Harry Potter: Una lectura distinta, vol. 2
Por edwinguerrave
Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008
El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.
La Cámara de los Secretos
CAPÍTULO 18 La Recompensa de Dobby
—Al menos ya estaban en sitio seguro —comentó Lily, suspirando mientras James la abrazaba.
—Lo que pasó después —dijo Bill, colocando el pergamino en el atril—, será leído por otro.
El atril se movió hasta colocarse delante de Astoria, quien extrañada, vio a los presentes en la Sala.
—¡Vaya! —exclamó al abrir el pergamino—, ¿qué será La recompensa de Dobby?
Harry sonrió y Draco, fijando su mirada en el trío, frunció el ceño.
Hubo un momento de silencio cuando Harry, Ron, Ginny y Lockhart aparecieron en la puerta, llenos de barro, suciedad y, en el caso de Harry, sangre. Luego alguien gritó:
—¡Ginny!
Era la señora Weasley, que estaba llorando delante de la chimenea. Se puso en pie de un salto, seguida por su marido, y se abalanzaron sobre su hija.
Harry, sin embargo, miraba detrás de ellos. El profesor Dumbledore estaba ante la repisa de la chimenea, sonriendo, junto a la profesora McGonagall, que respiraba con dificultad y se llevaba una mano al pecho. Fawkes pasó zumbando cerca de Harry para posarse en el hombro de Dumbledore. Sin apenas darse cuenta, Harry y Ron se encontraron atrapados en el abrazo de la señora Weasley.
—Realmente me sorprendió —comentó Harry, sonrojado—, me había quedado pensando en lo que nos había dicho la noche de su salida, profesor Dumbledore.
—Me di cuenta, Harry —admitió sonriendo el antiguo director.
—¡La habéis salvado! ¡La habéis salvado! ¿Cómo lo hicisteis?
—Creo que a todos nos encantaría enterarnos —dijo con un hilo de voz la profesora McGonagall.
La señora Weasley soltó a Harry, que dudó un instante, luego se acercó a la mesa y depositó encima el Sombrero Seleccionador, la espada con rubíes incrustados y lo que quedaba del diario de Ryddle.
Harry empezó a contarlo todo. Habló durante casi un cuarto de hora, mientras los demás lo escuchaban absortos y en silencio. Contó lo de la voz que no salía de ningún sitio; que Hermione había comprendido que lo que él oía era un basilisco que se movía por las tuberías; que él y Ron siguieron a las arañas por el bosque; que Aragog les había dicho dónde había matado a su víctima el basilisco; que había adivinado que Myrtle la Llorona había sido la víctima, y que la entrada a la Cámara de los Secretos podía encontrarse en los aseos...
—Muy bien —señaló la profesora McGonagall, cuando Harry hizo una pausa—, así que averiguasteis dónde estaba la entrada, quebrantando un centenar de normas, añadiría yo. Pero ¿cómo demonios conseguisteis salir con vida, Potter?
—Buena pregunta, profesora —comentó Lily, mientras miraba a Harry sonrojarse nuevamente.
Así que Harry, con la voz ronca de tanto hablar, les relató la oportuna llegada de Fawkes y del Sombrero Seleccionador, que le proporcionó la espada. Pero luego titubeó. Había evitado hablar sobre la relación entre el diario de Ryddle y Ginny. Ella apoyaba la cabeza en el hombro de su madre, y seguía derramando silenciosas lágrimas por las mejillas. ¿Y si la expulsaban?, pensó Harry aterrorizado. El diario de Ryddle no serviría ya como prueba, pues había quedado inservible... ¿cómo podrían demostrar que era el causante de todo?
—Entiendo —indicó McGonagall, asintiendo lentamente—, no era una decisión fácil, sabiendo de quien se trataba.
Muchos estuvieron de acuerdo, por lo que Astoria continuó leyendo.
Instintivamente, Harry miró a Dumbledore, y éste esbozó una leve sonrisa. La hoguera de la chimenea hacía brillar sus lentes de media luna.
—Lo que más me intriga —dijo Dumbledore amablemente—, es cómo se las arregló lord Voldemort para embrujar a Ginny, cuando mis fuentes me indican que actualmente se halla oculto en los bosques de Albania.
Harry se sintió maravillosamente aliviado.
—No lo dudo, papá —comentó Al, mirando a sus padres.
—¿Qué... qué? —preguntó el señor Weasley con voz atónita—. ¿Sabe qui-quién? ¿Ginny embrujada? Pero Ginny no ha... Ginny no ha sido... ¿verdad?
—Fue el diario —dijo inmediatamente Harry, cogiéndolo y enseñándoselo a Dumbledore—. Ryddle lo escribió cuando tenía dieciséis años.
Dumbledore cogió el diario que sostenía Harry y examinó minuciosamente sus páginas quemadas y mojadas.
