LA OSCURA LUZ DEL DÍA

Segunda parte


I

Dimitri la observó, silencioso, preocupado. No sabía si debía acercarse y consolarla o si eso sería como ignorar sus deseos de distancia. Pero se veía tan pequeña, tan asustada, que la idea de quedarse sin hacer nada le parecía inconcebible.

Porque esa era Rose Hathaway, y el hecho de que ella estuviera llorando le parecía alarmante.

Había pasado más de una semana desde su primera discusión. Tasha llevaba dos días en la academia y Rose le había sugerido que tal vez la Moroi tenía sentimientos mucho más profundos por él. Él había descartado sus palabras, seguro de su amistad con Tasha, sin darse cuenta de que al mismo tiempo estaba desdeñando los sentimientos de Rose.

Tenía una imagen tan idealizada de Rose que había supuesto que estaría por encima de los celos. Estaba tan convencido de que las intenciones de Tasha eran inocentes, que pensó que eso era suficiente para tranquilizar el temor de Rose.

Sería un eufemismo decir que Rose no pensaba tan bien de Tasha. Ella le había dicho, probablemente unas cien veces, que Tasha no lo quería solo como un amigo. Hacia el final de la semana, las discusiones sobre el tema se habían hecho más frecuentes que las indicaciones de entrenamiento, y las insinuaciones de Rose sobre las verdaderas intenciones de la Moroi se habían vuelto reclamos más que claros con alusiones a su evidente estupidez por negar lo obvio. Cuando más rechazaba él aquella suposición, más vehementemente la defendía ella. Su insistencia lo había irritado muchas veces, porque no podía lidiar con los sentimientos de Tasha. La muerte le había quitado la amistad de Ivan, no quería que los sentimientos no correspondidos de Tasha arruinaran aquella camaradería que habían logrado alcanzar. Así que las acusaciones de Rose no estaban lejos de la verdad: o era ciego, o simplemente veía más de lo que decía pero prefería vivir en la ignorancia. Y Rose no podía soportar la ignorancia voluntaria.

Las ideas de Rose no eran tan descabelladas al fin y al cabo. Lo supo la noche anterior. Las sugerencias poco sutiles de la Moroi habían llegado casi tan pronta y abruptamente como el abandono de Rose. Y todo en el mismo día. Las insinuaciones solicitas de Tasha escalaron rápidamente a un coqueteo desprovisto de respeto. Y su única reacción había sido el silencio. Un silencio frío y seco, mucho más contundente que cualquier palabra. Sin decir nada se había levantado del sofá donde minutos antes estaba compartiendo una cena con Tasha, mientras mantenían ingenua conversación sobre su familia, Baia, y los viejos tiempos. Y se marchó de la cabaña. La misma cabaña donde había hecho suya a Roza. Donde habían sucumbido a sus deseos y unido sus cuerpos, olvidado los principios de su mundo y dejado que el amor los guiara. Allí, en ese cálido y entrañable espacio que hicieron suyo sin pertenecerles, Rose le había confiado su cuerpo, su corazón y su alma, con la fe absoluta de que él cuidaría bien de ellos. Las palabras de Tasha parecían casi un sacrilegio repetidas bajo lo que él consideraba un templo sagrado. Y su silencio una traición a aquella fe tan ingenuamente entregada a él.

Afortunadamente Tasha no había intentado hablar con él desde entonces, aunque sabía que tendría que enfrentarla tarde o temprano.

Solo entonces comprendió a Rose. ¿Cómo se habría sentido ella sabiendo todo el tiempo que la mujer con la que él tenía una amistad muy estrecha quería ocupar su lugar? ¿Qué habría pasado por su mente solo horas antes cuando había oído a Tasha decir que se encontrarían más tarde en la noche? ¿Cómo había sido tan ciego él, para no ver, para no entender por lo que ella estaba pasando? ¿Y qué pretendía al estar allí en primer lugar, hablando animadamente con Tasha sobre viejos amigos en común, cuándo todo lo que quería hacer era esperar en soledad las respuestas a su pérdida más reciente?

