Vampire Academy, sus personajes y terminos son propiedad de Richelle Mead. Solo la historia en cuestión es mía. Un mundo alternativo y al mismo algo apegado al canon, escrito con el odio que me tengo por dejar todo al último.
Editado por Brenda-I
Cadenas de sombras
Parte I
Lissa se aferró a la muñeca perfectamente envuelta en vendas de Rose con una expresión confusa en su rostro; la Dhampir no supo decir si estaba triste, horrorizada o simplemente demente. Lo que si sabía, es que la intensidad de sus ojos era inquietante, como solía ser en sus ataques de locura. Se sentía encoger cada vez que la miraba así.
—Tus cadenas, Rose, sus cadenas se están oxidando —anunció asustada mientras dirigía sus ojos a algún lado detrás de su amiga, que estaba sentada con ella en la cama.
— ¿Cuáles cadenas son, Lissa? ¿A cuáles te refieres? —le preguntó, pero Rose ya sabía la respuesta, lo sentía, y por unos instantes, el cuadro que tenía Lissa de estas cadenas fue proyectado en su mente gracias al vinculo. Su respiración se aceleró cuando pudo ver cómo un rastro rojizo se adhería a la cadena que estaba sujeta a su muñeca a través de un grillete, carcomiendo el metal, desgastándolo. Su cuerpo entero había empezado a temblar y su piel se humedecía. Sabía lo que esto significaba, en su alma lo sabía. Algo le había pasado a su Jumătatea. Su corazón se contrajo y creyó que explotaría. No debía llorar, no debía hacerlo. Quiso contener las lágrimas al momento que sus ojos ardieron, pero escaparon.
Las cadenas se tensaron porque habían sido jaladas desde el otro extremo.
— ¡Oh, Rose! Él está... él está siendo llevado. —Lissa sollozó cuando finalmente miró el rostro de su amiga. Sentía mucho, muchísimo, lo que sucedía. Ella siempre deseó que Rose pudiera conocerlo, que se permitiera amar a pesar de que siempre les dijeron que no podría hacerlo. Probablemente, su corazón dolió casi tanto como el de su amiga. Pero entonces, la chica rubia tuvo el impulso de mirar de nuevo, aunque le doliera hacerlo. La confusión se combinó con su inestable estado.
—No, no, —corrigió, pálida, con débil voz—. Él sigue aquí, si, lo veo. —entonces dirigió su mirada enloquecida a Rose —. Tinieblas lo han cegado y las sombras lo cubren...
xXx
Rose despertó de golpe, con lágrimas en sus ojos.
"Pero aún no se ha ido, está aquí, ¡está aquí!, ¡Aún puedes encontrarlo!" sin desearlo, su mente completó el recuerdo.
Se sentó en la cama y limpio rápidamente su rostro húmedo con sus manos y muñecas. De nuevo había tenido ese sueño. Cada año era igual, cada año soñaba con el delicado rostro de Lissa siendo destruido por la demencia. Deseaba que al menos una vez pudiera verla en aquella playa a la que fueron en una ocasión, sonriendo como solía hacer, cálida y brillante, como el sol de primavera en Montana.
Rose miró a la ventana que dejaba ver el cielo nocturno que era iluminado por los destellos liberados por la ciudad. Tomó el teléfono que estaba en la mesita de noche a un lado de su cama, vio la hora y de haber sido otro día, habría saltado de la cama. Llegaría tarde si no se apuraba, pero en un día como este poco le importaba. Ni siquiera quería salir de la cama, pero se forzó a hacerlo. "No tengo ganas de existir hoy".
Por fortuna, había tomado una ducha antes de dormir, así que se ahorraba algo de tiempo ahora. Después de vestirse, recogió su largo cabello oscuro en un moño frente al espejo. De debajo de su almohada, tomo su estaca de plata y la puso dentro de su bota derecha. Fue a su buró junto a la puerta, sacó del cajón un par de guantes largos hechos de licra negra y los deslizó por sus manos y antebrazos, cubriéndolos, como todos los días hacía desde que tenía once años; al igual que hacen los Guardianes. ¿Con qué razón? Evitar ser tocados por su Jumătatea.
Su alma gemela.
