Harry Potter: Una lectura distinta, Vol. 2

Por edwinguerrave

Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008

El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.


La Cámara de los Secretos

CAPÍTULO 7: Los «sangre sucia» y una voz misteriosa

Muchos aplausos se escucharon cuando CJ se sentó, después de presentarse, y fue abrazado por sus padres. Inmediatamente el atril se materializó justo delante de Colin, quien se sorprendió al leer el título del capítulo.

—¡Vaya! Se trata de Los «sangre sucia» y una voz misteriosa.

Inmediatamente todos los presentes, a excepción de Snape y Draco, expresaron su malestar al escuchar esa expresión. Colin la había leído con un deje de decepción, pero otros sí fueron más expresivos. Luego que se calmara el ambiente, comenzó la lectura.

Durante los días siguientes, Harry pasó bastante tiempo esquivando a Gilderoy Lockhart cada vez que lo veía acercarse por un corredor. Pero más difícil aún era evitar a Colin Creevey, que parecía saberse de memoria el horario de Harry. Nada le hacía tan feliz como preguntar «¿Va todo bien, Harry?» seis o siete veces al día, y oír «Hola, Colin» en respuesta, a pesar de que la voz de Harry en tales ocasiones sonaba irritada.

—De verdad lo lamento, Colin, por no tratarte como correspondía —comentó Harry mientras buena parte de la Sala reía y Colin, rojo a más no poder, sonreía y negaba, intentando parecer desinteresado.

Hedwig seguía enfadada con Harry a causa del desastroso viaje en coche, y la varita de Ron, que todavía no funcionaba correctamente, se superó a sí misma el viernes por la mañana al escaparse de la mano de Ron en la clase de Encantamientos y dispararse contra el profesor Flitwick, que era viejo y bajito, y golpearle directamente entre los ojos, produciéndole un gran divieso verde y doloroso en el lugar del impacto. Así que, entre unas cosas y otras, Harry se alegró muchísimo cuando llegó el fin de semana, porque Ron, Hermione y él habían planeado hacer una visita a Hagrid el sábado por la mañana.

—Lo siento, profesor —dijo Ron, algo apenado, pero el profesor Flitwick, sonriendo, sólo hizo señas a Colin para que continuara.

Pero el capitán del equipo de quidditch de Gryffindor, Oliver Wood, despertó a Harry con un zarandeo varias horas antes de lo que él habría deseado.

¿Qué pasa? —preguntó Harry aturdido.

¡Entrenamiento de quidditch! —respondió Wood—. ¡Vamos!

Harry miró por la ventana, entornando los ojos. Una neblina flotaba en el cielo de color rojizo y dorado. Una vez despierto, se preguntó cómo había podido dormir con semejante alboroto de pájaros.

—Un cielo dedicado a Gryffindor —reflexionó CJ, siendo secundado por Kevin y Paula, mientras los Merodadores, tanto originales como nuevos, aplaudían.

Oliver —observó Harry con voz ronca—, si todavía está amaneciendo...

Exacto —respondió Wood. Era un muchacho alto y fornido de sexto curso y, en aquel momento, tenía los ojos brillantes de entusiasmo—. Forma parte de nuestro nuevo programa de entrenamiento. Venga, coge tu escoba y andando —dijo Wood con decisión—. Ningún equipo ha empezado a entrenar todavía. Este año vamos a ser los primeros en empezar...

—Me parece bien —indicó James—, desde temprano para preparar estrategias, diseñar jugadas…

—James, por favor —lo detuvo Lily, antes que continuara. Algunas risas se escucharon antes de que Colin siguiera.

Bostezando y un poco tembloroso, Harry saltó de la cama e intentó buscar su túnica de quidditch.

¡Así me gusta! —dijo Wood—. Nos veremos en el campo dentro de quince minutos.

Encima de la túnica roja del equipo de Gryffindor se puso la capa para no pasar frío, garabateó a Ron una nota en la que le explicaba adónde había ido y bajó a la sala común por la escalera de caracol, con la Nimbus 2.000 sobre el hombro. Al llegar al retrato por el que se salía, oyó tras él unos pasos y vio que Colin Creevey bajaba las escaleras corriendo, con la cámara colgada del cuello, que se balanceaba como loca, y llevaba algo en la mano.

¡Oí que alguien pronunciaba tu nombre en las escaleras, Harry! ¡Mira lo que tengo aquí! La he revelado y te la quería enseñar...

—¡Vaya! —se interrumpió Colin, sonrojado—, no recordaba lo incómodo que pude llegar a ser en algunos momentos.

—Todo era la novedad de aprender a vivir con la magia —comentó Dennis, sonriendo mientras daba unas palmadas en el hombro a su hermano.

Desconcertado, Harry miró la fotografía que Colin sostenía delante de su nariz.

Un Lockhart móvil en blanco y negro tiraba de un brazo que Harry reconoció como suyo. Le complació ver que en la fotografía él aparecía ofreciendo resistencia y rehusando entrar en la foto. Al mirarlo Harry, Lockhart soltó el brazo, jadeando, y se desplomó contra el margen blanco de la fotografía con gesto teatral.

Gruñidos y suspiros de exasperación se oyeron con esta descripción.

¿Me la firmas? —le pidió Colin con fervor.

No —dijo Harry rotundamente, mirando en torno para comprobar que realmente no había nadie en la sala—. Lo siento, Colin, pero tengo prisa. Tengo entrenamiento de quidditch.

Y salió por el retrato.

—Además —dijo Harry—, ¿cómo iba a firmar una foto donde realmente no salgo?

—Eso es verdad —reconoció Colin, para luego seguir leyendo:

¡Eh, espérame! ¡Nunca he visto jugar al quidditch!

Colin se metió apresuradamente por el agujero, detrás de Harry.

