Abriendo los ojos
La montaña donde se localizaba Canterlot no era sólo roca, por mucho que el resto de Ecuestria lo pensara así. La verdad era que poseía un pequeño bosque, junto al río que salía de la montaña y cruzaba la ciudad. En una colina que daba a un acantilado, tras cruzar un bosque, se localizaba la mansión Blood, hogar de la familia fundadora de la ciudad, en colaboración de los líderes de las 3 razas ponis, por supuesto. Los habitantes de la mansión era la ya mencionada familia Blood, que en ese momento se preparaban para salir al cine, donde se proyectaría nuevamente la película favorita del pequeño Blueblood, "La máscara del zorro".
El niño estaba emocionado, no sólo por volver a ver a su héroe favorito, sino porque al día siguiente sería una de sus noches favoritas del año, la noche de Nightmare. Aunque no era muy fan de los murciélagos que colgaban por todas partes (desde que cayó en una cueva repleta de esos bichos en su jardín, no podía verlos sin sentir terror), disfrutaba todo lo demás. Pero en ese momento, lo importante era el zorro. Al salir, su mayordomo Service Pennywork esperaba junto a la carroza real enviada por su tía Celestia, a la que el pequeño quería mucho.
Emprendieron el camino hacia la ciudad, con sus anchas calles. Puede que sus edificios no fueran tan grandes como los de Manehattan, ni sus calles tan concurridas, pero Canterlot era una ciudad inmensa e increíble. El cine se localizaba en uno de los barrios ricos de la urbe, y era de los más famosos. Ese día, sin embargo, poca gente se presentó, no era de extrañar, pues era la décima vez que ponían esa película en específico ese mes, pero no se le podía decir que no a un niño tan emocionado (y menos cuando sus padres eran la familia más rica y su tía era la gobernante de Ecuestria), pero los niños más entusiastas del héroe no se quejaron.
Sobra decir que la película fue, como siempre, un deleite para Blueblood. El soñaba con ser como el zorro, un poni rico que ayudaba a los más débiles, aunque su padre le aseguraba que podía hacer eso sin un disfraz. Al salir del cine, se toparon con su mayordomo esperando junto a la carroza. El señor Blood, sin embargo, se acerco para hablar.
- Service, ¿puedes llevar la carroza al restaurante que está en la calle detrás del cine? Mi familia y yo cenaremos allí, iremos más rápido atajando por el callejón.
- ¿Esta seguro señor?
- Completamente.
- Cariño, ¿el callejón no es... peligroso?- dijo la señora Blood, mirando a su hijo, que jugaba fingiendo ser su héroe enmascarado.
- No te preocupes, no pasará nada.
Con estas palabras, la familia y el mayordomo se despidieron, tomando la primera el callejón que les dejaría justo al lado del restaurante, según el señor Blood, aunque jamás llegarían. Cuando estaban en la zona más profunda, de una esquina salió un pegaso con una de las armas con las que la mafia traficaba, traída desde el imperio grifo, una pistola adaptada para ponis. Apuntó con el arma grifo a la familia y dijo 6 palabras contundentes.
- El dinero y las joyas, rápido.
- Calma- habló el señor Blood, poniéndose por instinto frente a su familia. Metió su casco en su chaqueta y sacó la cartera, extendiendola con su magia al poni. Este, por los nervio, la dejó caer, pero en seguida la recupero.- Bien, ya está, tranquilo. Puedes irte- no obstante, el poni vio a la señora Blood.
- ¡He dicho las joyas!
Agarró de forma violenta el collar de perlas, y cuando el señor Blood se colocó delante para proteger a su esposa, se escucho un disparo. Segundos después, otro.
Para el pequeño, el mundo empezó a moverse lentamente, vio algunas perlas caer, los cuerpos de sus padres chocando en el suelo, y el poni, mirándolo antes de empezar a correr. La sangre empezó a formar un charco bastante grande. Su padre le miró con una débil sonrisa.
- Blue... no tengas... miedo.
