Harry Potter: Una lectura distinta,vol. 2

Por edwinguerrave

Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008

El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.


La Cámara de los Secretos

CAPÍTULO 14 Cornelius Fudge

—Es decir —intervino James, cuando Frank dejó de leer—, ¿a ti te expulsaron porque dijeron que tú abriste la fulana Cámara?

—Así es —gruñó Hagrid, sin levantar la mirada—. Porque Riddle dijo eso.

—Sin embargo, como le dijiste a Harry —aclaró Dumbledore—, yo conversé con el profesor Dippet para instruirte como nuestro guardabosques, labor que has ejercido de manera excepcional desde entonces. Señor Longbottom, por favor.

—El capítulo terminó —comentó Frank, mientras el atril se desplazaba hasta ubicarse delante de Audrey, quien vio sorprendida el pergamino.

—¡Qué tal! —sorprendió al hablar, pues no había intervenido en ningún momento—, este capítulo está dedicado a Cornelius Fudge.

—¿Él también tiene un capítulo sólo para él? —preguntó Sirius, casi como un grito. Otro que se alarmó fue Percy, al oir el nombre de su antiguo jefe.

Harry, Ron y Hermione siempre habían sabido que Hagrid sentía una desgraciada afición por las criaturas grandes y monstruosas. Durante el curso anterior en Hogwarts había intentado criar un dragón en su pequeña cabaña de madera, y pasaría mucho tiempo antes de que pudieran olvidar al perro gigante de tres cabezas al que había puesto por nombre Fluffy. Harry estaba seguro de que si, de niño, Hagrid se enteró de que había un monstruo oculto en algún lugar del castillo, hizo lo imposible por echarle un vistazo. Seguro que le parecía inhumano haber tenido encerrado al monstruo tanto tiempo y debía de pensar que el pobre tenía derecho a estirar un poco sus numerosas piernas.

Podía imaginarse perfectamente a Hagrid, con trece años, intentando ponerle un collar y una correa. Pero también estaba seguro de que él nunca había tenido intención de matar a nadie.

Varios sonrieron con la imagen mental que detallaba Audrey.

Harry casi habría preferido no haber averiguado el funcionamiento del diario de Riddle. Ron y Hermione le pedían constantemente que les contase una y otra vez todo lo que había visto, hasta que se cansaba de tanto hablar y de las largas conversaciones que seguían a su relato y que no conducían a ninguna parte.

A lo mejor Riddle se equivocó de culpable —decía Hermione—. A lo mejor el que atacaba a la gente era otro monstruo...

—Y no estabas muy alejada de esa idea —comentó Harry, sonriendo a su amiga.

¿Cuántos monstruos crees que puede albergar este castillo? —le preguntó Ron, aburrido.

Ya sabíamos que a Hagrid lo habían expulsado —dijo Harry, apenado—. Y supongo que entonces los ataques cesaron. Si no hubiera sido así, a Riddle no le habrían dado ningún premio.

—¿Cómo lo sabías, papá? —preguntó Al, pero Rose, su prima, golpeándose la frente le respondió:

—Por eso eres un Alburrido, se nota que no le prestaste atención a la primera conversación de tío Harry con Hagrid; después de ponerle la cola de cerdo a tío Dudley, él le dijo que no podía hacer magia porque lo habían expulsado en tercer año, pero no le dijo por qué.

Muchos Ahhh se escucharon, y Rose recibió un apretón de mano por parte de Scorpius, mientras Al, molesto, veía a su prima.

Ron intentó verlo de otro modo.

Riddle me recuerda a Percy. Pero ¿por qué tuvo que delatar a Hagrid?

El monstruo había matado a una persona, Ron —contestó Hermione.

Y Riddle habría tenido que volver al orfanato muggle si hubieran cerrado Hogwarts —dijo Harry—. No lo culpo por querer quedarse aquí.

—Me recuerda tu regalo de Navidad de ese año —comentó Ron, mirando a Harry; cambiando la voz a una que intentaba imitar a tía Petunia, dijo—: "¿Puedes preguntar si en verano también te puedes quedar en el colegio?"

Algunas risas se escucharon, mientras Lily negaba molesta.

Ron se mordió un labio y luego vaciló al decir:

Tú te encontraste a Hagrid en el callejón Knockturn, ¿verdad, Harry?

Dijo que había ido a comprar un repelente contra las babosas carnívoras —dijo Harry con presteza. Se quedaron en silencio. Tras una pausa prolongada, Hermione tuvo una idea elemental.

¿Por qué no vamos y le preguntamos a Hagrid?

Sería una visita muy cortés —dijo Ron—. Hola, Hagrid, dinos, ¿has estado últimamente dejando en libertad por el castillo a una cosa furiosa y peluda?

Estallaron nuevamente las risas, incluyendo las de Hagrid, a pesar de lo afectado que se encontraba por lo revelado en el capítulo anterior.