Será muy aburrido —dijo Harry enseguida, pero Colin no le hizo caso. Los ojos le brillaban de emoción.

—Dudo que me aburriera viéndote jugar —comentó Colin, y muchos aplaudieron.

—Bueno, realmente era la primera práctica, así que poco y nada íbamos a jugar —respondió Harry.

—Y de hecho, recuerdo que no se practicó —comentó Ron, mirando torvamente a Draco, quien simplemente miraba al fondo de la Sala.

Tú has sido el jugador más joven de la casa en los últimos cien años, ¿verdad, Harry? ¿Verdad que sí? —le preguntó Colin, corriendo a su lado—. Tienes que ser estupendo. Yo no he volado nunca. ¿Es fácil? ¿Ésa es tu escoba? ¿Es la mejor que hay?

Harry no sabía cómo librarse de él. Era como tener una sombra habladora, extremadamente habladora.

—No digas nada —cortó Colin con seriedad y sonrojo, cuando Harry agarraba aire para disculparse—, más bien debería ser yo quien se disculpe por como me comporté en ese momento.

No sé cómo es el quidditch, en realidad —reconoció Colin, sin aliento—. ¿Es verdad que hay cuatro bolas? ¿Y que dos van por ahí volando, tratando de derribar a los jugadores de sus escobas?

Si —contestó Harry de mala gana, resignado a explicarle las complicadas reglas del juego del quidditch—. Se llaman bludgers. Hay dos bateadores en cada equipo, con bates para golpear las bludgers y alejarlas de sus compañeros. Los bateadores de Gryffindor son Fred y George Weasley.

A la mención de sus nombres, los gemelos se levantaron, haciendo profundas reverencias y provocando que JS y Freddie, como antes, se lanzaran a "adorarlos", provocando las risas de la mayoría de los más jóvenes. Mientras tanto, Lily le susurraba a Harry al oído:

—No debiste tratarlo de mala gana, hijo, sólo era un niño curioso.

Harry suspiró al tiempo que se retomaba la lectura.

¿Y para qué sirven las otras pelotas? —preguntó Colin, dando un tropiezo porque iba mirando a Harry con la boca abierta.

Bueno, la quaffle, que es una pelota grande y roja, es con la que se marcan los goles. Tres cazadores en cada equipo se pasan la quaffle de uno a otro e intentan introducirla por los postes que están en el extremo del campo, tres postes largos con aros al final.

¿Y la cuarta bola?

Es la snitch —dijo Harry—, es dorada, muy pequeña, rápida y difícil de atrapar. Ésa es la misión de los buscadores, porque el juego del quidditch no finaliza hasta que se atrapa la snitch. Y el equipo cuyo buscador la haya atrapado gana ciento cincuenta puntos.

Y tú eres el buscador de Gryffindor, ¿verdad? —preguntó Colin emocionado.

Sí —dijo Harry, mientras dejaban el castillo y pisaban el césped empapado de rocío—. También está el guardián, el que guarda los postes. Prácticamente, en eso consiste el quidditch.

—Buen resumen, si al caso vamos —comentó Sirius, mientras James asentía

Pero Colin no descansó un momento y fue haciendo preguntas durante todo el camino ladera abajo, hasta que llegaron al campo de quidditch, y Harry pudo deshacerse de él al entrar en los vestuarios. Colin le gritó en voz alta:

¡Voy a pillar un buen sitio, Harry! —Y se fue corriendo a las gradas.

El resto del equipo de Gryffindor ya estaba en los vestuarios. El único que parecía realmente despierto era Wood. Fred y George Weasley estaban sentados, con los ojos hinchados y el pelo sin peinar, junto a Alicia Spinnet, de cuarto curso, que parecía que se estaba quedando dormida apoyada en la pared. Sus compañeras cazadoras, Katie Bell y Angelina Johnson, sentadas una junto a otra, bostezaban enfrente de ellos.

Por fin, Harry, ¿por qué te has entretenido? —preguntó Word enérgicamente—. Veamos, quiero deciros unas palabras antes de que saltemos al campo, porque me he pasado el verano diseñando un programa de entrenamiento completamente nuevo, que estoy seguro de que nos hará mejorar.

—No sólo se trataba ahora de castigo físico —comentó Fred.

—Sino que también incluía ahora el castigo psicológico —remató George.

—Eso es verdad —dijo Angélica—, eso de mandarnos a levantar de madrugada fue demasiado.

—Aunque no hables muy duro —le dijo Demelza, riendo—, que cuando fuiste capitana nos hacías entrenar todos los días. No sé cómo pasé ese año.

Angélica se quedó con la boca abierta, sorprendida, lo que aprovechó Colin para seguir leyendo.

Wood sostenía un plano de un campo de quidditch, lleno de líneas, flechas y cruces en diferentes colores. Sacó la varita mágica, dio con ella un golpe en la tabla y las flechas comenzaron a moverse como orugas. En el momento en que Wood se lanzó a soltar el discurso sobre sus nuevas tácticas, a Fred Weasley se le cayó la cabeza sobre el hombro de Alicia Spinnet y empezó a roncar.

Las risas explotaron en la Sala.

Le llevó casi veinte minutos a Wood explicar los esquemas de la primera tabla, pero a continuación hubo otra, y después una tercera. Harry se adormecía mientras el capitán seguía hablando y hablando.

Bueno —dijo Wood al final, sacando a Harry de sus fantasías sobre los deliciosos manjares que podría estar desayunando en ese mismo instante en el castillo—. ¿Ha quedado claro? ¿Alguna pregunta?

Yo tengo una pregunta, Oliver —dijo George, que acababa de despertar dando un respingo—. ¿Por qué no nos contaste todo esto ayer cuando estábamos despiertos?