—Soberbio —dijo con suavidad—. Por supuesto, él ha sido probablemente el alumno más inteligente que ha tenido nunca Hogwarts —Se volvió hacia los Weasley, que lo miraban perplejos—. Muy pocos saben que lord Voldemort se llamó antes Tom Ryddle. Yo mismo le di clase, hace cincuenta años, en Hogwarts. Desapareció tras abandonar el colegio... Recorrió el mundo..., profundizó en las Artes Oscuras, tuvo trato con los peores de entre los nuestros, acometió peligros, transformaciones mágicas, hasta tal punto que cuando resurgió como lord Voldemort resultaba irreconocible. Prácticamente nadie relacionó a lord Voldemort con el muchacho inteligente y encantador que recibió aquí el Premio Anual.
Los mayores que no manejaban esa información miraban intrigados a Dumbledore, quien asentía en silencio. Los más jóvenes, a pesar de la emoción de saber que lo habían derrotado, seguían expectantes la lectura.
—Pero Ginny —dijo la señora Weasley—. ¿Qué tiene que ver nuestra Ginny con él?
—¡Su... su diario! —dijo Ginny entre sollozos—. He estado escribiendo en él, y me ha estado contestando durante todo el curso...
—¡Ginny! —exclamó su padre, atónito—. ¿No te he enseñado una cosa? ¿Qué te he dicho siempre? No confíes en cosas que tengan la capacidad de pensar pero de las cuales no sepas dónde tienen el cerebro. ¿Por qué no me enseñaste el diario a mí o a tu madre? Un objeto tan sospechoso como ése, ¡tenía que ser cosa de magia negra!
—Tienes razón, papá —dijo Ginny, bajando la mirada—, simplemente no sabía que era un peligro.
—Casi lo mismo que respondiste ese día —mencionó Astoria, al adelantarse en la lectura:
—No..., no lo sabía —sollozó Ginny—. Lo encontré dentro de uno de los libros que me había comprado mamá. Pensé que alguien lo había dejado allí y se le había olvidado...
—Te aseguro que quien lo puso ahí lo hizo con toda intención —dijo Ron—, ¿verdad, Draco?
—¡Claro! —saltó Rose—, ¡Tío Harry nos lo dijo! ¿Recuerdan? Cuando el abuelo Arthur estaba leyendo su pelea con el señor Malfoy. Tío Harry dijo "tomen en cuenta ese detalle, especialmente tú, Ginny", después yo pregunté "¿Qué Malfoy todavía tenía el viejo libro de transformación en la mano?, ¿y que después fue que se lo dio a la tía Ginny?", y tío Harry terminó diciendo "Exacto. Creo que es crucial para entender mucho de este año".
Muchos abrieron los ojos, entre sorprendidos por la referencia como impresionados por la memoria fotográfica de Rose. Draco, sin embargo, permanecía inmutable.
—La señorita Weasley debería ir directamente a la enfermería —terció Dumbledore con voz firme—. Para ella ha sido una experiencia terrible. No habrá castigo. Lord Voldemort ha engañado a magos más viejos y más sabios —Fue a abrir la puerta—. Reposo en cama y tal vez un tazón de chocolate caliente. A mí siempre me anima —añadió, guiñándole un ojo bondadosamente—. La señora Pomfrey estará todavía despierta. Debe de estar dando zumo de mandrágora a las víctimas del basilisco. Seguramente despertarán de un momento a otro.
—¡Así que Hermione está bien! —dijo Ron con alegría.
Los aplausos se escucharon, mientras Hermione y Colin, sonriendo, se sonrojaban. Enseguida, el coro de bromistas retomó impulso:
—Eso es amoooooooooooorrrrr —provocando el sonrojo "marca Weasley" de Ron.
—No les han causado un daño irreversible —dijo Dumbledore.
La señora Weasley salió con Ginny, y el padre iba detrás, todavía muy impresionado.
—¿Sabes, Minerva? —dijo pensativamente el profesor Dumbledore a la profesora McGonagall—, creo que esto se merece un buen banquete. ¿Te puedo pedir que vayas a avisar a los de la cocina?
—Bien —dijo resueltamente la profesora McGonagall, encaminándose también hacia la puerta—, te dejaré para que ajustes cuentas con Potter y Weasley.
—¡Oh, oh! —los bromistas, quienes esperaban comentar lo de un banquete a deshoras, se espantaron ante este comentario.
—Eso es —dijo Dumbledore. Salió, y Harry y Ron miraron a Dumbledore dubitativos. ¿Qué había querido decir exactamente la profesora McGonagall con aquello de «ajustar cuentas»? ¿Acaso los iban a castigar?
—Creo recordar que os dije que tendría que expulsaros si volvíais a quebrantar alguna norma del colegio —dijo Dumbledore. Ron abrió la boca horrorizado—. Lo cual demuestra que todos tenemos que tragarnos nuestras palabras alguna vez —prosiguió Dumbledore, sonriendo—. Recibiréis ambos el Premio por Servicios Especiales al Colegio y... veamos..., sí, creo que doscientos puntos para Gryffindor por cada uno.
