Harry Potter: Una lectura distinta, vol. 2
Por edwinguerrave
Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008
El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.
La Cámara de los Secretos
CAPÍTULO 11 El Club de Duelo
La mañana sorprendió nuevamente a Harry y Ginny en paz, saciados de amor y entrega, lo que les hizo sonreír. Luego de una rápida ducha, se reunieron en el pasillo de la casa con JS, Al y Lilu, quienes al ver a su madre, corrieron a abrazarla. Así, los cinco Potter entraron a la Sala, donde el desayuno invitaba a despertar los sentidos. Luego de un buen rato de conversación se organizaron nuevamente en sus asientos, y la Sala dispuso el atril delante de Hannah, quien al ver el título del capítulo miró a Harry sorprendida.
—Este capítulo se llama El club de duelo… Por fin voy a saber qué pasó ese día.
Muchos de los presentes, especialmente la generación de Harry, se enderezaron en sus asientos, mientras Hannah tomaba aire e iniciaba la lectura:
Al despertar Harry la mañana del domingo, halló el dormitorio resplandeciente con la luz del sol de invierno, y su brazo otra vez articulado, aunque muy rígido.
Se sentó enseguida y miró hacia la cama de Colin, pero estaba oculto tras las largas cortinas que el propio Harry había corrido el día anterior. Al ver que se había despertado, la señora Pomfrey se acercó afanosamente con la bandeja del desayuno, y se puso a flexionarle y estirarle a Harry el brazo y los dedos.
—De verdad, aún me dolía el brazo —comentó Harry—, pero era más que todo por lo entumecido, ¿me explico?
Muchos, comenzando por Lily, asintieron en silencio.
—Todo va bien —le dijo, mientras él apuraba torpemente con su mano izquierda las gachas de avena—. Cuando termines de comer, puedes irte.
Harry se vistió lo más deprisa que pudo y salió precipitadamente hacia la torre de Gryffindor, deseoso de hablar con Ron y Hermione sobre Colín y Dobby, pero no los encontró allí. Harry dejó de buscarlos, preguntándose adónde podían haber ido y algo molesto de que no parecieran interesados en saber si él había recuperado o no sus huesos.
—No era por eso —dijo Hermione entre susurros.
—Yo sé, tranquila —le respondió, también en susurros, mientras Ron sonreía al escuchar la interacción entre su esposa y su cuñado.
Cuando pasó por delante de la biblioteca, Percy Weasley precisamente salía de ella, y parecía estar de mucho mejor humor que la última vez que lo habían encontrado.
—¡Ah, hola, Harry! —dijo—. Excelente jugada la de ayer, realmente excelente. Gryffindor acaba de ponerse a la cabeza de la copa de las casas: ¡ganaste cincuenta puntos!
—¿Adicionales a los 150 del juego? —preguntó JS, interesado.
—Así es, señor Potter —le respondió McGonagall—, por su esfuerzo al esquivar la bludger loca.
Algunos aplausos se dejaron escuchar. Hannah esperó que se calmara el alboroto y continuó:
—¿No has visto a Ron ni a Hermione? —preguntó Harry.
—No, no los he visto —contestó Percy, dejando de sonreír—. Espero que Ron no esté otra vez en el aseo de las chicas...
Harry forzó una sonrisa, siguió a Percy con la vista hasta que desapareció, y se fue derecho al aseo de Myrtle la Llorona. No encontraba ningún motivo para que Ron y Hermione estuvieran allí, pero después de asegurarse de que no merodeaban por el lugar Filch ni ningún prefecto, abrió la puerta y oyó sus voces provenientes de un retrete cerrado.
Snape aguzó la mirada, mientras oía la lectura. Lily lo notó, suspirando en tono de decepción.
—Soy yo —dijo, entrando en los lavabos y cerrando la puerta. Oyó un golpe metálico, luego otro como de salpicadura y un grito ahogado, y vio a Hermione mirando por el agujero de la cerradura.
—¡Harry! —dijo ella—. Vaya susto que nos has dado. Entra. ¿Cómo está tu brazo?
—Lo que dije —ratificó Hermione, provocando sonrisas en Harry y Ron.
—Bien —dijo Harry, metiéndose en el retrete. Habían puesto un caldero sobre la taza del inodoro, y un crepitar que provenía de dentro le indicó que habían prendido un fuego bajo el caldero. Prender fuegos transportables y sumergibles era la especialidad de Hermione.
—Pensamos ir a verte, pero decidimos comenzar a preparar la poción multijugos —le explicó Ron, después de que Harry cerrara de nuevo la puerta del retrete—. Hemos pensado que éste es el lugar más seguro para guardarla.
—Tiene lógica —reflexionó Victoire, sorprendiendo a varios—, sabiendo que ese baño no se usa, es muy difícil que alguien los descubra. No imposible, pero sí muy difícil.
Harry empezó a contarles lo de Colin, pero Hermione lo interrumpió.
—Ya lo sabemos, oímos a la profesora McGonagall hablar con el profesor Flitwick esta mañana. Por eso pensamos que era mejor darnos prisa.
—Cuanto antes le saquemos a Malfoy una declaración, mejor —gruñó Ron—. ¿No piensas igual? Se ve que después del partido de quidditch estaba tan sulfurado que la tomó con Colin.
Draco sólo miraba al techo, mientras Colin sonreía apenado.
—Hay alguien más —dijo Harry, contemplando a Hermione, que partía manojos de centinodia y los echaba a la poción—. Dobby vino en mitad de la noche a hacerme una visita.
—Si ya están colocando la centinodia —comentó Dil—, es porque van en serio, ya llevan al menos un día en la preparación de la poción.
Lily afirmó en silencio, mientras Snape miraba al trío.
Ron y Hermione levantaron la mirada, sorprendidos. Harry les contó todo lo que Dobby le había dicho... y lo que no le había querido decir. Ron y Hermione lo escucharon con la boca abierta.
—¿La Cámara de los Secretos ya fue abierta antes? —le preguntó Hermione.
—Es evidente —dijo Ron con voz de triunfo—. Lucius Malfoy abriría la cámara en sus tiempos de estudiante y ahora le ha explicado a su querido Draco cómo hacerlo. Está claro. Sin embargo, me gustaría que Dobby te hubiera dicho qué monstruo hay en ella. Me gustaría saber cómo es posible que nadie se lo haya encontrado merodeando por el colegio.
—Interesante —soltó Rose, en tono reflexivo. Hermione la atrajo hacia ella y le indicó algo en el oído, lo que hizo que la niña asintiera en silencio y se volviera a sentar al lado de su madre.
—Quizá pueda volverse invisible —dijo Hermione, empujando unas sanguijuelas hacia el fondo del caldero—. O quizá pueda disfrazarse, hacerse pasar por una armadura o algo así. He leído algo sobre fantasmas camaleónicos...
—Lees demasiado, Hermione —le dijo Ron, echando crisopos encima de las sanguijuelas. Arrugó la bolsa vacía de los crisopos y miró a Harry—. Así que fue Dobby el que no nos dejó coger el tren y el que te rompió el brazo... —Movió la cabeza—. ¿Sabes qué, Harry? Si no deja de intentar salvarte la vida, te va a matar.
—¡Vaya! —exclamó Dil—, ¡iban a toda marcha con la poción!
—Ciertamente —dijo Lily—; sólo espero que no cometan errores.
La noticia de que habían atacado a Colin Creevey y de que éste yacía como muerto en la enfermería se extendió por todo el colegio durante la mañana del lunes. El ambiente se llenó de rumores y sospechas. Los de primer curso se desplazaban por el castillo en grupos muy compactos, como si temieran que los atacaran si iban solos.
