Hola a todos. Llevo más de cuatro años tratando de actualizar esta historia. Me encuentro estancada desde hace tiempo y se me dificulta muchísimo escribir estos viejos fics como no tienen una idea por mis nuevas circustancias, sin embargo, quiero que sepan que no he dejado de intentarlo, así que por eso les traigo los pocos avances que tengo de esta historia, a la que le tengo mucho aprecio. Llegué a la conclusión de que, si bien no he logrado escribir el capítulo que quería, al menos debo ser capaz de publicar los adelantos que hay.
Aclaraciones: este fic está inspirado en el anime AnoHana, asimismo, este fic de narración asimétrica, contiene escenas de la serie original de Digimon. Además, me disculpo de antemano porque no sé si este texto tenga muchos errores.
Escrito de 2016 a 2019
La luciérnaga que se apagó aquel verano
Se inclinó la hierba
al separarse de ella
la luz de la luciérnaga
(Haiku de Utoshi)
VI
Y Hikari los vio sangrar. A los dos. A Takeru y a Koushiro. Se quedó en medio de ellos y sus gritos fantasmales no pudieron llegarles ni tocarlos, a pesar de que se puso al centro. En esos momentos, ni siquiera Takeru la tuvo presente; se concentró en golpear, en hacer callar a ese pelirrojo irreconocible, indigno del chiquillo curioso que había sido a los 10 años.
Hikari los vio sangrar, porque Takeru le dio un derechazo a Koushiro en la quijada y le reventó la boca. Al rubio le sangró la nariz, porque aunque Izumi era notablemente más débil, parecía tener agudeza visual y experiencia en pleitos de puños.
Les rogó con todo lo que pudo, pero la voz de Hikari era transparente para Takeru cuando la sangre hervía. Ella no dejaba de ser una muerta, de carecer de sangre, de ser una luciérnaga que refulgía, pero que era intermitente, lenta, lejana, perdida.
"¡Por favor, deténgase!", les gimió triste, porque ese panorama no pintaba en su pasado, porque las riñas siempre habían sido entre Taichi y Yamato, porque cuando había sangre nunca era un juego.
Takeru tampoco la consideró esa vez. ¿Qué sabía Hikari del mundo real?, ¿qué podían entender los peces de las peceras si nunca habían ido al mar?
Koushiro se limpió la boca. Su saliva había engrosado la espesura de la sangre y sus ojos, vacíos y negros, parpadearon adoloridos.
—En el aula de computación te quedaste callado cuando te golpeé, Takeru-kun, ¿tanto respeto le tienes al uniforme y a una simple institución?, ¿ni siquiera eres un hikikomori de verdad? —se burló, aunque la voz le flaqueó, como si le pesara hablarle —. Por tu perfil, ¿no deberías estar encerrado en tu casa, leyendo mangas, viendo anime y siendo un gamer?, ¡qué fracaso!
—¡No vuelvas a retarme! ¡Y no se te ocurra volver a faltarle el respeto a la señora Izumi! ¡Es tu madre!
Takeru se detuvo para acompasar su respiración y enderezarse. Se puso de pie mientras Koushiro se seguía limpiando el sangrado que había brotado de su boca. Fue entonces que el rubio le dedicó a Hikari una mirada.
La encontró hincada, en medio de la pelea de los dos jóvenes, parecía como si ella hubiera estado dentro de los golpes, como si sus puños y los de Koushiro le hubieran pegado a ella y no a él, ni a Izumi.
Yagami estaba casi desaparecida en ese departamento, pero los ojos le centelleaban y tenía las mejillas color carmín, como si la hubieran cacheteado, ¿era que las manos de Takeru sí la habían alcanzado? ¿Su mirada brillaba debido a las lágrimas?
Quizás Koushiro no podía verla, ni tocarla, pero Takeru podía verla, acariciarla… inclusive, abrazarla.
Hikari se había puesto en medio para detener los golpes, pero había sido imposible. Con su cuerpo fantasmal ni siquiera había diluido los golpes que Takeru había dado a Koushiro, pero ¿Y si los había sentido? ¿Y si le dolía?