Snape miró a Dumbledore con una mirada peor que la del inicio de ese año, mientras Ron y Harry eran abrazados por sus hijos, y los demás jóvenes aplaudían la gesta.
Ron se puso tan sonrosado como las flores de San Valentín de Lockhart, y volvió a cerrar la boca.
—Pero hay alguien que parece que no dice nada sobre su participación en la peligrosa aventura —añadió Dumbledore—. ¿Por qué esa modestia, Gilderoy?
Harry dio un respingo. Se había olvidado por completo de Lockhart. Se volvió y vio que estaba en un rincón del despacho, con una vaga sonrisa en el rostro. Cuando Dumbledore se dirigió a él, Lockhart miró con indiferencia para ver quién le hablaba.
—Profesor Dumbledore —dijo Ron enseguida—, hubo un accidente en la Cámara de los Secretos. El profesor Lockhart…
—¿Soy profesor? —preguntó sorprendido—. ¡Dios mío! Supongo que seré un inútil, ¿no?
—Al menos lo reconoció —comentó Neville, esta vez con una de sus más grandes sonrisas en el rostro.
—... intentó hacer un embrujo desmemorizante y el tiro le salió por la culata —explicó Ron a Dumbledore tranquilamente.
—Hay que ver —dijo Dumbledore, moviendo la cabeza de forma que le temblaba el largo bigote plateado—, ¡herido con su propia espada, Gilderoy!
—Sí —comentó Dumbledore al ver que muchos lo miraban sorprendidos—, tuve la oportunidad durante esos días de suspensión de visitar al menos dos lugares de los citados en los libros de Gilderoy y conocer de primera mano que no había sido él quien había logrado los éxitos narrados en sus libros; y al restaurar la memoria de varios entendí lo que había hecho realmente.
Algunos abrieron sus ojos en gesto de sorpresa, mientras que quienes lo conocieron asentían en silencio.
—¿Espada? —dijo Lockhart con voz tenue—. No, no tengo espada. Pero este chico sí tiene una —señaló a Harry—. Él se la podrá prestar.
—¿Te importaría llevar también al profesor Lockhart a la enfermería? —dijo Dumbledore a Ron—. Quisiera tener unas palabras con Harry.
Lockhart salió. Ron miró con curiosidad a Harry y Dumbledore mientras cerraba la puerta. Dumbledore fue hacia una de las sillas que había junto al fuego.
—Siéntate, Harry —dijo, y Harry tomó asiento, incomprensiblemente azorado—. Antes que nada, Harry, quiero darte las gracias —dijo Dumbledore, parpadeando de nuevo—. Debes de haber demostrado verdadera lealtad hacia mí en la cámara. Sólo eso puede hacer que acuda Fawkes.
Acarició al fénix, que agitaba las alas posado sobre una de sus rodillas. Harry sonrió con embarazo cuando Dumbledore lo miró directamente a los ojos.
—Como siempre me pasaba —admitió Harry—, no sé por qué me incomodaba su mirada.
—Dicen que "los ojos son los espejos del alma" —comentó Naira, mientras tomaba la mano de Zacharias—, es posible pensar que sentías que el profesor veía a través de tus ojos tu alma, o algo así.
Ambos, Harry y Dumbledore, asinteron en silencio, permitiendo a Astoria continuar con la lectura.
—Así que has conocido a Tom Ryddle —dijo Dumbledore pensativo—. Imagino que tendría mucho interés en verte.
De pronto, Harry mencionó algo que le reconcomía:
—Profesor Dumbledore... Ryddle dijo que yo soy como él. Una extraña afinidad, dijo...
—¿De verdad? —preguntó Dumbledore, mirando a un Harry pensativo, por debajo de sus espesas cejas plateadas—. ¿Y a ti qué te parece, Harry?
—¡Me parece que no soy como él! —contestó Harry, más alto de lo que pretendía—. Quiero decir que yo..., yo soy de Gryffindor, yo soy... —Pero calló. Resurgía una duda que le acechaba—. Profesor —añadió después de un instante—, el Sombrero Seleccionador me dijo que yo... haría un buen papel en Slytherin. Todos creyeron un tiempo que yo era el heredero de Slytherin, porque sé hablar pársel...
—Definitivamente, papá —comentó JS—, no te lo podías sacar de la cabeza.
—No era sencillo, Jamie —le dijo Harry—, pregúntale a Al si no le pasa lo mismo, o al mismo Neville, o a tu tía Hermione.
JS, desarmado de argumentos, sólo encogió los hombros.
