Obviamente los personajes perteneces a Stephanie Meyer, yo solo me divierto un poco con ellos.
Un nuevo compañero de vida
Lo lamento mucho, de verdad. Pero yo diría que eres tú la que no miras por dónde vas. - ¿Será posible? ¿Cómo se atrevía? – Pero no te preocupes, estoy acostumbrado a que las chicas se me tiren encima. – Rio con sorna y se dispuso a ayudarme a recoger lo que se me había caído.
No te preocupes, puedo yo sola. No vaya a ser que te rompas una uña o algo y las chicas ya no se te tiren encima, eso sería un trauma para tu enorme ego. – Remarqué la palabra 'enorme' y me dirigí de vuelta a la caja para pagar mis cosas.
¡Oye! – Ignoré su voz y seguí caminando. – Lo siento, de verdad. Espera, no te enfades mujer, si era una broma. No quería parecer engreído ni nada. – Me di la vuelta y ahí estaba, en mitad del pasillo, cargando una bolsa y sonriendo. Y no sé qué fue lo que se activó dentro de mí que me hizo devolverle la sonrisa.
Pues la verdad es que sí has parecido engreído. – Y sin quitar la sonrisa fui a la caja.
Pues no era esa mi intención, de verdad. Me llamo Edward. – Y ahora se supone que yo le digo mi nombre, charlamos un rato y luego ¿qué? No sé si estaba dispuesta a conocer a alguien tan rápido.
Ahora se supone que tú me dices cómo te llamas, ¿no? – Interrumpió mis pensamientos. Por una parte, sabía que no iba a ser fácil para mí confiar en alguien, mucho menos después de lo que me había pasado, pero por otra una de las razones por las que había venido aquí era conocer gente nueva y olvidar el pasado.
Me llamo Bella, encantada. – Le tendí la mano y pude apreciar como relajaba la tensión de su rostro a medida que sonreía y me tendía su mano.
No eres de aquí, ¿verdad? - ¿Cómo lo había notado? Pensaba que mi acento no estaba mal del todo…
No, no soy de aquí. – Respondí cortante y procedí a pagar a la cajera que, sin duda, estaba disfrutando del espectáculo. – Gracias. – Le respondí y salí de allí.
Estaba claro que no había sido una buena idea intentar hablar con aquel chico. Pero ¿en qué estaba pensando? Era estúpida si pensaba que nadie me iba a preguntar de dónde venía, eso era algo que tenía que aceptar. No podía huir de mi pasado, por mucho que fuera a doler.
Me dirigí a casa por la calle que había tomado para ir al supermercado, era la más corta según yo tenía entendido. Cuando me aproximaba al edificio escuché algo, algo extraño. Como un aullido, pero más débil. No sabía exactamente lo que era pero estaba casi segura de que se trataba de un animal, uno pequeño. Seguí ese sonido y llegué a la esquina de un callejón que parecía poco transitado. Busqué con la mirada y allí lo encontré; era muy pequeño, ya que seguramente acababa de nacer.
Era de un color naranja atigrado y tenía los ojos color miel, era verdaderamente maravilloso, pero era un gato. Los gatos y yo no nos llevábamos bien, en realidad solo me había llevado bien con uno en toda mi vida y esa no era una media muy fiable. Me sentí tentada de dejarlo allí e irme a casa, pero no lo hice. ¿Qué culpa tenía ese pobre animal de que le hubiesen abandonado allí a su suerte? Pensándolo bien me recordaba un poco a mí misma; allí sola, sin nadie que me atendiese, sin una seguridad…
No me lo pensé más y me lo llevé a casa, sabía que la casera no tendría problemas porque, según me había contado, la familia que anteriormente se alojaba allí tenía dos perros. Antes de llegar a casa fui a la clínica veterinaria que se encontraba más cerca y me aseguré de que el gatito estuviese bien y de llevarme algo de comida para él.
Cuando llegué a casa dispuse la caja de arena que había comprado cerca de la librería y debajo de la ventana más grande de la que disponía el salón. Dejé allí al gato, al que más tarde tendría que buscar un nombre, y me preparé algo de cena.
Después de cenar llamé a mi madre, no valía la pena retrasarlo más.
¡Cariño! ¿Por qué has tardado tanto en llamar? Estábamos preocupados. ¿Cómo estás? ¿Todo bien? – Mi madre no conocía el significado de independencia ni, estaba segura, lo iba a conocer nunca.
Hola, mamá. – Contesté de mala gana. – Estoy bien, es solo que había salido a comprar algo que me hacía falta para la casa y me he entretenido un poco. ¿Vosotros estáis bien? – Tenía que admitir que la exageración era otra de las cosas que había heredado de mi madre también.
Sí, ya te echamos de menos. – Oh, no. Ahora venía la parte en donde se ponía a llorar y me hacía llorar a mí también. - ¿Seguro que estás bien? – La conocía demasiado bien. Ahora mismo ella estaría sentada en el sofá que hay en casa frente a la televisión, con mi padre a su lado pendiente de cualquier gesto o palabra. Como los echaba de menos…
Sí, Londres es genial y la casera es muy simpática. – El gatito se había subido a mi regazo y me observaba con atención como si realmente intentase entenderme. – Empiezo a trabajar dentro de dos días y ya tengo ganas de conocer gente nueva. – Realmente deseaba conocer gente nueva...
Tú ten mucho cuidado y no te fíes de nadie. – Mi madre y su desconfianza en la bondad del ser humano. – Y si pasa cualquier cosa nos llamas, ¿eh? – Se la notaba preocupada, y yo me sentía completamente culpable por ello.