—Totalmente de acuerdo —expresaron, casi a coro, todos los que estuvieron en esa charla y que estaban presentes en la Sala, mientras que muchos de los jugadores comentaban en susurros opiniones similares.

A Wood no le hizo gracia.

Escuchadme todos —les dijo, con el entrecejo fruncido—, tendríamos que haber ganado la copa de quidditch el año pasado. Éramos el mejor equipo con diferencia. Pero, por desgracia, y debido a circunstancias que escaparon a nuestro control... —Harry se removió en el asiento, con un sentimiento de culpa. Durante el partido final del año anterior, había permanecido inconsciente en la enfermería, con la consecuencia de que Gryffindor había contado con un jugador menos y había sufrido su peor derrota de los últimos trescientos años. Wood tardó un momento en recuperar el dominio. Era evidente que la última derrota todavía lo atormentaba—. De forma que este año entrenaremos más que nunca... ¡Venga, salid y poned en práctica las nuevas teorías! —gritó Wood, cogiendo su escoba y saliendo el primero de los vestuarios. Con las piernas entumecidas y bostezando, le siguió el equipo.

Habían permanecido tanto tiempo en los vestuarios, que el sol ya estaba bastante alto, aunque sobre el estadio quedaban restos de niebla. Cuando Harry saltó al terreno de juego, vio a Ron y Hermione en las gradas.

¿Aún no habéis terminado? —preguntó Ron, perplejo.

Aún no hemos empezado —respondió Harry, mirando con envidia las tostadas con mermelada que Ron y Hermione se habían traído del Gran Comedor—. Wood nos ha estado enseñando nuevas estrategias.

—O al menos así lo intentó —complementó el propio Harry—, porque recuerdo que la mitad del discurso estaba más dormido que despierto.

Montó en la escoba y, dando una patada en el suelo, se elevó en el aire. El frío aire de la mañana le azotaba el rostro, consiguiendo despertarle bastante más que la larga exposición de Wood. Era maravilloso regresar al campo de quidditch. Dio una vuelta por el estadio a toda velocidad, haciendo una carrera con Fred y George.

—Fue buena esa carrera —comentó George. Colin sonrió al retomar la lectura:

¿Qué es ese ruido? —preguntó Fred, cuando doblaban la esquina a toda velocidad.

Harry miró a las gradas. Colin estaba sentado en uno de los asientos superiores, con la cámara levantada, sacando una foto tras otra, y el sonido de la cámara se ampliaba extraordinariamente en el estadio vacío.

¡Mira hacia aquí, Harry! ¡Aquí! —chilló.

Mientras leía sus intervenciones, Colin se sonrojaba, provocando que algunos de los más jóvenes lo vieran con inusitado interés.

¿Quién es ése? —preguntó Fred.

Ni idea —mintió Harry, acelerando para alejarse lo más posible de Colin.

—Harry —dijo amenazadoramente Lily, por lo que el aludido sólo tuvo la opción de decir:

—Colin, de verdad, disculpa.

—Tranquilo, Harry; no se moleste, señora Lily, admito que fui un poco exagerado en mi interés por Harry.

Los nuevos merodeadores sonrieron maliciosamente, pero no pudieron comentar nada al seguir la lectura.

¿Qué pasa? —dijo Wood frunciendo el entrecejo y volando hacia ellos—. ¿Por qué saca fotos aquél? No me gusta. Podría ser un espía de Slytherin que intentara averiguar en qué consiste nuestro programa de entrenamiento.

Es de Gryffindor —dijo rápidamente Harry.

Y los de Slytherin no necesitan espías, Oliver —observó George.

¿Por qué dices eso? —preguntó Wood con irritación.

Porque están aquí en persona —dijo George, señalando hacia un grupo de personas vestidas con túnicas verdes que se dirigían al campo, con las escobas en la mano.

Draco abrió los ojos, recordando, mientras Ron y Hermione, quienes ya habían hecho la asociación, asentían en silencio.

¡No puedo creerlo! —dijo Wood indignado—. ¡He reservado el campo para hoy! ¡Veremos qué pasa!

Wood se dirigió velozmente hacia el suelo. Debido al enojo aterrizó más bruscamente de lo que habría querido y al desmontar se tambaleó un poco. Harry, Fred y George lo siguieron.

Flint —gritó Wood al capitán del equipo de Slytherin—, es nuestro turno de entrenamiento. Nos hemos levantado a propósito. ¡Así que ya podéis largaros!

Marcus Flint aún era más corpulento que Wood. Con una expresión de astucia digna de un trol, replicó:

Hay bastante sitio para todos, Wood.

—Insisto —comentó Hermione, sorprendiendo a varios—, Flint realmente parecía familia del troll del primer año.

Algunos rieron al hacer la asociación mental.

Angelina, Alicia y Katie también se habían acercado. No había chicas entre los del equipo de Slytherin, que formaban una piña frente a los de Gryffindor y miraban burlonamente a Wood.

¡Pero yo he reservado el campo! —dijo Wood, escupiendo la rabia—. ¡Lo he reservado!

¡Ah! —dijo Flint—, pero nosotros traemos una hoja firmada por el profesor Snape. «Yo, el profesor S. Snape, concedo permiso al equipo de Slytherin para entrenar hoy en el campo de quidditch debido a su necesidad de dar entrenamiento al nuevo buscador.»

—¿De cuándo a acá te interesaba el quidditch, Severus? —estalló nuevamente Lily—, Si tú eras como yo respecto al juego…

—Igual, Lily —respondió el pocionista, intentando sonar ecuánime—, como jefe de casa, debía darle el mayor apoyo a mis alumnos.

McGonagall, Flitwick y Sprout veían extrañados a Snape, pero los rostros más sorprendidos eran los de James, Sirius y Remus.