Y con esas palabras, la vida abandono su cuerpo, dejando a Blueblood allí, arrodillado y llorando la muerte de sus padres.
Blueblood despertó con las lágrimas aún surcando su rostro. Cierto era que hacía 10 años que tenía esa pesadilla, pero esa noche tuvo la más vivida de todas. Y no era para menos, el día anterior había visto como liberaban a ese asesino. Ni siquiera esa Gran Gala Galopante le había calmado, aunque ahora que lo pensaba, no recordaba gran cosa, y para colmo, tenía una resaca bastante importante. Antes de salir, miró el reloj, descubriendo que eran las 10 de la mañana, y, gruñendo salió de su habitación y se dirigió a su comedor, donde se encontró con Service Pennywork, un unicornio anciano de pelaje gris oscuro y crin blanca con ojos color azul intenso, vistiendo un elegante traje negro, quien ya le había preparado el desayuno y esperaba pacientemente.
- Buenos días, señor, ¿qué tal la noche?
- Pues ni idea, apenas recuerdo gran cosa, ¿puedes traerme una aspirina?- dijo mientras se sentaba a comer. Su cara se curvo en un gesto de desagrado al probar el café.- Esto está helado.
- Si se hubiera levantado a tiempo no lo estaría. Y no me ponga esa cara, señor, yo ya se lo dije. Si quiere despertarse tarde con un desayuno caliente, avíseme antes. Le traeré esa aspirina.
Blueblood no pudo evitar sonreír, de todo el servicio, su mayordomo era el único que se atrevía a hablarle así, y no era para menos, prácticamente lo crío desde la muerte de sus padres. Mientras comía, alargó el casco para leer el periódico que Service le había colocado. En primera plana vio, para su sorpresa, el desastre de la Gala, la página siguiente hablaba de como el se había pasado con una de los elementos de la armonía, haciendo que su mirada se frunciera. Ahora que lo recordaba, la había reconocido en la fiesta, cuando aún estaba medio sobrio, de haberla visto en el juicio. Vio a la yegua con su característica melena besar a ese asesino. Pero ahora, si era un elemento de la armonía, ¿por qué salía con un asesino? Y si ese era el caso, ¿por qué intentaría ligar?. Siguió leyendo hasta que llegó a una noticia que le heló la sangre y respondió a sus dudas.
"Muere el asesino de los Blood, Joe Chill, tras ser dejado en libertad condicional."
Blueblood no pudo seguir comiendo. Poco a poco, una sonrisa se fue extendiendo por su rostro. Lo poco que decía la noticia es que lo encontraron en una zanja al lado del río de Canterlot. "Justicia divina", pensó. Eso no era todo, salía una foto de la pareja de la que habían tomado declaración, y soltó una maldición. Tenía la misma melena, si, pero ni siquiera era un unicornio, era una pegaso. Se prometió ir a disculparse con Rarity en cuanto pudiera. Aún así, se alegro bastante por la noticia. En ese momento, Service entró junto a su aspirina y a una carta.
- Señor, la princesa Celestia le envía una carta.
Blueblood la abrió y confirmó que se trataba de una invitación para comer. Se levantó con entusiasmo y salió del comedor. El día había empezado bien, salvo por el incidente con Rarity, pero ya se resolvería, ya.
El castillo de Canterlot era su segundo hogar. Pese a que Service estuvo en toda su infancia, Celestia lo acogió bajo su tutela, permitiéndole vivir en el castillo hasta que tuviera la edad de volver a la mansión Blood. Por ello, se sabía de memoria la inmensidad de los pasillos del castillo. Al llegar al comedor, sobre la una de la tarde, vio a sus tías y su prima Cadence reunidas para comer, y por sus rostros serios, sabía que lo estaban contentas.
- Buenos días, tía Celestia, tía Luna, Cadence. Es un placer veros- dijo mientras se sentaba.
- Buenos días para ti también, pensé que estarías aún en la cama. Víctima de la resaca.
- He sobrevivido resacas peores que esa. ¿Dónde está tu novio, a todo esto? Me hubiera gustado verle.