Al final, decidieron no decir nada a Hagrid si no había otro ataque, y como los días se sucedieron sin siquiera un susurro de la voz que no salía de ningún sitio, albergaban la esperanza de no tener que hablar con él sobre el motivo de su expulsión. Ya habían pasado casi cuatro meses desde que petrificaron a Justin y a Nick Casi Decapitado, y parecía que todo el mundo creía que el agresor, quienquiera que fuese, se había retirado, afortunadamente. Peeves se había cansado por fin de su canción ¡Oh, Potter, eres un zote!; Ernie MacMillan, un día, en la clase de Herbología, le pidió cortésmente a Harry que le pasara un cubo de hongos saltarines, y en marzo algunas mandrágoras montaron una escandalosa fiesta en el Invernadero 3. Esto puso muy contenta a la profesora Sprout.

En cuanto empiecen a querer cambiarse unas a las macetas de otras, sabremos que han alcanzado la madurez —dijo a Harry—. Entonces podremos revivir a esos pobrecillos de la enfermería.

—Al menos es un avance —suspiró Alice.

—Y sin saber lo que falta —dijo Harry, en un susurro que sólo escuchó Ginny, haciéndola estremecerse otra vez.

Durante las vacaciones de Semana Santa, los de segundo tuvieron algo nuevo en que pensar. Había llegado el momento de elegir optativas para el curso siguiente, decisión que al menos Hermione se tomó muy en serio.

Podría afectar a todo nuestro futuro —dijo a Harry y Ron, mientras repasaban minuciosamente la lista de las nuevas materias, señalándolas.

Lo único que quiero es no tener Pociones —dijo Harry.

Imposible —dijo Ron con tristeza—. Seguiremos con todas las materias que tenemos ahora. Si no, yo me libraría de Defensa Contra las Artes Oscuras.

¡Pero si ésa es muy importante! —dijo Hermione, sorprendida.

No tal como la imparte Lockhart —repuso Ron—. Lo único que me ha enseñado es que no hay que dejar sueltos a los duendecillos.

—Realmente es una semana de pesadilla —comentó Louis, provocando que muchos de los más jóvenes, que ya habían pasado este trámite, asintieran, y haciendo que los que aún no había hecho ese trámite se vieran con algo de angustia en los ojos.

Neville Longbottom había recibido carta de todos los magos y brujas de su familia, y cada uno le aconsejaba materias distintas. Confundido y preocupado, se sentó a leer la lista de las materias y les preguntaba a todos si pensaban que Aritmancia era más difícil que Adivinación Antigua. Dean Thomas, que, como Harry, se había criado con muggles, terminó cerrando los ojos y apuntando a la lista con la varita mágica, y escogió las materias que había tocado al azar. Hermione no siguió el consejo de nadie y las escogió todas.

Harry sonrió tristemente al imaginar lo que habrían dicho tío Vernon y tía Petunia si les consultara sobre su futuro de mago. Pero alguien lo ayudó: Percy Weasley se desvivía por hacerle partícipe de su experiencia.

Depende de adónde quieras llegar, Harry —le dijo—. Nunca es demasiado pronto para pensar en el futuro, así que yo te recomendaría Adivinación. La gente dice que los estudios muggles son la salida más fácil, pero personalmente creo que los magos deberíamos tener completos conocimientos de la comunidad no mágica, especialmente si queremos trabajar en estrecho contacto con ellos. Mira a mi padre, tiene que tratar todo el tiempo con muggles. A mi hermano Charlie siempre le gustó el trabajo al aire libre, así que escogió Cuidado de Criaturas Mágicas. Escoge aquello para lo que valgas, Harry.

—No fue mal consejo, papá —comentó Lucy.

—Lástima que a nosotras no nos lo diste —recalcó Molls, sorprendiendo a Percy y a Audrey, quien miró a su esposo cambiando la sonrisa inicial por un gesto de extrañeza.

—Emmmm —sólo pudo decir Percy, impactado.

Audrey esperó unos segundos, en los que algunos de los bromistas se rieron, y siguió la lectura.

Pero lo único que a Harry le parecía que se le daba realmente bien era el quidditch. Terminó eligiendo las mismas optativas que Ron, pensando que si era muy malo en ellas, al menos contaría con alguien que podría ayudarle. A Gryffindor le tocaba jugar el siguiente partido de quidditch contra Hufflepuff.

Wood los machacaba con entrenamientos en equipo cada noche después de cenar, de forma que Harry no tenía tiempo para nada más que para el quidditch y para hacer los deberes. Sin embargo, los entrenamientos iban mejor, y la noche anterior al partido del sábado se fue a la cama pensando que Gryffindor nunca había tenido más posibilidades de ganar la copa.

Pero su alegría no duró mucho. Al final de las escaleras que conducían al dormitorio se encontró con Neville Longbottom, que lo miraba desesperado.

