Escrito de 2016 al 2020.

Género: Angst/Drama/Realismo mágico/Drama.

Parejas: Takari, Kenyako, además de roces de Takeyako y Kenkari.

Advertencia: es un fic oscuro, medio inconexo y de narración complicada. Tienes qué leerlo desde el principio o no se va a entender; también se recomienda leer los fics: Años negros contra Años dorados y Ticket para un lugar equivocado. Quizás este capítulo esté entrecortado porque hace muchos años que no se continuaba. De hecho, esta entrega no me convence, siento que está incompleta, pero es lo que hay y me he propuesto a publicarlo a pesar de sus fallas.

Nota: Este fic contiene escenas reinterpretadas del anime de Digimon Adventure Two. Además se manejan varios escenarios en distintos momentos. Presente, pasado más cercano y pasado más lejano.


Estudié en el Departamento de Antropología. Por ese entonces enseñaban que no había diferencia alguna entre unas personas y otras. Deberían enseñarlo todavía. Otra cosa que nos enseñaban era que nadie era ridículo, ni malo, ni desagradable. Poco antes de morir, mi padre me dijo:

Mira, hijo, no escribas nunca una novela con un personaje malo.

Y yo le contesté que ésa era una de las cosas que había aprendido en la universidad, después de la guerra.

(Kurt Vonnegut, Matadero Cinco, 1969, p. 15).


El Ángel y el Káiser

Por ChieroCurissu

Capítulo Dos "Káiser decide huir a un lugar equivocado".


K e n . P o v

El rumor de las olas, tan sordo y ajeno a mi lucha, me estaba poniendo de los nervios.

El oleaje grisáceo era como una bomba y yo estaba a punto de explotar. Esta vez no quería detener la hecatombe, quería desvanecerme del mismo modo que Hikari y Miyako, a pesar de que no tenía derecho a irme con ellas.

La espera me estaba matando poco a poco. La cuenta regresiva estaba por llegar a su fin, sin embargo, en realidad estaba a contrarreloj desde la primera bocanada de aire que respiré en este mundo de tinieblas, el cual me ha absorbido lo bueno, pero también lo malo.

Ya estoy en el último más allá que esperaba en mi existencia, aunque, antes de irme, deseo con todas mis fuerzas matar a Takeru Takaishi.

Él es el ángel que terminó por destruirlo todo… él es el hombre despiadado que trajo a Miyako a este mundo, él es tan engreído que quiso recuperar a Hikari, a pesar de que ésta ya estaba contaminada, viviendo el infierno conmigo, nunca con él.

Veo al ángel con alas apolilladas frente a mí y tengo ganas de tumbarlo, de someterlo con mi látigo de emperador. Quiero, a su vez, que me atraviese con esa espada que porta como si fuera un caballero medieval.

Qué ruido tan vago pero tan constante es el de las olas, ahora mismo son la cuna de Miyako. La están meciendo con ese eterno vaivén de espuma, mientras que el cuerpo esbelto y alargado de ella se revuelca en la arena, convirtiéndose en caracol. ¿Y sus gafas?, ¿dónde habrán quedado las gafas de Miyako?... seguramente, se le desprendieron de la cara y cayeron al lugar más hondo del océano, como si fueran un tesoro.

Ilícita… la muerte de Miyako había sido ilegítima, mucho más que la de Hikari Yagami. No fue justo que Miyako Inoue muriera. Ella nunca estuvo contaminada como nosotros, su único gesto de maldad fue abrirme su corazón desde que era una niña. No fue justo… No, no voy a perdonar al ángel, los muertos de este mundo careceremos de tumba, pero Miyako merecía una donde los demás pudieran rezarle, donde alguien pudiera llorar por ella.

¿Vas a matarme con esa espada, Takeru Takaishi?

¿Es que por fin lo asumiste, Ichijouji?

Sí. ¿Tú asimilas que te voy a asfixiar con mi látigo?

