La música del piano se detiene abruptamente, quebrándose en un acorde menor.
—Lo siento —musita Fugo, encogiéndose en el banco. Giorno niega y da un par de pasos más cerca, con un libro en la mano.
Ha estado leyendo en la biblioteca, pero la balada de Chopin ha captado más su atención, descubriendo así a Fugo tocando en el estudio.
—No te disculpes, fue precioso. —Quiere pedir disculpas otra vez, pero se obliga a no hacerlo.
—¿Qué leías, Giogio?
—El correo, Fugo. Invitaciones, disculpas, amenazas..., Pero traje algo más para ti. —Giorno le extiende el libro para que lo mire más de cerca.
Es un poemario en latín, con pocas hojas y se ve algo deteriorado por el tiempo.
—Me gustaría que los traduzcas para mí. La semana pasada Mista se encargó de la casa de un ex político corrupto. Aparte de desviar recursos, robaba reliquias, nada inusual, pero parecía tener buen gusto...
Fugo está a punto de decirle que haría cualquier cosa que le pidiera con el triste tono de un niño obediente. Gracias a Dios, Giorno habla antes.
—¿Puedes volver a tocar, por favor? Me gusta mucho esa pieza.
—Claro.
El libro se desliza hasta sus muslos. Complaciendo a Giorno, que cierra los ojos cuando los dedos de Fugo acarician las teclas de nuevo.
Cae en cuenta de ello casi inconscientemente, el cómo ese hombre de ahí, se ha vuelto dueño de todos sus talentos, justo como le prometió.