Ginny Weasley, que se sentaba junto a Colin Creevey en la clase de Encantamientos, estaba consternada, pero a Harry le parecía que Fred y George se equivocaban en la manera de animarla. Se turnaban para esconderse detrás de las estatuas, disfrazados con una piel, y asustarla cuando pasaba. Pero tuvieron que parar cuando Percy se hartó y les dijo que iba a escribir a su madre para contarle que por su culpa Ginny tenía pesadillas.
—No era precisamente por eso, Percy —comentó Ginny—; pero eso todos en la casa lo saben.
Las preguntas quedaron ahogadas por el tono de autoridad que usó. Después de decir eso, Ginny suspiró e hizo señas a Hannah para que continuara.
Mientras tanto, a escondidas de los profesores, se desarrollaba en el colegio un mercado de talismanes, amuletos y otros chismes protectores. Neville Longbottom había comprado una gran cebolla verde, cuyo olor decían que alejaba el mal, un cristal púrpura acabado en punta y una cola podrida de tritón antes de que los demás chicos de Gryffindor le explicaran que él no corría peligro, porque tenía la sangre limpia y por tanto no era probable que lo atacaran.
—Fueron primero por Filch —dijo Neville, con el miedo escrito en su cara redonda—, y todo el mundo sabe que yo soy casi un squib.
—Siempre había sido así —remató el propio Neville—; quizás después de cuarto año comencé a ser mejor mago.
—Eres un gran mago —le dijo Hannah, viéndole al rostro—, no lo dudes nunca más.
Besó a su esposo y siguió leyendo, después de algunos aplausos y risas.
Durante la segunda semana de diciembre, la profesora McGonagall pasó, como de costumbre, a recoger los nombres de los que se quedarían en el colegio en Navidades. Harry, Ron y Hermione firmaron en la lista; habían oído que Malfoy se quedaba, lo cual les pareció muy sospechoso. Las vacaciones serían un momento perfecto para utilizar la poción multijugos e intentar sonsacarle una confesión.
Por desgracia, la poción estaba a medio acabar. Aún necesitaban el cuerno de bicornio y la piel de serpiente arbórea africana, y el único lugar del que podrían sacarlos era el armario privado de Snape. A Harry le parecía que preferiría enfrentarse al monstruo legendario de Slytherin a tener que soportar las iras de Snape si lo pillaba robándole en el despacho.
—Bien pensado, Potter —declaró Snape, con la ira marcando su rostro. Lily miraba a su antiguo amigo, entre molesta y decepcionada, mientras Dil se admiraba por la evolución en el desarrollo de la poción.
—Lo que tenemos que hacer —dijo animadamente Hermione, cuando se acercaba la doble clase de Pociones de la tarde del jueves— es distraerle con algo. Entonces uno de nosotros podrá entrar en el despacho de Snape y coger lo que necesitamos —Harry y Ron la miraron nerviosos.
Todos los jóvenes en la Sala miraban a Hermione entre sorprendidos y extrañados. Rose recordó:
—Parece que sí lo van a lograr; el plan es idea de mi mamá.
—Escucha, Rose, lo que dijo tu mamá —dijo Hannah, sonriendo:
—Creo que es mejor que me encargue yo misma del robo —continué Hermione, como si tal cosa—. A vosotros dos os expulsarían si os pillaran en otra, mientras que yo tengo el expediente limpio. Así que no tenéis más que originar un tumulto lo suficientemente importante para mantener ocupado a Snape unos cinco minutos.
Harry sonrió tímidamente. Provocar un tumulto en la clase de Pociones de Snape era tan arriesgado como pegarle un puñetazo en el ojo a un dragón dormido.
—Draco Dormiens Nunquam Titillandus —recordó Rose, haciendo sonreír a Dumbledore—, "No le hagas cosquillas a un dragón dormido".
Snape asentía en silencio, aunque con una mirada cáustica hacia el trío.
Las clases de Pociones se impartían en una de las mazmorras más espaciosas. Aquella tarde de jueves, la clase se desarrollaba como siempre. Veinte calderos humeaban entre los pupitres de madera, en los que descansaban balanzas de latón y jarras con los ingredientes. Snape rondaba por entre los fuegos, haciendo comentarios envenenados sobre el trabajo de los de Gryffindor, mientras los de Slytherin se reían a cada crítica. Draco Malfoy, que era el alumno favorito de Snape, hacia burla con los ojos a Ron y Harry, que sabían que si le contestaban tardarían en ser castigados menos de lo que se tarda en decir «injusto».
—Lo típico —reclamó Lily, con tono de decepción—, no me acostumbro a oír cómo manejabas las clases, Severus.
—Es verdad —confirmó Dumbledore—, Severus.
Snape no contestó, sino que mantuvo su mirada irritada sobre el trío
A Harry la pócima infladora le salía demasiado líquida, pero en aquel momento le preocupaban otras cosas más importantes. Aguardaba una seña de Hermione, y apenas prestó atención cuando Snape se detuvo a mirar con desprecio su poción agnada. Cuando Snape se volvió y se fue a ridiculizar a Neville, Hermione captó la mirada de Harry; y le hizo con la cabeza un gesto afirmativo.
—¡Oh, oh! —exclamaron los bromistas, y muchos se sentaron al borde de sus asientos, especialmente los apostadores.
Harry se agachó rápidamente y se escondió detrás de su caldero, se sacó de un bolsillo una de las bengalas del doctor Filibuster que tenía Fred, y le dio un golpe con la varita. La bengala se puso a silbar y echar chispas. Sabiendo que sólo contaba con unos segundos, Harry se levantó, apuntó y la lanzó al aire. La bengala aterrizó dentro del caldero de Goyle.
La poción de Goyle estalló, rociando a toda la clase. Los alumnos chillaban cuando los alcanzaba la pócima infladora. A Malfoy le salpicó en toda la cara, y la nariz se le empezó a hinchar como un balón; Goyle andaba a ciegas tapándose los ojos con las manos, que se le pusieron del tamaño de platos soperos, mientras Snape trataba de restablecer la calma y de entender qué había sucedido.
Las risas estallaron en la Sala, mientras Draco veía molesto al trío. Pero la mirada más envenenada era la de Snape:
—Así que Potter fue el que provocó el desastre ese día. Quiero saber quién se metió en mis armarios privados.
—Igual ya no puedes hacer nada, Snape —indicó James, aunque sonreía—, eso pasó hace mucho tiempo.
—Sí, Potter, lamentablemente ya no puedo hacer nada —escupió el pocionista.
—Y no vas a hacer nada —ratificó Lily, molesta—. Lo hecho, hecho está.
Hannah sonrió al adelantarse en la lectura.
Harry vio a Hermione aprovechar la confusión para salir discretamente por la puerta.
—¡Silencio! ¡SILENCIO! —gritaba Snape—. Los que hayan sido salpicados por la poción, que vengan aquí para ser curados. Y cuando averigüe quién ha hecho esto...
Harry intentó contener la risa cuando vio a Malfoy apresurarse hacia la mesa del profesor, con la cabeza caída a causa del peso de la nariz, que había llegado a alcanzar el tamaño de un pequeño melón. Mientras la mitad de la clase se apiñaba en torno a la mesa de Snape, unos quejándose de sus brazos del tamaño de grandes garrotes, y otros sin poder hablar debido a la hinchazón de sus labios, Harry vio que Hermione volvía a entrar en la mazmorra, con un bulto debajo de la túnica.
—¡A pagar! —exclamó Freddie, provocando risas en varios en la Sala, y miradas molestas en JS y Frankie, quienes a su vez tuvieron que darle unas monedas a Rose. Sirius pagó a Remus y Fred a George.