No. No antes de que cave una tumba para Hikari —dijo el ángel—. Una vez que haga eso, también me pudriré en este mundo. Seguiré a Miyako, saltaré al oleaje y nos haremos uno con el mar… y me encargaré de que tú nunca puedas descansar en paz junto a ella.

Trato de enredar su cuerpo con el látigo, pero éste sólo alcanza a lacerarle la pierna. El ángel salta alto, como si con sus alas rotas pudieran volar; mi frente se encrespa, Takaishi embiste con su espada, pero ésta es tan pesada que se le resbala. Y yo me río, porque ambos somos pésimos luchando, porque a pesar de todo, él y yo podemos considerarnos de esos asesinos que nunca han usado armas.

¿Y no narrarás esta historia?... tú, que te crees escritor, ¿serás incapaz de contar con tus letras todo que ha pasado aquí?, qué escoria eres, además de no saber portar una espada, tampoco tus manos pueden sostener una pluma hasta el final de tus días.

En este mundo y, en cualquier otro, todas las ideas ya están dichas. Estoy yermo, no tengo palabras qué aportar —confesó Takeru—. Finalmente, no es que el amor sea la unión de dos mundos como yo creía… y, si esa tesis ya no existe, entonces no hay nada más que yo quiera escribir. Ni la maldad es antónimo de la bondad; ni la luz de la oscuridad, ni el amor del odio, ni Hikari de Miyako… ni siquiera estoy seguro de que la vida y la muerte sean situaciones opuestas, porque dentro de mí no queda esperanza alguna, sólo venganza…

Basta de palabrería. La única verdad es que debimos matarnos desde hace años, en nuestra primera pelea —aseguro; esta vez mi látigo, cual serpiente, logra enredarse en una de las piernas de Takeru. Al jalarlo se cae y lo acerco a mí, su espada de ángel resplandece metros atrás, como si fuera un pequeño sol extinguiéndose en el mundo de la oscuridad donde nunca debió poner un pie.

Lo golpeo; Takeru se deja golpear mientras acumula odio. Me le echo encima, transgrediendo su espacio personal, apretando su cuello hasta amoratarlo. Boquea como pez fuera del agua, como ángel fuera del cielo. Lo dejo recuperarse… No es suficiente si muere así, debo tener muy presente que por su culpa Miyako Inoue está muerta.

Le hacía el amor a Hikari pero ella nunca decía tu nombre —dije, burlándome. Todavía lo sostenía con fuerza del cuello, pero sin hacer presión.

¡Cállate! Te lo juro, Ichijouji, voy a matarte si no te callas la boca.

No obstante, cuando te follaste a Miyako, estoy seguro de que ella siempre me nombró.

Le duele lo que le digo, porque su relación con Yagami era ambigua, llena de niebla. La ira hace que Takaishi me aviente a un lado. Todavía boquea un poco, sabe —en el fondo— que va a morir, aun así se arrastra hasta tomar su espada… se hinca como esfuerzo, yo sostengo mi látigo y grito, para que entienda:

Si tuve en mis brazos a Hikari, ha sido porque ella me abrió las piernas a mí y no a ti… ella me eligió ¿lo entiendes, verdad?

¡Basta! ¡No la menciones! ¡No tienes derecho!

Al penetrarla, los gemidos de Yagami siempre iban acompasados con el mar. La verdad era que habíamos hecho el amor en el Mar de las Tinieblas una y otra vez, como si quisiéramos quitarnos de encima la oscuridad que llevábamos dentro, pero había ocurrido lo contrario. Su tristeza densa y negra, llenaba de ataques de pánico a mi corazón. Mi semen la carcomía, narcotizándola aún más. Vivíamos a la orilla del mar, destruyéndonos en ese cementerio de Trailmons sin renegar de nuestras pérdidas. Queríamos, de algún modo, ser la última compañía que tendríamos hasta morir, ¿qué sabía Takeru Takaishi de ello, por más contaminado que estuviera?... alguien como él, tan fuera de lugar, nunca habría podido esperar a la muerte de la mano de su amada.

