Capítulo 12
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Los ocasionales aparadores le devolvían una imagen que no desconocía por completo, pero de pronto sentía que se encontraba en uno de esos sueños en los que andaba completamente desnuda sin notarlo, hasta que ya era demasiado tarde. Un tic nervioso, que nació en su infancia y prevalecía a pesar de sus intentos, la obligó a alisarse la falda del vestido a pesar de encontrarse de pie y andando. Tragó saliva con dificultad al confirmar, en la pantalla de su teléfono, que ya se encontraba cerca de la cafetería donde le esperaban. Sus pasos se detuvieron y miró la superficie que pronto se apagó y le mostró el rostro que la vida le había regalado… pero aquel gesto no lo había visto nunca.
Contempló sus cejas, ligeramente arrugadas, y unos ojos llenos de miedo que no encajaban para nada con las memorias inmediatas.
—Hola, Temari —saludó Samui.
Enarcó ligeramente las cejas al escuchar el tono de voz, convencida de que aquello había sido un intento por molestarla… que había funcionado. Se limitó a sonreír y corrió la silla, sin contestar, notando que su nueva amiga tenía un gesto menos aburrido de lo acostumbrado y la luz de la tarde que entraba por la ventana rebotaba suavemente sobre su piel, haciendo un gran contraste con los tonos fríos de su cabello y su tez.
—¿Habías venido antes?
El gesto atento de Temari al conocer el lugar logró interesar a sus ojos más tiempo del debido y tuvo que distraerse con el menú, que ya conocía de memoria, pero por alguna razón aquella tarde la ligera inclinación en los caracteres le pareció una novedad. Volvió la mirada a su acompañante al notar movimiento al otro lado de la mesa, los ojos verdes miraban atentos el menú.
—No —contestó, con tono ligeramente infantil, pasando una página.
Asintió y le permitió tomarse un momento para decidirse por qué ordenar. Su gesto volvió entonces a la normalidad y vio a la gente pasar, dando la impresión de que aquello era su último recurso para no morir de aburrimiento.
—Supongo que has venido antes —murmuró, distraída, sus ojos se habían quedado clavados en la fotografía de una bebida que no parecía ser desagradablemente dulce.
—Sí, es mi lugar favorito.
—¿Hinata sabe eso?
El menú quedó entonces sobre la mesa y el rostro serio de Temari la miraba, sin mostrar pizca de broma. Separó los labios para hablar y luego los cerró.
—…lo que sea que intentas confabular con mi respuesta, olvídalo, no voy a negar, ni confirmar algo.
—Relájate.
—Estoy relajada —mintió.
Río unos momentos, tranquilizando la confusión de Samui, y miró hacia el interior de la cafetería, esperando hacer contacto visual con alguna de las meseras, solo obtuvo un desaire. Sus manos necesitaban tener una pequeña taza o algo con lo que jugar, para deshacerse de ese absurdo nerviosismo que le hacía nudos el estómago.
—¿Qué tal las cosas en el trabajo? ¿Ya solucionaste el problema de la semana pasada? —preguntó, ignorando por completo el ánimo tenso de Temari.
—Creo que llegamos a un acuerdo, pero no puedo estar segura de nada con esas personas —respondió, haciendo una seña a una muchachilla que asintió enérgicamente.
Los ojos verdes volvieron a mirarla y el rostro cambió, cualquier inseguridad que hubiese podido delatarse desapareció con aquella conversación de todas las incompetencias que Temari tenía que sufrir a diario en su trabajo. Apretó los labios, en un amago de sonrisa, y recargó la mejilla en una de sus manos, escuchando atentamente cada palabra, a pesar de no entender del todo las estadísticas que de pronto eran arrojadas en la conversación y escuchando acciones lamentables de personas que desconocía por completo.
Era impresionante la capacidad para hablar que Temari adquiría cuando le preguntaba sobre algo que le apasionaba.
Poco más de una hora se fue en aquella conversación, que a final de cuentas parecería un monólogo gracias a las respuestas silenciosas de Samui, y aunque aquello habría sido suficiente para hacer callar a Temari, no se había sentido ignorada en ningún momento y si alguien llegara a decirle que solo había hablado ella en todo ese tiempo, no les habría creído.
Las bebidas frente a ellas desaparecían y aparecían como por arte de magia, en algún punto hubieron platos con alimentos, pero a esas alturas le recuerdo de los bocadillos podría parecer una jugarreta de sus mentes inquieras. Pronto Temari aprendió a identificar los labios ligeramente apretados como sonrisas solidarias y en algún momento había escuchado una risa tan lánguida, que podría hacer a cualquier comediante renunciar; también descubrió que el sentido del humor de Samui podría ser inexistente y solo una percepción personal adornada por los gestos escuálidos, el desinterés por ciertos temas y la monotonía en la voz.
Se distrajo para dejar de reír y removió su bebida, mirando los diminutos hielos que quedaban al fondo del vaso, moviéndose entre un residuo demasiado acuoso del té que había bebido… pero las risillas la atacaban de nuevo.
Samui sonrió al ver aquello y se recargó en la silla, incrédula. —¿De qué te ríes? Hablo en serio.
Un asentimiento fue lo único que obtuvo, quizá el centésimo en lo que iba de la tarde.
