Capítulo 25

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Los días pasaron, con su terrible normalidad, y tanto Samui como Temari lucharon contra el impulso de llamar a la otra, contra sus propios pensamientos y sus teorías conspirativas acerca de la vida, el destino y lo que fuera que hubiese sucedido entre ellas. Samui se dejó absorber por el trabajo y las ideas de Atsui, Temari volvió a ignorar por completo sus sentimientos y desestimar las conclusiones a las que había llegado.

No se toparon, ni por casualidad.

Karui hacía gala de su malhumor en esos momentos, pero solo se limitó a mirar a Samui morder en silencio su pajilla, con la mirada perdida en el exterior. Recargada en la silla, saboreó la amargura en sus labios, pero no la escupió por más que quisiera, conocía a aquella rubia y por más práctica y lógica que fuera, podía ser obstinada. Hizo un ruido largo, ligeramente ronco, y siguió hablando, aunque su conversación había dejado de tener sentido momentos atrás.

Chasqueó los dedos un par de veces y luego estampó la mano sobre la mesa, llamando la atención, no solo de Samui.

Parpadeó y despegó la mejilla de su palma, haciendo un gesto con la misma mano, pero la intempestiva Karui no explicó su comportamiento a pesar de su pedido y siguió mirando con un profundo fastidio.

—¿Qué?

—¡Estás perdida, mujer!

—… no sé de qué hablas.

—Exacto —se quejó —. ¡No has escuchado una sola palabra de lo que he dicho!

La única reacción, si podía llamársele así, que hubo fue un parpadeo. Samui lució ligeramente atribulada luego y, de una manera recatada que no solía mostrar a menudo, alejó el vaso vacío de ella y asintió una sola vez. No se dejaba amedrentar por los chiquillos, nunca lo había hecho, pero en esos momentos se sentía diminuta frente a Karui.

—Lo siento.

Karui relajó su postura e intentó sonreír, pero el gesto quedó a medias. —Omoi conoce a alguien.

—No me interesa —interrumpió, casi sonando grosera.

Asintió y se recargó en la silla. —Quizá no sea tan mala idea —insistió —, o quizá solo necesites alejarte de aquí, ¿no has pensado volver?

—¿A casa?

Karui asintió una sola vez.

—No.

Apretó los labios y se inclinó, recargando los codos en la mesa, miró fijamente a Samui, pero el gesto de fastidio que había esperado no se dibujó jamás en el rostro.

—Samui... tendrás recuerdos de ella por donde mires, ni siquiera yo puedo darte alivio.

Sonrió y se pasó la mano por el cabello. —No soy tan débil.

—No lo creo y tampoco quise decir eso... pero sí creo que necesitas unas vacaciones, respirar aire fresco, ver otros paisajes… lo que sea que ella no haya tocado.

—La tratas como si fuera radioactiva.

Dejó salir una ligera carcajada. —De cierta manera lo es, al menos para ti… y lo será para mí si no hago algo.

Exhaló y miró a las personas que pasaban. —No lo sé...

Estiró la mano para tomar su móvil, pero Karui lo tomó y lo alejó de ella.

—¿Cuántas veces revisas esta cosa esperando ver su nombre?

La miró en completo silencio, podría negarlo, pero a esas alturas no la engañaría y tampoco serviría intentar engañarse a sí misma.

—Vete de aquí… descansa.

—No puedo cerrar la zapatería y…

—Nosotros podemos encargarnos —interrumpió, devolviéndole el móvil, pero impidiéndole tomarlo.

Samui observó a los ojos a Karui, no estaba fastidiada, aunque la ligera contracción entre sus cejas diera a entender eso. Dejó caer los hombros y casi se desplomó en la silla.

—Está bien —aceptó.

Karui sonrió y le tendió el móvil, pero esta vez lo depositó en la mano pálida que se extendió para tomarlo. Cambió el tema y aunque Samui se esforzó por no distraerse, en momentos su mente se alejaba de la mesa.

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Desperdigados en los sillones, miraban la televisión antes de dormir, sumidos en un silencio habitual, pero que le había estado picando en la nuca a Kankuro… y a Gaara, que había aprovechado una desaparición de su hermano para abordar el tema de aquel cambio de actitud, pero no se atrevió al notar el gesto serio de Temari, que ni siquiera le prestaba atención al televisor.

—Es oficial, nos quedamos sin helado —anunció Kankuro, cargando tres tazones.

—Nos serviste el galón entero —murmuró Gaara, mirando su desbordante porción.

—Gracias —murmuró Temari, tomando su tazón.

Kankuro exhaló y se sentó en el sillón, notando la actitud apagada de su hermana, había esperado un regaño. Miró hacia el televisor y meditó unos momentos, con la helada cuchara sobre la lengua.

—¿Cuándo nos vas a presentar a tu novio? —preguntó, bromeando.

Gaara miró su plato con insistencia, temiendo encontrarse con la mirada molesta de Temari.

Los ojos de Temari se movieron apenas un poco, pero jamás le miraron. Aparentando ver la televisión, el tazón con helado se mantuvo en su mano y la cuchara descansó entre sus dedos por demasiado tiempo.

Kankuro ignoró aquello, inocentemente, al volver la mirada a su teléfono; pero Gaara lo notó.

Solo será un café.

Apenas había pasado una semana del día en que Samui decidiera, de una manera extraña y poco contundente, que lo que tenían había terminado... y, deliberadamente, no había pensado en ello luego de sumirse en aquella lúgubre sensación al mirar la puerta cerrada de su oficina; la confusión le había nublado el entendimiento, así que la realidad no le había golpeado en aquel momento, pero se mantenía en las sombras y a veces parecía picarle en la nuca con una barita, pero nunca se permitía pensar en ello.

No pensaba en nada, realmente, y cuándo lo hacía, de alguna manera su cerebro lo olvidaba y le dejaba varada y con una sensación de inseguridad molesta y casi permanente.

Miró a Kankuro durante unos segundos, sin prestar atención realmente, sin estar completamente presente en aquella habitación; el tazón con helado seguía acunado en sus manos, la cuchara había vuelto a descansar dentro en algún momento de sus meditaciones. Parpadeó y alcanzó a notar la mirada verde que volvía inmediatamente al frente. En un momento de reconocimiento, parpadeó y bajó la mirada, el helado estaba derretido, casi sin forma.

Observó el brillo de la cerámica en silencio y contuvo el aliento al sentir el dolor del golpe, que no pudo ignorar por más tiempo.

—Voy a dormir —murmuró al ponerse en pie.

Arrojó el remoto sobre el sillón y escuchó a Kankuro reír emocionado al ganarle el control al pelirrojo.

El tazón cayó con fuerza dentro del fregadero y observó los trozos de cerámica rotos, entre los restos de helado derretido, que se extendía lentamente hacia el resumidero. Apretó las manos con fuerza, sintiendo sus nudillos doler al presionarse contra el metal que no cedería.


Martes, 07 de abril de 2020