—Tú sabes hablar pársel, Harry —dijo tranquilamente Dumbledore—, porque lord Voldemort, que es el último descendiente de Salazar Slytherin, habla pársel. Si no estoy muy equivocado, él te transfirió algunos de sus poderes la noche en que te hizo esa cicatriz. No era su intención, seguro...
—¿Voldemort puso algo de él en mí? —preguntó Harry, atónito.
—Eso parece.
—Pero ya no lo tienes, ¿verdad, papá? —le preguntó Lilu, algo angustiada.
—Por supuesto que no, mi princesa —le respondió mientras la atraía hacia sí y la abrazaba—, desde hace mucho tiempo.
—Así que yo debería estar en Slytherin —dijo Harry, mirando con desesperación a Dumbledore—. El Sombrero Seleccionador distinguió en mí poderes de Slytherin y...
—Te puso en Gryffindor —dijo Dumbledore reposadamente—. Escúchame, Harry. Resulta que tú tienes muchas de las cualidades que Slytherin apreciaba en sus alumnos, que eran cuidadosamente escogidos: su propio y rarísimo don, la lengua pársel..., inventiva..., determinación..., un cierto desdén por las normas —añadió, mientras le volvía a temblar el bigote—. Pero aun así, el sombrero te colocó en Gryffindor. Y tú sabes por qué. Piensa.
—Porque se lo pediste, papá —comentó Al—, así como yo hice, o el tío Neville.
—Me colocó en Gryffindor —dijo Harry con voz de derrota—, solamente porque yo le pedí no ir a Slytherin...
Al sólo sonrió, encogiendo sus hombros.
—Exacto —dijo Dumbledore, volviendo a sonreír—. Eso es lo que te diferencia de Tom Ryddle. Son nuestras elecciones, Harry, las que muestran lo que somos, mucho más que nuestras habilidades —Harry estaba en su silla, atónito e inmóvil—. Si quieres una prueba de que perteneces a Gryffindor, te sugiero que mires esto con más detenimiento.
Dumbledore se acercó al escritorio de la profesora McGonagall, cogió la espada ensangrentada y se la pasó a Harry. Sin mucho ánimo, Harry le dio la vuelta y vio brillar los rubíes a la luz del fuego. Y luego vio el nombre grabado debajo de la empuñadura: Godric Gryffindor.
— Sólo un verdadero miembro de Gryffindor podría haber sacado esto del sombrero, Harry —dijo simplemente Dumbledore.
—No sacabas un conejo —comentó Louis, sonriendo—, pero sí la espada de Gryffindor.
Este comentario provocó risas en el grupo, ya más relajado.
Durante un minuto, ninguno de los dos dijo nada. Luego Dumbledore abrió uno de los cajones del escritorio de la profesora McGonagall y sacó de él una pluma y un tintero.
—Lo que necesitas, Harry, es comer algo y dormir. Te sugiero que bajes al banquete, mientras escribo a Azkaban: necesitamos que vuelva nuestro guarda. Y tengo que redactar un anuncio para El Profeta, además —añadió pensativo—. Necesitamos un nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Vaya, parece que no nos duran nada, ¿verdad?
—Realmente —comentó Teddy, mientras tomaba la mano de Victoire—, parece que ese puesto estaba embrujado o algo así.
—Algo así —respondió McGonagall.
—Y seguro los libros nos lo dirá —mencionó Harry—, porque recuerdo haberlo hablado con el profesor Dumbledore en algún momento.
Harry se levantó y se dispuso a salir. Pero apenas tocó el pomo de la puerta, ésta se abrió tan bruscamente que pego contra la pared y rebotó. Lucius Malfoy estaba allí, con el semblante furioso; y también Dobby, encogido de miedo y cubierto de vendas.
—Buenas noches, Lucius —dijo Dumbledore amablemente. El señor Malfoy casi derriba a Harry al entrar en el despacho. Dobby lo seguía detrás, pegado a su capa, con una expresión de terror.
—¿Y ese que hace ahí? —preguntó James, llenándose de ira.
—Ya vas a ver, papá —respondió misteriosamente Harry, lo que provocó silencio.
—¡Vaya! —dijo Lucius Malfoy, fijos en Dumbledore sus fríos ojos—. Ha vuelto. El consejo escolar lo ha suspendido de sus funciones, pero aun así, usted ha considerado conveniente volver.
—Bueno, Lucius, verá —dijo Dumbledore, sonriendo serenamente—, he recibido una petición de los otros once representantes. Aquello parecía un criadero de lechuzas, para serle sincero. Cuando recibieron la noticia de que la hija de Arthur Weasley había sido asesinada, me pidieron que volviera inmediatamente. Pensaron que, a pesar de todo, yo era el hombre más adecuado para el cargo. Además, me contaron cosas muy curiosas. Algunos incluso decían que usted les había amenazado con echar una maldición sobre sus familias si no accedían a destituirme.
