Harry Potter: Una lectura distinta, vol. 2

Por edwinguerrave

Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008

El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.


La Cámara de los Secretos

CAPÍTULO 12 La poción "multijugos"

—Lo que hablaron —dijo Hannah, colocando el pergamino en el atril, refiriéndose a Harry y el profesor Dumbledore—, debe venir en el próximo capítulo. Este terminó acá.

—Que intenso —dijo Tonks—, pero aún no han dicho nada de la poción multijugos, ¿verdad?

La Sala, como respondiendo a esa pregunta, acercó el atril a Percy, quien abrió los ojos al ver el título del capítulo, limpió sus lentes y se dispuso a leer.

—Pues bien —anunció pomposamente—, veamos que pasó con La poción «multijugos».

—Parece que al final la lograron —comentó Dil, acomodándose en la butaca.

Dejaron la escalera de piedra y la profesora McGonagall llamó a la puerta. Ésta se abrió silenciosamente y entraron. La profesora McGonagall pidió a Harry que esperara y lo dejó solo.

Harry miró a su alrededor. Una cosa era segura: de todos los despachos de profesores que había visitado aquel año, el de Dumbledore era, con mucho, el más interesante. Si no hubiera tenido tanto miedo a ser expulsado del colegio, habría disfrutado observando todo aquello.

Era una sala circular, grande y hermosa, en la que se oía multitud de leves y curiosos sonidos. Sobre las mesas de patas largas y finísimas había chismes muy extraños que hacían ruiditos y echaban pequeñas bocanadas de humo. Las paredes aparecían cubiertas de retratos de antiguos directores, hombres y mujeres, que dormitaban encerrados en los marcos. Había también un gran escritorio con pies en forma de zarpas, y detrás de él, en un estante, un sombrero de mago ajado y roto: era el Sombrero Seleccionador.

—En estos tiempos no hay tantos "chismes muy extraños" —interrumpió JS, interesado—, hay más bien jaulas con animales.

—Depende del ocupante de esa oficina, señor Potter —indicó McGonagall. Ginny, a pesar de lo que estaba pasando, miró a su hijo con una mezcla de interés y molestia.

Harry dudó. Echó un cauteloso vistazo a los magos y brujas que había en las paredes. Seguramente no haría ningún mal poniéndoselo de nuevo. Sólo para ver si..., sólo para asegurarse de que lo había colocado en la casa correcta.

Se acercó sigilosamente al escritorio, cogió el sombrero del estante y se lo puso despacio en la cabeza. Era demasiado grande y se le caía sobre los ojos, igual que en la anterior ocasión en que se lo había puesto. Harry esperó pero no pasó nada.

—¿Y eso se puede hacer? —preguntó Al, sorprendido— ¿volver a hablar con el Sombrero Seleccionador?

—Parece que ha sido la primera vez, por lo que entiendo —respondió Dumbledore, y Ron recitó casi inconscientemente:

—Otra "primera vez".

Luego, una sutil voz le dijo al oído:

¿No te lo puedes quitar de la cabeza, eh, Harry Potter?

Mmm, no —respondió Harry—. Esto..., lamento molestarte, pero quería preguntarte...

Te has estado preguntando si yo te había mandado a la casa acertada —dijo acertadamente el sombrero—. Sí..., tú fuiste bastante difícil de colocar. Pero mantengo lo que dije... aunque —Harry contuvo la respiración— podrías haber ido a Slytherin.

—¿Vas a seguir? —exclamó James, a lo que Harry le hizo señas, llamándolo a la calma.

El corazón le dio un vuelco. Cogió el sombrero por la punta y se lo quitó. Quedó colgando de su mano, mugriento y ajado. Algo mareado, lo dejó de nuevo en el estante.

Te equivocas —dijo en voz alta al inmóvil y silencioso sombrero. Éste no se movió. Harry se separó un poco, sin dejar de mirarlo. Entonces, un ruido como de arcadas le hizo volverse completamente.

No estaba solo. Sobre una percha dorada detrás de la puerta, había un pájaro de aspecto decrépito que parecía un pavo medio desplumado. Harry lo miró, y el pájaro le devolvió una mirada torva, emitiendo de nuevo su particular ruido. Parecía muy enfermo. Tenía los ojos apagados y, mientras Harry lo miraba, se le cayeron otras dos plumas de la cola.

—¡Pobrecito! —exclamaron a dúo Nadia y Lilu, mientras otras de las chicas ponían gestos de lamentarse igualmente. Charlie y Hagrid reflexionaban sobre qué tipo de pájaro podía verse así.

Estaba pensando en que lo único que le faltaba es que el pájaro de Dumbledore se muriera mientras estaba con él a solas en el despacho, cuando el pájaro comenzó a arder.

Harry profirió un grito de horror y retrocedió hasta el escritorio. Buscó por si hubiera cerca un vaso con agua, pero no vio ninguno. El pájaro, mientras tanto, se había convertido en una bola de fuego; emitió un fuerte chillido, y un instante después no quedaba de él más que un montoncito humeante de cenizas en el suelo.

La puerta del despacho se abrió. Entró Dumbledore, con aspecto sombrío

—Para completar —mencionó Freddie, sombríamente. Dumbledore, aunque recordaba esa conversación, no pudo evitar sonreír.

Profesor —dijo Harry nervioso—, su pájaro..., no pude hacer nada..., acaba de arder...

Para sorpresa de Harry, Dumbledore sonrió.

Ya era hora —dijo—. Hace días que tenía un aspecto horroroso. Yo le decía que se diera prisa —Se rio de la cara atónita que ponía Harry.

Misma cara que varios en la Sala presentaban, especialmente los más jóvenes. Hagrid y Charlie ya habían asociado de que ave se trataba.

Fawkes es un fénix, Harry. Los fénix se prenden fuego cuando les llega el momento de morir, y luego renacen de sus cenizas. Mira...

Harry dirigió la vista hacia la percha a tiempo de ver un pollito diminuto y arrugado que asomaba la cabeza por entre las cenizas. Era igual de feo que el antiguo.

Harry vio a Dumbledore con gesto de disculpa, pero el venerable profesor sólo sonrió, mientras varios reían descaradamente por la descripción hecha del fénix recién nacido.

Es una pena que lo hayas tenido que ver el día en que ha ardido —dijo Dumbledore, sentándose detrás del escritorio—. La mayor parte del tiempo es realmente precioso, con sus plumas rojas y doradas. Fascinantes criaturas, los fénix. Pueden transportar cargas muy pesadas, sus lágrimas tienen poderes curativos y son mascotas muy fieles.

—Con los colores de Gryffindor —puntualizó Frankie, haciendo aplaudir a los leones más jóvenes de la sala.

—Tengo entendido que hay fénix de otros colores —comentó Nadia.

—Sí —aclaró Hagrid—, azules y plateados en Centroamérica, totalmente verdes en China Central y negros en Australia.

Con el susto del incendio de Fawkes, Harry se había olvidado del motivo por el que se encontraba allí, pero lo recordó en cuanto Dumbledore se sentó en su silla de respaldo alto, detrás del escritorio, y fijó en él sus ojos penetrantes, de color azul claro.