—¿Qué pasó, papá? —Paula interrogó angustiada a su padre, quien señaló al pergamino. Ginny se estremeció nuevamente, buscando los brazos de su esposo.

Harry, no sé quién lo hizo. Yo me lo encontré...

Mirando a Harry aterrorizado, Neville abrió la puerta. El contenido del baúl de Harry estaba esparcido por todas partes. Su capa estaba en el suelo, rasgada. Le habían levantado las sábanas y las mantas de la cama, y habían sacado el cajón de la mesita y el contenido estaba desparramado sobre el colchón.

Todos estaban en silencio, sorprendidos, oyendo la cantarina voz de Audrey leer.

Harry fue hacia la cama, pisando algunas páginas sueltas de Recorridos con los trols. No podía creer lo que había sucedido. En el momento en que Neville y él hacían la cama, entraron Ron, Dean y Seamus. Dean gritó:

¿Qué ha sucedido, Harry?

No tengo ni idea —contestó. Ron examinaba la túnica de Harry. Habían dado la vuelta a todos los bolsillos.

Alguien ha estado buscando algo —dijo Ron—. ¿Qué te falta?

Harry empezó a coger sus cosas y a dejarlas en el baúl. Hasta que hubo separado el último libro de Lockhart, no se dio cuenta de qué era lo que faltaba.

Se han llevado el diario de Riddle —dijo a Ron en voz baja.

—¡Lo que faltaba! —exclamó Hugo, cuidándose de reservarse el insulto. Hermione lo miró, sin comentar nada; le recordaba tanto a Ron a su edad, impulsivo, al igual que Rose. Sus dos hijos tenían tanto de ambos...

¿Qué?

Harry señaló con la cabeza hacia la puerta del dormitorio, y Ron lo siguió. Bajaron corriendo hasta la sala común de Gryffindor, que estaba medio vacía, y encontraron a Hermione, sentada, sola, leyendo un libro titulado La adivinación antigua al alcance de todos. A Hermione la noticia la dejó aterrorizada.

Pero... sólo puede haber sido alguien de Gryffindor. Nadie más conoce la contraseña.

Ginny asintió casi imperceptiblemente, hundida como estaba en los brazos de Harry.

En efecto —confirmó Harry. Despertaron al día siguiente con un sol intenso y una brisa ligera y refrescante.

¡Perfectas condiciones para jugar al quidditch! —dijo Wood emocionado a los de la mesa de Gryffindor, llevando los platos con los huevos revueltos—. ¡Harry, levanta el ánimo, necesitas un buen desayuno!

—Ya sabemos que los Potter no comen bien antes de los juegos —aclaró Lily, a lo que varios asintieron.

Harry había estado observando la mesa abarrotada de Gryffindor, preguntándose si tendría delante de las narices al nuevo poseedor del diario de Riddle. Hermione lo intentaba convencer de que notificara el robo, pero a Harry no le gustaba la idea. Tendría que contar todo lo referente al diario a algún profesor, ¿y cuánta gente sabía por qué habían expulsado a Hagrid hacía cincuenta años? No quería ser él quien lo sacara de nuevo a la luz.

—Tienes tu punto ahí, Potter —matizó Zacharias.

Al abandonar el Gran Comedor con Ron y Hermione para ir a recoger su equipo de quidditch, otro motivo de preocupación se añadió a la creciente lista de Harry. Acababa de poner los pies en la escalera de mármol cuando oyó de nuevo aquella voz:

Matar esta vez... Déjame desgarrar... Despedazar...

—¡Otra vez! —exclamó James.

—¡Y justo cuando se desaparece el diario! —complementó Rose, a lo que Remus asintió. Hermione palideció, recordando lo que terminó pasando ese día, mientras Ginny volvía a suspirar.

Harry dio un grito, y Ron y Hermione se separaron de él asustados.

¡La voz! —dijo Harry, mirando a un lado—. Acabo de oírla de nuevo, ¿vosotros no?

Ron, con los ojos muy abiertos, negó con la cabeza. Hermione, sin embargo, se llevó una mano a la frente.

¡Harry, creo que acabo de comprender algo! ¡Tengo que ir a la biblioteca!

Y se fue corriendo por las escaleras.

—Tenía que haberme quedado con ustedes —reflexionó Hermione, pálida como un papel—, pero necesitaba corroborar algo. Y menos mal que fui —comentó, mirando sin querer a Percy, quien también había palidecido.

¿Qué habrá comprendido? —dijo Harry distraídamente, mirando alrededor, intentando averiguar de dónde podía provenir la voz.

Muchas más cosas que yo —respondió Ron, negando con la cabeza.

Pero ¿por qué habrá tenido que irse a la biblioteca?

Porque eso es lo que Hermione hace siempre —contestó Ron, encogiéndose de hombros—. Cuando le entra alguna duda, ¡a la biblioteca!

