—Déjalo ya.

—¡Cómo se te ocurre!

—Entiérralo ahí, maldita sea, nadie se va a dar cuenta. —Dario forcejeó con el niño en brazos de la mujer hasta que ella lo liberó —Siempre lo tengo que hacer todo yo.

Ella lloraba montones y montones. Cuando su esposo le dió la espalda, reparó en lo completamente mal que había obrado hasta ese entonces.

—Siempre tienes que complicarlo todo. Eres una puta malagradecida.

Ella se sentía en el límite. Azotó la pala, con la que cavó el agujero en el que planeaba enterrar a su bebé, con toda la fuerza de sus temblorosas manos en la cabeza de ese hombre insensible.

Él cayó al piso con Diego entre sus brazos. El polvo se levantó, y un sentimiento de arrepentimiento le caló el pecho al instante. No por su esposo, sino por el niño que también sufrió el impacto.

Temió lo peor al no escucharle llorar, y lo levantó de su caída amortiguada, tenía los ojos ambarinos enormes fijos en ella y la cara salpicada en sangre, pero no emitió ningún quejido hasta que estuvo entre sus brazos. Ella suspiró aliviada y lloró aún más fuerte, acompañada de su hijo.

—Eres un buen niño, Diego. Quédate quieto un momento.

Un par de minutos después, el pequeño se encontró presenciando cómo su padre era enterrado, en el mismo agujero de antes.

—Voltea a otro lado, hijo, por favor. —musitó.

Que chinguen su madre todos los que se llamen Dario Brando, en este universo y todos los demás.