Harry Potter: Una lectura distinta, vol. 2

Por edwinguerrave

Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008

El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.


La Cámara de los Secretos

CAPÍTULO 9 La inscripción en el muro

—Imagino que disfrutabas el espectáculo —le espetó Astoria a Draco, molesta, después de lo leído al final del capítulo anterior.

—Pues no lo sabremos, al menos no en este capítulo —dijo Seamus, dejando el pergamino en el atril. Este se desplazó hasta quedar delante de Parvati, quien miró a Harry abrazando a Ginny, fijó su atención en el título del capítulo y volvió a mirar antes de comenzar a leer.

—Este capítulo se llama "La inscripción en el muro".

Ginny volvió a estremecerse, aunque nadie lo notara.

¿Qué pasa aquí? ¿Qué pasa?

Atraído sin duda por el grito de Malfoy, Argus Filch se abría paso a empujones. Vio a la Señora Norris y se echó atrás, llevándose horrorizado las manos a la cara.

¡Mi gata! ¡Mi gata! ¿Qué le ha pasado a la Señora Norris? —chilló. Con los ojos fuera de las órbitas, se fijó en Harry—. ¡Tú! —chilló—. ¡Tú! ¡Tú has matado a mi gata! ¡Tú la has matado! ¡Y yo te mataré a ti! ¡Te...!

Varios de los más jóvenes miraron a Harry, preocupados. Por ello, tuvo que aclarar:

—Como se leyó, cuando llegamos, ya la Señora Norris estaba como la encontramos.

¡Argus!

Había llegado Dumbledore, seguido de otros profesores. En unos segundos, pasó por delante de Harry, Ron y Hermione y sacó a la Señora Norris de la argolla.

—Justo a tiempo —comentó Ron—, porque Filch estaba a punto de ahorcar a Harry.

Lily miró horrorizada a su hijo, quien asintió silenciosamente.

Ven conmigo, Argus —dijo a Filch—. Vosotros también, Potter, Weasley y Granger.

Lockhart se adelantó algo asustado.

Mi despacho es el más próximo, director, nada más subir las escaleras. Puede disponer de él.

—Lo único bueno que hizo —soltó Hermione, sorprendiendo a varios.

—¡Mamá! —exclamó Rose—, ¿Y no era que tenías sus clases resaltadas con corazoncitos?

Hermione no pudo replicar por la vergüenza, incrementada por las risas de los bromistas. Parvati, sonriendo a pesar de la gravedad de lo que se narraba, siguió la lectura:

Gracias, Gilderoy —respondió Dumbledore.

La silenciosa multitud se apartó para dejarles paso. Lockhart, nervioso y dándose importancia, siguió a Dumbledore a paso rápido; lo mismo hicieron la profesora McGonagall y el profesor Snape.

Cuando entraron en el oscuro despacho de Lockhart, hubo gran revuelo en las paredes; Harry se dio cuenta de que algunas de las fotos de Lockhart se escondían de la vista, porque llevaban los rulos puestos. El Lockhart de carne y hueso encendió las velas de su mesa y se apartó.

Aunque algunas risas se escucharon, la mayoría seguía el relato en silencio.

Dumbledore dejó a la Señora Norris sobre la pulida superficie y se puso a examinarla. Harry, Ron y Hermione intercambiaron tensas miradas y, echando una ojeada a los demás, se sentaron fuera de la zona iluminada por las velas.

Dumbledore acercó la punta de su nariz larga y ganchuda a una distancia de apenas dos centímetros de la piel de la Señora Norris. Examinó el cuerpo de cerca con sus lentes de media luna, dándole golpecitos y reconociéndolo con sus largos dedos. La profesora McGonagall estaba casi tan inclinada como él, con los ojos entornados. Snape estaba muy cerca detrás de ellos, con una expresión peculiar, como si estuviera haciendo grandes esfuerzos para no sonreír. Y Lockhart rondaba alrededor del grupo, haciendo sugerencias.

Puede concluirse que fue un hechizo lo que le produjo la muerte..., quizá la Tortura Metamórfica. He visto muchas veces sus efectos. Es una pena que no me encontrara allí, porque conozco el contrahechizo que la habría salvado.

—Sobre todo eso —comentó Remus, bufando—, la Tortura Metamórfica…

—No causa esos efectos, que recuerde —Rose, tomándose la barbilla, indicaba muy seria—, puede provocar parálisis de alguno de los miembros, pero no la parálisis general.

—Exactamente, joven Weasley —asintió Dumbledore, admirado de la inteligencia de la hija mayor de Ron y Hermione.

Los sollozos sin lágrimas, convulsivos, de Filch acompañaban los comentarios de Lockhart. El conserje se desplomó en una silla junto a la mesa, con la cara entre las manos, incapaz de dirigir la vista a la Señora Norris. Pese a lo mucho que detestaba a Filch, Harry no pudo evitar sentir compasión por él, aunque no tanta como la que sentía por sí mismo. Si Dumbledore creía a Filch, lo expulsarían sin ninguna duda.

Dumbledore murmuraba ahora extrañas palabras en voz casi inaudible. Golpeó a la Señora Norris con su varita, pero no sucedió nada; parecía como si acabara de ser disecada.

... Recuerdo que sucedió algo muy parecido en Uagadugú —dijo Lockhart—, una serie de ataques. La historia completa está en mi autobiografía. Pude proveer al poblado de varios amuletos que acabaron con el peligro inmediatamente.

—Y te creyeron —soltó Frank.

Todas las fotografías de Lockhart que había en las paredes movieron la cabeza de arriba abajo confirmando lo que éste decía. A una se le había olvidado quitarse la redecilla del pelo.

Finalmente, Dumbledore se incorporó.

No está muerta, Argus —dijo con cautela. Lockhart interrumpió de repente su cálculo del número de asesinatos evitados por su persona.

Suspiros de alivio y algunas risas se escucharon en la Sala.

¿Que no está muerta? —preguntó Filch entre sollozos, mirando por entre los dedos a la Señora Norris—. ¿Y por qué está rígida?

La han petrificado —explicó Dumbledore.

Ah, ya me parecía a mí... —dijo Lockhart.

—Sobre todo él, tan conocedor… —replicó Zacharias, mientras Padma asentía en silencio.

