Capítulo 5
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Inconcebible.
La tranquilidad ansiada durante las últimas semanas desaparecía de su cuerpo con el respiro más reciente y la indignación creciente ganaba fuerza con cada latido que le retumbaba en las sienes. Nunca, en sus veinticinco años de vida, se había sentido tan ofendida e ignorada y aunque no era conocida por su buen genio, pocas personas lograban enfurecerla de ese modo en que aquella mujer lo había logrado… y con creces. Sus labios se apretaban ante la idea de que jugaban con sus sentimientos desconsideradamente.
Eso era, simplemente, inaceptable.
Se pasó las manos por la cabeza, en un intento por tranquilizar aquella furia que amenazaba con causarle una migraña. Exhaló lentamente y una de sus cejas tembló, al tiempo que sus manos se posaban suavemente a los lados de la caja donde venían empacados los zapatos que Gaara le había pedido unas semanas antes… luego de aquella terrible visita a la zapatería. El muchacho le había regresado el paquete hacía unos minutos, molesto y asegurando que algo andaba mal con ellos y demandando que los cambiara inmediatamente. Lo que al principio le había parecido un simple capricho de su hermano menor, se convirtió en la broma más grotesca, cuando revisó el calzado minuciosamente, buscando aquello que no satisfizo las expectativas de su hermanito.
Y lo que notó no era un defecto de fábrica o alguna rotura por mal manejo, era ridículo.
Pero eso no era lo que la tenía tan alterada.
Cualquier persona que viera aquello por encima no le encontraría nada escandaloso, a las zapatillas solo les faltaban las agujetas y no era alarmante, porque luego de quitar el papel con el que rellenaban el calzado para que no perdiera su forma, las había encontrado envueltas y guardadas dentro. Y rogaba porque aquella hubiese sido la impresión que se había llevado el pelirrojo y en su fastidio no hubiese revisado el interior del calzado.
Porque eso no era lo único que venía dentro, también se encontró con una muestra de lo que es la falta de profesionalismo.
Y una falta de respeto.
Sus manos temblaron unos momentos, sus ojos se mantenían clavados en lo que se asomaba de uno de los zapatos, un descarado trozo de papel en el cual se podían leer unos números, en una caligrafía que reconoció como aquella que le atormentó los últimos días, incluso después de haber destrozado aquel ticket, semana y media atrás.
—Genial…
Soltó la caja, sintiendo que su mano dolía y se frotó la frente.
—Genial —masculló, amargamente.
Tomó el papelillo y lo observó. Su enojo creció aún más al ver que ahora había una carilla guiñando al final del número. Quiso destrozarlo como hizo con el anterior, pero temía que sus hermanos fueran a escucharla despotricar y volvieran a asaltarla con preguntas. Dejó de lado el papelillo y guardó los zapatos en la caja. Salió de su habitación, cerrando la puerta con un poco de fuerza y llamando al menor. Cruzó el pasillo rápidamente, encontrándose con Gaara en el baño, cepillándose los dientes, la miraba con los ojos un poco más abiertos de lo normal.
—Ten —le tendió la caja, sin deshacerse aún de su molestia, aunque recordando que debía sentirse aliviada.
—No los quiero, vienen mal —murmuró, con la boca llena de espuma.
—Están bien, las agujetas vienen dentro —le espetó, quizá con un poco más de agresividad de la que deseaba.
Gaara miró la caja en silencio, sin intención de tomarlos.
—Tómalos.
—¿Estás segura?
—Sí, ya los revisé —contestó, agitando la caja. —¿O quieres que se las ponga?
—No, no… yo puedo hacerlo —murmuró, notando el sarcasmo y, perdiendo la mala actitud, tomó la caja. —Lo siento.
Respiró profundo y exhaló, intentando recuperar su temple. Al abrir los ojos, Gaara la ignoraba y volvía a cepillarse los dientes, manteniendo la caja en su mano libre.
—Solo… revísalos mejor la próxima vez.
—Lo haré.
Volvió a su habitación, luego de sonreírle y revolverle los cabellos de manera cariñosa, y recibir una suave sonrisa. Se sentía un poco más tranquila, pero seguía molesta por el atrevimiento de aquella mujer. Cerró la puerta y se recargó en ella, miró el papelillo que descansaba en su cama y apretó los labios.
Por un momento había sentido alivio, al creer que aquella mujer no la recordaba y al pensar que la ansiedad de días antes, había sido producto de su imaginación y de darse demasiada importancia a sí misma. Creyó que podría seguir con su vida, que no tendría vergüenza de caminar en ese centro comercial por el temor de encontrársela, ni habría necesidad de pasar por situaciones embarazosas para comprar zapatos. Pero su tranquilidad y seguridad habían sido aparentes, si acaso por un espacio de unas cuantas horas. La burbuja reventó demasiado pronto, aunque agradecía la manera en que había sucedido, dadas las circunstancias y los posibles eventos.
Suspiró y tomó el papelillo.
No la llamaría, ni en sus sueños, ni en los propios más locos.
Se tumbó en la cama y miró fijamente el techo. La única manera que había, de terminar con todo eso, sería confrontarla al respecto y dejarle en claro que sus sentimientos jamás le corresponderían… o podría simplemente ignorarlo, deshacerse de ese papel, como había hecho con el anterior, y no volver a pasarse por la tienda en un buen tiempo. Pero era una mujer adulta, o al menos lo intentaba, y sabía que no era lo más económico desviarse a centros comerciales lejanos en intentos infantiles por alejarse de alguien, cuando la situación podía ser zanjada por medio de las palabras.
Arrojó el papel dentro de su bolso, cerró los ojos y asintió. Rechazaría a esa mujer, de manera directa, por lo sano.
Se me está yendo la onda bien caprón con las actualizaciones :c , procuraré no olvidarme de este rincón de mi creatividad en la próxima fecha.
Sábado, 20 de abril de 2018