- Esta ocupado con la guardia.
- Vaya, trabajo antes que su pareja, no es muy educado de su parte.
- Basta Blueblood- dijo la princesa solar-, yo se lo pedí, aun estamos organizando las reparaciones de anoche. Y hablando de eso, estoy decepcionada contigo, Rarity me habló de tu comportamiento.
- Ya, tengo que disculparme. Aunque siendo justos, la borrachera y confundirla con la novia del asesino de mis padres no jugó a su favor. Ya me disculparme debidamente. Gracias por permitir que lo liberarán querida tía, muy bien.
El silencio inundó la sala, y siguió así incluso después de que entregarán la comida. Tras unos momentos incómodos, Cadence logró hablar.
- Sabes bien porque fue así. Tenía información contra Falcone.
- Me importa poco. Pero da igual, al final, obtuvo lo que merecía.
- Ya lo sabes- dijo Celestia, con un tono de voz que le indicaba que tuviera cuidado.
- Si, Joe Chill ha muerto.
- ¿Sabes acaso quien lo hizo?- dijo Luna.
- No, pero me gustaría conocerle, tal vez invitarle a una copa.
- No puedes hablar en serio- dijo Cadence indignada.- Falcone lo mató para permanecer libre. FALCONE, el mafioso más grande, peligroso y rico de Canterlot.
- Ya se a quien agradecer.
- Querido sobrino- dijo Celestia, visiblemente molesta-, sabes tan bien como yo que ese poni ha estado destruyendo todo lo que tus padres y yo hemos conseguido. Es un criminal, que se aprovecha de una ley que el sabe que no puedo saltarme, ¿y quieres agradecerle?
- El mató al asesino de mis padres, les hizo justicia.
- ¿CÓMO TE ATREVES?- grito Luna con su voz real de Canterlot-. Eso no es justicia, matar a un poni para librarte de tus pecados es todo lo contrario. No conocí a tus padres personalmente, pero se que ellos no aprovarian ese pensamiento.
- Tiene razón- dijo Celestia.- Tus padres lucharon por los más pobres de la ciudad, por limpiar las calles de drogas y marginación. Falcone esta cogiendo esos esfuerzos y los está destrozando.
- Pues encierralo. Eres la princesa de Ecuestria, puedes saltarte las leyes.
- Si hago eso, ¿qué me diferenciaría de los criminales que se la saltan? ¿De Falcone? Necesito pruebas.
- Podrías haberlas saltado para mantener a ese asesino la cárcel.
Eso silencio por completo la sala. Blueblood, tras unos minutos, se fue de allí, su buen humos arrancado. Al salir del castillo, subió a su carruaje, y con algo en mente, ordenó a sus chóferes ir hasta la zona más pobre de la ciudad. Al llegar, bajo y se decidió a pasear a casco por las calles. Lo que el recordaba de las veces que fue, eran calles limpias y con ponis alegres, aún con su pobreza, pues sus padres se aseguraban de ello y de ofrecerles alimentos suficientes, ya que su tía estaba muy ocupada con asuntos políticos como para ello, solo pudiendo donar grandes cantidades de bits a los centros de ayuda cada mes.
Hoy en día, sin embargo, lo que vio fue una calle desolada, con basura tirada en cada esquina. Los ponis pasaban mirando fijamente al suelo, sin molestarse siquiera en mirarlo, incluso llegó a ver a varios acostados en algunos portales, junto a contenedores de basura... Esto le extraño muchísimo, pues tenía entendido que Celestia había abierto 5 casas para indigentes repartidas por la ciudad, y una de ellas estaba cerca, así que se dirigió decidido a uno de estos, dispuesto a averiguar que pasaba. Se acerco a uno que buscaba comida en un contenedor.
- Disculpe, señor, ¿pero podría decirme por qué no va a un centro de ayuda? Tengo entendido que le dará comida y un techo.