Sin embargo, antes de que el director pudiera decir otra palabra, la puerta se abrió de improviso e irrumpió Hagrid en el despacho con expresión desesperada, el pasamontañas mal colocado sobre su pelo negro, y el gallo muerto sujeto aún en una mano.

Ginny volvió a suspirar ruidosamente, pero nadie lo notó, pues Percy seguía la lectura.

¡No fue Harry, profesor Dumbledore! —dijo Hagrid deprisa—. Yo hablaba con él segundos antes de que hallaran al muchacho, señor, él no tuvo tiempo... —Dumbledore trató de decir algo, pero Hagrid seguía hablando, agitando el gallo en su desesperación y esparciendo las plumas por todas partes— ... No puede haber sido él, lo juraré ante el ministro de Magia si es necesario...

Hagrid, yo...

Usted se confunde de chico, yo sé que Harry nunca...

¡Hagrid! —dijo Dumbledore con voz potente—, yo no creo que Harry atacara a esas personas.

¿Ah, no? —dijo Hagrid, y el gallo dejó de balancearse a su lado—. Bueno, en ese caso, esperaré fuera, señor director.

Y, con cierto embarazo, salió del despacho.

—Al menos dos personas creían en tu inocencia —dijo James, pero dos sonoros Ejem le hicieron ver a Ron y Hermione mirándolo con mala actitud—… Perdón, cuatro personas.

Algunas risas se escucharon hasta que Percy, mirando torvamente a los bromistas más jóvenes, volvió a leer.

¿Usted no cree que fui yo, profesor? —repitió Harry esperanzado, mientras Dumbledore limpiaba la mesa de plumas.

No, Harry —dijo Dumbledore, aunque su rostro volvía a ensombrecerse—. Pero aun así quiero hablar contigo.

Harry aguardó con ansia mientras Dumbledore lo miraba, juntando las yemas de sus largos dedos.

Quiero preguntarte, Harry, si hay algo que te gustaría contarme —dijo con amabilidad—. Lo que sea.

—Espero que le hayas contado todo —comentó Lily, esperanzada. Harry sólo se encogió de hombros, lo que la hizo suspirar, derrotada.

Harry no supo qué decir. Pensó en Malfoy gritando: «¡Los próximos seréis los sangre sucia!», y en la poción multijugos, que hervía a fuego lento en los aseos de Myrtle la Llorona. Luego pensó en la voz que no salía de ningún sitio, oída en dos ocasiones, y recordó lo que Ron le había dicho: «Oír voces que nadie más puede oír no es buena señal, ni siquiera en el mundo de los magos.» Pensó, también, en lo que todo el mundo comentaba sobre él, y en su creciente temor a estar de alguna manera relacionado con Salazar Slytherin...

No —respondió Harry—, no tengo nada que contarle.

—De verdad, mamá —aclaró al ver como Lily negaba—, me sentía totalmente agobiado, y no sabía cómo actuar, salvo lo que ya de alguna manera estábamos llevando a cabo.

Lily sólo encogió sus hombros, recordando que ese Harry apenas tenía doce años en aquel momento.

La doble agresión contra Justin y Nick Casi Decapitado convirtió en auténtico pánico lo que hasta aquel momento había sido inquietud. Curiosamente, resultó ser el destino de Nick Casi Decapitado lo que preocupaba más a la gente. Se preguntaban unos a otros qué era lo que podía hacer aquello a un fantasma; qué terrible poder podía afectar a alguien que ya estaba muerto. La gente se apresuró a reservar sitio en el expreso de Hogwarts para volver a casa en Navidad.

Si sigue así la cosa, sólo nos quedaremos nosotros —dijo Ron a Harry y Hermione—. Nosotros, Malfoy, Crabbe y Goyle. Serán unas vacaciones deliciosas.

Crabbe y Goyle, que siempre hacían lo mismo que Malfoy, habían firmado también para quedarse en vacaciones. Pero Harry estaba contento de que la mayor parte de la gente se fuera. Estaba harto de que se hicieran a un lado cuando circulaba por los pasillos, como si fueran a salirle colmillos o a escupir veneno; harto de que a su paso los demás murmuraran, le señalaran y hablaran en voz baja.

—Comprensible —comentó Remus, mientras Snape veía a Harry con sorpresa, pues lo menos que esperaba era esa reacción a la "fama recién ganada".

Fred y George, sin embargo, encontraban todo aquello muy divertido. Le salían al paso y marchaban delante de él por los corredores gritando:

Abran paso al heredero de Slytherin, aquí llega el brujo malvado de veras...

Percy desaprobaba tajantemente este comportamiento.

No es asunto de risa —decía con frialdad.

—Y todavía lo sostengo —se interrumpió, provocando que algunas risas, especialmente de los nuevos merodeadores, se ahogaran. Lucy le susurró a Molls en el oído:

—Igualito a ti, aburridos por demás.

Quítate del camino, Percy —decía Fred—. Harry tiene prisa.

Sí, va a la Cámara de los Secretos a tomar el té con su colmilludo sirviente —decía George, riéndose. Ginny tampoco lo encontraba divertido.

—"Colmilludo sirviente" —repitió Rose, llamando la atención de Hermione y Scorpius.

—¿Qué pasó, Rose? —preguntó el menor de los Malfoy.

—Nada, estoy pensando… Es que me llama la atención —dijo cuando notó que todos, incluyendo a Percy, estaban atentos a sus reflexiones— que hacen esta referencia al "colmilludo sirviente"; Slytherin, las serpientes, la lengua pársel… ¿No es lógico pensar que el monstruo de la Cámara de los Secretos era algo emparentado a la serpientes?

—Vas bien encaminada, Rose —le dijo Harry—, pero dejemos que todo lleve su ritmo, ¿te parece?

Quienes comenzaban a atar cabos, la mayoría de los Ravenclaw jóvenes, suspiraron derrotados, mientras que Remus miraba con interés cómo Rose iba haciendo las relaciones sobre lo que hasta el momento se había leído.

¡Ah, no! —gemía cada vez que Fred preguntaba a Harry a quién planeaba atacar a continuación, o cuando, al encontrarse con Harry, George hacía como que se protegía de Harry con un gran diente de ajo. A Harry no le importaba; incluso le aliviaba que Fred y George pensaran que la idea del heredero de Slytherin era para tomársela a guasa. Pero sus payasadas parecían enervar a Draco Malfoy, que se amargaba más cada vez que los veía con aquel pitorreo.

Eso es porque está rabiando de ganas de decir que es él —dijo Ron sentenciosamente—. Ya sabéis cómo aborrece que se le gane en cualquier cosa, y tú te estás llevando toda la gloria de su sucio trabajo.

—Como si la quisiera —replicó Harry, mientras Draco los veía agriamente.

No durante mucho tiempo —dijo Hermione en tono satisfecho—. La poción multijugos ya está casi lista. Cualquier día revelaremos la verdad sobre él.

—¡Por Merlín! —exclamó Dil—, ¡Sí la lograron!