¿Tenéis un buscador nuevo? —preguntó Wood, preocupado—. ¿Quién es?

Detrás de seis corpulentos jugadores, apareció un séptimo, más pequeño, que sonreía con su cara pálida y afilada: era Draco Malfoy.

La forma en que Colin leyó este párrafo, con desprecio, provocó aún más risas en la Sala, haciendo que Draco se sonrojara y entornara los ojos.

¿No eres tú el hijo de Lucius Malfoy? —preguntó Fred, mirando a Malfoy con desagrado.

Es curioso que menciones al padre de Malfoy —dijo Flint, mientras el conjunto de Slytherin sonreía aún más—. Déjame que te enseñe el generoso regalo que ha hecho al equipo de Slytherin.

Los siete presentaron sus escobas. Siete mangos muy pulidos, completamente nuevos, y siete placas de oro que decían «Nimbus 2.001» brillaron ante las narices de los de Gryffindor al temprano sol de la mañana.

Ultimísimo modelo. Salió el mes pasado —dijo Flint con un ademán de desprecio, quitando una mota de polvo del extremo de la suya—. Creo que deja muy atrás la vieja serie 2.000. En cuanto a las viejas Cleansweep —sonrió mirando desdeñosamente a Fred y George, que sujetaban sendas Cleansweep 5—, mejor que las utilicéis para borrar la pizarra.

—Defnitivamente, Draco —Christina se encaró a su padre por primera vez en la lectura, sorprendiendo a muchos al llamarlo así—, vaya amistades que tenías.

Muchos estuvieron de acuerdo con la española. El aludido, luego de ver a su hija mayor sentarse y cruzar los brazos, sólo hizo señas a Colin para que siguiera leyendo.

Durante un momento, a ningún jugador de Gryffindor se le ocurrió qué decir. Malfoy sonreía con tantas ganas que tenía los ojos casi cerrados.

Mirad —dijo Flint—. Invaden el campo.

Ron y Hermione cruzaban el césped para enterarse de qué pasaba.

¿Qué ha ocurrido? —preguntó Ron a Harry—. ¿Por qué no jugáis? ¿Y qué está haciendo ése aquí?

Miraba a Malfoy, vestido con su túnica del equipo de quidditch de Slytherin.

Soy el nuevo buscador de Slytherin, Weasley —dijo Malfoy, con petulancia—. Estamos admirando las escobas que mi padre ha comprado para todo el equipo.

—Es decir —comentó JS, en un tono extrañamente serio—, exhibiendo el soborno para poder ingresar al equipo.

Draco estuvo a punto de responder, pero prefirió mirar al techo y suspirar.

Ron miró boquiabierto las siete soberbias escobas que tenía delante.

Son buenas, ¿eh? —dijo Malfoy con sorna—. Pero quizás el equipo de Gryffindor pueda conseguir oro y comprar también escobas nuevas. Podríais subastar las Cleansweep 5. Cualquier museo pujaría por ellas.

El equipo de Slytherin estalló de risa.

Pero en el equipo de Gryffindor nadie ha tenido que comprar su acceso —observó Hermione agudamente—. Todos entraron por su valía.

Del rostro de Malfoy se borró su mirada petulante.

—Bien dicho, mamá —comentó Hugo, mientras los aplausos estallaban en la Sala.

Colin palideció al adelantarse en la lectura y dijo:

—Me disculpan lo que viene a continuación. Así está en el pergamino.

Quienes estuvieron ese día en el campo de quidditch, ante el comentario de Colin, se miraron con distintos estados de ánimo.

Nadie ha pedido tu opinión, asquerosa sangre sucia —espetó él.

Harry comprendió enseguida que lo que había dicho Malfoy era algo realmente grave, porque sus palabras provocaron de repente una reacción tumultuosa. Flint tuvo que ponerse rápidamente delante de Malfoy para evitar que Fred y George saltaran sobre él. Alicia gritó «¡Cómo te atreves!», y Ron se metió la mano en la túnica y, sacando su varita mágica, amenazó «¡Pagarás por esto, Malfoy!», y pasando la varita por debajo del brazo de Flint, la dirigió al rostro de Malfoy.

Un estruendo resonó en todo el estadio, y del extremo roto de la varita de Ron surgió un rayo de luz verde que, dándole en el estómago, lo derribó sobre el césped.

Los más jóvenes veían los rostros ceñudos de Harry, Ron, Hermione, los gemelos y Angelina, e indiferente de Draco, mientras que Colin, aún atragantado por el insulto, trataba de mantener un tono calmado en la lectura.

¡Ron! ¡Ron! ¿Estás bien? —chilló Hermione.

Ron abrió la boca para decir algo, pero no salió ninguna palabra. Por el contrario, emitió un tremendo eructo y le salieron de la boca varias babosas que le cayeron en el regazo.

—¡Por Merlín! —estalló Molly— ¿qué pasó, Ron?

—Nada, mamá, que fui a mandarle la maldición comebabosas a Ron y por la varita rota me pegó fue a mí.

Varios reían en silencio, puesto que, a pesar de la gravedad del insulto de Draco, imaginarse a Ron vomitando babosas aliviaba la tensión.

El equipo de Slytherin se partía de risa. Flint se desternillaba, apoyado en su escoba nueva. Malfoy, a cuatro patas, golpeaba el suelo con el puño. Los de Gryffindor rodeaban a Ron, que seguía vomitando babosas grandes y brillantes. Nadie se atrevía a tocarlo.

Lo mejor es que lo llevemos a la cabaña de Hagrid, que está más cerca —dijo Harry a Hermione, quien asintió valerosamente, y entre los dos cogieron a Ron por los brazos.

