cruzó la calle a toda pastilla para hacerse con unos carritos para cargar los baúles, y entraron todos corriendo en la estación. Harry ya había cogido el expreso de Hogwarts el año anterior. La dificultad estaba en llegar al andén nueve y tres cuartos, que no era visible para los ojos de los muggles. Lo que había que hacer era atravesar caminando la gruesa barrera que separaba el andén nueve del diez. No era doloroso, pero había que hacerlo con cuidado para que ningún muggle notara la desaparición.
—Percy primero —dijo la señora Weasley, mirando con inquietud el reloj que había en lo alto, que indicaba que sólo tenían cinco minutos para desaparecer disimuladamente a través de la barrera.
Algunos ruidos de tensión matizaban la narración de la profesora Sprout.
Percy avanzó deprisa y desapareció. A continuación fue el señor Weasley. Lo siguieron Fred y George.
—Yo pasaré con Ginny, y vosotros dos nos siguen —dijo la señora Weasley a Harry y Ron, cogiendo a Ginny de la mano y empezando a caminar. En un abrir y cerrar de ojos ya no estaban.
—Vamos juntos, sólo nos queda un minuto —dijo Ron a Harry. Harry se aseguró de que la jaula de Hedwig estuviera bien sujeta encima del baúl, y empujó el carrito contra la barrera. No le daba miedo; era mucho más seguro que usar los polvos flu. Se inclinaron sobre la barra de sus carritos y se encaminaron con determinación hacia la barrera, cogiendo velocidad. A un metro de la barrera, empezaron a correr y...
¡PATAPUM!
Algunos, como los más jóvenes, se alarmaron con el ruido que hizo la profesora Sprout, y miraron inquisidoramente a Harry y Ron, quienes, en un gesto simultáneo, señalaron el atril.
Los dos carritos chocaron contra la barrera y rebotaron. El baúl de Ron saltó y se estrelló contra el suelo con gran estruendo, Harry se cayó y la jaula de Hedwig, al dar en el suelo, rebotó y salió rodando, con la lechuza dentro dando unos terribles chillidos. Todo el mundo los miraba, y un guardia que había allí cerca les gritó:
—¿Qué demonios estáis haciendo?
—He perdido el control del carrito —dijo Harry entre jadeos, sujetándose las costillas mientras se levantaba. Ron salió corriendo detrás de la jaula de Hedwig, que estaba provocando tal escena que la multitud hacía comentarios sobre la crueldad con los animales—. ¿Por qué no hemos podido pasar? —preguntó Harry a Ron.
—Lo mismo me pregunto yo —interrumpió Sirius, a lo que Harry sólo respondió:
—A su debido tempo lo sabrás, padrino.
Un gesto de derrota mal disimulado, y un golpecito de Lily a su compadre, permitieron seguir la lectura.
—Ni idea.
Ron miró furioso a su alrededor. Una docena de curiosos todavía los estaban mirando.
—Vamos a perder el tren —se quejó—. No comprendo por qué se nos ha cerrado el paso.
Harry miró el reloj gigante de la estación y sintió náuseas en el estómago.
Diez segundos..., nueve segundos... Avanzó con el carrito, con cuidado, hasta que llegó a la barrera, y empujó a continuación con todas sus fuerzas. La barrera permaneció allí, infranqueable.
—Y con lo estrictamente puntual que es el Expreso —recordó Charlie.
Tres segundos..., dos segundos..., un segundo...
—Ha partido —dijo Ron, atónito—. El tren ya ha partido. ¿Qué pasará si mis padres no pueden volver a recogernos? ¿Tienes algo de dinero muggle?
Harry soltó una risa irónica.
Una risa similar se oyó en la Sala, mientras Dudley era el blanco de varias miradas agresivas.
—Hace seis años que los Dursley no me dan la paga semanal.
Ron pegó la cabeza a la fría barrera.
—No oigo nada —dijo preocupado—. ¿Qué vamos a hacer? No sé cuánto tardarán mis padres en volver por nosotros.
Echaron un vistazo a la estación. La gente todavía los miraba, principalmente a causa de los alaridos incesantes de Hedwig.
—Pobre lechuza —comentó Nadia, recogiendo el sentir de muchas en la Sala.
—A lo mejor tendríamos que ir al coche y esperar allí —dijo Harry—. Estamos llamando demasiado la aten...
—¡Harry! —dijo Ron, con los ojos refulgentes—. ¡El coche!
—¿Qué pasa con él?
—¡Podemos llegar a Hogwarts volando!
—Pero yo creía...
—Estamos en un apuro, ¿verdad? Y tenemos que llegar al colegio, ¿verdad? E incluso a los magos menores de edad se les permite hacer uso de la magia si se trata de una verdadera emergencia, sección decimonovena o algo así de la Restricción sobre Chismes...
—No es precisamente esa sección… —comentó Percy, pero cuando iba a seguir disertando, Molly le interrumpió:
—O sea que sí fue tu idea, Ronald Billius.
—Bueno… —Ron había palidecido. Molly sólo encogió los hombros y dijo:
—Ya qué más, fue hace tanto tiempo…
El pánico que sentía Harry se convirtió de repente en emoción.
Lily le dio un zape a James en el hombro, al tiempo que le decía:
—Ahí están otra vez tus genes merodeadores.
Sirius, Remus y los nuevos Merodeadores, junto a los gemelos, sonreían ante la escena, especialmente por la cara de James.
—¿Sabes hacerlo volar?
—Por supuesto —dijo Ron, dirigiendo su carrito hacia la salida—. Venga, vamos, si nos damos prisa podremos seguir al expreso de Hogwarts.
Y abriéndose paso a través de la multitud de muggles curiosos, salieron de la estación y regresaron a la calle lateral donde habían aparcado el viejo Ford Anglia. Ron abrió el gran maletero con unos golpes de varita mágica. Metieron dentro los baúles, dejaron a Hedwig en el asiento de atrás y se acomodaron delante.