Snape, sin embargo, miraba a punto de estallar a Hermione, quien simplemente encogió los hombros.
—¡Ah!, ¡y le pareció divertido! —le dijo el pocionista, casi descompuesto.
—Absolutamente no, profesor —respondió Hermione, calmada—, pero las circunstancias nos obligaban. Además, como ya lo hemos dicho, eso pasó hace mucho tiempo.
—Así es, Severus —intervino Dumbledore—, así que dejemos que la señora Abbott-Longbottom siga la lectura.
Al establecerse un tenso silencio, Hannah siguió leyendo:
Cuando todo el mundo se hubo tomado un trago de antídoto y las diversas hinchazones remitieron, Snape se fue hasta el caldero de Goyle y extrajo los restos negros y retorcidos de la bengala. Se produjo un silencio repentino.
—Si averiguo quién ha arrojado esto —susurró Snape—, me aseguraré de que lo expulsen.
Harry puso una cara que esperaba que fuera de perplejidad. Snape lo miraba a él, y la campana que sonó al cabo de diez minutos no pudo ser mejor bienvenida.
—Sabe que fui yo —dijo Harry a Ron y Hermione, mientras iban deprisa a los aseos de Myrtle la Llorona—. Podría jurarlo.
—Tuve mis sospechas, no lo voy a negar —indicó Snape—, sólo que se confirmaron hoy.
Hermione echó al caldero los nuevos ingredientes y removió con brío.
—Estará lista dentro de dos semanas —dijo contenta.
—¡Por Merlín! —Dil estaba impresionada—, ¡como que sí la lograron!
—Snape no tiene ninguna prueba de que hayas sido tú —dijo Ron a Harry, tranquilizándolo—. ¿Qué puede hacer?
—Conociendo a Snape, algo terrible —dijo Harry, mientras la poción levantaba borbotones y espuma.
—Lo que debía ocurrir al agregar el cuerno de bicornio y la piel de serpiente arbórea africana —ratificó Lily—. Realmente maravilloso, que una niña de doce años haya logrado terminar una poción terriblemente complicada.
Una semana más tarde, Harry, Ron y Hermione cruzaban el vestíbulo cuando vieron a un puñado de gente que se agolpaba delante del tablón de anuncios para leer un pergamino que acababan de colgar. Seamus Finnigan y Dean Thomas les hacían señas, entusiasmados.
—¡Van a abrir un club de duelo! —dijo Seamus—. ¡La primera sesión será esta noche! No me importaría recibir unas clases de duelo, podrían ser útiles en estos días...
—¿Por qué? ¿Acaso piensas que se va a batir el monstruo de Slytherin? —preguntó Ron, pero lo cierto es que también él leía con interés el cartel—. Podría ser útil —les dijo a Harry y Hermione cuando se dirigían a cenar—. ¿Vamos?
—La idea era buena —comentó el profesor Flitwick—, pero fue mal manejada.
—¿Cómo es eso, profesor? —preguntó Roxanne.
—Seguramente se narra a continuación —dijo Dumbledore.
Harry y Hermione se mostraron completamente a favor, así que aquella noche, a las ocho, se dirigieron deprisa al Gran Comedor. Las grandes mesas de comedor habían desaparecido, y adosada a lo largo de una de las paredes había una tarima dorada, iluminada por miles de velas que flotaban en el aire. El techo volvía a ser negro, y la mayor parte de los alumnos parecían haberse reunido debajo de él, portando sus varitas mágicas y aparentemente entusiasmados.
—Me pregunto quién nos enseñará —dijo Hermione, mientras se internaban en la alborotada multitud—. Alguien me ha dicho que Flitwick fue campeón de duelo cuando era joven, quizá sea él.
—Es así, mi estimada señora Granger-Weasley —indicó el pequeño profesor, sacando pecho—, fui campeón de duelo durante seis años, hasta que me venció precisamente el profesor Dumbledore.
El aludido sólo inclinó la cabeza ante los aplausos de los presentes.
—Realmente hubiera preferido que ese club de duelo lo hubieras organizado tú, Filius. Pero lo hecho, hecho está, como ya hemos mencionado.
—¡Oh, oh! —en este caso, la mayoría de los presentes exclamaron duda y angustia. Hannah dio cumplida respuesta al leer:
—Con tal de que no sea... —Harry empezó una frase que terminó en un gemido: Gilderoy Lockhart se encaminaba a la tarima, resplandeciente en su túnica color ciruela oscuro, y lo acompañaba nada menos que Snape, con su usual túnica negra.
Las voces de protesta no se negaron.
Lockhart rogó silencio con un gesto del brazo y dijo:
—¡Venid aquí, acercaos! ¿Me ve todo el mundo? ¿Me oís todos? ¡Estupendo! El profesor Dumbledore me ha concedido permiso para abrir este modesto club de duelo, con la intención de prepararos a todos vosotros por si algún día necesitáis defenderos tal como me ha pasado a mí en incontables ocasiones (para más detalles, consultad mis obras). Permitidme que os presente a mi ayudante, el profesor Snape —dijo Lockhart, con una amplia sonrisa—. Él dice que sabe un poquito sobre el arte de batirse, y ha accedido desinteresadamente a ayudarme en una pequeña demostración antes de empezar. Pero no quiero que os preocupéis los más jóvenes: no os quedaréis sin profesor de Pociones después de esta demostración, ¡no temáis!
—¿No estaría bien que se mataran el uno al otro? —susurró Ron a Harry al oído.
—¡Ron! —exclamó Molly. Snape miraba a Ron con ira comedida, pues notó que varios de los Weasley, comenzando por la propia matriarca, habían fijado su mirada en él.
En el labio superior de Snape se apreciaba una especie de mueca de desprecio. Harry se preguntaba por qué Lockhart continuaba sonriendo; si Snape lo hubiera mirado como miraba a Lockhart, habría huido a todo correr en la dirección opuesta.
Lockhart y Snape se encararon y se hicieron una reverencia. O, por lo menos, la hizo Lockhart, con mucha floritura de la mano, mientras Snape movía la cabeza de mal humor. Luego alzaron sus varitas mágicas frente a ellos, como si fueran espadas.
—Como veis, sostenemos nuestras varitas en la posición de combate convencional —explicó Lockhart a la silenciosa multitud—. Cuando cuente tres, haremos nuestro primer embrujo. Pero claro está que ninguno de los dos tiene intención de matar.
—Por lo menos —comentó Flitwick—, tuvo la decencia de explicar esto.
—Yo no estaría tan seguro —susurró Harry, viendo a Snape enseñar los dientes.
—Una..., dos... y tres.
Ambos alzaron las varitas y las dirigieron a los hombros del contrincante. Snape gritó:
— ¡Expelliarmus!
—Ya va, Hannah —interrumpió Harry—. Profesor Snape, gracias —inclinó su cabeza, sorprendiendo a varios, especialmente a los Merodeadores originales.
—¿A cuenta de qué me agradeces, Potter? —preguntó el pocionista, ante la mirada amarga de Lily.
—Por enseñarme ese hechizo. Gracias a él, y gracias a usted, derroté a Voldemort y sigo vivo.
Snape relajó la mirada, suspiró y dijo:
—Al menos pude enseñarte algo. Me doy por bien pagado entonces.
—Severus —gruñó Lily—, no creo que sea lo único que le enseñaste.
—Como profesor, quiero decir —y haciendo una seña a Hannah, le pidió que siguiera leyendo.
Resplandeció un destello de luz roja, y Lockhart despegó en el aire, voló hacia atrás, salió de la tarima, pegó contra el muro y cayó resbalando por él hasta quedar tendido en el suelo.