Por fin concluyó el trimestre, y sobre el colegio cayó un silencio tan vasto como la nieve en los campos. Más que lúgubre, a Harry le pareció tranquilizador, y se alegró de que él, Hermione y los Weasley pudieran gobernar la torre de Gryffindor, lo que quería decir que podían jugar al snap explosivo dando voces y sin molestar a nadie, o podían batirse en privado. Fred, George y Ginny habían preferido quedarse en el colegio a ir a visitar a Bill a Egipto con sus padres. Percy, que desaprobaba lo que llamaba su infantil comportamiento, no pasaba mucho tiempo en la sala común de Gryffindor. Ya les había dicho en tono presuntuoso que se quedaba en Navidad porque era el deber de un prefecto ayudar a los profesores durante los períodos difíciles.

—Y así debe ser —se interrumpió nuevamente, hinchando el pecho y provocando algunas risitas, especialmente de los nuevos merodeadores.

Amaneció el día de Navidad, frío y blanco. Hermione despertó temprano a Harry y Ron, los únicos que quedaban en aquel dormitorio. Iba ya vestida y llevaba regalos para ambos.

¡Despertad! —dijo en voz alta, abriendo las cortinas de la ventana.

Hermione..., sabes que no puedes entrar aquí —dijo Ron, protegiéndose los ojos de la luz.

—Debería ser mutuo —reclamó JS—, si nosotros los varones no podemos entrar a las habitaciones de las chicas, ellas tampoco deberían poder entrar a las de nosotros.

—Esa regla siempre ha existido —mencionó Dumbledore—, será injusta, pero es regla al fin. Las niñas necesitan un poco más de privacidad que ustedes, o que nosotros en todo caso.

—Además —indicó McGonagall—, se considera que las niñas tienen mayor autocontrol al entrar a las habitaciones de los niños que éstos en las habitaciones de ellas. Por esa razón es que existe esa regla.

Feliz Navidad a ti también —le dijo Hermione, arrojándole su regalo—. Me he levantado hace casi una hora, para añadir más crisopos a la poción. Ya está lista.

Harry se sentó en la cama, despertando por completo de repente.

¿Estás segura?

Del todo —dijo Hermione, apartando a la rata Scabbers para poder sentarse a los pies de la cama—. Si nos decidimos a hacerlo, creo que tendría que ser esta noche.

—¡Impresionante! —exclamó Lily, más repuesta, mientras Draco comenzaba a atar cabos, y algunos gruñidos se dejaban escuchar a la mención del traidor.

En aquel momento, Hedwig aterrizó en el dormitorio, llevando en el pico un paquete muy pequeño.

Hola —dijo contento Harry, cuando la lechuza se posó en su cama—, ¿me hablas de nuevo?

La lechuza le picó en la oreja de manera afectuosa, gesto que resultó ser mucho mejor regalo que el que le llevaba, que era de los Dursley. Éstos le enviaban un mondadientes y una nota en la que le pedían que averiguara si podría quedarse en Hogwarts también durante las vacaciones de verano.

—Tenían que ser los abuelos —dijo Violet, con tono de decepción. Dudley sólo pudo encoger los hombros, mientras abrazaba a Daisy.

El resto de los regalos de Navidad de Harry fueron bastante más generosos. Hagrid le enviaba un bote grande de caramelos de café con leche que Harry decidió ablandar al fuego antes de comérselos; Ron le regaló un libro titulado Volando con los Cannons, que trataba de hechos interesantes de su equipo favorito de quidditch; y Hermione le había comprado una lujosa pluma de águila para escribir. Harry abrió el último regalo y encontró un jersey nuevo, tejido a mano por la señora Weasley, y un plumcake. Cogió la tarjeta con un renovado sentimiento de culpa, acordándose del coche del señor Weasley, que no habían vuelto a ver desde la colisión con el sauce boxeador, y de la cantidad de infracciones que habían planeado para el futuro inmediato.

—No lo dudo —comentó Molly, suspirando derrotada, mientras veía cómo el trío se sonrojaba.

Nadie podía dejar de asistir a la comida de Navidad en Hogwarts, aunque estuviera atemorizado por tener que tomar luego la poción multijugos.

El Gran Comedor relucía por todas partes. No sólo había una docena de árboles de Navidad cubiertos de escarcha, y gruesas serpentinas de acebo y muérdago que se entrecruzaban en el techo, sino que de lo alto caía nieve mágica, cálida y seca. Cantaron villancicos, y Dumbledore los dirigió en algunos de sus favoritos. Hagrid gritaba más fuerte a cada copa de ponche que tomaba. Percy, que no se había dado cuenta de que Fred le había encantado su insignia de prefecto, en la que ahora podía leerse «Cabeza de Chorlito», no paraba de preguntar a todos de qué se reían.

—Por eso las risas —dijo Percy, interrumpiéndose mientras veía cómo sus hermanos gemelos estallaban de la risa.

Harry ni siquiera se preocupaba por los insidiosos comentarios que desde la mesa de Slytherin hacía Draco Malfoy, en voz alta, sobre su nuevo jersey. Con un poco de suerte, Malfoy recibiría su merecido unas horas después.

Harry y Ron apenas habían terminado su tercer trozo de tarta de Navidad, cuando Hermione les hizo salir del salón con ella para ultimar los planes para la noche.

Aún nos falta conseguir algo de las personas en que os vais a convertir —dijo Hermione sin darle importancia, como si los enviara al supermercado a comprar detergente—. Y, desde luego, lo mejor será que podáis conseguir algo de Crabbe y de Goyle; como son los mejores amigos de Malfoy, él les contaría cualquier cosa. Y también tenemos que asegurarnos de que los verdaderos Crabbe y Goyle no aparecen mientras lo interrogamos. Lo tengo todo solucionado —siguió ella tranquilamente y sin hacer caso de las caras atónitas de Harry y Ron. Les enseñó dos pasteles redondos de chocolate—. Los he rellenado con una simple pócima para dormir. Todo lo que tenéis que hacer es aseguraros de que Crabbe y Goyle los encuentran. Ya sabéis lo glotones que son; seguro que se los tragan. Cuando estén dormidos, los esconderemos en uno de los armarios de la limpieza y les arrancaremos unos pelos.

Harry y Ron se miraron incrédulos.

Hermione, no creo...

Podría salir muy mal...

—Al contrario —sonrió Rose—, seguro les fue perfecto, porque lo planeó mamá. Apostaría a que sí lo lograron.

—¡Rose! —exclamó Hermione, pero Scorpius, adelantándose a los nuevos merodeadores, dijo:

—Acepto. Yo no creo que logren entrar a la sala común de Slytherin.

—Si es verdad lo del mito —recordó JS—, apuesto a que papá y tío Ron son los que se logran meter.

—La tomo —dijo Freddie—, para mí que son Tío Harry y tía Hermione.

—Yo estoy con Jamie —saltó Lucy, sorprendiendo a Percy.

—Y yo con Freddie —indicó Frankie. Remus miró a Sirius con ganas de ver qué decía.

—No sé, parece que todo está en contra. Por mucho que hayan hecho la poción, yo no creo que entren a la sala común. No lo logramos nosotros los Merodeadores, no creo que ellos lo hayan conseguido.