Los orgasmos de Hikari eran míos, los de Miyako también. Y tú, sólo por irrumpir en mi fin del mundo, debes morir, debes…

¡TE HE DICHO QUE CIERRES LA PUTA BOCA!

Cuando Takeru se encabrona, se avienta con la pesada espada hacia mí.

Y grito, porque me hiere. Me revienta el muslo y lo traspasa.

Sí, grito porque duele y es el fin. Grito tan fuerte como aquella vez que este mar trastocó en aquel mundo real.

¡Ahhhhhh!

.

.

—¡Ahhhhhh!

Grité fuerte porque escuché el oleaje de ese mar. Ese océano siempre ha estado en mi inconsciente. Dentro de mí, la humedad se estuvo filtrando poco a poco, hasta que atravesó toda la arena y me tocó el corazón.

Y grité, porque es lo único que sé hacer cuando se acerca la oscuridad de manera inesperada.

—Ichijouji, ¿pasa algo? — el senpai de mi trabajo me llamó la atención.

No fui capaz de contarle lo del mar; me mordí los labios, me encogí en el asiento de la patrulla.

Estábamos haciendo guardia nocturna. Y, sin embargo, ajeno al entorno de mi trabajo, yo había gritado de manera desaforada, como si mi interior se hubiera roto.

—Oye, ¿te vas a quedar callado después de gritar? —insistió.

—Lo siento mucho, senpai…—le dije, bajando la mirada al tablero de la patrulla.

Shinguku brillaba, como todas las noches. Las luces de neón proyectaban demasiada luz: era tanta que enceguecía. Mi mente, en cambio, se había oscurecido sin más, como si dentro de mí nunca hubiera habido bombillas de ideas, esperanza, o de cualquier cosa en realidad.

—Ah, vaya, hasta los prodigios se trastornan por el exceso de trabajo ¿eh, Ichijouji?, ¿te has quedado dormido y te despertó una pesadilla? —se burló.

No había sido un grito causado por una pesadilla, tampoco me había dormido en el patrullaje… simplemente las olas me habían alcanzado y lo único que tenía en mente era que de nuevo era víctima del mar de la oscuridad de mi niñez.

El digivice se había hecho oscuro la primera vez que me había zambullido en el agua negra, salada y llena de desazón. Luego, mi corazón se había hecho de piedra, pero no había dejado de latir: solo me había convertido en el káiser que mi hermano Osamu miraba desde su cielo.

—No volverá a pasar, senpai —murmuré, subiendo la mirada, avistando los alrededores con el mayor interés posible.

No obstante, la ciudad que se alzaba frente a mí, con todos los caminantes acompañados de celulares brillantes y los edificios resplandecientes con vida propia, ya no eran parte de mi mundo. Por más que miraba a la gente salir de los karaokes o de los hoteles del amor, yo sólo podía sentir las olas inundando mi cuerpo y aumentando la marea.

Los mundos se habían trastocado y por eso había gritado. Mis días de káiser parecieron revolucionar mis recuerdos de aquellos días, en los que me dedicaba a matar, mutilar y lastimar seres digitales.

—Un mal sueño lo tienen todos, Ichijouji —. Senpai nunca dejó de hablar en tono sarcástico —. La primera vez que maté a un hombre no dejé de soñar la cara del bandido por un mes, pero aún no has matado a nadie, ¿cierto, Ichijouji?, eres un perfecto cadete, aunque, si me preguntas a mí, nunca estarás completo hasta que acabes con uno.

Murai-senpai estacionó la patrulla y bostezó. Otra vez no le respondí a tiempo, ¿qué podía saber él de mis circunstancias?, ¿cómo podía explicarle que había matado a cientos de criaturas, incluyendo a Wormmon?... para gente como él, los digimon eran solamente bichos parlantes, mascotas digitales salidas de una juguetería gigante llamada Ciudad del Inicio.

Traté de pensar en Miyako. En la cadencia de sus cabellos púrpuras moviéndose por las ráfagas de vientos. Su puente de la nariz inflamado por las gafas, sus ojeras permanentes a causa de la computadora, su estrecha espalda huesuda y seductora.

