A Jorge le gusta mirar las nubes y quedarse dormido en el jardín, hasta que Elizabeth llega a despertarlo, mayormente con un golpe, cuando cae la tarde.
Aunque, Jorge no la escucha cuando comienza con su sermón sobre enfermedades, insectos y aves salvajes.
Él sigue soñando con los ojos abiertos, no deja de pensar en el cielo y lo amplio que ha de ser el mundo que tanto ha leído en los libros de su abuelo, aquello le maravilla y le cosquillea en la barriga.
No se ha dado cuenta de que al soltar el aliento contenido, una chispa dorada se libera de su cuerpo y va a parar a los arbustos floreados. Esos que a Elizabeth le gustan tanto.
Erina los mira desde la terraza tomando una taza de té y sacudiendo un pañuelo como señal de estarlos observando.
Jonathan está junto a ella engullendo un par de panquecitos de nuez, con esos modales toscos que tiene él.
Y Jorge no le hace caso, está aún muy ocupado mirando las nubes.