Si hubiera oído a Rose, pensó entonces, no habría tenido que presenciar incomodo los intentos de Tasha para que esa noche terminara convirtiéndose en algo más que una cena entre dos amigos. Si la hubiera oído, no tendría que lamentarse en una sola noche la perdida de un amor y la de una amistad. Aparentemente, lo único que tenía que hacer para romper tres corazones de una sola vez era guardar silencio. Estaba tan acostumbrado a creer que el silencio contenía todas las respuestas necesarias, que se olvidó que para la mayoría de las personas el silencio solo era silencio. Para Rose había sido distancia, indiferencia y desprecio. Para Tasha la oportunidad de cimentar una historia que solo era real en su mente.

Irónicamente, no podía sentir pena por Tasha. Apareció, y con ella las inseguridades de Rose y las negativas de él; las peleas que ambos comenzaban casi sin motivos; los golpes de la puerta al cerrarse al final de cada disputa; las miradas traicionadas de Rose antes de abandonar una habitación en la que él estaba, cansada de explicar las mil y un razones que corroboraban sus palabras, agotada de él, de ella, de lo que eran juntos desde que la Moroi había pisado los terrenos de la academia.

Pensó en Rose esa noche, después de dejar a Tasha. Pensó en la sonrisa refrescante que cada mañana le había dado la bienvenida en el gimnasio. Pensó en la noche oculta en su cabello y en el sol reflejado en sus ojos. Pensó en la forma en que había explorado su cuerpo aún no descubierto por nadie, y en lo orgulloso que se había sentido al saberse el primero en hacerlo. Pensó en la timidez y el nerviosismo que solo le hicieron amarla más esa noche. Pensó en todos sus defectos, y en las virtudes que los cubrían y le restaban relevancia. Pensó en el perfume natural de su cuerpo mezclado con el jabón corporal de coco de la academia. Pensó en ella, y en que la había perdido, y sintió lo que creyó que ella sintió cuando lo veía hacer planes con Tasha. Y sintió culpa.

Y cuando la vio esa mañana entrando en la clase de Stan casi no la reconoció. Sus ojos marrones estaban teñidos de una oscuridad peligrosa. No pudo ignorarlo, pues sus ojos eran, después de todo, lo único que pudo ver. El resto de ella estaba cubierto por aquella ropa holgada, de invierno, negra. Ni siquiera tuvo tiempo de formular hipótesis en su cabeza antes de que Alto y ella comenzaran a discutir.

Todo cayó a partir de allí.

Y ahora, después de horas de buscarla, la hallaba sentada, impávida, bajo los rayos mortales del sol. Los estudiantes y el personal sabían la estricta prohibición de la directora para utilizar los espacios exteriores expuestos al sol. Los riesgos eran demasiado altos. En circunstancias normales la hubiera regañado, pero mirar la tristeza de sus ojos era suficiente para hacerlo desistir.

— ¿Qué ocurre?— preguntó, conmocionado, cuando comenzó a llorar. Después de un largo periodo de vacilación se acercó más, sosteniendo sus manos entre las suyas. —¿Roza? Por favor, dime que ha ocurrido. ¿Qué pasó hoy en la clase de Stan? Dime por qué llevas esta ropa. Dime qué ha estado ocurriendo contigo. ¿Es por nosotros? ¿Es por lo de anoche?

.II.

Anoche. La palabra jugó en la mente de Rose. Anoche, cuando había decidido voluntariamente arrancar de su vida a una de las pocas personas que le daban felicidad. Anoche, cuando en un segundo de celos irracionales había actuado movida por sentimientos horribles. Aquel acto llevado a cabo en su pequeña habitación aún la atormentaba. Era todo lo que había pasado por su mente al ejecutarlo: el odio ilógico, ese veneno ácido en su garganta, el insano deseo de venganza. Era la necesidad de traicionarlo, para que se sintiera herido de la misma forma en que ella lo hacía. Eran esos sentimientos mezquinos los que la avergonzaban más que el acto de traición en si mismo.

Y al verla lo sabría. Cuando tuviera que explicarle por qué él lo sabría. Y eso la desesperaba, la hacía sentirse atrapa como un siervo frente a los faros. ¿Pero cuánto más podía dilatar la verdad? ¿Y por qué esperar? Si después de todo, a Dimitri ya lo había perdido. Por su propio capricho e inseguridad, o por su amor incondicional, ella no sabía cuál.

