Capítulo 9
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Los días pasaron… con su habitual procesión cronológica y monótona. Pronto las trivialidades y responsabilidades del día a día enterraron aquel encuentro fortuito en la memoria de Temari, aunque sin lograrlo del todo, ya que en momentos una incomodidad aparentemente indescriptible e irracional la aquejaba.
Samui, por el contrario, deliberadamente había hecho a un lado aquellas memorias.
Pero el mundo era un lugar pequeño… y aquella ciudad de pronto parecía diminuta, pronto Temari comenzó a sentir que asfixiaba.
Lo que comenzó con un comentario inocente en una simple fotografía, en la que el más joven de sus hermanos había sido etiquetado, que recibió una respuesta inesperada, de algún modo se convirtió en una solicitud de amistad que se mantenía ignorada en su bandeja. Pronto comprendió lo que aquel fastidio significaba realmente y notó que, por alguna razón, su cabeza aún le daba vueltas al asunto de Samui.
Maldijo a Naruto mil veces… y al rapero mediocre otras mil más… y a Samui toda una eternidad. Era consciente de lo ridículo que era todo eso, pero no podía evitar reaccionar como una chiquilla de secundaria; su malhumor había hecho mella en sus días luego de aquello, pero más allá de rechazar la solicitud de amistad y bloquear a aquella mujer, no veía de qué otra manera menos infantil ponerle un alto a una situación que solo sucedía en su cabeza.
En medio del ajetreo, luego de salir de una larga junta que no había llevado a nada, mientras manejaba hacia otro edificio, donde se encerraría por horas a discutir con la esperanza de esta vez sí llegar a algo… se permitió tener un pensamiento.
¿Qué pensaba Samui de todo eso?
Se frotó el rostro, por milésima vez en el día, pero por primera vez a causa de aquella rubia que le provocaba pequeños ataques de pánico con sus apariciones casuales en redes sociales.
—¿¡No tienen prisa o qué?! —exclamó, golpeando la bocina varias veces, con demasiada fuerza, descargando toda la frustración que pensar en esos absurdos le provocaba.
~oOo~
Los ojos azules miraban fijamente la pantalla, el pequeño circulillo de color azul no estaba adornado por el puntillo rojo que la alertaba, aun así decidió abrir la aplicación y asegurarse de no tener uno de esos días en que la tecnología se ensañaba en dejarla incomunicada. Aburrida, infló una pompa con su goma de mascar y esperó a que el aire saliera, pronto pudo volver a ver la pantalla de su móvil… no le sorprendía no haber obtenido una respuesta favorable, pero no sabía cómo interpretar el que tampoco le hubiesen estampado una negativa al instante.
Bajó el móvil y recargó el mentón sobre su palma. Unos murmullos la obligaron a desviar la mirada y clavarla en el par de idiotas que se calló en cuanto notaron que eran el centro de atención; juntando ligeramente las cejas, tomó la pajilla de su bebida con los dedos.
—¿Qué?
—¡Nada! —exclamó Omoi, demasiado pronto.
Enarcó un poco más la mirada, al ver como se encogían Karui y Omoi decidió que no insistiría. Exhaló y los ignoró, sus ojos se clavaron en su móvil apenas unos segundos, luego lo arrastró sobre la mesa y lo arrojó dentro de su bolso.
—¿Estás esperando una llamada importante? —preguntó Karui, tanteando el terreno.
Negó una sola vez y bebió de su limonada. Se había convertido en algo así como una rutina revisar sus notificaciones cada hora, y tenía que deshacerse de esa mala costumbre pronto.
—Quizá debas ir al doctor…
—¡No seas idiota! —estalló Karui, golpeándole el hombro. —¡No está enferma!
—Pero lleva días actuando extraño —se defendió. —¿Samui, estás deprimida?
—No —contestó.
—Solo ha estado distraída —le defendió Karui, ahogando la respuesta con su estallido. —¿Es un delito ahora o qué?
—¿Has escuchado alguna vez los síntomas de la depresión y ansiedad, Karui?
—¡Ahhh, no puedo creerlo!
La nueva discusión ahogó por completo la preocupación de verse envuelta en un sinfín de preguntas que según Karui no llevaban a nada, pero normalmente acertaban las conclusiones. Sonrió un poco, genuinamente divertida por aquella ridícula disputa.
De manera disimulada miró su móvil… su ceja se alzó ligeramente al ver el icono que anunciaba una solicitud aceptada. Levantó la mirada y observó a los otros dos, seguían enzarzados en su estúpida discusión. Deslizó de manera discreta el móvil hasta dejarlo sobre la mesa y aprovechó la pequeña oportunidad que aquello le daba, sus dedos no tardaron en redactar la única palabra que necesitaba.
Sonrió, consciente de que quizá había sido aceptada por cortesía y que quizá nunca recibiría una respuesta.
'Hola.'
Los ojos verdes observaron la pantalla… al diminuto saludo que emergía en una burbuja que desapareció pronto. No entendía por qué de pronto le latía el corazón con fuerza. Apagó la pantalla, casi con desesperación, y aunque aquel mensaje no era alarmante, sus ojos observaron todos y cada uno de los rostros en la habitación; su corazón se tranquilizó un poco al notar que nadie parecía prestarle atención. Quizá había sido un error aceptar aquella solicitud en pleno día, las posibilidades de que le pidieran su opinión pronto eran muy remotas, pero no podía darse el lujo de distraerse.
Inhaló profundo y al exhalar lo hizo de manera discreta.
Jugó unos momentos con su pluma, consciente de que aquel acto no era común en ella y temiendo que resaltara de alguna manera, pero de nuevo, nadie le prestaba atención a las nimiedades. Un poco más tranquila, se acomodó en la silla, convenciéndose de que aquella paranoia era causada por un miedo infundado a una mujer que inocentemente y con buenas intenciones le había invitado a salir… debería sentirse halagada.
'Hola.'
Con el cepillo de dientes en la boca y el cabello recogido en un moño hecho a prisas, la mano de Samui se quedó paralizada al leer aquella inofensiva palabra. La burbuja desapareció de la pantalla y sus ojos se obstinaron por mirar aquel recuadro que pronto se volvió negro. Se miró al espejo unos momentos, descolocada, y terminó de cepillar sus dientes.
Por alguna razón, de pronto no podía asearse y escribir al mismo tiempo.
Temari dejó el móvil en la cama y lo observó como si le hubiese profanado una blasfemia. Durante el día había intentado tranquilizarse, recordándose que era una mujer de veinticinco años, y que aquellas niñerías de nervios y condescendencia luego de rechazar a alguien no tenían lugar, sobretodo porque Samui se había mostrado satisfecha con su respuesta… pero el corazón le latía en la garganta.
El teléfono sonó entonces, con aquella aguda nota, y la pantalla se encendió.
'Hey, ¿qué tal?'
Si notan que falta una 'n' en algún lugar, háganmelo saber, le descompuse esa tecla a mi laptop c:
Viernes, 05 de julio de 2019