Quise recordar a Miyako. Me dije: acuérdate que la amas, acuérdate que ella te salvó. Acuérdate que ella huele a tierra firme y no tiene nada que ver con el mar. No obstante, las olas se fueron llevando —lejos de mi pensamiento— la sonrisa avasalladora de mi novia, y sus cabellos se tornaron espuma, diluyéndose en la arena.

Estaba inundándome en medio de Shinguku. Era el fin. No sé por qué de inmediato supe que Miyako Inoue jamás podría salvarme. Cuando grité, en vez de recordarla a ella, dibujé en mi mente a Hikari Yagami.

"Ah", pensé brevemente, "seguramente ella también se está ahogando".

.

.

Una vez, poco después de que Ken Ichijouji dejó de hacer burbujas, Ryo Akiyama y Wormmon se hicieron sus amigos. Osamu, en cambio, se quedó enterrado en el suelo y encerrado en los recuerdos.

¿Sabes? —Le confesó su digital—. Me alegro mucho de ser tu compañero digimon, porque eres bondadoso y dulce conmigo…

Poco después, por esos días, Wormmon se contradijo y cambió su discurso:

—… Necesitas algo más, tienes que ser más duro o si no...

¿O si no? —preguntó Ken.

O si no vas a ser presionado por tu propia bondad —aseguró el gusanito —¿Sabes, Ken?, ese digivice que tienes en tu mano es tuyo, es como tu corazón, que no le pertenece a nadie más que a ti, por favor, no olvides lo que te digo y...

¿Y...?

No huyas.

Sin embargo, el corazón de Ichijouji se hizo tan negro como el digivice; estuvo latiendo junto a la oscuridad, como una roca. Y, en cuanto se dio cuenta de que podía fugarse, Ken huyó y huyó y siguió huyendo de su vida. Un buen día la marea comenzó a alcanzarlo… Después de todo, en la mar siempre nacen tsunamis tras un temblor.

.

.

Senpai bostezó y revisó su celular. Se quejó de las guardias nocturnas una y otra vez, pero no alcancé a identificar si conversaba conmigo o con él mismo.

—No hablas mucho —fue lo que me dijo—. Podrás ser un genio y haber ascendido rápidamente, pero eres tan aburrido que cualquier delincuente se reiría de ti.

Me dispensé con una reverencia. Estuve a punto de refutarle, de callarle la boca, de decirle que no sabía con quién estaba hablando. Yo, en esos momentos, ya no era Ken Ichijouji. No era un policía en entrenamiento, no contaban ni mis grados académicos ni mi sonrisa fugaz y forzada.

Ahora mismo, estaba mutando de hombre a káiser. Esta vez, el proceso era definitivo. La marea estaba tan alta que cubría las calles, traspasaba la patrulla y me llegaba hasta las rodillas.

Me iba a ahogar. Tenía que salir de ahí, porque las olas me llamaban: el mar oscuro me llamaba con un vaivén.

Tenía que irme. Golpear a senpai y arrojarlo de la patrulla. ¿Por dónde había que ir? ¿De dónde provenía el sonido del mar de las tinieblas del Digimundo?... quizás Hikari Yagami podría decirme: me imaginé sus labios murmurándome al oído que era hora de irnos, pero que era solamente un pasaje de ida.

Saqué el celular del uniforme. Ordinariamente no me lo permitía ni en los descansos; Miyako lo sabía, pero aun así siempre llenaba mi bandeja de entrada con los mensajes más dulces y las fotos más creativas.

Veinte mensajes sin leer. Ni uno más ni uno menos. No los abrí, me fui a mi agenda de contactos para llamar a Hikari.

¿Escuchas las olas del mar? ¿Es acaso hora de irnos?, le susurraría en cuanto le marcara, pero el pitido agudo de la radio policial reventó mi burbuja, y de nuevo grité, porque subió la marea entre el ruido blanco que emitía el aparato.

Murai volvió a burlarse mientras adecuaba la señal.