Malfoy y algunos otros de Slytherin vitorearon. Hermione se puso de puntillas.
—¿Creéis que estará bien? —chilló por entre los dedos con que se tapaba la cara.
—¿A quién le preocupa? —dijeron Harry y Ron al mismo tiempo.
Estallaron nuevas risas en la Sala, especialmente por parte de los más jóvenes.
Lockhart se puso de pie con esfuerzo. Se le había caído el sombrero y su pelo ondulado se le había puesto de punta.
—¡Bueno, ya lo habéis visto! —dijo, tambaleándose al volver a la tarima—. Eso ha sido un encantamiento de desarme; como podéis ver, he perdido la varita... ¡Ah, gracias, señorita Brown! Sí, profesor Snape, ha sido una excelente idea enseñarlo a los alumnos, pero si no le importa que se lo diga, era muy evidente que iba a atacar de esa manera. Si hubiera querido impedírselo, me habría resultado muy fácil. Pero pensé que sería instructivo dejarles que vieran...
Lavender sonrió por su mención en el relato, pero sólo por eso; de resto, los que estuvieron presentes esa noche hacían gestos de decepción.
Snape parecía dispuesto a matarlo, y quizá Lockhart lo notara, porque dijo:
—¡Basta de demostración! Vamos a colocaros por parejas. Profesor Snape, si es tan amable de ayudarme...
Se metieron entre la multitud a formar parejas. Lockhart puso a Neville con Justin Finch-Fletchley, pero Snape llegó primero hasta donde estaban Ron y Harry.
—¿Cuándo no? —soltó James, provocando miradas agrias entre Snape, Sirius y él mismo.
—Ya es hora de separar a este equipo ideal, creo —dijo con expresión desdeñosa—. Weasley, puedes emparejarte con Finnigan. Potter...
Harry se acercó automáticamente a Hermione.
—Me parece que no —dijo Snape, sonriendo con frialdad—. Señor Malfoy, aquí. Veamos qué puedes hacer con el famoso Potter. La señorita Granger que se ponga con Bulstrode.
Lily volvió a mirar con molestia y decepción a Snape, quien aún veía con rabia al trío.
Malfoy se acercó pavoneándose y sonriendo. Detrás de él iba una chica de Slytherin que le recordó a Harry una foto que había visto en Vacaciones con las brujas. Era alta y robusta, y su poderosa mandíbula sobresalía agresivamente. Hermione la saludó con una débil sonrisa que la otra no le devolvió.
—Típico de Millicent —comentó Draco—, si no eres de su grupo de amigos, no se interesa por ti.
Astoria lo miró molesta.
—¡Poneos frente a vuestros contrincantes —dijo Lockhart, de nuevo sobre la tarima— y haced una inclinación!
Harry y Malfoy apenas bajaron la cabeza, mirándose fijamente.
—¡Varitas listas! —gritó Lockhart—. Cuando cuente hasta tres, ejecutad vuestros hechizos para desarmar al oponente. Sólo para desarmarlo; no queremos que haya ningún accidente. Una, dos y... tres.
—Para mí que se atacan —mencionó JS, a lo que Freddie replicó:
—Apuesto a que Malfoy hace trampa y ataca primero.
—No voy —rechazó Frankie—, es demasiado evidente.
Draco vio a los chicos de manera agresiva.
Harry apuntó la varita hacia los hombros de Malfoy, pero éste ya había empezado a la de dos. Su conjuro le hizo el mismo efecto que si le hubieran golpeado en la cabeza con una sartén. Harry se tambaleó pero aguantó, y sin perder tiempo, dirigió contra Malfoy su varita, diciendo:
—¡Rictusempra!
Un chorro de luz plateada alcanzó a Malfoy en el estómago, y el chico se retorció, respirando con dificultad.
—Lo que dije —reconoció Frankie, ante la mirada torva de Draco—, estaba cantado.
—¡He dicho sólo desarmarse! —gritó Lockhart a la combativa multitud cuando Malfoy cayó de rodillas; Harry lo había atacado con un encantamiento de cosquillas, y apenas se podía mover de la risa. Harry no volvió a atacar, porque le parecía que no era deportivo hacerle a Malfoy más encantamientos mientras estaba en el suelo, pero fue un error. Tomando aire, Malfoy apuntó la varita a las rodillas de Harry, y dijo con voz ahogada:
—¡Tarantallegra!
Un segundo después, a Harry las piernas se le empezaron a mover a saltos, fuera de control, como si bailaran un baile velocísimo.
—¡Alto!, ¡alto! —gritó Lockhart, pero Snape se hizo cargo de la situación.
—¡Finite incantatem! —gritó. Los pies de Harry dejaron de bailar, Malfoy dejó de reír y ambos pudieron levantar la vista.
Una niebla de humo verdoso se cernía sobre la sala. Tanto Neville como Justin estaban tendidos en el suelo, jadeando; Ron sostenía a Seamus, que estaba lívido, y le pedía disculpas por los efectos de su varita rota; pero Hermione y Millicent Bulstrode no se habían detenido: Millicent tenía a Hermione agarrada del cuello y la hacía gemir de dolor. Las varitas de las dos estaban en el suelo. Harry se acercó de un salto y apartó a Millicent. Fue difícil, porque era mucho más robusta que él.
—Gracias —dijo Hermione, sonriendo, mientras Neville, Seamus y Ron reían, a pesar que el pelirrojo estaba colorado por la vergüenza.
—Muchachos, muchachos... —decía Lockhart, pasando por entre los estudiantes, examinando las consecuencias de los duelos—. Levántate, MacMillan..., con cuidado, señorita Fawcett..., pellízcalo con fuerza, Boot, y dejará de sangrar enseguida... Creo que será mejor que os enseñe a interceptar los hechizos indeseados —dijo Lockhart, que se había quedado quieto, con aire azorado, en medio del comedor. Miró a Snape y al ver que le brillaban los ojos, apartó la vista de inmediato—. Necesito un par de voluntarios... Longbottom y Finch-Fletchley, ¿qué tal vosotros?
—Mala idea, profesor Lockhart —dijo Snape, deslizándose como un murciélago grande y malévolo—. Longbottom provoca catástrofes con los hechizos más simples, tendríamos que enviar a Finch-Fletchley a la enfermería en una caja de cerillas —La cara sonrosada de Neville se puso de un rosa aún más intenso—. ¿Qué tal Malfoy y Potter? —dijo Snape con una sonrisa malvada.
—¿Qué tenías en contra de mi hijo, Snape? —saltó Alice— Creo que es la segunda o tercera vez en los libros que te burlas de él.
—Nada —respondió el pocionista, monótonamente—, sólo reconocía el hecho que Longbottom no serviría como voluntario.
—Y te aseguro que nunca quisiste hacer el mínimo esfuerzo para ayudarlo, ¿o me equivoco? —contraatacó Frank.
—No me competía —dijo Snape, cruzando los brazos. Eso enfureció a Alice, quien se le acercó y lo confrontó:
—¿No te competía? Entonces, ¿qué demonios hacías en Hogwarts? ¿No era dar clases?
—Sí —Snape miró fijamente a Alice, quien le mantuvo la mirada—, dar clases, no criar a niños mimados o sobreprotegidos; de eso se encargaban otros profesores.
—Severus —gruñó la profesora McGonagall. Hannah, al igual que muchos en la Sala, seguían en silencio la discusión.
Lily se levantó, y mientras caminaba hacia la cocina, dijo:
—De verdad, Severus, ya no sé si realmente creer en ti… Sigue, Hannah, voy a buscar agua.
