Obviamente los personajes perteneces a Stephanie Meyer, yo solo me divierto un poco con ellos.

El nuevo orden

La casera me ofreció las llaves con una cálida sonrisa adornando su rostro. No parecía tener más de cincuenta años, pero las arrugas de su rostro denotaban lo mucho que debía de haber sufrido a lo largo de su vida. Eso me recordaba a alguien. Ignoré ese recuerdo y alargué mi mano para coger las llaves y abrir la puerta de la que a partir de ahora sería mi casa.

Londres era un lugar frío y húmedo durante todo el año, tal vez esa fue una de las razones por las que decidí aceptar la oferta de trabajo aquí y no en los otros países en los que se me habían ofrecido, nunca había llevado bien el calor. La otra razón fue él,quien no sé por qué razón continuaba estando tan presente en mi vida como siempre lo había hecho desde que le conocí. La verdad es que no había sido una decisión fácil, para nada. Por mucho que siempre había querido conocer otros lugares y marcharme de Washington, mi familia, mis amigos y mi vida entera se quedaron allí y eso dolió, dolió más de lo que pensé que dolería.

Al entrar en la casa me sorprendí gratamente; era bastante más grande de lo que parecía desde fuera y en el salón pude apreciar una librería que ocupaba una pared entera. Perfecto. Despedí a la casera con la excusa de que necesitaba adaptarme a esta nueva situación y procedí a deshacer la maleta en la habitación principal, que era la más amplia y la que decidí que sería mi dormitorio. Después de deshacer la maleta y ordenar un poco la casa miré lo que había en la nevera y pensé que no estaría nada mal ir a comprar, porque en los días siguientes no sé si tendría tiempo para hacerlo.

La cuidad era enorme, y yo estaba más que perdida allí. Solo a alguien como yo se le ocurriría salir del pueblo y venir aquí sola. Me agobié. Me senté en uno de los bancos del parque que había al lado del supermercado y llamé a la única persona que sabía que me entendería.

¡Vaya! Que poco has tardado en llamar. – Vale, ahora me arrepentía de haberla llamado. – ¿Qué pasa? ¿Ya me echas de manos o qué? – Pude oír su risita desde el otro lado del teléfono.

Si llego a saber qué te ibas a reír de mí, no te llamo. – Lo que menos me apetecía era que alguien me recalcase que estaba cometiendo una locura.

No te enfades mujer… ya sabes que me puedes contar cualquier cosa, ¿Qué te pasa? – Ahora me acordaba de por qué siempre recurría a ella. – Te ha pasado algo con la casera? – Conocía ese tono de voz, ahora se sentía culpable por haberse reído.

No, que va. Ha sido muy amable... – Eso no sonó tan convincente como yo esperaba.

¿Entonces? – Preguntó. – No entiendo que haces llamándome en lugar de estar conociendo Londres, si yo estuviese ahí…

Conocía a Rosalie desde que mi familia y yo nos mudamos a las afueres de la ciudad, desde entonces su hermana pequeña y ella se habían convertido en hermanas para mí; siempre hacíamos todo juntas. Ellas eran una de las razones por las que me dolía haberme ido de Washington.

La verdad es que ni yo misma lo sé. – No quería que se preocupase pensando que estaba perdida ni nada de eso, pero prefería contarle la verdad.

Nadie te dijo que fuese a ser fácil, ¿verdad? Mira, yo fui la primera a la que no le pareció una buena idea que te fueses sola a una ciudad tan grande – recordé como enloqueció la primera vez que le confesé que había decidido venir a Londres – pero no me prestaste atención y ahora entiendo por qué. – Vale, ahora estaba más confundida si eso era posible.

¿Crees que he tomado la decisión correcta? – Temía que solo hubiese dicho aquello para hacerme sentir mejor.

Claro que sí, tonta. Tú vales mucho y no era justo que te quedases estancada aquí para siempre. – Mierda. Al final me haría llorar, otra vez. – Ya verás que pronto empiezas a conocer gente y te sientes más cómoda.

No es la gente de aquí precisamente la que me preocupa. – No le dije nada más porque imaginaba que ella intuiría por dónde iban los tiros.

¿Otra vez con eso? – Lo había intuido. – Ya sabes que tus padres están bien, no es la primera vez que te vas lejos. – Tenía razón. Había estado en Canadá dos años estudiando, pero no era lo mismo, entonces yo sabía que cuando terminara el semestre volvería a casa, pero esta vez no sabía cuando iba a volver.

