Capítulo 26
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El sonido de sus pasos, crujiendo sobre el hielo, la ayudó a alejar su mente de lo que había estado repasando sin descanso. No pudo evitar sonreír cuando Atsui le anunció que aquel parecía ser el lugar perfecto y, sin dejar pasar más tiempo, acomodaron sus banquillos, dejaron sus mochilas en el suelo y se prepararon para quebrar el hielo y hacer un orificio de buen tamaño. Discutieron, quizá demasiado tiempo, el tamaño y el método adecuado para el agujero y cuando estuvieron manos a la obra se sumieron en un ajetreado, pero tranquilo, silencio.
Aunque Atsui no era terriblemente hiperactivo, tampoco sabía quedarse callado por demasiado tiempo y la pesca siempre había parecido ser la manera de obligarlo a guardarse sus pensamientos y disfrutarlo. Pasaron las horas sumidos en un silencio casi absoluto, compartiendo bocadillos y tragos de whiskey que los ayudaban a mantener el calor que el hielo bajo ellos y la suave briza gélida les robaba a cada momento.
No pescaron demasiado, pero fue suficiente para la cena de aquella noche. Volvieron antes de que el sol se escondiera, rodeados del sonido de sus pisadas sobre el hielo y la escarcha, con los corazones tranquilos y las mejillas heladas.
Samui observó descaradamente a su hermano, el rostro estaba refundido debajo de capas y capas de abrigo, las mejillas eran apenas una línea de piel sonrosada que asomaba entre la bufanda y la visera que le protegía los ojos del frío.
—¿Mi belleza te cautiva?
Rio, con su risa desganada, y volvió la mirada al frente. —¿Qué haces aquí?
Le había sorprendido, al hablar con él mientras planeaba su huida, saber que el muchacho se encontraba refundido en el país de la nieve, en el rincón más helado que se le habría podido ocurrir. Pero Atsui no contestó de inmediato y el abrigo no le permitió leer el semblante.
—… tuve una corazonada, algo me decía que debía estar aquí.
Silencio, solo el sonido de sus pasos resonaba.
—… eres raro.
Aquella noche las estrellas brillaban con más fuerza sobre el firmamento. Observó el cielo a través de la ventana, sintiendo el calor de la chimenea, escuchando el crepitar del fuego; sus manos se aferraban a una taza de té que ya estaba tibio.
Recargó la frente el vidrio, sintiendo el frío, y limpió la condensación que volvía a formarse en la superficie y le impedía ver el lago en el que habían pescado, que lucía aún más blanco gracias a la luz de la luna que rebotaba suavemente sobre el hielo. Le había pedido emoción a la vida… y la había recibido pero no de la manera que quería.
Apretó los dientes, negando una sola vez. Era una mujer adulta y madura, ¿por qué había jugado de ese modo con esa chiquilla? ¿Qué había esperado? ¿Que una reciente bisexual, que aún no podía aceptarse, cayera profundamente enamorada de ella? Sonrió con ironía y miró las estrellas.
¿Las estaría mirando ella?
La mano de Atsui sobre su hombro no logró sobresaltarla, pero maldijo internamente no haberle escuchado y no haberse resguardado cuando había tenido la oportunidad.
—Creí que estabas dormido —murmuró.
—Mi cuarto está muy frío.
Se giró a tiempo para sonreírle y lo vio dejarse caer en el sillón frente a la chimenea, observó la nuca en silencio unos momentos, luego volvió la mirada al exterior, a las luces titilantes en la distancia.
—… fría.
—¿Eh?
Lo miró con insistencia, pero el rubio no volvió a hablar, se limitó a mirar fijamente el fuego y recuperar el calor perdido. Con las cejas juntas, miró de nuevo por la ventana, dando al fin un sorbo a la taza de té que mantenía entre sus manos.
—¿Sabes? Me pones las cosas muy difíciles.
—¿De qué hablas? —murmuró, sintiendo un ligero fastidio.
Atsui ya la miraba, recargaba un brazo sobre el sillón.
—Si fuera un hombre, ya habría ido a partirle la cara… pero es una mujer y es aún más joven. Juegas sucio.
—No fue su culpa, idiota.
El muchacho gruñó y volvió a girarse, dándole la espalda una vez más. Sonrió ligeramente y bajó de la ventana, caminó hasta el sillón y se acurrucó a lado de su hermano, que no tardó en frotarle la espalda con una de sus manos. No hubieron más palabras de por medio. Miró el fuego fijamente, sonriendo en momentos por las palabras frustradas de su hermano.
