Narancia abre las piernas y se desliza sobre el piso, con la música de la grabadora al tope. En la sala vacía de casa, sus hombros se mueven y sus zapatos marcan un ritmo bastante torpe, pero parece disfrutarlo.
Abbaccio llega con las bolsas de la compra y lo encuentra ahí. Esta vez les ha tocado a los dos quedarse a hacer guardia en lo que Bruno y los otros recibían órdenes.
Está a punto de pedirle que apague la música con ese tono hostil de su voz, pero Narancia se le adelanta, casi gritando sobre aquél estridente solo de guitarra.
—¿No te gusta Led Zep? Puedo poner otra cosa.
Se recuerda a sí mismo como es ese niño quien arrastraba a Mista o a Fugo, o ambos que se dejan siempre de buena gana. Los tres bailando en la sala hasta que las llaves de Bruno tintineaban en la puerta.
Cuando se da cuenta, las bolsas dan en el piso y sus caderas también están moviéndose.
—Esta es la señal de que te das una vuelta. —Le indica, rodeándole y con una sonrisa.
Y Abbaccio así lo hace, prestando más atención a la música que a la voz de Narancia.
—¡Muy bien! ¿Y te gusta Prince?¿Te gusta Prince también?
Abbaccio asiente, y el chico emocionado cambia de cassette.