Revisó de nuevo la hora.
— ¡Mierda! —exclamó en lo que salía de la habitación.
En puerta del apartamento, una chica con cabello de sol y brazos cruzados, subía y bajaba la planta de un pie contra el suelo de una forma acelerada. Zaria, como una persona citadina, y decente, detestaba la lentitud y los retrasos. Había días, como ese, en los que realmente detestaba a esa norteamericana. El jefe le había dejado en claro que quería verlas a tiempo, en especial a Rose. En cuanto vio a su compañera salir por fin, dejo salir una maldición en ruso.
— ¿Qué te sucede, amerikansky? —espetó Zaria en ruso. —Con este día, serán tres retardos consecutivos. ¡Mazur nos colgará!
— Ya estoy aquí, podemos irnos—le respondió Rose desganada, también en ruso, mientras tomaba del perchero una gruesa cazadora olivo.
La dhampir rubia resopló y tomó también su abrigo. Aquellas dos tenían una relación algo no agradable. La personalidad cascarrabias de Zaria repelía la cool de Rose. Mientras la chica rusa prefería solamente hacer su trabajo, mantener cierta distancia de sus compañeros y permanecer recluida en su vivienda, en cambio Rose era amigable y genial a su manera, convivía con todos, trataba de mantener algunos lazos y hacía poco empezó a salir con ellos. Sin embargo, no siempre fue así la actitud de Rose al llegar a Rusia. El primer año de su estancia fue duro, su mente estaba perdida después de su pérdida, le costaba procesar todo el cambio: aprender un nuevo idioma, conocer la cultura, el descubrir extraña comida y lidiar con un clima inestable. No quería hablar con nadie, ni quería tener contacto más allá de lo necesario. Nada le importaba, apenas si lo hacía su trabajo.
Estaba deprimida.
Rose no pudo negarlo cuando lo declaró su terapeuta. Sin embargo, su pesar era diferente al que pasa una persona normal al estar en una situación así. El dolor no solo estaba en su cabeza llena de recuerdos de su amiga que le hacían tensar la espalda, estaba entrañado en su alma, hasta en las partes desconocidas de ella, la ocupaba toda como una enredadera de espinas que la estrujaba y esta cosa había echado raíces en el vacío que había dentro de ella. Y Rose sabía porque era así, porque el pesar la mantenía postrada de esta forma, era por el vínculo. No tenía alguna prueba o indicio consistente de ello más que su propio instinto.
—Serás tú quien le explique a Mazur porque llegamos tarde. —le soltó Zaria mientras bajaban a toda velocidad las escaleras del edificio
—Hoy es día de revisión —respondió Rose de forma seca—. Ya me encargaré.
Ese día era su reunión mensual. El viejo quería saber cómo lo estaba llevando y quería la información directamente de Rose, lo cual molestaba a la chica, siendo que ya lo sabría todo de antemano por medio de sus subordinados, que parecían estar en todos lados. A veces creía que no tenía privacidad. Una prueba de ello era Zaria, o al menos eso sospechaba Rose, que pensaba que su roomie le llevaba el reporte de lo que sea que haga.
Llegaron a la planta baja y salieron del edificio, inmediatamente siendo golpeadas por el viento frío que hacía esa noche que, según el pronóstico, se haría más helada conforme pasarán las horas. Probablemente estarían a cinco grados centígrados en ese momento.
Cerca de la entrada estaba un auto azul estacionado, cuyo joven conductor las esperaba recargando su espalda contra la puerta del copiloto, que daba para la banqueta. En cuanto este las vio, tomó el cigarrillo en su boca con sus dedos enguantados para tirarlo al suelo y pisarlo. Dejó ir el humo de hierba quemada contenido en sus pulmones y este se mezcló con el vaho de su respiración, camuflando su apariencia, pero no su aroma, que fue llevado por el viento hasta las narices de las chicas. Al darse cuenta del sujeto de cabello cenizo, ambas se miraron en busca de respuesta, pero ninguna la tenía. No se les había informado esto.
— ¿Qué haces aquí? —quiso saber la rubia, mientras señalaba con el dedo al hombre. A simple vista, su mano pareciera desnuda, pero en realidad estaba cubierta por un guante nude, al igual que la otra—. Y creí haberte dicho que no fumes en mi presencia.