Él le dijo que aún se preocupaba por ella. Dijo que dejarla ir no significaba que no la amaba. Pero ¿la seguiría amando cuando supiera lo que había ocurrido la noche pasada en su habitación? Le diría que la amaba cuando comprendiera todas las cosas horribles que había pensado mientras llevaba adelante sus acciones. Cómo sería él capaz de comprender que ella quería hacerlo sufrir, que ella quería que él sintiera dolor por no haberla oído, que quería que sintiera una mínima parte de lo que ella sentía por no tenerlo más. Que deseaba que él perdiera algo, como ella a él. Cómo podría reaccionar cuando le dijera que una niebla oscura de odio y venganza la invadió la noche pasada, mientras ella lloraba desconsolada bajo la luz de la luna por su amor perdido, mientras él se escabullía a la cabaña de Tasha. Cómo podría explicarle cuán derrotada, impotente y patética se sintió al imaginarlo a él amando a otra mujer, haciendo con otra lo que antes había hecho con ella. Lo que ella solo había hecho con él.

¿Cómo podía cualquiera comprender algo de eso?

Así que se quedó allí sollozando, mirando cómo las lágrimas fluían por sus mejillas y se estrellaban contra la superficie caliente del piso. Era muy consiente de las manos que sujetaban una de las suyas, dibujando diminutos círculos en la palma para tranquilizarla. Pero no podía calmarse. Se sentía como si en las últimas horas, o quizás minutos, despertara de una pesadilla que había durado una semana entera. Pero era incluso peor, porque todo aquello había sido real. Era como si durante la última semana hubiese actuado movida bajo los efectos de una droga muy poderosa, y ahora, sobria, era demasiado capaz de comprender cuantos errores había cometido influenciada por el fármaco. Solo que no había droga que culpar. Era ella, y esa temible oscuridad que siempre la perseguía. Todas sus acciones, y todas las de Dimitri, se cernían sobre ella.

Y eso era aún peor. Frente a todo sus errores, empujar a Dimitri a los brazos de otra era la mayor de sus equivocaciones.

— Oye, salgamos de aquí—susurró Dimitri, dando una caricia reconfortante sobre su espalda. —Vamos, Roza, no llores. Habla conmigo. Déjame sacarte de aquí. El sol está demasiado fuerte, terminarás por deshidratarte.

Pero no quería hacerlo. No merecía su cuidado ni su tiempo. No quería que le hablara con voz cálida y preocupada. Quería que la odiara, que le gritara, que devolviera con furia todas las heridas que ella les había causado a ambos.

Aunque eso no era del todo cierto. No. Ella quería que la amara y la perdonara también; así que no estaba muy sorprendida cuando de entre sus sollozos emergieron temblorosas declaraciones.

—Lo siento. Lo siento mucho— le pidió, mientras se arrojaba a los brazos de él. Incluso en su sorpresa, no dudó un minuto en envolverla con firmeza. Todo su cuerpo temblaba contra el suyo, mientras con el rostro clavado contra su pecho siguió pidiendo perdón, una y otra y otra vez.

.III.

Y allí estaba ella, a punto de tener un colapso nervioso. O tal vez ya lo estaba padeciendo. Y Dimitri solo murmuraba una y otra vez que sin importar qué, él estaba allí. A su lado. Siempre. Y ella, en su divagación, no dejaba de pedir entre sollozos que la perdonara, que no sabía lo que había ocurrido con ella, o por qué lo había hecho. Y él no entendía nada. Una vez más, no era capaz de comprenderla.

Apoyó ambas manos sobre sus hombros, tratando inútilmente de apartarla para forzarla a verlo a los ojos. — Mírame. Rose. ¡Roza detente!

Se detuvo bruscamente, pero aún podía oírla murmurar contra la tela de su camiseta frases incoherentes. Maniobrando con sus manos, la atrajo de forma que ella apoyara su cabeza sobre la parte interna de uno de sus brazos. Acunó su cuerpo convulsionado como si se tratase de una criatura, pero ella parecía ajena a sus acciones. La miró a los ojos, y por un momento le pareció ver lo que vio en ellos la noche de la cabaña, antes de que la arrancara de las garras de la oscuridad. Pero ese día estaba enojada, no derrotada. Ese día estaba dispuesta a extinguir la vida de quien se interpusiera en su camino; ahora solo podía ver la desolación arrasando con cada luz de su mirada.