—No me hagas esto, Hikari-chan… —la voz le salió aguda a Takeru, como si le pesara respirar —. No podré lidiar con el hecho de que te he golpeado… ¿por qué te has puesto en medio? ¿Por qué quieres defender a Izumi?
La luciérnaga negó con dulzura, se balanceó hacia él. Le limpió una lágrima antes de que le saliera del ojo.
"No pasa nada, es que no sabía qué hacer", dijo como si no hubiera sufrido. Takeru notó con nostalgia que los razonamientos de Yagami todavía eran los de una niña pequeña. "Soy valiente, ¿no crees?, tan valiente como lo era mi hermano, es que no lo sabes, pero él habría hecho lo mismo".
Takeru no pudo imaginar a Tai interviniendo en esa pelea. El joven llamado Taichi quizás estaba con vida, no obstante, para el rubio, aquel chico que había sido uno de sus héroes de la infancia actualmente no era más que un muñeco en estado putrefacto.
"No, Hikari, no", habría querido decirle, "tu hermano en realidad es un cobarde y en lugar de detenernos a Izumi y a mí, nos habría echado dinamita".
—Perdóname, Hikari —fue lo que sí pudo decir, totalmente confundido mientras de su nariz se le desprendían mocos y sangre molida.
—¡Deja de nombrar a la muerta! —gritó Koushiro e, inmediatamente después, pateó a Takeru en el pecho y lo tiró al suelo con el entrecejo errático.
Las cejas del pelirrojo eran demasiado gruesas, parecían un marco demasiado ancho para sus ojos pobres y vacíos.
Tras la patada, Takeru cayó bocabajo, aunque no perdió la conciencia. Hikari fue la que gimió por él, totalmente asustada. Ella misma le había dicho a su amigo de la infancia que confiaba en Koushiro, pero ahora la chica parecía dubitativa, tambaleante, como si la realidad, por primera vez comenzara a pintarse ante ella desde que había reaparecido.
"Es que ya moriste", quiso decirle Takeru, pero ni siquiera se dio el lujo de pensarlo, porque tenía miedo de que el aroma dulzón de la fantasma desapareciera para siempre de su vida.
—Es un error… estar aquí… y creer… creer en Koushiro —dijo Takeru, con sus ojos celestes carcomidos de la ira —. ¿No lo entiendes, Hikari?
Takeru quiso encontrar las fuerzas para levantarse. Era más fuerte que ese perdedor, lo sabía, pero anímicamente se sentía destrozado. Deseó que Yamato estuviera ahí, deseó con toda su alma que su hermano agarrara a golpes a ese reemplazo de Koushiro Izumi.
"Koushiro-san seguía a mi hermano a todas partes cuando era pequeño", comentó Kari ". Una vez, en el Digimundo, caí enferma… Sora-san y tú, Takeru-kun, me cuidaron con mucho amor mientras mi hermano iba por la medicina y Koushiro-san le decía dónde encontrarla, ¿te das cuenta de que por eso es importante?".
No era momento para recapacitar al respecto, ni para viajar al pasado ni para recordar esos tiempos carcomidos por las cucarachas y la oscuridad de la humanidad, y del Digimundo.
"… tal vez, debido a que mi hermano se perdió, Koushiro-san quedó muy solo… quizás también a él se le hizo de noche".
Koushiro tenía la respiración entrecortada y, aunque ya había entrado el otoño, gotas de sudor perlaban su frente. Su mirada seguía sin decir nada. Para Takeru era la misma de siempre, porque desde que era un crío nunca había podido comprender los ojos de Izumi, que lucían como si fueran de otra dimensión.
—No quiero volverlo a repetir, lárgate de mi casa y no vuelvas a meterte en mis asuntos —cuando lo dijo, a Takeru se le figuró que Koushiro era un perro rabioso por la sangre que le salía de los labios, ¿o debía ser espuma? —. No sabes con quién te metes, Takeru, no me querrías de enemigo, no sabes nada de los poderes del cosmos.
—¿Ehh? ¿Lo dices por la mafia con la que trabajas, verdad?, digo, porque realmente tu desempeño como busca pleitos es mediocre, Koushiro —contrarrestó Takeru Takaishi.