—Primero que nada, buenos días —el chofer saludo usando un vocabulario formal en ruso mientras intentaba controlar los músculos de su cara que querían formar una sonrisa. —El señor Mazur dijo que viniera a recogerlas porque tal parece que aún son unas pequeñas a las cuales hay que acarrear. Y... —agregó mirando a su compañera acusadora— tire el cigarrillo antes de que llegaras.
Zaria y Rose resoplaron molestas. La rubia por el trato del dhampir y la extranjera por la intervención de Mazur.
—No te pongas así, amerikansky —el tipo sonrió coqueto hacía Rose—. Tampoco fue agradable para mí empezar más temprano a trabajar, pero tal parece que el jefe tenía razón. Mejor bendíceme con tu sonrisa y subiendo al auto de una vez.
Rose no tenía nada que decir contra los hechos, además de que no deseaba involucrarse en un "enfrentamiento" innecesario ese día, así que simplemente optó por hacer lo que le pidieron. No ganaba nada con anteponer su orgullo y negar el ofrecimiento de transporte, aunque viniera como una burla a su persona. Con ella en la parte trasera y Zaria como copiloto, avanzaron para ir a través de la ciudad brillante por todas las luces de colores emitidas por las llamas artificiales que nacían de los autos y edificios. La vida nocturna comenzaba apenas y Rose la admiraba fijamente desde su ventana. Veía como el paisaje urbano venía por un lado y se iba por el otro mientras se movían.
Un "No quiero estar aquí" resonó en su mente. La sensación de cansancio no la había abandonado. "Quiero volver a la cama". Perdida en la vista de los edificios, ignoraba por completo la plática que hacía Orlov.
Zaria la miro por el retrovisor y bufó. —Ni siquiera escucha tu parloteo, sería mejor que centraras tu atención a la calle.
Él también la miró por el espejo. —¡Cielos, debushka, llevas días así! ¿Qué demo...?
Zaria le lanzó una mirada tan pesada a Orlov que hizo que las palabras que estaban por salir de su boca se deshicieran como arena. Negó con su cabeza lentamente y su dedo señaló el camino de forma firme. El chico entendió al instante, sintiéndose avergonzado por no recordarlo. Se aferró al volante y no dijo más.
Rose continuó observando el exterior, identificando las líneas que lo conformaban y prestando atención a donde la luz no llegaba. Y estando en un semáforo en rojo, le puso atención a los transeúntes, normales y tranquilos, solo caminando, ninguno con un rostro familiar...
O eso creyó en una fracción de segundo. Fue cosa de un parpadeo.
En medio de todas esas personas había alguien que si conocía, a Lissa. Estaba ahí parada en medio de todo, vestida de blanco, mirando a Rose fijamente. La chica, la chica que si estaba viva, sintió su respiración pesar y soltó un jadeo casi insonoro que dejo una pincelada fugas en la ventana. Y desde la banqueta, la imagen de la Moroi levantó sutilmente su antebrazo izquierdo, de forma solemne, mostrando en el rostro su expresión de seriedad que Rose llegó a llamarla "tomate esto en serio".
Pero entonces el auto avanzó de nuevo y Lissa quedó atrás. Rose estaba aturdida, sin habla, pero podía controlarse, sí, podía hacerlo; no era la primera vez que la veía de esta forma. No lo era. Sin embargo, nunca antes había hecho algo más que verse triste.
Cuando rara vez aparecía, era en ocasiones como esta, en medio de la ciudad nocturna, a lado de gente que no la notaba. ¿Era real? ¿Una alucinación? Rose no lo sabía, pero no quería averiguarlo. No quería hablar sobre ello, porque si lo hacían se lo quitarían, si, le quitarían este vestigio, lo que le quedaba, de Lissa. La mirarían y dirán "loca" o "no está bien, necesita ayuda". No lo permitiría, no, no una vez más.