Pero no podría decir como...

¡Pregúntele! —chilló Filch, volviendo a Harry su cara con manchas y llena de lágrimas.

Ningún estudiante de segundo curso podría haber hecho esto —dijo Dumbledore con firmeza—. Es magia negra muy avanzada.

—Totalmente de acuerdo —dijo Remus, a lo que Snape hizo apenas un leve movimiento de cabeza.

¡Lo hizo él! —saltó Filch, y su hinchado rostro enrojeció—. ¡Ya ha visto lo que escribió en el muro! Él encontró... en la conserjería... Sabe que soy, que soy un... —Filch hacía unos gestos horribles—. ¡Sabe que soy un squib! —concluyó.

¡No he tocado a la Señora Norris! —dijo Harry con voz potente, sintiéndose incómodo al notar que todos lo miraban, incluyendo los Lockhart que había en las paredes—. Y ni siquiera sé lo que es un squib.

—Ya lo sabemos —interrumpió Al.

—Tanto una cosa como la otra —remató JS, provocando las risas de varios.

¡Mentira! —gruñó Filch—. ¡Él vio la carta de Embrujorrápid!

Si se me permite hablar, señor director —dijo Snape desde la penumbra, y Harry se asustó aún más, porque estaba seguro de que Snape no diría nada que pudiera beneficiarle…

—Yo no se lo permitiría —indicó Sirius, ganándose una mirada cáustica de Snape.

—¿Acaso sabes lo que iba a decir, Black? —le preguntó con voz serena, pero cargada de rabia.

—Señores —se levantó Harry, luego de pedirle a Ginny que le permitiera hacerlo, pues los antagonistas se habían levantado a su vez—, les recuerdo que eso es pasado, ¿sí? Por favor, siéntense y cálmense. Los dos —ratificó al ver cómo padrino y profesor lo miraban sorprendidos y extrañados a partes iguales—. Parvati, por favor.

Potter y sus amigos simplemente podrían haberse encontrado en el lugar menos adecuado en el momento menos oportuno —dijo, aunque con una leve expresión de desprecio en los labios, como si lo pusiera en duda—; sin embargo, aquí tenemos una serie de circunstancias sospechosas: ¿por qué se encontraban en el corredor del piso superior? ¿Por qué no estaban en la fiesta de Halloween?

Harry, Ron y Hermione se pusieron a dar a la vez una explicación sobre la fiesta de cumpleaños de muerte.

... había cientos de fantasmas que podrán testificar que estábamos allí.

Pero ¿por qué no os unisteis a la fiesta después? —preguntó Snape. Los ojos negros le brillaban a la luz de las velas—. ¿Por qué no subisteis al corredor?

Ron y Hermione miraron a Harry.

Porque..., porque... —dijo Harry, con el corazón latiéndole a toda prisa; algo le decía que parecería muy rebuscado si explicaba que lo había conducido hasta allí una voz que no salía de ningún sitio y que nadie sino él había podido oír—, porque estábamos cansados y queríamos ir a la cama —dijo.

—Definitivamente, papá, tú no sabes mentir…

Lilu se había girado a decirle eso a Harry, pero al ver a su madre nuevamente abrazada a su padre se quedó en silencio. Al lo notó porque, acercándose a Ginny, le preguntó en susurros:

—Mamá, ¿te sientes bien?

—Sí, hijo, es sólo que todo esto de la lectura me angustia.

Harry le hizo señas a los niños para que se sentaran, y a Parvati para que siguiera leyendo.

¿Sin cenar? —preguntó Snape. Una sonrisa de triunfo había aparecido en su adusto rostro—. No sabía que los fantasmas dieran en sus fiestas comida buena para los vivos.

No teníamos hambre —dijo Ron con voz potente, y las tripas le rugieron en aquel preciso instante. La desagradable sonrisa de Snape se ensanchó más.

—Tú también lo estabas disfrutando, ¿no, Severus? —le preguntó Lily, mientras lo miraba con rabia contenida.

—Lo que dije, las circunstancias eran sospechosas.

Tengo la impresión, señor director, de que Potter no está siendo completamente sincero —dijo—. Podría ser una buena idea privarle de determinados privilegios hasta que se avenga a contarnos toda la verdad. Personalmente, creo que debería ser apartado del equipo de quidditch de Gryffindor hasta que decida no mentir.

Francamente, Severus —dijo la profesora McGonagall bruscamente—, no veo razón para que el muchacho deje de jugar al quidditch. Este gato no ha sido golpeado en la cabeza con el palo de una escoba. No tenemos ninguna prueba de que Potter haya hecho algo malo.

—¡Claro que había una razón, Minnie! —exclamó James—, ¡darle más ventaja a Slytherin! ¡No les bastaba con las escobas, sino que también debía sacar al mejor jugador del equipo!

Aunque muchos estaban de acuerdo, los gemelos y Angelina protestaron por ese último comentario.

Dumbledore miraba a Harry de forma inquisitiva. Ante los vivos ojos azul claro del director, Harry se sentía como si le examinaran por rayos X.

Es inocente hasta que se demuestre lo contrario, Severus —dijo con firmeza. Snape parecía furioso. Igual que Filch.

¡Han petrificado a mi gata! —gritó. Tenía los ojos desorbitados—. ¡Exijo que se castigue a los culpables!

Ginny volvió a estremecerse.

—Tranquila, amor —le susurró Harry—, eso es pasado.

—Sabes que no, Harry —le replicó, también en susurros—, eso quedó grabado a fuego en mi corazón y mi memoria.

Podremos curarla, Argus —dijo Dumbledore armándose de paciencia—. La Profesora Sprout ha conseguido mandrágoras recientemente. En cuanto hayan crecido, haré una poción con la que revivir a la Señora Norris.

La haré yo —acometió Lockhart—. Creo que la he preparado unas cien veces, podría hacerla hasta dormido.

Disculpe —dijo Snape con frialdad—, pero creo que el profesor de Pociones de este colegio soy yo.

Celos, malditos celos —canturreó el coro de bromistas, mientras la profesora Sprout asentía sonriendo y Snape lanzaba miradas de odio a los alborotadores.

Hubo un silencio incómodo.

Podéis iros —dijo Dumbledore a Harry, Ron y Hermione.

