Cronopios del autor: Gracias por leerme.

ADVERTENCIA: Yaoi.

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El emperador cuervo y el hacedor de deseos.

Por St. Yukiona.

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21 de junio

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Cuando la princesa heredara Masako, dio a luz al hijo del príncipe consorte, Yoshida, el emperador Takahiro pudo respirar con tranquilidad, pues tras casi diez nacimientos dentro del palacio imperial le habían demostrado que probablemente su estirpe quedaría extinta. Ninguno de sus cuatro hijos había procreado un solo alfa, era una especie de maldición, considerando que había sido el padre de Takahiro quien precedió al último emperador de la antigua rama de la dinastía, misma que tuvo el mismo problema al quedar sin alfas que gobernaran. Sin embargo, el 21 de junio las puertas de Koukyo*se abrieron para que el pueblo festejara junto con la corte real y la familia imperial el regocijo que palacio sintió al escuchar por primera vez en casi 6 décadas el llanto de un alfa.

Antes del nacimiento de Toshi-no-miya, palacio sólo podía ser visitado por el pueblo durante dos celebraciones al año: El cumpleaños del emperador y el día del año nuevo, sin embargo, tal fue el fulgor del nacimiento de un alfa que el emperador Takahiro ordenó que cada 21 de junio las puertas también se abrieran para recibir en fiesta y alegría a los japoneses, pues el nacimiento de su nieto alfa debía de ser celebrado.

Mucho se hablaba sobre una probable repercusión entre la corte puesto que de pronto Takahiro se vio envuelto de forma casi personal en la supervisión de la crianza del pequeño príncipe, al punto que había sido el propio Takahiro el que le diera su nombre: Shoyo, pues su llegada fue una luz que iluminó la dinastía Hinata. Sin embargo, conforme los años pasaron el pequeño príncipe Shoyo tenía cualidades únicas que iban más allá de su categorización de su segundo género y que lo volvieron un niño amado por el ojo público y por toda su familia cercana y política, porque como se debía de esperar, al segundo siguiente en que nació el pequeño Shoyo, sus padres empezaron a buscar prospectos para compromiso de matrimonio.

Constantemente se veían fotografías del pequeño Shoyo y sus nanas imperiales en eventos oficiales acompañando a su abuelo dentro de tabloides. Entre los seguidores de la pompa a nivel mundial Shoyo tenía un lugar muy especial pues su facciones y cualidades de alfa eran suavizadas por una adorable sonrisa y actitudes casi humildes que lo hacían parecer un chico cualquiera y no un prínxipe, sin embargo, había ocasiones en que también se le podía ver malhumorado, haciendo rabietas y pataletas pero que incluso esas también se le veían tiernas.

Algunos especialistas hablaban sobre lo pobre que podía ser su gen alfa puesto que su comportamiento y modos distaban demasiado de cómo debía de ser y comportarse alguien de su género. Por otro lado, a la mayoría le gustaba pensar que era un niño que estaba creciendo rodeado de amor.

Cuando el príncipe Shoyo cumplió cinco años sus padres le entregaron el regalo de ser hermano mayor y fue de la primera cosa que se hizo responsable, o en teoría así debía de ser pues tan solo dos días después de la feliz noticia que la familia imperial recibía a un beta, el príncipe Youhi falleció.

La ceremonia para enterrar al príncipe Youhi, hermano beta menor de Shoyo, fue privada y el emperador no se presentó, tampoco permitió que el príncipe Shoyo estuviera presente pues no creía propicio que el menor presenciara un ritual rodeado de tristeza, no quería que su sol se nublara y se viera opacado por la amargura de los padres dolientes.