Pero el asunto que más intrigaba a Rose es "'¿Que me quiere decir?"
xXx
Llegaron a una zona comercial de clase alta donde elegantes y modernos edificios se alzaban sobre ellos, dirigieron su camino a un casino con una fachada de ladrillos grises, cuyo nombre se alcanzaba leer en letras doradas que emitían luz de su lado trasero, "El bey". Aparcaron el auto en el estacionamiento de dicho casino, junto con otros pocos que pertenecían a otros trabajadores, hasta el final de este. Aún era temprano para que los clientes nocturnos llegaran, los humanos, y los matutinos acababan de irse, los Moroi.
—Amerikansky —la llamo el hombre sin recibir ni una reacción. Lo hizo un par de veces más hasta que levanto un tanto su voz— ¡Hey, Rose! Ya llegamos —pasó su mano entre los asientos delanteros y golpeo suavemente la pierna de la chica retraída. Por fin, Rose lo miró, sorprendida.
— ¿Qué? ¿Qué?
En otro día, él se habría burlado diciendo que despertara, que no podía pasarse el día imaginándose un futuro con él, pero creyó que no era la ocasión en cuanto los ojos vacíos y acuosos de Rose se posaron en él.
Fueron a la puerta trasera del servicio y entraron por ahí al edificio, caminaron por los pasillos de pisos y paredes blancos hasta llegar a una espaciosa sala de descanso para los trabajadores, donde se encontraban unos pocos Dhampir ahí. Al entrar, todos los saludaron casualmente llamando sus nombres, haciendo una leve inclinación de cabeza. A Rose, todo el mundo le decía "Amerikansky", era su apodo desde que llegó. Habían empezado a llamarla así de una forma despectiva, pues tenían malas impresiones de como solían ser sus compatriotas y demás no les agradaba del todo que Rose llegara ahí en calidad de "protegida" de Abe Mazur. "¿Como por qué le daría tanta importancia el señor Mazur a esa Dhampir?" murmuraban. "¿Qué tenía ella además de ser la culpable de la muerte de la princesa Dragomir?". Con su resiente perdida, la inestabilidad de Rose se disparó y no dudo en ningún momento callar esas palabras de sus sucias e ignorantes bocas con mordaces y directas palabras y, si había oportunidad, a golpes. Como olvidó parte de su entrenamiento como guardiana en su tiempo de fugitiva, esas peleas, además de las clases que tuvo con Pavel, le sirvieron como un buen entrenamiento.
Finalmente, pudo ganarse el respeto de sus compañeros, no solo por sus enfrentamientos, sino por su gran desempeño en el trabajo como guardaespaldas de Mazur. No había nadie como Rose para matar Strigoi. Nadie, salvo Rose, podía saber cómo es que ella podía percibirlos desde antes que pudieran acercarse lo suficiente; las náuseas se hacían presentes en ella cuando algún no muerto estaba cerca. ¿Por qué?, de nuevo sospechaba del vínculo. No sabía lo suficiente acerca de esta conexión, más que las leyendas de otros guardianes y sus Moroi que también llegaron a tenerla, pero intuía que este vínculo, salido después del accidente de auto donde murió la familia de Lissa y ellas dos resultaron lesionadas, había influido más cosas en ella además de saber que pensaba su amiga.
Si bien, los Strigoi eran una amenaza, el Moroi turco sufría más ataques por parte de sus contrincantes y enemigos que por aquellos monstruos, y en esas situaciones también Rose destacaba al incapacitar a los agresores.
Orlov y Zaria se dejaron caer en el sillón azul ultramar extremadamente mullido que rodeaba una mesita de madera grisácea.
—Bien, llegamos justo a tiempo. Es hora que respondas al llamado, debushka. Lástima que no puedo entrar a su guarida contigo para protegerte. —Orlov fingió tristeza mientras estiraba sus brazos sobre el respaldo.
—No tengo ni un poco de ganas de ir —Rose rodó los ojos y se cruzó de brazos al mismo tiempo que ponía su peso sobre una pierna.
—Ve de una vez, quizás se enoje menos con nosotras por los retardos si llegas antes de que mande a alguien aquí a buscarte. —dijo Zaria justo cuando se percataba de la cercania de otra persona.
Rose se bufó— no le tengo miedo a Pavel. —Sus dos acompañantes abrieron la boca al mismo tiempo para hablar, pero Rose ya intuía lo que dirían. —Sí, sí ya sé que él está detrás de mí.
