Durante la noche, Giorno despertaba para correr a la habitación de Diego.

—¿Otra vez? —pregunta el hermano mayor, incluso antes de mirarlo y acariciarle ese cabello negro suyo. Se retira los audífonos para escuchar la razón de hoy.

—Sí.

—Tal vez si dejaras de leer esos endemoniados libros...

—¡No!, no tiene nada que ver con eso. Te lo he dicho, él es muy grande y muy educado, me saluda siempre que paso por el pasillo del baño, pero me da vergüenza contestar.

Diego asiente, como en las últimas noches, pero quiere que el niño se duerma ya, porque está en medio de una partida online en su portátil desde hace horas.

—Si es tan bueno, no deberías estar asustado. Y ya está.

—Diego, no tengo miedo del fantasma. Pero creo que papá sí. —Diego enarca una ceja cuando Giorno lo toma de la mano y le suplica con los ojitos de cordero que le crea.

—Duerme ya, Giorno —, y el menor frunce el ceño y sale de la habitación.

Sus calcetines resbalan ligeramente con el piso de madera hasta llegar a la sala, donde la enorme silueta de Dio está asomada al ventanal de cortinas blancas y delgadas.

Giorno sabe lo difícil que ha de ser conciliar el sueño para él también, con ese otro hombre enorme y amable rondando en el pasillo.