Algo similar ocurrió cuando nació, dos años después la princesa Haru y ésta falleció sólo una semana después. Ella había nacido omega, y el procedimiento volvió a ser el mismo en un protocolo que se había incorporado a la muerte del príncipe Youhi. La princesa Masako, madre de Shoyo, culpaba al príncipe consorte Yoshida mientras que algunos hablaban sobre el vientre dañado de Masako, nuevamente las habladurías sobre la maldición que pesaba sobre los Hinata hacía suficiente ruido como para que un puñado de personas creyeran que esa mala suerte seguiría al joven príncipe alfa. El matrimonio, que poseía una frágil unión sentimental se desquebrajaba cada tanto. Masako empezó a presentar problemas con su celo y Yoshida acudía con omegas reales para aliviar el propio.

Dentro del palacio el infierno reptaba de a poco y Shoyo era alejado de esas llamas, entretenido y educado a voluntad del emperador.

Shoyo había crecido durante esos siete años viendo a sus padres ocasionalmente, muy a pesar de que vivían en la misma residencia, puesto que su educación era rigurosa y distinta a la del resto de los hijos de la realeza. Tenía profesores privados y su entretenimiento protocolario real era cuidadosamente seleccionado. Entre sus actividades favoritas se encontraba jugar con pelotas dentro de los jardines privados del palacio y comer las golosinas que muy de vez en vez las nanas introducían hasta los aposentos vigilados del príncipe, usándolos como soborno para que el príncipe estudiara pues, sin importar que era un alfa, había cosas que se escapaban de sus manos, pero en actividades deportivas y resistencia, nadie podía ganarle al príncipe.

Se le permitía jugar con sus primos y un grupo selecto de hijos de familias de ELITE que querían caer en gracia del pequeño. Los niños de la edad de Shoyo eran manipulados por sus familias como si se tratarán de piezas de domino, debían estar en el lugar correcto en el momento adecuado, los estadistas y analistas políticos presagiaban que el emperador dejaría caer su gracia en Shoyo para volverse él mismo emperador, por su condición como alfa –era el único en casa real con sangre noble de la rama principal—además de ser el nieto favorito de su majestad. Era difícil creer que fuese a ser de otra manera. Por lo tanto ganar el favor de Shoyo era ganarse el favor del emperador y acceder a unos cuantos beneficios entre la alcurnia de la distinción japonesa. Más allá de eso, las fichas bajo el tablero se movían, se intercambiaban: Mi hijo es un beta y no podrá ser candidato para compañero del príncipe Shoyo, pero tu hija es una omega puedo arreglar que coincidas con la nana del príncipe para que te vuelvas cercana a ella y arreglen alguna cita de juegos, en caso de que ocurra algo bueno, no te olvides que yo te ayudé, eran los típicos comentarios y tratos que se solían dar. No obstante, Shoyo era alguien bastante fácil de tratar pero difícilmente se le engañaba.

—¿Estás aquí porque te obligaron, verdad? —dijo un día el pelirrojo a un niño de cabellos oscuros y ojos ámbar, era un poco mayor que él pero en apariencia habían hecho buena dupla para jugar con la pelota en uno de los recesos del príncipe de siete años.

—...—el otro chico se vio ligeramente contrariado y se sonrojo de inmediato. ¿Había hecho algo que lo descubrió? Sus padres lo iban a castigar.

—No te preocupes... no tenemos que jugar a la pelota solo porque yo quiero... hagamos que tu estancia sea más divertida... ¿quieres jugar a algo? ¿O quieres comer algo?

Y ahí estaba, la sonrisa que valía el millón de los millones de yenes. Ofreciendo su mano buscando cambiar la realidad.

Tras ver la muerte consecutivas de dos príncipes hijos del mismo matrimonio el emperador ordenó una evaluación general a la salud del infante Shoyo, los resultaron salieron negativos a cualquier enfermedad hereditaria o de deterioro. Por lo cual pudo estar tranquilo, sobre todo al saber que su nieto era un niño que conforme seguía creciendo parecía absorber más vitalidad. Sin embargo seguía sin haber rasgos definitorios que lo determinaran como el alfa que era. Se le hizo una re-evaluación del segundo género, y el resultado arrojó nuevamente: Alfa. Probablemente era un alfa de gen débil, pues ni siquiera un resquicio de aroma existía entorno al pelirrojo.