—¿Apuestas? —le preguntó Remus. Lily y Tonks veían interesadas la conversación de los merodeadores. Luego de un suspiro, Sirius dijo:

—Sí, apuesto.

—Nunca vas a aprender, compadre —le dijo Lily. Harry miró sorprendido a su madre, quien le aclaró—: Date cuenta cuántas apuestas se han hecho desde que estamos leyendo los libros y en cuantas ha perdido Sirius.

Harry asintió, sonriendo.

Pero Hermione los miró con expresión severa, como la que habían visto a veces adoptar a la profesora McGonagall.

La poción no nos servirá de nada si no tenemos unos pelos de Crabbe y Goyle —dijo con severidad—. Queréis interrogar a Malfoy, ¿no?

De acuerdo, de acuerdo —dijo Harry—. Pero ¿y tú? ¿A quién se lo vas a arrancar tú?

¡Yo ya tengo el mío! —dijo Hermione alegre, sacando una botellita diminuta de un bolsillo y enseñándoles un único pelo que había dentro de ella—. ¿Os acordáis de que me batí con Millicent Bulstrode en el club de duelo? ¡Al estrangularme se dejó esto en mi túnica! Y se ha ido a su casa a pasar las Navidades. Así que lo único que tengo que decirles a los de Slytherin es que he decidido volver.

Al marcharse Hermione corriendo para ver cómo iba la poción multijugos, Ron se volvió hacia Harry con una expresión fatídica.

¿Habías oído alguna vez un plan en el que pudieran salir mal tantas cosas?

—De verdad que sí —reflexionó James—, son demasiadas variables juntas.

—Esperemos a ver que ocurrió —dijo Hermione, con una enigmática sonrisa—. Percy, por favor.

Pero, para sorpresa de Harry y de Ron, la primera fase de la operación resultó tan sencilla como Hermione había supuesto. Se escondieron en el vacío vestíbulo después de la merienda de Navidad, esperando a Crabbe y a Goyle, que se habían quedado solos en la mesa de Slytherin, acometiendo cuatro porciones de bizcocho.

—Y eso que les dije que se regresaran conmigo a la sala común —mencionó Draco—, la gula los iba a matar, les dije.(1)

Harry había dejado los pasteles de chocolate en el extremo del pasamanos. Al ver a Crabbe y Goyle salir del Gran Comedor, Harry y Ron se ocultaron rápidamente detrás de una armadura, junto a la puerta principal.

¿Cuánto puede llegar uno a engordar? —susurró Ron entusiasmado al ver que Crabbe, lleno de alegría, señalaba a Goyle los pasteles y los cogía. Sonriendo de forma estúpida, se metieron los pasteles enteros en la boca. Los masticaron glotonamente durante un momento, poniendo cara de triunfo.

Luego, sin el más leve cambio en la expresión, se desplomaron de espaldas en el suelo.

Un nuevo estallido de risas se dejó escuchar en la Sala.

Lo más difícil fue arrastrarlos hasta el armario, al otro lado del vestíbulo. En cuanto los tuvieron bien escondidos entre las fregonas y los calderos, Harry arrancó un par de pelos como cerdas, de los que Goyle tenía bien avanzada la frente, y Ron arrancó a Crabbe también algunos. Les cogieron asimismo los zapatos, porque los suyos eran demasiado pequeños para el tamaño de los pies de Crabbe y Goyle. Luego, todavía aturdidos por lo que acababan de hacer, corrieron hasta los aseos de Myrtle la Llorona.

—Bien, al menos tuvieron esa previsión de los zapatos —comentó Tonks—, he visto aurores que no toman en cuenta esos detalles y fallan en una misión por errores tan estúpido como esos, de no considerar la diferencia entre su cuerpo y el que van a asumir.

Apenas podían ver nada a través del espeso humo negro que salía del retrete en que Hermione estaba removiendo el caldero. Subiéndose las túnicas para taparse la cara, Harry y Ron llamaron suavemente a la puerta.

¿Hermione?

Se oyó el chirrido del cerrojo y salió Hermione, con la cara sudorosa y una mirada inquieta. Tras ella se oía el gluglú de la poción que hervía, espesa como melaza.

Snape, Lily y Dil asintieron al mismo tiempo. Los tres había notado la perfección en el estadio final de preparación de la poción.

Sobre la taza del retrete había tres vasos de cristal ya preparados. Harry sacó el pelo de Goyle.

Bien. Y yo he cogido estas túnicas de la lavandería —dijo Hermione, enseñándoles una pequeña bolsa—. Necesitaréis tallas mayores cuando os hayáis convertido en Crabbe y Goyle.

Los tres miraron el caldero. Vista de cerca, la poción parecía barro espeso y oscuro que borboteaba lentamente.

Estoy segura de que lo he hecho todo bien —dijo Hermione, releyendo nerviosamente la manchada página de Moste Potente Potions—. Parece que es tal como dice el libro... En cuanto la hayamos bebido, dispondremos de una hora antes de volver a convertirnos en nosotros mismos.

—Así es —admitió Snape, muy a su pesar—, debo reconocer que lo hizo muy bien.

Hugo y Rose sonrieron orgullosos del logro de su madre a casi su misma edad.

¿Qué se hace ahora? —murmuró Ron.

La separamos en los tres vasos y echamos los pelos —Hermione sirvió en cada vaso una cantidad considerable de poción. Luego, con mano temblorosa, trasladó el pelo de Millicent Bulstrode de la botella al primero de los vasos.

La poción emitió un potente silbido, como el de una olla a presión, y empezó a salir muchísima espuma. Al cabo de un segundo, se había vuelto de un amarillo asqueroso.

A pesar de la tensión, algunas risas se dejaron escuchar.

Aggg..., esencia de Millicent Bulstrode —dijo Ron, mirándolo con aversión—. Apuesto a que tiene un sabor repugnante.

Echad los vuestros, venga —les dijo Hermione. Harry metió el pelo de Goyle en el vaso del medio, y Ron, el pelo de Crabbe en el último. Una y otra poción silbaron y echaron espuma, la de Goyle se volvió del color caqui de los mocos, y la de Crabbe, de un marrón oscuro y turbio.

—¡Puaj! —exclamó Kevin, mirando con grima el pergamino—, ¡qué horrible!

—Dicen, no me crean —comentó Rose—, que la poción multijugos adopta la esencia de la persona de la que se va a simular ser; mientras más pura su esencia es, mejor sabe su poción multijugos.

—Es cierto, mi niña —sonrió Hermione, mientras paseaba su mirada por los gemelos Weasley, Fleur y el propio Ron, quienes sonreían abiertamente—, silban y echan espuma igual, pero su sabor es totalmente distinto.

—¿Cómo sabes eso, mamá? —saltó Dom al ver a Fleur asentir sonriente.

—Falta bastante, pero eso se debe narrar —reflexionó Ron—, fue en el que debió ser nuestro séptimo año, ¿no, Harry?

