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CAPITULO EDITADO POR: EUDA Mi Amore.
Enamorarse no era una opción ¿o sí?
Playa, brisa, mar, cerveza y mujeres, oh sí, muchas mujeres. Eran todas clases y tamaños, provenían de todas las naciones que podía identificar y de diferentes tipos de bellezas. Unas más alta que otras, unas con más curvas y otras más sosas. Note que el ambiente las hacía más desinhibidas y en eso todas eran igual, todas querían llamar la atención de la manera más sensual y coqueta posible.
—Es como el paraíso para solteros. —Iván, mi buen amigo, declaró como le daba un buen sorbo a su Corona.
—Mmm. He visto mejores —musité dándole un sorbo a la mía.
—Oh, vamos hermano, no puedes negar que son una belleza.
—No lo hago —dije—, pero no veo el deslumbre, si, son hermosas, unas más que otras, pero todas son lo mismo. Mira —señale con la barbilla una despampanante rubia que salía del mar— ¿hermosa no? —Ivan asintió con la cabeza—. Bueno, imagínatela sin ese busto redondo perfecto, la cintura con rollitos y con sus costillas frontales, con sus nalgas no tan redondas y sus mulos con algo de grasa, ¿la seguirías viendo hermosa? —Ivan torció el gesto y deje salir una risa suave.
—Bueno, pensándolo de esa manera, tienes razón, aun así, no veo tu lógica.
—La lógica aquí es que ella no es hermosa, su cirujano la hizo hermosa, así que no se puede decir que son cien por ciento genes, más bien diría que es veinte, ochenta. Veinte por ciento de belleza, si se le puede llamar así, y ochenta por ciento cirugías, y eso, amigo, es algo que no querrás ver cuando despierte dentro de 30 años y las cirugías ya no tengan el mismo efecto —como terminaba de decir esto la rubia pasó por nuestro lado y nos dedicó una sonrisa coqueta.
—A veces odio que sepas tanto, hermano, —él bebió otro sorbo y argumentó— de igual manera no importa si es bella natural, o por cirugía, es un buen polvo de media tarde — rodeé los ojos—. Aunque, eso es algo que tú no entenderías, no mientras sigas pensando en la perra malhumorada de Tasha.
—Ivan —le reprendí dándole una mirada dura.
—Hey, sabes que es verdad —levantó sus manos en modo de disculpa—. Mira, no quiero dañarnos el viaje pero creo que es hora de dejarla ir, digo, es hermosa y esta buena, pero es una perra manipuladora. Si, los años de universidad fueron una total locura, sin embargo, la cosa es que ya no están en la universidad. Ambos ya tienen buenos empleos, y lo que sea, pero sabes que ella no es la correcta, y oye, no es que me quiera poner en modo zen como lo haces tú, pero es hora de soltarla, Dimitri —él dijo mi nombre en un tono más serio, lo que me hizo volver a mirarlo—. Eres como un hermano para mí y no quiero verte infeliz, y sé que ella no se te hace feliz. Está bien si es un acoston, sabes que no tengo problemas con eso, pero la mujer quiere algo más y cuando me refiero de algo más es más dinero, más lujo y más de ti y sé que no estás dispuesto a darlo.
—Podría intentarlo —Tasha y yo llevábamos más de 10 años juntos y eso para mí era demasiado tiempo.
—A eso me refiero amigo, no es de intentarlo, es de nacerte. La tipa es una trepadora, se acostó con medio hospital para subir de rango.
—Oye, no puedo juzgarla por eso, yo también me acosté con medio hospital, aunque bueno, no por las mismas razones.
—A eso me refiero —él negó con la cabeza—, no hay amor. No sé hermano, pero no imagino mi vida en la que mi mujer duerma con media ciudad y yo duerma con la otra media. Eso es enfermo, sin ofender.
—No lo haces —le reste importancia.
—Mira, no quiero hablar más del tema, es tu vida, es tu pene, son tus asuntos, pero cuidado donde te metes, una vez que estés hasta el cuello no hay vuelta atrás y la verdad la tipa está loca.
Me reí y choqué mi cerveza con la de él—. En eso tienes razón amigo mío.
. . .
La suave brisa del anochecer me golpeó como una acaricia en la piel, el aire traía ese aroma salino que se desprendida del mar. Estaba parado en el segundo piso del bar disfrutando de la fresca y húmeda noche que el caribe me podía ofrecer. A lo lejos escuchaba la risa de Ivan mientras hacía del tonto con un grupo de mujeres; me voltee y me fije en mi casi ebrio amigo y en las mujeres que lo rodeaban y tuve que admitir que había unas muy hermosa, en especial una, ella me había cautivado desde que había entrado.
Esta mujer era una delicia para la vista, piel almendrada y largos cabellos castaños, curvas pronunciadas y todo en su lugar, si, era un deleite para la vista. Ella usaba un diminuto bikini que me dejaba apreciarla de una manera poco apropiada. La morena movía su cuerpo al ritmo de la música caribeña y me dejo apreciarla mejor, su cuerpo era una obra de arte, y lo que más me gustaba de esta mujer era que ese precioso cuerpo era todo natural, la mujer no había pasado por un quirófano, y su forma de comer indicaba que tampoco era una de esas locas por cuidarse.
—Mirar de esa manera es descortés y algo pervertido —mire a la misma morena que hace menos de un segundo estaba admirando. Me estaba extendiendo una cerveza, mientras que ella sostenía la suya con su otra mano.
—Lo lamento —acepte la cerveza algo avergonzado por haberme dejado descubrir como la miraba.
—No importa —ella acomodo su espalda contra el barandal como comenzó a beber—. No vengo con mucha ropa así que es normal que me miren así —ella sonrió con diversión, todo el asunto la divertía—. Por cierto, soy Rose, solo Rose —ella me guiñó un ojo.
—Mucho gusto Rose, soy Dimitri —hice una pausa—, solo Dimitri.
—Es un placer —dijo como chocaba su cerveza con la mía—. Y dime Dimitri, ¿por qué estás aquí mirando como un acosador y no con tu amigo?
—Primero, no soy un acosador —ella sonrió—. Segundo, mi amigo no necesita de mi para hacer del tonto.
—En eso tienes razón —ella se despegó de la baranda como empezó a caminar de espaldas hacia la pista de baile. — ¿Quieres bailar? —preguntó de forma animada.
Quería decir que no, pero sería un tonto si no bailara con esa preciosura de cabellos largos y cintura pequeña. Acepte la mano que me estaba ofreciendo y la lleve a la pista de baile, donde comencé a moverme al compás con ella. Rose era más pequeña de lo que aparentaba, su piel era muy cálida y muy suave; sus caderas se movían con sensualidad y su piel brillaba bajo el reflejo de las luces. Al ser más baja que yo, su cabeza quedaba debajo de mi barbilla y podía sentir el aroma de su cabello. Ella olía a vainilla y frutas, era en cierta manera embriagador.
—Bailas muy bien para ser un hombre tu tamaño —separó la cabeza de mi pecho y me miró a los ojos. En verdad era muy hermosa, tenía los ojos más preciosos y profundos que había tenido la oportunidad de apreciar y unos labios que te incitaban a besarlos.