—El príncipe Shoyo ha vuelto a ensuciar sus ropas mientras jugaba en los jardines, Su Majestad imperial —dictó un día uno de los chambelanes mientras le ofrecía la hoja con el resumen de lo que sería su día de trabajo.

—¿Cuántas veces van esta semana? ¿Dos? —interrogó el emperador tomando el oficio mientras forzaba apenas un poco la vista para leer.

—Tres, Su Majestad.

—Hmp —frunció levemente el ceño antes de darle la espalda al chambelán y caminar a la salida de su oficina.

Para ese momento Shoyo se encontraba en merienda con su madre en una de las terrazas altas de la residencia, una vez por semana ambos se juntaban para compartir y que la mujer pudiera compartir un poco de la vida de su hijo que a sus ojos crecía a pasos veloces.

Cualquier otra madre se hubiera sentido triste e incluso un poco deprimida al saber que era madre de un hijo por mera cuestión biológica pues la mujer pocas cosas sabía sobre los gustos o desagrado de su retoño, o si tenía pesadillas por las noches o si había contraído un resfriado en los últimos días, o si usaba ropa interior adecuada para su edad o si en el bolsillo de la bermuda que usaba ese día llevaba algún juguete o dulce que había hurtado a escondidas del mandil de alguna nana que amorosamente le había acariciado los cabellos pelirrojos herencia del emperador regente, cualquier otra madre, pero no la princesa Masako que fue criada lejos del amor de una madre al igual que su hijo, con estrictas normas e inflexibilidades. Por el contrario, se sentía muy orgullosa pues al nacer omega de la familia real había cumplido con lo que se esperaba de ella: traer al mundo a un primogénito, varón y alfa. Algo que ninguno de sus otros tres hermanos omegas había logrado.

Incluso se podía considerar a Masako una mujer fría pues una vez que se le informó que su hijo era alfa tras la prueba de presión de género que se hacía de forma inmediata después del nacimiento ella supo dos cosas: Podía vivir una vida tranquila y ese hijo ya no le pertenecía más. Su instinto materno de omega sufrió lo innombrable cuando llegó el momento de separación con su hijo y por eso la urgencia de concebir otro cachorro sin importar el género, intentos que no habían sido fructuosos y que para ese momento su estómago abultado le abastecía de satisfacción ese lado primitivo que la estaba empezando enloquecer tras la pérdida de tres hijos: Uno contra su voluntad, dos como castigo de la naturaleza al rechazar al primero.

—Ya terminé —anunció la princesa heredera mientras se ponía de pie, la taza hizo un sonido sordo cuando fue dejada sobre la mesa de laca. Las nanas del príncipe hicieron una pronunciada reverencia. Shoyo se incorporó casi de inmediato para hacer una pequeña reverencia y ver como su madre regresaba con su abultada figura por el mismo camino por donde había aparecido hacía dos horas antes.

Las reuniones con su madre solo le gustaban porque tomaban té de frutos rojos, y el aroma dulzón que llevaba la mujer consigo combinado al olor de los frutos rojos era algo increíble que estimulaba su mente y lo hacía relajarse, aunque durante las dos horas ninguno de los dos se mirara o se dirigiera palabra alguna, el mutis era también parte de la costumbre. Shoyo había crecido con feromonas maternas artificiales y de vez en vez con la de alguna nana que amablemente dejaba escapar para aguardar la angustia y ansiedad que el menor solía tener durante las noches a la hora de dormir. Ser un cachorro en el palacio no era fácil, mucho menos si se era un alfa del que se esperaban tantas cosas que apenas alcanzaba a comprender pero que a su joven edad ya asimilaba de una u otra manera.

El pelirrojo miró la taza donde su madre había tomado el té y sus dedos acariciaron el contorno, se había quedado manchado apenas un poco del bálsamo que la princesa había dejado al presionar sus labios contra la cerámica verde. Sin embargo, retrajo la mano cuando los pasos de su madre se detuvieron. Shoyo giró su mirada hacia la mujer que lo llevó al mundo, ésta llevó ambas manos a su vientre, sintiendo como el bebé se removía con calma causándole tranquilidad sobre el dolor que sentía al dejar a su hijo atrás.