—¿Pero eres todo un caso, eh, Ichijouji? —ironizó, antes de subir el volumen de la radio, la cual dejaba oír una voz interrumpida por sonidos que se asemejaban al ruido de las olas estrellándose en un peñasco, a pesar de ser simples fallas de sintonía.

«Tenemos un 10-100 con un 57 en una tienda de autorservicio; repito, 10-100».

—Aquí patrulla 27; te copio. Pido ubicación —. Senpai sonó como cascada al responder el llamado.

«…».

Encendí el GPS y la dirección nos mostró un 7-Eleven cercano, donde ocurría el asalto.

«Concéntrate», rogué para mis adentros, tratando de olvidar mi histeria. El mar oscuro me había alcanzado, pero ahora era un adulto, no podía salir huyendo, no podía, aunque fuera el fin del mundo, no podía quitarme el uniforme y huir…

Miyako. Quise recordar a Miyako. «Concéntrate», concordaría ella, «la mejor manera de vencer la oscuridad es con la justicia, Ken, ¡hazle frente!, ¡desafíala con un bingo!».

—¡Ichijouji, espabila! —exclamó Murai-senpai, antes de encender la sirena y salir disparado a la escena del crimen.

.

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En el año 2002, tras enfrentarse a Takeru Takaishi y sentir los puñetazos escociéndole la quijada, el imperio de Ken Ichijouji, alias el Káiser, comenzó a derrumbarse.

La base del emperador de los digimon se caía en pedazos y, allá afuera, el Kimeramon de Ken peleaba contra los niños elegidos.

Era el fin de los años negros, pero Ichijouji no lo aceptaba. Prefería vivir encerrado en una concha de caracol, le gustaba que ese mundo de monstruos fuera suyo y no de los demás humanos.

Ken, ¿todavía no lo entiendes? —decía Wormmon durante ese apocalipsis—. Lo que recuerdo de ti es diferente a lo que eres ahora; eras diferente cuando viajamos por primera vez al Digimundo... nos reíamos, llorábamos juntos, eras un niño bondadoso y normal.

Eso era lo que le decía Wormmon mientras el imperio del Káiser se hacía añicos poco a poco. Ese digimon que se decía de Ken, era como una tijereta jodiendo dentro del oído. A Ichijouji le dolía escucharlo hablar, le daban punzadas en el pecho. ¿No podía callarse?, ¿no podía, el Kimeramon, ser el compañero digimon del Káiser?, ¿era que ese gusano no se daba cuenta de que Ken era todo, menos una persona normal?

Y entonces, la segunda vez que nos vimos, me pediste que te llamara Emperador de los Digimon, ¿cómo podía hacer eso?, no importa cómo te vistas, siempre serás Ken para mí, no importa lo malo que hayas hecho como Emperador de los Digimon, siempre creí que volverías a ser lo que eras, he seguido creyendo porque sé que no eres el Emperador de los Digimon que pretendes ser…

Wormmon hablaba en su lecho de muerte, pero Ken no lo percibía. Sólo sabía que el más fiel de sus esclavos resplandecía en dorado en uno de los escenarios de su imperio haciéndose pedazos.

Los invasores, un puñado de niños como él, estaban en la cercanía, peleando con su obra de arte, con un Kimeramon que ya no parecía obedecerle. Los años oscuros se traspapelaban en hojas blancas; la mente ágil del káiser se emblanquecía, porque los colores se encimaban unos a otros hasta aclararse, hasta dejar atrás el negro, la ausencia…

Fue en un desierto. Su nave ya no volaba y se resquebrajaba; Kimeramon seguía atacando, pero no sólo a los niños, sino también a él; «incomprensible», habría querido razonar Ken, pero no podía… su mirada estaba postrada en su Wormmon, quien desplegaba un brillo dorado enceguecedor que proyectaba un haz de luz dirigido a otra bestia digital, un simple y corriente Veemon, un compañero del enemigo.

Tu verdadero yo es ser un niño amable, ¡vuelve a ser como antes! —. De un último impulso, Wormmon empujó a Ken hasta tirarlo al suelo.