Koushiro arrugó más la frente. Pateó las cosas que había a su alrededor como si buscara algo.
"Ya basta, Takeru-kun", regañó Hikari al rubio, "también a ti te desconozco".
Ella, tan transparente para todos, tenía por corazón ese brillo discontinuo que entibiaba a Takeru.
"¿Has olvidado a lo que hemos venido?", insistió, deslizando su figura hacia Koushiro, quien siguió pateando el desastre que había en su habitación hasta levantar de los escombros una navaja.
—Bien, si vas a acuchillarme, hazlo de una vez —rugió Takeru.
La hoja de la navaja estaba impecable, el rubio lo notó enseguida. También se dio cuenta de que Koushiro vacilaba un poco en sus movimientos.
—Eres como una mosca —consideró el pelirrojo —. Irrumpes en mi casa y pululas a tus anchas clamando el nombre de una muerta, ¿y todavía no quieres que me moleste?... a decir verdad, detesto a la hermana de Taichi, ha sido culpa de su deceso el que ya no pudiéramos ir más a aquel mundo, por culpa de ella no pude conocer los secretos del cosmos sagrado.
—¿Estás loco? ¡Hikari no tiene la culpa de nada!, ¿por qué no te calmas?… —Takeru sacudió la cabeza, trató de buscarle sentido a su presencia en el apartamento de Izumi —. Además, Koushiro, ¿no acabas de decir que extrañas al Digimundo?... si crees en mí, quizás… quizás podamos regresar.
Koushiro se rió, pero con sorna. A Takeru le dieron ganas de llorar.
—¿Qué sabe un hikikomori como tú del Digimundo?, ¿acaso siquiera has tratado de volver? —recriminó —. A ninguno de ustedes les importan los mundos que perdimos cuando se cerró esa puerta, ni siquiera podría decir que me importa a mí.
—¡Deja de mentirte a ti mismo, Koushiro-san!
—¡Cállate y lárgate, Takeru! ¡Interrumpes mi entrenamiento! ¡Todos interrumpen!
Apuntó con la navaja desfundada. Arreció la mirada, como queriendo verse temible. Parecía desacostumbrado a estar enervado, quizás no cualquier persona podía destruirle la fachada de indiferencia por la que caminaba por la vida.
Hikari había dejado de prestar atención a la conversación de ese par. La sangre de los rostros de sus viejos camaradas también parecía haber dejado de ser una preocupación para ella. La pequeña Yagami, de cuerpo frágil y falso, observaba con intensidad el cuello de Koushiro Izumi.
Estiró la mano, hipnotizada por un brillo plateado que se desprendía en el pecho del pelirrojo.
"¡Mi silbato!", exclamó enternecida.
A Takeru se le desorbitaron los orbes por unos momentos y dirigió su mirada a Koushiro, quien vestía de verde olivo. Su cuello estaba rodeado de una cadena cuyo colgante era el silbato de la Hikari Yagami de 8 años, quien había muerto aquel verano de 1999.
—¡Ah! —dejó salir Takeru, pero no le dio tiempo de agregar nada más, porque Hikari dirigió sus manos al silbato y logró tocarlo. Koushiro sintió que lo jalaban y, cuando Kari alzó el colgante hasta quitarlo de Izumi, éste dejó salir un sonido enronquecido de su cuerpo.
"Mira, Takeru-kun, Koushiro ha guardado mi silbato todo este tiempo, ¿acaso no es lindo de su parte?, ¡es mentira que me detesta!", se ilusionó al decirlo y, como era de esperarse, ella llevó a sus labios el silbato y lo hizo sonar con fuerza.
—¡Qué diablos! —dejó salir Koushiro, dando un salto hacia atrás. Sus ojos, en un instante, se convirtieron en yacimientos de petróleo.
Hikari silbó y silbó y silbó tan fuerte como la vez que estuvieron dentro de una ballena, eso pensó Takeru.
Y Koushiro la había oído. Takaishi lo supo de inmediato, porque el pelirrojo soltó el cuchillo y sus brazos se dirigieron en caída libre hacia sus costados.