—El emperador aprobó tu nombramiento como "Príncipe heredero" una vez cumplas la mayoría de edad, Toshi —aquel nombre era el tratamiento real para el infante Shoyo—. Natsu —tocó nuevamente su estómago—. Obtendrá el nombramiento de "Toshi", por favor, sé disciplinado —la voz sonó dulce muy a pesar que no giró para ver el rostro confundido y contrariado del niño, o la expresión ligeramente afectada de las nanas puesto aunque Shoyo no comprendiera mucho que implicaba todo lo que su madre le había dicho, ellas si entendían que era algo sumamente importante.

Una vez se quedó solo y la puerta se cerró las nanas corrieron a abrazar al pelirrojo, lo colmaron de las caricias y mimos que la madre se privaba. Por algún motivo, el menor sintió verdaderas ganas de llorar.

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—Su majestad.

Era como si instintivamente en aquel momento hubiese sabido que todo se iba a complicar después de la revelación de su madre aquella tarde en la hora del té. El emperador había enfermado de gravedad y él con sus quince años llevaba una enorme responsabilidad. El cuerpo le temblaba suavemente y sentía estremecimientos en su estómago similares a los síntomas de una diarrea.

—Su majestad...

No quería abrir la puerta. Si la abría estaba jodido, de eso se encontraba cien por ciento seguro. Desde que su abuelo había caído en cama la misma preocupación al abrir los ojos le llenaba: Abrir la puerta y enterarse que era el nuevo emperador de Japón. Acceder a tanto poder, por lo que había aprendido en sus clases, era peligroso. No tenía siete años ya, y sabía que muchos intereses se movían detrás del trono. Las sonrisas que veía todos los días no eran precisamente sinceras así como desconocía el color de las miradas de las personas que lo rodeaban porque al pasar él todos se quedaban callados e inclinaban la cabeza.

Era difícil no odiar su posición, su lugar en el mundo, pero tampoco era fácil simplemente rechazarlo. Era con lo que le había tocado vivir. Conforme creció se dio cuenta que era mejor verle la cara positiva a la desgracia que le acontecía por ejemplo: Tenía una pequeña hermana, preciosa y risueña que lo adoraba, la veía esconderse por aquí y por allá en ocasiones cuando coincidían alguna tarde de la semana en el mismo jardín, Natsu era preciosa y compartía muchos rasgos con él. Olía a flores y menta, olía a lo que seguramente debía de oler la primavera. Solía dejarle ramos de flores silvestres que cortaba y él las llevaba hasta su escritorio desde donde trabajaba, las veía y se llenaba de vitalidad pensando que ahí tras las puertas su hermana era enteramente feliz, pues como si fuese una especie de pegamento, el nacimiento de la pequeña omega había unido nuevamente a un matrimonio que muchos creyeron perdido. Sus padres seguían siendo solemnes y estrictos, su trato hacia él era distante pero Shoyo no escuchaba rumores que denotaran infidelidad.

Por otro lado, había aprendido a gozar un poco de su posición siempre había gente que quería hablar con él, gente inteligente aunque era trillado el que al finalizar algún debate él siempre tuviera razón, concedida por sus interlocutores. También gastaba un poco de dinero en aficiones personales como en videojuegos que veía en línea y mandaba a comprar con algún sirviente leal, seguía mangas y series de televisión. Una que otra vez asistía a partidos de beisbol y vóley que eran los deportes que más le chiflaban, y cuando su abuelo no estaba cerca ni ninguno de los ministros, organizaba pequeños partidos de tres contra tres con jóvenes alfas de la corte que siempre estaban muy dispuestos a hacer lo que él quisiera.

—Majestad, es necesario que abra la puerta.