La arena en la que cayó estaba seca; el mar se alejaba, sus sueños de conquista fenecían. Todo pasó tan rápido que Ken no entendió cómo fue que Wormmon cedió su energía a aquel Veemon que alcanzó una evolución nueva. Nueva y dorada… «No», fue lo que pudo decir el emperador «alguien… ayuda».

Te lo ruego, ayuda a ken —pidió el gusano a esos niños y a ese Veemon, que se había convertido en un digimon de armadura dorada, que Ken nunca había visto.

¡Eso es! —gritaron los niños.

El campo de batalla entró en un clima fugaz, irreparable. Cuando Ken se incorporaba y sus ropas lloraban arena, su Kimeramon desaparecía por un contraataque de los invasores, que habían sido ayudados por el maldito Wormmon, que a su vez se desintegraba, como los granos de arena de ese desierto sin agua.

Kimeramon fue derrotado —dijo Ken, no le salieron otras palabras —. No puede ser.

Lo dijo sin pensar, sin entender lo que le pasaba a Wormmon, sin comprender por qué sentía un mareo intenso, que lo despojaba de todo lo que le pertenecía: sus ropas de Káiser, excéntricas y triunfadoras, desaparecieron para sólo dejar sus viejas y grisáceas ropas comunes. Sus gafas se esfumaron, de modo que sus ojos azul océano quedaron expuestos.

Sus cabellos, hasta entonces influidos por la estática de las tinieblas perdieron el brillo y cayeron, lacios, por su cuello y sus hombros. Cayó de rodillas, incapaz de saber cómo reaccionar.

Era el final; Ken gritó porque lo supo. Gritó, porque ya no sabía qué hacer. Ya no existía más su mundo, ni su credo, ni sus estrategias. Quiso recordar a Osamu, pero había olvidado su cara. Quiso recordar a sus padres, pero éstos estaban en muy lejos de su mente, no les podía distinguir las facciones de los rostros.

Al final, lo único que pudo hacer Ken fue mirar cómo se desintegraba Wormmon, y, por mero instinto, se arrastró, tratando de alcanzarlo, de tocarlo, de reaparecerlo.

Wormmon... —habló una de las invasoras, la chica de cabello castaño, Hikari Yagami… Ken vio que ella estaba postrada a un lado de su digimon. Parecía ser la única que tenía en claro lo que estaba pasando.

¿Wormmon? —lo llamó Ken, cuando ya estuvo cerca.

Todavía respira —avisó un digimon. Un Tailmon, el que pertenecía a la chica que había hablado.

Ichijouji, con su look gris de siempre y la cara ensombrecida, sujetó a su moribundo compañero de desaventuras.

Volviste a ser el mismo chico de antes —percibió Wormmon, mientras perdía su forma poco a poco. Daba la impresión de que un puñado de mariposas abandonaba el cuerpecito verde del digimon.

El mismo... de antes...

Eso es mejor —dijo Wormmon, parpadeando a medio morir.

¿Lo que Ken era antes?

El emblema de la Bondad, que hasta entonces permanecía en manos de Daisuke Motomiya, uno de los elegidos, voló hacia la palma entumida y pálida de Ken Ichijouji

En la sala de máquinas escuché una voz que decía «quiero regresar adonde pertenezco» —recordó Daisuke.

El símbolo de la Bondad, a Ken le pareció que tenía forma de rosa. ¿De quién podría ser? ¿Por qué su corazón de piedra latía con fuerza?... ¿de qué sueño estaba despertando?, ¿por dónde se había escapado el sonido del oleaje?

¿A quién pertenece esto?

Es tuyo, Ken, el digiegg de la Bondad —aseguró Wormmon, ¿cómo sabía eso?, ¿cómo?, lo único que era de Ken era ese mundo y acababan de arrebatárselo.

¿El digiegg de la bondad me pertenece?—cuestionó.

La Bondad despide una luz dorada, eso fue lo que nos quiso decir Wizardmon a todos —dijo otra voz, seguramente otro de los niños, pero el ex káiser no prestó atención.

