Obviamente los personajes perteneces a Stephanie Meyer, yo solo me divierto un poco con ellos.

El extraño adivino

Buenos días preciosa. – Odiaba a este hombre. Solo lo había visto durante diez minutos ayer y ya había conseguido sacarme de quicio. - ¿Qué te trae por aquí? – Y además odiaba esa sonrisa suya tan perfecta, tan blanca y limpia. ¿Por qué tenía que ser tan perfecto y a la vez tan insoportable?

Buenos días. – Saludé para no parecer maleducada, pero traté de sonar indiferente. Aunque no lo logré.

¿Haces footing? No lo sabía. – Era evidente, ya que no habíamos mediado palabra prácticamente. – Pero me gusta. – Otra vez esa sonrisa. Decidí echarle una mirada de inapetencia, para que notase que no me gustaba su compañía. Pero ésa fue una mala idea.

Otra vez esos ojos. No exagero al decir que eran tan verdes como el mismo océano. Me perdí en ellos y él pareció notarlo, ya que pude apreciar una ligera mueca de prepotencia. ¿Qué tenía este chico? ¿Por qué no podía alejarme de él?

No te cortes – Dijo. – Puedes mirar tanto como quieras. – Y dicho esto, soltó una carcajada.

Ya quisieras. – Quise parecer independiente, indiferente y poco interesada en él, pero no lo conseguí, siempre había sido una actriz bastante mala.

Vamos, a ver si consigues seguir mi ritmo. – Pero bueno, ¿Qué narices le pasaba a este chico? ¿Acaso no entendía que no quería verle? Porque no quería verle, ¿no?

Me pasó otra vez. Pensé en sus palabras. Él siempre me decía que tomase decisiones rápido, que no lo meditase tanto. Pero no era tan fácil. Solo con él había sido fácil.

Si no quieres correr conmigo, ¿por qué me sigues? – No esperaba esa pregunta. No tenía una respuesta para ella.

No lo sé. – Genial, ahora pensaría que estoy loca. Muy bien.

¿Reconoces, entonces, que me estás siguiendo? - ¿Qué quería este chico? Me sacaba de mis casillas. Quería parecer indiferente ante su actitud de niño consentido, pero no lo conseguía. Sinceramente jamás conseguía parecer indiferente, era cotilla y lo llevaba en la sangre, y este chico despertaba en mí la curiosidad.

No te sigo, simplemente es el primer día que salgo a correr aquí y he escogido un camino al azar. – Me miró. Me encantaban esos ojos. Nunca había sido una chica de estereotipos, pero he de reconocer que ese chico era, con toda seguridad, perfecto.

Pues deja que agradezca al azar, entonces, por hacerte venir por mi camino. Me habías dicho que eras nueva aquí, ¿verdad? No tienes el típico acento británico que todos tenemos en esta zona. – No sabía cómo reaccionar, había dicho que estaba agradecido de que corriese con él y ahora intentaba conocerme. Tal vez simplemente quería ser amable conmigo después de lo que sucedió en el supermercado ayer.

No, no soy de aquí. Vine ayer de Washington. – Una cosa era ser agradable con el chico, y otra muy diferente, contarle mi vida al día de conocerle.

Al parecer notó que no tenía ganas de contarle más, ya que no volvió a preguntar durante todo el recorrido. Estaba segura de que el tal Edward podía correr mucho más rápido que yo, pero no avanzaba, iba a mi ritmo. Era como si no quisiera perderme de vista, como si me protegiese. Mala idea. Eso me hizo recordarle otra vez, él siempre había estado a mi lado para protegerme. Aguardaba paciente a cualquiera de mis tropezones para alargar su bien formado brazo e impedir mi caída. Pero curiosamente fue él quien provocó mi caída más dolorosa.

Paramos a descansar en el parque Hyde y nos sentamos en uno de los bancos que había allí. Suponía que ahora continuaría con la ronda de preguntas sobre mí y mi pasado, así que decidí adelantarme para no se soy la interrogada.

