Capítulo 27
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El ajetreo en la cocina logró despertar a Kankuro, que no tardó en asomar su despeinada cabecilla en la cocina, para mirar el revuelo ahí dentro. Temari movía los trastos dentro de los compartimientos, buscando desesperada la tapa de alguno, pues la voy intentar colocar tres tapas diferentes a algo que descansaba sobre la mesa.
Gaara la observaba tranquilo, desde la mesa que la hacía normalmente de comedor, escuchándola hablar y hablar. Se sentó junto al pelirrojo y robó uno de los panqueques que descansaban en un plato, aparte, comiéndolo distraído, intento prestar atención a lo que se estaba hablando, pero seguía confundido por el sueño.
—¿A dónde vas?
—A la lluvia —se quejó —, intenté rechazarlo… no hay nadie más.
Apretó ligeramente los labios, pero decidió no comentar al respecto, lo más probable era que Temari se hubiese empeñado en realizar todos los viajes diplomáticos al no confiar en la mayoría de los licenciados.
—¿Y cuándo regresas?
—Pues espero que sea hoy… algo tarde —exhaló Temari, guardando los contenedores en el congelador —, sino ya será hasta pasado mañana por la noche, probablemente.
La portezuela del congelador se cerró, casi dando un respingo, y Temari se puso las manos en la cintura y los miró a ambos, ligeramente sonriente. Asintió una sola vez y le despeinó los cabellos a ambos, a modo de despedida, luego señaló a Kankuro y su gesto se volvió un poco amenazador.
—¡Compórtate!
Luego de eso, salió de la cocina y tomó el equipaje que la esperaba junto a la puerta, gritó una última despedida y dejó la casa, que pronto se sumió en el silencio habitual de la mañana. Se detuvo junto a la rejilla en la entrada y esperó el taxi que la llevaría al aeropuerto, pegada a la pared, mirando fijamente su teléfono móvil.
El número que usted marcó no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio.
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Caminó sobre el lago, tirando de un trineo que no le serviría de mucho. El ruido del hielo y la escarcha crujiendo bajo sus pies y el ligero siseo que hacían las cuchillas del trineo habían logrado devolverle la calma que había perdido aquella mañana.
La neblina se había adueñado del sitio, dándole un aura de pueblo abandonado que extrañamente le había fascinado, las luces que se mantenían encendidas en las cabañas alrededor del lago parecían flotar dentro de aquella condensación ligeramente densa, si tuviera una imaginación más activa aquello habría sido aún mejor… suponía.
Miró su teléfono móvil y, a pesar de saber que el frío de aquel lugar podría averiar el aparato o entorpecer el funcionamiento, estiró el brazo, pendiente siempre de las barrillas del servicio de la telefonía que habían sido inexistentes los últimos tres días. Entrecerró ligeramente los ojos al ver un parpadeo y se movió, buscando la señal, pero un paso en falso y resbaló, golpeándose la espalda contra el duro hielo.
—Ay, ay…
Giró, quedando de costado, sintiendo el dolor que la recorría e incapacitaba por esos momentos, no pudo evitar intentar frotar su espalda, pero el grosor de su ropa interfería con todos sus movimientos. Rendida, levantó la mano, buscando señal aún, pero la dejó caer pronto y miró su teléfono móvil, casi desolada, y tardó unos segundos en comprender que ahí abajo tenía un poco de señal.
Movió sus dedos rápidamente por la pantalla, buscando el contacto de Temari, pero perdió la señal antes de que conectara.
Gruñendo, se levantó del suelo y volvió a la cabaña, malhumorada, adolorida y deseando no haber traído consigo el estúpido trineo que ahora pesaba más gracias al dolor.
Al entrar a la casa, el olor de la sopa de miso que llevaban desayunando esos días le revolvió el estómago y rechazó su porción con un mal gesto y una palma. Se quitó la ropa de invierno, dejando que la poca escarcha que llevaban se descongelara en el genkan y caminó hacia el sofá que había hecho de cama de Atsui, dejándose caer en él.
—¿Tienes servicio telefónico?
—No, acá no llega nada —se sentó en la mesa y dejó el tazón para Samui a un lado —, tienes que ir a la cabaña del casero si quieres hacer una llamada, tienen un teléfono de esos fijos.
Gruñó y se recargó en el sillón, mirando el techo. Atsui carcajeó entonces.
—¡No seas tímida!
—… no soy tímida —murmuró, omitiendo informar su caída para ahorrarse más risas.—Creo que me iré antes.
—¿Quieres pasar más tiempo en casa?
—No… volveré a Konoha.
Hubo un corto silencio, pero la voz de Atsui resonó pronto, quería preguntarle el porqué, pero sabía la respuesta de antemano.
—… mamá va a desilusionarse mucho.
Samui no contestó, pero caminó hacia la mesa y desayunó, desganada, la sopa de miso que había estado enfriándose.
