LA OSCURA LUZ DEL DÍA

Primera parte


Rose estaba sentada sobre el piso, en un área cerrada por tres bloques de cemento que constituían las paredes de los edificios laterales de la academia. En otros momentos del año, esa era una zona frecuentada por aquellos que buscaban escapar de las normativas de la institución o quienes deseaban un poco de soledad. El claustrofóbico y gris espacio era ideal para los descarriados, los amantes secretos y los antisociales. Las piedras irregulares se incrustaban en sus muslos y el calor del cemento le escocía la piel, pero eran las pequeñas hormigas mordisqueándole las piernas desnudas las que generaban su incomodidad.

— Malditos bichos— farfulló ella, apartando cada unos de los insectos con una sacudida, arrojándolos sobre un charco de agua que estaba cerca; un vestigio vago de la tormenta de verano de la noche anterior. El pensamiento siniestro de que los insectos se hervirían antes de morir ahogados pasó brevemente por su mente.

El calor y el vapor que desprendía el suelo era tal que había generado un desafío bastante cuestionable entre el estudiantado: retar a un compañero a permanecer un periodo prolongado de tiempo con los pies descalzos sobre el cemento. Por supuesto, después de varias visitas a la enfermería por quemaduras leves, las autoridades de la institución habían prohibido y sancionado aquel pasatiempo, pero las actividades ilegales y peligrosas proliferaban entre los adolescentes confinados.

La ola de calor en Montana había tocado su punto más alto aquel día, cuando los termómetros alcanzaron los 42,2º C. Vivir en un horario nocturno sin duda era una ventaja, pero incluso las madrugadas no ofrecían demasiada clemencia, y dormir con aquellas temperaturas en el horario en el que el calor tocaba su pico más álgido era una misión angustiante. Las noches de insomnio, el calor desgastante, el confinamiento más severo y las nuevas normativas de seguridad habían generado un clima hostil en la academia. Después de tres semanas consecutivas de un clima poco convencional que había modificado el funcionamiento normal de la escuela, no era una sorpresa que la frustración y la ira hubieran dominado al sentido común. De acuerdo con la directora Kirova, los actos de vandalismo y violencia habían aumentado, la violación del código de vestimenta estaba en auge, y las visitas a dirección se habían vuelto mucho más frecuentes.

Entonces, Rose estaba convencida de que sus propios crímenes y errores no eran más que el resultado indirecto de la ola de calor y las consecuencias de la misma. La falta de sueño y el calor la habían hecho más irritante y volátil que de costumbre. Tal vez las elevadas temperaturas y las ondas solares habían afectado sus energías cerebrales, si tal cosa existía, pensó Rose. No era un locura pensar que el clima infernal era responsable de su conducta, porque de acuerdo con ella, no solía actuar de manera descabellada sin fuerzas externas e inmanejables obligándola a tropezar. Ella podía tener una reputación de salvaje e imprudente, pero generalmente sus acciones eran producto de un motivo casi siempre serio y defendible. Y en los últimos meses había estado tratando de mejorar. De vez en cuando hacía algo difícilmente aceptable, pero siempre se aseguraba de no dejar huellas que pudieran llevar a ella.

Pero el incidente con Stan Alto esa misma mañana había sido insensato, y ella era la primera en reconocerlo. Pero, una vez más, todo aquello había escapado a su control. ¿Qué se supone que debía hacer? No podía cumplir el pedido del guardián. Era inconcebible, inaudito. ¡Definitivamente no! Y frente a toda la clase, eso sería humillante.

Por supuesto; ahora que la habían castigado y sancionado para cumplir servicio comunitario por segunda vez en menos de tres meses, se daba cuenta de que tenía que repensar un poco sus acciones. Sí, tal vez acusar a Stan de tener una tendencia crónica a reprimir a sus alumnos para que su aburrida existencia fuera más interesante —entre otras cosas— había sido ligeramente, apenas, un poco dramático. Pero cierto era que aunque fuera de lugar, ninguna sílaba de sus palabras había sido una falacia.