Dil no pudo evitar sonreír, mientras veía al trío, pues recordaba esa vez que Hermione intentaba ir a la biblioteca a consultar algo después de una clase de Encantamientos, pero después cambió su semblante al recordar el ataque contra Harry.

Harry se quedó indeciso, intentando volver a captar la voz, pero los alumnos empezaron a salir del Gran Comedor hablando alto, hacia la puerta principal. Iban al campo de quidditch.

Será mejor que te muevas —dijo Ron—. Son casi las once..., el partido.

Harry subió a la carrera hacia la torre de Gryffindor, cogió su Nimbus 2.000 y se mezcló con la gente que se dirigía hacia el campo de juego. Pero su mente se había quedado en el castillo, donde sonaba la voz que no salía de ningún sitio, y mientras se ponía su túnica de juego en los vestuarios, su único consuelo era saber que todos estaban allí para ver el partido.

—No todos —comentó sombríamente en un susurro, lo que hizo estremecer nuevamente a Ginny.

Los equipos saltaron al campo de juego en medio del clamor del público. Oliver Wood despegó para hacer un vuelo de calentamiento alrededor de los postes, y la señora Hooch sacó las bolas. Los de Hufflepuff, que jugaban de color amarillo canario, se habían reunido para repasar la táctica en el último minuto.

Harry acababa de montarse en la escoba cuando la profesora McGonagall llegó corriendo al campo, llevando consigo un megáfono de color púrpura.

El partido acaba de ser suspendido —gritó por el megáfono la profesora, dirigiéndose al estadio abarrotado. Hubo gritos y silbidos. Oliver Wood, con aspecto desolado, aterrizó y fue corriendo a donde estaba la profesora McGonagall sin desmontar de la escoba.

—¡Cómo! —exclamó James— ¡Jamás se ha suspendido un juego de quidditch!

—Hasta ese día, papá —recalcó Harry.

¡Pero profesora! —gritó—. Tenemos que jugar... la Copa... Gryffindor...

La profesora McGonagall no le hizo caso y continuó gritando por el megáfono:

Todos los estudiantes tienen que volver a sus respectivas salas comunes, donde les informarán los jefes de sus casas. ¡Id lo más deprisa que podáis, por favor!

Luego bajó el megáfono e hizo una seña a Harry para que se acercara.

Potter, creo que será mejor que vengas conmigo.

Preguntándose por qué sospecharía de él en aquella ocasión, Harry vio que Ron se separaba de la multitud descontenta y se unía a ellos corriendo para volver al castillo. Para sorpresa de Harry, la profesora McGonagall no se opuso.

Sí, quizá sea mejor que tú también vengas, Weasley.

—¿Por qué ustedes dos todo el tiempo? —preguntó Molly, preocupada. Rose, como usualmente pasaba, notó un detalle importante:

—¿Y dónde está mi mamá? ¿Por qué no está con ustedes?

—Espera un momento, mi niña —le respondió Ron, con voz grave.

Algunos de los estudiantes que había a su alrededor rezongaban por la suspensión del partido y otros parecían preocupados. Harry y Ron siguieron a la profesora McGonagall y, al llegar al castillo, subieron con ella la escalera de mármol. Pero esta vez no se dirigían a ningún despacho.

Esto os resultará un poco sorprendente —dijo la profesora McGonagall con voz amable cuando se acercaban a la enfermería—. Ha habido otro ataque... Un ataque doble.

Gestos de sorpresa se escucharon en la Sala. Percy y Hermione estaban pálidos y sudorosos, lo que notaron tanto Ron como Audrey.

A Harry le dio un brinco el corazón. La profesora McGonagall abrió la puerta y entraron en la enfermería.

La señora Pomfrey atendía a una muchacha de quinto curso con el pelo largo y rizado. Harry reconoció en ella a la chica de Ravenclaw a la que por error habían preguntado cómo se iba a la sala común de Slytherin. Y en la cama de al lado estaba...

¡Hermione! —gimió Ron.

Rose reaccionó al instante, abrazado a su madre, quien intentaba consolarla a pesar de lo afectada que estaba.

Hermione yacía completamente inmóvil, con los ojos abiertos y vidriosos.

Las encontraron junto a la biblioteca —dijo la profesora McGonagall—. Supongo que no podéis explicarlo. Esto estaba en el suelo, junto a ellas...

Levantó un pequeño espejo redondo. Harry y Ron negaron con la cabeza, mirando a Hermione.

—De verdad —comentó Harry—, estábamos totalmente impactados.

—Yo estaba angustiado.

Había tanta tensión en el ambiente, que ni siquiera los bromistas intervinieron.

Os acompañaré a la torre de Gryffindor —dijo con seriedad la profesora McGonagall—. De cualquier manera, tengo que hablar a los estudiantes —Al llegar a la sala común, llamó a los estudiantes y señaló—: Todos los alumnos estarán de vuelta en sus respectivas salas comunes a las seis en punto de la tarde. Ningún alumno podrá dejar los dormitorios después de esa hora. Un profesor os acompañará siempre al aula. Ningún alumno podrá entrar en los servicios sin ir acompañado por un profesor. Se posponen todos los partidos y entrenamientos de quidditch. No habrá más actividades extraescolares.