—Definitivamente la emoción le ganó al raciocinio en ustedes dos —comentó la profesora McGonagall, mientras pasaba su mirada de Harry a Ron y viceversa. Los aludidos sólo encogieron los hombros.
—Comprueba que no nos ve nadie —le pidió Ron, arrancando el coche con otro golpe de varita. Harry sacó la cabeza por la ventanilla; el tráfico retumbaba por la avenida que tenían delante, pero su calle estaba despejada.
—Vía libre —dijo Harry. Ron pulsó un diminuto botón plateado que había en el salpicadero y el coche desapareció con ellos. Harry notaba el asiento vibrar debajo de él, oía el motor, sentía sus propias manos en las rodillas y las gafas en la nariz, pero, a juzgar por lo que veía, se había convertido en un par de ojos que flotaban a un metro del suelo en una lúgubre calle llena de coches aparcados.
—Parece que el activador de invisibilidad funcionaba bien —comentó Arthur, ante la mirada reprobatoria de su esposa, varios profesores e incluso de Lily. Mientras, los más jóvenes, especialmente los Nuevos Merodeadores, escuchaban extasiados la narración, imaginándose la escena.
—¡En marcha! —dijo a su lado la voz de Ron. Fue como si el pavimento y los sucios edificios que había a cada lado empezaran a caer y se perdieran de vista al ascender el coche; al cabo de unos segundos, tenían todo Londres bajo sus pies, impresionante y neblinoso. Entonces se oyó un ligero estallido y reaparecieron el coche, Ron y Harry.
—¡Vaya! —dijo Ron, pulsando el botón del accionador de invisibilidad—. Se ha estropeado.
—¡Diantres! —exclamó Arthur, mientras Snape, imperturbable, seguía la narración con un leve levantamiento de la ceja derecha.
Los dos se pusieron a darle golpes. El coche desapareció, pero luego empezó a aparecer y desaparecer de forma intermitente.
—¡Agárrate! —gritó Ron, y apretó el acelerador. Como una bala, penetraron en las nubes algodonosas y todo se volvió neblinoso y gris.
—¿Y ahora qué? —preguntó Harry, pestañeando ante la masa compacta de nubes que los rodeaba por todos lados.
—Tendríamos que ver el tren para saber qué dirección seguir —dijo Ron.
—Sería lo más lógico —comentó Tonks—, aunque se arriesgaban a ser vistos.
—Vuelve a descender, rápido.
Descendieron por debajo de las nubes, y se asomaron mirando hacia abajo con los ojos entornados.
—¡Ya lo veo! —gritó Harry—. ¡Todo recto, por allí!
El expreso de Hogwarts corría debajo de ellos, parecido a una serpiente roja.
—Extraña combinación —comentó Frankie—, "serpiente" y "rojo" no suenan bien en la misma oración.
Varios asintieron, mientras Draco y Scorp hacían gestos de aburrimiento.
—Derecho hacia el norte —dijo Ron, comprobando el indicador del salpicadero—. Bueno, tendremos que comprobarlo cada media hora más o menos. Agárrate. —Y volvieron a internarse en las nubes. Un minuto después, salían al resplandor de la luz solar.
Aquél era un mundo diferente. Las ruedas del coche rozaban el océano de esponjosas nubes y el cielo era una extensión inacabable de color azul intenso bajo un cegador sol blanco.
—Ahora sólo tenemos que preocuparnos de los aviones —dijo Ron.
Se miraron el uno al otro y rieron. Tardaron mucho en poder parar de reír. Era como si hubieran entrado en un sueño maravilloso. Aquella, pensó Harry, era seguramente la manera ideal de viajar: pasando copos de nubes que parecían de nieve, en un coche inundado de luz solar cálida y luminosa, con una gran bolsa de caramelos en la guantera e imaginando las caras de envidia que pondrían Fred y George cuando aterrizaran con suavidad en la amplia explanada de césped delante del castillo de Hogwarts.
—Dan ganas de hacerlo —comentó Freddie, pero una severa mirada de su madre lo hizo matizar—… o mejor no, ¿verdad?
Comprobaban regularmente el rumbo del tren a medida que avanzaban hacia el norte, y cada vez que bajaban por debajo de las nubes veían un paisaje diferente. Londres quedó atrás enseguida y fue reemplazado por campos verdes que dieron paso a brezales de color púrpura, a aldeas con diminutas iglesias en miniatura y a una gran ciudad animada por coches que parecían hormigas de variados colores.
Sin embargo, después de varias horas sin sobresaltos, Harry tenía que admitir que parte de la diversión se había esfumado. Los caramelos les habían dado una sed tremenda y no tenían nada que beber. Harry y Ron se habían despojado de sus jerseys, pero al primero se le pegaba la camiseta al respaldo del asiento y a cada momento las gafas le resbalaban hasta la punta de la nariz empapada de sudor. Había dejado de maravillarse con las sorprendentes formas de las nubes y se acordaba todo el tiempo del tren que circulaba miles de metros más abajo, donde se podía comprar zumo de calabaza muy frío del carrito que llevaba una bruja gordita.
—Definitivamente —comentó Lucy—, no me gusta la idea, Freddie.
—A mi tampoco —ratificó JS—, al principio parece muy divertido, pero no lo es tanto.
—Es así —admitió Ron—, demasiado calor, además de la tensión de estar pendiente de la ruta del expreso.
¿Por qué motivo no habrían podido entrar en el andén nueve y tres cuartos?
—Buena pregunta —mencionó Zacharias, mientras acariciaba las manos de Padma.
—No puede quedar muy lejos ya, ¿verdad? —dijo Ron, con la voz ronca, horas más tarde, cuando el sol se hundía en el lecho de nubes, tiñéndolas de un rosa intenso—. ¿Listo para otra comprobación del tren?