Se fueron deprisa pero sin correr. Cuando estuvieron un piso más arriba del despacho de Lockhart, entraron en un aula vacía y cerraron la puerta con cuidado. Harry miró las caras ensombrecidas de sus amigos.

¿Creéis que tendría que haberles hablado de la voz que oí?

No —dijo Ron sin dudar—. Oír voces que nadie puede oír no es buena señal, ni siquiera en el mundo de los magos.

Bill, Charlie y los gemelos miraron a Ron con orgullo, lo que hizo sonrojar al aludido.

Había algo en la voz de Ron que hizo que Harry le preguntase:

Tú me crees, ¿verdad?

Por supuesto —contestó Ron rápidamente—. Pero... tienes que admitir que parece raro...

Sí, ya sé que parece raro —admitió Harry—. Todo el asunto es muy raro. ¿Qué era lo que estaba escrito en el muro? «La cámara ha sido abierta.» ¿Qué querrá decir?

El caso es que me suena un poco —dijo Ron despacio—. Creo que alguien me contó una vez una historia de que había una cámara secreta en Hogwarts...; a lo mejor fue Bill.

—Exactamente —reconoció el propio Bill, mientras Fleur lo abrazaba—, fui yo quien te comentó tanto lo de las voces que nadie oye como el mito de la cámara secreta.

¿Y qué demonios es un squib? —preguntó Harry.

Para sorpresa de Harry, Ron ahogó una risita.

Bueno, no es que sea divertido realmente... pero tal como es Filch... —dijo—. Un squib es alguien nacido en una familia de magos, pero que no tiene poderes mágicos. Todo lo contrario a los magos hijos de familia muggle, sólo que los squibs son casos muy raros. Si Filch está tratando de aprender magia mediante un curso de Embrujorrápid, seguro que es un squib. Eso explica muchas cosas, como que odie tanto a los estudiantes —Ron sonrió con satisfacción—. Es un amargado.

—¿Como el primo Bernie, abuela? —preguntó Rose.

—Como el primo Bernie, mi linda —ratificó Molly—. Pero Bernie prefirió aislarse en el mundo muggle, mientras que Filch buscaba por todos los medios integrarse al mundo mágico.

De algún lugar llegó el sonido de un reloj.

Es medianoche —señaló Harry—. Es mejor que nos vayamos a dormir antes de que Snape nos encuentre y quiera acusarnos de algo más.

Durante unos días, en la escuela no se habló de otra cosa que de lo que le habían hecho a la Señora Norris. Filch mantenía vivo el recuerdo en la memoria de todos haciendo guardia en el punto en que la habían encontrado, como si pensara que el culpable volvería al escenario del crimen. Harry le había visto fregar la inscripción del muro con el Quitamanchas mágico multiusos de la señora Skower, pero no había servido de nada: las palabras seguían tan brillantes como el primer día. Cuando Filch no vigilaba el escenario del crimen, merodeaba por los corredores con los ojos enrojecidos, ensañándose con estudiantes que no tenían ninguna culpa e intentando castigarlos por faltas imaginarias como «respirar demasiado fuerte» o «estar contento».

—Fueron semanas terribles, de verdad —comentó Lavender—, a mi me castigó dos veces por "reir en el pasillo"… ¿Recuerdas, Parvati?

—Por supuesto, Lav, yo también recibí esos dos castigos.

—Verdad que andábamos juntas…

Ginny Weasley parecía muy afectada por el destino de la Señora Norris. Según Ron, era una gran amante de los gatos.

Pero si no conocías a la Señora Norris —le dijo Ron para animarla—. La verdad es que estamos mucho mejor sin ella —A Ginny le tembló el labio—. Cosas como éstas no suelen suceder en Hogwarts. Atraparán al que haya sido y lo echarán de aquí inmediatamente. Sólo espero que le dé tiempo a petrificar a Filch antes de que lo expulsen. Esto es broma... —añadió apresuradamente, al ver que Ginny se ponía blanca.

—Y pensar que realmente estaba afectada por todo eso —comentó Ginny, aún entre los brazos de Harry.

Aquel acto vandálico también había afectado a Hermione. Ya era habitual en ella pasar mucho tiempo leyendo, pero ahora prácticamente no hacía otra cosa. Cuando le preguntaban qué buscaba, no obtenían respuesta, y tuvieron que esperar al miércoles siguiente para enterarse.

Harry se había tenido que quedar después de la clase de Pociones, porque Snape le había mandado limpiar los gusanos de los pupitres. Tras comer apresuradamente, subió para encontrarse con Ron en la biblioteca, donde vio a Justin Finch-Fletchey, el chico de la casa de Hufflepuff con el que coincidían en Herbología, que se le acercaba. Harry acababa de abrir la boca para decir «hola» cuando Justin lo vio, cambió de repente de rumbo y se marchó deprisa en sentido opuesto.

—¿Y a ese qué le pasó? —preguntó Will, resumiendo la duda de muchos.

—Quizás se comente más adelante —respondió Harry.

Harry encontró a Ron al fondo de la biblioteca, midiendo sus deberes de Historia de la Magia. El profesor Binns les había mandado un trabajo de un metro de largo sobre «La Asamblea Medieval de Magos de Europa».

No puede ser, todavía me quedan veinte centímetros... —dijo furioso Ron soltando el pergamino, que recuperó su forma de rollo—, y Hermione ha llegado al metro y medio con su letra diminuta.

—Lo que no debía ser —comentó Molls, sorprendiendo a propios y extraños—, puesto que precisamente la extensión es para establecer la capacidad de síntesis, si uno se pasa, por mucha información que se maneje, es porque no sabe sintetizar. Perdona, tía, pero es verdad.

Hermione, ruborizada, sólo hizo señas a Parvati para que siguiera la lectura.

¿Dónde está? —preguntó Harry, cogiendo la cinta métrica y desenrollando su trabajo.

En algún lado por allá —respondió Ron, señalando hacia las estanterías—. Buscando otro libro. Creo que quiere leerse la biblioteca entera antes de Navidad.

Harry le contó a Ron que Justin Finch-Fletchey lo había esquivado y se había alejado de él a toda prisa.