—Deja de reírte —pidió, notando como aquello solo empeoraba las risas.
El abanico, que Temari había sacado una hora atrás, volvió a agitarse para refrescar el rostro sonrojado por la risa.
—… lo siento.
Para entonces ya le dolían las mejillas de tanto reír, pero no podía dejar de hacerlo, y aunque en esos momentos todo se había reducido a risillas distraídas, seguía sintiendo el impulso de soltar una carcajada. Evadió mirar a Samui para no volver a reír y respiró profundo, serenándose. Tuvo que mirar fijamente el vaso vacío que descansaba frente a ella, y que pronto sería retirado, para recobrar por completo la compostura. Juntó las cejas y miró hacia arriba, pasando de largo a Samui.
—Tienes razón, es la peor rima que he escuchado en mi vida —admitió y una sonrisa volvió a tensarle las mejillas, pero no volvió a reír.
Se encogió de hombros, haciendo un gesto de obviedad y se llevó el vaso a los labios, consciente de que ya no había más para beber e ignorando porque no podía dejar de fingir que bebía. Miró a Temari, detenidamente, como no había querido hacerlo durante todo el tiempo que llevaban sentadas ahí. Aún luchaba contra la risa, esa actitud la había visto antes, así que aprovechó para dejar que sus ojos se pasearan por el rostro de la muchacha.
La pequeña sonrisa divertida que se había dibujado en sus labios se desvaneció, mientras sus ojos se fijaban en la curvatura de las mejillas que seguían intentando hacer desaparecer la diversión.
Bajó la mirada, notando entonces que el sol ya no entraba por la ventana, y llegó a la conclusión de que no podría limitarse a ser amiga de aquella muchacha… al menos no pronto y llegar a ello quizá le costaría. Resopló.
—Creo que ya te quité bastante tiempo.
El rostro cambió por completo entonces. Temari notó la oscuridad en la calle y miró de inmediato su reloj de pulso, sorprendida. No era tarde, pero las horas habían pasado con una velocidad que pocas veces había presenciado antes. Parpadeó y asintió, saliendo de la burbuja que se había creado.
—Perdí la noción del tiempo —declaró, aun sin poder creerse que ya fuera de noche.
—Yo también —se sinceró, sin poder volver a sonreír. —Pidamos la cuenta.
Temari se quedó con las palabras en la boca y asintió, sintiendo que aquello ya lo había vivido antes. Sacó su teléfono para no sentirse tan extraña y su gesto obtuvo un tinte de fastidio al ver los mensajes que tenía de Kankuro esperando a ser leídos; arrojó el móvil dentro de su bolso y tomó su cartera, olvidándose de todo lo demás por un momento para poder concentrarse en lo que estaba pasando en ese momento.
Pagaron sus respectivas cuentas y salieron del lugar, rodeadas de un silencio que desentonaba con la sensación que les había envuelto hasta momentos antes.
Miró a Samui, no se encogía de hombros, ni caminaba con las manos en los bolsillos, pero su rostro estaba siendo iluminad por el brillo de la pantalla que miraba con insistencia mientras sus dedos tecleaban a una velocidad impresionante. Se detuvo, notando a la mujer seguir caminando, completamente distraída. Miró hacia atrás, hacia la dirección en la que debería estarse alejando, y dejó caer la mano que se aferraba al tirante de su bolso al volver a mirar la espalda de Samui.
—Yo quedé estacionada por allá —anunció.
Samui bajó el móvil y se giró para verla, asintiendo. —Me esperan acá.
Sus sonrisas fueron forzadas entonces. Temari pudo reconocer entonces aquella sensación que le fastidiaba, Samui se comportaba como aquellas personas a las que no volvería a ver luego de despedirse.
—Buenas noches —se despidió Samui. —Me divertí.
Asintió unos segundos. —¿Por qué me invitaste?
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, pero pronto formuló un argumento con el cual defenderse en caso de que la situación se volviera demasiado incómoda.
—¿Qué haces aquí? —contraatacó Samui.
—¿Eh?
—¿Eh? —imitó.
Cuando Temari estuvo a punto de hablar, la voz plana de Samui volvió a llenar el aire.
—Es mi lugar favorito, fue lo primero en lo que pensé —respondió, encogiéndose de hombros y mirándola fijamente, esperando una respuesta.
Se mordió el labio y desvió la mirada unos momentos. No había respuesta que la convenciera.
Samui exhaló, se frotó el cuello y dejó caer la cabeza; miró las estrellas, mientras hablaba.
—No voy a darte las respuestas que quieres, Temari —esta vez no había burla en el nombre. —Eres muy directa, así que me sorprende tu pregunta… de cierta manera.
—¿A qué te refieres?
Parpadeó. —Quizá no tenga sentido y me disculpo si te sientes traicionada al escuchar esto: vine aquí con la intención de ser tu amiga, pero no puedo serlo, no por el momento. Has sido muy clara, y te respeto, en estos momentos no tengo manera de estar en tu vida.
Las palabras escaparon de sus labios. Samui se despidió con un gesto de la mano.
—Lo siento, en verdad. Hasta luego, Temari… espero.
Este capítulo no terminó como estaba previsto… como todo en mi puerca vida c:
Sábado, 31 de agosto de 2019