Me estoy volviendo paranoica... – Hacía tiempo que no me sentía tan mal, hacía tiempo que no le echaba tanto de menos. Y aquí iba otra vez, él. Sabía que podía pasar. Que, aunque me fuese lejos, sus recuerdos me acompañarían siempre y eso me daba mucha rabia, porque después de todo lo que había pasado lo único que deseaba era odiarle.

¿Hola? ¿Sigues ahí o qué? – Mierda, me había distraído en lo que no debía.

No, perdona. ¿Qué decías? – Esperaba que no me preguntase por él, por favor…

Te decía que me tengo que ir, que tengo que ir a llevar unos papeles a la Universidad. ¿Hablamos mañana? – La conocía demasiado bien. Ella sabía perfectamente en quién había pensado, pero sabía que no quería hablar del tema.

Claro, yo voy a ver si compro algo y organizo un poco la casa. Da muchos recuerdos a todos, ¿vale? – Otra vez, ¿ahora por qué estaba yo llorando?

De tu parte, un beso. Cuídate – Pude notar como ella lloraba también. –

Saqué el paquete de pañuelos de papel que llevaba en el bolso y sequé mis lágrimas con él. La echaba de menos, a todos, y no sabía cómo iba a ser llamar a mi madre. Sin lugar a duda lo haría más tarde, cuando estuviera en casa más tranquila.

Me levanté del banco en el que había estado sentada y me encaminé hacia la entrada del supermercado. Compraría, iría a casa, prepararía una cena decente y llamaría a mis padres para asegurarme de que estaban bien. Mañana iba a ser un día largo.

El supermercado era enorme, estaba lleno de gente por todas partes y yo estaba segura de que no iba encontrar nada de lo que iba buscando. Que torpe y qué patosa había sido siempre…

En primer lugar, me acerqué al pasillo que contenía los utensilios de limpieza. De mi madre había heredado la obsesión por la limpieza y por el orden, así que este pasillo lo iba conocer bien a lo largo de mi estancia aquí. Después me dirigí al pasillo de los productos de higiene, de aquí también me llevé algunas cosas. Había traído lo básico de casa, pero sabía que no iba ser suficiente para mucho tiempo. Del pasillo de los productos de belleza no cogí mucho, sabía que tenía que ir arreglada a la oficina, pero no me iba a maquillar demasiado. Nunca me había gustado eso del maquillaje, los vestidos y los tacones; los encontraba ridículos y un tanto incómodos. Lo que yo no sabía era que para trabajar en una oficina como gerente y para tratar con altos cargos ejecutivos y accionistas había que ir bastante acicalada. Y no era mi culpa no saber algo así, a mí en la carrera universitaria nadie me había hablado de la imagen que iba a tener que dar como gerente de Negocios Internacionales.

Una vez metí en el carrito todo lo que necesitaba me decidí a dar una vuelta por allí para asegurarme de que no se me olvidase nada, cosa que no me habría sorprendido teniendo tan poca memoria como tengo. Pasé por el pasillo de los perfumes y pensé que debería comprar uno, ya que no había traído ninguno y nunca estaba de más oler bien, al menos a mí me gustaba que una persona oliese bien. Eso me recordó a él, otra vez, recordé lo bien que olía siempre sin necesidad de usar ningún perfume. Recordé como tantas noches había dormido profundamente gracias a su aroma y su respiración acompasada…

Sabía que no debía pensar en él porque me hacía daño y lo que menos quería era sufrir, por eso había venido aquí. Pero al parecer iba a ser verdad eso de que el primer amor nunca se olvida. Por mucho que lo deseara, yo no conseguía olvidarlo.

Aparqué esas ideas de mi mente y me dispuse a ir a la caja para pagar cuando de repente algo chocó contra mí, tirándome al suelo.

Lo siento. – Claro que lo iba a sentir, ¡pero cuando le dijese cuatro cosas bien dichas!

¿No sabes mirar por dónde… - Madre. Mía. No recordaba unos ojos tan verdes desde hacía años, tenía el pelo alborotado y dorado como el cobre y una sonrisa que dejaba ver sus perfectos dientes blancos. Volví a la realidad tan pronto como fui consciente de que me había quedado mirándolo como una boba e intenté, sin éxito, continuar con la reprimenda que le estaba echando - …vas?

Y… ¿qué os parece? Es mi primera historia y no sé si os gustará o qué, pero aquí va jajaja Espero vuestros reviews, ¡me harían muy feliz!