Sabía que, pese a su habitual conducta imprudente, aquella que le había ganado cierta reputación de indisciplinada, sus más recientes hazañas estaban atrayendo demasiado una atención indeseada. Hasta esa mañana, hasta la discusión con Stan, había estado en una abstinencia exigente de imprudencias, pero su actitud los días previos, su peculiar falta de interés por todo y su retracción poco habitual, no habían pasado desapercibidas para Alberta, para Lissa, e incluso para Dimitri.

Y con Dimitri había comenzado todo. Si ella no hubiera sido tan odiosa e insensata. Si no hubiera tenido aquella discusión sin sentido con él. Si no hubiera roto el corazón de ambos al actuar como la niña que en realidad era. Si hubiera hecho oídos sordos a las palabras rencorosas de aquella mujer. Y si no hubiera hecho aquella tontería después... Bueno, probablemente no estaría en detención, no hubiera ofendido a su mejor amiga por accidente, y lo más importante, no tendría que estar escondiéndose en aquel espacio confinado para evitar a Dimitri.

Las cosas con Lissa probablemente se solucionarían pronto, después de todo, no había sido tan grave. Solo le dijo que la dejara en paz. ¿Y por qué no podía ella pedir un momento a solas? Si, debería haber sido más cordial, pero la insistencia de Lissa para que le dijera lo que estaba sucediendo ya la estaba sacando de sus cabales. Lissa había llegado demasiado temprano, golpeando su puerta apenas dos horas después de que lograra dormirse, mientras mantenía un molesto sueño espiritual con Adrian. Y luego Christian hizo ese comentario sobre lo que llevaba puesto. ¿Y qué si sentía ganas de vestir una sudadera de invierno con capucha en medio del verano más caluroso de la última década? ¿Qué tenía eso de extraño? le había preguntado, no muy amable, luego de enviarlo a meterse en lo suyo con palabras menos agradables que esas.

Cuando Lissa llegó a su cuarto temprano ese día, con su novio faldero detrás, acababa de vestirse apresuradamente con lo primero que había hallado en el armario, lo más funcional a su objetivo. No esperó, no pensó, que su atuendo llamaría la atención de alguien. Después de todo, ella rompía el código de vestimenta con bastante frecuencia, y una vez que estaba dentro del margen de lo legal, tanto su amiga como su profesor tenían algún comentario que hacer al respecto. No había tenido otra opción, incluso si inconscientemente supo que sería un poco, sólo un poco extraño, su nada sutil intento de ocultar su última gran hazaña.

Esa mañana, al despertar y mirar en el espejo el reflejo de aquella desconocida, de esa persona vengativa que no le gustaba ser, se dio cuenta de su error y había intentado taparlo con todo, con cualquier cosa. No había marcha atrás. Sus acciones, determinadas por los celos, el rencor, y una muy mala voluntad de su parte, eran visibles para los ojos de todos. Ella supo, de alguna forma, que con solo mirarla la gente sabría lo que había hecho, o lo realmente importante, los sentimientos que la movieron a hacer eso.

La noche anterior no había dudado de sus acciones. Estaba enojada con Dimitri, y había querido herirlo para que sintiera lo que ella sentía. Había cedido ante la ira, había renunciado a algo muy precioso para ella, algo incluso más importante para él. Su actitud fue mezquina, lo supo poco después de que todo acabara, de cometer aquel irremediable error, de ejecutar su venganza. Y en la mañana, al despertar sola en aquella cama de su habitación, recordando su discusión con Dimitri y su posterior accionar, sintió vergüenza. Por lo que veía en el espejo; porque sabía que Dimitri no podría volver a mirarla de la misma forma, y por sentir lo que sintió para hacer lo que hizo.

Pero no todo fue por venganza, también supo eso, y de alguna forma le hizo sentirse peor. Porque entre su enojo, herida como estaba, cuando ejerció sus acciones había tenido presente un deseo humillante. Necesitaba atención. Su atención. Quería que Dimitri la mirara, que solo la mirara a ella. Quería que volviera, incluso si ella fue quien lo alejó.

Y luego, al despertar, solo deseó que él no volviera su mirada hacia ella, porque con solo mirarla sabría lo que había hecho. Sabría por qué lo había hecho.