Éste continuaba debajo de ellos, abriéndose camino por una montaña coronada de nieve. Se veía mucho más oscuro bajo el dosel de nubes. Ron apretó el acelerador y volvieron a ascender, pero al hacerlo, el motor empezó a chirriar.
Harry y Ron se intercambiaron miradas nerviosas.
—Seguramente es porque está cansado —dijo Ron—, nunca había hecho un viaje tan largo...
—Seguramente —comentó Arthur—, además que, de por sí, ya era un coche de segunda mano cuando lo compré.
Y ambos hicieron como que no se daban cuenta de que el chirrido se hacía más intenso al tiempo que el cielo se oscurecía. Las estrellas iban apareciendo en el firmamento. Se hacía de noche. Harry volvió a ponerse el jersey, tratando de no dar importancia al hecho de que los limpiaparabrisas se movían despacio, como en protesta.
—Ya queda poco —dijo Ron, dirigiéndose más al coche que a Harry—, ya queda muy poco —repitió, dando unas palmadas en el salpicadero con aire preocupado. Cuando, un poco más adelante, volvieron a descender por debajo de las nubes, tuvieron que aguzar la vista en busca de algo que pudieran reconocer.
— ¡Allí! —gritó Harry de forma que Ron y Hedwig dieron un bote—. ¡Allí delante mismo!
En lo alto del acantilado que se elevaba sobre el lago, las numerosas torres y atalayas del castillo de Hogwarts se recortaban contra el oscuro horizonte.
Algunos aplaudieron, pero al ver que Harry y Ron se mantenían serios se detuvieron, preguntando silenciosamente.
Pero el coche había empezado a dar sacudidas y a perder velocidad.
—¡Ah, caramba! —exclamó Kevin, mientras Paula expresaba su temor tapándose la boca con sus manos.
—¡Vamos! —dijo Ron para animar al coche, dando una ligera sacudida al volante—. ¡Venga, que ya llegamos!
El motor chirriaba. Del capó empezaron a salir delgados chorros de vapor. Harry se agarró muy fuerte al asiento cuando se orientaron hacia el lago. El coche osciló de manera preocupante. Mirando por la ventanilla, Harry vio la superficie calma, negra y cristalina del agua, un par de kilómetros por debajo de ellos. Ron aferraba con tanta fuerza el volante, que se le ponían blancos los nudillos de las manos. El coche volvió a tambalearse.
—¡Vamos! —dijo Ron.
Sobrevolaban el lago. El castillo estaba justo delante de ellos. Ron apretó el pedal a fondo. Oyeron un estruendo metálico, seguido de un chisporroteo, y el motor se paró completamente.
Otra vez la tensión se había instalado en la Sala. Sólo suspiros, ruidos de temor, y la voz de la profesora Sprout se escuchaban.
—¡Oh! —exclamó Ron, en medio del silencio. El morro del coche se inclinó irremediablemente hacia abajo. Caían, cada vez más rápido, directos contra el sólido muro del castillo.
—¡Noooooo! —gritó Ron, girando el volante; esquivaron el muro por unos centímetros cuando el coche viró describiendo un pronunciado arco y planeó sobre los invernaderos y luego sobre la huerta y el oscuro césped, perdiendo altura sin cesar.
Ron soltó el volante y se sacó del bolsillo de atrás la varita mágica.
—¡ALTO! ¡ALTO! —gritó, dando unos golpes en el salpicadero y el parabrisas, pero todavía estaban cayendo en picado, y el suelo se precipitaba contra ellos...
—¡CUIDADO CON EL ÁRBOL! —gritó Harry, cogiendo el volante, pero era demasiado tarde.
¡PAF!
Muchos de los presentes saltaron en sus asientos, exaltándose, e incluso, algunos grititos de parte de los más jóvenes se oyeron. La profesora Sprout se detuvo unos segundos, suspirando ruidosamente y viendo molesta a Harry y Ron, para después seguir la lectura.
Con gran estruendo, chocaron contra el grueso tronco del árbol y se dieron un gran batacazo en el suelo. Del abollado capó salió más humo; Hedwig daba chillidos de terror; a Harry le había salido un doloroso chichón del tamaño de una bola de golf en la cabeza, al golpearse contra el parabrisas; y, a su lado, Ron emitía un gemido ahogado de desesperación.
—¿Estás bien? —le preguntó Harry inmediatamente.
—¡Mi varita mágica! —dijo Ron con voz temblorosa—. ¡Mira mi varita!
Se había partido prácticamente en dos pedazos, y la punta oscilaba, sujeta sólo por unas pocas astillas.
—¡Por las barbas de Merlín! —exclamó Bill—, ¡Pensar que esa varita era bastante vieja!
Harry abrió la boca para decir que estaba seguro de que podrían recomponerla en el colegio, pero no llegó a decir nada. En aquel mismo momento, algo golpeó contra su lado del coche con la fuerza de un toro que les embistiera y arrojó a Harry sobre Ron, al mismo tiempo que el techo del coche recibía otro golpe igualmente fuerte.
—¿Qué ha pasado?
Varios hacían esa pregunta, especialmente los más jóvenes, e incluso los Merodeadores y Lily.
Ron ahogó un grito al mirar por el parabrisas, y Harry sacó la cabeza por la ventanilla en el preciso momento en que una rama, gruesa como una serpiente pitón, golpeaba en el coche destrozándolo. El árbol contra el que habían chocado les atacaba. El tronco se había inclinado casi el doble de lo que estaba antes, y azotaba con sus nudosas ramas pesadas como el plomo cada centímetro del coche que tenía a su alcance.
—¡Lógico! —exclamó Remus—, ¡Chocaron contra el Sauce Boxeador!