El señor Malfoy se puso aún más pálido de lo habitual, pero seguía con los ojos cargados de furia.
En la Sala, Draco miraba el pergamino igualmente pálido, mientras Scorpius y Christina miraban resignados a su padre.
—¿Así que... ha puesto fin a los ataques? —dijo con aire despectivo—. ¿Ha encontrado al culpable?
—Lo hemos encontrado —contestó Dumbledore, con una sonrisa.
—¿Y bien? —preguntó bruscamente Malfoy—. ¿Quién es?
—Y el muy inocente se hace el que no sabe —gruñó Sirius.
—El mismo que la última vez, Lucius —dijo Dumbledore—. Pero esta vez lord Voldemort actuaba a través de otra persona, por medio de este diario.
Levantó el cuaderno negro agujereado en el centro, y miró a Malfoy atentamente. Harry, por el contrario, no apartaba los ojos de Dobby. El elfo hacia cosas muy raras. Miraba fijamente a Harry, señalando el diario, y luego al señor Malfoy. A continuación se daba puñetazos en la cabeza.
—Ya veo... —dijo despacio Malfoy a Dumbledore.
—Un plan inteligente —dijo Dumbledore con voz desapasionada, sin dejar de mirar a Malfoy directamente a los ojos—. Porque si Harry, aquí presente —el señor Malfoy dirigió a Harry una incisiva mirada de soslayo—, y su amigo Ron no hubieran descubierto este cuaderno..., Ginny Weasley habría aparecido como culpable. Nadie habría podido demostrar que ella no había actuado libremente... —El señor Malfoy no dijo nada. Su cara se había vuelto de repente como de piedra—. E imagine —prosiguió Dumbledore— lo que podría haber ocurrido entonces... Los Weasley son una de las familias de sangre limpia más distinguidas. Imagine el efecto que habría tenido sobre Arthur Weasley y su Ley de defensa de los muggles, si se descubriera que su propia hija había atacado y asesinado a personas de origen muggle. Afortunadamente apareció el diario, con los recuerdos de Ryddle borrados de él. Quién sabe lo que podría haber pasado si no hubiera sido así.
—Un plan macabro, pero efectivo —consideró Remus—, se deshacía de Dumbledore, de los mestizos, de los Weasley, de Harry y restauraba a Voldemort, casi al mismo tiempo.
—Una gran apuesta —dijo Tonks—, pero parece que Lucius nunca fue muy lúcido.
—¿Por qué lo dices, mamá? —preguntó Teddy, pero Harry fue quien respondió, ante la mirada cáustica de Draco:
—Seguro se narra más adelante, Ted, hay que esperar.
El señor Malfoy hizo un esfuerzo por hablar.
—Ha sido una suerte —dijo fríamente.
Pero Dobby seguía, a su espalda, señalando primero al diario, después a Lucius Malfoy, y luego pegándose en la cabeza. Y Harry comprendió de pronto. Hizo un gesto a Dobby con la cabeza, y éste se retiró a un rincón, retorciéndose las orejas para castigarse.
—Pobrecito —comentó Lilu, a lo que Hermione asintió.
—¿Sabe cómo llegó ese diario a Ginny, señor Malfoy? —le preguntó Harry. Lucius Malfoy se volvió hacia él.
—¿Por qué iba a saber yo de dónde lo cogió esa tonta? —preguntó.
—Porque usted se lo dio —respondió Harry—. En Flourish y Blotts. Usted le cogió su libro de transformación y metió el diario dentro, ¿a que sí?
Vio que el señor Malfoy abría y cerraba las manos.
—Lo que dijimos —exclamó Rose nuevamente, sonriendo mientras Harry asentía.
—Demuéstralo —dijo, furioso.
—Nadie puede demostrarlo —dijo Dumbledore, y sonrió a Harry—, puesto que ha desaparecido del libro todo rastro de Ryddle. Por otro lado, le aconsejo, Lucius, que deje de repartir viejos recuerdos escolares de lord Voldemort. Si algún otro cayera en manos inocentes, Arthur Weasley se asegurará de que le sea devuelto a usted...
Lucius Malfoy se quedó un momento quieto, y Harry vio claramente que su mano derecha se agitaba como si quisiera empuñar la varita. Pero en vez de hacerlo, se volvió a su elfo doméstico.
—¡Nos vamos, Dobby!
Tiró de la puerta, y cuando el elfo se acercó corriendo, le dio una patada que lo envió fuera. Oyeron a Dobby gritar de dolor por todo el pasillo. Harry reflexionó un momento, y entonces tuvo una idea.
—Las ideas de último minuto de Harry son las más efectivas —comentó Ron, provocando algunas risas.
—Es verdad —dijo Hermione, antes de que Harry replicara—, ya lo hemos dicho, tú eras excelente improvisando, no preparando planes con tiempo.
—Profesor Dumbledore —dijo deprisa—, ¿me permite que le devuelva el diario al señor Malfoy?