¿Qué ha ocurrido, Harry? ¿Qué ha ocurrido? ¿Está enfermo? Pero, podrás curarlo, ¿no? —Colin había bajado corriendo de su puesto e iba dando saltos al lado de ellos mientras salían del campo. Ron tuvo una horrible arcada y más babosas le cayeron por el pecho—. ¡Ah! —exclamó Colin, fascinado y levantando la cámara—, ¿puedes sujetarlo un poco para que no se mueva, Harry?

¡Fuera de aquí, Colin! —dijo Harry enfadado. Entre él y Hermione sacaron a Ron del estadio y se dirigieron al bosque a través de la explanada.

—Harry —dijo Lily. James la interrumpió:

—Déjalo, amor, está intentando proteger a sus amigos. Aunque también hay que entender al pequeñín —mirando a Colin—, estaba fascinado por el mundo mágico.

Colin asintió, ruborizado nuevamente, antes de seguir la lectura.

Ya casi llegamos, Ron —dijo Hermione, cuando vieron a lo lejos la cabaña del guardián—. Dentro de un minuto estarás bien. Ya falta poco.

Les separaban siete metros de la casa de Hagrid cuando se abrió la puerta. Pero no fue Hagrid el que salió por ella, sino Gilderoy Lockhart, que aquel día llevaba una túnica de color malva muy claro. Se les acercó con paso decidido.

Exclamaciones de sorpresa se dejaron escuchar.

Rápido, aquí detrás —dijo Harry, escondiendo a Ron detrás de un arbusto que había allí. Hermione los siguió, de mala gana.

—Menos mal que no nos logró ver —comentó Harry, mientras algunos silbidos provocaron que Hermione se ruborizara.

¡Es muy sencillo si sabes hacerlo! —decía Lockhart a Hagrid en voz alta—. ¡Si necesitas ayuda, ya sabes dónde estoy! Te dejaré un ejemplar de mi libro. Pero me sorprende que no tengas ya uno. Te firmaré un ejemplar esta noche y te lo enviaré. ¡Bueno, adiós! —Y se fue hacia el castillo a grandes zancadas.

Harry esperó a que Lockhart se perdiera de vista y luego sacó a Ron del arbusto y lo llevó hasta la puerta principal de la casa de Hagrid. Llamaron a toda prisa.

Hagrid apareció inmediatamente, con aspecto de estar de mal humor, pero se le iluminó la cara cuando vio de quién se trataba.

Me estaba preguntando cuándo vendríais a verme... Entrad, entrad. Creía que sería el profesor Lockhart que volvía.

Harry y Hermione introdujeron a Ron en la cabaña, donde había una gran cama en un rincón y una chimenea encendida en el otro extremo. Hagrid no pareció preocuparse mucho por el problema de las babosas de Ron, cuyos detalles explicó Harry apresuradamente mientras lo sentaban en una silla.

Es preferible que salgan a que entren —dijo ufano, poniéndole delante una palangana grande de cobre—. Vomítalas todas, Ron.

—Eso es verdad —comentó Frankie—, mejor afuera que adentro.

—¿Y cómo sabes eso? —le preguntó Alice, provocando que todos los Longbottom lo miraran interesados.

—Bueeeno —intentó barajar, viendo al resto de los nuevos merodeadores. Al verse solo, bufó y dijo—: Gracias, banda de traidores... Una de las mejores bromas que hicimos el año pasado fue provocar una epidemia de comebabosas en la sala común de Slytherin, gracias a una versión de los caramelos vomitivos de Sortilegios Weasley adaptados por nosotros. Verlos vomitando babosas por los pasillos no tiene precio.

—¡Ah! —exclamaron al mismo tiempo Neville, McGonagall y Scorpius, mientras que la sorpresa se instalaba en los merodeadores y los gemelos Weasley.

No creo que se pueda hacer nada salvo esperar a que la cosa acabe —dijo Hermione apurada, contemplando a Ron inclinado sobre la palangana—. Es un hechizo difícil de realizar aun en condiciones óptimas, pero con la varita rota...

Hagrid estaba ocupado preparando un té. Fang, su perro jabalinero, llenaba a Harry de babas.

Nuevos gestos de asco surgieron de la población femenina de la Sala.

¿Qué quería Lockhart, Hagrid? —preguntó Harry, rascándole las orejas a Fang.

Enseñarme cómo me puedo librar de los duendes del pozo —gruñó Hagrid, quitando de la mesa limpia un gallo a medio pelar y poniendo en su lugar la tetera—. Como si no lo supiera. Y también hablaba sobre una banshee a la que venció. Si en todo eso hay una palabra de cierto, me como la tetera.

—Por suerte, no necesité comérmela —reconoció Hagrid ante las risas de la mayoría.

Era muy raro que Hagrid criticara a un profesor de Hogwarts, y Harry lo miró sorprendido. Hermione, sin embargo, dijo en voz algo más alta de lo normal:

Creo que sois injustos. Obviamente, el profesor Dumbledore ha juzgado que era el mejor para el puesto y...

Era el único para el puesto —repuso Hagrid, ofreciéndoles un plato de caramelos de café con leche, mientras Ron tosía ruidosamente sobre la palangana—. Y quiero decir el único. Es muy difícil encontrar profesores que den Artes Oscuras, porque a nadie le hace mucha gracia. Da la impresión de que la asignatura está maldita. Ningún profesor ha durado mucho. Decidme —preguntó Hagrid, mirando a Ron—, ¿a quién intentaba hechizar?

Malfoy le llamó algo a Hermione —respondió Harry—. Tiene que haber sido algo muy fuerte, porque todos se pusieron furiosos.

Fue muy fuerte —dijo Ron con voz ronca, incorporándose sobre la mesa, con el rostro pálido y sudoroso—. Malfoy la llamó «sangre sucia».

Colin volvió a atragantarse al leer el insulto, por lo que tuvo que suspirar antes de forzarse a decirlo.

