Es primavera por fin. En algún lugar de Morioh, cerca de la piedra de Ángelo, Koichi mira su reloj, volteando de un lado para otro hasta que lo reconoce entre las demás personas.

—Estoy aquí, vamos. —Jotaro apresura el paso después de saludarlo.

—Es muy puntual, señor Jotaro —dice Koichi, que siempre llegaba mucho antes que cualquiera en las juntas con sus amigos.

Hacía bastante que no le veía, pero Jotaro luce igual de joven. Intenta caminar a su ritmo, pisando las flores de cerezo que caen de los árboles.

Ambos llegan hasta la cafetería de siempre y ordenan antes de ir al grano.

—Koichi, ¿has hablado con tu familia con respecto a la misión?

—Sí, creo...están de acuerdo —El rostro del chico se ilumina. Jotaro se lo había anticipado. Cuando piensa en Italia, piensa en la comida y la arquitectura, en las tiendas de ropa...

Jotaro extrañamente le devuelve el gesto a Koichi, con esa sonrisa de millones de yenes que a veces le da miedo mirar, por lo impropia que en ocasiones suele verse en su rostro.