—Claro, Harry —dijo Dumbledore con calma—. Pero date prisa. Recuerda el banquete.
—No puedes olvidar el banquete, Harry, ¡por favor!... Eso me recuerda que ya tengo hambre...
Las risas después de la interrupción de Sirius no se negaron.
Harry cogió el diario y salió del despacho corriendo. Aún se oían alejándose los gritos de dolor de Dobby, que ya había doblado la esquina del corredor. Rápidamente, preguntándose si sería posible que su plan tuviera éxito, Harry se quitó un zapato, se sacó el calcetín sucio y embarrado, y metió el diario dentro. Luego se puso a correr por el oscuro corredor. Los alcanzó al pie de las escaleras.
—Señor Malfoy —dijo jadeando y patinando al detenerse—, tengo algo para usted.
Y le puso a Lucius Malfoy en la mano el calcetín maloliente.
—¿Qué diablos...?
—Me imagino la cara de cebolla rancia que habrá puesto —dijo Freddie, provocando risas y la mirada agresiva de Draco.
El señor Malfoy extrajo el diario del calcetín, tiró éste al suelo y luego pasó la vista, furioso, del diario a Harry.
—Harry Potter, vas a terminar como tus padres uno de estos días —dijo bajando la voz—. También ellos eran unos idiotas entrometidos —Y se volvió para irse—. Ven, Dobby. ¡He dicho que vengas!
Pero Dobby no se movió. Sostenía el calcetín sucio y embarrado de Harry, contemplándolo como si fuera un tesoro de valor incalculable.
—Mi amo le ha dado a Dobby un calcetín —dijo el elfo asombrado—. Mi amo se lo ha dado a Dobby.
—¿Qué? —escupió el señor Malfoy—. ¿Qué has dicho?
—Dobby tiene un calcetín —dijo Dobby aún sin poder creérselo—. Mi amo lo tiró, y Dobby lo cogió, y ahora Dobby... Dobby es libre.
Una salva de aplausos se escuchó en la Sala, acompañada de risas y gestos de triunfo. Sólo Draco cruzaba sus brazos, respirando con rabia.
Lucius Malfoy se quedó de piedra, mirando al elfo. Luego embistió a Harry.
—¡Por tu culpa he perdido a mi criado, mocoso!
—Eso no es mi problema —dijo Harry, calmado, lo que provocó más risas en la Sala.
Pero Dobby gritó:
—¡Usted no hará daño a Harry Potter!
Se oyó un fuerte golpe, y el señor Malfoy cayó de espaldas. Bajó las escaleras de tres en tres y aterrizó hecho una masa de arrugas. Se levantó, lívido, y sacó la varita, pero Dobby le levantó un dedo amenazador.
—Usted se va a ir ahora —dijo con fiereza, señalando al señor Malfoy—. Usted no tocará a Harry Potter. Váyase ahora mismo.
Lucius Malfoy no tuvo elección. Dirigiéndoles una última mirada de odio, se cubrió por completo con la capa y salió apresuradamente.
Nuevos aplausos se escucharon en la sala, además de carcajadas.
—¡Harry Potter ha liberado a Dobby! —chilló el elfo, mirando a Harry. La luz de la luna se reflejaba, a través de una ventana cercana, en sus ojos esféricos—. ¡Harry Potter ha liberado a Dobby!
—Es lo menos que podía hacer, Dobby —dijo Harry, sonriendo—. Pero prométame que no volverá a intentar salvarme la vida.
Una sonrisa amplia, con todos los dientes a la vista, cruzó la fea cara cetrina del elfo.
—Sólo tengo una pregunta, Dobby —dijo Harry, mientras Dobby se ponía el calcetín de Harry con manos temblorosas—. Usted me dijo que esto no tenía nada que ver con El-que-no-debe-ser-nombrado, ¿recuerda? Bueno...
—Era una pista, señor —dijo Dobby, con los ojos muy abiertos, como si resultara obvio—. Dobby le daba una pista. Antes de que cambiara de nombre, el Señor Tenebroso podía ser nombrado tranquilamente, ¿se da cuenta?
—¡Verdad que si! —otra vez Rose apelaba a su memoria fotográfica—, cuando tío Harry le preguntó si tenía que ver con Voldemort, Dobby le dijo "No, no se trata de Aquel-que-no-debe-ser-nombrado, señor". Pero Dobby tenía los ojos muy abiertos y parecía que trataba de darle una pista. El problema era cómo entender esa pista.
—¡Vamos, Rosie! —exclamó Al—, ¡eso no era una pista! ¡Era una adivinanza!
—Por eso eres un Alburrido —replicó la chica, provocando risas en los más jóvenes.
—Bien —dijo Harry con voz débil—. Será mejor que me vaya. Hay un banquete, y mi amiga Hermione ya estará recobrada...