Sonreí por su comentario y la atraje más a mi—. Los hombres de mi tamaño también sabemos bailar —y para hacer hincapié en mi respuesta, la hice dar un giro que cuando llegó a mis brazos nuevamente ella se reía llena de energía.
—De eso ya me di cuenta —continuamos uno segundos así hasta que ella volvió hablar— ¿De dónde eres? —preguntó mirándome.
—De América —ella rodó los ojos y puso su espalda contra mi pecho y continuó moviendo sus caderas de una manera peligrosa.
—Sí, eso lo sé —volvió de nuevo a girar y quedar enfrente mío—. Digo, ¿realmente de dónde eres? Tienes un acento muy marcado para ser americano de nacimiento.
—Eres muy observadora —levanté una ceja, ella me miró y frunció el ceño—. Y si, tienes razón, no soy americano de nacimiento, soy ruso —deje que la respuesta volara en el aire y ella me miró.
—Bien, yo soy turca —fue todo lo que dijo como siguió danzando y riendo. Me extrañé un poco, sabía que ella no era lugareña, puesto que su inglés era perfecto, debo decir que era más perfecto que el mío, pero no se me había cruzado que fuera turca; aunque analizando un poco más, ella no debía ser del todo americana. Si en algo tenía que ser realista es que la americana promedio era algo desaliñada y Rose de lejos era eso
—No lo pienses tanto, soy turca, pero vivo en Estados Unidos —la canción terminó y ella se separó de mi—. Pero no vinimos al caribe hablar de nuestras vidas, venimos a divertimos —Rose extendió su mano. — ¿O no, Dimitri? —Mi nombre rodó de una manera peligrosa en su lengua. Esta mujer era en verdad una diosa, una diosa cuyo nombre apenas si sabía. Me estaba mirando con fuego en sus ojos, uno con el que nadie nunca me había mirado. Era tentador y peligroso, pero a la vez incitante y abrumador. Algo me decía que Rose no era de esas mujeres que te podías sacar de la cabeza fácilmente y me advertía también que podía ser peligrosa. El tenerla como yo deseaba tenerla en esos instantes era peligroso y en algún momento el universo me iba a pasar factura, lo sabía, pero ¿qué era lo peor que podía pasar?
—Por supuesto que sí, Rose. —La tome de la mano, para dejarle saber al destino que esperaba su castigo. Algo que sin duda cambiaría mi vida para siempre.
. . .
—¿Estás seguro de esto, hermano? — Ivan silbó como se desplomaba en su silla. Era medio día y la ciudad estaba concurrida, estábamos almorzando en un pequeño restaurante a tres cuadras del hospital.
—Creo que es lo correcto —observe el pequeño anillo de diamantes dentro de su cajita—. Llegó el momento de sentar cabeza, no me hago más joven y ya estoy cansado de llegar todos los días solo a casa. A parte la conozco desde siempre creo, y ella a mí, así que no veo por qué no funcione.
—Oh hermano, yo si te puedo decir por qué no va funcionar, tengo millones de razones por las cuales no va a funcionar —su tono fue brusco, cosa que es algo inusual. Por lo general Ivan siempre estaba de buen humor y siempre tenía alguna broma en la boca, bueno, casi siempre, ahora estaba serio y hasta podría decir que algo molesto. —Primero, la tipa está loca, perdón, pero es así —él se apresuró a decir cuando le mire al escuchar la palabra "loca"—. Después está que es un golfa, y a eso le sigue que tiene una obsesión enfermiza por ti, amenaza a todas las mujeres que se te acercan sin importar si son colegas o tu propia jefa. Yo creo que eso es una buena razón de entrada para no casarte. —Se detuvo y al ver que no decía y nada continuo—. Y, por si fuera poco, tú no la amas. Yo lo puedo notar, a ti no te brilla la mirada, ni sonríes, ni siquiera te esmeraste comprando el anillo y se puede ver —él negó con la cabeza y agregó— ella no es la indicada, ella no evoca sentimientos en ti, ella no te hace amar la vida, ella no es Ro… —se detuvo y volvió a negar con la cabeza—Olvídalo. Ya no importa.
Un escalofrío me recorrió toda la columna cuando él casi menciona su nombre. Vi la imagen de aquella diosa del desierto en mi mente y casi al instante me obligue a deshacerme de ella. Eso no era relevante, eso era pasado, y el pasado nunca volvía, sin embargo, no pude dejar de señalar amargamente.
—No es lo mismo —mi tono salió más brusco de lo que esperaba, pero Ivan ni se inmuto—. No puedes comparar una aventura de dos semanas, con una relación de 12 años.
—Oh lo lamento, hermano, ¿te traje malos recuerdos de tus malas decisiones? — sí mi voz era amarga, la de Ivan era como el hielo—. Tienes razón, fue una aventura, o eso quieres creer tú, pero sé que fue algo más significó más para ti y para ella. Tendría que estar ciego para no verlo, y si lo estuviera podría sentirlo. —Se puso de pie y comenzó a colocarse la chaqueta de su traje—. Puedes engañarte y puedes engañar a la psicópata de Tasha, pero no a mí, te conozco desde hace eternidades y sé que pasó algo más en ese viaje, pero está bien, no diré nada, no volveré a decir nada. ¿Quieres hacer tu vida con esa mujer? Bien, pero después no vengas con lamentos —él tomó dinero de su billetera y lo arrojó sobre la mesa—. Pero debes ser un hombre y admitir que fuiste un cobarde hace dos años y eres un cobarde ahora, pero tú no lo admitiras, aunque te costara la vida.
—No iba a funcionar.
—Sin importa si funcionaba o no, ella merecía más que un pedazo de papel arrugado y tres miserables palabras —y con eso se marchó dejándome callado y con el genio por el piso.
Pague el almuerzo y volví caminando hacia el hospital, estaba de mal humor y pensativo. No quería admitirlo, pero Ivan tenía razón, en cada una de sus palabras, incluso en que no amaba a Tasha. Había dejado de amarla hacía muchos años, y la quería hacer mi esposa porque era un buen acuerdo, para ambos. Pero luego estaba ella. Dos años después y aún podía sentir su aroma, aún podía oír los gemidos que emanaba sus labios cuando besaba esos lugares prohibidos de su cuerpo, aun podía escuchar esos labios pronunciar mi nombre como dulce melodía y todavía podía recordar ese último día que mis ojos la apreciaron por última vez: la tenue luz de la mañana pasando a través de las delicadas cortinas, pintando la piel de su espalda de un suave color amarillo. Estaba desnuda, apenas si la cubría la sabana. Era hermosa, tanto que dolía solo de verla, y era tan alegre, su sonrisa inundaba la habitación ella era vida y plenitud y yo solo era un espectador que se maravillaba al contemplarla. Dos años y no la he podido olvidar, como tampoco pude olvidar la mañana en que todo acabado, esa mañana fue…
—¿Doctor Belikov? —La enfermera Dragomir me llamó con el ceño fruncido, confundida. Algo me decía que llevaba tiempo mencionando mi nombre. Miré hacia alrededor y vi, que, de hecho, había llegado al hospital, estaba tan absorto en mis pensamientos que no me había percatado de mi entorno—. ¿Doctor Belikov? ¿Se encuentra bien? —La rubia volvió a preguntar.