Deslizó uno de sus dedos por las mejillas sonrojadas, tratando de que lo mirara. —Calma— murmuró, observando como los espasmos de su cuerpo se iban reduciendo poco a poco. Mientras observaba las lágrimas que ahora en silencio se deslizaban por sus mejillas, dibujando un camino rojizo donde las gotas calientes tocaban su piel, se juró a si mismo que haría cualquier cosa a su alcance para evitar volver a verla así. Ese muestra de vulnerabilidad, de desesperación, tan impropio de Rose, lo asustaba más que cualquier cosa que hubiera visto antes —Estoy aquí. — Murmuró. —No iré a ninguna parte. Estoy aquí. Háblame.

.IV.

Y allí se sucedieron los minutos. El atardecer llegó antes de que ambos pudieran comenzar a hablar. Y había muchísimo para decir. Cuando por fin comenzaron, las palabras parecían surgir ante la necesidad de entender. Entender juntos aquello que ninguno de los dos era capaz de comprender por separado. Darle sentido a lo que les había estado sucediendo esa semana. Darle sentido al sinsentido de ese amor que los había estado ahogando en una tormenta de iras y silencios. Comprender cómo dos podían amarse tanto y aun así dañarse tan profundamente. Tenían esas respuestas y era su deber encontrarlas en ellos mismos.

No tardaron mucho en descubrir que la mayor parte de todo lo que creían eran errores. Una cadena de situaciones confusas y malas interpretaciones que los había llevado a actuar o a no hacerlo, a hablar o a callar. Cuando ella se negó a mirarlo a la cara mientras murmuraba con temor un tímido ¿has dormido con ella, camarada? él pensó que su respuesta la aliviaría, pero la absoluta desolación de su rostro no se inmutó. Tal vez se hubiera sentido ofendido por su sospecha, si no fuera consciente de que su silencio había dado un justificado espacio a la imaginación y a la incertidumbre.

Cuando ella le habló de la conversación que había tenido con Tasha, cerró los ojos por el peso de la comprensión. Era más fácil entender los miedos de Rose al descubrir que alguien los alimentaba.

«Me dijo que nunca sería suficiente para ti. Supongo que no debería haberme molestado tanto, pero aparentemente me preocupa.» Había farfullado, esquivando los ojos, como si aquella confesión la avergonzara. «Sigo esperando el momento en que ocurra. En eso tiene razón.»

«¿Ocurra qué?» le había preguntado.

«Que te canses de mí. Que te des cuenta de no valgo las dificultades. Ayer estaba convencida de que quería terminar las cosas porque estaba de acuerdo con Tasha. Porque no quería ser la causa de tu infelicidad, y porque todo lo que ha ocurrido la última semana es evidencia de que lo soy. Pero en retrospectiva, lo hice porque prefería hacerlo yo, en lugar de esperar a que lo hagas tú. No soy buena solo... Esperando a que las personas se vayan. Y las personas siempre se van.»

Era difícil admitir que había problemas que iban más allá de Tasha. Su presencia solo les había servido para que los temores rasguñaran sus entrañas para salir a la superficie. Reconocer la existencia previa de esos miedos era un paso en la dirección correcta. Dimitri supuso que no era fácil para ella confesar esa vulnerabilidad. Hacer visibles sus inseguridades nunca había sido una opción para Rose. Pero estaba allí, reconociendo que su temor a perderlo era lo que la había llevado a dejarlo. Esa costumbre a ser abandonada se había instalado tan profundo en su persona y se había convertido en una carga explosiva para los cimientos de su relación. Descubrir de donde surgía ese temor y desterrar ese pánico a no encontrar nunca alguien que quisiera estar a su lado hasta el final de sus días era algo que debían resolver, una vez más, juntos.

Ella tendría que aprender a aceptar que el riesgo inherente de amar era perder y convivir con ese peligro sin hacerlo el eje de su relación. De su vida.

