Los días durante la carrera más ambiciosa jamás corrida compartían un detalle muy similar con sus noches: la más abismal de las soledades. La tierra se ensanchaba bajo las pezuñas de la montura hasta desaparecer por encima de una montaña de laderas escarpadas, debajo de un bosque espeso y asfixiante, detrás de un acantilado traicionero, entre un montón de rocas del color del fuego; o quizá se fundía en el infinito ignorando un horizonte de trazos difusos.

Debía uno ser muy soberbio, o muy estúpido, para no sentirse pequeño en una vastedad tan absurda donde la superioridad del hombre tiene poca cabida. Allí la muerte aguardaba debajo de la piedra más diminuta, en el recodo de un simple descuido, y también brillaba inclemente por encima de sombreros y osamentas desnudas por igual. El poder de la naturaleza no era ya el cliché habitual; se percibía cada vez que parpadeaban o llenaban los pulmones de aire purísimo. Para el próximo pueblo faltaban todavía unos cuantos días de cabalgata.

Más tarde, cuando el cielo comenzó a teñirse de colores naranjas y rosados, supieron que era hora de parar. Prendieron fuego, alimentaron sus estómagos rugientes con una cena bastante escueta, y sin muchas palabras mediante buscaron el reparo del sueño. El descanso estaba estratégicamente pensado por turnos en caso de que algún enemigo planeara sorprenderlos durante las horas sin luz.

Johnny Joestar abrió los ojos y se encontró con el resplandor incandescente de las estrellas. De tanto en tanto se desorientaba, y durante unos instantes lo invadía el terror de haber despertado en el hospital donde un médico indolente le anunció como pronosticador del clima que debía aprender a sobrevivir sin piernas. Pero el olor reconfortante de las brasas ardientes no tardó en volver a ubicarlo en mitad del territorio norteamericano.

Por la posición de la Osa Mayor supo que todavía no comenzaba su turno de vigía. A unos pocos metros su compañero parecía tener la vista perdida en algún punto de la negrura sin luna.

Un ave de rapiña chilló a lo lejos, o quizá fue el casi imperceptible deslizar de una serpiente magnificado por los incontables granos de arena del desierto. En medio de tanta inmensidad, de un silencio tan abrumador, cada insignificante sonido era capaz de amplificarse hasta provocar la locura.

Gyro Zeppeli era en extremo silencioso. No fue ningún ruido de su parte lo que lo había hecho despertar noches atrás, sino la mera casualidad, el irónico insomnio que provoca el agotamiento. En el más completo sigilo, con el cuidado de un experto cirujano, se había aproximado a su lugar de reposo, le había quitado los zapatos, primero el izquierdo, luego el derecho, y con las manos entibiadas por el calor de la fogata había comenzado un esmerado masaje. Por supuesto, ni la falta de zapatos ni la tibieza ni el masaje eran percibidos por Johnny Joestar. La bala alojada en su espalda le impedía cualquier tipo de sensación de la cintura hacia abajo como si la mitad de su cuerpo no le perteneciera. Pero sus ojos todavía veían, y habían sido testigos de tan curioso suceso, del que ninguno de los dos compañeros hizo mención una vez que el sol asomó por entre las cumbres y ya fue hora de retomar la marcha.

La hazaña no se detuvo allí, ni mucho menos. A la noche siguiente, no solo se repitió el masaje, sino que los pantalones de Johnny Joestar acabaron arremangados hasta por debajo de las rodillas. Sus pantorrillas inertes fueron frotadas por ese par de manos vigorosas, un poco ásperas según recordaba de otros contactos. Lo mismo sucedió en dos, tres, cuatro ocasiones más durante algunos minutos del tiempo en que Johnny Joestar debía descansar, y Gyro Zeppeli, montar guardia en el campamento.

Aquella iba a ser la noche séptima. Pero algo cambiaría. No las acciones de Gyro Zeppeli, por cierto, ni las brasas crepitantes de la fogata, o las estrellas titilantes, o la soledad abismal del desierto; tampoco la luna sin brillo, que invisible se interponía entre la Tierra y el sol. Todo sucedió de la misma exacta manera, solo que Johnny Joestar ya no fingió. Ya no se refugió en la oscuridad pretendiendo dormir de igual forma en que su incapacidad era cómplice de Gyro Zeppeli al impedir que sintiera sus manos sobre el cuerpo tullido. Sin emitir un solo sonido, tras un movimiento tan simple como separar los párpados y bajar un poco la cabeza, aguardó. Gyro ya se había ocupado de retirarle el calzado, cuando en un evento fortuito en que el rostro de Johnny fue iluminado por las llamas caprichosas los ojos verdes se encontraron con los azules.