—¡Qué gran deducción, Lupin! —comentó cáusticamente Snape, provocando nuevas miradas de tensión entre él, James y Sirius
—¡Aaaaag! —gritó Ron, cuando una rama retorcida golpeó en su puerta produciendo otra gran abolladura; el parabrisas tembló entonces bajo una lluvia de golpes de ramitas, y una rama gruesa como un ariete aporreó con tal furia el techo, que pareció que éste se hundía.
—¡Escapemos! —gritó Ron, empujando la puerta con toda su fuerza, pero inmediatamente el salvaje latigazo de otra rama lo arrojó hacia atrás, contra el regazo de Harry.
—¡Estamos perdidos! —gimió, viendo combarse el techo.
—¡Wow! —reaccionó JS, sorprendido—, ¡El sauce les estaba dando una paliza!
—No lo dudes, hijo —comentó Harry, suspirando.
De repente el suelo del coche comenzó a vibrar: el motor se ponía de nuevo en funcionamiento.
—¡Marcha atrás! —gritó Harry, y el coche salió disparado. El árbol aún trataba de golpearles, y pudieron oír crujir sus raíces cuando, en un intento de arremeter contra el coche que escapaba, casi se arranca del suelo.
—Por poco —dijo Ron jadeando—. ¡Así se hace, coche!
Algunos aplausos aislados se dejaron escuchar, aunque la mayoría del auditorio se mantenía atenta a la lectura.
El coche, sin embargo, había agotado sus fuerzas. Con dos golpes secos, las puertas se abrieron y Harry sintió que su asiento se inclinaba hacia un lado y de pronto se encontró sentado en el húmedo césped. Unos ruidos sordos le indicaron que el coche estaba expulsando el equipaje del maletero; la jaula de Hedwig salió volando por los aires y se abrió de golpe, y la lechuza salió emitiendo un fuerte chillido de enojo y voló apresuradamente y sin parar en dirección al castillo. A continuación, el coche, abollado y echando humo, se perdió en la oscuridad, emitiendo un ruido sordo y con las luces de atrás encendidas como en un gesto de enfado.
—Por eso fue que despareció —reflexionó Arthur, ante la mirada atenta de su esposa—; si nos extrañó que no lo encontramos a la salida, pero supuse que lo había dejado mal estacionado y se lo habían llevado remolcado.
—¡Vuelve! —le gritó Ron, blandiendo la varita rota—. ¡Mi padre me matará!
—No, no me mató —indicó el propio Ron—, pero ocurrió algo peor…
—¿Qué les pasó, papá? —preguntó Rose, mientras apretaba la mano de Scorpius.
—Ya te enterarás —respondió Ginny, intentando no sonreir. Los más jóvenes se quedaron en suspenso, pero al no intervenir de regreso, siguió la lectura.
Pero el coche desapareció de la vista con un último bufido del tubo de escape.
—¿Es posible que tengamos esta suerte? —preguntó Ron embargado por la tristeza mientras se inclinaba para recoger a Scabbers, la rata—. De todos los árboles con los que podíamos haber chocado, tuvimos que dar contra el único que devuelve los golpes.
—Si estás con Harry, es lo más seguro —comentó Neville, arrancando algunas carcajadas y una mirada seria del aludido.
Se volvió para mirar el viejo árbol, que todavía agitaba sus ramas pavorosamente.
—Vamos —dijo Harry, cansado—. Lo mejor que podemos hacer es ir al colegio.
No era la llegada triunfal que habían imaginado. Con el cuerpo agarrotado, frío y magullado, cada uno cogió su baúl por la anilla del extremo, y los arrastraron por la ladera cubierta de césped, hacia arriba, donde les esperaban las inmensas puertas de roble de la entrada principal.
—De hecho —interrumpió Harry, al notar la mirada que le daba Snape—, después de todo este tiempo pienso que de todos viajes que he hecho al colegio, ese fue el peor, y por mucho… Sí, al principio, en Londres, pensábamos que seria toda una aventura. Y lo fue, pero muy distinta a como la imaginamos.
Ron asintió en silencio, mientras Snape seguía mirando a Harry con ira contenida.
—Me parece que ya ha comenzado el banquete —dijo Ron, dejando su baúl al principio de los escalones y acercándose sigilosamente para echar un vistazo a través de una ventana iluminada—. ¡Eh, Harry, ven a ver esto... es la Selección!
Harry se acercó a toda prisa, y juntos contemplaron el Gran Comedor. Sobre cuatro mesas abarrotadas de gente, se mantenían en el aire innumerables velas, haciendo brillar los platos y las copas. Encima de las cabezas, el techo encantado que siempre reflejaba el cielo exterior estaba cuajado de estrellas.
A través de la confusión de los sombreros negros y puntiagudos de Hogwarts, Harry vio una larga hilera de alumnos de primer curso que, con caras asustadas, iban entrando en el comedor. Ginny estaba entre ellos; era fácil de distinguir por el color intenso de su pelo, que revelaba su pertenencia a la familia Weasley.
—El amoooooor —la banda de bromistas, ya más tranquilos, volvió con el coro, provocando risas y que Ginny se sonrojara.
Mientras tanto, la profesora McGonagall, una bruja con gafas y con el pelo recogido en un apretado moño, ponía el famoso Sombrero Seleccionador de Hogwarts sobre un taburete, delante de los recién llegados.
Cada año, este sombrero viejo, remendado, raído y sucio, distribuía a los nuevos estudiantes en cada una de las cuatro casas de Hogwarts: Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin. Harry se acordaba bien de cuando se lo había puesto, un año antes, y había esperado muy quieto la decisión que el sombrero pronunció en voz alta en su oído. Durante unos escasos y horribles segundos, había temido que lo fuera a destinar a Slytherin, la casa que había dado más magos y brujas tenebrosos que ninguna otra, pero había acabado en Gryffindor, con Ron, Hermione y el resto de los Weasley. En el último trimestre, Harry y Ron habían contribuido a que Gryffindor ganara el campeonato de las casas, venciendo a Slytherin por primera vez en siete años.