"Eh, Koushiro-san, si hago sonar mi silbato, ¿podría ayudarte a encontrar la salida, como a Whamon?, es que no lo sabes, pero estás en un laberinto", susurró Kari cerca del oído de Izumi.
A Takeru le dolió la cercanía, pero repitió lo que Hikari dijo, como si fuera loro.
—Hikari dice que estás en un laberinto y piensa que si hace sonar su silbato te ayudará a encontrar la salida, como sucedió aquella vez con Whamon, la ballena digital.
Koushiro no respondió, pero la carne se le estremeció toda. Los ojos se le remojaron, la sangre que escurría de su boca comenzó a gotear en el piso. Bastaron unos segundos para que se sacudiera.
—No me gustan los trucos, Takeru —dijo. Y, enseguida, agarró el silbato que aparentemente flotaba en el aire.
Intentó arrebatárselo a la nada, es decir, a Hikari, pero en el instante en que su mano tocó los dedos iridiscentes de la muchacha, una fuerte descarga eléctrica lo zarandeó y terminó desfallecido en el suelo.
—¡Koushiro! —gritó Takeru, asombrado por lo que acababa de pasar.
Hikari, en cambio, sonrió y se hincó a su lado.
—¿Es que te ha visto, Hikari-chan?
"No, no me ha visto, pero ha mirado flotar al silbato y también ha escuchado su sonido", explicó Yagami, haciendo hacia atrás el fleco colorado de Izumi.
A Takeru no le gustó la forma en la que Hikari acomodaba el cabello de Koushiro, pero hizo un esfuerzo por quedarse callado. Notó que Kari, además de traer el silbato, llevaba consigo el emblema.
—El emblema del Conocimiento, pensé que era yo el que lo guardaba —dijo.
—Lo tomé de tu ropa mientras peleabas —admitió la castaña —. Pensé que si lo mostraba a Koushiro, éste reaccionaría.
—Lo hizo —aseguró—. Probablemente cuando Koushiro intentó tocar el silbato, su emblema logró llegar a él, desmayándolo.
—Sí —sonrió risueña. Picando las cejas pobladas del pelirrojo, al parecer le parecían curiosas. Takeru suspiró, porque no sabía qué hacer con su viejo amigo en ese estado.
Quizás era momento para registrar el lugar, por eso miró a su alrededor, pero había tanto desastre que se sintió incómodo. Lo único que hizo fue retirar el cuchillo que había tomado Izumi, para guardarlo en su bolsillo.
—Takeru-kun —comentó casualmente Hikari —. ¿Sabes una cosa?, creo que el emblema nos quiere mostrar algo más, siento que vibra mucho, las cejas de Koushiro-san también tiemblan.
El hermano de Yamato asintió, aunque deseó con todas sus fuerzas que eso fuera mentira. La última vez que el emblema les había querido mostrar algo, les había trasladado a 1999 y, sin querer, se habían enterado de que Koushiro Izumi era adoptado.
Takeru no quería meterse en la introspección de alguien más. Desde que había perdido a la pequeña Yagami, se le dificultaba la empatía. No es que se sintiera incapaz de percibirla, pero ahora mismo se sentía hirviendo y molesto por estar ahí, por hacer eso…
Le alegraba que Hikari Yagami fuera una luciérnaga en estado resurrecto, pero una parte de él odiaba la temporalidad en la que estaba inmerso, porque, de alguna manera, el alma de Hikari tiritaría de calor en esa tierra de vivos… la luz no era eterna, los soles terminaban muriendo y, si tenían suerte, quizás se convertían en cometas, como la que tenía enfrente.
"No pienses más", rogó la chica, al verle ofuscado, con los labios tiesos, "mejor ven conmigo".
Ella le ofreció su palma fantasmagórica. Takeru estuvo a punto de rechazarla porque no quería ir al pasado que quería mostrarle el emblema del Conocimiento.
Sin embargo, había decidido que a Hikari, estuviera viva o muerta, jamás le volvería a negar nada, por lo que inevitablemente estiró los brazos y los enlazó con esos dedos luminosos que le causaban retortijones.
Continuará…
Muchas gracias por leer.