No sé por qué te preocupa, si siempre has pensado que era un poco idiota —dijo Ron, escribiendo con la letra más grande que podía—. Todas esas tonterías sobre lo maravilloso que es Lockhart...

Hermione surgió de entre las estanterías. Parecía disgustada pero dispuesta a hablarles por fin.

Ante las miradas de extrañeza, Hermione aclaró:

—No tenía que ver con Harry o con Ron, por si acaso.

—Así es —reconoció Parvati, quien se había adelantado a la lectura—, oigan:

No queda ni uno de los ejemplares que había en el colegio; se han llevado la Historia de Hogwarts —dijo, sentándose junto a Harry y Ron—. Y hay una lista de espera de dos semanas. Lamento haberme dejado en casa mi ejemplar, pero con todos los libros de Lockhart, no me cabía en el baúl.

¿Para qué lo quieres? —le preguntó Harry.

Para lo mismo que el resto de la gente —contestó Hermione—: para leer la leyenda de la Cámara de los Secretos.

¿Qué es eso? —preguntó Harry al instante.

Eso quisiera yo saber. Pero no lo recuerdo —contestó Hermione, mordiéndose el labio—. Y no consigo encontrar la historia en ningún otro lado.

—Está en el capítulo 4 del libro —mencionó Rose, haciendo sonreir a Hermione.

Hermione, déjame leer tu trabajo —le pidió Ron desesperado, mirando el reloj.

No, no quiero —dijo Hermione, repentinamente severa—. Has tenido diez días para acabarlo.

Sólo me faltan seis centímetros, venga.

—¿Por seis centímetros bajan puntos? —preguntó Paula, mostrando cara de sorpresa.

—Depende del profesor, mi niña —respondió Neville—; yo por lo menos no, me interesa más que el contenido del ensayo sea lo pedido.

Los demás profesores asintieron, a excepción de Snape.

Sonó la campana. Ron y Hermione se encaminaron al aula de Historia de la Magia, discutiendo. Historia de la Magia era la asignatura más aburrida de todas. El profesor Binns, que la impartía, era el único profesor fantasma que tenían, y lo más emocionante que sucedía en sus clases era su entrada en el aula, a través de la pizarra. Viejo y consumido, mucha gente decía de él que no se había dado cuenta de que se había muerto. Simplemente, un día se había levantado para ir a dar clase, y se había dejado el cuerpo en una butaca, delante de la chimenea de la sala de profesores. Desde entonces, había seguido la misma rutina sin la más leve variación.

Aquel día fue igual de aburrido. El profesor Binns abrió sus apuntes y los leyó con un sonsonete monótono, como el de una aspiradora vieja, hasta que casi toda la clase hubo entrado en un sopor profundo, sólo alterado de vez en cuando el tiempo suficiente para tomar nota de un nombre o de una fecha, y volver a adormecerse. Llevaba una media hora hablando cuando ocurrió algo insólito: Hermione alzó la mano. El profesor Binns, levantando la vista a mitad de una lección horrorosamente aburrida sobre la Convención Internacional de Brujos de 1289, pareció sorprendido.

—Nos sorprendió a todos, literalmente —comentó Seamus, mientras Neville asentía vigorosamente.

¿Señorita...?

Granger, profesor. Pensaba que quizá usted pudiera hablarnos sobre la Cámara de los Secretos —dijo Hermione con voz clara.

Dean Thomas, que había permanecido boquiabierto, mirando por la ventana, salió de su trance dando un respingo. Lavender Brown levantó la cabeza y a Neville le resbaló el codo de la mesa. El profesor Binns parpadeó.

—Realmente nos tomó desprevenidos —dijo Lavender.

Mi disciplina es la Historia de la Magia —dijo con su voz seca, jadeante—. Me ocupo de los hechos, señorita Granger, no de los mitos ni de las leyendas —Se aclaró la garganta con un pequeño ruido que fue como un chirrido de tiza, y prosiguió—: En septiembre de aquel año, un subcomité de hechiceros sardos...

Balbució y se detuvo. De nuevo, en el aire, se agitaba la mano de Hermione.

¿Señorita Grant?

Disculpe, señor, ¿no tienen siempre las leyendas una base real?

—Sí, algo así dicen —reflexionó Molls, mientras Naira asentía—, la realidad alimenta la fantasía.

El profesor Binns la miraba con tal estupor, que Harry adivinó que ningún estudiante lo había interrumpido nunca, ni estando vivo ni estando muerto.

Veamos —dijo lentamente el profesor Binns—, sí, creo que eso se podría discutir —Miró a Hermione como si nunca hubiera visto bien a un estudiante—. Sin embargo, la leyenda por la que usted me pregunta es una patraña hasta tal punto exagerada, yo diría incluso absurda...

La clase entera estaba ahora pendiente de las palabras del profesor Binns; éste miró a sus alumnos y vio que todas las caras estaban vueltas hacia él. Harry se sentía completamente desconcertado al ver unas muestras de interés tan inusitadas.

En la Sala ocurría algo similar: todas las miradas convergían en Parvati, quien leía tratando de infundir la misma cadencia de la voz del venerable profesor fantasma.

Muy bien —dijo despacio—. Veamos... la Cámara de los Secretos... Todos ustedes saben, naturalmente, que Hogwarts fue fundado hace unos mil años (no sabemos con certeza la fecha exacta) por los cuatro brujos más importantes de la época. Las cuatro casas del colegio reciben su nombre de ellos: Godric Gryffindor, Helga Hufflepuff, Rowena Ravenclaw y Salazar Slytherin. Los cuatro juntos construyeron este castillo, lejos de las miradas indiscretas de los muggles, dado que aquélla era una época en que la gente tenía miedo a la magia, y los magos y las brujas sufrían persecución —Se detuvo, miró a la clase con los ojos empañados y continuó—: Durante algunos años, los fundadores trabajaron conjuntamente en armonía, buscando jóvenes que dieran muestras de aptitud para la magia y trayéndolos al castillo para educarlos. Pero luego surgieron desacuerdos entre ellos y se produjo una ruptura entre Slytherin y los demás. Slytherin deseaba ser más selectivo con los estudiantes que se admitían en Hogwarts. Pensaba que la enseñanza de la magia debería reservarse para las familias de magos. Lo desagradaba tener alumnos de familia muggle, porque no los creía dignos de confianza. Un día se produjo una seria disputa al respecto entre Slytherin y Gryffindor, y Slytherin abandonó el colegio.