Al sonrió, recordando lo que se había leído, mientras los Gryffindors presentes volvían a aplaudir.
Habían llamado a un chaval muy pequeño, de pelo castaño, para que se pusiera el sombrero.
—Colin —recordó Harry, mientras varios asentían en silencio—, podía haber sido como era, pero él era un verdadero Gryffindor.
Harry desvió la mirada hacia el profesor Dumbledore, el director, que se hallaba contemplando la Selección desde la mesa de los profesores, con su larga barba plateada y sus gafas de media luna brillando a la luz de las velas. Varios asientos más allá, Harry vio a Gilderoy Lockhart, vestido con una túnica color aguamarina. Y al final estaba Hagrid, grande y peludo, apurando su copa.
—Espera... —dijo Harry a Ron en voz baja—. Hay una silla vacía en la mesa de los profesores. ¿Dónde está Snape?
Severus Snape era el profesor que menos le gustaba a Harry. Y Harry resultó ser el alumno que menos le gustaba a Snape, que daba clase de Pociones y era cruel, sarcástico y sentía aversión por todos los alumnos que no fueran de Slytherin, la casa a la que pertenecía.
—¡No me digas! —interrumpió Fred, quien se había mantenido en silencio mucho tiempo para sus estándares.
—¿Y ahorita es que te vienes a dar cuenta? —remató George, provocando risas y una mirada agresiva del pocionista.
—¡A lo mejor está enfermo! —dijo Ron, esperanzado.
—¡Quizá se haya ido —dijo Harry—, porque tampoco esta vez ha conseguido el puesto de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras!
—Vanas esperanzas —comentó Lilu, haciendo sonreir a su abuelo.
—O quizá lo han echado —dijo Ron con entusiasmo—. Como todo el mundo lo odia...
—No creo —repuso Rose, viendo al profesor—, lo percibo muy importante para que se vaya tan pronto.
—O tal vez —dijo una voz glacial detrás de ellos— quiera averiguar por qué no habéis llegado vosotros dos en el tren escolar.
Harry se dio media vuelta. Allí estaba Severus Snape, con su túnica negra ondeando a la fría brisa. Era un hombre delgado de piel cetrina, nariz ganchuda y pelo negro y grasiento que le llegaba hasta los hombros, y en aquel momento sonreía de tal modo que Ron y Harry comprendieron inmediatamente que se habían metido en un buen lío.
—Absolutamente cierto —ratificó Harry, y en un alarde merodeador, remató, ante la mirada cáustica de Snape—, en todo.
Algunas risas aisladas se escucharon.
—Seguidme —dijo Snape.
Sin atreverse a mirarse el uno al otro, Harry y Ron siguieron a Snape escaleras arriba hasta el gran vestíbulo iluminado con antorchas, donde las palabras producían eco. Un delicioso olor de comida flotaba en el Gran Comedor, pero Snape los alejó de la calidez y la luz y los condujo abajo por la estrecha escalera de piedra que llevaba a las mazmorras.
—De paso —reflexionó Sirius—, los llevas a tus terrenos.
—Me hubiera sido grato castigarlos delante de todo el colegio, pero no lo vi prudente —comentó torvamente Snape—, además, debía conversar con ellos sobre los acontecimientos ocurridos.
—Sí, sí, claro —respondió Sirius, a punto de levantarse—, sobre todo conversar a tu estilo.
Snape no respondió, sino que le hizo señas a la profesora Sprout para que siguiera leyendo, mientras Lily veía con tristeza a su antiguo amigo.
—¡Adentro! —dijo, abriendo una puerta que se encontraba a mitad del frío corredor, y señalando su interior.
Entraron temblando en el despacho de Snape. Los sombríos muros estaban cubiertos por estantes con grandes tarros de cristal, dentro de los cuales flotaban cosas verdaderamente asquerosas, cuyo nombre en aquel momento a Harry no le interesaba en absoluto.
—No lo dudo —comentó Frankie, mientras Kevin escuchaba interesado esta descripción.
La chimenea estaba apagada y vacía. Snape cerró la puerta y se volvió hacia ellos.
—Así que —dijo con voz melosa— el tren no es un medio de transporte digno para el famoso Harry Potter y su fiel compañero Weasley. Queríais hacer una llegada a lo grande, ¿eh, muchachos?
—No, señor, fue la barrera en la estación de Kings Cross lo que...
—¡Silencio! —dijo Snape con frialdad—. ¿Qué habéis hecho con el coche?
Ron tragó saliva. No era la primera vez que a Harry le daba la impresión de que Snape era capaz de leer el pensamiento.
—Ya lo comenté —aclaró el pocionista—, aunque me hubiera gustado hacerlo, mi respeto a las normas me obligó a rechazar la idea.
James y Sirius pusieron cara de no creerle a Snape, pero él, inmutable, miró a la profesora Sprout.
Pero enseguida comprendió, cuando Snape desplegó un ejemplar de El Profeta Vespertino de aquel mismo día.
—Los han visto —les dijo enfadado, enseñándoles el titular:
«MUGGLES» DESCONCERTADOS POR UN FORD ANGLIA VOLADOR
Y comenzó a leer en voz alta:
—«En Londres, dos muggles están convencidos de haber visto un coche viejo sobrevolando la torre del edificio de Correos (...) al mediodía en Norfolk, la señora Hetty Bayliss, al tender la ropa (...) y el señor Angus Fleet, de Peebles, informaron a la policía, etcétera.» En total, seis o siete muggles. Tengo entendido que tu padre trabaja en el Departamento Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles —dijo, mirando a Ron y sonriendo de manera aún más desagradable—. Vaya, vaya..., su propio hijo...