Shoyo suspiró, y aunque su filosofía de la vida era tratar de vivir lo mejor posible y sonreír a adversidades, había miedos que no eran tan fácil de sofocar. Tragó en seco y salió de debajo de las sábanas, caminó valientemente hasta la puerta y quitó la silla con la que había atrancado para evitar el ingreso de los sirvientes por su cuenta.

Hiiro, una sirvienta que había estado con Shoyo prácticamente toda la vida suspiró con tranquilidad al escuchar ruido al otro lado de la pesada puerta de madera. El ala donde se ubicaban los apartamentos imperiales de Shoyo por dentro eran occidentales, no había puertas corredizas sino puertas dobles que se abrían hacia dentro, por lo cual era imposible tratar de abrirla si por dentro se trancaban como lo hacía el pelirrojo.

—Adelante —escuchó la voz ronca del adolescente y la mujer alisó su yukata para presionar la perilla y entrar por fin a la habitación. Las ventanas estaban abiertas, seguramente Shoyo había ordenado que se quedaran abiertas durante la noche. El muchacho estaba sentado en el borde de la cama mirando hacia el exterior.

Desde la cama se apreciaba por encima de los árboles que rodeaban el palacio, los techos más altos y las escotillas de las ruinas del castillo Edo. Hiiro sintió auténtica tristeza al ver los hombros caídos del pelirrojo y la cabeza ligeramente hacia atrás, sus manos aferradas a los bordes estrujando las sábanas. La cama estaba apenas desacomodada.

—¿Volvió a tener insomnio, su majestad?

—Algo así —respondió con voz vana el pelirrojo sin voltear a ver a la mujer, existía mucha confianza como para tratar algo tan cotidiano sin tratamientos especiales. Mordisqueó los labios el pelirrojo y miró de reojo como entraban otros sirvientes hacían una marcada reverencia y seguían su camino hacia una habitación contigua donde prepararían el ajuar que usaría ese día.

Cumplía 16 años y sería la primera vez que su abuelo no estaría a su lado mientras hacía la visita oficial a los jardines del palacio para saludar a las personas que visitaban su hogar. Desde su nacimiento cada 21 de junio las puertas de palacio se abrían y ofrecían un completo festival para que todo ciudadano y turista pudiera ingresar y ver durante breves momentos a la familia real, y así juntos de alguna forma, celebrar con el príncipe favorito su cumpleaños, la fiesta –por llamarla de alguna manera—daba inicio en el momento en que Shoyo dirigía un brevísimo agradecimiento desde el palco estrictamente preparado y el emperador lo saludaba de forma solemne, de ahí todos los visitantes oraban en pro de la salud del príncipe. Pero ese año, las cosas no serían iguales a otros años. De hecho, la idea de su cumpleaños le emocionaba al pelirrojo y solía preguntar constantemente sobre la comida que se ofrecería en el festín privado y sobre sus obsequios y si algún mandatario de otro país iba a visitarlos, sin embargo esa mañana solo se revolvió un poco más antes de incorporarse y caminar hacia el baño.

Se detuvo.

Regresó y quedó frente a Hiiro que iba empezar a arreglar la cama.

—¿Mi abuelo?

—El emperador se encuentra bien, sigue vivo, pasó la noche estable así que... no se debe de preocupar —dijo la mujer mirando serena al adolescente que afirmó con un leve movimiento de cabeza, durante breves segundos la mujer pudo jurar que un suavecito aroma a petricor sobre sakuras se sintió pero era difícil saberlo, probablemente era parte de las esencias que Shoyo solía utilizar para disfrazar su falta de aroma como alfa, o quizás era el olor que se colaba por las ventanas de las desde los jardines donde los jardineros rociaban los árboles y plantas para que siguieran reverdeciendo.

Cuando sus ojos volvieron hacia el príncipe, éste se encontraba ya en la habitación anexa para asearse y apresurar su paso para quedar listo para la ceremonia. Lucharía como siempre contra sus demonios y entregaría la mejor de sus sonrisas sin importar la ansiedad que se acumulaba en la base de su estómago.