—¿Eh? — la mire y me obligue a recomponerme—. Disculpa, ¿me decías algo? —ella se mostró extrañada, pero siendo la profesional que era, volvió su semblante serio y repitió lo que supongo que había dicho unos momentos antes.
—Doctor, la junta lo está esperando en la sala de conferencia, al parecer quieren presentarle la nueva cirujana pediátrica.
— ¿Cómo, era hoy? —pregunte extrañado. Había escuchado que llegaría un reemplazo de la anterior cirujana, pero no creí que fuera tan rápido.
—No, estaba planeado que llegara la semana siguiente, pero el director decidió adelantar su llegada. Creo que no querían perderla —la mire como comenzamos a caminar y levante mi ceja—. Se dice que es un genio en lo que hace y el director no quería perderla —volví a levantar la ceja esta vez porque me causaba gracias.
—Entonces, vamos a mirar la nueva maravilla del hospital —esta vez la enfermera se rodó sus ojos y se rio.
Ella me acompañó hasta la sala de juntas, me entregó una carpeta con algunos casos que debía revisar luego de la reunión y se marchó. Yo toque la puerta y entré, frente a mí tenía a varios compañeros entre ellos, la mujer que estaba planeando que fuera mi esposa, Tasha. Miré a los que estaban ya sentados a alrededor de la mesa y vi a Christian Ozzera, Mia Rinaldhi, Mason Ashford, Adrian Ivashkov y, estando en la cabeza, la directora Alberta Petrov quien lucía impecable y estaba hablando con una mujer de largo cabello castaño. Retiré mi mirada de con ellas y entre, entonces sentí que el corazón se me paralizó cuando caí en cuenta de que yo ya había visto esa cabellera, aunque de una manera más natural y no tan finamente cepillada.
Miré de reojo de nuevo y creí ver como el mundo caía ante mis pies cuando reconocí las facciones de la mujer que estaba sentada al lado de Alberta. Conocía perfectamente ese cabello, esa piel y, aunque ahora estaba vestida de la manera más elegante, conocía cada lunar, cada cicatriz y cada centímetro de esa piel debajo esa ropa. Y cuando me atreví a mirar sus ojos no cabía duda de que conocía esa mirada más de lo que quería admitir, esa mirada me había perseguido cada noche desde hace dos años, sin embargo, ahora sus ojos ya no eran cálidos, eran fríos, calculadores y quizás amargos.
—Rose —sin quererlo, musite muy bajo, tan abajo que solo yo pude escucharlo.
Rose, me devolvió la mirada y por un segundo se sorprendió al verme, pero eso fue fugaz, tanto que creí que lo había imaginado. Su semblante era serio, mas en sus ojos había una chispa de enojo, rabia. Yo sabía muy bien qué era eso y cuál era el motivo.
—Dimitri —Tasha mencionó mi nombre, pero mi vista seguía en Rose, ella no se inmutó y mantuvo su rostro sin emociones—. Te estábamos esperando —la voz de Tasha fue melodiosa y coqueta, y negué con la cabeza, ella se había sentido amenazada por Rose, ella había notado que la miraba fijamente.
Quite mi mirada de Rose, pero ella nunca de mí, la sentí seguirme con la vista hasta que tome asiento al lado de Tasha. Ella tomó mi mano para marcar territorio, Rose desvió la vista hacia donde nuestras manos se unían y sin cambiar su semblante se volteó de nuevo hacia Alberta y continuó con la conversación.
— ¿Pueden prestar todos atención? —La voz ronca y firme de Alberta se escuchó por toda la sala. La conversación cesó y todos pusieron atención en Alberta, bueno, todos menos yo—. Como saben, debido a la licencia de maternidad de la doctora Lazar, el área de pediatría ha quedado sin un cirujano, por tal motivo, logramos convencer a la Doctora Hathaway —Alberta señaló a Rose, ella asintió, pero mantuvo su expresión plana, sin rastro de emociones— para que tomara la plaza por lo que resta de año. Rose es cirujana pediátrica desde hace 5 años en la ciudad de Boston, y ha decido dejar la ciudad para venir a echarnos una mano —Alberta la miró y por un segundo pude ver que su mirada era cálida, era como si estuviera viendo a una hija, fruncí el ceño, ¿acaso era posible que esta mujer conociera a Rose mucho antes de que yo siquiera supiera que existía? —Rose era jefe de cirugía en el Hospital General de Massachusetts.
Mis ojos se abrieron por un momento ¿jefe de cirugía? La mujer debía ser buena en lo que hacía, sin embargo, viéndola enfrente de mí no podía dejar de recordar la última vez que la vi, era tan diferente a lo que una doctora debía ser, era despreocupada, natural y algo alocada, era llena de vida, nada que ver con la mujer que estaba aquí parada enfrente de mí.
—Si es tan buena como usted dice, doctora, ¿por qué renunciar al puesto de jefe de cirugía en un hospital de tan alto prestigio, para venir a ser una cirujana más aquí en Montana? Sin ofender. —La ronca voz de Tasha resonó en la sala y todos la voltearon a mirar con asombro y un poco de desagrado, yo incluido. Volví la vista hacia Alberta y vi que ella iba a responder, pero Rose, quien hasta ahora había permanecido en silencio, tomó la palabra. Su voz fue suave pero dura cuando respondió.
—La ofensa duele según de quien la diga —Rose, observó a Tasha de arriba abajo y curvó sus labios de una manera burlona—. Por lo cual, no, no me ofende, y para responder a su pregunta o más bien sátira, aunque no sea de su incumbencia, no necesito ser jefe de cirugía para saber que soy buena en lo que hago. Simplemente lo soy, ya sea en Massachusetts, aquí en Montana o en el lugar más desértico de la nación y he decidido añadir una experiencia más a mi vida laboral. En el punto y hora que la doctora Avery Lazar pueda retomar sus labores, seré nuevamente traslada a Boston y habré ganado experiencia, pero yo me pregunto: ¿Qué habrá ganado usted, doctora Ozzera? —Rose, tomó un expediente y leyó por unos segundos lo que parecía ser el currículo de Tasha, alzando las cejas en sorpresa irónica—. Le recomiendo que se enfoque más en su trabajo, que en las razones por las cuales estoy yo aquí. Según veo, lleva 7 años en este hospital y no ha pasado de la sala de urgencias, y eso no habla muy bien de usted como doctora —Rose cerró el expediente y lo dejó caer sin importancia, la sala entera se quedó en silencio, a mi lado podía sentir la furia de Tasha, sin embargo, no dijo nada, Rose tenía razón.