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Atsui la había acompañado hasta la estación de tren, quedándose ahí el tiempo que tardó en llegar su línea y ella en abordar el vagón. Platicaron de cosas que no habían sido muy necesarias, aunque le insistencia porque visitara a su madre no pudo evadirla ni acallara, terminó prometiendo que pronto se daría otro descanso para cumplir su promesa y no romperle más el corazón a esa pobre mujer.
Miró por la ventana al muchacho, que tiritaba de frío y se despedía aún, con un gesto de la mano y, sonriendo apenas, se despidió con la mano una vez más.
El tren comenzó a moverse y aunque Atsui hizo la ridiculez de seguirla, quedó atrás cuando la plancha para abordar se terminó. Se quedó mirando el paisaje invernal luego de eso, recordando el estrecho abrazo de despedida y lo que su hermano le había susurrado al oído; recargó la cabeza en el respaldo y miró sus manos.
Quema la herida y sigue adelante o busca una segunda oportunidad, aunque duela de nuevo…
Miró su teléfono móvil, seguía sin servicio, pero al menos comenzaba a reaccionar y pronto sería capaz de hacer o recibir llamadas.
Acercó el aparato a sus labios y meditó lo situación unos momentos, se recordó que no podía esperar tener mensajes de Temari. Apretó el móvil entre sus manos y miró de nuevo por la ventana, meditando largo y tendido las palabras de Atsui, las conversaciones con Temari, sus propios sentimientos y la situación en general; había comenzado a tener dudas gracias a la distancia, quizá no había estado del todo equivocada al darle la salida a Temari, pues era terriblemente doloroso ver la incomodidad que la embargaba a cada paso que daba cuando estaban juntas, pero esas cosas de dos solían ser más complicadas.
No todos somos como tú…
El sonido de ruido en los altoparlantes la sacaron de su ensimismamiento y se levantó, como impelida por un resorte, cuando comprendió que habían hecho la primera parada y estaban a punto de partir. Tiró con fuerza de su equipaje y pidió que por favor no cerraran las puertas aún, disimulando el rubor provocado por su actitud despistada.
Se disculpó, con las personas más cercanas a ella, incapaz de sonreír.
Recibió el frío de golpe en la cara y miró su teléfono de nuevo, asintió una sola vez al ver las barras de servicio, la señal era débil, pero debía ser suficiente. Oprimió la opción de llamar y acercó el teléfono a sus oídos, pero tras unos eternos tonos, la voz impersonal de la telefonía le anunció que su llamada sería transferida al buzón.
Colgó.
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Temari se recargó en la silla y exhaló cuando al fin terminaron las negociaciones. Miró a su acompañante, una persona perteneciente a la planta que tenían en el país y que se había encargado de mostrarle las oficinas y transportarla a las tantas juntas que se habían llevado a cabo los últimos tres días. Sonrió ligeramente y golpeó con su índice la carpeta donde se mantenían los contratos recién firmados.
—¿Le gustaría ir a celebrar, Temari-san? —preguntó la mujer, cordial.
Sonrió un poco más y negó. —Disculpa… preferiría ir a casa.
La mujer asintió una sola vez. —Me encargaré entonces.
—Gracias —susurró.
Se relajó en cuanto la puerta se cerró y se llevó la mano al rostro, frotándolo ligeramente, arruinando el maquillaje que ansiaba poder lavarse. Estaba agotada, aquello había sido más tedioso de lo que había imaginado, el último mensaje de Gaara la tenía ligeramente inquieta y el que Kankuro no le hubiera respondido antes de la última junto no la ayudaba demasiado.
Se quedó en silencio, mirando la nada, y luego tomó su teléfono móvil, viendo la pantalla desesperada, buscando los nombres de sus hermanos entre las notificaciones que había en la pantalla. Leyó la de Kankuro, tranquilizándose pronto al confirmar que todo estaba bien en casa, luego leyó el mensaje de Gaara y el corazón le dio un vuelco.
Samui te está buscando.
Simple… demasiado vago.
Con el corazón latiéndole en la garganta, siguió descartando notificaciones, encontrándose pronto con la llamada perdida de Samui. Temblando, dejó el teléfono sobre sus piernas y miró la sala de reunión en silencio.
La puerta se abrió y la mujer de momentos antes asomó su cabeza, el teléfono alejado de su rostro y la bocina cubierta con la mano.
—Hay un vuelo que sale en poco más de una hora.
—Cómpralo —ordenó, demasiado tajante, poniéndose en pie y reuniendo sus cosas.
Sus tacones resonaron en la habitación lo que tardó en cruzarla, sonrió a la mujer e hizo una pequeña reverencia, disculpándose por su actitud. Agradecía haber cerrado la cuenta del hotel y llevado el equipaje en el auto.
En el asiento trasero miró su teléfono de nuevo, clavando la mirada en la llamada perdida. Bajó las manos y asintió una sola vez.
Sábado, 18 de abril de 2020