Lloró, y también estaba avergonzada por eso. Lloró de arrepentimiento, pero también porque había perdido a Dimitri, y porque todo era su culpa. Cada causa y cada consecuencia, todo su responsabilidad.

Y luego llegó Lissa, que la miró con curiosidad cuando abrió la puerta ataviada de aquella forma. No habló, pero su interrogación silenciosa, su exigente necesidad de respuestas, la hizo sentir asfixiada.

«Tengo frío» le había dicho, tratando de que ella no la mirara. No era, por supuesto, la respuesta más verosímil. Las temperaturas rozaban el límite de lo científicamente mortal, y tenía conocimiento de que algunas personas humanas habían cedido ante el dominio del infierno al que la naturaleza los estaba sometiendo. Animales y humanos, decían los Moroi que tenían contacto con el exterior; morían en los estados más afectados por el clima. No resistían. Y ellos, aunque más fuertes, no estaban eximidos de los efectos secundarios. Unos cuantos alumnos dhampir habían tenido problemas por deshidratación, y los Moroi, aunque resistían más si permanecían fuera del alcance directo del sol, también tenían dificultades.

Todos estaban más letárgicos y molestos. Incluso se habían cancelado algunas clases menos relevantes y eventos en el exterior. Ella, particularmente, no era una compañía agradable en esos momentos. Y quizás, pensó, fue toda esa molestia y malestar lo que la hizo tomar la visita de Tasha a principio de esa semana de la forma en que lo hizo. Estaba menos tolerante, menos dispuesta a ser civilizada.

Lissa, por supuesto, no le creyó. Y fue entonces cuando Christian le hizo un comentario que sugirió que al menos, ahora, no estaba vistiendo como una prostituta. No fueron sus palabras, pero la interpretación a la que ella había llegado no distaba de ese razonamiento. Y como no era posible de otra manera, reaccionó de forma exagerada por tercera vez esa semana. Primero fue Dimitri. Más tarde, esa misma noche después de su disputa con él, volvió a ceder al instinto impulsivo que solía dominarla con frecuencia. Y Lissa y Christian no serían los últimos objetivos de su cólera.

Continuó allí, bajo la lluvia de rayos de sol, tratando de fingir que aquel castigo autoimpuesto no estaba haciéndola sudar y marear, e incluso enojarse cada vez más.

— ¿Estás tratando de matarte?— Oyó la voz, su voz, e inmediatamente quiso estar acurrucada entre sus sábanas para ocultarse de él, para ocultarse del mundo. No quería que la viera, que viera en sus ojos, en su apariencia, sus errores y sentimientos mezquinos. Su traición y su arrebato. Y se sintió mucho peor cuando se dio cuenta de aquel tono de preocupación tan familiar. —Rose, ¿te das cuenta de que podrías insolarte? ¿O desmayarte? ¿Y por qué estás sentada en un piso cuya temperatura podría quemarte? Esa no es una idea muy inteligente.

— No he tenido una idea inteligente en algún tiempo— susurró, solo para si misma. Él no escuchó, pero se acercó, arrodillándose a su lado y haciendo una mueca cuando sus rodillas, incluso a través de sus pantalones, tocaron el piso caliente.

— Y he querido saber todo el día por qué llevas puesto eso—señaló, sin dejar de mirar sus ojos esquivos.

Sus ojos, preocupados y amorosos, le recordaban una noche del pasado, varias semanas atrás. La noche que pasaron juntos en la cabaña. Después de ese momento de intimidad, después de sobrevivir al ataque Strigoi, se juró a si misma que valoraría y disfrutaría de toda esa bendición, de cada mínima oportunidad que tenía de estar con él. Habían superado muchos obstáculos para llegar hasta allí, y ese hecho estaba tan presente en su mente que no se atrevía a poner en riesgo la posibilidad de un futuro juntos. A pesar de que un acuerdo mutuo les imposibilitaba volver a estar juntos de esa manera hasta después de su graduación, ella era inmensamente feliz. Estaba satisfecha de saberlo suyo, incluso si tenía que esperar para demostrarlo públicamente. Se dijo a si misma que estaba bien con todo eso.

Y luego llegó Tasha.