- Vaya, a ti no te he visto nunca- dijo tras mirar a Blueblood y enseñarle una sonrisa sin dientes.- Se nota que no vienes mucho por los bajos fondos de la lujosa Canterlot, ¿no hijo? Esos centros no tienen casi ni recursos. He encontrado más comida en la basura que allí.
- Pe... pero Celestia...
- No se que hará la princesa, pero te digo que esos sitios no tienen nada.
Blueblood frunció el señor, le dio un billete de 50 bits y se dirigió al centro de ayuda. Al llegar se topo con un edificio gris, mal cuidado, y llegó a ver grafitis en las paredes. Esto no se lo esperaba para nada, y menos aún que al entrar, la recepción fuera tan pobre. Dos escaleras a ambos lados, un mostrador al frente y dos puertas a los lados de este. La recepcionista era una pegaso que leía distraidamente una revista, ni siquiera se había percatado de él.
- Disculpe...
- Si quiere comer, pase dentro y espere, si quiere dormir aquí, espere que le atiendan, yo no estoy de servicio.
- Se supone que debe ayudar a todo aquel que entre- dijo Blueblood en un tono más enfadado.
- Mire, yo no...- se detuvo al reconocer al príncipe. En seguida cerró su revista y puso la mejor sonrisa que pudo.- Príncipe Blueblood, ¿puedo ayudarle?
- ¿Qué diablos pasa con todo el dinero que se les da?
- Se lo cobro yo, por supuesto- dijo una voz a sus espaldas. Al girarse vio a un poni de tierra de pelaje marrón y crin blanca, con un traje negro y dos guardaespaldas unicornios a sus lados, que le sonreía.- Este establecimiento necesita protección, así que yo se la ofrezco por un módico precio.
- ¿Protección de que? Si fuera así, mi tía...
- Su tía esta muy ocupada, príncipe Blueblood, demasiado como para saber que la estafan justo en sus narices. Pero no seamos hostiles, debe estarme agradecido.
- ¿Por?
- Mate a Joe Chill, ¿no?
Si bien esa mañana estaría dispuesto a estar agradecido, tras la charla con su tía, su caminata, y una reflexión, rechazo esa idea de inmediato. El había visitado ese centro en el pasado, y era mil veces mejor, más limpio, con más recursos, y un mejor servicio. Miró desafiante a quien sabía que era Falcone.
- No, lo mató para librarse de ir a donde lo merece, la cárcel. Este sitio era un lugar de esperanza cuando era pequeño, ahora es un basurero, por su culpa.
- Vaya, el niño mimado se pone chulo. Escucha, principito, puedes pensar lo que quieras, puedes pensar que si se lo cuentas a tu princesa, ella me arrestara. Pero te diré algo, esta atada por leyes que ella misma ha creado. Y yo no, tengo a toda Canterlot comiendo de mi mano, la mayor parte de la policía, más de la mitad de los jueces, por no hablar de la guardia.
- Un día se hará justicia...
- No me hagas reír. No me hables de justicia cuando tú vives en una mansión. Blueblood, príncipe de Canterlot, viaja 1000 kilómetros lejos de aquí y sabrán quien eres. No sabes lo que es la desesperación, la pena, mucho menos sabrás que es la justicia- Falcone saco de su chaqueta una pistola y la apunto directo a el.- Podría matarte aquí mismo y tirarte a la calle, y yo seguiría libre. Los policías no me investigarán, ningún juez sensato me condenará, y tu querida tía solo podrá llorar tu perdida y retorserse de impotencia porque me sabe intocable. Ese poder, no se compra, es el poder del miedo. Esta no es la ciudad de tu princesa, es MI ciudad.
Guardo la pistola e hizo un gesto a sus guardias, quienes agarraron a Blueblood y lo sacaron a rastras del edificio. Cuando se recupero, su mirada era una de determinación. Alcanzó su carruaje y les ordenó llegar a la plaza, una vez allí, lo despidió asegurándoles que cogería un taxi para después. En cambio, cuando los perdió de vista, fue decidido a la estación de tren. "Así que me reconocerían hasta 1000 kilómetros, aumentemos esa cifra".