Los alumnos de Gryffindor, que abarrotaban la sala común, escuchaban en silencio a la profesora McGonagall, quien al final enrolló el pergamino que había estado leyendo y dijo con la voz entrecortada por la impresión:

No necesito añadir que rara vez me he sentido tan consternada. Es probable que se cierre el colegio si no se captura al agresor. Si alguno de vosotros sabe de alguien que pueda tener una pista, le ruego que lo diga.

La profesora salió por el agujero del retrato con cierta torpeza, e inmediatamente los alumnos de Gryffindor rompieron el silencio.

—Dudo que hubiera alguien que no lo estuviera, Minerva —comentó el profesor Flitwick, mientras la profesora Sprout afirmaba silenciosamente.

Han caído dos de Gryffindor, sin contar al fantasma, que también es de Gryffindor, uno de Ravenclaw y otro de Hufflepuff —dijo Lee Jordan, el amigo de los gemelos Weasley, contando con los dedos—. ¿No se ha dado cuenta ningún profesor de que los de Slytherin parecen estar a salvo? ¿No es evidente que todo esto proviene de Slytherin? El heredero de Slytherin, el monstruo de Slytherin... ¿Por qué no expulsan a todos los de Slytherin? —preguntó con fiereza. Hubo alumnos que asintieron y se oyeron algunos aplausos aislados.

—Era lógica simple —matizó el propio Lee, mientras Draco y Scorpius veían al moreno con distintos niveles de molestia.

Percy Weasley estaba sentado en una silla, detrás de Lee, pero por una vez no parecía interesado en exponer sus puntos de vista. Estaba pálido y parecía ausente.

Percy está asustado —dijo George a Harry en voz baja—. Esa chica de Ravenclaw..., Penélope Clearwater..., es prefecta. Supongo que Percy creía que el monstruo no se atrevería a atacar a un prefecto.

—Parece que no era sólo eso, ¿verdad, Percy? —le preguntó Audrey, sonriendo con un brillo particular en sus ojos.

—Sí, bueno… —Percy no sabía si palidecer por el recuerdo o ruborizarse por la pregunta. Sus gemelas miraban interesadas la reacción de su padre.

Pero Harry sólo escuchaba a medias. No parecía poder olvidar la imagen de Hermione, inmóvil sobre la cama de la enfermería, como esculpida en piedra. Y si no pillaban pronto al culpable, él tendría que pasar el resto de su vida con los Dursley. Tom Riddle había delatado a Hagrid ante la perspectiva del orfanato muggle si se cerraba el colegio. Harry entendía perfectamente cómo se había sentido.

—Aunque no me guste pensarlo —reconoció Harry—, pude entenderlo en ese momento.

¿Qué vamos a hacer? —preguntó Ron a Harry al oído—. ¿Crees que sospechan de Hagrid?

Tenemos que ir a hablar con él —dijo Harry, decidido—. No creo que esta vez sea él, pero si fue el que lo liberó la última vez, también sabrá llegar hasta la Cámara de los Secretos, y algo es algo.

Pero McGonagall nos ha dicho que tenemos que permanecer en nuestras torres cuando no estemos en clase...

Creo —dijo Harry, en voz todavía más baja— que ha llegado ya el momento de volver a sacar la vieja capa de mi padre.

—Oye, verdad —interrumpió James—, la pobre capa ha estado mucho tiempo guardada.

—Circunstancias extremas exigen medidas extremas, dicen por ahí —comentó Remus—, y más que estas circunstancias, no creo que haya alguna.

Harry sólo había heredado una cosa de su padre: una capa larga y plateada para hacerse invisible. Era su única posibilidad para salir a hurtadillas del colegio y visitar a Hagrid sin que nadie se enterara. Fueron a la cama a la hora habitual, esperaron a que Neville, Dean y Seamus hubieran dejado de hablar sobre la Cámara de los Secretos y se durmieran, y entonces se levantaron, volvieron a vestirse y se cubrieron con la capa.

El recorrido por los corredores oscuros del castillo no fue en absoluto agradable. Harry, que ya en ocasiones anteriores había caminado por allí de noche, no lo había visto nunca, después de la puesta del sol, tan lleno de gente: profesores, prefectos y fantasmas circulaban por los corredores en parejas, buscando cualquier detalle sospechoso. Como, a pesar de llevar la capa invisible, hacían el mismo ruido de siempre, hubo un instante especialmente tenso cuando Ron se dio un golpe en un dedo del pie, y estaban muy cerca del lugar en que Snape montaba guardia. Afortunadamente, Snape estornudó en el momento preciso en que Ron gritó. Cuando finalmente alcanzaron la puerta principal de roble y la abrieron con cuidado, suspiraron aliviados.