La chica se volteó perezosamente para ver de frente a su mentor, quien mostraba una expresión burlona. Era un Dhampir algo mayor, de la edad de Mazur quizás, de apariencia rígida: fornido, de cabello castaño siempre con corte militar y cejas que parecían siempre estar fruncidas. Pero su personalidad era diferente a su imagen, pues él era alguien afable, optimista y, en ocasiones, un poco socarrón.
—Estaba a punto de sentirme decepcionado, Rose, por un momento creí que tendría que derribarte para que te dieras cuenta de mi presencia.
Rose mostro una sonrisa torcida. —Hubiera sido interesante que lo intentaras, así tendría una buena excusa para no tener que ver al viejo.
Él se rio.
—Quizás sea para la próxima. El señor Mazur ya te espera... y aún esta disgustado por tus llegadas tardes.
Zaria agitó su cabeza con hastío al escuchar eso. Parecía que Rose si tendría que encargarse de eso después de todo. Ambos se despidieron de los Dhampir sentados y caminaron hacia un pasillo de su derecha que llevaba hasta unas escaleras de mármol, las subieron y al instante se toparon con una puerta de roble rojiza. Pavel giró la perilla y entró sin dudar a la oficina de su jefe, Abe Mazur.
El hombre se encontraba sentado detrás de su extenso y pesado escritorio de madera casi del mismo color de la puerta; justo a sus espaldas había una ventana de vidrio oscuro que iba del piso al techo, cuyo marco estaba conformado por elegantes molduras; y a los lados de ella, se extendían libreros, también de madera, que ocupaban esa pared y las de los costados.
Pavel se posicionó a derecha de Abe, con su postura firme de guardián. El Moroi de cabello negro retiró su atención de la computadora, miró a Rose y le dedicó una sonrisa burlona, pero la chica sabía que no estaba tan de buen humor cuando percibió el ambiente de la oficina. "Aun puedo huir" pensó para sus adentros sin hacer ningún ademan de pasar del marco de la puerta.
—Intenta siquiera darme la espalda, niñita, y Pavel... ¿cómo dirían en Estados Unidos? —se cuestionó vagamente—¡ah sí! Te tacleará. Siéntate, Amerikansky, y al menos disimula tu molestia.
La orden estaba más que clara y Rose tuvo que arrojar lejos la idea de correr. Respiró hondo y preparó su mejor sonrisa forzada. Abe se rio de su gesto. Finalmente entró a la oficina y caminó hasta una de las dos sillas de terciopelo verde frente al escritorio, se dejó caer en ella y miró a su empleador y benefactor.
Ibrahim Mazur había sido, aunque le costara admitirlo, una gran ayuda en su vida. Él la encontró justo cuando las espinas de su alma la estaban asfixiando. Y no pensó que sería así cuando lo vio por primera vez y pensó que tenía la pinta de un mafioso: barba de candado, cabello pulcramente peinado hacia tras, aretes de oro en cada oreja y vestía un traje negro de alta costura.
— ¿Qué harás ahora, niñita? No tiene caso regresar con esos estirados, no te dejarán ser una guardiana. —Sonrió de manera tenue, malicioso.
—De todos modos, no quería serlo. No quiero ser la guardiana de nadie que no sea Lissa.
— ¿Entonces que es lo que harás? —repitió— ¿Cómo vivirás?
En ese momento, la chica dirigió por fin sus ojos al hombre de acento turco parado a su lado, y estos eran dos orbes vacíos, donde la luz había sido ahogada. Ella no dijo su respuesta, no hubo necesidad, pues Abe pudo entender sin palabras al también mirar por esas ventanas marrón.
Mazur no dudo ni un poco meter sus manos al fuego para llevarse a esa niña consigo al otro lado del mundo, donde creyó que estaría mejor. Fue una dura batalla legal, pues parte del concejo de la Reina y otros nobles, exigían procesar a Rose como adulto por el crimen de secuestro y homicidio imprudencial y agravado. La querían encarcelada, y otros cuantos, incluso ejecutada. Y aun siendo esto así, Abe se salió con la suya. En ese entonces, Rose nunca creyó que lo había hecho de forma limpia, es decir, tenía el dinero para pagar excelentes abogados y probablemente tendría algunos contactos, pero encontraba difícil ganar con eso en un caso así. Y cuando se involucró en el negocio del hombre, pudo confirmar sus sospechas.