Y con Tasha sobrevinieron todas las desgracias.

Recordaba aún la discusión con Dimitri. Sus ojos cuando ella le dijo que quería dejarlo todo... que quería dejarlo. Estaba sorprendido, por supuesto. Después de todo ella siempre había sido la participante más activa en esa relación. Siempre había sido su insistencia frente a la voz de la razón de Dimitri. Donde Rose suscitaba el amor, Dimitri se decantaba por el deber. Desde el inicio siempre había sido más complicado para él, aunque eso no implicaba que estuviera menos comprometido con ella. Así que entendía por qué él pensaba que no tenían sentido sus acciones, sus decisiones.

Y también recordaba lo fácil que la había dejado ir.

Era lo que ella le había pedido, y él simplemente estaba tratando de respetar sus elecciones. Era mucho más razonable pensar aquello, pero eso del pensamiento lateral nunca había sido lo de Rose. En el momento en que la dejó marcharse, cuando aceptó sin luchar que ella quisiera terminar su relación, el instinto volvió a ganarle al raciocinio; y la ira que sintió entonces alcanzó para justificar sus acciones más tarde. Al menos por un tiempo.

Aquel día se había encontrado con él como cada mañana, en el gimnasio de la academia. Como de costumbre ella llevaba quince minutos de retraso. Esta vez no iba pensando en cuantos besos podría robarle a Dimitri durante la clase, ni cuantas veces lo haría fastidiar con su actitud descarada. Ya llevaba aquella idea siniestra instalada en su cabeza. Y aunque era una idea tambaleante y su corazón no estaba de acuerdo con ella, sabía que era la elección más noble. Si para que Dimitri fuera feliz tenía que resignarse a una vida sin él, entonces lo dejaría en libertad.

Con esa firme resolución el camino hacia el gimnasio todavía era devastador.

Habría sido difícil llegar al gimnasio y hablar con él. Habría sido difícil decirle que tenía que dejarlo, hacerle creer que no le importaba sacar adelante esa relación, que todo había sido un juego de riesgo para ella. Habría sido difícil mirarlo a los ojos y ver su decepción. Hallarlo hablar con la mujer que había puesto el veneno en su relación y que la había convencido que no era suficiente para el hombre que amaba era más que difícil. Saber que era ella quien lo consolaría cuando rompiera su corazón era desgarrador.

Sabía que era la intención de Tasha. Provocarla. Provocar su prácticamente nulo autocontrol. Generar que ella respondiera a aquella clara incitación. Exponerla frente a Dimitri.

Cuando entró al gimnasio la conversación entre ellos parecía estar terminando. Tasha lo saludó con una sonrisa demasiado insinuante, aunque él parecía ajeno a eso. Dimitri era indiferente a los coqueteos, parecía estar ciego a las mujeres que caían rendidas a sus pies, y en lugar de agradarle a Rose ese gesto de respeto, cuando se trataba de esa mujer la ingenuidad de Dimitri la molestaba. Esa semana habían discutido reiteradamente sobre quería que le dejara claro a Tasha las intenciones de amistad que tenía con ella. No podía soportar verla arrojarse a los brazos de Dimitri incluso si él no le devolvía el mismo nivel de afecto. Para ella él era un responsable parcial de los actos de Tasha, porque no tenía el valor de herir los sentimientos de la mujer al decirle que no pretendía ninguna relación romántica con ella. Pero no tenía problemas en herir los suyos permitiendo que todo aquello siguiese adelante. Para Rose, las prioridades de Dimitri estaban claras.

Cuando la Moroi abandonó la habitación le ofreció una sonrisa falsa de compasión, como si entendiera el dolor que estaba atravesando su pecho en ese momento. Como si ella no fuera la responsable de aquella dolencia. Quiso arrojarse a la mujer y arañarla y arrastrarla de los pelos, e incluso quizás golpearla hasta que perdiera la consciencia; aunque no era ese el tipo de pelea limpia que Dimitri le enseñaba. Se contuvo, porque sabía que Dimitri se pondría del lado de Tasha si ella la atacaba sin motivo aparente. Y aquello terminaría por destrozarla.