¿Tú eres de aquí? Quiero decir, ¿naciste en Londres? – Me miró con una sonrisa incrédula y con las cejas levantadas. Al parecer no esperaba que yo me interesase por su vida.

No. Nací en Rabat, pero mis padres biológicos me dieron en adopción cuando tenía cinco años. Desde entonces vivo aquí. – Ahora me sentía culpable. Le había preguntado sobre algo muy íntimo sin apenas conocerle. Pero él no parecía triste ni acongojado al hablar del tema, al contrario, parecía contento de hablar conmigo.

Siento haber preguntado. No sé si estás incómodo hablando de esto, si quieres cambiamos de tema… - No iba a hacer que contase algo solo porque yo era cotilla.

No, tranquila, pregunta lo que quieras. Así cuando sea yo quien pregunte también responderás, ¿verdad? – Por eso lo hacía, porque quería desarmar mis escusas y saber más sobre mí. No lo entendía. Jamás había sido el tipo de chica que gusta a los chicos, y mucho menos a simple vista…

Continúo entonces – quería alargar su interrogatorio, no tenía ningunas ganas de hablar de mí. - ¿Estudias o trabajas? – Vale. Lo reconozco: me había lucido con esa pregunta.

Jajajajaja – Evidentemente esperaba que se carcajease. Era lógico. Mi pregunta había sido más que absurda. – Sé que va a sonar aburrido y esas cosas, pero, aun así lo voy a decir: soy abogado.

Imposible. – Era imposible, este chico era demasiado joven para ser abogado, ¿no?- ¿Cuántos años tienes?

¿Por qué todo el mundo dice lo mismo? – Parecía irritado. – Tengo veinticinco años, no soy tan joven. Trabajo desde hace unos meses para una empresa bastante importante, no soy ningún chaval. – Lo dijo con satisfacción. Estaba realmente orgulloso de su labor y aquello me encantaba. – Te has quedado muda, Victoria. ¿Qué pasa?

Oh. Nada. No es nada, es que estaba preguntándome como alguien tan joven puede trabajar ya como abogado. Conozco a gente que estudió derecho y tardó bastante tiempo en conseguir trabajar en el oficio. No debe de ser fácil, ¿no?

Bueno, no es fácil. Pero con buenos contactos y una sonrisa perfecta se pueden conseguir muchas cosas, Bella.

Así que contactos. Lo sabía. Seguramente un niño de papá enchufado en la empresa familiar o de algún amiguete… Odiaba a este tipo de gente. La gente que nacía, como solía decirse, con una flor en el culo. Me daba mucha rabia. Automáticamente debió cambiarme la cara y él debió notarlo, pero me dio igual. Tenía amigos con títulos universitarios que habían sudado cada céntimo para costear su carrera y que todavía luchaban por un buen puesto de trabajo, y Edward parecía tenerlo todo gracias a sus "contactos" y encima se mostraba orgulloso.

¿He dicho algo malo? ¿Te has quedado muda? – Obviamente lo había notado, pero no tenía interés en discutir, así que ignoré el echo de que fuese simplemente un niño bien.

No, estaba pensando que debería irme ya. Empiezo a trabajar en una hora y no conviene llegar tarde el primer día, sobretodo si no tengo contactos o una sonrisa perfecta. – Y me levanté dispuesta a volver a casa para cambiarme e ir a la empresa.

Él simplemente rio y se levantó, siguiéndome.

¿Y a qué te dedicas, exactamente? – Parecía que no iba a dejarme tranquila ni aunque yo amenazase con llegar tarde.