—Entonces, —prosiguió Alberta sin dar importancia a lo que acaba de pasar solo hacía unos segundos— la doctora Hathaway se desempeñará en todo lo relacionado con pediatría, y esa es la razón por lo cual los he reunido aquí, sé que ustedes habían estado atendiendo los casos de la doctora Lazar, esos casos los tomará la doctora Hathaway, y ustedes deben elaborar los informes de acuerdo a cada paciente y hacérselos llegar. Deberían catalogarlos, desde los más delicados a los que están a punto de ser dados de alta. —Gemí internamente. Yo había tomado varios caso de la doctora Lazar y la verdad no me apetecía tener que elaborar esos informes—. Tienen hasta el viernes —Alberta nos miró a todos esperando alguna pregunta y al ver que no había, asintió la cabeza finalizando la reunión—. Muy bien, pueden irse.
Tasha fue la primera en salir y en esperarme en el pasillo, Mason, Mia, Adrian y Christian se acercaron a darle la bienvenida a Rose, quien les sonrió de una manera cordial y algo cálida, esa sonrisa la hizo parecer un poco más a la Rose que yo conocía. No me acerque, no sabría qué decirle y con toda seguridad y por la mirada que me dio minutos antes sabía que no debía acércame.
—Es una perra —Tasha expresó como llegaba a su encuentro— ¿Viste cómo me hablo? ¿Quién se cree?
—Tu iniciaste —le dije como revisaba la carpeta que Lissa me había entregado media hora antes.
—¿Estas de su lado o del mío? —la miré y vi cómo me devolvía la mirada con esos ojos azul hielo. La observe por un instante. Natasha era realmente hermosa, de eso no había duda, sin embargo, ella no producía nada, ni alegría, ni tristeza, nada, era como estar con un alguien, pero sin estarlo realmente.
—De ninguna —picotee sus labios por costumbre y le dije mientras me marchaba—. Trata de meterte en problemas.
Camine como un ente por la clínica, no podía creer que aquella mujer que me había cautivado hace dos años en esas playas del caribe y que yo había abandonado estuviera aquí, y no solo estaba aquí, ella iba a trabajar aquí conmigo. Llegué a mi consultorio y cerré la puerta, hoy debía atender una cirugía de amígdalas en menos de una hora, debía estarme preparando y leyendo el historial del paciente, pero en cambio me senté en el escritorio y cerré los ojos, tenía el corazón acelerado, las manos me sudaban y me sentía mareado. ¿Cómo era posible que esa mujer que me había cautivado como ninguna otra estuviera hoy, aquí, a solo unos pasos de mí? Desde aquel viaje en el caribe mi mente solo podía pensar en ella, me sentía como mierda por haberla dejado ese día. Cuando aterrice en Montana quise llamarla, pero no sabía a cual numero, joder, ni siquiera sabía su apellido, nunca lo supe, ni ella el mío, todo ese tiempo solo fue Dimitri y Rose, hasta hoy. Enterré mi cara entre mis manos y gruñí. Por supuesto que no intente buscarla, ¿como podría hacerlo? Aquí en casa Tasha me estaba esperando. Yo técnicamente le había sido infiel durante quince días con esa diosa en medio del caribe, quince días cargado de alcohol, playa y mucho sexo… volví a gruñir. No, esos pensamientos no podían volver, no ahora. De pronto, el anillo que cargaba en mi bolsillo se hizo más pesado que nunca.
—Doctor Belikov —Vasilissa entró y algo me dijo que me había estado llamando por un buen rato. Cuando la mire, negó con la cabeza y dirigió su vista a su Tablet e informó—. Su paciente está listo para entrar en cirugía.
—¿Ah? — fue lo único que dije. Vasilissa me miró otra vez, al parecer la estaba empezando a desesperar, debía estar haciendo el ridículo,yo, uno de los mejores doctores de este hospital estaba actuando como un idiota, que lindo.
—Sussana, su paciente lo está esperando — miré el reloj y vi que efectivamente había pasado una hora, ¿A dónde se me fue el tiempo?
—Claro —dije como me ponía de pie y comenzaba a caminar con ella.
—Sussana, paciente de 5 años, presenta varios cuadros de amigdalitis graves en los últimos 6 meses. La doctora Lazar, le suministró pequeñas dosis de antibióticos, pero nada fue efectivo, ingreso hace quince días con fiebre a más de 40, y con amígdalas inflamadas y con materia. Se le programó cirugía para la semana pasada, pero en vista de que el parto de la doctora se adelantó, se reprogramó para hoy —Lissa me informó sobre la paciente mientras yo me lavaba las manos y me colocaba la bata otra enfermera.
—¿Quién me asistirá hoy en cirugía? —Lissa buscó más en su informe y sin inmutarse respondió.
—La doctora Rose Hathaway.
Me frené en seco como escuche ese nombre —. Debes estar bromeando —Lissa me miró confundida y levantó su ceja, si, realmente hoy me había comportado como tonto—. Olvídelo.
Ella asintió y se marchó. Yo tome aire, a ver, repasemos que hoy ha sido el día más loco. Pase de tener una discusión con mi mejor amigo por mi elección de esposa a encontrarme con la única mujer que me ha hecho sentir vivo y abandoné porque aquí en casa me esperaba otra mujer por la cual no siento más que un aprecio por tantos años de amistad y, por si fuera poco, estaba a punto de trabajar con esa mujer que todavía me volvía loco.
Las puertas del quirófano se abrieron y vi a Rose salir, la detalle, ya no llevaba las finas ropas y su cabello ya no estaba suelto, ahora llevaba el uniforme de quirófano y su cabello estaba cubierto por un gorro quirúrgico, lucía impecable. Ella me miró y sin mostrar emoción habló.
—La paciente está lista, cuando quiera comenzar, doctor Belikov —mi apellido rodó deliciosamente por su lengua, sin embargo, su voz era fría y cortante.
No supe qué decir, parecía un idiota, sin embargo, entre con ella y me puse manos a la obra. A decir verdad, ver a Rose haciendo el amor había sido un verdadero placer, pero verla operando me dejó sin habla; era tan meticulosa y cuidadosa, que prácticamente yo la asistí a ella. Rose no habló en toda la cirugía más allá de lo necesario, no me miró ni titubeo, ella hizo como si yo no estuviera, más bien, como si nadie estuviera, y antes de darme cuenta todo había terminado.
—Está listo —ella anunció como dio las últimas suturas—. Enfermera puede subir a esta princesa a su habitación y avisarles a los padres que todo fue un éxito, sentirá dolor y molestia por los siguientes días, pero en un par de semanas estará como nueva —por primera vez en todo este tiempo ella realmente me miró a mí y dijo— ¿Puede llevar la muestras al laboratorio y que las analicen? Quiero saber que todo está bien. Buen trabajo el de hoy —ella felicitó al equipo y se fue del quirófano.
Me quedé de pie ahí un momento anonadado, ¿ella me había mando a mi hacer el trabajo de enfermera? Sin embargo, las enfermeras ya se estaban encargando de ello y en cambio me fui detrás de ella, no sé por qué, pero quería hablar con ella.
—Rose —llame, pero me arrepentí por lo que me corregí—. Doctora Hathaway — ella se frenó y pude ver como su espalda se tensaba antes de relajarse y darse una vuelta y mirarme, nuevamente sin ninguna expresión.
—¿Si? — solo dijo eso.
— ¿Podemos hablar? —pregunte mirándola a los ojos, su semblante no mostraba nada, pero en ellos podían ver el fuego, la ira.