—¡Excelente idea! —dijo Lockhart, haciéndoles un gesto para que se acercaran al centro del Salón, al mismo tiempo que la multitud se apartaba para dejarles sitio—. Veamos, Harry —dijo Lockhart—, cuando Draco te apunte con la varita, tienes que hacer esto.
Levantó la varita, intentó un complicado movimiento, y se le cayó al suelo.
Se escucharon algunas risas en la Sala, pero rápidamente se acallaron.
Snape sonrió y Lockhart se apresuró a recogerla, diciendo:
—¡Vaya, mi varita está un poco nerviosa!
Snape se acercó a Malfoy, se inclinó y le susurró algo al oído. Malfoy también sonrió.
Muchos miraban a Snape y a Draco con diversos niveles de molestia. Lily, ya de regreso al lado de James, suspiraba molesta, sin querer ver a Severus.
Harry miró asustado a Lockhart y le dijo:
—Profesor, ¿me podría explicar de nuevo cómo se hace eso de interceptar?
—¿Asustado? —murmuró Malfoy, de forma que Lockhart no pudiera oírle.
—Eso quisieras tú —le dijo Harry torciendo la boca. Lockhart dio una palmada amistosa a Harry en el hombro.
Algunos aplausos se oyeron en la Sala.
—¡Simplemente, hazlo como yo, Harry!
—¿El qué?, ¿dejar caer la varita?
Pero Lockhart no le escuchaba.
—Tres, dos, uno, ¡ya! —gritó.
Malfoy levantó rápidamente la varita y bramó:
—¡Serpensortia!
—¿Qué? —exclamó, más que preguntar, Lily. James, sin embargo, le preguntó directamente a Snape:
—¿Y eso, Snivellius? ¿Qué pretendías probar haciendo que Draco invocara una serpiente al azar?
—Nada —respondió Snape, mirando agriamente a su rival—, no pretendía nada.
—Hacerme dejar en ridículo —susurró Harry a Ron y Hermione, lo que escuchó Ginny y JS.
Hubo un estallido en el extremo de su varita. Harry vio, aterrorizado, que de ella salía una larga serpiente negra, caía al suelo entre los dos y se erguía, lista para atacar. Todos se echaron atrás gritando y despejaron el lugar en un segundo.
—No te muevas, Potter —dijo Snape sin hacer nada, disfrutando claramente de la visión de Harry, que se había quedado inmóvil, mirando a los ojos a la furiosa serpiente—. Me encargaré de ella...
—¿Nada, no pretendías nada? —estalló Lily, levantándose y encarándose a Snape—. ¿De verdad, Severus?
—De verdad —el pocionista intentaba mantener fija la mirada en Lily, lo que le costaba; por ello suspiró y miró a Hannah.
—Ya va, Hannah —dijo Lily, notando la intención de Snape de cortar el reclamo. Volvió a mirarlo y le soltó—; Severus, no sé, de verdad, que pasaba por tu mente esos días, y te aseguro que no quiero que justifiques nada de lo que hiciste. Fuiste un pésimo profesor —cuando Snape fue a replicar, levantó la mano, callándolo en seco—. Espera. Fuiste un pésimo profesor, porque un buen profesor no es el que sabe todo lo que va a dictar, sino que actúa de buena fe, instruyendo a sus estudiantes más allá del aula de clase, con respeto más que con temor, ayudando más que atormentando. Severus, de verdad lamento haber siquiera considerado ser tu amiga, cuando viva y ahora en este plano.
Todos se quedaron en silencio, incluyendo al propio Snape, quien no pudo replicar. Lily se sentó, suspiró ruidosamente y le hizo una seña a Hannah para que siguiera leyendo.
—¡Permitidme! —gritó Lockhart. Blandió su varita apuntando a la serpiente y se oyó un disparo: la serpiente, en vez de desvanecerse, se elevó en el aire unos tres metros y volvió a caer al suelo con un chasquido. Furiosa, silbando de enojo, se deslizó derecha hacia Finch-Fletchley y se irguió de nuevo, enseñando los colmillos venenosos.
Harry no supo por qué lo hizo, ni siquiera fue consciente de ello. Sólo percibió que las piernas lo impulsaban hacia delante como si fuera sobre ruedas y que gritaba absurdamente a la serpiente: «¡Déjale!» Y milagrosa e inexplicablemente, la serpiente bajó al suelo, tan inofensiva como una gruesa manguera negra de jardín, y volvió los ojos a Harry. A éste se le pasó el miedo.
Sabía que la serpiente ya no atacaría a nadie, aunque no habría podido explicar por qué lo sabía.
Sonriendo, miró a Justin, esperando verlo aliviado, o confuso, o agradecido, pero ciertamente no enojado y asustado.
—¿A qué crees que jugamos? —gritó, y antes de que Harry pudiera contestar, se había dado la vuelta y abandonaba el salón.
—¿¡Eso fue lo que pasó!? —se interrumpió Hannah, sorprendida como el resto de los que habían estado ese día ahí. Paula preguntó, con muchos aspavientos:
—¿Qué pasó? ¡No entendí!
—Seguramente se explicará en un rato —respondió Hermione—, si no recuerdo mal, al rato lo conversamos.
Snape se acercó, blandió la varita y la serpiente desapareció en una pequeña nube de humo negro. También Snape miraba a Harry de una manera rara; era una mirada astuta y calculadora que a Harry no le gustó.
A Lily tampoco, pero ya había decidido no reclamarle más nada a Snape.
Fue vagamente consciente de que a su alrededor se oían unos inquietantes murmullos. A continuación, sintió que alguien le tiraba de la túnica por detrás.
—Vamos —le dijo Ron al oído—. Vamos...
Ron lo sacó del salón, y Hermione fue con ellos. Al atravesar las puertas, los estudiantes se apartaban como si les diera miedo contagiarse. Harry no tenía ni idea de lo que pasaba, y ni Ron ni Hermione le explicaron nada hasta llegar a la sala común de Gryffindor, que estaba vacía. Entonces Ron sentó a Harry en una butaca y le dijo:
—Hablas pársel. ¿Por qué no nos lo habías dicho?
—¿Que hablo qué? —dijo Harry.
—¡Pársel! —dijo Ron—. ¡Puedes hablar con las serpientes!
—¡Claro! —exclamó Rose— ¡Eso se sabe desde lo del zoológico! —ante la mirada sorprendida de varios, aclaró—: Cuando el cumpleaños de Dudley, que tuvieron que llevarlo al zoológico, y conversó con la boa, ¿no recuerdan?
—Es verdad —recordó Dudley—, tremendo susto me llevé ese día, cuando la boa pasó por encima de mis pies.
—Lo sé —dijo Harry—. Quiero decir, que ésta es la segunda vez que lo hago. Una vez, accidentalmente, le eché una boa constrictor a mi primo Dudley en el zoo... Es una larga historia... pero ella me estaba diciendo que no había estado nunca en Brasil, y yo la liberé sin proponérmelo. Fue antes de saber que era un mago...
—¿Entendiste que una boa constrictor te decía que no había estado nunca en Brasil? —repitió Ron con voz débil.
—¿Y qué? —preguntó Harry—. Apuesto a que pueden hacerlo montones de personas.
—Desde luego que no —dijo Ron—. No es un don muy frecuente. Harry, eso no es bueno.
—De hecho —indicó Bill—, es extremadamente raro que alguien tenga la habilidad de hablar pársel. Creo que en esta sala sólo el profesor Dumbledore.
—Así es, señor Weasley —confirmó Dumbledore—, aunque no lo hablo, lo entiendo, que es distinto.
—¿Que no es bueno? —dijo Harry, comenzando a enfadarse—. ¿Qué le pasa a todo el mundo? Mira, si no le hubiera dicho a esa serpiente que no atacara a Justin...
