La niña se retorcía de dolor mientras él la cargaba entre sus brazos, envuelta en esa manta mojada con sangre cuyo aroma putrefacto le causaba arcadas.

—Aguanta, Lucy.

Ella, en lugar de gritar que no lo quería, como debió de haber hecho todo ese tiempo. Se dedicó a llorar en silencio contra su pecho, a punto de desmayarse y con los dedos de las manos temblando, sintiendo tortuosas pulsaciones en su vientre abultado por el ritmo de los pasos de ese hombre de pelo largo y cuidadosamente ondulado.

Parecía incluso extraño poder verle en ese estado de desesperación por encontrar quién llevara a Lucy al hospital.

Porque en aquellos instantes, él haría lo que fuese para que ese niño naciera. Cualquier cosa.