Así que la ignoró, y siguió su marcha al interior del gimnasio tratando de reprimir sus ansias salvajes y su odio más que fundamentado. Incluso mantuvo silencio cuando oyó el agresivo «Nos vemos esta noche, Dimka» y sintió como todo en su interior se derrumbaba por los celos. Su raciocinio decía que todo aquello tenía una explicación bastante íntegra, que Dimitri jamás se reuniría con una mujer en la noche para llevar a cabo actividades que pusieran en riesgo su relación o le faltasen el respeto de alguna manera. Que probablemente todo se explicaba en el hecho de que ella era una amiga muy cercana suya, que él desconocía las intenciones de la mujer, y que la noche era el único momento del día que tenía libre. Pero una vez más, pensar fuera de la caja no estaba hecho para su mente; ella solo podía pensar y ver las cosas de una misma manera.

«Ella...» Había comenzado Dimitri, seguramente iniciando la explicación que creía que ella esperaba. Pero no quería una explicación. Eso no haría que su misión fuera más fácil. Le hubiera dicho lo que ella ya sabía: que no había nada entre él y Tasha. Pero Rose sabía lo que él no: Tasha no iba a respetar sus decisiones.

Sin mirarlo, sin poder enfrentar su mirada, le dijo que no necesitaba darle ninguna explicación. Él no intentó sobreponerse al rechazo, no la detuvo cuando se dio la vuelta y comenzó a levantar su cabello en una cola de caballo; y no dijo ni una palabra cuando comenzaron a entrenar. Era casi como los primeros días: no había camaradería, perecía que uno de los dos siempre andaba con cuidado; como si esa fe absoluta, esa confianza desmedida que caracterizaba su relación hubiera desaparecido.

En el fondo Rose sabía que toda esa incomodidad era responsabilidad suya. Al menos, en gran parte. Los celos, los reclamos, las sospechas, no eran los ingredientes que hacían que una relación fuera sostenible en el tiempo. Y si Dimitri no estaba dispuesto a cortar las raíces que generaban su desconfianza, y ella no era capaz de enterrarla, todo indicaba que aquella relación había durado mucho menos de lo que ambos habían esperado.

Ahora era tarde. Dimitri sabía todo lo que Rose pensaba de Tasha, y ella no creía que se sintiera muy cómodo en aquella posición que lo obligaba a elegir entre la mujer que amaba y la mujer que había sido su amiga durante años. Y ella no quería ponerlo en esa posición; pero al pensar en Tasha no imaginaba a la mujer que había sido su amiga, sino a la mujer que quería ser su amante.

El silencio era tan profundo que la aturdía y lastimaba sus tímpanos. Quizás Dimitri solo estaba dejando que ella se enfriara, a juicio de que todas sus anteriores charlas la última semana habían terminado con la misma ingenuidad por parte de él y alguna o dos frases hirientes de su parte. Pero se sentía como si le fuese indiferente su dolor, sus sentimientos, y todos sabían que el desdén era más dañino que el mal interés.

El aire a su alrededor pesaba. No quería eso. Si no podía evitar ser tan instintiva, si la mala gestión de sus emociones iba a arruinar siempre el momento, y el frío y el silencio iban a dominar siempre su relación, ella no quería seguir con eso. No podía tolerarlo solo por miedo a quedarse sola, a quedarse sin él. No podía tolerarlo solo por temor al cambio. No podía tolerarlo solo para sentir la fugaz satisfacción de saberlo suyo, a coste de la felicidad y la tranquilidad de ambos. Tasha estaba en lo correcto, al menos en eso. Si lo amaba, si anhelaba su felicidad por encima de todo, debía dejarlo ir.

«Él jamás te lo dirá, pero hay muchas cosas que él quiere que tú jamás podrás darle» le había dicho Tasha. Y ella no podía ser feliz sabiendo que él no lo era. No quería ser la causa de su infelicidad. No quería ser el obstáculo que se interponía entre él y sus objetivos. No era el tipo de mujer que retenía el fuego a riesgo de apagarlo y quemarse viva, solo por capricho a soltarlo.