Harry sintió como si una de las ramas más grandes del árbol furioso le acabara de golpear en el estómago. Si alguien averiguara que el señor Weasley había encantado el coche... No se le había ocurrido pensar en eso...
—Otra de las cosas en las que no pensaron —ratificó McGonagall, a lo que Harry y Ron asintieron en silencio. Lily veía con profunda decepción a Snape, mientras que James, Sirius y hasta Molly lo miraban con rabia contenida.
—He percibido, en mi examen del parque, que un ejemplar muy valioso de sauce boxeador parece haber sufrido daños considerables —prosiguió Snape.
—Para lo que te importaba ese árbol —mencionó Sirius.
—Es propiedad del colegio, por supuesto que me importaba —refutó el pocionista.
—¡Vamos, Snape! —reaccionó James— ¡Te importaba más hacerle pasar un mal rato a los muchachos!
—¿Tengo que recordarte, Potter, cuántos malos ratos tú y tus secuaces me hicieron pasar a mí?
—Basta, señores —intervino Dumbledore, antes de que James replicara—. Pomona, si eres tan amable…
—Ese árbol nos ha hecho más daño a nosotros que nosotros a... —se le escapó a Ron.
—¡Silencio! —interrumpió de nuevo Snape—. Por desgracia, vosotros no pertenecéis a mi casa, y la decisión de expulsaros no me corresponde a mí. Voy a buscar a las personas a quienes compete esa grata decisión. Esperad aquí.
—Como sabrán —comentó Dumbledore—, esa no es causal de expulsión del colegio. Aunque sí —matizó ante la mirada seria de los profesores McGonagall y Snape, por distintos motivos—, hechos similares conllevan un fuerte castigo.
Ron y Harry se miraron, palideciendo. Harry ya no sentía hambre, sino un tremendo mareo. Trató de no mirar hacia el estante que había detrás del escritorio de Snape, donde en un gran tarro con líquido verde flotaba una cosa muy larga y delgada. Si Snape había ido en busca de la profesora McGonagall, jefa de la casa Gryffindor, su situación no iba a mejorar mucho. Ella podía ser mejor que Snape, pero era muy estricta.
—En eso tienes razón —comentó Frankie, a lo que varios asintieron.
Diez minutos después, Snape volvió, y se confirmó que era la profesora McGonagall quien lo acompañaba. Harry había visto en varias ocasiones a la profesora McGonagall enfadada, pero, o bien había olvidado lo tensos que podía poner los labios, o es que nunca la había visto tan enfadada. Ella levantó su varita al entrar. Harry y Ron se estremecieron, pero ella simplemente apuntaba hacia la chimenea, donde las llamas empezaron a brotar al instante.
—Recuerden que los castigos físicos están prohibidos —ratificó la propia McGonagall—, así ha sido, y así será siempre.
—Sentaos —dijo ella, y los dos se retiraron a dos sillas que había al lado del fuego—. Explicaos —añadió. Sus gafas brillaban inquietantemente.
Ron comenzó a narrar toda la historia, empezando por la barrera de la estación, que no les había dejado pasar.
—... así que no teníamos otra opción, profesora, no pudimos coger el tren.
—¿Y por qué no enviasteis una carta por medio de una lechuza? Imagino que tenéis alguna lechuza —dijo fríamente la profesora McGonagall a Harry. Harry se quedó mirándola con la boca abierta. Ahora que la profesora lo mencionaba, parecía obvio que aquello era lo que tenían que haber hecho.
—Absolutamente de acuerdo —mencionaron a una voz Lily y Molly, para luego mirarse y sonreir.
—No-no lo pensé...
—Eso —observó la profesora McGonagall— es evidente.
Llamaron a la puerta del despacho y Snape la abrió, más contento que unas pascuas. Era el director, el profesor Dumbledore.
Harry tenía todo el cuerpo agarrotado. La expresión de Dumbledore era de una severidad inusitada. Miró de tal forma a los dos alumnos que tenía debajo de su gran nariz aguileña, que en aquel momento Harry habría preferido estar con Ron recibiendo los golpes del sauce boxeador.
—Te comprendo perfectamente, hijo —reconoció James.
Hubo un prolongado silencio, tras el cual Dumbledore dijo:
—Por favor, explicadme por qué lo habéis hecho.
Habría sido preferible que hubiera gritado. A Harry le pareció horrible el tono decepcionado que había en su voz. No sabía por qué, pero no podía mirar a Dumbledore a los ojos, y habló con la mirada clavada en sus rodillas. Se lo contó todo a Dumbledore, salvo lo de que el señor Weasley era el propietario del coche encantado, simulando que Ron y él se habían encontrado un coche volador a la salida de la estación. Supuso que Dumbledore les interrogaría inmediatamente al respecto, pero Dumbledore no preguntó nada sobre el coche. Cuando Harry acabó, el director simplemente siguió mirándolos a través de sus gafas.
—Admito que cada vez me sentía peor —indicó el propio Harry, mientras Ron asentía en silencio.
—Iremos a recoger nuestras cosas —dijo Ron en un tono de voz desesperado.
—¿Qué quieres decir, Weasley? —bramó la profesora McGonagall.
—Bueno, nos van a expulsar, ¿no? —dijo Ron. Harry miró a Dumbledore.
—Hoy no, señor Weasley —dijo Dumbledore—. Pero quiero dejar claro que lo que habéis hecho es muy grave. Esta noche escribiré a vuestras familias. He de advertiros también que si volvéis a hacer algo parecido, no tendré más remedio que expulsaros.
—Sí, ya lo había dicho, profesor —reconoció Ron, sacando una media sonrisa del rostro del anciano.
Por la expresión de Snape, parecía como si sólo se hubieran suprimido las Navidades. Se aclaró la garganta y dijo:
—Profesor Dumbledore, estos muchachos han transgredido el decreto para la restricción de la magia en menores de edad, han causado daños graves a un árbol muy antiguo y valioso... Creo que actos de esta naturaleza...