Ron se apartó cuando volvió a salirle una nueva tanda de babosas. Hagrid parecía indignado.

¡No! —bramó volviéndose a Hermione.

Sí —dijo ella—. Pero yo no sé qué significa. Claro que podría decir que fue muy grosero...

—Extremadamente grosero —dijo James, mirando torvamente a Snape, quien le sostenía la mirada—, el peor insulto que un mago que se precie de ser educado puede usar. ¿Cierto o falso, Snape?

—Diré que es cierto, como aún lo sostengo —ya no veía a James sino a Lily, quien lo veía con un sentimiento de decepción.

Es lo más insultante que se le podría ocurrir —dijo Ron, volviendo a incorporarse—. Sangre sucia (Colin volvió a atragantarse con el insulto) es un nombre realmente repugnante con el que llaman a los hijos de muggles, ya sabes, de padres que no son magos. Hay algunos magos, como la familia de Malfoy, que creen que son mejores que nadie porque tienen lo que ellos llaman sangre limpia—. Soltó un leve eructo, y una babosa solitaria le cayó en la palma de la mano. La arrojó a la palangana y prosiguió—. Desde luego, el resto de nosotros sabe que eso no tiene ninguna importancia. Mira a Neville Longbottom... es de sangre limpia y apenas es capaz de sujetar el caldero correctamente.

—Gracias, Ron —comentó Neville, provocando risas, a pesar del momento que se narraba—, yo también te aprecio.

Y no han inventado un conjuro que nuestra Hermione no sea capaz de realizar —dijo Hagrid con orgullo, haciendo que Hermione se pusiera colorada.

—Eso es correcto —ratificó Harry—, ya en segundo año dominaba muchos hechizos y otras herramientas mucho más avanzadas.

En ese momento se vieron los tres y soltaron la carcajada. Ante la mirada curiosa de varios, Harry sólo hizo señas a Colin para que siguiera leyendo.

Es un insulto muy desagradable de oír —dijo Ron, secándose el sudor de la frente con la mano—. Es como decir «sangre podrida» o «sangre vulgar». Son idiotas. Además, la mayor parte de los magos de hoy día tienen sangre mezclada. Si no nos hubiéramos casado con muggles, nos habríamos extinguido.

A Ron le dieron arcadas y volvió a inclinarse sobre la palangana.

Dil, a pesar del malestar que le provocaba oir a cada momento la narración de cómo Ron lidiaba con las babosas, se incorporó en su butaca y les comentó:

—Verdad que ustedes me lo dijeron, que esta había sido la primera vez que Ron había defendido a Hermione.

—Exacto —afirmó Ron, abrazando a su esposa—, al menos hice el intento.

Bueno, no te culpo por intentar hacerle un hechizo, Ron —dijo Hagrid con una voz fuerte que ahogaba los golpes de las babosas al caer en la palangana—. Pero quizás haya sido una suerte que tu varita mágica fallara. Si hubieras conseguido hechizarle, Lucius Malfoy se habría presentado en la escuela. Así no tendrás ese problema.

Harry quiso decir que el problema no habría sido peor que estar echando babosas por la boca, pero no pudo hacerlo porque el caramelo de café con leche se le había pegado a los dientes y no podía separarlos.

Los más jóvenes se rieron al oir esto.

Harry —dijo Hagrid de repente, como acometido por un pensamiento repentino—, tengo que ajustar cuentas contigo. Me han dicho que has estado repartiendo fotos firmadas. ¿Por qué no me has dado una?

Harry sintió tanta rabia que al final logró separar los dientes.

No he estado repartiendo fotos —dijo enfadado—. Si Lockhart aún va diciendo eso por ahí...

Pero entonces vio que Hagrid se reía.

Sólo bromeaba —explicó, dándole a Harry unas palmadas amistosas en la espalda, que lo arrojaron contra la mesa—. Sé que no es verdad. Le dije a Lockhart que no te hacía falta, que sin proponértelo eras más famoso que él.

Todos los bromistas se rieron; mientras los gemelos se secaban lágrimas falsas de orgullo y los nuevos merodeadores aplaudían, Sirius le dijo a Hagrid:

—¡Vaya! ¡No conocía esa faceta bromista tuya!

—Reirse de vez en cuando es necesario.

Apuesto a que no le hizo ninguna gracia —dijo Harry, levantándose y frotándose la barbilla.

Supongo que no —admitió Hagrid, parpadeando—. Luego le dije que no había leído nunca ninguno de sus libros, y se marchó. ¿Un caramelo de café con leche, Ron? —añadió, cuando Ron volvió a incorporarse.

No, gracias —dijo Ron con debilidad—. Es mejor no correr riesgos.

Venid a ver lo que he estado cultivando —dijo Hagrid cuando Harry y Hermione apuraron su té. En la pequeña huerta situada detrás de la casa de Hagrid había una docena de las calabazas más grandes que Harry hubiera visto nunca. Más bien parecían grandes rocas.

Van bien, ¿verdad? —dijo Hagrid, contento—. Son para la fiesta de Halloween. Deberán haber crecido lo bastante para ese día.

¿Qué les has echado? —preguntó Harry.

Hagrid miró hacia atrás para comprobar que estaban solos.

—¿Por qué sospecho que no es algo legal? —comentó Frankie, sonriendo.

Bueno, les he echado... ya sabes... un poco de ayuda —Harry vio el paraguas rosa estampado de Hagrid apoyado contra la pared trasera de la cabaña. Ya antes, Harry había sospechado que aquel paraguas no era lo que parecía; de hecho, tenía la impresión de que la vieja varita mágica del colegio estaba oculta dentro. Según las normas, Hagrid no podía hacer magia, porque lo habían expulsado de Hogwarts en el tercer curso, pero Harry no sabía por qué. Cualquier mención del asunto bastaba para que Hagrid carraspeara sonoramente y sufriera de pronto una misteriosa sordera que le duraba hasta que se cambiaba de tema.