«Sé que no te he dado demasiadas certezas con mi silencio.» Comenzó, porque era cierto. Hubiera sido fácil decir que sus miedos eran infundados o que su fobia a la soledad se remontaba a su infancia carente de amor y plegada de abandonos. Algunos habrían optado por eximir sus responsabilidades, pero Dimitri sabía que era tan culpable de aquella resolución como ella. Era el principal responsable de la falta de comunicación que se había instalado en lo hondo de su relación. Se había ocupado inconscientemente de generar sus dudas. Se había dedicado a alejarla. « Es un error que pretendo remediar. Pero si hay algo de lo que nunca debes temer, es que me canse de ti. Uno no se cansa de aquello que le es esencial para vivir, Roza. Amarte no es un peso para mí. No es un sacrificio. Es un privilegio; y es necesario. Pero si algo nos ha demostrado esta semana, es que una relación no se construye solo de sentimientos. Debes pensar nuestra relación como algo vivo. Estamos vivos, Roza. Tú y yo. Y la vida no es eterna»

«¿Es tu forma de insertar una de tus lecciones de vida zen para decirme que todo acaba?» preguntó con resignación.

«Es mi forma de decir que la pérdida es inevitable. Nunca querré dejarte, y es la única certeza que puedo ofrecerte. Pero hay mil maneras de dejarte, y no todas dependen de mí. Una vez aprendas a aceptar esa realidad, será más fácil dejar que lo nuestro crezca, disfrutar del camino sin temor a que el viaje se acabe».

Una relación, como la vida, era impredecible, pensó Dimitri, y si tenía que acabar lo haría sin pedir el permiso de nadie. La pérdida como la muerte era inevitable. Perderían y morirían, en algún momento, pero primero amarían y vivirían. Y si luego existieran arrepentimientos, no sería por todo aquello que perdieron por miedo a perder.

.V.

Después de eso, la verdad se hizo menos pesada. Pero asumir que los problemas existían no los hacía desaparecer. Entender que había habido errores no los borraba. Los de ella aún pendían en el tiempo esperando a ser confesados.

Rose comenzó a entender, poco a poco, que probablemente llevar sus sentimientos y acciones al extremo había sido la única solución que había encontrado para exteriorizar sus inseguridades. Siempre había caminado al límite de la imprudencia y la oscuridad, así que no debería sorprender a nadie que su forma de solucionar las dificultades más elementales muchas veces desentrañara problemas más profundos. No era, supuso, la forma más sana de sobrellevar las adversidades, pero era su manera de hacerlo. Era impulsiva, era tendiente a la ira irracional, y Dimitri lo sabía y aún la había aceptado de esa manera. Quizás, pensó, entendiera sus sentimientos. Pero para entenderlos, para aceptarlos, tenía que conocerlos. Independientemente de lo terrible que la hiciera ver.

«Hice algo» confesó después de unos minutos de tranquilidad. Dimitri había estado esperando paciente a que ella volviera a hablar, probablemente entendiendo lo difícil que era para ella que estuvieran allí, esclareciendo sus emociones.

Él sonrió tentativamente. «Lo sé» respondió. «Has estado ocultando algo. Pero realmente, no termino de entender qué. Y he estado tratando de averiguar si esto» dijo tocando la caperuza de su abrigo con curiosidad «tiene alguna relación con eso.»

Ella se encogió en si misma, rozando con sus dedos la tela sobre su cabeza, mientras recordaba los eventos de la noche pasada. Después de ver a Dimitri entrando en la cabaña de Tasha estaba herida. Le había dolido pensar que por su imprudencia él era libre de amar a Tasha como hasta hacía poco la había amado. Y aunque era absolutamente indigno del comportamiento de Dimitri, y ella lo sabía, había pensado que eso era exactamente lo que él estaba haciendo esa noche. La había lastimado mucho antes, con su silencio, con el desinterés a sus dudas, con la indiferencia a sus sospechas. Esa noche solo había sido el detonante de su resentimiento. Y quiso herirlo, aunque fuera solo una mínima parte de lo que él la habido herido.

«Puedes decírmelo, Rose. Esto seguro de que no es tan grave» le dijo Dimitri, con más seguridad de la que ella sentía.

«No lo que hice. Pero el por qué lo hice» dijo mirándolo a los ojos. Si iba a sincerarse, debía exponer cada recoveco de su alma. Dimitri siempre había sido capaz de leerla con una sola mirada. «Y lo hice porque quería...quería lastimarte.» Confesó con la voz temblorosa por la culpa.

