Debió avisarle a alguien, quizá muriese ahí mismo en la carretera y nadie se daría cuenta.

Una imagen fugaz del rostro enojado de su hermano Keicho, aparece en los pensamientos de Okuyasu cuando va a 60 km/h. y el viento de la carretera le despeina brutalmente.

Quien conduce es Fungami Yuya, el motociclista usuario de Stand al que Josuke golpeó una vez en el hospital. Aunque ciertamente a Yuu no le gusta hablar sobre ello.

Les toma un par de minutos llegar a la costa. Y Okuyasu se baja con cuidado de no rayar la parte posterior del asiento, como tantas veces Yuu le ha dicho.

—Llegamos justos, casi no hay nadie, Nijimura.

Okuyasu hace un gesto de extrañeza porque cree que él prefería más a la gente, los bikinis y el calor.

—¿No te agradaba más la.. concurrencia?

Sigue al sol con la mirada mientras desciende muy lento, y frunce los labios a la par que piensa en que el tiempo se les ha escapado muy rápido.

—La verdad es que soy demasiado equilibrado, pueden gustarme ambas cosas; la soledad, el gentío...

Con el pantalón hasta la rodilla y los tobillos húmedos, Yuu se retira la camisa y entra por completo al mar.

—¿No vienes, Nijimura?

Okuyasu asiente de inmediato y empuja el agua con los pies. Puede notar el tatuaje de Yuu en su espalda. Él tiene uno en el rostro y era de esperar que tuviera más en el resto de su cuerpo, pero aún así le parece excéntrico para alguien casi de su misma edad.

Okuyasu lo contornea con un dedo y a Yuu le da un escalofrío.

Lo mira con enojo al principio, pero la cara de Okuyasu refleja curiosidad genuina.

—¿No es raro?

—¿El tatuaje?

—No. El... venir al mar después de clases sin decirle a nadie.

No quiere pensar en cómo a las chicas que le siguen a Yuu a todas partes se enojarían con él en cuanto lo sepan. Las chicas eran demasiado bonitas, maldición.

—¿Quieres contarle a alguien? —Una sonrisa comienza a crecer peligrosamente en sus comisuras.

—Ah, No. —La cercanía del motociclista incrementa. Sus frentes chocan y sus ojos, que han absorbido todo el amarillo y naranja del sol y ahora lo miran a solo a él.

—No le digas a nadie, ni a ese Higashikata, ni a nadie —musita, mientras le acaricia la mejilla y ya no se alejan más de la orilla.