Dobby le echó los brazos a Harry en la cintura y lo abrazó con fuerza.
—¡Harry Potter es mucho más grande de lo que Dobby suponía! —sollozó—. ¡Adiós, Harry Potter!
Y dando un sonoro chasquido, Dobby desapareció.
Harry había estado presente en varios banquetes de Hogwarts, pero en ninguno como aquél. Todos iban en pijama, y la celebración duró toda la noche. Harry no sabía si lo mejor había sido cuando Hermione corrió hacia él gritando: «¡Lo has conseguido! ¡Lo has conseguido!»; o cuando Justin se levantó de la mesa de Hufflepuff y se le acercó veloz para estrecharle la mano y disculparse infinitamente por haber sospechado de él; o cuando Hagrid llegó, a las tres y media, y dio a Harry y a Ron unas palmadas tan fuertes en los hombros que los tiró contra el postre; o cuando dieron a Gryffindor los cuatrocientos puntos ganados por él y Ron, con lo que se aseguraron la copa de las casas por segundo año consecutivo; o cuando la profesora McGonagall se levantó para anunciar que el colegio, como obsequio a los alumnos, había decidido prescindir de los exámenes («¡Oh, no!», exclamó Hermione); o cuando Dumbledore anunció que, por desgracia, el profesor Lockhart no podría volver el curso siguiente, debido a que tenía que ingresar en un sanatorio para recuperar la memoria. Algunos de los profesores se unieron al grito de júbilo con el que los alumnos recibieron estas noticias.
—¡Qué pena! —dijo Ron, cogiendo una rosquilla rellena de mermelada—. Estaba empezando a caerme bien.
Nuevas risas estallaron en la Sala, además de los aplausos propios de la celebración por un nuevo triunfo de Gryffindor en la Copa de las Casas.
El resto del último trimestre transcurrió bajo un sol radiante y abrasador. Hogwarts había vuelto a la normalidad, con sólo unas pequeñas diferencias: las clases de Defensa Contra las Artes Oscuras se habían suspendido («pero hemos hecho muchas prácticas», dijo Ron a una contrariada Hermione) y Lucius Malfoy había sido expulsado del consejo escolar. Draco ya no se pavoneaba por el colegio como si fuera el dueño. Por el contrario, parecía resentido y enfurruñado. Y Ginny Weasley volvía a ser completamente feliz.
—Sí, de verdad, esos días fueron liberadores para mí —admitió Ginny, pero luego matizó—, aunque nunca he podido dejar de revivir esos momentos, e incluso he tenido pesadillas.
JS, Al y Lilu miraban a su madre con preocupación. Harry, sin embargo, a abrazó y le dijo, aunque todos en la Sala lo escucharon:
—Quizás el leer lo que pasó y cómo lo vivimos te ayude a terminar de borrar esos malos recuerdos.
Muy pronto llegó el momento de volver a casa en el expreso de Hogwarts. Harry, Ron, Hermione, Fred, George y Ginny tuvieron todo un compartimento para ellos. Aprovecharon al máximo las últimas horas en que les estaba permitido hacer magia antes de que comenzaran las vacaciones. Jugaron al snap explosivo, encendieron las últimas bengalas del doctor Filibuster de George y Fred, y jugaron a desarmarse unos a otros mediante la magia. Harry estaba adquiriendo en esto gran habilidad.
Estaban llegando a King's Cross cuando Harry recordó algo.
—Ginny.., ¿qué es lo que le viste hacer a Percy, que no quería que se lo dijeras a nadie?
—Sabes que no era eso lo que les iba a decir —interrumpió Dom, provocando nuevas risas.
—¡Ah, eso! —dijo Ginny con una risita—. Bueno, es que Percy tiene novia.
A Fred se le cayeron los libros que llevaba en el brazo.
Audrey volteó a ver a su esposo, quien había enrojecido "a lo Weasley", provocando risas en la Sala, incluyendo las de ella y sus hijas, quienes lo abrazaron.
—¿Qué?
—Es esa prefecta de Ravenclaw, Penélope Clearwater —dijo Ginny—. Es a ella a quien estuvo escribiendo todo el verano pasado. Se han estado viendo en secreto por todo el colegio. Un día los descubrí besándose en un aula vacía. Le afectó mucho cuando ella fue..., ya sabéis..., atacada. No os reiréis de él, ¿verdad? —añadió.
—Ni se me pasaría por la cabeza —dijo Fred, que ponía una cara como si faltase muy poco para su cumpleaños.
—Por supuesto que no —corroboró George con una risita.
—Me lo estuvieron mencionando todas las vacaciones —reconoció Percy, totalmente rojo—, gracias, Ginny.
—Yo también te quiero, Percy, y tú lo sabes.
—¿Qué pasó con ella, papá? —preguntó Lucy, mientras Molls y Audrey los veían interesadas.