El profesor Binns se detuvo de nuevo y frunció la boca, como una tortuga vieja llena de arrugas.

Esto es lo que nos dicen las fuentes históricas fidedignas —dijo—, pero estos simples hechos quedaron ocultos tras la leyenda fantástica de la Cámara de los Secretos. La leyenda nos dice que Slytherin había construido en el castillo una cámara oculta, de la que no sabían nada los otros fundadores. Slytherin, según la leyenda, selló la Cámara de los Secretos para que nadie la pudiera abrir hasta que llegara al colegio su auténtico heredero. Sólo el heredero podría abrir la Cámara de los Secretos, desencadenar el horror que contiene y usarlo para librar al colegio de todos los que no tienen derecho a aprender magia —Cuando terminó de contar la historia, se hizo el silencio, pero no era el silencio habitual, soporífero, de las clases del profesor Binns. Flotaba en el aire un desasosiego, y todo el mundo le seguía mirando, esperando que continuara. El profesor Binns parecía levemente molesto—. Por supuesto, esta historia es un completo disparate —añadió—. Naturalmente, el colegio entero ha sido registrado varias veces en busca de la cámara, por los magos mejor preparados. No existe. Es un cuento inventado para asustar a los crédulos.

—El que no cree es como el que no ve —dijo Ron, con voz ronca.

Hermione volvió a levantar la mano.

Profesor..., ¿a qué se refiere usted exactamente al decir «el horror que contiene» la cámara?

Se cree que es algún tipo de monstruo, al que sólo podrá dominar el heredero de Slytherin —explicó el profesor Binns con su voz seca y aflautada. La clase intercambió miradas nerviosas—. Pero ya les digo que no existe —añadió el profesor Binns, revolviendo en sus apuntes—. No hay tal cámara ni tal monstruo.

Pero, profesor —comentó Seamus Finnigan—, si sólo el auténtico heredero de Slytherin puede abrir la cámara, nadie más podría encontrarla, ¿no?

—Es lo lógico —indicó Roxanne, quien poco y nada había participado.

Tonterías, O'Flaherty —repuso el profesor Binns en tono algo airado—, si una larga sucesión de directores de Hogwarts no la han encontrado...

Pero, profesor —intervino Parvati Patil—, probablemente haya que emplear magia negra para abrirla...

La propia Parvati se sorprendió al leer su nombre, sonriendo y haciendo sonreir a su vez a Lavender.

—No recordaba haber intervenido.

El hecho de que un mago no utilice la magia negra no quiere decir que no pueda emplearla, señorita Patati —le interrumpió el profesor Binns—. Insisto, si los predecesores de Dumbledore...

Pero tal vez sea preciso estar relacionado con Slytherin, y por eso Dumbledore no podría... —apuntó Dean Thomas, pero el profesor Binns ya estaba harto.

Ya basta —dijo bruscamente—. ¡Es un mito! ¡No existe! ¡No hay el menor indicio de que Slytherin construyera semejante cuarto trastero! Me arrepiento de haberles relatado una leyenda tan absurda. Ahora volvamos, por favor, a la historia, a los hechos evidentes, creíbles y comprobables.

Y en cinco minutos, la clase se sumergió de nuevo en su sopor habitual.

—No lo dudo —comentó Alice—, si mal no recuerdo, las clases del profesor Binns siempre han tenido ese efecto soporífero.

—Gracias a los Grandes Magos que ya no está —dijo Molls, lo que provocó risas entre los más jóvenes.

Ya sabía que Salazar Slytherin era un viejo chiflado y retorcido —dijo Ron a Harry y Hermione, mientras se abrían camino por los abarrotados corredores al término de las clases, para dejar las bolsas en la habitación antes de ir a cenar—. Pero lo que no sabía es que hubiera sido él quien empezó todo este asunto de la limpieza de sangre. No me quedaría en su casa aunque me pagaran. Sinceramente, si el Sombrero Seleccionador hubiera querido mandarme a Slytherin, yo me habría vuelto derecho a casa en el tren.

Varios asintieron, provocando la mala cara de Snape, Draco, Astoria y Scorpius, quien comentó:

—Por eso es que todavía hay quien dice que de nuestra casa salen magos tenebrosos.

Hermione asintió entusiasmada con la cabeza, pero Harry no dijo nada. Tenía el corazón encogido de la angustia. Harry no había dicho nunca a Ron y Hermione que el Sombrero Seleccionador había considerado seriamente la posibilidad de enviarlo a Slytherin. Recordaba, como si hubiera ocurrido el día anterior, la vocecita que le había hablado al oído cuando, un año antes, se había puesto el Sombrero Seleccionador.

"Podrías ser muy grande, ¿sabes?, lo tienes todo en tu cabeza y Slytherin te ayudaría en el camino hacia la grandeza. No hay dudas, ¿verdad?"

Pero Harry, que ya conocía la reputación de la casa de Slytherin por los brujos de magia negra que salían de ella, había pensado desesperadamente «¡Slytherin no!», y el sombrero había terminado diciendo: "Bueno, si estás seguro, mejor que seas ¡GRYFFINDOR!"

Algunos de los más jóvenes aplaudieron, comenzando por Al, pero Naira y Rose, reflexivas, miraban ceñudas el pergamino en manos de Parvati. Al crearse el silencio, incómodo y pesado, la morena comentó:

—Es que es raro. Me explico, no entiendo porque el señor Harry estaba dudando ser Gryffindor.

—Porque todavía tenía mucha inseguridad conmigo —respondió Harry—, acuérdate que apenas tenía doce años, y esto de la Cámara de los Secretos, la voz que nadie más oye y lo del Heredero de Slytherin me estaba preocupando.

—Ya yo lo había dicho —ratificó Rose—, eso de la voz me parece pársel…

—Escuchemos a ver qué más pasó —interrumpió Hermione—. Parvati, por favor.

Mientras caminaban empujados por la multitud, pasó Colin Creevey.

¡Eh, Harry!

¡Hola, Colin! —dijo Harry sin darse cuenta.

Harry, Harry…, en mi clase un chaval ha estado diciendo que tú eres...