Al principio se había convencido que la ausencia de felicidad no era inherente a la infelicidad. Pero después de esa semana, después de no poder mantener con él ni una sola conversación que no acabara en disputa, sabía que aquello no solo era cierto, era esencial. Angustia, celos, peleas, gritos, portazos al final de una discusión. Ese era el tipo de relación que tenían en ese momento. Y si aquello no era aferrarse al daño, ¿entonces qué sí lo era? Mejor dejarlo cuando todavía tenía buenos recuerdos de ella.

No podía vivir en un mundo donde él la odiara. Así que haría lo que Tasha dijo que hiciera. Correría lejos, donde el dolor no pudiera alcanzarla. No se quedaría a luchar; escaparía. Quizás era un acto de cobardía ¿Pero quién podría culparla? ¿Quién no había escapado al amor por miedo al desamor? Decían que el amor era un acto para los osados, pero por una vez, tal vez, marcharse podía considerarse un acto de valentía.

Entonces lo hizo. Recordaba las palabras exactas. Recordaba la mirada sorprendida de Dimitri. Cómo, después de emitir su idea de repente, como si no fuera más que una ocurrencia de último segundo mientras él estaba preparando uno de los equipos de entrenamiento, en el momento en que rompió el silencio sepulcral de la sala, él dejó de inmediato lo que estaba haciendo. Quizás creyó no oirla bien, quizás pensó que el «debemos terminar» era producto de su imaginación o que se estaba refiriendo a la sesión de entrenamiento de ese día. Supo que la miró, aunque ella no lo estaba mirando.

«¿Roza?» le había preguntado, después de otro momento de prudencia. Pero no era solo su nombre. En su voz era una duda, una súplica, una disculpa que no era necesaria pero tampoco suficiente. Aún sin mirarlo, no intentó explicarse. No quería que viera en sus ojos la tristeza o la culpa, o la forma en que sus pupilas seguramente reflejaban cómo su alma se iba desgarrando trozo por trozo. Necesitaba que él creyera, sin sospechas de su parte, que ella quería eso. Necesitaba que pensaba que era una niña caprichosa que se había cansado de jugar con fuego. Si pensaba que era así de fácil para ella, entonces la dejaría ir en algún momento. Sabía que él no la dejaría marchar si veía su aturdimiento. Sabía que él no quería dejarla ir, porque a pesar de todo ambos se amaban, al menos aún.

«Esta... Decisión ¿tiene algo que ver con lo que ha estado ocurriendo los últimos días? Es por nuestras desavenencias. ¿Te estás rindiendo porque tuvimos problemas? ¿Tú pensaste que esto sería fácil?»

«No tiene que ver con eso» lo interrumpió.

«¿Entonces es por Tasha? ¿Porque ella estaba aquí? ¿Fue por algo que hice?» susurró, y si no fuera Dimitri ella habría pensado que estaba desesperado. Aún se negaba a mirarlo a los ojos mientras negaba con la cabeza. Más tarde, con un hilo de furia y temor, él volvió a hablar. «Entonces, ¿te gustaría decirme por qué? ¿Podrías mirarme a la cara, Rose?»

«Solo... Yo... No puedo» susurró. Él negó con la cabeza, entre fastidiado y confuso. Estaba claramente irritado. Ella por fin lo miró, al menos un solo segundo antes de bajar la vista otra vez, y fue suficiente para que él la viera. Para que viera sus lágrimas.

«¿Estas…? ¿Alguien te ha obligado a hacer esto? ¿Alguien lo sabe? ¿Es eso?» preguntó, esperanzado. Otra vez, ella solo negó. «¿No quieres esperar a tomar una decisión como esta? ¿No quieres que hablemos más tarde, tranquilos?» Otra negación. «Por favor, Roza».

Solo ella sabía cuánto dolía. Su corazón crujía con cada golpe que recibía, que ella misma se lanzaba, mientras deseaba desesperadamente que él hiciera la pregunta indicada.

Quería ser egoísta y aferrarse a él, pero no podía hacerle eso, no podía hacerse eso. Necesitaba que él la amara por siempre, hasta el último segundo, y no sabía si ella podía dar de si tanto para ser suficiente para él, para ganarse ese amor.