Dimitri la miró y asintió, pidiéndole en silencio que continuara. Esa confesión habría escandalizado a cualquier otra persona, o incluso a él mismo en algún otro momento o con cualquier otra persona. Pero no en ese entonces, no con la persona que él mismo había lastimado, aunque inadvertidamente, hasta reducirla a un montón de inseguridades y culpas. Podía entender el deseo de retribución, aunque aquello no le hiciera feliz. No creía que la venganza fuera una solución, pero podía simplemente admitir que la impulsividad de querer lastimar a quien lastima siempre era más natural en las personas que el deseo de hablar y corregir los errores. Podría antagonizar a Rose y decir que sus acciones, fueran cuales fueran, eran egoístas e infantiles; o podría aceptarlas, reconocer su propia culpa en esas decisiones, y seguir adelante.

Y era Rose. Su venganza era probablemente intrascendente. Eran sus sentimientos lo que ella estaba poniendo sobre la mesa. Eran esos sentimientos lo que ella necesitaba que él perdonara. Y Dimitri ya lo había entendido. Entendía la naturaleza de herir a quien se ama como medio de preservación en un momento de debilidad y dolor. Él mismo había sucumbido a tales emociones en el pasado. Conservar la calma en medio de un arrebato de ira, de oscuridad y de sufrimiento era difícil. Pero entenderlo no implicaba que no le doliera.

«Lo siento» murmuró, mirándolo fijamente a los ojos. Él le ofreció una sonrisa, instándola a mostrarle lo que estaba ocultando. Las manos de Rose se movieron hacia la caperuza de su abrigo, sin apartar la vista de él cuando comenzó a quitar la tela que cubría su cabeza.

Dimitri suspiró pesadamente.

Su cabello, por lo general un abundante montón de mechones castaños que tocaban sus caderas, ahora apenas rozaba sus orejas. La parte trasera de su cabeza tenía apenas unos centímetros de cabellos, y aunque sobre su nunca y laterales había un poco más, la diferencia con su anterior aspecto era evidente. Dimitri no pudo evitarlo. Sus manos se lanzaron precipitadamente hacia los lados de su cuello, esperando que sus manos tocaran aquello que sus ojos no podían ver. Suspiró tristemente, mirando con anhelo allí donde las hebras oscuras solían caer impertinentes, desparramándose sobre su rostro en momentos poco oportunos. Ahora su rostro estaba despejado, libre de mechones insolentes, y podía ver sus ojos oscuros mirándolo con solemne arrepentimiento. Amaba ese cabello, y ella lo sabía.

«Lo hice porque...»

«Lo sé» la interrumpió con cuidado. Volvió a mirar su cabello antes de mirarla a los ojos una vez más. «Lo sé, lo entiendo.» Susurró, un segundo después, porque lo hacía. Lo entendía. Y aunque la ausencia de su cabello lo entristecía, y los sentimientos tornadizos de Rose no necesariamente lo apaciguaban, él comprendía. Y en el fondo se sentía aliviado de que los desquites de Rose fueran tan mundanos. Algunos podrían considerar sus acciones extremas, pero él realmente sabía que si lo intentaba, podía llegar mucho más lejos.

Y la amaba. Independientemente de sus rencores y de sus inseguridades, de su perfecta imperfección, de su impulsividad, sus caprichos y temores. La amaba con todos esos errores que la hacían insuperable ante sus ojos. Podía lidiar con todo eso. Podía soportar sus reproches, sus castigos y venganzas. Incluso ese cabello tan corto que se escapaba con facilidad de sus dedos. Pero no con su ausencia. Eso era lo único a lo que no podría resistir.

El resto de esa inestable y maravillosa existencia siempre tendría solución.

«Volverá a crecer» dijo por fin, ofreciéndole una de sus manos. Ella asintió solo después de un momento de breve vacilación.

«Lo hará» respondió con una leve sonrisa, aceptando su mano entre las suyas. «Volverá a ser como antes.»


Bueno, eso ha sido todo. Sólo una pequeña historia tratando de trabajar a Rose desde una perspectiva ligeramente diferente a la que estoy acostumbrada. Quería retratar a Rose de una manera más "humana", como alguien que tiene temores e inseguridades, que comete errores y que no siempre gestiona bien sus emociones. La ambigüedad y los defectos de los personajes siempre me ha parecido un aspecto muy interesante, y tenía ganas de jugar con eso. Espero que hayan disfrutado de la historia. Saludos y hasta la próxima.

Brenda-I