—¿De qué, doctor?
—Acompáñeme por favor a mi oficina —ella lo pensó y finalmente aceptó. Bien, no se iba hacer la difícil, era buena señal ¿o no?
Caminamos en silencio hasta llegar a la oficina. Una vez dentro, cerré la puerta y la invite a tomar asiento, negó con la cabeza y me apresure a decir lo que sentía desde hace dos años
—Lo siento. —Mi voz salió ronca y baja. Me miró y me analizó por un momento; quería que hablara, que me gritara o dijera algo, en cambio ella solo se paró ahí y me analizo.
Su silencio me estaba matando. Y cuando creí que ella no iba a decir nada, la vi caminar hasta mí y me tense, preparandome para que me golpeara o empujara, pero nada de eso llego, lo que sí, fueron sus labios contralo míos de una manera fría y sensual. Si, yo simplemente me deje llevar por como su lengua se enredaba con la mía y su sabor fue el mismo, fue como volver a casa de alguna manera. Pero tan rápido como llegó, así se fue. Yo me sentía arder por dentro, pero cuando la vi ella no mostraba nada y simplemente dijo.
—Se sentía mejor en mis recuerdos —quedé atónito y ella comenzó a marcharse, pero hable.
— ¿Entonces por qué lo hiciste? —ella se encogió de hombros y mirándome sobre su hombro dijo.
—Curiosidad —se quedó callada y se volteó y clavó sus ojos en mi—. No puedes pretender que nada pasó, Dimitri, y no puedes venir con un simple "lo siento". Quiero dejarte claro que no me interesan tus explicaciones y no me interesa volver a tener una aventura contigo, vine aquí a trabajar, no a recordar viejos tiempos. Limítese estrictamente a lo profesional conmigo y punto ¿me entiende? —ella no esperó a que respondiera y se marchó cerrando la puerta.
Me quedé paralizado, mis labios ardían donde ella me había besado y mi cuerpo estaba ansioso y deseoso por ella. Era tan plana y fría en ciertos aspectos, pero sus labios eran los mismos que recordaba, me frustre.
Tome las llaves de mi carro y sin dar aviso me fui hacia mi casa. Necesitaba una distracción, este había sido un día de mierda.
Rose, la mujer que me robaba el sueño había aparecido y me había besado, pero sin emoción alguna. Llegue a casa y me serví una copa de whisky y me la tome de una sentada, estaba frustrado, mi cuerpo estaba frustrado. Dos horas más tarde llegó Tasha y me la cogí imaginado que era Rose a quien le hacía el amor.
. . .
—Hoy será la gala en beneficencia por los niños por cáncer —Alberta anunció a todos en la sala—, por lo cual algunos de ustedes no estarán de servicio, la idea es que se mezclen, les hablen y agraden a los invitados, posibles benefactores, y así tener una excelente noche. Recuerden que todo lo hacemos por nuestros niños.
La reunión terminó y todos nos pusimos hacer nuestro trabajo. Dos semanas habían pasado desde que Rose llegó y nada volvió hacer como antes. Ella era intachable en su trabajo y pude descubrir por qué era jefe de cirugía. Aparentemente, se la lleva bien con todo el mundo, bueno, casi con todo el mundo; por el improperio del primer día con Tasha, Rose nunca se relacionaba con ella, ni siquiera en los comités pedía la opinión de Tasha, esto la mantenía de mal humor, y conmigo, bueno, a mí sí me dirigía palabra, pero de la manera más cortante. Era verdad lo que habían dicho de ella, era una eminencia, una profesional y todo el mundo la quería, en especial sus pacientes. Sin embargo, para mi seguía siendo un enigma, por fuera era todo lo que podía recordar de Rose, pero por dentro, era como si parte de esa chispa que normalmente la acompañaba se hubiera apagado. Había cambiado.
También note en estas dos semanas que ella siempre lucía cansada, y a pesar de su leve maquillaje y su pulcro aspecto, había días donde la podía ver sentada en la sala de descanso sobando sus pies y su cuello. Realmente se mostraba agotada, lo que no sabía era porqué. Igual me percaté que se había vuelto muy cercana Adrian, cosa que hizo que me hirviera la sangre en más de una ocasión. Pero más importante que me percaté, y que me mantenía despierto por la noche, era que en la vida de Rose había alguien más, lo sabía, porque tres días atrás había entrado en la sala de descanso y ella estaba allí, hablando con alguien y sonreía de una manera que nunca la había visto hacer, sus ojos estaban iluminados y, aunque no pude escuchar bien lo que decía, si escuché lo que dijó al final: "En la noche nos vemos cariño, te amo con todo mi corazón", cortó la llamada y se marchó sin darme una segunda mirada.
Ese día sentí que algo me apretaba el pecho. El simple hecho de escucharle decir al otro ser que lo amaba de esa manera tan amorosa me hizo sentir mal, aunque no lo quisiera admitir. Con su llegada, las viejas heridas volvieron a sangrar. Verla a diario hacía que me doliera el cuerpo, y aunque había aprendido a mantener las apariencias y volverme más tosco de lo que realmente era, la verdad era que existían días en los que solo quería tomarla en mis brazos y pedirle perdón, decirle que fui un patán; pero pedirle perdón sería admitir un sinfín de cosas de las cuales yo aún no estaba listo para hablar, una de esas era que le había sido infiel a Natasha en todas las maneras posibles en ese viaje y no solo eso, que desde ese día yo no había vuelto hacer el mismo. Sin importar cuan maldita podía ser ella, no merecía que le hicieran daño de ese modo y menos con la persona que al parecer menos le agradaba en el planeta.
— ¿Pasarás por mí para ir a la gala? —la voz de Tasha me interrumpió el hilo de mis pensamientos.
—No puedo, —dije— trabajare hasta tarde, así que no creo que llegue para el inicio.
—Escuchaste a Alberta, estaremos fuera de servicio.
—Lo sé, pero los enfermos no estarán fuera de servicio —señale la sala de urgencias que estaba abarrotada—. Así que iré, pero no sé a que ahora, pero deberías ir, pásala bien.
—Como si fuera posible, allí estará la perra de Hathaway.
— ¡Tasha! — gruñí.
— ¿Qué? —Preguntó mientras abría sus ojos de una manera exagera—. No me digas que también tú, por Dios, la tipa ni siquiera te mira.
—Tampoco yo a ella, Tasha, solo que me tienes cansado con lo mismo, déjala en paz, ella ni sabe que existes —ella se me quedo analizando por un momento mientras entrecerraba sus ojos.
— ¿Por qué la defiendes?
—No defiendo a nadie, simplemente tu discurso ya cansa, supéralo, la mujer ya lo hizo —y con eso me fui dejándola con lo que tenía para decir en la punta de la lengua.
No soportaba más dramas de esa mujer, en si no la soportaba, y entre más Rose estuviera en el sistema más entendía lo que muchas personas me decían: todo esto con Tasha no se sentía correcto, simplemente no era natural y por ello es que no había ni siquiera vuelto a tocar el tema del anillo y, para ser franco, ni siquiera sabía dónde estaba.