Necesitaba un cierre.
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La noche se colaba por la ventana, con la tranquilidad de todos los días, pero sin luna debido a las espesas nubes que cubrían el cielo en esos momentos. Temari se removía en la cama, incapaz de conciliar el sueño. Dio una última vuelta y, rendida, encendió la lámpara que había sobre su cama y arrastró el libro que descasaba en su mesa de noche, dispuesta a leer hasta recuperar el cansancio.
El sonido de las hojas llenaron la habitación unos momentos y pronto sus ojos encontraron las palabras abandonadas. Leyó en silencio, por un espacio de minutos que se sintió como una hora o un poco más; releía y releía el mismo párrafo, incapaz de absorber las letras, de comprender el texto o de recordar los detalles. Exhalando, bajó el libro, apagó la luz y masajeó sus ojos unos momentos, recordando la perforadora mirada de Karui aquella tarde.
Samui ya no está aquí, puedes esperarla todo lo que quieras, pero no la vas a ver.
Abrió los ojos y miró el techo, sentía un extraño nudo en la garganta y náuseas. Respiró profundo, intentando tranquilizar la ansiedad que no le permitía dormir tranquilamente. Giró a un costado y estiró un brazo, tanteó unos momentos hasta alcanzar su teléfono móvil y al ver la hora maldijo.
El número que usted marcó no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio.
Se frotó el rostro, aquel había sido el resultado de los últimos días… llamadas que jamás conectaban. Quería pensar que se trataba de una coincidencia y no de que Samui hubiese cambiado de número, pero la idea flaqueaba. Navegó en redes sociales, con la esperanza de aburrirse pronto y dormir, su dedo deslizaba por la pantalla de manera mecánica, sus ojos veían imágenes y publicaciones sin parar, sin sentir cansancio, hasta encontrarse con una que la obligó a detenerse y prestar atención.
No la habían etiquetado en la foto y tuvo extremo cuidado de no tocar botones equivocados y descubrirse, no entendía porque estaba estancada en el moderador, pero la observó fijamente, a su mente volvieron vagos recuerdos, mientras sus ojos se clavaban en el rostro sonriente de Samui, que se esforzaba por mantenerla a ella en pie luego de que resbalara. Recordó las risas que le habían debilitado aún más las rodillas y envidió a la Temari que se aferraba a los hombros de aquella Samui.
Se miraban a los ojos, ignorando por completo la cámara que las capturaría por la eternidad en ese momento.
Un suspiro que escapó entrecortado de sus labios la tomó por sorpresa, y entonces fue consciente de las lágrimas que se deslizaban por sus sienes. Todas esas sensaciones que la habían sofocado los últimos días tuvieron sentido de pronto; esa desesperación por llegar a casa y el vacío al estar en ella, no se debían al cansancio... se debían a la ausencia que había ignorado deliberadamente, en un desesperado intento por fingir que todo estaba en perfecto orden.
No quería desmoronarse y había fracasado estrepitosamente al ver esa foto tan inocente, al recordar el beso fallido que intentaran darse después por las risas que volvían.
Sus brazos quisieron rodear los hombros que hacía días no sentían, sus manos quisieron aferrarse a las mejillas que ya no acariciaban... y sus dedos ansiaban entrelazarse con aquellos ausentes.
Por fin entendía a lo que la gente se refería al decir sentirse incompleta.
Apretó las manos contra su pecho y los párpados con fuerza, mientras callaba un descontrolado sollozo con la almohada. ¿Qué demonios había hecho? ¿Por qué se había aferrado todo ese tiempo a ignorarse a sí misma? A ignorarla a ella.
La extrañaba.
—¿Temari?
Abrió los ojos y miró la pared, sin poder hablar. La puerta se abrió lentamente, pero Gaara no cruzó el umbral.
—¿Estás llorando?
Negó una sola vez y carraspeó. —No... tuve un mal sueño.
—¿Estas bien?
Se limpió las lágrimas de manera disimulada y fingió que bostezaba al sentarse y girarse para darle la cara a Gaara. Intentó sonreír.
—… estoy bien.
—¿Segura?
¿Estás segura? Juraría...
Las lágrimas volvieron a deslizarse por sus mejillas, pero confió en la oscuridad y volvió a asentir.
¿Estás segura?
—¿Te desperté?
Gaara sacudió la cabeza, dando un paso hacia atrás. —Insomnio.
La puerta se cerró y tomó el teléfono entre sus manos de nuevo.
El número que usted marcó no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio.
Viernes, 10 de abril de 2020