—Así es —concluyó Harry—. Percy, si eres tan amable…

Esperad —dijo Harry, cuando Ron y Hermione cogieron sus vasos—. Será mejor que no los bebamos aquí juntos los tres: al convertirnos en Crabbe y Goyle ya no estaremos delgados. Y Millicent Bulstrode tampoco es una sílfide.

Bien pensado —dijo Ron, abriendo la puerta—. Vayamos a retretes separados.

Con mucho cuidado para no derramar una gota de poción multijugos, Harry pasó al del medio.

¿Listos? —preguntó.

¡Listos! —le contestaron las voces de Ron y Hermione.

A la una, a las dos, a las tres...

En este punto todos seguían atentamente la lectura de Percy, quien intentaba matizar su voz, sin lograrlo del todo.

Tapándose la nariz, Harry se bebió la poción en dos grandes tragos. Sabía a col muy cocida. Inmediatamente, se le empezaron a retorcer las tripas como si acabara de tragarse serpientes vivas. Se encogió y temió ponerse malo. Luego, un ardor surgido del estómago se le extendió rápidamente hasta las puntas de los dedos de manos y pies. Jadeando, se puso a cuatro patas y tuvo la horrible sensación de estarse derritiendo al notar que la piel de todo el cuerpo le quemaba como cera caliente, y antes de que los ojos y las manos le empezaran a crecer, los dedos se le hincharon, las uñas se le ensancharon y los nudillos se le abultaron como tuercas. Los hombros se le separaron dolorosamente, y un picor en la frente le indicó que el pelo se le caía sobre las cejas. Se le rasgó la túnica al ensanchársele el pecho como un barril que reventara los cinchos. Los pies le dolían dentro de unos zapatos cuatro números menos de su medida...

—¡Por los vellos faciales de Merlín! —exclamó Freddie, provocando risas— ¡Espero no tener que tomar esa poción!

—Y pensar que esa es una de las pociones más usadas por los aurores —comentó Harry—, creo haber tomado unas treinta o más durante mi época de auror en campo.

Todo concluyó tan repentinamente como había comenzado. Harry se encontró tendido boca abajo, sobre el frío suelo de piedra, oyendo a Myrtle sollozar de tristeza al fondo de los aseos. Con dificultad, se desprendió de los zapatos y se puso de pie. O sea que así se sentía uno siendo Goyle. Con una gran mano temblorosa se desprendió de su antigua túnica, que le quedaba a un palmo de los tobillos, se puso la otra y se abrochó los zapatos de Goyle, que eran como barcas. Se llevó una mano a la frente para retirarse el pelo de los ojos, y se encontró sólo con unos pelos cortos, como cerdas, que le nacían en la misma frente. Entonces comprendió que las gafas le nublaban la vista, porque obviamente Goyle no las necesitaba. Se las quitó y preguntó:

¿Estáis bien? —De su boca surgió la voz baja y áspera de Goyle.

Sí —contestó, proveniente de su derecha, el gruñido de Crabbe.

Nuevas risas se escucharon en la Sala. Draco estaba casi en el borde de la butaca.

Harry abrió su puerta y se acercó al espejo quebrado. Goyle le devolvió la mirada con ojos apagados y hundidos en las cuencas. Harry se rascó una oreja, tal como hacía Goyle.

Se abrió la puerta de Ron. Se miraron. Salvo por estar pálido y asustado, Ron era idéntico a Crabbe en todo, desde el pelo cortado con tazón hasta los largos brazos de gorila.

Es increíble —dijo Ron, acercándose al espejo y pinchando con el dedo la nariz chata de Crabbe—. Increíble.

—Papá, ¡por favor! —Rose no dejaba de reírse, imaginándose la escena—, ¡ya quiero oír como se ve mi mamá!

Hermione vio a Harry y Ron y se sonrojó violentamente.

Mejor que nos vayamos —dijo Harry, aflojándose el reloj que oprimía la gruesa muñeca de Goyle—. Aún tenemos que averiguar dónde se encuentra la sala común de Slytherin. Espero que demos con alguien a quien podamos seguir hasta allí.

—¡QUEEEÉ! —James saltó, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Así es como el plan se cae!

Ron dijo, contemplando a Harry:

No sabes lo raro que se me hace ver a Goyle pensando.

Golpeó en la puerta de Hermione.

Vamos, tenemos que irnos...

Una voz aguda le contestó:

Me... me temo que no voy a poder ir. Id vosotros sin mí.

Hermione, ya sabemos que Millicent Bulstrode es fea, nadie va a saber que eres tú.

No, de verdad... no puedo ir. Daos prisa vosotros, no perdáis tiempo.

—¡Oh, oh! —exclamaron Freddie y Frankie al mismo tiempo, mientras el resto de la Sala permanecía a la expectativa.

Harry miró a Ron, desconcertado.

Pareces Goyle —dijo Ron—. Siempre pone esta cara cuando un profesor pregunta.

Hermione, ¿estás bien? —preguntó Harry a través de la puerta.

Sí, estoy bien... Marchaos.

Harry miró el reloj. Ya habían transcurrido cinco de sus preciosos sesenta minutos.

Espera aquí hasta que volvamos, ¿vale? —dijo él.

—Les garantizo que ni me moví de ahí —indicó Hermione, totalmente colorada de la vergüenza.

Harry y Ron abrieron con cuidado la puerta de los lavabos, comprobaron que no había nadie a la vista y salieron.

No muevas así los brazos —susurró Harry a Ron.

¿Eh?

Crabbe los mantiene rígidos...

¿Así?

Sí, mucho mejor.

—Importante cuidar los detalles —volvió a indicar Tonks, impresionada.

Bajaron por la escalera de mármol. Lo que necesitaban en aquel momento era a alguien de Slytherin a quien pudieran seguir hasta la sala común, pero no había nadie por allí.

¿Tienes alguna idea? —susurró Harry.

Cuando los de Slytherin bajan a desayunar, creo que vienen de por allí —dijo Ron, señalando con un gesto de la cabeza la entrada de las mazmorras. Apenas lo había terminado de decir, cuando una chica de pelo largo rizado salió de la entrada.

Perdona —le dijo Ron, yendo deprisa hacia ella—, se nos ha olvidado por dónde se va a nuestra sala común.

Percy se sonrojó, recordando ese momento y relacionando de quién se trataba.

Me parece que no os entiendo —dijo la chica muy tiesa—. ¿Nuestra sala común? Yo soy de Ravenclaw.

—Ya lo vi todo —comentó James—, creo que alguien pierde su invicto.

Remus lo miró intrigado, mientras Sirius se sobaba las manos.

Y se alejó, volviendo recelosa la vista hacia ellos. Harry y Ron bajaron corriendo los escalones de piedra y se internaron en la oscuridad. Sus pasos resonaban muy fuerte cuando los grandes pies de Crabbe y Goyle golpeaban contra el suelo, pero temían que la cosa no resultara tan fácil como se habían imaginado. Los laberínticos corredores estaban desiertos. Fueron bajando más y más pisos, mirando constantemente sus relojes para comprobar el tiempo que les quedaba. Después de un cuarto de hora, cuando ya estaban empezando a desesperarse, oyeron un ruido delante.

