Para un niño promedio como Smokey, que nunca había salido de Nueva York, el acento y las maneras de Jojo eran tan especiales, por eso cuando va a despedirse de él en el muelle, trata de ser lo más educado posible también con el señor Speedwagon y con Erina, a quienes les a tomado aprecio en tan poco tiempo.
—Smokey, acércate, acércate.
—¿Qué es, Jojo? —le pregunta, inclinándose ligeramente. Joseph lo toma de los hombros y le planta un sonoro beso en la mejilla. Suzie, a su lado ríe ante la expresión desencajada del chico.
—Así se despiden en Italia, estoy aprendiendo ¿verdad?
—¡Asco!
—¡No seas así! Promete que vas a visitarme, ingrato.
—No te prometo nada después de eso, Jojo. —Lo señala, frotándose la mejilla con la manga de su suéter. Aunque el tono de enojo esté disipándose con su propia risa.
—Ya, ya. —Interrumpe una risueña Suzie, que también besa a Smokey en la mejilla. —Arrivederci, Smokey, gracias por cuidar de Jojo.
Smokey se queda de piedra, porque Jojo es realmente quien ha cuidado de él en todo ese tiempo, pero parece sólo decirlo dentro de su mente, porque cuando abre la boca, el barco está zarpando ya, y de repente esos dos se encuentran más lejos que hace apenas unos segundos.
—¡Adiós, Jojo, adiós Suzie! —Grita tan fuerte como sus pulmones le permiten.
—¡Adiós, adiosito!