—¿Eso es lo que le dijiste?
—¿Qué pasa? Tú estabas allí... Tú me oíste.
—Hablaste en lengua pársel —le dijo Ron—, la lengua de las serpientes. Podías haber dicho cualquier cosa. No te sorprenda que Justin se asustara, parecía como si estuvieras incitando a la serpiente, o algo así. Fue escalofriante.
—Cierto —ratificó Seamus—, todos nos quedamos congelados, sólo te escuchamos sisear y la serpiente voltear a verte.
—Yo me asusté mucho —dijo Susan—, porque estaba al lado de Justin, y la serpiente nos vio a los dos con ganas de atacarnos.
—Ni me lo digas —comentó Hannah—, yo no sabía que hacer.
Harry se quedó con la boca abierta.
—¿Hablé en otra lengua? Pero no comprendo... ¿Cómo puedo hablar en una lengua sin saber que la conozco?
Ron negó con la cabeza. Por la cara que ponían tanto él como Hermione, parecía como si acabara de morir alguien. Harry no alcanzaba a comprender qué era tan terrible.
—¿Me quieres decir qué hay de malo en impedir que una serpiente grande y asquerosa arranque a Justin la cabeza de un mordisco? —preguntó—. ¿Qué importa cómo lo hice si evité que Justin tuviera que ingresar en el Club de Cazadores Sin Cabeza?
A pesar del momento, varios rieron ante las preguntas de Harry. Neville, sonriendo comentó:
—De nuevo Harry y sus pensamientos fatalistas.
—Sí importa —dijo Hermione, hablando por fin, en un susurro—, porque Salazar Slytherin era famoso por su capacidad de hablar con las serpientes. Por eso el símbolo de la casa de Slytherin es una serpiente.
Harry se quedó boquiabierto.
—Exactamente —dijo Ron—. Y ahora todo el colegio va a pensar que tú eres su tátara-tátara-tátara-tataranieto o algo así.
—Cosa que no es —aclaró James—, porque nuestro árbol genealógico parte del mismísimo Godric Gryffindor. En una de las bóvedas de Gringotts hay una copia encantada, que se actualiza con cada generación. Imagino que ya la habrás visto, Harry.
—Te soy sincero, papá —respondió Harry—, hay varias de las bóvedas que nunca las hemos visitado, por eso no sabía que teníamos ese árbol genealógico encantado.
—Pero no lo soy —dijo Harry, sintiendo un inexplicable terror.
—Te costará mucho demostrarlo —dijo Hermione—. Él vivió hace unos mil años, así que bien podrías serlo.
Aquella noche, Harry pasó varias horas despierto. Por una abertura en las colgaduras de su cama, veía que la nieve comenzaba a amontonarse al otro lado de la ventana de la torre, y meditaba. ¿Era posible que fuera un descendiente de Salazar Slytherin? Al fin y al cabo, no sabía nada sobre la familia de su padre. Los Dursley nunca le habían permitido hacerles preguntas sobre sus familiares magos.
En voz baja, trató de decir algo en lengua pársel, pero no encontró las palabras. Parecía que era requisito imprescindible estar delante de una serpiente.
—En tu caso sí, Harry —indicó Dumbledore.
«Pero estoy en Gryffindor —pensó Harry—. El Sombrero Seleccionador no me habría puesto en esta casa si tuviera sangre de Slytherin...»
«¡Ah! —dijo en su cerebro una voz horrible—, pero el Sombrero Seleccionador te quería enviar a Slytherin, ¿lo recuerdas?»
—Sí, aún lo recuerdo —mencionó Harry, provocando algunas risas, y la mirada alegre de Al.
Harry se volvió. Al día siguiente vería a Justin en clase de Herbología y le explicaría que le había pedido a la serpiente que se apartara de él, no que lo atacara, algo (pensó enfadado, dando puñetazos a la almohada) de lo que cualquier idiota se habría dado cuenta.
—El problema fue, Harry —se interrumpió Hannah—, que al hacerlo en lengua pársel, que nadie conoce, nos dejó a todos con la duda y el temor de una agresión —le hizo señas a Harry—. Lo sé, ahorita lo sabemos, pero ese día no lo sabíamos.
A la mañana siguiente, sin embargo, la nevada que había empezado a caer por la noche se había transformado en una tormenta de nieve tan recia que se suspendió la última clase de Herbología del trimestre. La profesora Sprout quiso tapar las mandrágoras con pañuelos y calcetines, una operación delicada que no habría confiado a nadie más, puesto que el crecimiento de las mandrágoras se había convertido en algo tan importante para revivir a la Señora Norris y a Colin Creevey.
Harry le daba vueltas a aquello, sentado junto a la chimenea, en la sala común de Gryffindor, mientras Ron y Hermione aprovechaban el hueco dejado por la clase de Herbología para echar una partida al ajedrez mágico.
—O mejor, para volver a ver a Hermione humillada por Ron —comentó Neville, provocando nuevas risas y el sonrojo de Hermione.
—¡Por Dios, Harry! —dijo Hermione, exasperada, mientras uno de los alfiles de Ron tiraba al suelo al caballero de uno de sus caballos y lo sacaba a rastras del tablero—. Si es tan importante para ti, ve a buscar a Justin.
De forma que Harry se levantó y salió por el retrato, preguntándose dónde estaría Justin.
El castillo estaba más oscuro de lo normal en pleno día, a causa de la nieve espesa y gris que se arremolinaba en todas las ventanas. Tiritando, Harry pasó por las aulas en que estaban haciendo clase, vislumbrando algunas escenas de lo que ocurría dentro. La profesora McGonagall gritaba a un alumno que, a juzgar por lo que se oía, había convertido a su compañero en un tejón.
Aguantándose las ganas de echar un vistazo, Harry siguió su camino, pensando que Justin podría estar aprovechando su hora libre para hacer alguna tarea pendiente, y decidió mirar antes que nada en la biblioteca.
—Lógico pensar eso —comentó Remus.
Efectivamente, algunos de los de Hufflepuff que tenían clase de Herbología estaban en la parte de atrás de la biblioteca, pero no parecía que estudiasen.
Entre las largas filas de estantes, Harry podía verlos con las cabezas casi pegadas unos a otros, en lo que parecía una absorbente conversación. No podía distinguir si entre ellos se encontraba Justin. Se les estaba acercando cuando consiguió entender algo de lo que decían, y se detuvo a escuchar, oculto tras la sección de «Invisibilidad».
—Un buen lugar donde ocultarse —comentó JS, sonriendo, mientras Hannah y Susan se sonrojaban, y Zacharias se enderezaba en su butaca.
—Así que —decía un muchacho corpulento— le dije a Justin que se ocultara en nuestro dormitorio. Quiero decir que si Potter lo ha señalado como su próxima víctima, es mejor que se deje ver poco durante una temporada. Por supuesto, Justin se temía que algo así pudiera ocurrir desde que se le escapó decirle a Potter que era de familia muggle. Lo que Justin le dijo exactamente es que le habían reservado plaza en Eton. No es el mejor comentario que se le puede hacer al heredero de Slytherin, ¿verdad?
—¿Entonces estás convencido de que es Potter, Ernie? —preguntó asustada una chica rubia con coletas.
—Eso, mamá —exclamó Frankie, provocando nuevas risas y un mayor sonrojo en Hannah.
—Hannah —le dijo solemnemente el chico robusto—, sabe hablar pársel. Todo el mundo sabe que ésa es la marca de un mago tenebroso. ¿Sabes de alguien honrado que pueda hablar con las serpientes? Al mismo Slytherin lo llamaban «lengua de serpiente» —Esto provocó densos murmullos. Ernie prosiguió—: ¿Recordáis lo que apareció escrito en la pared? «Temed, enemigos del heredero.» Potter estaba enemistado con Filch. A continuación, el gato de Filch resulta agredido. Ese chaval de primero, Creevey, molestó a Potter en el partido de quidditch, sacándole fotos mientras estaba tendido en el barro. Y entonces aparece Creevey petrificado.