. . .
Desgraciadamente, mi predicción se cumplió, pues urgencias era un completo caos. Había demasiados pacientes, en especial niños, no dábamos abasto ya que la mayoría de doctores estaban en la gala de beneficencia. Bonito día para hacerlo. Estaba examinando un paciente cuando Vasilissa se asomó por la cortina y dijo.
—Doctor Belikov —me volví hacia ella—, acaba de ingresar, paciente de un año tres meses con fiebre a más de 38°C, y sus pulmones se escuchan congestionados, necesito que la revise.
Asentí y le di indicaciones de qué hacer con el paciente que estaba atendiendo, cogí el historial del bebé y me camine por el pasillo hasta su lugar, al entrar noté que la bebe venia acompañada de dos personas, un tipo alto y de piel almendrada con cabello oscuro y tenía una barba de chivo, parecía un gánster o algo por el estilo y una mujer de unos cincuenta y tantos de piel bronceada y cabellos rojizos, quien, sentada sobre la camilla, sostenía a una bebé. Mi mirada se dirigió hacia la pequeña y por un momento me congele. Sus cabellos, no muy largos era de un color chocolate, su piel tenía un toque de bronceado, algo parecida a la mía, a decir verdad, la niña era casi idéntica a una de mis sobrinas. Mi ruido debió llamar su atención ya que sus pesados ojos se clavaron en mí y por un momento todo se detuvo, sus pupilas eran de un hermoso color chocolate y a pesar de que estaban empañados podía distinguirlos muy bien, por un segundo pensé que veía a alguien muy familiar, demasiado familiar.
—¿Es usted el pediatra? — la gruesa y espesa voz del señor me sacó de mi aturdimiento, negué con la cabeza y volvía a dirigir la atención al tipo, realmente este sujeto daba miedo.
—Soy el doctor Belikov, y no, soy neurocirujano, pero en el momento estoy encargado del área de pediatría por varias razones.
—Estábamos esperando a la doctora Hathaway —él anunció no dándole importancia a mi explicación, levante la ceja, ¿de dónde conocía este gánster a Rose?
—La doctora Hathaway no se encuentra disponible en el momento —respondí, sin embargo, me volvió a interrumpir.
—Entonces búsquela, sé que está en la gala de beneficencia, debe ir a buscarla, ella debe estar aquí.
—Disculpe señor, no estoy aquí para buscar nada ni a nadie, para eso son los teléfonos celulares —el tipo me fulminó con la mirada, algo me decía que nadie lo contradecía—. Ahora, tiene dos opciones, o me deja revisar a la bebe o …—mis palabras se detuvieron como se acercaron duras pisadas de tacón sobre la baldosa y entraba de golpe una despampanante Rose, enfundada en un vestido rojo que llegaba hasta el piso, su cabello estaba recogido hacia un lado y su rostro era resaltado con maquillaje. Lucía hermosa, parecía una diosa.
Entró sin fijarse en mí, ni en nadie más y de inmediato vi como la pequeña bebé estiró sus brazos para que Rose la tomara, lo cual ella hizo y la llevó de inmediato a su pecho sin reparar que su vestido se estaba arruinando.
—Shhh, pequeña, ya estoy aquí —me desconcertó un poco el verla cargando a la paciente. Supuse que era una hermana o algo así, porque ahora que lo veía con más claridad, tenía cierto parecido con Rose.
—Disculpen —dije rompiendo el momento, ya había perdido mucho tiempo— Necesito hablar con la madre de la paciente —dije mirando a la mujer de cabellos rojos, pero me sorprendió y me dejó mudo cuando Rose habló.
—Soy yo —ella dejó a la pequeña nena sobre la cama y salió conmigo al pasillo—. Mira, sabes que por políticas del hospital no puedo atenderla, eso iría contra el código y debido a la falta de personal sé que usted es la persona más capacitada, pero oye voy a estar en todo, revisare todo y no ordenaras nada hasta que yo lo apruebe, ¿me entiendes? —yo la miré perplejo y lo único que salieron de mis labios fue.
— ¿Tienes una hija? —mi voz salió quebrada. Ella me miró y por un momento su semblante normalmente duro se suavizó, y por primera vez vi a la Rosé, que conocí hace dos años.
—Si —ella respondió y miró a la nena— nació hace menos de dos años y es mi pequeño ángel —ella se cayó por un momento y sus ojos se volvieron tormentosos—. Ella me salvó.
— ¿De qué Rose? —pregunte — ¿De qué tenía que ser salvada una mujer como tú? —Ella me miró por un momento y pareció que por dentro estuviera librando una batalla consigo misma, ella volvió a fijar la vista en su hija y respondió.
—De ti —y con eso volvió con la pequeña bebe y me dejó parado sin que decir en la mitad del pasillo.
Me descompuse, pero tenía que volver a mí, había gente que necesitaba ser atendida. Respire hondo y volví hacia donde estaba la bebé y la señora que estaba con ella ya se paraba en una esquina con su esposo, mientras que Rose cargaba a la pequeña niña y le quitaba todo dejándola únicamente en su pañal.
—Vamos Amelia, vamos a que te revisen —Rose, dejó a la pequeña sobre la cama y yo entre.
Amelia, era tan pequeña y frágil, y tan hermosa, era de ese tipo de niños que uno ve y quiere cuidar y proteger, ella tenía un encanto tan natural que sin quererlo me tenía cautivado. Me acerqué a la pequeña niña y comencé con el examen de rutina, ella me miraba con atención, parecía curiosa, su mirada me podía recordar mucho la que utilizaba su madre cuando salíamos de paseo en las vacaciones que nos conocimos. Era simplemente adorable. Comencé a inspeccionar el cuerpo de Amelia buscando algún brote y algo en su muslo izquierdo llamó mi atención.
— ¿Todo en orden? —Rose, preguntó mostrandose preocupada.
— ¿Desde cuándo tiene esto? —señale la pequeña mancha en su pierna, Rose la examinó y la tocó, nuestras manos se conectaron por un momento y sentí un corrientazo por todo el cuerpo, ella también debió sentirlo porque retiró su mano de inmediato.
—Desde que nació, es una marca de nacimiento debió heredarla de su pa…—ella se detuvo, lo pensó mejor y cambió sus palabras—... debió heredarla de algún familiar —fue todo lo que dijo. Continúe con el procedimiento y ordene una serie de exámenes que, por supuesto Rose, autorizo, le dije que la bebé debía estar en observación algunos días, por lo cual la iba a mandar a trasladar a una habitación en la planta superior.
. . .
—¿Doctor Belikov? — Lissa llamó como entraba al consultorio.
— ¿Llegaron los resultados de los exámenes de Amelia? —ella asintió y me los entregó.
Los revise y vi que Amelia tenía una infección en sus pulmones, por eso era la fiebre, de resto todo estaba en orden, un par de antibióticos y estaría en excelente estado. Me encamine hacia la habitación de la bebé y al llegar note que todas las luces estaban apagadas, excepto por una pequeña lámpara al lado de la cama, sobre esta yacía Rose con Amelia en sus brazos y ambas lucían en pacíficas. Las observe, verlas dormir era una maravilla, eran hermosas y todos los aspectos y yo solo quería protegerlas. Me senté en la silla de a un costado y las observe un rato más, no quería dejar de hacerlo.