¡Eh! —exclamó Ron, emocionado—. ¡Uno de ellos!

La figura salía de una sala lateral. Sin embargo, después de acercarse a toda prisa, se les cayó el alma a los pies: no se trataba de nadie de Slytherin, era Percy.

¿Qué haces aquí? —preguntó Ron, con sorpresa. Percy lo miró ofendido.

Sin embargo, en la Sala, Percy veía a su hermano entre sorprendido y orgulloso.

Eso —contestó fríamente— no es asunto de tu incumbencia. Tú eres Crabbe, ¿no?

Eh... sí —respondió Ron.

Bueno, id a vuestros dormitorios —dijo Percy con severidad—. En estos días no es muy prudente merodear por los corredores.

Pues tú lo haces —señaló Ron.

Yo —dijo Percy, dándose importancia— soy un prefecto. Nadie va a atacarme.

—Ya me parecía extraño que Crabbe me replicara tanto —comentó Percy, sonriendo—, porque él siempre es, o era, silencioso.

Draco asintió en silencio, recordando a su amigo.

Repentinamente, resonó una voz detrás de Harry y Ron. Draco Malfoy caminaba hacia ellos, y por primera vez en su vida, a Harry le encantó verlo.

Estáis ahí —dijo él, mirándolos—. ¿Os habéis pasado todo el tiempo en el Gran Comedor, poniéndoos como cerdos? Os estaba buscando, quería enseñaros algo realmente divertido —Malfoy echó una mirada fulminante a Percy—. ¿Y qué haces tú aquí, Weasley? —le preguntó con aire despectivo.

Percy se ofendió aún más.

¡Tendrías que mostrar un poco más de respeto a un prefecto! —dijo—. ¡No me gusta ese tono!

Malfoy lo miró despectivamente e indicó a Harry y a Ron que lo siguieran. A Harry casi se le escapa disculparse ante Percy, pero se dio cuenta justo a tiempo. Él y Ron salieron a toda prisa detrás de Malfoy, que les decía, mientras tomaban el siguiente corredor:

Ese Peter Weasley...

Percy —le corrigió automáticamente Ron.

—¡Ron! —exclamó James—, ¡Casi arruinas la misión!

—Y lo peor es que no me di cuenta —dijo Draco.

Como sea —dijo Malfoy—. He notado que últimamente entra y sale mucho por aquí, a hurtadillas. Y apuesto a que sé qué es lo que pasa. Cree que va a pillar al heredero de Slytherin él solito.

—No necesariamente era por eso —se le escapó a Percy, lo que le hizo sonrojarse y a los bromistas retomar el coro:

Eso es amooooooooooooorrrr.

Las risas regresaron, siendo acalladas por un Percy totalmente colorado. Audrey veía a su esposo entre divertida e incómoda; a pesar que tenían más de 16 años casados, nunca habían hablado de su vida sentimental en su época estudiantil.

Lanzó una risotada breve y burlona. Harry y Ron se cambiaron miradas de emoción. Malfoy se detuvo ante un trecho de muro descubierto y lleno de humedad.

¿Cuál es la nueva contraseña? —preguntó a Harry.

Eh... —dijo éste.

¡Ah, ya! «¡Sangre limpia!» —dijo Malfoy, sin escuchar, y se abrió una puerta de piedra disimulada en la pared. Malfoy la cruzó y Harry y Ron lo siguieron.

—Por favor —interrumpió Lily, mirando a los directores—, recuérdennos quienes son los que asignan las contraseñas a las entradas de las salas comunes.

—En Gryffindor y Slytherin, son los jefes de casa —respondió McGonagall—, para Ravenclaw es una pregunta aleatoria que hace la puerta y en Hufflepuff es acariciar un lugar específico de un cuadro. ¿Por qué la pregunta?

—¿Quién era el jefe de Slytherin ese año? —insistió Lily, sin responder la pregunta hecha. Snape la miró incómodo:

—Sí, fui yo el que decidió esa contraseña.

—No me extraña, Severus —le espetó, dolida—, de verdad ya no me extraña. Percy, por favor. Ah, ya va —levantó las manos rápidamente—. Sirius, paga tu apuesta.

—¡Verdad! —exclamó Rose, triunfante, poniendo su mano delante de Scorpius—. Paga, Scorp.

Remus, JS y Lucy hicieron lo mismo, recibiendo monedas de parte de Sirius, Freddie y Frankie, respectivamente, mientras que el resto de los más jóvenes aplaudían por la proeza de sus tíos, y James veía con orgullo desmedido a su hijo.

La sala común de Slytherin era una sala larga, semisubterránea, con los muros y el techo de piedra basta. Varias lámparas de color verdoso colgaban del techo mediante cadenas. Enfrente de ellos, debajo de la repisa labrada de la chimenea, crepitaba la hoguera, y contra ella se recortaban las siluetas de algunos miembros de la casa Slytherin, acomodados en sillas de estilo muy recargado.

Esperad aquí —dijo Malfoy a Harry y Ron, indicándoles un par de sillas vacías separadas del fuego—. Voy a traerlo. Mi padre me lo acaba de enviar.

Preguntándose qué era lo que Malfoy iba a enseñarles, Harry y Ron se sentaron, intentando aparentar que se encontraban en su casa. Malfoy volvió al cabo de un minuto, con lo que parecía un recorte de periódico. Se lo puso a Ron debajo de la nariz.

Te vas a reír con esto —dijo.

—¿Qué habrá sido lo que le causó tanta gracia? —dijo Zacharias, mientras Ron y Percy volvían a sonrojarse. Draco, sin embargo, mantenía una postura neutral, a pesar que estaba molesto con su yo de doce años.

Harry vio que Ron abría los ojos, asustado. Leyó deprisa el recorte, rio muy forzadamente y pasó el papel a Harry.

Era de El Profeta, y decía:

INVESTIGACIÓN EN EL MINISTERIO DE MAGIA

Arthur Weasley, director del Departamento Contra el Uso Indebido de la Magia, ha sido multado hoy con cincuenta galeones por embrujar un automóvil muggle.

El señor Lucius Malfoy, miembro del Consejo Escolar del Colegio Hogwarts de Magia, en donde el citado coche embrujado se estrelló a comienzos del presente curso, ha pedido hoy la dimisión del señor Weasley.

«Weasley ha manchado la reputación del Ministerio», declaró el señor Malfoy a nuestro enviado. «Es evidente que no es la persona adecuada para redactar nuestras leyes, y su ridícula Ley de defensa de los muggles debería ser retirada inmediatamente.»

El señor Weasley no ha querido hacer declaraciones, si bien su esposa amenazó a los periodistas diciéndoles que si no se marchaban, les arrojaría el fantasma de la familia.

—Despreciable Malfoy —rumió Charlie, mientras Arthur y Molly se sonrojaban y los más jóvenes veían a Draco con malestar.

¿Y bien? —dijo Malfoy impaciente, cuando Harry le devolvió el recorte—. ¿No os parece divertido?

Ja, ja —rio Harry lúgubremente.

—Sí, bueno —dijo Tonks, molesta como varios en la Sala—, hay que tratar de mantener la fachada, seguirle el juego.

