Su abuelo les tenía sumo aprecio a los gran danés, esos perros enormes que se le abalanzaban en el umbral de la mansión cuando iba a visitar a su abuela Erina, le lamían la cara y meneaban sus colas violentamente cada que lo olían a menos de veinte metros.

Pero él, Joseph, tenía a Iggy, un Boston terrier que adoptó con Avdol, un chico bastante menor que provenía de una familia de inmigrantes egipcios y buen amigo suyo. En una de sus escapadas a los barrios bajos ingleses, lo encontraron herido y hambriento.

Siempre fue algo agresivo, incluso más que los perros de su abuelo. Sin embargo, podía apaciguarle fácilmente con dulces de café y caricias detrás de las orejas.

Llevaba a Iggy a pasear por las tardes. A veces con Avdol y Caesar, a veces solo.

Era verano y los insectos de fuego alumbraban en la ventana, y se le hacía de lo más bonito, tanto a él como a Iggy.

En uno de esos días Iggy las perseguía y Joseph reía ante esa imagen, de su cachorro atrapando con la boca los insectos.