¿Un hechizo fertilizante, tal vez? —preguntó Hermione, entre la desaprobación y el regocijo—. Bueno, has hecho un buen trabajo.

—Lo dicho —ratificó Frankie, haciendo sonrojar a Hagrid.

Eso es lo que dijo tu hermana pequeña —observó Hagrid, dirigiéndose a Ron—. Ayer la encontré —Hagrid miró a Harry de soslayo y vio que le temblaba la barbilla…

El amoooooor —estalló otra vez el coro de bromistas, mientras Harry reía y Ginny, imperceptiblemente para los demás, se había estremecido. Esto provocó que Harry dejara de reir y pasara su brazo alrededor de su esposa.

Dijo que estaba contemplando el campo, pero me da la impresión de que esperaba encontrarse a alguien más en mi casa —Guiñó un ojo a Harry—. Si quieres mi opinión, creo que ella no rechazaría una foto fir...

¡Cállate! —dijo Harry. A Ron le dio la risa y llenó la tierra de babosas.

El amooooooooooor —insistió el coro de bromistas.

¡Cuidado! —gritó Hagrid, apartando a Ron de sus queridas calabazas. Ya casi era la hora de comer, y como Harry sólo había tomado un caramelo de café con leche en todo el día, tenía prisa por regresar al colegio para la comida. Se despidieron de Hagrid y regresaron al castillo, con Ron hipando de vez en cuando, pero vomitando sólo un par de babosas pequeñas. Apenas habían puesto un pie en el fresco vestíbulo cuando oyeron una voz.

Conque estáis aquí, Potter y Weasley —La profesora McGonagall caminaba hacia ellos con gesto severo—. Cumpliréis vuestro castigo esta noche.

¿Qué vamos a hacer, profesora? —preguntó Ron, asustado, reprimiendo un eructo.

Tú limpiarás la plata de la sala de trofeos con el señor Filch —dijo la profesora McGonagall—. Y nada de magia, Weasley... ¡frotando!

Ron tragó saliva. Argus Filch, el conserje, era detestado por todos los estudiantes del colegio.

Y tú, Potter, ayudarás al profesor Lockhart a responder a las cartas de sus admiradoras —dijo la profesora McGonagall.

—El peor de los castigos —comentó JS—, aguantar al aparato ese.

—Verdad que sí —comentó Lucy—; si me pusieran a elegir, preferiría lavar toda la ropa del castillo a lo muggle antes que estar un rato con ese tipo.

—¡Lucy! —exclamó Audrey, sorprendida.

—Dudo que se aplique un castigo nocturno similar a una alumna, señorita Weasley —comentó McGonagall—. En todo caso, sería asistiendo a alguna profesora.

Oh, no... ¿no puedo ayudar con la plata? —preguntó Harry desesperado.

Desde luego que no —dijo la profesora McGonagall, arqueando las cejas—. El profesor Lockhart ha solicitado que seas precisamente tú. A las ocho en punto, tanto uno como otro.

—Lo peor de todo —indicó Freddie—, no es el castigo en sí, sino que el profesor pidió expresamente a quien quería.

Harry afirmó gravemente, mientras sentía nuevamente cómo Ginny se estremecía. Al también lo notó, pues, sentado a los pies de sus padres, y apoyada su espalda en las piernas de Ginny, sintió el temblor; por ello se giró y preguntó:

—¿Todo bien allí?

—Sí, papi —respondió Ginny, tratando de sonar firme—, todo bien.

Harry y Ron pasaron al Gran Comedor completamente abatidos, y Hermione entró detrás de ellos, con su expresión de «no-haber-infringido-las-normas-del-colegio». Harry no disfrutó tanto como esperaba con su pudín de carne y patatas. Tanto Ron como él pensaban que les había tocado la peor parte del castigo.

Filch me tendrá allí toda la noche —dijo Ron apesadumbrado—. ¡Sin magia! Debe de haber más de cien trofeos en esa sala. Y la limpieza muggle no se me da bien.

Te lo cambiaría de buena gana —dijo Harry con voz apagada—. He hecho muchas prácticas con los Dursley. Pero responder a las admiradoras de Lockhart... será una pesadilla.

La tarde del sábado pasó en un santiamén, y antes de que se dieran cuenta, eran las ocho menos cinco. Harry se dirigió al despacho de Lockhart por el pasillo del segundo piso, arrastrando los pies. Llamó a la puerta a regañadientes.

La puerta se abrió de inmediato. Lockhart le recibió con una sonrisa.

¡Aquí está el pillo! —dijo—. Vamos, Harry, entra.

Dentro había un sinfín de fotografías enmarcadas de Lockhart, que relucían en los muros a la luz de las velas. Algunas estaban incluso firmadas.

Tenía otro montón grande en la mesa.

¡Tú puedes poner las direcciones en los sobres! —dijo Lockhart a Harry, como si se tratara de un placer irresistible—. El primero es para la adorable Gladys Gudgeon, gran admiradora mía…

Los minutos pasaron tan despacio como si fueran horas.

—No lo dudo —comentó Louis, mientras Dom lo veía extrañada—. ¡Es verdad, hermana! Un castigo con ese tipo debe ser una tortura.

—Escucha lo que sigue, ¿Louis, no? —le dijo Colin. El aludido asintió y se dispuso, como todos a seguir escuchando.

Harry dejó que Lockhart hablara sin hacerle ningún caso, diciendo de cuando en cuando «mmm» o «ya» o «vaya». Algunas veces captaba frases del tipo «La fama es una amiga veleidosa, Harry» o «Serás célebre si te comportas como alguien célebre, que no se te olvide».