Negocios internacionales. – No tenía sentido ocultarle nada. – Hoy es mi primer día para Cullen Residentials, soy la nueva gerente del área de contabilidad. – No me gustaba presumir de mi posición en el trabajo, pero él había empezado con eso de la sonrisa y los contactos…

Así que eso es a lo que te dedicas, ¿eh? – ¿Eres contable de una gran multinacional y por eso te han trasladado aquí? – Tal vez fue impresión mía, pero juraría que formuló la pregunta escondiendo una sonrisa. – Pero, un momento, hay una sede de Cullen Residentials en Washington, ¿por qué no te has quedado allí y has decidido venir hasta aquí para trabajar? Es un poco absurdo, ¿no? Alejarte cuando puedes quedarte y seguir con tu vida…

Ahí me dolió. Me dolió de verdad. Podría haber tenido el mismo trabajo con las mismas oportunidades y seguir cerca de mi familia. Pero entonces habría estado también cerca de él y eso no lo quería. UN MOMENTO. ¿Por qué Edward sabía lo de la sede en Washington? Estaba dispuesta a preguntarle cómo era que él sabía algo así, pero entonces decidió reanudar el footing por su cuenta y se marchó. Este chico era un espécimen bastante particular, debía decir…

Decidí olvidar el momento "Edward el extraño adivino" y al llegar a casa me cambié en seguida. Me decidí por algo sencillo para el primer día, pero tampoco demasiado informal. Había traído algunos conjuntos de traje y chaqueta, así que me decidí por unos pantalones ajustados en azul oscuro y una blusa blanca, con una americana a conjunto con el pantalón.

Cogí un taxi y en veinte minutos estaba en la puerta de la sede central de Cullen Residentials, uno de los mayores monstruos de las empresa que se dedican a la construcción en todo el mundo. Había estado haciendo mis prácticas con ellos cuando estudié en Washington, por eso había solicitado trabajar para ellos. Pero entonces ocurrió lo que ocurrió y, afortunadamente, puede cambiar de destino y me permitieron trabajar en Londres.

Al llegar me presenté a la recepcionista, una chica que me pareció encantadora, y ella me acompañó al que sería mi despacho, en el último piso, junto a dirección y demás cargos importantes. Además, Ángela (así se presentó la secretaria), me informó de que el director general y otros miembros de la junta directiva me esperaban en la sala de juntas para presentarme y empezar a hablar del sistema de contabilidad de la empresa. Sin más, seguí sus indicaciones y llegué a la sala, donde llamé a la puerta antes de entrar.

Hola, debes de ser Isabella. Mi nombre es Carlisle Cullen – Se presentó el que por su apellido intuí sería el director general, sentado presidiendo la mesa. – Deja que te presente a Emmet McCarty, el encargado de la publicidad de Cullen Residentials. – Frente a mí se levantó un chico bastante joven, alto, con ojos azules, y me tendió la mano –.

Encantado, Isabella, para cualquier cosa, no dudes en acudir a mí o cualquiera de nosotros. Sé que no es fácil ser la nueva y queremos que te sientas lo más cómoda posible. – Era encantador.

Muchas gracias. Solo Bella, por favor. – El director general continuó con las presentaciones, señalando al otro muchacho que se hallaba en la sala.

Y él es Jasper Cullen, mi hijo y gerente de la empresa. Pasaréis bastante tiempo trabajando juntos, Jasper se centra sobretodo en los aspectos contables de la empresa. – El chico parecía sacado de una revista de moda. Cielos. Era rubio, con los ojos clarísimos y una sonrisa envidiable. Definitivamente yo iba a desentonar.

En efecto, Bella. Estaré encantado de trabajar codo a codo contigo. He leído tus referencias y veo que hiciste un gran trabajo durante tus prácticas en Washington.

Gracias, yo… - Pero el sonido de la puerta abriéndose de golpe me hizo callar. Me giré para ver quién había entrado. Y no lo creí.

Ah, Bella. Deja que te presente al último miembro de la junta directiva. El abogado de la empresa y mi hijo, Edward Cullen. –

No, definitivamente no podía tener tan mala suerte.

Y… ¿qué tal? ¿Cómo lo veis? Jajaja Pobre Bella… ¡ahora el extraño adivino es su compañero de trabajo y el hijo de su jefe!