Ken es bondadoso, yo lo sé.

Ken se encogió, para abrazar con fuerza a su Wormmon. Le dolía el pecho, le dolía todo y estaba demasiado entumecido como para saber cómo enfrentarse a lo que pasaba. ¿No había estado a punto de triunfar?, ¿por qué Kimeramon había desaparecido? ¿Por qué Wormmon también iba a irse?

Escucha… Wormmon, no sabía es que... eres tan ligero.

Adiós, Ken —. Wormmon cerró los ojos y desapareció.

¿Wormmon? —y fue como si las arenas se volvieran movedizas y asfixiaran a Ichijouji. Por dentro lo llamó a gritos, al digimon, pero éste no estaba ya ni dentro ni fuera, se había borrado, ¿no había borrado él a más de esas bestias digitales?, ¿no…?

Él está muerto —dijo Takeru Takaishi, el rubio que apenas minutos atrás había osado golpearlo. El ex káiser le miró por segundos, ese chico le pareció un ángel ajeno a él, ajeno a ese mundo, que si bien ya no existía había sido suyo, porque él había sido un káiser cuyo corazón de piedra estaba revolotéandole por dentro.

¿Está muerto? —eso fue lo único que pudo preguntar Ken. El shock del momento lo tenía embriagado. La sucesión de hechos lo alejaba de la realidad, los brazos donde había estado Wormmon se le enfriaban, la sensación de la piel verdosa y resbalosa del gusano ya no se sentía.

Y ahí, en medio de esa confusión, miles de recuerdos empezaron a empalmarse unos a otros en la cabeza de Ken Ichijouji. Ahí, en el momento posterior a la muerte de Wormmon, Ken escuchó el ruido de un auto estrellándose en el cuerpo de su hermano que iba sobre una patineta... con las gafas volando... con el cuerpo pesado, con Osamu sin vida.

Adiós Ken, le había dicho Wormmon. Osamu no había dicho nada.

¡No otra vez! ¡No otra vez!... ¡No otra vez la muerte!

¡¿MUERTO!? —exclamó histérico Ken, en ese presente confuso, que no podía tomar forma porque las imágenes de sus memorias se estaban uniendo, como un rompecabezas.

En su recuerdo, Ken se vio cerca del cuerpo de su hermano, a unos cuantos pasos. Osamu estaba muerto, con sus gafas rotas a su costado. La muerte le había dejado una expresión torcida, opuesta a la que su hermano ponía cuando estaba vivo y lo felicitaba por soplar pompas de jabón mejor que nadie... el cuerpo de su hermano mayor quedando tieso, las gafas lejos de los ojos de cielos nublados y, como soundtrack, el ruido de una ambulancia sonando detrás de él y en todas partes. Sonando todas las noches, como una alarma o un recordatorio.

Al final, el digivice era suyo, no de Osamu. Eso quiere pensar Ken, mientras le pestañea a su entorno, mientras entiende que el presente se le ha estrellado. No se trata de Osamu, esta vez el muerto se llama Wormmon.

Pero éste no yace inerte, sino que se ha desvanecido en millones de partículas parecidas al polen. Esos polvos, al elevarse, se dispersaron. No queda nada.

No quería que esto sucediera —susurró Ken, para el viento, no lo dijo para que lo oyeran esos niños, después de todo ¿no habían destruido su juego? —. Mi intención al venir aquí no era hacerle daño a nadie.

Wormmon estaba muerto, no era un icono reemplazable. No podía sentir su esencia entre sus brazos, ¿era que todos los digimon que habían matado de verdad respiraban?

Ese día, Ken se dio cuenta que se había fugado de casa. Sus padres… ¿estarían llorando como habían llorado tras la muerte de Osamu?... De Osamu sólo quedaba una foto donde sonreía. Osamu no debería sonreír con dulzura en esa foto; Wormmon tampoco debió sonreír mientras moría.