Si bien, no lograron juzgarla como adulto o encerrarla, si pudieron dar castigo: quedaba totalmente vetada del cuerpo de guardianes y quedaba exiliada de forma indefinida de cualquier tipo de actividad social. "Nada grave" rio Mazur entre dientes cuando escucharon el veredicto.
—Ahora, dime, como ha ido este mes. —Ordenó nuevamente Abe uniendo sus manos sobre el escritorio, ofreciéndole su sonrisa da falsa amabilidad.
Rose se resignó.
—Bueno no hay mucho de que hablar, pero puedo empezar diciendo que las llegadas tardes fueron culpa mía, Zaria trató de evitarlo, pero pues la verdad es que no tenía ganas de salir de la cama. —Abe entornó los ojos ante su cinismo—. También está que la terapeuta dijo que he mejorado, que es bueno que ya no me quiera matar y que quizás me ayudaría volver a tomar tratamiento, pero le dije que se fuera al demonio. Estoy harta de las pastillas. Ah, y no sé si querrás saber cómo que el otro día le gane a Grisha en una competencia de comer donas...
La platica prosiguió por un buen rato, Rose no entraba en detalles, solo lo superficial. Mazur escuchaba atentamente, procesando la información del reporte mensual de su "protegida". De vez en cuando hacía preguntas, pero por lo general solo la hacía hablar. Le gustaba escuchar de Rose su versión de los sucesos que él ya conocía, pues él estaba al tanto de todo a su alrededor.
Cuando Rose terminó, él se dejó caer sobre su cómoda silla de cuero, llevando sus manos, aun unidas, a su estómago. —Gracias por tu cooperación —dijo sarcástico—. Ahora, hay otro asunto que tratar.
—No tengo otra opción más que ser toda oídos.
El Moroi sacó de un cajón a su izquierda, una carpeta amarilla y la dejó caer sobre el escritorio, frente a Rose.
—En nuestro club nocturno de la avenida Lenina ha habido avistamientos de Strigoi —Abe fue al grano— y han provocado varios incidentes que podrían afectarnos seriamente.
La chica abrió la carpeta mientras escuchaba a su jefe, y se encontró con las fotografías de una chica con cabello azabache muerta recostada contra una pared sucia y con el cuello desgarrado de donde corría sangre que bajaba al pecho. La cerró.
—Escuché por ahí el rumor el otro día. ¿Cuántos han sido? —El rostro de Rose era inexpresivo.
Abe miró la carpeta recientemente cerrada y luego a ella.
—Cinco, cuatro humanos y una Moroi. No ha habido tanto revuelo de esta última porque es alguien común y solo bastó algo de dinero para que sus padres no hicieran ruido. Y los culpables han sido tres hasta donde hemos podido saber por los vigilantes de ahí y las cámaras de seguridad. Sus fotos son las últimas.
Rose tomó de nuevo la carpeta y se saltó las imágenes de cadáveres para encontrar unas cuantas fotografías borrosas en blanco y negro, donde apenas se podían percibir características de los monstruos que debía cazar. Un chico rubio, delgado y sonriente que miraba directamente a la cámara de la entrada con descaro; otro de cabello oscuro cuyo perfil se alcanzó a ver antes de que este se diera cuenta del lente y voltease por completo, tenía una nariz aguileña y barba incipiente, que le daban un plus a su apariencia ruda que ya le daba su cuerpo ligeramente corpulento; y en el último par de fotografías, no se pudo ver el rostro del ultimo cómplice, quien evadió la cámara completamente, solo dejando ver cabellera de tono medio que caía hasta sus hombros anchos, el ángulo dejaba ver que era muy alto y de cuerpo trabajado, alguien fuerte.
—Necesito que te ocupes de este asunto esta misma noche. No queremos una mala reputación, ¿verdad?