—Corresponderá a la profesora McGonagall imponer el castigo a estos muchachos, Severus —dijo Dumbledore con tranquilidad—. Pertenecen a su casa y están por tanto bajo su responsabilidad —Se volvió hacia la profesora McGonagall—. Tengo que regresar al banquete, Minerva, he de comunicarles unas cuantas cosas. Vamos, Severus, hay una tarta de crema que tiene muy buena pinta y quiero probarla.
Al salir del despacho, Snape dirigió a Ron y Harry una mirada envenenada.
Misma que en la Sala cruzaban James, Sirius y el propio Snape. Lily, por el contrario, lo veía llena de pesar. Al darse cuenta, Severus bajó la mirada, admitiendo parte de su error.
Se quedaron con la profesora McGonagall, que todavía los miraba como un águila enfurecida.
—Lo mejor será que vayas a la enfermería, Weasley, estás sangrando.
—No es nada —dijo Ron, frotándose enseguida con la manga la herida que tenía en la ceja—. Profesora, quisiera ver la selección de mi hermana.
—La Ceremonia de Selección ya ha concluido —dijo la profesora McGonagall—. Tu hermana está también en Gryffindor.
—¡Bien! —dijo Ron.
Un gesto similar se sintió en la Sala, cuando varios de los más jóvenes, comenzando por los hijos de Harry y Ginny, aplaudieron.
—Y hablando de Gryffindor... —empezó a decir severamente la profesora McGonagall. Pero Harry la interrumpió.
—Profesora, cuando nosotros cogimos el coche, el curso aún no había comenzado, así que, en realidad, a Gryffindor no habría que quitarle puntos, ¿no? —dijo, mirándola con temor. La profesora McGonagall le dirigió una mirada penetrante, pero Harry estaba seguro de que había estado a punto de sonreír. Tenía los labios menos tensos, eso era evidente.
—Realmente me recordaste a Lily —comentó McGonagall, sonriendo abiertamente—. Fue como haberla escuchado haciendo ese argumento.
—No quitaremos puntos a Gryffindor —dijo ella, y Harry se sintió muy aliviado—. Pero vosotros dos seréis castigados.
Eso era menos malo de lo que Harry se había temido. En cuanto a que Dumbledore escribiera a los Dursley, le daba lo mismo. Harry sabía perfectamente que los Dursley lamentarían que el sauce boxeador no lo hubiera aplastado.
Algunas miradas se dirigieron a Dudley, quien sólo encogió los hombros.
La profesora McGonagall volvió a levantar su varita y apuntó con ella al escritorio de Snape. Sonó un ¡plop! y apareció un gran plato de emparedados, dos copas de plata y una jarra de zumo frío de calabaza.
—Comeréis aquí y luego os iréis directamente al dormitorio —indicó—. Yo también tengo que volver al banquete.
Cuando la puerta se cerró detrás de ella, Ron profirió un silbido bajo y prolongado.
—Creí que no nos salvábamos —dijo, cogiendo un emparedado.
—Y yo también —contestó Harry, haciendo lo mismo.
—Pero ¿cómo es posible que tengamos tan mala suerte? —dijo Ron con la boca llena de jamón y pollo—. Fred y George deben de haber volado en ese coche cinco o seis veces y nunca los ha visto ningún muggle. —Tragó y volvió a dar otro bocado—. ¿Y por qué no pudimos atravesar la barrera?
—Vuelvo a lo que dijo Neville —esta vez fue Seamus quien lo decía—, Harry es el imán para la mala suerte. O al menos lo era en esos tiempos.
—Especialmente ese año —comentó Parvati, lo que llamó la atención de Lily y James:
—¿En qué sentido? —preguntó Lily.
—Seguramente se narra en el libro, mamá —respondió Harry, mientras Ginny se estremecía ligeramente.
Harry se encogió de hombros.
—Tendremos que andarnos con mucho cuidado de ahora en adelante —dijo, tomando un refrescante trago de zumo de calabaza—. Si al menos hubiéramos podido subir al banquete...
—Ella no quería que hiciéramos ningún alarde —dijo Ron inteligentemente—. No quiere que nadie llegue a pensar que está bien eso de llegar volando en un coche.
—Totalmente de acuerdo, señor Weasley —comentó McGonagall.
Cuando hubieron comido todos los emparedados que podían (en el plato iban apareciendo más, conforme los engullían), se levantaron y salieron del despacho, y tomaron el camino que llevaba a la torre de Gryffindor. El castillo estaba en calma, parecía que el banquete había concluido. Pasaron por delante de retratos parlantes y armaduras que chirriaban, y subieron por las escaleras de piedra hasta que llegaron finalmente al corredor donde, oculta detrás de una pintura al óleo que representaba a una mujer gorda vestida con un vestido de seda rosa, estaba la entrada secreta a la torre de Gryffindor.
—La contraseña —exigió ella, al verlos acercarse.
—¡Oh, oh! —exclamó Rose— ¡Nadie le dio la contraseña!
—Esto... —dijo Harry. No conocían la contraseña del nuevo curso, porque aún no habían visto a ningún prefecto, pero casi al instante les llegó la ayuda; detrás de ellos oyeron unos pasos veloces y al volverse vieron a Hermione que corría a ayudarles.
—¡Estáis aquí! ¿Dónde os habíais metido? Corren los rumores más absurdos... Alguien decía que los habían expulsado por haber tenido un accidente con un coche volador.
—Vaya que sí corrieron rumores durante la cena —comentó Lee.
—Y más cuando vemos que primero salió el profesor Snape —ratificó Lavender—, después la profesora McGonagall e inmediatamente el profesor Dumbledore.
—Bueno, no nos han expulsado —le garantizó Harry.
