Capítulo 4

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Aburrido.

No sabía si era cuestión de temporadas, pero las ventas siguieron flojas. Y aunque no era una persona que buscaba emociones diferentes cada día y la rutina le acomodaba un poco más a su estilo de vida, estar sentada en un negocio, viendo las horas pasar, no entraba en lo que considerara su día perfecto. Casi prefería tener las filas de personas quejándose por lo lento que era el servicio en la tienda. Casi. Y el hecho de haberse leído -y comprado- ya todas las revistas del stand solo volvían aquel martirio en algo más denigrante.

No le molestaba leer revistas, aunque detestaba aquellas en las que siempre había algún cotilleo de famosos… el problema era que hasta se había leído esas ya. Ahora sabía más de lo que deseaba de personas a las que no creía ni quería conocer en su vida. Resopló resignada a tener que pasar la mayor parte del día detrás del mostrador, rogando por tener más de un par de ventas y dejó que su eterna acompañante se tomara un descanso más prolongado de lo estipulado en el contrato. Observó a la muchacha salir de la tienda y le sonrió un momento, en un gesto memorizado, que ni siquiera alcanzó sus ojos.

Una vez estuvo sola, se llevó las manos al rostro unos momentos y luego se recargó en la silla, ligeramente desgarbada, y observó el exterior. Pensando.

Mentiría si negara haber buscado a la rubia de semanas atrás en redes sociales… pero también mentiría si afirmara que su búsqueda había sido exhaustiva. Había esperado que Karui la conociera, pero ni siquiera parecía estar cerca de ese círculo social y a esas alturas probablemente no la reconocería al pasar por las minúsculas fotografías de perfil. Pasaría su perfil de largo y eso le indicó que quizá no debía esforzarse más.

Patético.

Recargó los antebrazos en el mostrador y gruñó al empujar con el codo la revista y mandarla al suelo. Rodó la mirada y la observó. No estaba malhumorada por haberla tirado, pero entre menos trabajo, menos ganas tenía de moverse. Mascó unos momentos e infló su goma de mascar, en silencio y en soledad, juntando las ganas necesarias para levantarse de la silla y recoger su entretenimiento.

Cuando la burbuja reventó, sintió que había sido tiempo suficiente y se deshizo de todo resquicio de pereza. Levantó la revista de mala gana y la arrojó sobre el mostrador, descargando de ese modo la frustración de estar en un mismo sitio sin moverse. Al incorporarse mantuvo la mirada al frente unos segundos, avergonzada al notar que había alguien parado del otro lado del mostrador.

—Buen día —dijo Temari, aun observando la revista que creyó tener que detener con sus manos.

Samui quería que se la tragara la tierra, ¿qué tan rápida era? No la había visto entrar.

—Bienvenida.

Temari se mantuvo en silencio unos momentos, sintiendo que las manos le temblaban, incapaz de pronunciar las palabras que tenía en mente, sin saber que aquello le causó un poco de ansiedad a Samui, al ser ella el primer cliente en días y haberle pillado comportándose como una idiota.

Rompió el contacto visual y se mantuvo en silencio. Había manejado despacio, había hecho paradas donde no debía, todo para ganar un poco de tiempo y mentalizarse, todo para poder enfrentar a la atrevida rubia que le había invitado a salir. Y al parecer no había sido suficiente para calmar la vergüenza que le producía volver a ese sitio. Ahora los ojos azules la miraban fijamente y el rostro sonreía de manera impersonal, como cualquier dependiente lo haría al recibir a un cliente.

—¿Puedo servirle en algo?

Carraspeó y rio, avergonzada de sí misma. No había reconocimiento en sus facciones. Poco menos de un mes había pasado y la muchacha no la reconocía. Tanto nerviosismo por nada.

—Sí —murmuró, volviendo la atención a su bolso.

Samui asintió y rodeó el recibidor, acomodándose frente a la rubia, a la cual observó en silencio, con curiosidad.

—¿Me preguntaba si tendrían aun este modelo? —le tendió un recorte de unos zapatos deportivos.

Lo tomó con cuidado y rememoró mientras observaba la imagen. En cualquier otra ocasión habría intentado buscar en el inventario. Asintió y escondió el recorte en su puño, le sonrió de nuevo.

—¿En qué número?

—Siete y medio —respondió. —¿Podría traerme el par? Voy a llevármelo.

Asintió una sola vez. —Claro, no tardo.

Y se perdió tras una puerta. Temari se quedó ligeramente paralizada unos momentos, no sentía que el mundo se le venía abajo, pero se sentía demasiado infantil. Negó y se llevó una mano a la frente, con un dejo de sonrisa en el rostro. Se sentía terriblemente estúpida. Su comportamiento las últimas semanas había demostrado demasiado egocentrismo, ¿narcisismo quizá?

Le había dado demasiada importancia a algo que no la tenía.

Su sonrisa se ensanchó un poco, adquiriendo un tinte de alivio.

—Aquí está.

Salió de su ensimismamiento, agitando ligeramente la cabeza en un asentimiento, y deslizó silenciosa el dinero por la superficie. Samui cobró en completo silencio, luego de mostrarle que los zapatos eran de la misma talla y que todo estaba en orden con ellos. Cortó el recibo rápidamente y rodeó con un trazo unas palabras en el papelillo.

—Tienes treinta días para hacer cualquier cambio o devolución.

—Claro —sonrió y tomó la bolsa de las manos de la mujer. —Gracias.

—A usted, vuelva pronto.

Samui fingió ignorarla luego de despacharla, pero la siguió con la mirada e infló la goma de mascar para ocultar una pequeña sonrisa.


Publicación original: Jueves, 1° de febrero de 2018

Re-publicado: Viernes, 05 de abril de 2019