Snape miró ceñudo a Harry y Ron, pero no comentó nada.

Era una noche clara y estrellada. Avanzaron con rapidez guiándose por la luz de las ventanas de la cabaña de Hagrid, y no se desprendieron de la capa hasta que hubieron llegado ante la puerta.

Unos segundos después de llamar, Hagrid les abrió. Les apuntaba con una ballesta, y Fang, el perro jabalinero, ladraba furiosamente detrás de él.

¡Ah! —dijo, bajando el arma y mirándolos—. ¿Qué hacéis aquí los dos?

¿Para qué es eso? —preguntó Harry, señalando la ballesta al entrar.

Nada, nada... —susurró Hagrid—. Estaba esperando... No importa... Sentaos, prepararé té.

—Nunca es malo estar prevenido —comentó Hagrid, con voz pesada, recordando ese momento.

Parecía que apenas sabía lo que hacía. Casi apagó el fuego al derramar agua de la tetera metálica, y luego rompió la de cerámica de puros nervios al golpearla con la mano.

¿Estás bien, Hagrid? —dijo Harry—. ¿Has oído lo de Hermione?

¡Ah, sí, claro que lo he oído! —dijo Hagrid con la voz entrecortada. Miró por la ventana, nervioso. Les sirvió sendas jarritas llenas sólo de agua hirviendo (se le había olvidado poner las bolsitas de té). Cuando les estaba poniendo en un plato un trozo de pastel de frutas, aporrearon la puerta.

Se le cayó el pastel. Harry y Ron intercambiaron miradas de pánico, se echaron encima la capa para hacerse invisibles y se retiraron a un rincón oculto. Tras asegurarse de que no se les veía, Hagrid cogió la ballesta y fue otra vez a abrir la puerta.

Todos en la Sala, quienes no habían vivido en persona estos sucesos, seguían ansiosos la narración de Audrey.

Buenas noches, Hagrid.

Era Dumbledore. Entró, muy serio, seguido por otro individuo de aspecto muy raro. El desconocido era un hombre bajo y corpulento, con el pelo gris alborotado y expresión nerviosa. Llevaba una extraña combinación de ropas: traje de raya diplomática, corbata roja, capa negra larga y botas púrpura acabadas en punta. Sujetaba bajo el brazo un sombrero hongo verde lima.

¡Es el jefe de mi padre! —musitó Ron—. ¡Cornelius Fudge, el ministro de Magia!

—El ministro más chapucero que ha existido —comentó Sirius, a lo que Percy asintió, derrotado:

—Aunque el señor Fudge fue un buen Ministro, se encontró en una época difícil.

—Sin embargo, Percy —comentó Bill—, tienes que admitir que tenía sus problemas. Cuñada —le dijo a Audrey, para evitar la réplica de Percy—, por favor.

Percy suspiró molesto, mientras Audrey sonreía.

Harry dio un codazo a Ron para que se callara. Hagrid estaba pálido y sudoroso. Se dejó caer abatido en una de las sillas y miró a Dumbledore y luego a Cornelius Fudge.

¡Feo asunto, Hagrid! —dijo Fudge, telegráficamente—. Muy feo. He tenido que venir. Cuatro ataques contra hijos de muggles. El Ministerio tiene que intervenir.

Yo nunca... —dijo Hagrid, mirando implorante a Dumbledore—. Usted sabe que yo nunca, profesor Dumbledore, señor...

Quiero que quede claro, Cornelius, que Hagrid cuenta con mi plena confianza —dijo Dumbledore, mirando a Fudge con el entrecejo fruncido.

Mira, Albus —dijo Fudge, incómodo—. Hagrid tiene antecedentes. El Ministerio tiene que hacer algo... El consejo escolar se ha puesto en contacto...

—Antecedentes que, como sabemos ahora, fueron manipulados —indicó Harry, molesto.

Aun así, Cornelius, insisto en que echar a Hagrid no va a solucionar nada —dijo Dumbledore. Los ojos azules le brillaban de una manera que Harry no había visto nunca.

Míralo desde mi punto de vista —dijo Fudge, cogiendo el sombrero y haciéndolo girar entre las manos—. Me están presionando. Tengo que acreditar que hacemos algo. Si se demuestra que no fue Hagrid, regresará y no habrá más que decir. Pero tengo que llevármelo. Tengo que hacerlo. Si no, no estaría cumpliendo con mi deber...

—Chapucero —volvió a indicar Sirius.

¿Llevarme? —dijo Hagrid, temblando—. ¿Llevarme adónde?

Sólo por poco tiempo —dijo Fudge, evitando los ojos de Hagrid—. No se trata de un castigo, Hagrid, sino más bien de una precaución. Si atrapamos al culpable, a usted se le dejará salir con una disculpa en toda regla.