Ella lo miró ligeramente molesta al escuchar como ponía primero su negocio que a las víctimas, pero Rose ya se había cansado de darle sermones por ese pensamiento, así que solo lo dejó pasar. Claro que Abe no lo pasó por desapercibido y mostró una sonrisa burlona, esperando una respuesta.
—Verdad —respondió entre dientes mientras se paraba de su asiento—. Me llevaré a unos cuatro de seguridad.
—Haz lo que más te convenga.
Rose pasó una mano una mano por su cabello recogido, tratando de calmar su reciente enfado contra su jefe. Esta acción captó la atención de Abe, concretamente, miró sus manos cubiertas. Entonces realizó que toda ella estaba cubierta. Es decir, claro que no era extraño que un Dhampir fuera así vestido, y tampoco era como si Rose nunca estuviera así, y en realidad ese era su conflicto, el que Rose aún se cubriera como si fuera venenoso el tener contacto directo con lo que fuera.
—Creí haberte dicho ya que te quitaras todos esos trapos de encima.
—Y yo creí haberte dicho que no me digas cómo vestir.
Abe resopló.
—Niña, ¿no crees que es hora de que busques a tu Jumătatea?
En cuanto el turco pronunció esas palabras, esas palabras malditas, Rose sintió como si un rayo atravesara su espalda, haciendo que los músculos a su paso se tensaran. Le dedicó una dura mirada al hombre frente a ella, apretando su mandíbula. Abe sabía que Rose odiaba tocar el tema a toda costa, pero él creyó que quizás ahora su reacción sería diferente al escuchar sobre su mejora.
—Mi Jumătatea no existe más.
—Rose, —se incorporó en su silla para mirarla mejor a los ojos— no puedes seguir creyendo eso.
Ella mantuvo su expresión tensa.
—Mazur, te lo he dicho antes, Lissa no era como los otros. Ella lo vio, yo lo vi.
La princesa Vasilisa Dragomir tenía poderes diferentes a los que suelen tener los otros Moroi. No pudo determinar con cuál de los cuatro elementos, agua, tierra, aire y fuego, tenía mayor afinidad, no pudo especializarse en ninguno. En cambio, ella poseía la habilidad de crecer las plantas, curar heridas... y ver cosas que otros no. El mejor ejemplo de este último eran las "cadenas" de las personas, las que encadenan un ser a otro de alguna forma u otra; las que unían un padre a un hijo, un hermano a otro hermano, una amiga a otra amiga ... o las que unían a alguien a su Jumătatea. Además, podía saber el estado de los individuos por cómo se veían sus cadenas, pero no mirar un extremo a otro a menos que las dos personas estuvieran juntas, solo una parte de ella salir de alguno. Y Lissa... había podido ver claramente como el metal que vinculaba a Rose con su alma gemela de deterioraba. Se dio cuenta que esa otra alma a la que estaba predestinada, se convirtió en un ser de oscuridad, un Strigoi.
—Entiendo que pienses así por ese extraño vinculo mental que tenían, ¿pero realmente puedes decirme cuales cosas que decía ella eran verdad y que otras eran alucinaciones?
—Puedo decirte que esa visión fue verdad —la respiración de la chica era pesada.
Para cualquiera, los poderes de Lissa sonaban como una bendición, pero con el tiempo, las dos adolescentes se dieron cuenta que no lo era del todo. Como Lissa hacia crecer las flores que tenían, como curaba el cuello de Rose después de alimentarse de ella u otras heridas, como se percibía las cadenas, como usaba el poder de la compulsión sobre los humanos para poder ir a la escuela, rentar una habitación o sacar dinero del banco, algo en ella se desgastaba. Al principio, no le tomaron importancia, ya que, desde el accidente, Lissa había estado deprimida, algo normal después de algo así. Pero este estado fue subiendo de nivel, fue empeorando cada día. Lissa no comía, no dormía bien o lo hacía demasiado, no tenía energía, sus pensamientos eran una masa de ideas negativas que las dos resentían y cuando esto se agravó, empezó a alucinar, a ver cosas que no estaban ahí.
—Rose, no puedes confiar en las palabras de una enferma mental. — declaró Abe sin ningún miramiento.