Mama, os quiero mucho. Y siento haberme ido así, pero creo que es lo mejor que podía hacer, lo lamento mucho. – A estas alturas ya estábamos todos llorando. El pequeño gato me miraba desde mi regazo como si intentase inspirarme confianza.
No te preocupes tesoro, sabemos que has hecho lo que debías. Pero intenta llamar de vez en cuando, ¿vale? – Por esto no quería llamar, porque sabía que me iba a sentir como el ser más rastrero y miserable del planeta…
Claro que llamaré, mamá. Tú no te preocupes por eso. Dales un beso muy fuerte a todos de mi parte y dile a papá que se ponga. – Ahora venía la peor parte de todas, el más débil de mis puntos débiles. Mi padre.
Vale, un beso muy fuerte princesa. Cuídate mucho. – Pude oír cómo le pasaba el teléfono a mi padre y me preparé para lo peor. – Hola nena, ¿cómo estás? – Parecía bien, o al menos lo intentaba.
Estoy bien papá. Vosotros también, ¿no? – Hablar con mi padre de lo que sentíamos la una por el otro nunca había sido especialmente sencillo. Ambos nos queríamos muchísimo, pero a los dos nos costaba decirlo. – Me ha contado mamá que todo está bien. ¿Es verdad? – No es que desconfiara de mi madre, pero en ocasiones, se esforzaba tanto en hacernos felices a todos que nos ocultaba aquello que no queríamos oír.
Sí, aquí todo va bien. Te echamos mucho de menos y los niños no dejan de preguntar por ti. Pero bueno, eso ya sabías que iba a pasar. – Lo sabía, estaba dolido. Le dolía que su única hija se hubiese ido tan lejos. – Pero tú ahora no te preocupes por eso, preocúpate por ti y por lo que vas a empezar en Inglaterra. - ¿Cómo me decía eso? ¿Acaso no se daba cuente de cuánto me dolía que dudase de lo mucho que ellos me importaban?
Papá, escucha. – No iba a dejar que pensase eso de mí. – Yo sé que las cosas no han sido precisamente como mamá y tú esperabais que fuesen, pero tampoco ha sido fácil para mí. Desde siempre he sabido que ese pueblo se me quedaba pequeño, yo necesito hacer grandes cosas, necesito saber que soy, quien quiero ser o que al menos lo estoy intentando. Y créeme si te digo que todo esto me duele tanto o más que a vosotros, pero realmente pienso que esto es lo que debo hacer. – Me sorprendí a mí misma hablando de esa manera. No sabía si aquellas palabras las había dicho para convencer a mi padre o a mí misma, pero de todas formas habían funcionado.
Ya lo sé. Imagino que no debe de haber sido fácil para ti dejarlo todo e irte lejos, pero mucho menos lo ha sido para nosotros, nena. De verdad. – Estaba llorando, y con eso me hizo llorar a mí también. – Creo que lo que necesitamos todos es un poco de tiempo para asimilar las cosas. ¿No crees? – Tenía razón.
Sí, eso creo. – Eso era lo que necesitaba: tiempo. – Gracias por entenderme papá, de verdad. Significa mucho para mí. – Hacía tiempo que no hablábamos así, y había olvidado los beneficioso que era para ambos.
Bueno, que descanses. Buenas noches nena. – Necesitaban tiempo y no iba a ser yo la que se lo negase.
Buenas noches, a los dos. Os quiero mucho, no lo olvidéis. – Era yo quien realmente necesitaba recordarlo. – Un beso.
Adiós, cielo. – Y ahí terminó la llamada.
El gatito bajó de mi regazo después de que lo acariciase y se acomodó en su caja. Habían sido demasiadas experiencias para mí en una noche. Y para colmo de males no podía quitarme a Edward y su mirada socarrona de la cabeza. Sin duda necesitaba una buena ducha y dormir durante unas horas o, de lo contrario, terminaría completamente loca.
*Ring* *Ring*
Odiaba ese sonido. Odiaba mi despertador. Y me odiaba a mí misma por ser tan perezosa.
Desde siempre me había encantado dormir, arropada entre las sábanas, calentita… Pero ahora no había tiempo para dormir, ahora debía de comportarme como una adulta responsable y acatar mis obligaciones de mujer independiente. Así que salí de la cama y me dirigí sin mucha gana al baño, una ducha fresca me ayudaría a empezar bien el día.
Terminé pronto y me preparé una taza de café y un par de tostadas mientras ponía comida de gato en el cuenco de Faith, así se llamaría mi gato: Faith. Porque fe era lo que yo más necesitaba en este momento.
Me vestí rápidamente y salí a correr como solía hacer en Forks antes de venir aquí. Siempre me había descrito como una persona más bien vaga, pero correr me gustaba mucho. Era mi método para aliviar tensiones, y me funcionaba a la perfección. Hasta hoy.
Teniendo en cuenta que en Londres viven más de siete millones y medio de personas, encontrarme con Edward fue la prueba más evidente de mi mala suerte. Siempre había sido consciente de que tenía mala suerte, es decir, siempre era yo la que se caía en cada socavón del suelo, la que se rompía cualquier hueso, la que tropezaba con sus propios pies…pero esto era ya el colmo.
Traté de seguir mi camino e ignorarle pero él no tardó en acelerar su marcha, logrando así alcanzarme.
Y aquí está el segundo capítulo. ¿Creéis que Bella tiene mala suerte? A mí no me importaría encontrarme a este hombre al salir a correr… jaja