¿No será a Azkaban? —preguntó Hagrid con voz ronca. Antes de que Fudge pudiera responder, llamaron con fuerza a la puerta. Abrió Dumbledore. Ahora fue Harry quien recibió un codazo en las costillas, porque había dejado escapar un grito ahogado bien audible.

—Harry —dijo Tonks—, a veces cometías errores que harían que un auror encubierto se delatara. Claro —matizó al ver que Harry iba a replicar—, entiendo que tenías doce años y estaban angustiados. Quizás por eso les reconozco todo el valor de estar escondidos allí.

El señor Lucius Malfoy entró en la cabaña de Hagrid con paso decidido, envuelto en una capa de viaje negra y con una gélida sonrisa de satisfacción. Fang se puso a aullar.

¡Ah, ya está aquí, Fudge! —dijo complacido al entrar—. Bien, bien...

¿Qué hace usted aquí? —le dijo Hagrid furioso—. ¡Salga de mi casa!

Créame, buen hombre, que no me produce ningún placer entrar en esta... ¿la ha llamado casa? —repuso Lucius Malfoy contemplando la cabaña con desprecio—. Simplemente, he ido al colegio y me han dicho que el director estaba aquí.

¿Y qué es lo que quiere de mí, exactamente, Lucius? —dijo Dumbledore. Hablaba cortésmente, pero aún tenía los ojos azules llenos de furia.

—Era impresionante verlo —comentó Ron. Harry asintió en silencio.

Es lamentable, Dumbledore —dijo perezosamente el señor Malfoy, sacando un rollo de pergamino—, pero el consejo escolar ha pensado que es hora de que usted abandone. Aquí traigo una orden de cese, y aquí están las doce firmas. Me temo que este asunto se le ha escapado de las manos. ¿Cuántos ataques ha habido ya? Otros dos esta tarde, ¿no es cierto? A este ritmo, no quedarán en Hogwarts alumnos de familia muggle, y todos sabemos el gran perjuicio que ello supondría para el colegio.

—Cosa que le convenía a Lucius —aseguró Sirius, quien recibió una mirada dura por parte de Draco.

¿Qué? ¡Vaya, Lucius! —dijo Fudge, alarmado—, Dumbledore cesado... No, no..., lo último que querría, precisamente ahora...

El nombramiento y el cese del director son competencia del consejo escolar, Fudge —dijo con suavidad el señor Malfoy—. Y como Dumbledore no ha logrado detener las agresiones...

Pero, Lucius, si Dumbledore no ha logrado detenerlas —dijo Fudge, que tenía el labio superior empapado en sudor—, ¿quién va a poder?

Ya se verá —respondió el señor Malfoy con una desagradable sonrisa—. Pero como los doce hemos votado...

—O sea —saltó Frank—, que Malfoy esperaba que cualquier otro, que no fuera Dumbledore, detuviera los ataques, ¿o me equivoco?

—O que los ataques se incrementaran a tal nivel que incluso se dieran víctimas mortales —consideró sombríamente Charlie.

—Parece que alguno de los dos tiene razón —dijo Dumbledore, inclinando la cabeza.

Pero los ánimos no estaban para apuestas. Audrey, después de tomar un poco de agua, siguió la lectura.

Hagrid se levantó de un salto, y su enredada cabellera negra rozó el techo.

¿Y a cuántos ha tenido que amenazar y chantajear para que accedieran, eh, Malfoy? —preguntó.

Muchacho, muchacho, por Dios, este temperamento suyo le dará un disgusto un día de éstos —dijo Malfoy—. Me permito aconsejarle que no grite de esta manera a los carceleros de Azkaban. No creo que se lo tomen a bien.

¡Puede quitar a Dumbledore! —chilló Hagrid, y Fang, el perro jabalinero, se encogió y gimoteó en su cesta—. ¡Lléveselo, y los alumnos de familia muggle no tendrán ni una oportunidad! ¡Y habrá más asesinatos!

—Lo que dije —ratificó Charlie.

Cálmate, Hagrid —le dijo bruscamente Dumbledore. Luego se dirigió a Lucius Malfoy—. Si el consejo escolar quiere mi renuncia, Lucius, me iré.

Pero... —tartamudeó Fudge.

¡No! —gimió Hagrid.

Dumbledore no había apartado sus vivos ojos azules de los ojos fríos y grises de Malfoy.

Sin embargo —dijo Dumbledore, hablando muy claro y despacio, para que todos entendieran cada una de sus palabras—, sólo abandonaré de verdad el colegio cuando no me quede nadie fiel. Y Hogwarts siempre ayudará al que lo pida.

Durante un instante, Harry estuvo convencido de que Dumbledore les había guiñado un ojo, mirando hacia el rincón donde Ron y él estaban ocultos.

—Y aún creo que así fue —dijo Harry, viendo al anciano profesor sonreír e inclinar su cabeza.