—Al poco tiempo nos separamos; yo me concentré en el trabajo en el Ministerio, y allí conocí a Audrey, poco a poco nos fuimos relacionando, nos hicimos novios, y después nos casamos y nacieron ustedes, y mas tarde Annette.
Las gemelas volvieron a abrazar a Percy, quien miraba a Audrey con gesto de disculpa, la cual rechazó con una sonrisa y un beso en los labios, lo que provocó ruidos de arcadas por parte de los gemelos y los nuevos merodeadores a excepción de Lucy.
El expreso de Hogwarts aminoró la marcha y al final se detuvo. Harry sacó la pluma y un trozo de pergamino y se volvió a Ron y Hermione.
—Esto es lo que se llama un número de teléfono —dijo Harry, escribiéndolo dos veces y partiendo el pergamino en dos para darles un número a cada uno—. Tu padre ya sabe cómo se usa el teléfono, porque el verano pasado se lo expliqué. Llamadme a casa de los Dursley, ¿vale? No podría aguantar otros dos meses sin hablar con nadie más que con Dudley...
Algunas miradas volvieron a apuntar a Dudley, quien encogió los hombros resignado.
—Pero tus tíos estarán muy orgullosos de ti, ¿no? —dijo Hermione cuando salían del tren y se metían entre la multitud que iba en tropel hacia la barrera encantada—. ¿Y cuando se enteren de lo que has hecho este curso?
—¿Orgullosos? —dijo Harry—. ¿Estás loca? ¿Con todas las oportunidades que tuve de morir, y no lo logré? Estarán furiosos...
Y juntos atravesaron la verja hacia el mundo muggle.
—Y así —declaró Astoria— termina este capítulo.
Soltó el pergamino en el atril, el cual se desvaneció. La Sala indicó:
—Con este capítulo se cierra el segundo año en la vida de Harry James Potter. Invitamos a descansar, reponer energías para iniciar mañana la lectura del tercer año.
Luego de eso, las encargadas de ayudar en la cocina fueron a ayudar a los elfos, mientras los más jóvenes se reunían a jugar una partida de cartas y Harry y Ginny se quedaban abrazados, sentados en la butaca que ocupaban.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó Harry
—Más tranquila —comentó Ginny—, fue como quitarme un peso de encima, sobre todo el restregarle a Malfoy la verdadera naturaleza de Tom.
—Ya me dí cuenta —Percy se había acercado, aún rodeado por sus hijas. Ginny se levantó y sin pensarlo mucho, lo abrazó.
—Perdóname, hermano, por no poder guardar tu secreto.
—Tranquila, lo que pasa es que no le había dicho a Audrey de mi noviazgo con Penélope, y eso la sorprendió.
—Pero fueron amores escolares, ¿o no? —preguntó Harry, sonriendo.
—Sí, pero igual —suspiró Percy, para después comentar—. Y se viene el tercer año, ¿no?
—Sí —mencionó Harry, monótonamente—, cuando descubrimos la traición que mató a mis padres y tuvimos un excelente profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras —sonrió al ver a Remus conversando con James, Sirius, Frank y Tonks.
Buenas tardes desde San Diego, Venezuela! Otro año se nos va... (o algo así decía Dumbledore), lo que significa que hemos llegado al final de este segundo volumen de "una aventura de ocho años y tres generaciones"; y no puedo sentirme más contento por haber completado este segundo año, con un capítulo de cierre donde parece que ya todos pasan la tensión vivida y pueden relajarse un poco. Como hice con este, el próximo libro lo iniciaré en documento nuevo, así que les invito a que estén alerta de las notificaciones de la "nueva historia" que aparecerá la próxima semana. Como también les comente, ya publiqué dos videos en mi canal de youtube (que pueden ingresar entrando por mi cuenta en Twitter, donde estoy exactamente como aparece acá: edwinguerrave); así que espero que me visiten y comenten... Como todas las semanas, saludo a quienes se han unido a esta aventura, la han leído, están alerta y comentan, como es el caso esta semana de carlos29 (ya les digo cómo entrar al Youtube, vía Twitter, y amén, que así sea para ti y los tuyos), creativo (que no deja de plantearnos buenas y malas ideas), lavida134 (Que la Fuerza también esté contigo, ya sabes como entrar; y me alegra que te haya encantado el capítulo), y Zero (quien se puso al día en una de maratón de lectura, por lo que me parece). Despido este relato saludando a todas las madres del fanfiction: a quienes son madres, a las madres de los demás, a quienes son unas madres con los demás, y a los hijos de su madre... Y como ha sido costumbre en estos días de cuarentena, por favor, cuídense, atiendan las recomendaciones de las autoridades en cuanto a la prevención, especialmente donde en estos días comienza a flexibilizarse la cuarentena... Nos leemos la próxima semana en una historia nueva, en "Una Lectura Distinta, vol. 3"!