Había estado esperando que él la dejara ir fácilmente para evitarse a ambos mayores ultrajes, pero cuando finalmente lo hizo supo que se arrepentiría de eso hasta el final de sus días. Así que asintió, y sin mirarlo salió de la habitación, llevando consigo la carga de sus palabras y las de él: «Si es lo que quieres, entonces no te retendré».

No era la primera vez que lo veía desde aquel momento. No se había presentado a sus sesiones de entrenamiento después de eso. No eran obligatorias desde que la mayoría de las actividades de esfuerzo físico se habían vuelto opcionales por la ola de calor. Pero él había estado allí, en la clase de Stan Alto, y más tarde, en la oficina de Kirova cuando decretaron su castigo. Después de eso había huido, como una cobarde, para ocultarse por horas donde ahora estaban los dos.

— ¿Vas a volver a mirarme a los ojos alguna vez, Roza? No estoy aquí para reclamarte nada, no estoy enojado contigo. Espero que sepas eso. Siento muchas cosas en este momento, pero no puedo estar enojado contigo. Yo tampoco voy a tratar de convencerte de que cambies de opinión, si es lo que temes. Nunca pasaría por encima de tus elecciones. Pero si alguna vez estás dispuesta, me gustaría escucharte. Estoy bastante segura de que sabes que hay para hablar más de lo que dijimos y espero que no estés planeando dejar que todo termine con esas pocas palabras. Yo puedo esperar. No sé lo que está pasando contigo ahora mismo, pero te conozco lo suficiente para saber que no tomarías aquella decisión sin haberla pensado mucho antes, y algún día me gustaría saber tus razones. — Ella escuchó con el corazón en la boca. Sus palabras eran tan suaves, tan cuidadosas, como si él no quisiera lastimarla. Ella lo había herido, fría, casi cruel, y él estaba allí protegiendo su corazón. — Ya sabes... Para que no esté preguntándome toda la vida cómo arruiné esto para nosotros. Para no estar preguntándome qué fue lo que hizo que ya no pudieras mirarme a la cara.

Ella negó, ahogando un sollozo. ¿Por qué estaba él culpándose de todo? Era ella la que no podía guardar sus inseguridades, la que era insuficiente, la que se movía con sentimientos mezquinos, la que guardaba un sinsentido rencor en su alma. La que había decidido que después de herir al hombre que amaba necesitaba causarle más daño.

— Solo quiero que sepas, Roza, que sea lo que sea que haya ocurrido, lo siento. Nunca tuve la intención de herirte o molestarte. Espero que sepas eso. Y sin importar lo que decidas para nosotros, siempre serás importante para mí. Siempre podrás contar conmigo para lo que sea. Sigo preocupándome por ti... Me preocupo mucho por ti. Ahora mismo, por ejemplo. —Murmuró, su voz temblando. — Así que si algo te está pasando ahora mismo, todavía puedes hablar conmigo. Puedo dejar de lado mis sentimientos y oirte. Si eso es lo que necesitas.

Silencio.

— Finalmente, no quiero que pienses que te estoy dejando ir porque dejarte ir es fácil para mí. Te quiero. Mucho. De la misma manera en que lo hacía ayer, o hace una semana, o ese día en la cabaña, o incluso antes de eso. Solo intento respetar tus sentimientos con la esperanza de que puedas venir a mí cuando necesites hablar conmigo ... De esto, de lo que sea. ¿De acuerdo?

No pudo sostenerlo por mucho más tiempo. Sabía que lo lamentaría más tarde, cuando las palabras malsanas de Tasha volvieran a resonar en su cabeza una vez más. Pero no pudo hacerlo; no podía quedarse así, impávida, escuchando cómo Dimitri se culpaba de todo.

Sollozó, colocando las manos sobre su rostro, incluso antes de darse cuenta qué estaba llorando.

Supuso que había llegado el momento de hablar con la verdad.


Hola. Ha pasado un tiempo, pero finalmente hemos podido reunirnos para traerles un poco de historias y entretenimiento en estos tiempos tan peculiares. Espero que hayan disfrutado de esta primera parte de la historia. Mañana estaré publicando la resolución. Saludos.

Brenda-I