—¿Cuándo no es que Ernie hacía deducciones erradas? —comentó Susan, encogiendo los hombros.
—Además —reconoció Hannah—, teníamos doce años, éramos fácilmente impresionables.
No pudo evitar sonrojarse nuevamente al adelantarse en la lectura.
—Pero —repuso Hannah, vacilando— parece tan majo... y, bueno, fue él quien hizo desaparecer a Quien-vosotros-sabéis. No puede ser tan malo, ¿no creéis?
Algunos silbidos, de parte de los alborotadores, provocaron nuevas risas. Hannah, totalmente colorada, dio un pellizco a su hijo mayor, quien reía descaradamente, mientras Neville sonreía divertido.
Ernie bajó la voz para adoptar un tono misterioso. Los de Hufflepuff se inclinaron y se juntaron más unos a otros, y Harry tuvo que acercarse más para oír las palabras de Ernie.
—Nadie sabe cómo pudo sobrevivir al ataque de Quien-vosotros-sabéis. Quiero decir que era tan sólo un niño cuando ocurrió, y tendría que haber saltado en pedazos. Sólo un mago tenebroso con mucho poder podría sobrevivir a una maldición como ésa —Bajó la voz hasta que no fue más que un susurro, y prosiguió—: Por eso seguramente es por lo que Quien-vosotros-sabéis quería matarlo antes que a nadie. No quería tener a otro Señor Tenebroso que le hiciera la competencia. Me pregunto qué otros poderes oculta Potter.
—Por eso es que pasa lo que pasa —se interrumpió nuevamente Hannah.
Harry no pudo aguantar más y salió de detrás de la estantería, carraspeando sonoramente. De no estar tan enojado, le habría parecido divertida la forma en que lo recibieron: todos parecían petrificados por su sola visión, y Ernie se puso pálido.
—Hola —dijo Harry—. Busco a Justin Finch-Fletchley.
Los peores temores de los de Hufflepuff se vieron así confirmados. Todos miraron atemorizados a Ernie.
Con esa línea, las risas estallaron en la Sala, provocando que la profesora Sprout negara sonriendo.
—Dudo que pudiéramos estar tranquilos en ese momento —comentó Zacharias—, sobre todo después del discursito de Ernie.
—¿Para qué lo buscas? —le preguntó Ernie, con voz trémula.
—Quería explicarle lo que sucedió realmente con la serpiente en el club de duelo —dijo Harry.
Ernie se mordió los labios y luego, respirando hondo, dijo:
—Todos estábamos allí. Vimos lo que sucedió.
—Entonces te darías cuenta de que, después de lo que le dije, la serpiente retrocedió —le dijo Harry.
—Yo sólo me di cuenta —dijo Ernie tozudamente, aunque temblaba al hablar— de que hablaste en lengua pársel y le echaste la serpiente a Justin.
—¡Muchacho tonto! —explotó Lily—, ¡de paso no deja que Harry se explique!
—Mamá, calma —Harry le puso la mano en el brazo—, eso es pasado, recuerda.
Lily bufó, pero después hizo señas a Hannah para que siguiera leyendo.
—¡Yo no se la eché! —dijo Harry, con la voz temblorosa por el enojo—. ¡Ni siquiera lo tocó!
—Le anduvo muy cerca —dijo Ernie—. Y por si te entran dudas —añadió apresuradamente—, he de decirte que puedes rastrear mis antepasados hasta nueve generaciones de brujas y brujos y no encontrarás una gota de sangre muggle, así que...
—¡No me preocupa qué tipo de sangre tengas! —dijo Harry con dureza—. ¿Por qué tendría que atacar a los de familia muggle?
—He oído que odias a esos muggles con los que vives —dijo Ernie apresuradamente.
—Cualquiera los odiaría —comentó Lavender, pero al darse cuenta de la presencia de Dudley, matizó—, con el perdón de los presentes.
—No se preocupe, Lavender, ¿no? —respondió Dudley, intentando sonreír—, comprendo cómo éramos en esos años.
—No es posible vivir con los Dursley sin odiarlos —dijo Harry—. Me gustaría que lo intentaras.
Dio media vuelta y salió de la biblioteca, provocando una mirada reprobatoria de la señora Pince, que estaba sacando brillo a la cubierta dorada de un gran libro de hechizos. Furioso como estaba, iba dando traspiés por el corredor, sin ser consciente de adónde iba. Y al fin se dio de bruces contra una mole grande y dura que lo tiró al suelo de espaldas.
—¡Ah, hola, Hagrid! —dijo Harry, levantando la vista.
Aunque llevaba la cara completamente tapada por un pasamontañas de lana cubierto de nieve, no podía tratarse de nadie más que Hagrid, pues ocupaba casi todo el ancho del corredor con su abrigo de piel de topo. En una de sus grandes manos enguantadas llevaba un gallo muerto.
Ginny volvió a estremecerse, aunque nadie, incluyendo Harry, lo notara. Todos estaban riendo por la descripción del encuentro.
—¿Va todo bien, Harry? —preguntó Hagrid, quitándose el pasamontañas para poder hablar—. ¿Por qué no estás en clase?
—La han suspendido —contestó Harry, levantándose—. ¿Y tú, qué haces aquí?
Hagrid levantó el gallo sin vida.
—El segundo que matan este trimestre —explicó—. O son zorros o chupasangres, y necesito el permiso del director para poner un encantamiento alrededor del gallinero.
Miró a Harry más de cerca por debajo de sus cejas espesas, cubiertas de nieve.
—¿Estás seguro de que te encuentras bien? Pareces preocupado y alterado.
—¿Y quién no lo iba a estar después de todo lo que hablaron? —dijo Al en tono grave. Hannah asintió al adelantarse en la lectura.
Harry no pudo repetir lo que decían de él Ernie y el resto de los de Hufflepuff.
—No es nada —repuso—. Mejor será que me vaya, Hagrid, después tengo Transformaciones y debo recoger los libros.
Se fue con la mente cargada con todo lo que había dicho Ernie sobre él: «Justin se temía que algo así pudiera ocurrir desde que se le escapó decirle a Potter que era de familia muggle...»
—Para lo que al primo Harry le importa —soltó Daisy, a lo que muchos hicieron gestos de afirmación.
Harry subió las escaleras y volvió por otro corredor. Estaba mucho más oscuro, porque el viento fuerte y helado que penetraba por el cristal flojo de una ventana había apagado las antorchas. Iba por la mitad del corredor cuando tropezó y cayó de cabeza contra algo que había en el suelo.
Se volvió y afinó la vista para ver qué era aquello sobre lo que había caído, y sintió que el mundo le venía encima.
—¡Oh, oh! —otra vez, la tensión se instaló en la Sala, y Ginny se abrazó a Harry, suspirando fuertemente.
Sobre el suelo, rígido y frío, con una mirada de horror en el rostro y los ojos en blanco vueltos hacia el techo, yacía Justin Finch-Fletchley. Y eso no era todo. A su lado había otra figura, componiendo la visión más extraña que Harry hubiera contemplado nunca.
Se trataba de Nick Casi Decapitado, que no era ya transparente ni de color blanco perlado, sino negro y neblinoso, y flotaba inmóvil, en posición horizontal, a un palmo del suelo. La cabeza estaba medio colgando, y en la cara tenía una expresión de horror idéntica a la de Justin.