—¿Quieres decir que habéis venido hasta aquí volando? —preguntó Hermione, en un tono de voz casi tan duro como el de la profesora McGonagall.
—Ahórrate el sermón —dijo Ron impaciente— y dinos cuál es la nueva contraseña.
—Típico entre Ron y Hermione —comentó Neville—, ella reclama y él lo que hace es evadirla.
—Y todavía pasa, tío —respondió Hugo, provocando risas y sonrojos.
—Es «somormujo» —dijo Hermione deprisa—, pero ésa no es la cuestión…
No pudo terminar lo que estaba diciendo, sin embargo, porque el retrato de la señora gorda se abrió y se oyó una repentina salva de aplausos. Al parecer, en la casa de Gryffindor todos estaban despiertos y abarrotaban la sala circular común, de pie sobre las mesas revueltas y las mullidas butacas, esperando a que ellos llegaran. Unos cuantos brazos aparecieron por el hueco de la puerta secreta para tirar de Ron y Harry hacia dentro, y Hermione entró detrás de ellos.
—Craso error —mencionó Lily, sonriendo—, primero reclamas, no importa el tiempo que te lleve, y después les das la contraseña… Eso lo aprendí con este par —señalando a James y a Sirius—, a la primera oportunidad.
Varios se rieron.
—¡Formidable! —gritó Lee Jordan—. ¡Soberbio! ¡Qué llegada! Habéis volado en un coche hasta el sauce boxeador. ¡La gente hablará de esta proeza durante años!
—Vaya que sí —dijo Kevin, mientras Paula asentía con una gran sonrisa—, es una de las anécdotas que aún se cuentan en el colegio.
—¡Bravo! —dijo un estudiante de quinto curso con quien Harry no había hablado nunca. Alguien le daba palmadas en la espalda como si acabara de ganar una maratón. Fred y George se abrieron camino hasta la primera fila de la multitud y dijeron al mismo tiempo:
—¿Por qué no nos llamasteis?
Ron estaba azorado y sonreía sin saber qué decir. Harry se fijó en alguien que no estaba en absoluto contento. Al otro lado de la multitud de emocionados estudiantes de primero, vio a Percy que trataba de acercarse para reñirles. Harry le dio a Ron con el codo en las costillas y señaló a Percy con la cabeza. Inmediatamente, Ron entendió lo que le quería decir.
—Estaba realmente molesto —aclaró Percy—, especialmente por el alboroto que habían provocado. No podía mandar a nadie a dormir, creo que sólo algunos de los de primer año me hicieron caso, y sin embargo…
—Tenemos que subir..., estamos algo cansados —dijo, y los dos se abrieron paso hacia la puerta que había al otro lado de la estancia, que daba a una escalera de caracol y a los dormitorios.
—Buenas noches —dijo Harry a Hermione, volviéndose. Ella tenía la misma cara de enojo que Percy. Consiguieron alcanzar el otro extremo de la sala común, recibiendo palmadas en la espalda, y al fin llegaron a la tranquilidad de la escalera. La subieron deprisa, derechos hasta el final, hasta la puerta de su antiguo dormitorio, que ahora lucía un letrero que indicaba «Segundo curso».
Penetraron en la estancia que ya conocían; tenía forma circular, con sus cinco camas adoseladas con terciopelo rojo y sus ventanas elevadas y estrechas. Les habían subido los baúles y los habían dejSauce Boxeadorado a los pies de sus camas respectivas. Ron sonrió a Harry con una expresión de culpabilidad.
—Sé que no tendría que haber disfrutado de este recibimiento, pero la verdad es que...
—No me extrañaría que haya sido así —dijo Draco—, pero —matizando ante la mirada agresiva de muchos en la Sala—, era en aquellos tiempos.
La puerta del dormitorio se abrió y entraron los demás chicos del segundo curso de la casa Gryffindor: Seamus Finnigan, Dean Thomas y Neville Longbottom.
—¡Increíble! —dijo Seamus sonriendo.
—¡Formidable! —dijo Dean.
—¡Alucinante! —dijo Neville, sobrecogido. Harry no pudo evitarlo. Él también sonrió.
—No dudo que al final le gustase —mencionó Snape, a lo que Lily, molesta, replicó:
—¿Te parece que lo estaba disfrutando, Severus? ¿O que lo disfrutó? —Harry le tomó el brazo, lo que hizo que suspirara violentamente—. A veces me haces pensar que nunca cambiaste, Severus.
En silencio, la profesora Sprout colocó el pergamino en el atril, el cual se desvaneció, mientras la Sala anunció:
—De la misma forma en que se leyó el primer libro, en este segundo sugerimos tomar un descanso acá para disfrutar del almuerzo.
Buenas tardes desde San Diego, Venezuela! Uno de los capítulos más "movidos" de este año, en voz de quien, hacía tanto tiempo, había sembrado el Sauce Boxeador... Sabemos que es movido porque internamente contiene tres movimientos: el primero, la salida de la Madriguera hasta la llegada a King's Cross; el segundo, la barrera cerrada, el vuelo y la llegada a trompicones; y el tercero, las consecuencias de esa llegada, y en cada "movimiento", las intervenciones van matizando la lectura... Por supuesto, la profesora Sprout no estaba muy contenta, pues recordaba lo mal que la había pasado curando a su querido ejemplar... Como es usual, le quiero mandar saludos a quienes leen, siguen, estan alerta y comentan este relato; especialmente esta semana a Gfriend (Sí, algo nerviosos, preocupados y molestos, dependiendo de quien se tratase) y Zero (Ahora es que comienza la verdadera acción...). Como el relato no dice quien va a leer esta semana, les pregunto, ¿quién creen ustedes que será el elegido o elegida por la Sala para la lectura? Imagino que recuerdan cuál capítulo viene a continuación, ¿verdad? Leo sus comentarios, críticas, alabanzas y demás opiniones! Salud y saludos!