Admirables sentimientos —dijo Malfoy, haciendo una inclinación—. Todos echaremos de menos su personalísima forma de dirigir el centro, Albus, y sólo espero que su sucesor consiga evitar los... asesinatos.

—Lo que yo comenté —mencionó Frank.

Se dirigió con paso decidido a la puerta de la cabaña, la abrió, saludó a Dumbledore con una inclinación y le indicó que saliera. Fudge esperaba, sin dejar de manosear su sombrero, a que Hagrid pasara delante, pero Hagrid no se movió, sino que respiró hondo y dijo pausadamente:

Si alguien quisiera desentrañar este embrollo, lo único que tendría que hacer es seguir a las arañas. Ellas lo conducirían. Eso es todo lo que tengo que decir. —Fudge lo miró extrañado—. De acuerdo, ya voy —añadió, poniéndose el abrigo de piel de topo. Cuando estaba a punto de seguir a Fudge por la puerta, se detuvo y dijo en voz alta—: Y alguien tendrá que darle de comer a Fang mientras estoy fuera.

La puerta se cerró de un golpe y Ron se quitó la capa invisible.

En menudo embrollo estamos metidos —dijo con voz ronca—. Sin Dumbledore. Podrían cerrar el colegio esta misma noche. Sin él, habrá un ataque cada día.

Fang se puso a aullar, arañando la puerta.

—Y no sólo eso —comentó Rose—, si la clave era seguir a las arañas, mi papá la iba a pasar muy mal.

—Vaya que sí —dijo Ron, estremeciéndose.

—Acá terminó el capítulo —indicó Audrey, colocando el pergamino en el atril, el cual se desvaneció. La voz de la Sala indicó:

—Debido a que quedan cuatro capítulos, sugerimos tomar un descanso para reponer fuerzas, conversar sobre lo leído y prepararse para el cierre de este año.

Las mujeres que se encargaban de la cocina, a excepción de Ginny, se dirigieron a la cocina, donde ya se oía el trasteo de los elfos domésticos. Harry vio cómo su esposa se dirigía a la habitación-casa de Grimmauld Place, por lo que apuró el paso, y la alcanzó al momento que entraba.

—Harry —le comentó al sentirlo a su espalda, aunque no se volteó—, no quiero que se lean estos capítulos que faltan.

—Ojalá pudiera evitarlo, Ginny —dijo mientras la abrazaba. La voz de la Sala, audible sólo para la pareja, indicó:

—Como saben, todos los capítulos serán leídos. Entendemos que hay pasajes muy duros —Ginny suspiró, derrotada—, pero confiamos en que, al aclararse cada pasaje, todos los presentes comprenderán las motivaciones o causas que provocaron esos acontecimientos.

—Insisto, no quiero que mis hijos me juzguen mal.

—No lo hicieron anoche, cuando hablaste con ellos; mucho menos lo harán cuando conozcan los detalles. Además —la obligó a voltearse—, no conozco una mujer más valiente y comprometida que tú.

Le dio un beso lento e intenso, que la hizo suspirar. Cuando abrieron los ojos, Harry vio que Ginny dejó caer una lágrima, aunque sonreía.

—Vamos —le dijo—, debería estar ayudando en la cocina.

Pero cuando salieron, ya la gran mayoría de los presentes estaba tomando asiento ante las mesas, donde los alimentos invitaban a compartir.


Felices Pascuas de Resurrección desde San Diego, Venezuela! Que la pandemia no os quite la alegría de saber que hoy celebramos la victoria sobre la muerte, en la Resurrección de Jesucristo, el Cordero Pascual! Como todo domingo, aquí les traigo un capítulo duro, en el cual se conjugan, en tres actos, la desaparición del diario de Tom Riddle, el ataque doble a Penélope y Hermione y la visita a Hagrid, con todo lo que implica. Ginny, nuevamente, teme por la posibilidad de ser juzgada por lo vivido, y de alguna manera tiene razón, aunque, como dijo Harry, sus hijos estaban con ella, una mujer valiente y comprometida. Así como estoy comprometido a traerles cada domingo esta lectura "distinta". Saludo, como es usual, a quienes leen, siguen, tienen como favorito, están alerta, y comentan este relato, como es el caso, nuevamente, de creativo (El "tabú" es más tarde; y Rose tiene muchísimo de su padre, si recuerdas el interludio de presentación en el vol. 1 se menciona). Este es el momento en que NO se puede bajar la guardia en cuanto a la prevención por el COVID-19: mejor quedarse en casa si no es estrictamente necesario salir; si hay que salir, tomar las medidas de prevención, como el uso de tapabocas o mascarilla, lavarse constantemente las manos o al menos usar alcohol o gel alcoholado; estar atentos a cualquier síntoma sospechoso, y especialmente, atender las recomendaciones que provengan de fuentes certificadas. Espero que nos podamos encontrar el próximo domingo, y así sucesivamente!