El peso de mis decisiones por fin cayeron sobre mis hombros. Nunca debí irme de esa manera, nunca debí abandonarla sin decir adiós y la pregunta que no me había querido hacer en todo este tiempo por fin salió a la luz: ¿qué hubiera pasado si decidía quedarme? ¿Cómo hubiera resultado mi vida, si me hubiera quedado con ella? Si hubiera vuelto a América con ella en mi vida, tal vez mi vida habría sido diferente, tal vez ella estaría a mi lado, tal vez yo hubiera podido dormir plácidamente en los dos últimos años, tal vez Amelia sería mía, tal vez… toque mi brazo y algo me iluminó la mente, me puse de pie rápidamente y busque a Lissa.
—¿Enfermera Dragomir? —ella dejó un paciente y fue donde mi—. Necesito una prueba más para la Paciente Amelia Hathaway. —le entregue la orden y Lissa me miró confundida.
—¿La doctora Hathaway la aprobó? —negué con la cabeza—. Sabe que no puede hacerlo sin su autorización, estaría rompiendo las reglas.
—Lo sé, y yo cargaré con las consecuencias, solo ve que se haga en lo más callado posible, que no se sepa aparte de los dos ¿sí? —ella estaba notoriamente insegura, pero no volvió a replicar, asintió y se marchó.
. . .
—Gracias por cuidarla —Rose, habló como ambos observábamos cómo la enfermera retiraba la IV, del bracito de Amelia—. Has sido muy amable con ella —me miro a los ojos y sonrió, por primera vez después de tanto tiempo, sonrió—. Muchas gracias, Dimitri.
—Fue un placer, Roza. —sonrió y continúo apreciando a su hija, yo la seguí mirando a ella. ¡Dios! Era tan hermosa y yo solo quería tocarla, a si fuera por unos segundos.
—Vamos Amelia, vamos a casa —su voz interrumpió mis pensamientos. Fue y cargó a la bebé mientras su madre tomaba la bolsa—. Otra vez, gracias —ella volvió a decirme como se marchaba. Amelia me miró y estiró sus brazos.
— ¿Puedo? —La mujer dudó, pero al final accedió y me dejó cargar a la niña. Ella se acomodó en mi pecho y comenzó a jugar con mi bata, yo bese su cabecita y ella olía a su madre—. Es una niña muy especial, Rose, tienen suerte tú y tu pareja —dije esta última parte entrecortada.
—Solo somos ella y yo —dijo como acariciaba la manita de su hija. Debo admitir que sentí cierta tranquilidad al escuchar eso.
— ¿Te divorciaste del padre? — pregunte, ella me miró de manera significativa—. Lo lamento no debí preguntar.
—No, está bien, no es una historia triste, bueno, ya no lo es. Y para responder no hay padre, digo, si lo hubo, pero él nunca quiso estar, simplemente se esfumó y nunca supe de él.
—Lo lamento —dije y apreté Amelia un poco más hacia mí antes de devolverla a su madre.
—Yo no, ¿sabes? el no tenerlo me hizo más fuerte, ¿fue duro? Sí, mucho, sobre todo cuando nació, porque quería tenerlo a mi lado, porque a pesar de que me dejo, aun lo quería, creo que todavía lo quiero, —hizo una pausa — pero todo llega, todo pasa y no podemos vivir en el pasado. —Comenzó a marcharse, pero antes quiso agregar—. Además ¿Qué se puede esperar de un romance de…? —se detuvo y negó con la cabeza— olvídalo.
Y con eso se marchó, dejándome con una inmensa duda.
. . .
Conduje como loco por las calles de Montana, tenía que tener cuidado, había llovido a cántaros y la calles estaban húmedas, sin embargo, no me importa. Me aferré al volante y pise el acelerador a todo lo que vehículo me dio y antes de darme cuenta había recorrido casi toda la ciudad de extremo a extremo. Cuando menos lo note estaba estacionando el carro al frente de una gran casa, todo aquí gritaba lujo y dinero. No me detuve a reparar en más detalles y me lanze a la puerta; golpee tan fuerte que la puerta vibraba y no me detuve hasta que esta se abrió.
—¿Pero qué demonio…? —Rose, fue la que abrió y se detuvo cuando me vio— ¿Dimitri? —Su furia pasó a asombro y de ahí otra vez a furia— Pero ¿qué te has creído para venir a mi casa a tocar de esa manera? —No respondí, en cambio entre a su casa sosteniendo el papel que traía en mis manos.
— ¿Esto es verdad?
Me miró como no entendiendo que pasaba.
—Dime, Rose, ¿esto es verdad? —Frunció el ceño y me arrebató la hoja de mi mano.
—No entiendo de qué me hablas, parece … —ella se detuvo cuando leyó lo que había en la hoja.
—Así que, Rose, te lo vuelvo a preguntar ¿es verdad?
—¿De dónde has sacado esto? —su voz fue casi un susurro.
— ¡Solo responde la maldita pregunta! —estaba vez perdí la paciencia.
—No, respóndeme tú, ¿de dónde carajos sacaste esto?
—La hice cuando ella estaba en la clínica —eso fue todo, ella estalló.
—¡¿Qué?! ¡¿Pero qué te has creído para hacerle una prueba de ADN a mi hija?! ¿Sabes que te puedo demandar por esto?
—Nuestra Rose, Amelia es de los dos ¿y crees que me importa un carajo que me demandes? —ella me miró con odio y algo de nostalgia—¿Por qué? ¿Por qué ocultarmelo?
— ¿Por qué? —ella me devolvió la pregunta y sin esperarmelo su mano se estrelló contra mi mejilla haciéndome tambalear— ¡y aun tienes el descaro de preguntarme por qué! —Eso fue una afirmación— ¡Me abandonaste en ese hotel hace dos años ¿Acaso ya se te olvido?! —no dije nada— ¡¿Qué pretendías, que te buscara por cielo y tierra? No, Dimitri, no soy ese tipo de mujer, tú me dejaste, me dejaste como si no valiera nada, como si lo que paso no valiera nada, me trataste como tu golfa, ¿por qué eso fui? ¿No?
—Rose… — ella me interrumpió.
— ¡No! No me interrumpas ¿quieres una explicación del por qué no te dije de Amelia? Bien, aquí va, por el simple hecho de que no tenías derecho, tú me abandonaste, tú desapareciste y yo me quede muy confundida. ¿Tienes alguna idea de cuánto me lastimaste? Y después cuando la prueba fue positiva, ¿sabes cuan asustada estaba? Estaba embarazada de un cobarde que me abandonó y después tuve que afrontar todo yo sola, mientras tú aquí jugabas a la pareja feliz con Natasha. Dime ¿sabe ella de nosotros? —Negué con la cabeza—. ¿Ves? Eres un cobarde y ahora vienes y te presentas en mi casa, con una prueba, la cual yo no autorice y crees que tienes el derecho de estar enojado. ¡Aterriza! Niño bonito, no todo en la vida es como tú quieres que seas, la vida se trata de decisiones y consecuencias, todo lo que hacemos nos trae una consecuencia y esa niña que está arriba —ella hizo hincapié señalando a donde supuse que estaba Amelia— es una consecuencia de lo que paso en aquella isla, yo la anfronte, ¿y tú? Por supuesto que no hubieras sido capaz, si no sabías lidiar con un romance de verano, mucho menos con una hija, ella no se puede desechar o abandonar como tú lo hiciste conmigo y juro por mi vida, Dimitri, que no dejare que le hagas a ella lo que me has hecho a mí.