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—Kageyama, no te quedes atrás —gruñó Ukai mientras el moreno bostezaba ampliamente y se rascaba la nuca observando con cierta indiferencia a su maestro que se movía esquivando a uno y otro alumno para ir al frente de la comitiva.

Kageyama veía frente a él las espaldas de sus senpais y compañeros. Todos iban en ropas casuales o yukatas, después de todo iban a una celebración poco convencional. Los festivales eran algo bastante común sin embargo el festival para el príncipe heredero era una fiesta a la que se podía ir solo una vez en la vida. Incluso él, siendo un fanático de descansar y entrenar había accedido de buena gana el cerrar con broche de oro su semana de entrenamiento en Tokio con la visita al palacio imperial.

Había estado algunas otras veces en Tokio con el equipo y con su familia, pero jamás había tenido la oportunidad de ir a Kokyo, ahora parecía que las cosas se habían alineado de tal manera que el final del entrenamiento coincidió con el 21 de junio, fiesta nacional desde hacía quince años. Era curioso, porque él había nacido el mismo año y a lo mucho recibía pastel y alguna comida especial por parte de su familia, en cambio existía alguien en ese mundo de su misma edad al que le dedicaban un día completo y un festival famoso por las delicias que se ofrecían sin contar que el número de invitados era ridículo, aunque de cierta manera Kageyama se preguntaba qué tanta libertad podría tener alguien como el príncipe y qué tanto podía disfrutar de ese festival. Por lo que sabía, culturalmente era un cabeza hueva pero sabía algunas cosas, es que el príncipe estaba menos de quince minutos frente a los asistentes, saludaba, agradecía y se volvía a encerrar al enorme palacio.

¿Entonces para que molestarse en adornar el enorme palacio? ¿Para qué llevar tanta comida deliciosa? ¿Y los juegos? ¿Y los bailes que se ofrecían en honor al festejado? ¿Qué caso tenían que tanta gente se congregara si no podías disfrutarlo?

Volvió a bostezar y se detuvo junto con el resto de Karasuno, estaban en una fila a la entrada donde se les revisaba por completo en búsqueda de cualquier cosa que pueda entorpecer la celebración. Shoyo no había estado exento de ataques sin embargo jamás ninguno que haya dejado su vida en riesgo.

Kageyama se quedó un instante observando una de los enormes estandartes que tenían la insignia del crisantemo, el clan al que pertenecía originalmente la rama principal de la familia imperial. Caminó un par de pasos y se giró para ver el reverso del estandarte colgado sobre una columna notando que la insignia por detrás no era la de la flor, sino el de un sol.

—El emperador se emocionó tanto cuando un nieto alfa llegó que mando a diseñar un emblema solo Shoyo-dono —contó Sugawara cuando Kageyama se quedó retrasado viendo el emblema. El moreno torció los labios.

—Shoyo-dono —repitió Kageyama siguiendo a su senpai apresurándose para dejar su mochila de salir a turistear en la banda metálica para que la revisaran, así como dejó que pasaran por su cuerpo el detector de metales. Alzó los brazos y suspiró mientras que los guardias de seguridad hacían su trabajo. Una vez concluido acomodo la sudadera en su cintura, la mochila a su espalda y estiró un poco su camisa de "Alma de setter" para reunirse con el grupo.

Se quedó un instante de pie olisqueando.

Olor a petricor y sakuras.

El olor del despertar de la primavera después de un frío invierno, o al menos a eso le evocó.

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Anotaciones:

Koukyo: Nombre del palacio imperial ubicado en Tokio.

Toshi-no-miya: Infante, un título noble que en realidad no tiene tanta relevancia y queda por debajo de una línea de sucesión, sin embargo hay modificaciones como la que se hizo en este fic para fines prácticos.

Youhi: Sol de atardecer.

Haru: Amanecer (Dependiendo de cómo se escriba significara primavera, cielo o sol, luz de sol o amanecer).

Crisantemo: Este dato es real, al trono japonés se conoce como el trono del crisantemo.

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St. Yukiona.

Quien los ama de corazón, pulmón y páncreas.

¡Gracias por leer!