Pero Colin era demasiado pequeño para luchar contra la marea de gente que lo llevaba hacia el Gran Comedor. Le oyeron chillar:

¡Hasta luego, Harry! —Y desapareció.

Algunas risas, generadas precisamente desde los Creevey, aligeraron el ambiente. Dennis, aún sonriendo, comentó:

—Hermano, eras realmente pequeño.

¿Qué es lo que dice sobre ti un chaval de su clase? —preguntó Hermione.

Que soy el heredero de Slytherin, supongo —dijo Harry, y el corazón se le encogió un poco más al recordar cómo lo había rehuido Justin Finch-Fletchley a la hora de la comida.

—La verdad es que Justin estuvo muy huidizo desde ese Halloween —indicó Susan, a lo que Hannah y Zacharias asintieron—. Le tenía miedo hasta a su propia sombra.

La gente aquí es capaz de creerse cualquier cosa —dijo Ron, con disgusto. La masa de alumnos se aclaró, y consiguieron subir sin dificultad al siguiente rellano—. ¿Crees que realmente hay una Cámara de los Secretos? —preguntó Ron a Hermione.

No lo sé —respondió ella, frunciendo el entrecejo—. Dumbledore no fue capaz de curar a la Señora Norris, y eso me hace sospechar que quienquiera que la atacase no debía de ser..., bueno..., humano.

Al doblar la esquina se encontraron en un extremo del mismo corredor en que había tenido lugar la agresión. Se detuvieron y miraron. El lugar estaba tal como lo habían encontrado aquella noche, salvo que ningún gato tieso colgaba de la argolla en que se fijaba la antorcha, y que había una silla apoyada contra la pared del mensaje: «La cámara ha sido abierta.»

Ginny volvió a estremecerse, y su suspiro hizo mirar a varios.

Aquí es donde Filch ha estado haciendo guardia —dijo Ron. Se miraron unos a otros. El corredor se encontraba desierto.

No hay nada malo en echar un vistazo —dijo Harry, dejando la bolsa en el suelo y poniéndose a gatear en busca de alguna pista.

—Mi tío en modo detective —recordó Rose, sonriendo—, buscando pistas.

Varios rieron y Harry sólo encogió los hombros.

¡Esto está chamuscado! —dijo—. ¡Aquí... y aquí!

¡Ven y mira esto! —dijo Hermione—. Es extraño.

Harry se levantó y se acercó a la ventana más próxima a la inscripción de la pared. Hermione señalaba al cristal superior, por donde una veintena de arañas estaban escabulléndose, según parecía tratando de penetrar por una pequeña grieta en el cristal. Un hilo largo y plateado colgaba como una soga, y daba la impresión de que las arañas lo habían utilizado para salir apresuradamente.

Ron fue el que en este punto se estremeció, lo que notó Hermione al sentir el temblor en su brazo.

—¿A pesar de todos estos años, amor?

—A pesar de todo este tiempo, Mione —Ron le susurró—, nunca he podido superarlo, o si quiera controlarlo.

¿Habíais visto alguna vez que las arañas se comportaran así? —preguntó Hermione, perpleja.

Yo no —dijo Harry—. ¿Y tú, Ron? ¿Ron?

Volvió la cabeza hacia su amigo. Ron había retrocedido y parecía estar luchando contra el impulso de salir corriendo.

Rose y Hugo observaban cómo su padre había palidecido, a pesar del apoyo que le daba Hermione.

¿Qué pasa? —le preguntó Harry.

No... no me gustan... las arañas —dijo Ron, nervioso.

No lo sabía —dijo Hermione, mirando sorprendida a Ron—. Has usado arañas muchas veces en la clase de Pociones...

Si están muertas no me importa —explicó Ron, quien tenía la precaución de mirar a cualquier parte menos a la ventana—. No soporto la manera en que se mueven —Hermione soltó una risita tonta—. No tiene nada de divertido —dijo Ron impetuosamente—. Si quieres saberlo, cuando yo tenía tres años, Fred convirtió mi... mi osito de peluche en una araña grande y asquerosa porque yo le había roto su escoba de juguete. A ti tampoco te harían gracia si estando con tu osito, le hubieran salido de repente muchas patas y...

Dejó de hablar, estremecido. Era evidente que Hermione seguía aguantándose la risa.

En la Sala, Fred se levantó serio, y acercándose a Ron, se arrodilló y le dijo:

—Perdona, hermanito; fue magia accidental, pero no sabía lo que había causado hasta ahora.

Ron no dijo nada, sólo se levantó y abrazó a su hermano, ante el aplauso de todos los demás Weasley. Luego de un minuto o dos, en el que Molly abrazó a su vez a sus hijos, Parvati retomó la lectura.

Pensando que sería mejor cambiar de tema, Harry dijo:

¿Recordáis toda aquella agua en el suelo? ¿De dónde vendría? Alguien ha pasado la fregona.

Estaba por aquí —dijo Ron, recobrándose y caminando unos pasos más allá de la silla de Filch para indicárselo—, a la altura de esta puerta.

Asió el pomo metálico de la puerta, pero retiró la mano inmediatamente, como si se hubiera quemado.

¿Qué pasa? —preguntó Harry.

No puedo entrar ahí —dijo Ron bruscamente—, es un aseo de chicas.

—¿El del segundo piso? —preguntó Alisu. Ante la respuesta afirmativa del trio, sonrió y comentó—: Ese es el aseo donde se la pasa Myrtle, donde siempre nos recibe, ¿verdad, Amelia?

—Sí, Ali, es el baño de Myrtle.

Pero Ron, si no habrá nadie dentro —dijo Hermione, poniéndose derecha y acercándose—; aquí es donde está Myrtle la Llorona. Venga, echemos un vistazo.

Y sin hacer caso del letrero de «No funciona», Hermione abrió la puerta. Era el cuarto de baño más triste y deprimente en que Harry había puesto nunca los pies. Debajo de un espejo grande, quebrado y manchado, había una fila de lavabos de piedra en muy mal estado. El suelo estaba mojado y reflejaba la luz triste que daban las llamas de unas pocas velas que se consumían en sus palmatorias. Las puertas de los retretes estaban rayadas y rotas, y una colgaba fuera de los goznes.