—No sería capaz de lastimarla, Rose, es mi hija —la palabra se sentía pesada en mi lengua—, pero tienes razón —admití como baje la cabeza y me senté en uno de los escalones de la sala— fui un cobarde, lo sé, lo admito, pero no me fui porque no me importaras o porque tú no valieras, créeme tú vales más de lo que te imaginas —hice una pausa y sin saber cómo continúe—. La mañana que te abandone fue lo más difícil que he tenido que hacer, no te deje por que quisiera, lo hice porque me asuste, tienes razón, soy un cobarde. Fui a esas vacaciones por que tenía problemas con Tasha, necesitaba un respiro, ella ha sido mi mejor amiga por tanto tiempo, pero empezaba a sentir la presión de las personas de que formara un hogar, así que necesitaba irme de aquí. Y lo hice y te encontré y tú fuiste diferente. Tú estabas tan llena de vida, contigo todo era natural y me enamore —la mire a los ojos—. Me enamore de ti perdidamente, sin embargo éramos desconocidos y ahí empecé a temer por el futuro, pero tú no, tú solo vivías la vida con alegría y con emoción, pero yo tenía una vida aquí, ahora veo que tú también la tenías, pero en ese entonces yo no lo sabía y estaba Tasha y la verdad no sabía a quién protegía, si a ti o a ella. Ahora puedo ver que era a ti, no quería que tuvieras que lidiar con esto, no quería enfrentarte y decir que alguien me esperaba en casa, por eso te deje.
—No es una excusa, merecía una explicación —una lagrima rodo por su mejilla.
—Lo sé, sé que no es la mejor de las explicaciones, pero es la verdad. También es verdad que nunca deje de pensar en ti, cada noche al irme a dormir simplemente pensaba en ti, a veces cerraba mis ojos y sentía que podía oler tu aroma. Cada día me atormentaba el hecho de haberte dejado, y perdí la esperanza de verte y me hundí, así que tomé la decisión de pedirle la mano a Tasha, pero tú volviste —me puse de pie y camine hasta donde ella estaba— y todo volvió nítido a mi cabeza y entendí que no era Tasha, eras tú, desde ese viaje siempre has sido tú Rose.
—Dolió Dimitri, aún duele —ella se separó de mí y camino tirando de su cabello hacia atrás —. No podemos volver a eso y aunque tenías tus motivos, yo merecía más —la voz le salió rota—. Ahora no puedes pretender que todo sea como antes, ya no puedo pensar solo en mí, ahora tengo que pensar en que es lo mejor para Amelia.
—Y estas en lo correcto —caminé hasta donde ella y me puse enfrente—. No quiero decirte que me perdones, no se puede perdonar así de la noche a la mañana —la mire a sus ojos—, solo quiero una oportunidad, solo una de estar al lado de esa niña, me perdí ciento de cosas, pero no me quiero perder los miles más que estoy seguro que ella va hacer, no quiero perderla a ella como te perdí a ti.
El silencio reinó como procesaba todo. En medio de nuestra discusión, me percaté, nos habíamos acercado tanto que casi podía besarla... y eso hice la besé como había ansiado desde hace tanto tiempo y ella me respondió el beso como enredaba sus dedos en mi cabello. La levanté del suelo y ella rodeó sus piernas en mi cintura y comencé caminar con ella hasta dejarla sobre el mueble y yo encima de ella, vertí todos mis sentimientos en ese beso, me sentía completo. Nos separamos porque nuestros pulmones necesitan aire.
—Extrañaba eso —admitió ella en voz baja.
—Yo igual —picotee sus labios. — ¿Ahora qué? — pregunte.
—No lo sé, no sé qué tanto planees quedarte — ella hizo un intento de levantar la ceja.
—Tanto como tú permitas que lo haga —la bese otra vez, pero el llanto de una hermosa princesa nos interrumpió.
— ¿Listo para conocer oficialmente a tu hija? —Ella me sonrió y algo me transportó a hace dos años, en la discoteca, cuando me dio esa misma sonrisa y el fuego otra vez bañó sus preciosos ojos, solo que esta vez sí estaba listo para la aventura que esto conllevaba.
—Nunca había estado más listo para algo en mi vida —ella se levantó sonriendo y corrió conmigo al encuentro de nuestro pequeño ángel.
. . .
Seis meses después.
—Amelia, mamá se enojará mucho si te endulzas toda —mi hija de casi dos años me miró y sonrió como comía, o más bien se esparcía todo el helado por su cuerpo y traje de baño. Sonreí, Amelia era una maravilla, era la niña más hermosa y perfecta que existía. En este tiempo había crecido mucho, sus cabellos casi llegaban a sus hombros y el sol del caribe los baño haciéndolos ver un poco más claros.
Miré hacia al mar y vi como mi bella novia, salía de ella, con su escultural cuerpo apenas cubierto con un sensual bikini rojo. Ella nos vio y sonrió y comenzó a correr hacia nosotros. Amelia apenas la vio dejó caer su helado y comenzó a estirar sus brazos, la deje sobre la arena y ella comenzó a caminar hasta el encuentro con su madre, Rose, la tomó a mitad de camino y la alzó haciendo que la niña gritara de alegría, era hermoso apreciarlas de esa manera juntas.
—Hola, doctor Belikov —Rose, picoteo mis labios y se sentó en mi regazo con Amelia encima de ella.
— ¿Cómo estás, Roza? —Pregunte mientras acariciaba su espalda desnuda, su piel se erizo, amaba cuando le hacía eso.
—Mejor que nunca —ella me miró con ternura—. No imaginé volver aquí, y menos contigo. Me alegro que lo hiciéramos.
—Y a mí —fue lo único que dije como la besé, pero no duro tanto ya que Amelia se desesperó y se bajó del regazo de su madre y comenzó a caminar hacia un camarero del hotel que llevaba en su charola varios postres. Levanté una ceja como Rose se reía.
—¿Qué puedo decir? Es hija mía —ella me picoteo y se paró para ir detrás de la niña. Negué con la cabeza y también me puse de pie, haciendo que algo se moviera dentro de mi pantalón: una caja de terciopelo que contenía el elegante anillo que tanto me costó escoger. Me recordó lo que estaba por pasar en la cena, solo que esta vez sí estaba realmente seguro de lo que iba hacer—. ¿Vienes, Dimitri? —ella volteó y preguntó risueña.
—Claro que si, Roza. —Y con eso salí corriendo y tomé a mi hija en brazos y a la mujer que amaba de la mano.
Por fin estaba donde y con quien quería estar.
FIN.