Ni uno sabía desde cuándo aquello ocurría, ni el otro en cuál de las siete o quizá más noches había sido descubierto. Pero nadie dijo nada. Tal vez aguantaron el aliento durante los cinco segundos en que se quedaron inmóviles, preguntándose, cuestionándose. Luego de esa pausa breve pero necesaria, nadie se resistió ni nadie se detuvo. Solo los hombros de Johnny se elevaban un poco a medida que su respiración lo traicionaba y él se esforzaba por apaciguarla. Porque el corazón comenzó a latirle tan fuerte que temió que este le explotara cuando las manos de Gyro se dirigieron al elástico de sus pantalones. Entonces le pareció percibir el roce de uno de sus dedos muy cerca del ombligo, donde ya comenzaba su sensibilidad. La prenda se deslizó muy fácil por sus piernas, como si fuera seda, o quizás agua de esa tan preciada entre tanta arena. Habría sido fácil gemir, llamar por el nombre a su compañero, pero sus labios permanecieron sellados, igual que sus ojos muy abiertos, muy atentos.

Johnny Joestar deseó como nunca lo había hecho antes ser un hombre completo en el momento en que Gyro Zeppeli le separó las piernas para acomodarse entre estas. Deseó saber qué se sentía que sus dedos largos y ágiles hurgaran su interior con ayuda de un poco de saliva, que lo abriera con una delicadeza difícil de adjudicar a un sujeto en ocasiones tan tosco y agresivo, que frotara su hombría henchida de sangre contra su miembro inútil.

En medio de tan esmerado silencio, justo cuando comenzó a penetrarlo, a Gyro se le escapó un jadeo sutil que en oídos de su compañero sonó como una explosión en medio de un paisaje acallado cual atento espectador. Supo que había entrado completamente en él solo por el nulo espacio entre sus cuerpos, y por el vaivén que comenzó a describir con las caderas el de mayor edad, las palmas apoyadas a su alrededor sobre el suelo para darse impulso.

Ver pero no sentir era tan frustrante como increíblemente excitante. Gyro parecía muy interesado en provocar tal contradicción pues evitaba a toda costa tocarlo en cualquier parte donde fuera capaz de percibir sensación alguna. Si era esto morbo, perversión o simple maldad, Johnny no podría haberlo sabido con certeza ni tampoco se atrevería a preguntar. Se limitaría a seguir observando en silencio esos ojos sobre cuyas pestañas se iban acumulando pequeñas gotitas de sudor.

Gyro Zeppeli era un amante habilidoso. Lo supo de inmediato porque él no era un neófito en la materia. Todavía recordaba, aunque envuelto en una negra nube de nostalgia y lamentos, su desempeño en la cama con las decenas de chicas que desfilaron sobre y bajo sus sábanas, lo satisfechas que se mostraban entre sus brazos a pesar de que ahora entendía que tal regocijo podía tener que ver más con su fama de célebre jockey que por su actuación un poco egoísta, ligeramente torpe, demasiado adolescente. Pero a Gyro no pudo adjudicarle ninguna de esas características; era diestro, preciso, y hasta delicado. Pensó que en el dibujo de sus movimientos pélvicos podía encontrarse la mismísima espiral dorada, el phi y el omega, la razón para vivir que había perdido y no esperaba volver a hallar.

Johnny perdió el sentido del tiempo, embriagado entre jadeos mudos, roces intangibles, y un calor tan intenso que podría haberlo asesinado aquella noche helada; hasta que el resplandor de lo que pudo haber sido una estrella fugaz rompió con su abstracción. Su compañero acababa de culminar en lo profundo de su cuerpo, regando su interior con el humor que se supone solo los amantes deben compartir. Pero ellos no podían considerarse cosa semejante, o al menos sus labios no habían pronunciado nada relacionado con el asunto. Ni siquiera… ni siquiera se habían besado alguna vez. Pero Johnny tuvo el impulso de llevarse los dedos entre las piernas, donde la humedad y la dilatación persistente constituyeron pruebas irrefutables de lo que Gyro le había hecho.

Todo terminó de la misma forma en que había comenzado: en completo silencio. Los pantalones de Johnny volvieron a su lugar; de igual manera, sus zapatos. Tras acomodar su propia ropa un poco desajustada, Gyro se levantó a recuperar su puesto. La Osa Mayor todavía no declaraba con su ubicación el cambio de guardia. El tiempo parecía haberse suspendido en el fresco oscuro del cielo. La noche séptima amenazaba con alargarse hasta el infinito.

FIN