—Ya sé, para nunca visitarlo —dijo Lilu, y Paula asintió con mucho aspaviento, impactada por la descripción hecha.

Hermione les pidió silencio con un dedo en los labios y se fue hasta el último retrete. Cuando llegó, dijo:

Hola, Myrtle, ¿qué tal?

Harry y Ron se acercaron a ver. Myrtle la Llorona estaba sobre la cisterna del retrete, reventándose un grano de la barbilla.

Esto es un aseo de chicas —dijo, mirando con recelo a Harry y Ron—. Y ellos no son chicas.

No —confirmó Hermione—. Sólo quería enseñarles lo... lo bien que se está aquí.

Con la mano, indicó vagamente el espejo viejo y sucio, y el suelo húmedo.

Pregúntale si vio algo —dijo Harry a Hermione, sin pronunciar, para que le leyera en los labios.

—Mal movimiento, tío Harry —dijo Alisu.

—Cierto —ratificó Rose—, si ve que hablan dejándola aparte, se molesta. Tú misma lo dijiste, Alisu: "Cualquier cosa que le digas, y ella se dé cuenta que es mentira, lo toma como una burla".

—Así es, prima Rose, así es.

¿Qué murmuras? —le preguntó Myrtle, mirándole.

Nada —se apresuró a decir Harry—. Queríamos preguntar...

¡Me gustaría que la gente dejara de hablar a mis espaldas! —dijo Myrtle, con la voz ahogada por las lágrimas—. Tengo sentimientos, ¿sabéis?, aunque esté muerta.

Myrtle, nadie quiere molestarte —dijo Hermione—. Harry sólo...

¡Nadie quiere molestarme! ¡Ésta sí que es buena! —gimió Myrtle—. ¡Mi vida en este lugar no fue más que miseria, y ahora la gente viene aquí a amargarme la muerte!

—Lo que dije —ratificó Alisu, ajustándose los lentes y recibiendo el abrazo de su abuela.

Queríamos preguntarte si habías visto últimamente algo raro —dijo Hermione dándose prisa—. Porque la noche de Halloween agredieron a un gato justo al otro lado de tu puerta.

¿Viste a alguien por aquí aquella noche? —le preguntó Harry.

No me fijé —dijo Myrtle con afectación—. Me dolió tanto lo que dijo Peeves, que vine aquí e intenté suicidarme. Luego, claro, recordé que estoy..., que estoy...

Muerta ya —dijo Ron, con la intención de ayudar. Myrtle sollozó trágicamente, se elevó en el aire, se volvió y se sumergió de cabeza en la taza del retrete, salpicándoles, y desapareció de la vista; a juzgar por la procedencia de sus sollozos ahogados, debía de estar en algún lugar del sifón.

Harry y Ron se quedaron con la boca abierta, pero Hermione, que ya estaba harta, se encogió de hombros, y les dijo:

Tratándose de Myrtle, esto es casi estar alegre. Bueno, vámonos...

Harry acababa de cerrar la puerta a los sollozos gorjeantes de Myrtle, cuando una potente voz les hizo dar un respingo a los tres.

Varios en la sala saltaron de sus asientos, entre ellos Ginny y Percy.

¡RON!

Percy Weasley, con su resplandeciente insignia de prefecto, se había detenido al final de las escaleras, con una expresión de susto en la cara.

¡Esos son los aseos de las chicas! —gritó—. ¿Qué estás haciendo?

Sólo echaba un vistazo —dijo Ron, encogiéndose de hombros—. Buscando pistas, ya sabes...

Percy parecía a punto de estallar. A Harry le recordó mucho a la señora Weasley.

Ambos se sonrojaron, pero al verse, sonrieron.

Marchaos... fuera... de aquí... —dijo, caminando hacia ellos con paso firme y agitando los brazos para echarlos—. ¿No os dais cuenta de lo que podría parecer, volver a este lugar mientras todos están cenando?

¿Por qué no podemos estar aquí? —repuso Ron acaloradamente, parándose de pronto y enfrentándose a Percy—. ¡Escucha, nosotros no le hemos tocado un pelo a ese gato!

Eso es lo que dije a Ginny —dijo Percy con contundencia—, pero ella todavía cree que te van a expulsar. No la he visto nunca tan afectada, llorando amargamente. Podrías pensar un poco en ella, y además, todos los de primero están asustados.

—En eso tenía razón —comentó Colin—, mi salón estaba tan revuelto con tantos comentarios que todos estábamos asustados.

—Si supieras —mencionó Ron—, que en ella pensaba, al menos yo —mirando por el rabillo del ojo a Harry—, cuando estábamos ahí buscando pistas.

A ti no te preocupa Ginny —replicó Ron, enrojeciendo hasta las orejas—, a ti sólo te preocupa que yo eche a perder tus posibilidades de ser Representante del Colegio.

—¡Ron! —exclamó Molly, sorprendida. Percy suspiró derrotado.

¡Cinco puntos menos para Gryffindor! —dijo Percy secamente, llevándose una mano a su insignia de prefecto—. ¡Y espero que esto te enseñe la lección! ¡Se acabó el hacer de detective, o de lo contrario escribiré a mamá!

Y se marchó con el paso firme y la nuca tan colorada como las orejas de Ron.

—Puede que tuvieras razón, Ron —reconoció Percy—, pero no pretenderías que te la iba a dar, y menos delante de Harry y Hermione.

—¡Percy! —exclamó de nuevo Molly, ante la sorpresa de varios en la Sala.

Aquella noche, en la sala común, Harry, Ron y Hermione escogieron los asientos más alejados del de Percy. Ron estaba todavía de muy mal humor y seguía emborronando sus deberes de Encantamientos. Cuando, sin darse cuenta, cogió su varita mágica para quitar las manchas, el pergamino empezó a arder. Casi echando tanto humo como sus deberes, Ron cerró de golpe El libro reglamentario de hechizos (clase 2). Para sorpresa de Harry, Hermione lo imitó.

Pero ¿quién podría ser? —dijo con voz tranquila, como si continuara una conversación que hubieran estado manteniendo—. ¿Quién querría echar de Hogwarts a todos los squibs y los de familia muggle?

—¿Abrimos las apuestas? —preguntó Sirius, quien no había interrumpido mucho la lectura.