Agazapado, con la cara de frente a esa arena desértica, ese puñado de niños elegidos lo escudriñó con la mirada, ¿qué iban a hacer? ¿Regañarlo? ¿Golpearlo como lo había hecho ese chico con aura de ángel?... ¿Es que no se daban cuenta que estaban en un funeral donde todos le tenían lástima y resentimientos?

Osamu murió; Wormmon también.

Oye... —. El que usaba los googles y parecía ser el líder lo interrumpió —. Creo que deberías regresar a casa.

Como no podía soporta seguir ahí; Ken se puso de pie… tenía que huir, tenía que esfumarse.

Hay gente que está preocupada por ti y que espera tu regreso —insistió el niño, cuyo digimon había robado la última energía de Wormmon —. ¡Ve a casa!

.

.

He disparado mi arma hacia un encapuchado y las manos me han temblado tanto como la vez que provoqué la muerte de Wormmon en el año 2002. Me salté los protocolos de seguridad destinados para robos de tiendas de autoservicio. Murai-senpai me reprendió y lo único que yo hice fue salir corriendo, para perseguir los charcos de sangre que dejó el herido.

La sangre del encapuchado huele a mar de la oscuridad. Ese hedor, a pesar de que me atormenta, también me fascina y no puedo hacer más que seguir el rastro. Allá es donde debo estar, en ese mar de mis pecados. Allá puedo ser el káiser, allá puedo liberarme de la sombra de la bondad que me atonta hasta el grado de cambiarme.

¿Quién soy yo? ¿Dónde está mi corazón?, mi corazón yace en las arenas oscuras de aquel mundo. Las ansias de matar y de hacer daño me excitan más que las caderas de Miyako, cuya dulzura es demasiado buena para alguien como yo.

Quisiera volver a gritar, a pedir auxilio, pero nadie iba a entender que la marea había llegado hasta Tokio, nadie comprendería que la contaminación del aire no era por el smog, sino por la arena del mar que había comenzado a impregnarse en todo lo vivo, deteriorándolo, matándolo.

Quizás Hikari Yagami podría entender todo eso. Por eso, mientras perseguía al encapuchado, le gritaba desde mi mente: las olas nos engullirán vivos, ¿lo comprendes, Yagami-san?

Después de que senpai y yo recibimos el aviso de emergencia, nos dirigimos hasta el 7Eleven donde estaba ocurriendo el asalto. Eso sucedió hace apenas una media hora, pero lo único que puedo recordar es que le disparé a un hombre encapuchado con la cara agrietada de arrugas. Se parecía al señor Gennai, al de 1999, que era anciano y tenía en su rostro pliegues como los de los elefantes.

Apenas lo vi, alcé el arma y disparé, le perforé alguna parte del cuerpo. Senpai me gritó que ese anciano no era el asaltante, así que me giré y disparé una y otra vez, hasta darle a otro hombre, uno que vaciaba la caja registradora.

Luego, cuando el encapuchado salió corriendo, en lugar de ayudar a senpai, yo seguí al herido como si mi vida dependiera de eso. Lo hice porque el mar me llamaba, lo hice porque además de haber herido a ese hombre de capucha con arrugas de Gennai, también disparé a otra persona. Y sé que la maté.

Murai-senpai pensará lo peor de mí. O quizás, al contrario, estará orgulloso porque he matado a un humano. Este asaltante no va a regenerarse con datos digitales, como sucedió con Wormmon aquella vez, no obstante, no me arrepiento de nada… la marea sigue subiendo, el agua salada ya me llega a las rodillas, pero nadie puede verla… nadie nota cómo las olas chocan con mi cuerpo y me hacen estremecerse.

«Solo un poco más», me digo y, a pesar de que voy naufragando en ese mar de gente, me concentro en seguir al encapuchado, porque sé que me guiará al lugar más equivocado de todos, al lugar donde la oscuridad se te cierne en la piel y te transforma. El lugar donde volveré a ser ese káiser que llora a la par de rumor de las olas.


Continuará en el capítulo tres.


¡Muchas gracias por leer!, me disculpo si hay errores.