Harry se puso de pie, con la respiración acelerada y el corazón ejecutando contra sus costillas lo que parecía un redoble de tambor. Miró enloquecido arriba y abajo del corredor desierto y vio una hilera de arañas huyendo de los cuerpos a todo correr. Lo único que se oía eran las voces amortiguadas de los profesores que daban clase a ambos lados.
—Otra vez las arañas huyendo —mencionó Dom, extrañada—. Eso sí es raro.
—Tenías que irte de allí a toda pastilla —dijo Sirius.
—Te juro que no pude reaccionar, Sirius —admitió Harry.
—Eso es verdad —afirmó Hannah al adelantarse a la lectura.
Podía salir corriendo, y nadie se enteraría de que había estado allí. Pero no podía dejarlos de aquella manera..., tenía que hacer algo por ellos. ¿Habría alguien que creyera que él no había tenido nada que ver?
Aún estaba allí, aterrorizado, cuando se abrió de golpe la puerta que tenía a su derecha. Peeves el poltergeist surgió de ella a toda velocidad.
—¡Por un demonio, lo que faltaba! —exclamó JS, rompiendo la tensión y provocando risas.
—¡Vaya, si es Potter pipí en el pote! —cacareó Peeves, ladeándole las gafas de un golpe al pasar a su lado dando saltos—. ¿Qué trama Potter? ¿Por qué acecha?
Peeves se detuvo a media voltereta. Boca abajo, vio a Justin y Nick Casi Decapitado. Cayó de pie, llenó los pulmones y, antes de que Harry pudiera impedirlo, gritó:
—¡AGRESIÓN! ¡AGRESIÓN! ¡OTRA AGRESIÓN! ¡NINGÚN MORTAL NI FANTASMA ESTÁ A SALVO! ¡SÁLVESE QUIEN PUEDA! ¡AGREESIÓÓÓÓN!
—Y como no grita duro el muy Peeves —reconoció Ron—, hasta nosotros, en la sala común, lo escuchamos.
Pataplún, patapán, pataplún: una puerta tras otra, se fueron abriendo todas las que había en el corredor, y la gente empezó a salir. Durante varios minutos, hubo tal jaleo que por poco no aplastan a Justin y atraviesan el cuerpo de Nick Casi Decapitado.
Los alumnos acorralaron a Harry contra la pared hasta que los profesores pidieron calma. La profesora McGonagall llegó corriendo, seguida por sus alumnos, uno de los cuales aún tenía el pelo a rayas blancas y negras. La profesora utilizó la varita mágica para provocar una sonora explosión que restaurase el silencio y ordenó a todos que volvieran a las aulas. Cuando el lugar se hubo despejado un poco, llegó corriendo Ernie, el de Hufflepuff.
—¡Te han cogido con las manos en la masa! —gritó Ernie, con la cara completamente blanca, señalando con el dedo a Harry.
—¿Cuándo no era Ernie? —dijo Zacharias, a lo que Parvati replicó:
—Cuando no era Zacharias, ¿recuerdas?
El aludido volteó hacia su cuñada, quien encogió los hombros. Padma apretó el brazo de su esposo e hizo señas a Hannah para que siguiera leyendo.
—¡Ya vale, MacMillan! —dijo con severidad la profesora McGonagall. Peeves se meneaba por encima del grupo con una malvada sonrisa, escrutando la escena; le encantaba el follón. Mientras los profesores se inclinaban sobre Justin y Nick Casi Decapitado, examinándolos, Peeves rompió a cantar:
—¡Oh, Potter, eres un zote, estás podrido, te cargas a los estudiantes, y te parece divertido!
—¡Ya basta, Peeves! —gritó la profesora McGonagall, y Peeves escapó por el corredor, sacándole la lengua a Harry.
Los profesores Flitwick y Sinistra, del departamento de Astronomía, fueron los encargados de llevar a Justin a la enfermería, pero nadie parecía saber qué hacer con Nick Casi Decapitado. Al final, la profesora McGonagall hizo aparecer de la nada un gran abanico, y se lo dio a Ernie con instrucciones de subir a Nick Casi Decapitado por las escaleras. Ernie obedeció, abanicando a Nick por el corredor para llevárselo por el aire como si se tratara de un aerodeslizador silencioso y negro.
Algunas risas aisladas se dejaron escuchar, pero la mayoría de los presentes en la Sala estaba preocupada por lo que pasaría. Hannah, luego de suspirar, siguió leyendo:
De esa forma, Harry y la profesora McGonagall se quedaron a solas.
—Por aquí, Potter —indicó ella.
—Profesora —le dijo Harry enseguida—, le juro que yo no...
—Eso se escapa de mi competencia, Potter —dijo de manera cortante la profesora McGonagall. Caminaron en silencio, doblaron una esquina, y ella se paró ante una gárgola de piedra grande y extremadamente fea.
—¡Sorbete de limón! —dijo la profesora. Se trataba, evidentemente, de una contraseña, porque de repente la gárgola revivió y se hizo a un lado, al tiempo que la pared que había detrás se abría en dos. Incluso aterrorizado como estaba por lo que le esperaba, Harry no pudo dejar de sorprenderse. Detrás del muro había una escalera de caracol que subía lentamente hacia arriba, como si fuera mecánica. Al subirse él y la profesora McGonagall, la pared volvió a cerrarse tras ellos con un golpe sordo.
Subieron más y más dando vueltas, hasta que al fin, ligeramente mareado, Harry vio ante él una reluciente puerta de roble, con una aldaba de bronce en forma de grifo, el animal mitológico con cuerpo de león y cabeza de águila. Entonces supo adónde lo llevaba. Aquello debía de ser la vivienda de Dumbledore.
—Es correcto —comentó Dumbledore, con voz tensa—, las oficinas del director o directora.
—Lo que hablaron —dijo Hannah, colocando el pergamino en el atril—, debe venir en el próximo capítulo. Este terminó acá.
—Que intenso —dijo Tonks—, pero aún no han dicho nada de la poción multijugos, ¿verdad?
La Sala, como respondiendo a esa pregunta, acercó el atril a Percy, quien abrió los ojos, limpió sus lentes y se dispuso a leer.
Buenas tardes desde San Diego, Venezuela! Luego de una semana movida por la pandemia y todo lo que implica, seguimos la lectura, en un capítulo importante, pues se narra, además de los preparativos de la poción, lo ocurrido en el club de duelo y el día después, con el segundo ataque a algún estudiante de Hogwarts. Los más jóvenes, encabezados por Rose, parece que van relacionando algunas de las situaciones que pasan, y por supuesto sigue "la reclamadera" a Snape por su forma de ser docente, aunque Harry lo sorprende al agradecerle que le enseñara el mítico Expeliarmus. Como es característico de todas las semanas, saludo a quienes leen, siguen, están alerta y comentan este relato; en particular a creativo (poco a poco sabremos como lo van tomando; por lo pronto, con interés y sorpresa, pero veremos más adelante) y lavida134 (ciertamente, la cuarentena no es chiste, y ya lo vemos por las consecuencias en otros países; Colin representa a esos niños que descubren a su "héroe" y quieren estar con el/ella a como dé lugar, y más si es contemporáneo, por ello las cosas que vivió).
Como nota de servicio público en estos tiempos de pandemia, les pido encarecidamente que sigan las indicaciones de la OMS en cuanto al uso de tapabocas si tienen que salir, lavarse las manos frecuentemente con agua y jabón (como tu amiguito Pin Pon, el que se lava las manitos con agua y jabón), si no les es posible, usar el gel alcoholado (asegúrense que tenga más de 60% de alcohol); pero sobre todo, si no tienes que salir, #QuedateEnCasa!