—Yo sugeriría que no —comentó Lily—, sospecho que va a pasar igual que el año anterior, el que menos se espera uno es el culpable.

—En eso tienes razón, mamá —le susurró Harry al oído, haciéndola voltear y verlo con sorpresa.

Pensemos —dijo Harry con simulado desconcierto—. ¿Conocemos a alguien que piense que los que vienen de familia muggle son escoria?

Miró a Hermione. Hermione miró hacia atrás, poco convencida.

Si te refieres a Malfoy...

¡Naturalmente! —dijo Ron—. Ya lo oísteis: «¡Los próximos seréis los sangre sucia!» Venga, no hay más que ver su asquerosa cara de rata para saber que es él...

—Gracias, comadreja —respondió Draco, provocando miradas agresivas de parte de los Weasley.

¿Malfoy, el heredero de Slytherin? —dijo escépticamente Hermione.

Fíjate en su familia —dijo Harry, cerrando también sus libros—. Todos han pertenecido a Slytherin, él siempre alardea de ello. Podrían perfectamente ser descendientes del mismo Slytherin. Su padre es un verdadero malvado.

¡Podrían haber conservado durante siglos la llave de la Cámara de los Secretos! —dijo Ron—. Pasándosela de padres a hijos...

—¿Como pasa con la capa de mi papá? —preguntó JS.

—Sí, aunque la llave es en otro sentido, supongo —respondió Dumbledore—. Señorita Patil, si es tan amable.

Bueno —dijo cautamente Hermione—, supongo que puede ser.

Pero ¿cómo podríamos demostrarlo? —preguntó Harry; en tono de misterio.

Habría una manera —dijo Hermione hablando despacio, bajando aún más la voz y echando una fugaz mirada a Percy—. Por supuesto, sería difícil. Y peligroso, muy peligroso. Calculo que quebrantaríamos unas cincuenta normas del colegio.

—¡Rayos! —exclamó Frankie—, ¡debe ser algo bien peligroso, para quebrantar tantas normas!

—Nosotros no hemos quebrado tantas normas al mismo tiempo —preguntó Lucy, en tono inocente—, ¿o sí, profesora McGonagall?

—No, no creo, y espero que estos libros no le estén dando más ideas.

Si dentro de un mes más o menos, te parece que podrías empezar a explicárnoslo, háznoslo saber, ¿vale? —dijo Ron, airado.

De acuerdo —repuso fríamente Hermione—. Lo que tendríamos que hacer es entrar en la sala común de Slytherin y hacerle a Malfoy algunas preguntas sin que sospeche que somos nosotros.

Pero eso es imposible —dijo Harry, mientras Ron se reía.

No, no lo es —repuso Hermione—. Lo único que nos haría falta es una poción multijugos.

—¡Hey! —estalló JS— ¿Ese no es uno de los mitos que corren por el colegio? ¿Que dos Gryffindor lograron infiltrarse en la sala común de Slytherin gracias a una poción multijugos?

—Es lo que dicen —ratificó Frankie, mientras a Freddie y a Lucy les brillaban los ojos de la emoción.

—Yo que ustedes —dijo Hermione—, espero a ver que ocurre.

¿Qué es eso? —preguntaron a la vez Harry y Ron.

Snape la mencionó en clase hace unas semanas.

¿Piensas que no tenemos nada mejor que hacer en la clase de Pociones que escuchar a Snape? —dijo Ron.

—Pues es lo que debían hacer —gruñó el pocionista.

—Por primera vez le voy a dar la razón a Snape —anunció James, sorpendiendo a Lily, Sirius, Remus, Harry y al propio Severus—, si hay una asignatura en la que debían estar atentos a las instrucciones era Pociones.

—Totalmente de acuerdo —dijeron a dúo Lily y Dil, quienes se vieron y sonrieron.

Esa poción lo transforma a uno en otra persona. ¡Pensad en ello! Nos podríamos convertir en tres estudiantes de Slytherin. Nadie nos reconocería. Y seguramente Malfoy nos diría algo. Lo más probable es que ahora mismo esté alardeando de ello en la sala común de Slytherin.

Esto del multijugos me parece un poco peligroso —dijo Ron, frunciendo el entrecejo—. ¿Y si nos quedamos para siempre convertidos en tres de Slytherin?

El efecto se pasa después de un rato —dijo Hermione, haciendo un gesto con la mano como para descartar ese inconveniente—, pero lo realmente difícil será conseguir la receta. Snape dijo que se encontraba en un libro llamado Moste Potente Potions que se encuentra en la Sección Prohibida de la biblioteca.

—Por alguna razón está allí —comentó la profesora McGonagall.

Solamente había una manera de conseguir un libro de la Sección Prohibida: con el permiso por escrito de un profesor.

Será difícil explicar para qué queremos ese libro si no es para hacer alguna de las pociones.

Creo —dijo Hermione— que si consiguiéramos dar la impresión de que estábamos interesados únicamente en la teoría, tendríamos alguna posibilidad...

No te fastidia... ningún profesor se va a tragar eso —dijo Ron—. Tendría que ser muy tonto...

—Y apuesto a que sé quién le va a firmar el permiso —dijo Freddie, sonriendo.

—Yo no apuesto, es demasiado evidente —admitió Frankie.

—De eso nos enteraremos más tarde —dijo Parvati, dejando el pergamino en el atril, el cual se movió hasta quedar frente a Lee Jordan, quien abrió los ojos al leer el nombre del nuevo capítulo.


Buenas tardes desde San Diego, Venezuela, y feliz Día Internacional de la Mujer! La lectura de hoy nos lleva a develar el plan maestro que se le ocurre a Hermione para intentar descubrir qué hay detrás de la mítica "Cámara de los Secretos". Personalmente me gustó mucho cómo quedó el cierre de Ron y Fred respecto a la aracnofobia inducida, y luego con Percy respecto a la discusión y retiro de los puntos que le hizo su hermano prefecto. Como es normal, saludo a todos mis lectores, a quienes siguen, están alerta y comentan este relato, especialmente esta semana a carlos29, quien ya se puso al día con las lecturas. Nuevamente, un saludo super especial a las chicas que siguen esta aventura... Besos y bendiciones, salud y saludos!