La ira calentó el pecho de Rose. Sabía que las palabras de Abe eran las correctas para referirse a Lissa, sin embargo eso no quitaba el hecho de que detestaba cuando la llamaban así o de cualquier forma similar. Pero no podía dejarse llevar por la ira; esa fue una de las primeras cosas que le enseñó Pavel.
—Quizás Lissa no estuviera bien, ¡pero yo misma pude sentirlo, maldita sea! Sabes bien que alguien se percata cuando algo le ocurre a su Jumătatea. Y yo lo hice. Sentí en mi ser como una parte de mi fue arrancada cuando él murió.
"—… quizás él cambió, pero creo que pueden hallar la forma de amarse."
"—Lissa, un ser como él no puede amar y alguien que no puede amar está muerto."
El Moroi se levantó de su asiento y se inclinó sobre el escritorio—. Probablemente sólo haya sido herido de gravedad. Si él estuviera realmente muerto, apenas si podrías valerte por ti misma. No serías tu.
— ¿No te es suficiente con tenerme en terapia y haber estado medicada para saber que no estoy bien? —Rose también se puso de pie y lo enfrentó.
—No es lo mismo —agitó su mano derecha dando énfasis—. He visto con mis propios ojos como es alguien a quien realmente le fue quitado su compañero.
Quizás esa era la oportunidad perfecta para decirle que quien se supone debía amarla con todo lo que tenía era un monstruo que se alimentaba con sangre de inocentes, probablemente eso lo haría callar por fin, tal vez podría entenderla mejor. Pero no lo hizo, no pudo, debido a que estas acertadas palabras, y cualquier otra, murieron en cuanto vio por un instante el reflejo de Lissa por la ventana. Un escalofrió la recorrió. "No lo deben saber" hizo eco en el fondo de su mente una voz queda.
Abe notó el extraño cambio de la chica, pero no creyó que esto se debiera que por fin la hacía entrar en razón. Igual continuó: —Rosemarie, tienes la oportunidad ahora mismo de vivir libremente, como los Dhampir no la suelen tener. No la tires por la ventana por una ilusión. —Calló por unos segundos y entonces agregó— Estoy seguro, que a pesar de todo, la princesa querría que tú lo encontraras.
Antes de que lo supiera, por la mente de Rose pasaron todos lo momentos en los que Lissa le decía que dejara ese juramento a un lado, pero lo forzó a parar. Sabía a donde la querría llevar Abe a partir de aquí y concluyó que lo mejor sería ya irse de ahí sin perder más tiempo.
—No la uses para querer hacerme sentir culpable —finalmente dijo mientras tomaba la carpeta con las fotos, se giraba para darle la espalda y dirigirse a la puerta—. Al menos tenle un poco respeto por hoy. No importa cuantas veces toquemos el tema, no cambiaré mi postura. Yo sé lo que viví, viejo.
Salió de ahí cerrando la puerta detrás de si. Ibrahim se dejó caer en la silla, cansado. Miró la botella de cristal con cognac que estaba sobre una bandeja de metal en su escritorio, la tomó y sirvió el líquido en uno de los vasos también dispuestos ahí. Lo llevó hasta su boca y lo bebió sin pausa. ¿Por qué demonios era tan terca esa niña? Se preguntó. Era igual a Janine. Él quería saber realmente que era lo que pasaba por su cabeza, que era lo que le hacía creer que no podía amar. Creía que la terapia la curaría, pero tal parecía que a pesar de los años que llevaba ahí no eran suficientes. ¿Qué era lo que faltaba?
— ¿Por qué no puede pasar más de un mes sin pelearse con su hija? —soltó Pavel, valiéndole poco. No se había movido ni un poco de su lugar en todo este tiempo.
Mazur le lanzó una mirada asesina.
—Hago lo correcto.
—Lo correcto sería que ella sola se diera cuenta de su error, ya que querer forzarla solo lo empeorará. De le tiempo.
El Moroi bufó al escucharlo, tratando de ocultar la molestia que sintió al pensar que lo que decía era verdad. —Creo que ya ha tenido tiempo suficiente.
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Espero que les haya entretenido por lo menos esta parte uno xd que la desesperación que tuve por terminar casi a tiempo haya tocado sus almas.
Cuando publique la segunda y última parte daré mis comentarios finales jsjsj
Euda