Arthur Weasley tiene tanto cariño a los muggles que debería romper su varita mágica e irse con ellos —dijo Malfoy desdeñosamente—. Por la manera en que se comportan, nadie diría que los Weasley son de sangre limpia —A Ron (o, más bien, a Crabbe) se le contorsionaba la cara de la rabia—. ¿Qué te pasa, Crabbe? —dijo Malfoy bruscamente.

—Malfoy —preguntó Bill, llamando la atención de padre e hijo—, No, Scorpius, es con tu padre. ¿A ti te mandaron, o viniste solo? —le dijo eso último con un brillo en los ojos que Remus reconoció de inmediato, lo que lo puso en alerta.

—Creo que lo he dicho varias veces —expresó Draco, luego de suspirar—, pero si no lo entiendes, puedo volverlo a decir —Bill se enderezó en su butaca, manteniendo el brillo particular en sus ojos—, viví bajo la influencia de mis padres, un par de puristas, cuya consigna era despreciar a todo lo que no consideraran digno de llamarse mago, y lo primero en la lista eran los Weasley por traidores a la sangre, ¿sí? A esa edad, doce años, más o menos, y tomando en cuenta lo que había pasado y los rumores que habían, me sentía en libertad de decir todo lo que dije. Con el tiempo me di cuenta que había sido un error, mi propio padre me había manipulado, y por eso asumí mis errores, pagué por ellos y ahora intento que mi hijo no viva lo que yo viví, que por supuesto ustedes no necesitan saber y yo tampoco quiero contar. ¿Satisfecho?

—Si tú lo dices —aceptó Bill, volviendo a apoyar la espalda en la butaca, y permitiendo que Fleur lo abrazara. Victoire vio a su papá con preocupación, mientras Percy, rojo de la vergüenza, retomó la lectura.

Me duele el estómago —gruñó Ron.

Bueno, pues id a la enfermería y dadles a todos esos sangre sucia una patada de mi parte —dijo Malfoy, riéndose—. ¿Sabéis qué? Me sorprende que El Profeta aún no haya dicho nada de todos esos ataques —continuó diciendo pensativamente—. Supongo que Dumbledore está tapándolo todo. Si no para la cosa pronto, tendrá que dimitir. Mi padre dice siempre que la dirección de Dumbledore es lo peor que le ha ocurrido nunca a este colegio. Le gustan los que vienen de familia muggle. Un director decente no habría admitido nunca una basura como el Creevey ése.

Colin y Dennis miraron agriamente a Draco, quien sólo encogió los hombros.

Malfoy empezó a sacar fotos con una cámara imaginaria, imitando a Colin, cruel pero acertadamente.

Potter, ¿puedo sacarte una foto, Potter? ¿Me concedes un autógrafo? ¿Puedo lamerte los zapatos, Potter, por favor? —Bajó las manos y se quedó mirando a Harry y a Ron—. ¿Qué os pasa a vosotros dos?

Demasiado tarde, Harry y Ron se rieron a la fuerza; sin embargo, Malfoy pareció satisfecho. Quizá Crabbe y Goyle fueran siempre lentos para comprender las gracias.

—Eso es verdad, debo aceptarlo —reconoció Draco, ante la mirada cada vez más molesta de los Creevey—, por eso les pasaron las cosas que pasaron.

Se quedó callado, mirando a ninguna parte, por lo que Percy retomó la lectura.

San Potter, el amigo de los sangre sucia —dijo Malfoy lentamente—. Ése es otro de los que no tienen verdadero sentimiento de mago, de lo contrario no iría por ahí con esa sangre sucia presuntuosa que es Granger. ¡Y se creen que él es el heredero de Slytherin!

Celos, malditos celoooos —canturrearon los bromistas, entre ellos el propio Scorpius, lo que hizo que Draco lo viera con ira.

—Papá —le soltó sin permitirle reclamar—, sabes que es verdad, todo el tiempo habías estado criticando a tía Hermione por, con el perdón de la audiencia, ser una sangre sucia, pero tú sólo esperabas que el profesor Snape le quitara puntos o te los diera a ti, y poco y nada te esforzabas en estudiar, ¿o me equivoco?

Toda la sala se quedó en silencio esperando la réplica o el reclamo de Draco, pero éste, derrotado en su amor propio, tuvo que admitir:

—Tienes razón, hijo, tienes razón. Otro de mis grandes errores. Weasley, sigue, por favor.

Buena parte de la Sala se sorprendió por el tono usado por Draco.

Harry y Ron estaban con el corazón en un puño; quizás a Malfoy le faltaban unos segundos para decirles que el heredero era él. Pero en aquel momento...

Me gustaría saber quién es —dijo Malfoy, petulante—. Podría ayudarle.

A Ron se le quedó la boca abierta, de manera que la cara de Crabbe parecía aún más idiota de lo usual. Afortunadamente, Malfoy no se dio cuenta, y Harry, pensando rápido, dijo:

Tienes que tener una idea de quién hay detrás de todo esto.

Ya sabes que no, Goyle, ¿cuántas veces tengo que decírtelo? —dijo Malfoy bruscamente—. Y mi padre tampoco quiere contarme nada sobre la última vez que se abrió la Cámara de los Secretos. Aunque sucedió hace cincuenta años, y por tanto antes de su época, él lo sabe todo sobre aquello, pero dice que la cosa se mantuvo en secreto y asegura que resultaría sospechoso si yo supiera demasiado. Pero sé algo: la última vez que se abrió la Cámara de los Secretos, murió un sangre sucia. Así que supongo que sólo es cuestión de tiempo que muera otro esta vez... Espero que sea Granger —dijo con deleite. Ron apretaba los grandes puños de Crabbe.

—Me imagino —dijo Hugo—, si ahorita me gustaría saltarle encima para que respete a mi mamá.

—Draco —preguntó Hermione, en un hilo de voz—, ¿realmente me deseabas la muerte?

La expectativa se había establecido en la Sala. Draco, luego de suspirar y sentir cómo su fachada de hombre frío y calculador se partía en mil pedazos, dijo:

—En aquel exacto momento… Sí, llegué a pensarlo e incluso desearlo. Perdón.

Ron estuvo a punto de levantarse, pero Hermione lo retuvo en la butaca que ocupaban. Pero a quien no detuvieron fue a Molly, quien parándose frente a Draco, le estampó una cachetada que le enrojeció al instante la mejilla.

—Por mi nuera y mis nietos. Y sé que te mereces más, pero lo voy a dejar pasar asumiendo que lo que dijiste fue cierto y que te comportabas así por influencia de tus padres. Percy, sigue, por favor.

Dándose cuenta de que todo se echaría a perder si pegaba a Malfoy, Harry le dirigió una mirada de aviso y dijo:

¿Sabes si cogieron al que abrió la cámara la última vez?

Sí... Quienquiera que fuera, lo expulsaron —dijo Malfoy—. Aún debe de estar en Azkaban.

Hagrid se estremeció al recordar esos tristes momentos.

¿En Azkaban? —preguntó Harry, sin entender.