—Frases dignas de enmarcar —soltó Rose, lo que atrajo un conjunto de miradas sorprendidas, a lo que respondió—: ¡Es verdad! ¡Por muy narcisista que fuera, esas frases tiene sentido! ¿no?

Las velas se fueron consumiendo y la agonizante luz desdibujaba las múltiples caras que ponía Lockhart ante Harry. Éste pasaba su dolorida mano sobre lo que le parecía que tenía que ser el milésimo sobre y anotaba en él la dirección de Verónica Smethley.

«Debe de ser casi hora de acabar», pensó Harry, derrotado. «Por favor, que falte poco...»

—Realmente ya estaba agotado —mencionó Harry—, era casi medianoche, si mal no recuerdo.

Y en aquel momento oyó algo, algo que no tenía nada que ver con el chisporroteo de las mortecinas velas ni con la cháchara de Lockhart sobre sus admiradoras.

Era una voz, una voz capaz de helar la sangre en las venas, una voz ponzoñosa que dejaba sin aliento, fría como el hielo.

Ginny volvió a estremecerse, esta vez tan fuerte que Al y Lilu voltearon. Harry les hizo un gesto de tranquilos, yo me encargo.

Ven..., ven a mí... Deja que te desgarre... Deja que te despedace... Déjame matarte...

—Vaya —se interrumpió Colin—, esa voz sonó como desesperada.

—Y menos mal que la leíste en ese tono neutro y no como yo la escuche —reconoció Harry—. Realmente sonaba terrorífica.

Harry dio un salto, y un manchón grande de color lila apareció sobre el nombre de la calle de Verónica Smethley.

¿Qué? —gritó.

Pues eso —dijo Lockhart—: ¡seis meses enteros encabezando la lista de los más vendidos! ¡Batí todos los récords!

—¡Por Merlín! —exclamó Tonks—, ¡Realmente no quiere servir!

¡No! —dijo Harry asustado—. ¡La voz!

¿Cómo dices? —preguntó Lockhart, extrañado—. ¿Qué voz?

La... la voz que ha dicho... ¿No la ha oído?

Lockhart miró a Harry desconcertado.

¿De qué hablas, Harry? ¿No te estarías quedando dormido? ¡Por Dios, mira la hora que es! ¡Llevamos con esto casi cuatro horas! Ni lo imaginaba... El tiempo vuela, ¿verdad?

Harry no respondió. Aguzaba el oído tratando de captar de nuevo la voz, pero no oyó otra cosa que a Lockhart diciéndole que otra vez que lo castigaran, no tendría tanta suerte como aquélla. Harry salió, aturdido.

—Cualquiera —reflexionó James—, entre el castigo con el inepto y la voz que no se sabe de dónde viene.

Lily vió a su esposo, después a su hijo, quien decía algo al oído de Ginny, haciéndola suspirar y asentir en silencio.

Era tan tarde que la sala común de Gryffindor estaba prácticamente vacía y Harry se fue derecho al dormitorio. Ron no había regresado todavía. Se puso el pijama y se echó en la cama a esperar. Media hora después llegó Ron, con el brazo derecho dolorido y llevando con él un fuerte olor a limpiametales.

Tengo todos los músculos agarrotados —se quejó, echándose en la cama—. Me ha hecho sacarle brillo catorce veces a una copa de quidditch antes de darle el visto bueno. Y vomité otra tanda de babosas sobre el Premio Especial por los Servicios al Colegio. Me llevó un siglo quitar las babas. Bueno, ¿y tú qué tal con Lockhart?

En voz baja, para no despertar a Neville, Dean y Seamus, Harry le contó a Ron con toda exactitud lo que había oído.

—Lo certifico —ratificó Ron—, ahorita que lo estamos leyendo, recuerdo que fue casi exactamente todo lo que me dijo.

¿Y Lockhart dijo que no había oído nada? —preguntó Ron. A la luz de la luna, Harry podía verle fruncir el entrecejo—. ¿Piensas que mentía? Pero no lo entiendo... Aunque fuera alguien invisible, tendría que haber abierto la puerta.

Lo sé —dijo Harry, recostándose en la cama y contemplando el dosel—. Yo tampoco lo entiendo.

—Tío —Llamó la atención Rose, mientras Colin dejaba el pergamino en el atril—, ¿no sería que estaban hablando en pársel? Porque recuerdo tu incidente con la boa constrictor y se me parece similar, aunque este es más atemorizante.

—Puede ser, pequeña Rose —sonrió Harry, aún abrazando a Ginny—, esperemos a ver que nos va diciendo la lectura, ¿sí? Colin…

—En el pergamino ya no hay más nada. Aquí terminó el capítulo.

El atril se desplazó hasta quedar frente a Seamus, quien extrañado, vió a la audiencia después de leer el título del siguiente capítulo.


Buenos mediodías desde San Diego, Venezuela! Comienzan los capítulos tensos en serio, y en este, se van revelando algunas pistas que poco a poco permitirán a los lectores en la Sala entender lo que pasó ese "segundo año". Por supuesto, la mención al insulto no podía pasar desapercibido, al igual que la voz misteriosa, de la cual Rose, como es usual, ya ha relacionado con algo de lo ya leído. Como ya es habitual, saludo por acá a todos quienes siguen, están pendiente y comentan este relato y todo lo que escribo; en este momento especial, saludo a .puentes (bienvenido, gracias por tus comentarios, y bueno, aquí vamos a estar publicando los domingos, y cuando se me ocurra algo nuevo) y a mi estimada lavida134 (sí, Neville revivió ese momento con mucha ira; fue su reacción "a largo plazo"; como siempre, los domingos después de las 11:00 HLV estoy publicando capítulo nuevo)... Salud y saludos!