Capítulo 7
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Quería empujarla, aunque no lo haría, ni comprendía del todo sus motivos; verla sentada a menos de dos metros, lejos de suponer un alivio, se convirtió en una molestia que le revolvía el estómago. Abrumada, fue incapaz de hablar o actuar por un pequeñísimo instante que le pareció una eternidad, en el que los ojos azules le miraban fijamente, sin mostrar emoción.
Casi era como si se tratara de una mujer completamente diferente.
Caminó, con pasos extrañamente cortos y torpes, entre las mesas, hasta quedar lo suficientemente cerca de la rubia como para poder mantener una conversación ligeramente privada en aquella desolada cafetería. Sus ojos se alejaron de los azules y observaron el pasillo del centro comercial, que comenzaba a mostrar un poco más de actividad. Detrás de ellas, Matsuri se mantenía ocupada en la cocina.
—Hm… —murmuró Samui, frotándose el hombro y bajando la mirada.
Aquello hizo reaccionar a Temari, que extendió el puño hacia ella, obligándola a contraerse instintivamente y recargarse en la silla, alejándose. Observó el puño en silencio y confundida, al darse cuenta que no estaba lo suficientemente cerca para hacerle daño alguno. Quería preguntar qué significaba aquello, al no entender exactamente qué era lo que la muchacha esperaba de ella. ¿Quería chocar puños? ¿Quería golpearle? ¿Quería mostrarle algo? Observó con mayor atención, sin encontrar una respuesta a las preguntas que no terminaban de formularse por la falta de información.
—¡Solo tómalo! —exclamó Temari, hastiada de ver como observaban su puño con indiferencia.
Levantó una mano y de inmediato cayó en su palma una bolita de papel. Temari pareció bufar y luego de mirarla a la cara con un gesto extraño, se dio media vuelta y se alejó hacia la barra. Alternó la mirada un par de veces, entre la mujer que ahora esperaba dándole la espalda y el papel arrugado en su mano, y sin más lo extendió. Reconoció al instante su fechoría de días antes y levantó de nuevo la mirada, clavándola en la espalda de la rubia, sin hablar. Por alguna razón había querido reír al recordar la furia que se colaba en el gesto de la muchacha, pero se contuvo. Cerró la palma, apretando el papel en su puño.
—¿Qué significa esto?
Su voz fue clara y, al ser tan temprano por la mañana, casi hacía eco en los pasillos del centro comercial, donde solo se veían los trabajadores que aún no terminaban de acomodar sus aparadores y algunos pajarillos tempraneros que caminaban apresurados haciendo compras de último minuto. Estaba segura que Temari la había escuchado y lo confirmó al ver los hombros tensarse, notando un titubeo en esa acción que la instó a relajarse en la silla y sonreír ligeramente. Esperaría a que Temari volviera sobre sus pasos y le diera una explicación.
Porque era obvio que había una… o quizá era un desesperado intento por extender aquella interacción, pero no lo reconocería de momento.
—Es lo mismo que quiero preguntarte, —le sorprendió encontrarla menos indiferente al girarse. —¿Qué significa eso?
—Es mi número de teléfono… —respondió sin más, encogiéndose de hombros. —¿Qué significa?
—¿No es obvio?
—Me parece que no —contestó, orillándola de nuevo. —Para mí, solo es mi número de teléfono.
Temari maldijo en su fuero interno. La determinación con la que se había levantado de la cama aquella mañana se esfumó al ver la manera tan indiferente en que la muchacha había reaccionado. Casi parecía que no se había esforzado aquella tarde y que no lo hacía en ese momento… parecía aburrida, incluso. Había esperado alguna clase de coqueteo o un comentario referente al papelillo escondido en la caja de zapatos, pero solo había recibido una mirada inquisitiva y luego una acción pasiva y sincera. No sabía cómo tratar a una persona que no demostraba el más mínimo interés cuando estaba enfrentándola, porque solo lograba enfurecerla y confundirla.
Acortar la distancia fue una acción que le tomó unos segundos reflexionar, pero cuando lo hizo, tenía la cara tan roja por la vergüenza, que escucharse susurrar solo le hizo sonrojarse más.
—Que te rechazo.
—Hm.
Descolocada, creyó que aquello había sido una aceptación y se dispuso a volver a la barra, pero la voz de la rubia la detuvo.
—Te tomaste la molestia de venir a devolverme el papel —resaltó, esperando que se girara, sin conseguirlo —. Pudiste tirarlo y ya.
Se giró entonces, un poco menos nerviosa y quizá aún más molesta, pero pudo contener las emociones y hablar tranquila y claramente.
—Eso hice con el primero, pero eso no te detuvo.
Enarcó ligeramente las cejas y alejó la mirada, clavándola unos segundos en el nombre de una de las tiendas. No había sopesado por completo las posibilidades. Volvió la mirada a Temari, sin sonreír. Los ojos verdes seguían mirándola. Arrugó el papel de nuevo, convirtiéndolo en una bolita, que arrojó sin miramientos al bote de basura cercano.
—Creí que esta era tu forma de coquetear, el otro día parecía que querías hablarme… —sus palabras murieron entonces y miró fijamente a Temari.
—¿Qué? —la pregunta escapó de su garganta sin que pudiera detenerla. —¡No!
Parpadeó.
¿Se había confundido? Recordaba la actitud de Temari y le rememoraba a todas esas veces cuando, más joven, había intentado tener algún acercamiento y se había acobardado al último momento. ¿Se había confundido a propósito? Esos cortos segundos de silencio le bastaron para pensar todo lo que no había pensado en esas últimas semanas de ventas cortas, por su mente pasaron miles de imágenes, de experiencias pasadas, en un intento por encontrar aquello que le faltaba a todo eso. No era la persona más inteligente del planeta, pero tampoco era idiota y confiaba ciegamente en el criterio que había forjado los últimos años, ¿qué iba mal entonces? En un intento por llevar más lejos aquel jugueteo, ¿se había mentido a si misma?
La manera, genuinamente indignada, en que le miraban no le ayudaba demasiado a aclarar sus dudas.
—Lo siento —dijo al fin, verdaderamente avergonzada, aunque en su voz no se notara.
La disculpa hizo eco, junto a sus pensamientos y la primer conversación que habían tenido, la primera vez que Samui le había 'invitado a salir'. No pudo asentir, ni contestar, simplemente desvió la mirada hacia un costado, en su necesidad por interrumpir el contacto visual. Asintió una sola vez, con la poca dignidad que podía reunir, y luego de dedicarle un último vistazo, se giró de nuevo y volvió a esperar su desayuno.
Samui se frotó un hombro, notando un ligero dolor al encogerlo; miró al techo de la cafetería y respiró profundo.
—Al menos déjame invitarte un café para compensar el mal rato.
Los hombros de Temari se tensaron, casi de manera imperceptible, y se giró, rápidamente. Aquello dio un extraño chispazo en la mente de Samui, no se le detuvo el corazón y tampoco se le hizo nudos el estómago, no reconocía al amor de su vida como sucedía en las películas. Su cuerpo permaneció tranquilo, pero su mente podía ver algo ahora y no se aferraba a aquella suposición con su vida, se paraba firmemente sobre ella.
Entendimiento.
Las cosas habían caído sin remedio, pero al llegar al suelo se acomodaban perfectamente.
—No —contestó Temari tajante.
Observó el rostro que ahora le miraba y enarcó una ceja. —¿A qué le tienes tanto miedo?
Je... operaron a mi hermano y perdí la noción del tiempo por completo.
Publicación original: Viernes, 16 de marzo de 2018
Re-publicado: Miércoles, 22 de mayo de 2019