Claro, en Azkaban, la prisión mágica, Goyle —dijo Malfoy, mirándole, sin dar crédito a su torpeza—. La verdad es que si fueras más lento irías para atrás —Se movió nervioso en su silla y dijo:— Mi padre dice que tengo que mantenerme al margen y dejar que el heredero de Slytherin haga su trabajo. Dice que el colegio tiene que librarse de toda esa infecta sangre sucia, pero que yo no debo mezclarme. Naturalmente, él ya tiene bastantes problemas por el momento. ¿Sabéis que el Ministerio de Magia registró nuestra casa la semana pasada? —Harry intentó que la inexpresiva cara de Goyle expresara algo de preocupación—. Sí... —dijo Malfoy—. Por suerte, no encontraron gran cosa. Mi padre posee algunos objetos de Artes Oscuras muy valiosos. Pero afortunadamente nosotros también tenemos nuestra propia cámara secreta debajo del suelo del salón.

¡Ah! —exclamó Ron. Malfoy lo miró. Harry hizo lo mismo. Ron se puso rojo, incluso el pelo se le volvió un poco rojo. También se le alargó la nariz. La hora de que disponían llegaba a su fin, de forma que Ron estaba empezando a convertirse en sí mismo, y a juzgar por la mirada de horror que dirigía a Harry, a éste le estaba sucediendo lo mismo. Se pusieron de pie de un salto.

—¡Oh, oh! —los más jóvenes, preocupados por el tema de la falta de tiempo, se acomodaban al borde de sus sillas, a la expectativa.

Necesito algo para el estómago —gruñó Ron, y sin más preámbulos echaron a correr a lo largo de la sala común de Slytherin, lanzándose contra el muro de piedra y metiéndose por el corredor, y deseando desesperadamente que Malfoy no se hubiera dado cuenta de nada. Harry podía notarse los pies sueltos dentro de los grandes zapatos de Goyle, y tuvo que levantarse los bajos de la túnica al hacerse más pequeño. Subieron los escalones y llegaron al oscuro vestíbulo de entrada, en que se oían los sordos golpes que llegaban del armario en que habían encerrado a Crabbe y Goyle. Dejando los zapatos junto a la puerta del armario, subieron corriendo en calcetines hasta los lavabos de Myrtle la Llorona.

Bueno, no ha sido completamente inútil —dijo Ron, cerrando tras ellos la puerta de los aseos—. Ya sé que todavía no hemos averiguado quién ha cometido las agresiones, pero mañana voy a escribir a mi padre para decirle que miren debajo del salón de Malfoy.

—Y vaya buena requisa hicieron —comentó Ron triunfante, mientras Draco lo veía nuevamente irritado.

Harry se miró la cara en el espejo roto. Volvía a la normalidad. Se puso las gafas mientras Ron llamaba a la puerta del retrete de Hermione.

—¡Cierto! —exclamó Lucy—, ¡no han dicho que pasó con tía Hermione!

Hermione, sal, tenemos muchas cosas que contarte.

¡Marchaos! —chilló Hermione. Harry y Ron se miraron el uno al otro.

¿Qué pasa? —dijo Ron—. Tienes que estar a punto de volver a la normalidad, nosotros ya...

Pero Myrtle la Llorona salió de repente atravesando la puerta del retrete. Harry nunca la había visto tan contenta.

—¡Oh, oh! —nuevamente la angustia se instaló en buena parte de la Sala, mientras Hermione se sonrojaba a más no poder.

¡Aaaaaaaah, ya la veréis! —dijo—. ¡Es horrible!

Oyeron descorrerse el cerrojo, y Hermione salió, sollozando, tapándose la cara con la túnica.

¿Qué pasa? —preguntó Ron, vacilante—. ¿Todavía te queda la nariz de Millicent o algo así?

—Ojalá hubiera sido eso —comentó Hermione, totalmente roja.

Hermione se descubrió la cara y Ron retrocedió hasta darse en los riñones con un lavabo. Tenía la cara cubierta de pelo negro. Los ojos se le habían puesto amarillos y unas orejas puntiagudas le sobresalían de la cabeza.

¡Era un pelo de gato! —maulló—. ¡Mi-Millicent Bulstrode debe de tener un gato! ¡Y la poción no está pensada para transformarse en animal!

—¡Por un demonio! —exclamó Hugo— ¡Lo que faltaba!

—¡Hugo! ¿Qué lenguaje es ese?

—Eso es culpa de Jamie y los demás, mamá —se justificó el chico, provocando que sus primos lo vieran molestos.

¡Eh, vaya! —exclamó Ron.

Todos se van a reír de ti —dijo Myrtle, muy contenta.

No te preocupes, Hermione —se apresuró a decir Harry—. Te llevaremos a la enfermería. La señora Pomfrey no hace nunca demasiadas preguntas...

Les costó mucho trabajo convencer a Hermione de que saliera de los aseos. Myrtle la Llorona los siguió riéndose con ganas.

¡Pues ya verás cuando todos se enteren de que tienes cola!

Nuevas risas estallaron en la Sala, mientras Percy, suspirando ruidosamente, depositó el pergamino en el atril, el cual se movió hasta quedar frente a Frank, quien sólo encogió los hombros, tomó el pergamino y leyó.


Nota al pie:

(1) Lo que se narra en el one-shot Por culpa de la Gula, presentado al reto temático de Octubre 2013 "La Casa Slytherin" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black, en ffn.


Buenos días desde San Diego, Venezuela! Mientras seguimos en cuarentena por el COVID-19 (y si no lo estuviéramos también), aquí les traigo uno de los capítulos que más me gustan de este segundo año de Harry en Hogwarts, cuando logran un imposible: incursionar en la sala común de Slytherin usando poción multijugos. Las apuestas fueron y vinieron, los más jóvenes descubrieron que no sólo era un mito o una "leyenda urbana" del colegio, sino que realmente ocurrió. Rose sigue atando cabos, y no sólo en la trama principal que mantenía a Harry, Ron y Hermione ocupados. Todas las semanas lo hago, y esta no va a ser la excepción: quiero saludar a quienes leen, siguen, están alerta y comentan este relato; especialmente esta semana a lavida134 (bueno, como vimos, se lo tomaron a risa, aunque más les llamó la atención lo de volverse a colocar el Sombrero Seleccionador, y yo también estoy con dolores de cabeza, por el trabajo virtual como docente) y creativo (sí, unos padres de lujo, aunque es bueno aclarar: Ginny no fue poseída por el diablo, sino por el trozo de alma de Tom en el diario; parece igual pero no lo es, absolutamente).

Nuevamente, mi llamado es a todos a que se mantengan en su casa, no salgan si no es absolutamente necesario, y de hacerlo, tomen las previsiones recomendadas; no se sobrecarguen de información poco confiable, más bien apelen a fuentes oficiales (OMS, OPS, gremios médicos locales, periodistas altamente calificados y confiables, y fuentes del Estado); sean productivos desde su casa, pero sin caer en la sobrecarga (los dolores de cabeza no son normales), y sintonícense con la fe de su creencia. Espero que todos nos veamos (o al menos nos leamos) la semana que viene!