Capítulo 15

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Las caricias distraídas y discretas se volvieron algo así como una norma en sus citas, las noches y los bares se volvieron sus momentos favoritos para deslizar los dedos por debajo de las mesas. Quizá a ojos ajenos, aquellos efímeros roces de una mano con una rodilla podían significar un inocente accidente. El abrigo de la oscuridad se deshizo de la timidez que aún aquejaba a Temari, volviéndola un poco más liberal con los trayectos que trazaba distraída sobre los brazos de Samui y quizá en algún momento se había atrevido a recargar su cabeza en uno de los hombros, aunque fuera por muy poco tiempo.

No fueron muchos los encuentros que se necesitaron para demostrar que a nadie le parecía extraño verlas juntas, que nadie prestaba demasiada atención a sus risas o conversaciones, la vida pasaba alrededor de ellas, ignorándolas, protegiéndolas con un manto que no todos tenían la suerte de obtener. Y aunque no había habido besos aún y sus contactos se reducirían siempre, en público, a golpecitos en los hombros o toques prolongados sobre la espalda o el hombro, comenzaba a crecer entre ellas la sensación de que no importaría demasiado si un día la necesidad las orillaba a abrazarse y cometer una imprudencia.

Aquella noche el reducido establecimiento les había concedido el capricho de sentarse tan próximas que no había manera de evitar que sus manos rozaran la pierna de la otra o sus brazos se mantuvieran en contacto continuo; y mientras que Samui no le prestaba demasiada atención a aquello, Temari se permitió desvivirse un momento al posar una de sus manos sobre sus propias rodillas y sentir la piel de Samui, que se asomaba por la tela desgarrada del pantalón, rozarle apenas el meñique. Había meditado aquella relación los últimos días, analizando cada detalle del arrebato de aquella noche y aceptando el atrevimiento de hacerle caso a algo que había decidido ignorar años atrás. Había pensado en el futuro, no por albergar la esperanza de un amor eterno, pero por el miedo que aquella decisión y todas las decisiones que habría de tomar le provocaban inconscientemente, porque había demasiadas preguntas que exigían respuestas, pero ella no tenía el valor de preguntarlas y a Samui realmente no le importaba perder el tiempo con ellas.

Volviendo a la realidad, sonrió al escuchar a Samui seguir hablando de su hermano, quejándose con ese tono monótono y exhausto que casi hace parecer que está dando un reporte forzado.

—Ese hombre nunca podrá concentrarse en nada, ya me resigné —exhaló.

Miraba el perfil iluminado por la luz perezosa de la lámpara sobre ellas.

Todas las reacciones eran siempre versiones diluidas de lo que ella estaba acostumbrada a ver, Samui no reía a carcajadas, solo desviaba la mirada y sonreía ligeramente, exhalaba si algo la exasperaba, apretaba los labios si se disgustaba. Nunca gritaba, ni solía hacer bromas o molestarla demasiado.

El silencio se posó tranquilamente entre ellas y Samui aprovechó para frotarse el cuello y echar la cabeza hacia atrás unos momentos, mirando fijamente la lámpara que resplandecía sobre sus cabezas. Temari había estado inusualmente tranquila aquella tarde. No estaba preocupada, tenía la edad suficiente para no tenerle miedo a actitudes inusuales, pero las ganas de saber qué estaba pasándole por la cabeza a aquella muchacha le carcomían algo dentro. Parpadeó.

—Kankuro es igual —decía de pronto la muchacha, removiéndose en su asiento y prestando atención a otra cosa, dejando continuar al silencio.

Samui se dedicó a beber de su vaso mientras pasaba las hojas del menú, sin prestar atención, pues ya habían repasado los alimentos y acordado que saldrían de ahí al terminar sus limonadas.

—¿En qué piensas?

Levantó la mirada y encontró los ojos azules posados en ella. Negó una sola vez, obteniendo un leve movimiento de cejas que le bastó para saber que no podría zafarse de aquella pregunta.

Sonrió ligeramente y desvió la mirada. Negó de nuevo, nerviosa.

—¿Por qué me invitaste a salir?

Enarcó de nuevo las cejas, sorprendida. Se escudó en la costumbre de frotarse el hombro y lo encogió luego, pero no por restarle importancia a su respuesta.

—Creo que yo soy quién debería ser atormentada por esas preguntas —murmuró, soltando su hombro y descansando los brazos sobre la mesa. —Te veías linda, supongo.

Enarcó las cejas entonces, la ligera timidez que había asomado por sus ademanes momentos antes se esfumaba por completo, dejándola perpleja.

—… estaba comprando zapatos.

—Lo sé —recalcó, tensando sus labios en una ligera sonrisa.

El rostro transformó el gesto, casi de inmediato, a uno que apenas era ceñudo, uno de los dedos trazó un círculo alrededor de la cara, haciendo énfasis en su rostro.

—Siempre tienes este gesto cuando estás sola e intimidas… me gusta —se sinceró —, pero tu cara se suaviza cuando te concentras… ¿Por qué aceptaste mi invitación?

—...no lo sé —murmuró, bajado la mirada y luciendo ligeramente fastidiada.

Aún no se recuperaba del ligero cosquilleo en el estómago que le había provocado aquella confesión tan inocente. Miró a Samui una sola vez, negando con la cabeza.

—Lo sabes —atacó, juntando ligeramente las cejas. Había corrido aquella noche por una razón y quería saberla.

Rio un poco y negó. —En verdad no lo sé… quizá fue tu ceguera ante un no.

—Ya te dije que me confundiste —susurró, haciendo énfasis en el sonido de la "i", avergonzada. —¿Lo sabrás algún día?

—... supongo —murmuró de nuevo, encogiéndose de hombros y mirándola.

Se mordió el interior de la mejilla para no sonreír y miró sus manos, que se encontraban lo suficientemente cerca como para moverse apenas un poco y que sus dedos tocaran, pero no se movió.

—No es gracioso —aseguró, sin saber por qué sonreía. —¿Buscamos otro lugar?

Miró el pequeño restaurante y asintió una sola vez, luego de hacer un gesto de inconformidad, que Samui no dejó pasar.

—No tengo ganas de estar en un bar…

Asintió una sola vez, mirando la mesa, escuchando a Temari bostezar una vez más. —Si estás cansada solo dilo, no tienes que salir conmigo si no quieres.

—Quería verte —aseguró, frotándose un ojo.

Apretó lo labios y miró al exterior. Se estaba arriesgando demasiado. Miró a Temari de nuevo.

—Podríamos comprar algo e ir a mi casa… o a tu casa —agregó, demasiado rápido.

Se atragantó con el trago de limonada, pero fingió que no había notado la sutileza con la que le habían echado sus temores en cara. Limpió su nariz discretamente y no pudo evitar soltar una carcajada, en la que se liberaban ligeramente la vergüenza y los nervios.

—Tu casa está bien.


Sábado, 26 de octubre de 2019